HISTORIAS ENTRELAZADAS ( Kataryna y Alexander)

Villa Encarnación, setiembre de 1939.

I

Kataryna había encendido las lámparas, pues el crepúsculo ya había caído y proyectaba largos rectángulos de luz sobre el huerto. Se quedó observándolo a través de la ventana. Los plantones de tomate se hallaban cubiertos de frutos rojos y jugosos. Las matas de lechuga y repollos parecían mirar al cielo que empezaba a cubrirse de puntos centelleantes.

Exactamente dos años atrás la maga de langostas había invadido aquellos campos, pero gracias a la perseverancia habían logrado que volviera a dar frutos. Fue un año cargado de desafíos y carencias, pero el futuro aparecía prometedor.

Le dio la espalda a la ventana y se dirigió a la sala. La escasa luz de la lámpara no le permitía ver lo que había delante de ella, pero por el apagado eco de sus pasos suponía que no había obstáculos delante de ella. Vislumbró una desdibujada mesita y a tientas llegó a hasta ella y encendió otra lámpara. La luz azafranada iluminó la sala.

En el estante junto al reloj, se alzaba una radio que Alexander había recibido como parte de pago de una deuda. El antiguo dueño no tenía forma de honrar su deuda por lo que ofreció la radio como parte de pago. El aparato construido con una exquisita madera de roble claro ofrecía la apariencia de una catedral.

Encendió el artefacto y el ruido blanco cubrió la silenciosa habitación. Sostuvo la perilla negra entre los dedos pulgar e índice y lo giró lentamente cambiando de estación. El zumbido bajo permaneció inalterable. Giró de nuevo la perilla solo un milímetro y oyó el chirrido de interferencias en donde unas cuantas voces tartamudeaban como lejanos espectros. Giró la perilla nuevamente, la radio captó lo que parecía ser una canción siciliana, pero extrañamente otro sonido parecía superpuesto sobre el primero. Ajustó el dial solo un poco y la canción siciliana retumbó sus alegres notas en las paredes del saloncito. Kataryna repitió la operación una y otra vez intentado hallar alguna emisora en su idioma natal que le proporcionara información sobre su patria.

En contadas ocasiones había conseguido su objetivo. La claridad de la recepción dependía de los fenómenos atmosféricos y otras variables, las cuales no comprendía muy bien. Algunas trasmisiones afirmaban que los soviéticos habían realizado millones de arresto políticos en los últimos años, de los cuales el ochenta y cinco por ciento resultó en condena. Eso solo significaba La Muerte. Muchos otros simplemente desaparecían.

Kataryna rogaba a Dios arrodillada frente al crucifijo de su madre que se apiadara de su familia y los mantuviera a salvo.

Ajustó de nuevo el dial y el aparato emitió una serie de pitidos, seguido de una melodía rara y luego la voz escalofriante de un niño que trasmitía una serie de números en ruso, a los que en un primer momento no le prestó mucha atención. La trasmisión duró aproximadamente treinta segundos y luego se hizo el silencio roto solo por un leve ruido blanco. El silencio se extendió por unos segundos y cuando estuvo a punto de cambiar de dial se oyeron de nuevo los pitidos, la melodía, luego la voz del niño y aquella misteriosa serie de números.

“82153 68400 63155 66148”

Se quedó de pie con los brazos cruzados sobre el pecho oyendo aquella serie de números por espacio de cinco minutos y de pronto todo quedó en silencio. Esperó a que se reanudaran de nuevo, pero no sucedió. Se rascó la cabeza con el dedo índice como si aquello la ayudara a descifrar aquel extraño misterio mientras que una creciente comprensión anidó en su mente.

Había ido hablar de los largos tentáculos soviéticos que alcanzaban a toda américa y de espías en busca de desertores. Muchos de sus amigos intentaban dilucidar la forma en que se trasmitían las informaciones. Un ingeniero ruso había insinuado algo sobre el uso de las ondas de radio y emisoras fantasmas y pensó que se había topado con una de ellas.

Apagó la radio, de pronto había perdido el interés. No podía descubrir lo que aquel mensaje encerraba y aunque lo hiciera no podía hacer nada al respecto.

II

La faena del ganado nunca había sido una de las labores que Alexander particularmente disfrutara. Por el contrario, era una de las ocupaciones que más detestaba. Repudiaba quitarles la vida a los animales, aunque era plenamente consciente de que era necesario hacerlo. Intentaba prepararse mentalmente cada vez que le era imposible encomendar dicha labor a algunos de sus capataces o peones. Incluso utilizaba la “disociación de la realidad” como algunos de los autores de los libros de psicología que leía mencionaban. Entre algunos de los destacados estudiosos de la siquis que ocupaban un lugar en su amplia biblioteca se hallaban Pierre Janet, Sigmund Freud y Paul Federn.

 En realidad, era una técnica que Alexander había desarrollado, una técnica que le permitía alcanzar cierto grado de desconexión centrándose en empapar su mente de pensamientos placenteros, aunque quiméricos. Sus evocaciones emergían al azar de las profundidades brillantes e indefinidas de su memoria, sin que la mayoría de las veces le fuera posible establecer algún enlace de tiempo entre ellos. Las imágenes emergían como pequeñas islas luego de un maremoto, en los que se mezclaban la realidad y la imaginación.

Pero entre aquellos recuerdos y fantasías surgían también a veces algunos hechos terribles que trasformaron su vida, en especial todo lo referente a Tatiana que quedó grabado en su espíritu con letras abrazadoras e implacables.

En uno de aquellos estados de disociación se hallaba su alma cuando se acercó lentamente Juan, su antiguo hombre de confianza.

Observó a Alexander de espaldas acuclillado, mientras deslizaba un afilado cuchillo a lo largo de las orbitas del animal hasta hacer caer los ojos dentro de un recipiente de hojalata.  Cuando estuvo a menos de dos metros de distancia se detuvo y aclaró su garganta antes de hablar.

_Alexander Ivanov_ dijo con voz alegre.

El aludido giró la cabeza sobre su hombro izquierdo y contempló detrás de las gafas con ojos sorprendidos al recién llegado. Se puso de pie de un salto como si un par de resortes lo impulsaran, de inmediato una sincera sonrisa se dibujó en sus labios.

_ ¡Juan! _ dijo mientras dejaba el cuchillo a un lado y se sacaba el mandil de cuero que utilizaba para proteger su ropa.

De pronto, frunció el ceño y su alegría inicial se trasformó en preocupación.

_ ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha sucedido? ¿Están todos bien en la hacienda? _ prorrumpió en preguntas aceleradas.

Alexander mantenía comunicaciones periódicas con Juan y ocasionales con algunos de sus hijos en fechas significativas como cumpleaños y fiestas de fin de año en las que se escribían alguna que otra escueta carta. Cuando salió de Oberá, Galina y Yuri cortaron toda comunicación con Alexander. En cambio, mantenía relaciones cordiales con Iván, Nadia y Oleg.

Nadia se había casado seis meses atrás y vivía con su esposo en Buenos Aires.

Oleg seguía siendo un niño y apenas se tomaba la molestia de escribir unas líneas a su padre. No es que esto molestara o inquietara particularmente a Alexander, por el contrario, lo comprendía por completo ya que se consideraba un hombre de pocas palabras. Por otra parte, Alexander consideraba a Iván como su antagonista, escribía largas y emotivas cartas en donde le expresaba su incondicional afecto. Actitud que perturbaba profundamente a su padre ya que no estaba habituado a aquellas demostraciones de estima que su hijo le profesaba, es más, creía que no era digno de tal afecto.

_No se preocupe, no sucedió nada, solo vine a verlo y a conversar con usted_ se apresuró a decir Juan.

Alexander relajó su semblante y volvió a aparecer de nuevo aquella sonrisa genuina a la cual las personas que lo conocían no se hallaban muy familiarizada.

_Deja que me lave para que pueda darte la bienvenida con propiedad_ dijo Ivanov.

Juan asintió con una sonrisa y esperó a que Alexander se aseara. Mientras esto sucedía lo observó con detenimiento. No lo veía desde que había dejado Oberá. Aún mantenía su impresionante presencia y su espalda atlética, pero las canas ocupaban ahora gran parte de su cabeza.

Alexander se acercó al pozo y extrajo agua por medio de un balde amarrado a un sistema de poleas. Depositó el líquido en una palangana, se sacó las gafas y se lavó las manos, los brazos y la cara. Cuando finalizó se secó el rostro con el faldón de la camisa. Tenía los labios secos. Intentó humedecerlos con la lengua, pero también estaba seca, por lo que tomó un sorbo de agua directamente del balde. Acto seguido, se ajustó los lentes y se acercó a Juan. Lo estrechó entre sus brazos y le palmeó la espalda en señal de aprecio.

Ivanov le encargó a uno de los peones la finalización de la faena antes de invitar a Juan a que conociera sus nuevas tierras.

Se dirigieron luego en silencio rumbo al campo en donde pastaba el ganado. las pocas cabezas con las que contaba el año anterior se habían multiplicado y pacían pacificas en los verdes pastizales. Se sentaron frente al tajamar en donde una de las vacas y su cría bebían placenteramente. Alexander extrajo un cigarrillo del bolsillo de la camisa, y lo encendió. Le dio una profunda calada y soltó el humo por encima de su cabeza. Rodeó luego sus rodillas flexionadas con los brazos y esperó a que el visitante dijera algo.

_Estas tierras parecen ser generosas_ dijo el hombre poco después al tiempo que acomodaba sus lentes sin montura sobre el puente de su generosa nariz.

_Lo son_ convino Ivanov haciendo un asentimiento con la cabeza_ pero no ha sido fácil.

Juan pensó que la voz de Alexander se había trasformado en una de aquellas voces que caracterizan a los hombres fumadores: voz espesa, varonil, pero un poco escabrosa, propensa a las ronqueras.

Alexander tomó una piedra y la arrojó al tajamar. Media docena de ondas concéntricas cubrieron el apacible espejo de agua.

_Juan, ¿por qué no me dices que es lo que te trajo hasta aquí? _ preguntó sin mirar al visitante.

Juan aspiró profundamente antes de hablar, señal que no pasó desapercibida para Ivanov.

_Yuri va a casarse en un mes_ dijo Juan y esperó la reacción que produciría aquel anuncio en su interlocutor.

Ivanov no pareció sorprendido. En realidad, no tenía por qué estarlo. Su hija Nadia se había casado y solo le anunciaron el enlace en una sucinta carta unos días antes de la boda.

_ ¿Y? _ preguntó Alexander para después darle otra profunda calada a su cigarrillo.

_Yuri quiere que le den su parte de la hacienda_ agregó Juan inclinándose levemente hacia adelante, esperando con respeto y atención las siguientes palabras de Ivanov.

_ ¿Qué se supone que eso significa? ¿A caso no obtiene ya su parte de las ganancias de la hacienda? _ preguntó Ivanov al tiempo que apagaba el pitillo contra el suelo.

_Quiere poner en venta la hacienda y que le den la parte del dinero que le corresponde_ explicó.

Juan observó el cambio en el rostro de Alexander. Las venas de su cuello se dilataron y él sabía que cuando aquello ocurría era porque se hallaba realmente molesto. Algo que rara vez ocurría. Pero a pesar de ello Alexander se echó a reír. Su risa sonó dolorosa, pero a la vez irónica.

_Yuri hace esto solo por fastidiarme. Sigue odiándome y quiere seguir castigándome_ contestó Alexander_ pero no tiene caso, no pueden vender la hacienda hasta después de la muerte de Galina. Has perdido tu tiempo viniendo hasta aquí_ su voz sonó amarga, pero esbozó una sonrisa de incredulidad, mezcla de insatisfacción e ironía.

Juan asintió y se reflejó cierto alivio en sus ojos. Alexander imaginó que la situación no era agradable para él siendo el administrador de la hacienda.

_No he perdido mi tiempo. Me alegra mucho poder verlo_ contestó antes de que se estrecharan las manos.

III

La visita de Juan dejó cierto sabor amargo en Kataryna. Apreciaba al hombre, pero su llegada le había traído recuerdos dolorosos que hubiese preferido mantener enterrado en lo más profundo de su ser. Hacía casi cuatro años de la muerte de Daryna, aún le dolía, y estaba segura de que le seguiría doliendo por el resto de su vida.

Felipe le traía alegría y una poderosa razón para vivir, pero el amor maternal que el niño le inspiraba no era suficiente para olvidar a las tres hijas que perdió.

Los dos primeros años de la vida de Felipe habían sido un reto constante por salir adelante, la batalla librada contra la manga y la amenaza de una nueva invasión seguía latente, a pesar de que extremaron precauciones. No obstante, la hacienda iba progresando y esperaban que aquel año empezara a dar sus frutos. Todo aquello la llenaba de satisfacción.

Sin embargo, había notado un leve cambio en el comportamiento del niño después de haber cumplido los dos años. Si bien Felipe era un niño alegre y feliz la mayor parte del tiempo, de tanto en tanto parecía sumirse en una especie de nebulosa gris, como si se desconectara de la realidad y se sumergiera en un su mundo particular. Le recordaba intensamente a su padre. La diferencia entre ambos radicaba en que Alexander era consciente de aquellas etapas en las que su mente se disgregaba e intentaba luchar para salir a flote. El niño simplemente no tenía idea de lo que le ocurría.

Cuando cumplió los tres años, se le sumó otra extraña manifestación a su ya de por sí poco común comportamiento. Empezó a exhibir episodios repentinos y repetitivos de conducta impulsiva, a veces agresivas que concluían con arrebatos de llanto y un prolongado silencio acompañado de un severo aislamiento.

Felipe actuaba como el poderoso río Paraná, que al observarlo desde la orilla se veía lento y aparentemente calmo, con aguas que parecen apenas moverse, pero que cuando lo navegas tienen peligrosas corrientes y remolinos. Y qué decir de la enfurecida fuerza que presenta durante las tormentas y crecientes, en donde si te arriesgas te hundes y pierdes la vida. Eran en aquellos momentos en que la sombría gravedad de la expresión de Felipe asombraba y a la vez preocupaba a su madre mucho más por tratarse de un niño tan pequeño.  Cuando aquellos episodios desaparecían, al cabo de un par de horas, volvía a hablar y su voz sonaba tranquila y apacible.

En una ocasión, mientras se hallaba montado sobre su caballito de madera, meciéndose con rapidez, como si intentara huir de un perseguidor invisible, su madre lo reclamó en la cocina con un plato de Varenyky, el preferido de Felipe. Pero por extraño que pareciera el niño pareció no oír a su madre. Lo llamó un par de veces más, pero Felipe seguía meciéndose con rapidez, su rostro estaba rojo, el sudor le corría por las mejillas y tenía el cabello apelmazado y húmedo. Kataryna se acercó a su hijo y detuvo el caballito para evitar que siguiera meciéndose.

_Felipe la comida está lista_ dijo con voz cariñosa.

El niño la miró con dureza, como si acabara de interrumpir la más importantes de sus tareas. Su cara adquirió una fría calma como las que preceden a la peor de las tormentas. La observó con ojos penetrantes y admonitorios, para luego estallar en un arrebato de rabia incontrolable.

Descendió del caballito dando estridentes gritos, sacudiéndose como si fuera presa de una terrible convulsión para luego regar por la sala, todos los libros ordenados en el estante que estuvieron a su alcance. Su madre se quedó petrificada ante aquella violenta reacción. El niño parecía no solo experimentaba una explosión violenta sino también parecía genuinamente angustiado.

Cuando Kataryna pudo reaccionar lo levantó en brazos e intentó estrecharlo contra su pecho al tiempo que repetía palabras tranquilizadoras que parecían complicar muchísimo más la conducta del niño.

Felipe sacudía los brazos, propinaba a su madre puntapiés y chillaba como si fuera un cerdo que iba directo al matadero. Aquel episodio se extendió por unos diez minutos y de pronto Felipe se detuvo como si alguien hubiese oprimido un imaginario botón de apagado. Kataryna intentó abrazarlo de nuevo, pero el niño parecía una estatua de mármol. 

Lo dejó en el suelo y el niño abrió la puerta y salió al jardín. Se sentó debajo de un árbol y empezó a mecerse sobre su propio cuerpo.

Kataryna intentó entablar algún tipo de comunicación con él sin resultado. Se mantuvo en aquel lugar por un tiempo que a Kataryna le pareció eterno. Parecía resentido, permanecía en silencio o respondía con gruñidos. Al cabo de media hora dejó de mecerse, levantó la mirada al cielo y se mantuvo así por unos minutos. Luego, como si saliera de algún trance se puso de pie con energía y con el rostro radiante señalando con su pequeño dedo índice la puerta de la casa, como si fuera el fiscal en un juicio dijo con la voz más firme que Kataryna le haya ido jamás:

_Mamá tengo hambre.

Kataryna lo observó perpleja y asustada por unos segundos antes de que el niño repitiera la misma sentencia.

Una madre es una madre después de todo, por lo que lo tomó de la mano y se encaminaron juntos a la casa.

Nunca le comentó a Alexander aquel insólito episodio, no tenía idea de cómo abordar la situación del niño sin que el padre se sintiera personalmente involucrado, responsable y culpable de la conducta del pequeño.

IV

Esa noche entró soplando desde el sur una tormenta y llovió con fuerza durante dos horas. Los relámpagos iluminaban la oscuridad de la noche y los rayos sacudían los alrededores de la casa. Extrañamente Felipe permanecía arrodillado sobre una silla, sosegado, observando el espectáculo de luces y sonido que se exhibía en aquel escenario. El viento soplaba y la lluvia azotaba las ventanas.

Kataryna permaneció de pie al lado de su hijo contemplándolo. En otra época no muy lejana, los agudos bramidos de las ráfagas del viento y el juego de luces y los estruendosos estallidos, la habrían aterrorizado sobremanera. Había aprendido a lidiar con ellos y con las emociones que la dominaban y la reprimían cada vez que se desataba una tormenta, que en aquella parte del mundo eran bastante comunes.

En el exterior se produjo un estruendo que sonó como una explosión o como si una bomba cayera muy cerca de la casa. Kataryna se estremeció, su corazón dio un salto, pero pronto se repuso.

Felipe parecía estar disfrutando aquel espectáculo, se hallaba con la manito apoyada sobre el cristal como si intentara tocar el agua que discurría por el cristal, inmerso en sus propios pensamientos.

Un imponente relámpago iluminó la ventana de púrpura y blanco, una estentórea ráfaga de viento llegó arrastrada desde el sur por la descarga eléctrica, y la lluvia azotó el cristal con más fuerza. Kataryna pensó que seguramente se rompería en pedazos.

Intentó alejar al niño de la ventana, pero este se negó rotundamente a hacerlo. Permaneció observando el fenómeno hasta que el clímax del recital de relámpagos y truenos empezó a desvanecerse con lentitud. Kataryna se sentó entonces a contemplar a su hijo mientras los decrecientes truenos se alejaban y los relámpagos tartamudeaban una despedida. De vez en cuando resplandecía el fogonazo de un rayo cada vez más lejano.

Cuando la tormenta desapareció por completo, Felipe pareció despertar de su embeleso y descendió de la silla alejándose de inmediato. Kataryna lo observó con expresión perpleja. Su extraño comportamiento no dejaba de asombrarla y a la vez inquietarla. Emitió un largo y pesado suspiro se puso de pie y fue a la cocina por una taza de leche.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Villa Encarnación, setiembre de 1937.

I

Felipe acababa de quedarse dormido luego de una intensa sesión de juegos. Los juguetes habían quedado desperdigados por toda la sala y Kataryna empezó a juntarlos con pasos cansados y vacilantes. Le dolía la espalda y la cintura, pero no pararía antes de dejar todo en orden. La mecedora en forma de caballito era el juguete preferido del niño. Le gustaba sentarse a horcajadas y mecerse con fuerza a medida que imitaba el relincho del animal. Kataryna tomó el caballito y lo guardó dentro del armario. Acto seguido, recogió el camión Ford 31 modelo AA hecho de madera, era lo suficientemente grande como para que Alexander sentara a su hijo en la carrocería y lo paseara por todo el jardín. Felipe batía sus manitas con una alegría contagiosa y desbordante, mientras que en los labios de Alexander se dibujaba una de sus infrecuentes sonrisas. En aquellos momentos Kataryna se sentía impulsada en pensar que el niño era la verdadera fuente de esa insólita y grata alegría.

Cuando Kataryna los contemplaba interactuando juntos experimentaba una extraña mezcla de sentimientos: emoción por el hecho de que el pequeño tenía la capacidad de hacer borrar por unos momentos la sombra de amargura que Alexander cargaba casi todo el tiempo, pero también sentía un sabor agridulce al comprender que aquel estado emocional no le duraría mucho tiempo. Tenía la inquietante idea de que en pocos días él regresaría de forma inexorable a la misma posición de depresión en la que frecuentemente solía hundirse por largos periodos.

Aquel pensamiento la entristeció y sus ojos parecieron cubrirse de una densa nube. Sacudió la cabeza intentando borrar aquel pensamiento. Hacía mucho tiempo que se había propuesto dejar de pensar en el extraño comportamiento del padre de su hijo y a aprender a convivir con él.

Cuando terminó de arreglar la sala se dejó caer en una de las mecedoras observando todo a su alrededor intentando descubrir algún que otro juguete escondido debajo de algún mueble o en alguna esquina.

En la pared de la sala había un cuadro que Alexander había traído consigo desde Oberá. En realidad, lo tenía consigo desde que dejó Moscú, ya hace muchos años. El cuadro mostraba a tres niños vestidos con bellos trajes, oyendo con suma atención e interés lo que una anciana estaba narrando. Alexander le había dicho que la obra se llamaba “Cuento de hadas” y que había sido un regalo que su padre Nikolái le había hecho a su madre en el día de su boda. Aquel cuadro se había salvado de los saqueos que había sufrido la casa paterna luego del asesinato de sus progenitores a manos de los vándalos revolucionarios.

Frente al cuadro, al otro lado de la sala había estanterías altas y amenazantes, dispuestos en cuidadoso orden se veían incontables libros sobre diversas disciplinas como: agricultura; ingeniería; psicología; ganadería; física y matemáticas. Escrutó los libros con los ojos entrecerrados, de cerca, su vista ya no era como la de antes.

 En el centro de la sala, al costado de la mesa, dos surcos profundos cruzaban la alfombra de piel de toro. Eran las marcas de las patas curvadas del caballito de Felipe.

Suspiró frustrada, si el niño seguía meciéndose de aquella forma terminaría por perforar la piel del animal.

Kataryna se retrepó en la mecedora con las manos entrelazadas detrás de la nuca y los codos muy separados. La pañoleta ahuecada alrededor de su cuello emitió un sonido de protesta como si intentara recordarle que aquella no era una posición adecuada para una mujer. Pensó que, si su madre la estuviera viendo ahora, terminaría regañándola.

_ “Esa no es la manera correcta de sentarse de una jovencita” _ le diría.

Kataryna sonrió ante el recuerdo de su madre, pero de inmediato su sonrisa se trasformó en un rictus de tristeza. No había sabido nada de su madre desde que abandonara Ucrania. Había intentado escribirle, pero las cartas nunca llegaban a destino. Según se comentaba entre sus paisanos, ni siquiera ingresaban a territorio soviético. Lo único que le quedaba era rezarle a Dios para que mantuviera a su familia sana y salva.

Se puso de pie y se acercó a la ventana. El cielo primaveral era de un azul nacarado salpicado tan solo por alguna que otra nube blanca que erraba indolentemente por aquel barniz inmaculado como algún visitante no deseado. El sol que entraba en la sala era de un dorado brillante. Las sombras de las patas de la mecedora atravesaban el piso en franjas curvas como si de banderas ondeando al viento se trataran. Según el reloj Mantlepiece que se hallaba sobre la estantería, eran las tres y media de la tarde.

Abrió la puerta y salió al jardín, ahora que Felipe dormía podía disfrutar un poco de la tibieza del sol sobre su rostro. Su vista de cerca no era muy buena, pero veía a la perfección a la distancia. A pesar de que el cielo se hallaba despejado y el sol brillaba con fuerza, le pareció ver a lo lejos en el horizonte encendido una nube gris. Lo primero que pensó fue que llovería en la noche o tal vez durante la madrugada.

Buscó una pala y empezó a remover la tierra de la huerta que había sembrado. Se inclinaba de tanto en tanto para hurgar en la tierra en busca de algún yuyo que pudiera entorpecer el crecimiento de las hortalizas. Al cabo de unos quince o veinte minutos, se irguió, se pasó el dorso de la mano por la húmeda frente para enjugar el sudor, al tiempo que observaba la nube gris que parecía haberse extendido sobre el horizonte.

Al parecer la lluvia llegará antes de lo que había pensado, tal vez al caer la tarde.

Dejó la pala a un lado y se detuvo a contemplar la gran nube gris con ojos perplejos. Seguía ensanchándose en el azul tranquilo del horizonte. Pero al mismo tiempo parecía dilatarse y descender y luego ascender y contraerse como el latido de un corazón.

Al mismo tiempo, Alexander intentaba pasar por alto la densa y opresiva humedad que antecede al atardecer mientras supervisaba el nacimiento de un nuevo potrillo. La brisa alzó un remolino de hojas a su alrededor y supuso para él un alivio momentáneo.

Le pareció percibir un zumbido lejano pero persistente que lo obligó a escudriñar el horizonte. Contempló perplejo la nube gris que parecía latir lánguido. La nube parecía provenir del sur y extenderse a pasos agigantados en todas las direcciones.

Desde la distancia, pero claramente aproximándose, llegaba aquel sonido que bien podía ser producido por infinidad de insectos estridulando.

Alexander abrió mucho los ojos azules con auténtico terror ante la sola idea. Su mejilla cubierta de vello de hebras blancas se contrajo en incredulidad.

_ ¡No, no puede ser! _ dijo y sin embargo no era algo inverosímil, y no sería la primera vez que ocurriera.

Como para afirmar aquella idea, la nube gris pareció contraerse y luego expandirse.

Volvió a contraer las mejillas con una mirada inquietante y el corazón empezó a latirle con fuerza. Sus procesos mentales se aceleraron al máximo, casi se oían girar los engranajes de su cerebro.

Algunos de los trabajadores dejaron lo que estaban haciendo y se acercaron a Alexander atraídos por aquel espectáculo. Otros contemplaban el fenómeno, apoyados en los alambrados o sentados en medio del campo.

_ ¡Es una manga de tucú[1]!_ gritó Alexander mientras se le arrugaban las mejillas sin afeitar de un modo terriblemente espeluznante.

En ese preciso momento, como para reafirmar sus palabras la nube pareció ejecutar una extraña y difícil pirueta, subió y bajó rápidamente en diagonal para luego tomar la forma de un nubarrón alargado.

La manga de langostas no tardaría mucho en llegar. Estos insectos de comportamiento gregario formaban enjambres que pueden llegar a cubrir más de ciento sesenta kilómetros por día. Su potencial destructivo era enorme y amenazaba con destruir todo a su paso. Hace un par de años atrás habían invadido el norte de Argentina y arrasaron el territorio vecino alcanzando distancias de más de ciento cuarenta millas en un día. Las tierras de Ivanov se habían salvado de aquella invasión, pero al parecer, esta vez no contaría con la misma suerte.

Una langosta adulta puede pesar entre dos y tres gramos, puede devorar su propio peso en alimentos cada veinticuatro horas, mientras que un enjambre puede estar constituido por entre cincuenta y cien millones de insectos por kilómetro cuadrado es capaz de destruir más de mil toneladas de vegetación verde al día. Pero la destrucción no solo terminaba con el arrasamiento de los campos. Las langostas desovan en ellos y poco después eclosionan nuevos especímenes llegando a inutilizar los campos.

_ ¡No tenemos mucho tiempo! _ gritó y empezó a dar órdenes con voz imperiosa, cuando terminó inspiró hondo y masculló una sarta de improperios para después salir corriendo rumbo a la casa. Al mismo tiempo, los trabajadores hacían lo mismo en busca de ayuda.

 Cuando llegó acompañado de su galopante corazón, expiró despacio. Había estado conteniendo la respiración. Se topó con Kaspar que contemplaba la nube cada vez más grande y cercana con una expresión mezcla de ansiedad e incredulidad.

_ ¡Busca todos los objetos metálicos que encuentres y llévalos al campo de inmediato! _ dijo Alexander con voz imperativa.

El muchacho asintió y salió corriendo hacia el cobertizo en busca de chapas de zinc o cualquier cosa que le sirviera para ahuyentar a los insectos que se acercaban amenazantes.

Alexander vio a Kataryna que se apresuraba en cubrir la huerta con trozos de lona, en un intento desesperado por salvar las hortalizas.

_ ¡Entra en la casa! _ gritó Alexander_ no tarda en llegar.

_ ¡Tengo que salvar el huerto! _ espetó con voz angustiada.

Alexander dejó escapar lo que acaso era la risa más desprovista de humor que Kataryna ha oído jamás.

_Es inútil_ dijo él con la mirada abatida.

_Lo tengo que intentar de todas formas_ dijo ella.

_ De acuerdo, pero cuando termines métete a la casa.

Alexander distinguió una expresión de confusión y sorpresa en el rostro de Kataryna.

_No, iré al campo a ayudar_ contestó.

_Debes cuidar al niño, no puedes dejarlo solo.

Kataryna emitió un suspiro profundo de frustración. Alexander tenía razón, no podía dejar solo a Felipe.

Antes de que pudiera asentir, el sol quedó oscurecido por la invasión más espantosa que se había visto en décadas, creando una especie de penumbra sibilante. En cuestión de segundos cayó sobre ellos el vuelo pesado de millones de langostas voladoras.

_ ¡Protégete en la casa! _ gritó Ivanov.

Esta vez Kataryna obedeció. Se dirigió corriendo hasta la puerta que daba a la cocina y se introdujo en ella cerrándola con un golpe. Se apresuró a cerra las ventanas y enfiló el pasillo que llevaba a la habitación de Felipe. El niño seguía dormido ajeno al desastre que se orquestaba fuera. Regresó a la cocina y se plantó enfrente de la ventana conmocionada, en medio del creciente número de impetuosos insectos que amenazaban con destruirlo todo.

Al mismo tiempo, Alexander se dirigió al cobertizo en busca de un arma que lo ayudara a combatir el enjambre.  Rebuscó entre cajas, herramientas y recipientes en desuso, hasta que halló lo que estaba buscando. El lanzallamas boliviano que había guardado como trofeo de guerra. Estaba en buen estado ya que solía darle mantenimiento. Tomó el lanzallamas junto con una manguera de goma, y salió del cobertizo en medio de la lluvia de langostas que avanzaba con un ritmo aterradoramente rápido. Se cubrió el rostro con el brazo intentando protegerse de los insectos que se lanzaban en pica como si se tratara de aves acuáticas en busca de su almuerzo.

Kataryna apoyó una mano sobre el cristal, al ver como la silueta gris de Alexander se fundía con las siluetas negras de los árboles y cuando ya no distinguió una de otra emitió un leve gemido de desesperación.

Ivanov se dirigió a prisa hasta el camión que utilizaba para trasportar el ganado y las cosechas. Era un vetusto camión de tropas que el ejército paraguayo había dado de baja y que Alexander había adquirido por una módica suma, encargándose él mismo de su reparación y pintura. Lo llamaba cariñosamente “Puteshestvennik[2]. El capó era de un verde olivo, mientras que en los discos de las ruedas se apreciaba un rojo brillante.

Se arrodilló frente al tanque de combustible, instaló la manguera dentro, a continuación, abrió el tanque del lanzallamas en medio del zumbido de los insectos que se arremolinaban a su alrededor. Tuvo que dar un par de manotazos para intentar ahuyentarlos. Succionó por el otro extremo de la manguera hasta que el combustible empezó a fluir. Escupió en el suelo cuando sus papilas gustativas percibieron el sabor del hidrocarburo. Insertó el extremo de la manguera libre en el tanque del lanzallamas y dejó que se llenara el contenedor. Cuando terminó, se puso de pie y se aseguró de que el encendedor estuviera en el bolsillo de su pantalón. Acto seguido, se dirigió corriendo hacia el campo que ya se hallaba cubierto de langostas.

Kataryna observara atónita e impotente cómo las langostas envolvían los corrales, el potrero y los árboles. Su huerta estaba cubierta de manchas parduzcas y movedizas. Las langostas cercenaban las hortalizas, las hojas de los árboles y las flores del jardín, sin que ella pudiera hacer nada al respecto.

El quebracho del patio trasero se hallaba completamente negro, como si alguien acabara de untarlo con una especie de aceite pegajoso, con la diferencia de que aquel aceite se movía, se contorsionaba sobre sí mismo. Una de las ramas del árbol se quebró y quedó colgando en un racimo informe de langostas.

Kataryna no notó que se le clavaban las uñas en las palmas de las manos cuando cerró el puño. Se hallaba completamente ensimismada en aquel grandioso, impresionante, pero terrorífico espectáculo de la naturaleza.

Al mismo tiempo que las uñas de Kataryna se clavaban en las palmas de sus manos, decenas de voces agudas y graves gritaban de desesperación y pánico, seguido de ruidos de metales resonando, amalgamado con aquel zumbido infernal. Y la voz de Alexander chillando por encima de aquella repentina cacofonía. Aquellos gritos le provocaron a Kataryna una descarga eléctrica de desesperación.

Hombres, mujeres y jovencitos salieron a combatir, batiendo latas y agitando bolsas. La gente gritaba para ahuyentarlas.

Entre el gentío, Kaspar levantó los ojos implorando al cielo un poco de sensatez y solo pudo observar una gran mancha que se abalanzaba en picada sobre el campo y lo rodeaba.

Grupos de yeguarizos se juntaron en tropilla y recorrieron trescientos o cuatrocientos metros a través del campo aplastando las langostas y luego los hacían volver para iniciar de nuevo el penoso proceso.

Otros, armados con picos y palas, intentaban enterrar a las langostas en zanjas que cavaban a orillas del campo. Pero a pesar de todo el esfuerzo que hacían todo parecía inútil.

El zumbido de millones de alas batiendo al unisonó se sentía como un gran murmullo apagado, un recordatorio constante de que no había forma de vencer a aquel enajenado y hambriento enjambre.

Alexander sacó el encendedor y lo sostuvo con la mano derecha accionando el interruptor de encendido jadeando para recuperar el aliento. Apretó el interruptor del lanzallamas y acercó la llama azul del mechero. De inmediato salió despedida una larga llama horizontal que se asemejaba a la flama expulsada por la boca de un dragón milenario.

Bajó la mirada a sus pies, a pesar de que el suelo se hallaba cubierto de una masa informe de insectos en constante movimiento le pareció que el suelo se evaporaba y Alexander apenas y se daba cuenta de la energía que había consumido desde que aquel proceso destructivo se iniciara. De pronto tuvo un destello, un fugaz recuerdo, en el que se vio corriendo por el medio de un campo de batalla, intentado evitar que una bomba lo alcanzara y le hiciera volar en mil pedazos, en medio de gritos desgarradores de soldados heridos y agonizantes. Ahora se hallaba de un nuevo en el campo de batallas, solo que esta vez, los enemigos no eran alemanes, soviéticos o bolivianos, eran simples insectos, pero que podían causar mucha más desolación y destrucción que simples seres humanos.

Enseguida, pareció reaccionar y con el lanzallamas en la mano empezó a calcinar todo aquello que se movía. Los insectos pasaban raudos alrededor de él, igual que una película a cámara rápida. Saltaba se las tinieblas a la penumbra borrosa, incinerando a los insectos por decenas, por cientos, por millares. Pero no era suficiente, nunca lo sería, aunque siguiera calcinando langostas durante días.

El calor a su alrededor era abrazador, palpitante. No solo las langostas ardían, también se incendiaba el campo levantando grandes llamaradas. No habría forma de sofocar aquel incendio. Que más daba, o las langostas devoraban todo o se perdían las cosechas en el incendio. De una u otra forma terminaría derrotado.

Lenguas de fuego amarillo pálido saltaban de un lugar a otro. Su rostro estaba descompuesto en una mueca de ahincó y concentración. Sentía cada inhalación como hierro fundido en la boca y la garganta. Podía oler los insectos chamuscándose y la grasa derritiéndose. Experimentaba un calor salvaje y espeluznante saliendo del montículo que se retorcía en una confusa mezcla de langostas, cosecha y fuego.

El estómago empezó a darle vueltas con el olor chamuscado y nauseabundo de los insectos calcinados. Tuvo arcadas, pero se obligó a no vomitar.

Los brazos le dolían, estaban pesados y acalambrados. Sintió que los músculos de sus brazos latían enloquecidos, pidiendo una atregua.  Pero además había otros dolores menores que pugnaban por abrirse paso, una ampolla en la mano derecha, un dolor sordo en la cabeza.

Bajó el lanzallamas y extendió los brazos a los costados por unos segundos mientras las langostas volaban sobre su cabeza, rozando su rostro y enredándose en sus cabellos.

Mientras esto ocurría, Kataryna no podía dejar de contemplar el terrible pero fascinante espectáculo. Se enjugó una lágrima de impotencia que rodaba por una de sus mejillas. Se aferró al marco de la ventana hasta que los nudillos se le pusieron blancos debido a la tensión.

El llanto de Felipe la regresó a la realidad. Se dirigió a la habitación donde dormía el niño y lo cargó en brazos. Recorrió la casa de punta a punta oyendo el repiqueteo de los tacos de sus zapatos contra el piso.

Todo parecía extrañamente irreal, algo sobrenatural, algo que solo podía hallarse en algún párrafo de la Biblia. La penumbra se había convertido en oscuridad absoluta. Se sentía tremendamente desorientada como si no se encontrara en su propia casa. Observó el reloj sobre el estante, indicaba las ocho menos veinte. Habían pasado horas desde que el enjambre descendiera sobre Villa Encarnación.

II

Alexander dejó caer los brazos en actitud de derrota. Sacudió la cabeza y el cedazo de su cabello filtró una nube de ceniza que cayó sobre su hombro.  El fantástico combate había durado casi cuatro horas entre gritos y redobles. La huerta quedó vacía y las langostas diezmaron los trigales para luego levantar el vuelo y seguir su camino arrasador. La oscuridad no le permitió vislumbrar la situación de los campos ni los daños ocasionados.

El grupo de campesinos y sus familias se sumieron en la angustia, se veían cabizbajos y ocultaban el rostro entre sus manos. Algunas mujeres se arrodillaban, lanzaban los brazos al cielo en gestos exagerados implorando misericordia.

No se pudo cuantificar la valentía, la persistencia, la dedicación con la que luchó cada uno de los habitantes de Villa Encarnación, pero tampoco la desesperación, la ansiedad, la desmoralización que sintieron al ver que todos sus esfuerzos fueron en vano.

Todos murieron un poco aquel día, tal vez sus piernas seguían andando, tal vez sus corazones seguían latiendo, tal vez se levantarían a la mañana siguiente y volverían a ver la luz del sol, pero la certeza de saber que las langostas regresarían de nuevo la próxima primavera era algo aterrador.

Alexander regresó a la casa arrastrando levemente las piernas y con la espalda encorvada. Tenía el rostro cubierto de un hollín grasiento y pegajoso. Oía a los primeros grillos de la noche afinando en el jardín. Nunca pensó que aquel sonido que siempre lo había reconfortado en sus noches más solitarias ahora le resultaría casi aterrador.

Había luz en una de las habitaciones. Por el débil resplandor juzgó que procedía de la cocina. Dejó caer el lanzallamas, pero prefirió no entrar. Rebuscó en sus bolsillos en busca de algún cigarrillo. Halló un par dentro del envoltorio. Estaban doblados y maltrechos, pero de todas formas servirían. Encendió uno de ellos y apoyó la espalda contra uno de los pilares. Le dio una profunda calada, la sensación del humo dentro de sus pulmones lo relajó de inmediato. Retuvo el humo por unos segundos y luego lo expulsó lentamente.

La experiencia lo había dejado exhausto no solo física sino también emocionalmente.  Permaneció tranquilo, pálido con la mente fija en otra realidad, planteándose huir de nuevo, dejar Villa Encarnación en busca de otro lugar, de otras experiencias. ¿Pero se preguntó qué es lo que en realidad pretendía encontrar? ¿Acaso no había pasado por eso más veces de las que podía contar? A pesar de saber las respuestas a esas preguntas, sabía con certeza que debía abandonar todo y empezar de nuevo. ¿Acaso no podía empezar de nuevo en aquellas tierras que le pertenecían?  Después de todo, las langostas acabaron con todo en un abrir y cerrar de ojos. Volver a sembrar sería como empezar de nuevo.

Volvió a dar otra calada a su cigarrillo. No, debía dejar todo esto atrás y empezar algo diferente. ¿Pero qué sería de Kataryna y Felipe? ¿Los abandonaría? ¿No lo había hecho acaso con Galina y sus hijos? Se acababa de meter en una trampa de culpabilidad dentada y filosa. Si cometía alguna estupidez como abandonar a su nueva familia, la trampa se cerraría con un estallido y le arrancaría la cabeza. Su cordura parecía bascular peligrosamente sobre sus goznes mentales. Pero no era la primera vez ni sería la última.

Oyó un ruido a sus espaldas. Miró sobre su hombro y vio a Kataryna en el umbral de la puerta. Se acercó a él despacio, vacilante, parecía estar sopesando su estado de ánimo.

_ ¿Dónde está Felipe? _ preguntó Alexander como si se tratara de un día cualquiera y no del fin del mundo.

_Se volvió a dormir luego de comer algo_ respondió ella.

Alexander se limitó a mirarla a través del velo del humo de su cigarrillo. Pensó que era mejor no decir nada. Creía que cuando se presentaban acontecimientos que llenaban a las personas de estupor y desesperanza, es generalmente mejor no decir nada, pues en tal estado cualquier palabra será una palabra desatinada.

_Vayamos a la cama, no podemos hacer nada más hasta mañana_ agregó ella al tiempo que situaba una mano sobre el hombro de su compañero.

Alexander dejó caer la colilla en el suelo y la pisó con la punta de la bota. Asintió en silencio y la siguió hasta el interior de la casa.

III

Cuando Alexander despertó por la mañana, le sorprendió ver la luz del sol. Brillaba con luz dorada y bañaba los desolados campos con su luz esplendorosa.

Salió de la casa con pasos cansinos y sombríos. Kataryna se le unió poco después. Llevaba al niño de la mano, pero pronto se separó de ella y se alejó corriendo.

El rostro de Alexander se veía desfigurado, se hallaba más angustiado, más ansioso, más deprimido que nunca.

La devastación era mucho mayor de lo que se había imaginado. Algunas zonas del campo ardían aún. Largas lenguas de humo negro y nauseabundo se levantaban hacia el cielo aquí y allá. Una alfombra informe de langostas muertas cubría el suelo por donde se mirase.  Los insectos se habían comido hasta el tallo del maíz, no habían dejado alimentos ni para el ganado.

Kataryna se dirigió a la huerta esperando encontrar alguna parte de sus hortalizas intactas, pero lo que encontró fue más langostas muertas. Sus ojos llenos de inquietud recorrieron el lugar sin dar crédito a lo que veían. Se llevó una mano a la boca para intentar evitar un gemido de desesperación. No quedaba ni una sola hortaliza en pie.

Felipe se sentó en el suelo y empezó a escarbar la tierra con sus manitos, parecía estar buscando algún tesoro escondido. Observó con curiosidad un pequeño montículo en donde un par de langostas se retorcían mientras batían sus alas en un susurro agonizante. Tomó uno de ellos pensando que era el juguete más gracioso que había visto. El juguetito se sacudía en su palma abierta produciéndole un suave cosquilleo.

_ ¡Mama, mama mira qué lindo! _ dijo y se puso de pie.

Kataryna despertó de sus cavilaciones y observó a su hijo. Se sobresaltó al ver lo que el niño llevaba en la mano.

_ ¡Suelta eso Felipe! _ le ordenó.

El niño soltó el insecto alarmado por el tomo imperativo y angustiado de su madre y se lanzó a llorar.

Kataryna se arrodilló en el suelo y abrazó a su niño que lloraba preso de la angustia y la inquietud que experimentaba. Era pequeño para comprender lo que sucedía, pero los chiquillos de su edad tenían una especie de sexto sentido y percibían con claridad la situación de desesperación y abatimiento de sus progenitores.

_Vamos no llores, no debes jugar con los bichos_ dijo su madre_ son sucios y huelen mal.

El niño seguía sollozando desconsoladamente como si en vez de recibir un regaño había obtenido un golpe.

_Vamos ayúdame a cavar_ lo animó al tiempo que lo tomaba de la mano y se dirigía de nuevo a la huerta.

Tal vez, las langostas se habían alimentado de todas las hortalizas, pero no pudieron comerse las zanahorias, las cebollas y las remolachas. Con un poco de suerte podría recuperar algo. Le entregó una palita de mano a su hijo, mientras que ella tomaba otra y se ponía a escarbar la tierra.

Mientras tanto, Alexander se sentó en el suelo y rodeó con las manos sus rodillas flexionadas. Tenía la mirada distante, como si en vez de contemplar el devastado campo que extrañamente se parecía a un campo de batallas después de la guerra, estuviera vislumbrando un mundo idílico muy pero muy lejos de allí. Se mantuvo en aquel estado ausente por varios minutos y cuando regresó, su mente empezó a considerar sus opciones, las cuales no eran muchas. La primera y la que sonaba con más fuerza en su cerebro era el de abandonar Villa Encarnación y probar suerte en otra parte. La segunda quedarse y luchar por recuperarse en aquellas tierras. La segunda opción era la más difícil, requeriría de mucho empeño, largas e interminables horas de trabajo constante. No podría cultivar de nuevo hasta asegurarse de que haya eliminado hasta el último huevo de langosta. De lo contrario, tendría una nueva invasión el siguiente año. Pero si decidía irse y abandonar todo, no le darían mucho por las tierras en el estado en el que se encontraban. En su cabeza había una lucha feroz entre dos bandos: uno que le apremiaba a salir corriendo y abandonarlo todo y el otro que le aconsejaba que se quedara y presentara batalla.

Aspiró profundamente y sus pulmones se llenaron de un olor fétido a langosta calcinada. Observó el gallinero, las gallinas cacareaban contentas. Al parecer eran las únicas que apreciaban vivamente la presencia de millares de langostas. Las levantaban con sus afilados picos y se las tragaban en uno o dos bocados. Para ellas se trataba de todo un festín.

Pero para el resto de Villa Encarnación en cambio, la manga de langostas solo había traído desolación y miseria, desesperanza y desaliento.

En los días posteriores a la invasión, ocurrieron una serie de suicidios en el pueblo. Campesinos agobiados por las deudas y las cosechas perdidas se pegaban un tiro o se cortaban las venas en un intento por huir de la desgracia sin saber que hundían a los que los sobrevivían en la más indolente de las desgracias.

Muchos querían dejar las tierras y buscar suerte en otros lares, tal y como pensó Alexander en un principio, pero se hallaron ante la desagradable sorpresa de que el tren no podía dejar la estación. Los insectos que habían colisionado con los vagones y la locomotora murieron aplastados por las ruedas del tren produciendo una especie de grasa viscosa en donde las ruedas se empastaban y resbalaban. Los pasajeros se apeaban y espolvoreaban tierra en los rieles y las ruedas intentando contrarrestar los efectos de aquella densa materia, pero a pesar de los esfuerzos no daba resultado. La locomotora lograba desplazarse unos metros y luego volvía a patinar y se detenía irremediablemente.

IV

A la mañana siguiente, Kataryna preparó café, algo de pan y unos huevos fritos para el desayuno. No pudieron comerse los huevos, el olor y el sabor eran repugnantes. Las gallinas que con tanta avidez se habían alimentado de las langostas habían producido unos huevos nauseabundos y repulsivos. Más tarde descubrían que aquel olor no solo afectaba a los huevos sino también a la carne de las gallinas.

Luego del poco agradable descubrimiento Alexander permaneció sentado junto a la mesa de la cocina inmerso en sus pensamientos, mientras Kataryna terminaba de lavar los trastes y limpiar la cocina. Cuando terminó, observó a su compañero por unos segundos, notó que se hallaba enfrascado en sus pensamientos y decidió dejarlo solo.

La preocupación principal de Alexander en aquel monto era evitar que el ganado se muriera de hambre. Debía hallar la forma de conseguir alimento en algún pueblo cercano y trasportarlo hasta Villa Encarnación. El tren aún no se ponía en movimiento. El gobierno enviaría una cuadrilla de hombres para limpiar los rieles, pero no llegaría hasta dentro de una semana.

Alexander tenía los dedos de las manos entrelazados y apoyados sobre la mesa. La espalda algo encorvada, la cabeza gacha y los ojos azules parecían cubiertos con un velo de confusión.

Tenía algo de dinero guardado producto de la venta de la madera de la tala de árboles, no era mucho ya que invirtió casi todo en la construcción de la casa y en la preparación y siembra del campo. Pero no le quedaba otra cosa que hacer, debía al menos, salvar al ganado.

Se removió en su asiento, frente a la mesa de madera en forma nerviosa. Se percató de pronto que había decidido quedarse y luchar, ya no había espacio en su mente para la primera opción que había considerado la noche anterior. Y por extraño que pareciera aquella decisión no lo hacía sentirse valiente o resuelto, todo lo contrario.

Se levantó de pronto y Kataryna lo vio alejarse rumbo al sitio en donde descansaba su camión, con las manos embutidas en los bolsillos traseros del pantalón. Gesto que su mujer nunca le había visto antes. Kataryna permaneció con los ojos fijos en él hasta que el sonido de sus botas se perdió en el corredor.  El aire seguía impregnado de aquel espantoso y persistente olor fétido que parecía resuelto a impregnarlo todo.

Se detuvo frente a “Puteshestvennik” y lo inspeccionó con detenimiento. Verificó el nivel de aceite, el agua y el combustible. Comprobó el estado de las llantas. Cuando terminó con la inspección, dio un par de palmadas al capó como si estuviera dándole su aprobación. Regresó con pasos rápidos y firmes a la casa. Buscó a Kataryna quien se hallaba en plena faena de limpieza y le informó que tomaría el camión y conduciría hasta Trinidad (un pueblo que distaba veintiocho kilómetros de Villa Encarnación) en busca de provisiones.

Alexander habló con coraje. Al menos, con el mayor coraje del que fue capaz dadas las penosas circunstancias por las que estaban atravesando. Kataryna observó en sus ojos determinación y arrojo. Percibió de inmediato que no se daría por vencido tan fácilmente. Admiró su aplomo y su resolución, al tiempo que asentía con una sonrisa que dijo mucho más que cualquier palabra de aliento.

Alexander buscó el dinero que tenía guardado en una ingeniosa “caja fuerte” situada debajo de un falso piso detrás del estante de libros. Besó a su hijo y abrazó a Kataryna antes de dirigirse hacia el camión que parecía esperar ansioso la llegada de su conductor, listo para iniciar aquella aventura. Si bien la distancia hasta Trinidad no era muy larga, el camión era viejo y había sufrido el embate de incontables batallas, además el camino era apenas unas huellas por donde las carretas circulaban y con las lluvias de primavera se cubrían rápidamente de hierbas y maleza que dificultaban el tránsito.

Tomó la puerta del camión e intentó abrirla, se produjo un ruido seco cuando las antiguas bisagras se movieron. Había olvidado aceitarlas cuando restauró el camión. Se dijo que lo haría cuando estuviera de regreso. Jaló del tirador y los goznes profirieron un fuerte chirrido al abrirse por completo la puerta.

Subió al vehículo de un salto y cerró la puerta que emitió otro chirrido, esta vez más estridente que el primero. Arrancó el “Puteshestvennik”. Al principio pareció resistirse, se sacudió, pero luego se oyó un gruñido grave acompañado de una gran nube gris que se expandía a través del caño de escape. Se puso en marcha poco después.

Una brisa suave refrescaba la mañana. Levantó la mirada observando un pequeño cúmulo de nubes grises que pronosticaban lluvia. Después de escrutar por un rato aquella región del cielo, pensó que sería mejor apresurarse, aunque era imposible que el camión viajara a más de treinta kilómetros por hora debido al mal estado del camino. Creyó que no le llevaría más de dos horas llegar hasta Trinidad, podía llegar antes del mediodía y regresar a eso de las tres o a lo sumo las cuatro de la tarde.

Quince minutos después, a ambos lados del camino descollaba el bosque, que se iniciaba a menos de cinco kilómetros de distancia. Enseguida, avistó una nube de polvo elevándose hacia el sur. El sol ascendente la convirtió en una bruma macilenta.

No mucho después, tropezó con una larga caravana de carretas que también se dirigía a Trinidad. Contó veinte carretas. Al parecer no había sido el único a quien se le había ocurrido la idea de conseguir provisiones. El camino era tan estrecho que no había forma de aventajarlos. Los siguió de cerca por algo más de diez minutos que a Alexander le parecieron horas. Aventajó a la caravana por un estrecho pasaje entre el bosque y el sendero.

El viento crecía con fuerza minuto a minuto y creyó que la lluvia terminaría por caer en menos de una hora. Y si no llegaba rápido terminaría varado en Trinidad hasta que pasara el mal tiempo. El cielo se veía cargado con nubes de tormentas y el calor de aquel mes de primavera era pesado e incómodo.

Recordó a Tatiana, no tenía razón aparente para hacerlo en aquel preciso momento, pero estaba habituado a que sucediera en los momentos más inverosímiles. Y este desde luego, era uno de ellos. Ciertos sentimientos dentro de su espíritu al parecer buscaban resurgir en aquella forma indirecta en que suelen hacerlo, a través de personas que uno se siente inclinado a recordar sin exacta o clara consciencia de la motivación. Sonrió ante su recuerdo. Tatiana siempre había representado para Alexander, el sosiego, la paz, la felicidad, por lo que no era completamente extraño que la recordara cuando andaba en busca de todas aquellas emociones.

Mas adelante, Trinidad pareció emerger sobre una colina. Al mismo tiempo, el cielo terminó por cubrirse por completo con una densa capa de nubes negras y amenazantes. El viento soplaba con más fuerza cuando se apeó frente a la primera mercantil que halló. Escrito en un cartel que se sacudía al viento, con pintura que en otros tiempos pudo haber sido de un escarlata brillante, pero que se había decolorado hasta adquirir un tono oxido desvaído, se leía un enigmático mensaje:

” La vida es una décima parte de las cosas que te pasan y la novena parte de la forma en que reaccionas a ellas”.

Se quedó frente al cartel que parecía estar a punto de ser arrancado por el viento, contemplándolo. Había mucha verdad en aquellas palabras de eso estaba seguro.

Una fuerte ráfaga de viento lo puso en movimiento. Ingresó al establecimiento apresuradamente. Un hombre con un sándwich en la mano, de ojos negros, penetrantes y misteriosos lo estudió desde detrás del mostrador con el hirsuto pelamen de sus cejas, como si se trataran de acechantes fieras escondidas entre matorrales de la selva. Frunció el ceño y apretó los labios como si intentara dilucidar qué diablos hacía aquel desconocido en su establecimiento justo cuando estaba a punto de lanzarse una tormenta.

Alexander lo saludó y tomó el toro por las astas, no tenía tiempo que perder. Le explicó al hombre lo que lo había llevado hasta allí. Él se quedó sorprendido, con el sándwich en la mano y la boca entreabierta. Alexander pensó que se veía como un de aquellos anuncios que publicitan periódicos o revistas internacionales. Reaccionó de pronto y le proporcionó a Ivanov la dirección del lugar donde podía adquirir los alimentos para el ganado, para después tragarse apresurado el trozo de sándwich. Alexander agradeció con una inclinación de cabeza.

Cuando salió a la calle, el viento lo hizo tambalear y la arena se le clavó en el rostro. Subió al camión y se dirigió a lugar que le habían señalado, no le supuso mayor inconveniente llegar hasta allí. Realizó la compra sin muchos contratiempos, pero se vio obligado a esperar a que cargaran el camión porque la lluvia empezaba a caer con fuerza.

A las cuatro de la tarde, el viento se había reducido a un susurro y la lluvia se había convertido en una leve llovizna. Las nubes empezaron a disiparse mientras Alexander cargaba el camión. El sol emergió despacio por detrás de una de las nubes y un arcoíris pintó el cielo con su paleta de colores.

Cuando emprendió el regreso a Villa Encarnación, había dejado de llover y el cielo azul y límpido lo precedía. Las sombras de los árboles proyectaban sombras que parecían arrastrarse en torno al camión como si se trataran de serpientes mientras la luz agonizaba en el cielo.

Llegó a casa cuando la noche envolvía al mundo en su manto negro. Se apeó del “Puteshestvennik” echó un vistazo a la casa y observó una luz encendida. Hundió los hombros, estaba cansado, pero echó a andar hacia el corral con la idea de dar de comer al ganado. Entonces se detuvo y giró sobre sus talones para observar una vez más la casa que parecía dormir en silencio con excepción de aquella luz.

Enseguida se puso en marcha llevando consigo su preciosa carga. Dispersó el sorgo en el corral y se detuvo a contemplar a los animales mientras se alimentaban, mientras pensaba que el trabajo apenas empezaba. No tenía alimentos para más de una semana, pero afrontaría los problemas un a la vez, paso a paso, día a día.

Se dirigió a la casa y entró con sigilo. Kataryna y el niño estarían durmiendo. La luz provenía de la habitación, al parecer Kataryna seguía despierta. Abrió la puerta con cuidado. A la luz de una lampara sobre la mesilla de noche, ella giró la cabaza hacia la puerta. Al verlo sonrió y extendió su mano. Él se la tomó.

V

Unos golpes en la puerta lo alertaron. Alexander se incorporó frotándose los ojos, luego buscó a Kataryna, pero ella ya había abandonado la cama. Se levantó al tiempo que se arreglaba los pantalones y la camisa. El cansancio ni siquiera le permitió cambiarse antes de caer rendido en los brazos de Morfeo. Su descanso había sido escaso, pero reparador.

Otros tres golpes lo obligaron a ponerse en movimiento, se acercó a la puerta y la abrió. Del otro lado se encontraba Kaspar que estrechaba su sombrero contra su pecho y lucía una extraña expresión de tristeza y solemnidad.

 De pronto, sin decir palabra una lagrima empezó a derramarse desde su ojo izquierdo y rodó por su mejilla imberbe. Intentó hablar, pero parecía incapaz de insuflar suficiente aire dentro de sus pulmones como si acabara de correr un largo trecho. Entonces las palabras surgieron en un susurro.

_Ciento mucho no haber venido a trabajar ayer Don Ivanov_ dijo con la mirada baja adoptando un tono de voz bajo y respetuoso, pero a la vez avergonzado.

_Lo entiendo_ contestó Alexander al tiempo que situaba una mano condescendiente sobre el hombro del muchacho. Aquella terrible experiencia había dejado huellas profundas en los más valientes y laboriosos hombres, por lo que Alexander simpatizaba con la actitud inicial del joven. _Pienso volver a levantar esta hacienda y para ello necesito de tu colaboración_ agregó.

El muchacho levantó la mirada. Sus ojos brillaban y esbozó una sonrisa entusiasta.

_Cuente conmigo_ contestó el joven al tiempo que se enjugaba la lágrima de la mejilla con el dorso de la mano.

_Muy bien, empieza por alimentar al ganado_ dijo Alexander. El chico asintió para luego colocarse el sombrero sobre la cabeza y salir apresurado hacia el corral.

Alexander lo observó alejarse, utilizaba la mano derecha para sujetar el sombrero que amenazaba con salir volando a medida que corría.

Cuando Kaspar desapareció de su campo de visión, ingresó a la casa y cerró la puerta. Fue a la habitación de Felipe y lo halló durmiendo. Buscó a Kataryna en la cocina, pero halló el lugar vacío. Observó a través de la ventana y la descubrió una vez más acuclillada frente al huerto, su falda ondeaba a su alrededor como las alas de una excepcional ave. No podía dejar de admirar y respetar su persistencia, la firmeza y perseverancia de sus actos. Y por un instante sintió que no debía defraudarla.

La vio ponerse de pie, sostenía la asada con la mano izquierda mientras se enjugaba el sudor de la frente con el antebrazo derecho.

Kataryna dirigió su mirada en dirección a la casa y descubrió a Ivanov que la observaba desde la cocina. Dejó caer la asada y salió del huerto. Se dirigió al pozo de agua y se lavó las manos y luego el rostro. El agua era fresca y revitalizadora. Bebió un poco del cristalino líquido que bajó por su garganta seca produciéndole una sensación de alivio instantáneo. Acto seguido se dirigió a la cocina en donde Alexander la esperaba.

_Te levantaste temprano_ dijo él a modo de saludo.

_Si, terminé de limpiar el huerto. Ayer después de que te fuiste saqué las langostas y empecé a remover la tierra.

Alexander asintió con un movimiento de cabeza mientras se sentaba a la mesa.

Kataryna sirvió cocido con leche en dos pocillos y los dejó sobre la mesa.

_Gracias a Dios las vacas no se alimentan de langostas_ dijo Kataryna_ o de lo contrario no tendríamos leche.

Se dirigió a la fiambrera en busca de una trincha de pan y algo de queso fresco, y regresó a la mesa depositándolos en el centro. Retiró una de las sillas y se sentó frente a Alexander. La mayor parte del desayuno lo hicieron en medio de un silencio confortable y distendido. De tanto en tanto el silencio era roto por cierta pregunta o alguna escueta repuesta.

 Felipe despertó poco después demandando su pocillo de leche tibia. Kataryna se ocupó de él mientras que Alexander se aseó apresuradamente antes de dirigirse al campo. Debía evaluar la situación antes de decidir qué medidas tomaría.

Recorrió el vasto campo palmo a palmo observando el estrago y la destrucción que la manga había dejado. La lluvia del día anterior había dejado la tierra húmeda, cubierta de grandes charcos de agua y lodoso barro. Era el momento oportuno para acabar con los canutos[3] mientras la tierra estuviese blanda.

A pesar de la desazón y la pesadumbre en que aún se hallaban la mayoría de los habitantes de Villa Encarnación, Alexander logró convencer y reunir a sus peones y a sus familias para que lo ayudaran a salvar las tierras con apasionadas y enérgicas arengas. 

Necesitaban remover la tierra con lo que tuvieran al alcance. Para este fin utilizaron: azadas; azadones; palas; arados, rastrillos, con la finalidad de arrancar los canutos del suelo. Aquella ardua y extenuante labor fue ejecutada por hombres; mujeres; niños y ancianos, destruyendo una fracción de los canutos en el proceso y dejando expuestos al aire libre otra tanta.

Trabajaron hombro con hombro durante todo el día y cuando el cielo empezó a cubrirse con trazos naranjas y rojos regresaron a sus casas exhaustos, pero con sus esperanzas renovadas. Necesitaban que aquello diera resultado, necesitaban trabajar para sobrevivir, necesitaban que los campos volvieran a producir.

Alexander se lavó en el tajamar entre el granero y los pastizales que habían desaparecido para quitarse el lodo y el hollín de las manos, los brazos y la frente, y luego se dirigió a la casa.

 Le dolía la espalda y los hombros. Comió en cuantiosas cantidades, repitiendo el plato que Kataryna le sirvió, un guiso de fideos preparado con las verduras que salvó de la huerta. Más adelante, al recordar aquellos días, Alexander pensaría que nunca había tenido tanta hambre como en los días posteriores a la invasión de la manga.

Luego de la cena, tendido en la cama al lado de Kataryna rememoraba los eventos de aquel día con el rostro dirigido al techo de tejas anaranjadas que en la oscuridad de la noche presentaban una tonalidad cobriza.

_ ¿Crees que dará resultado? _ preguntó Kataryna sacándolo de sus cavilaciones.

_Haré todo lo que pueda_ contestó sin desviar la mirada del techo.

_Muchas de las mujeres piensan que deberíamos dejar de intentarlo y rezarle a Dios para que aleje este castigo.

Alexander suspiró profundamente, se sintió de pronto exasperado por las creencias pseudorreligiosas de los pueblerinos que no hacía más que mantenerlos en la ignorancia y la desidia.

_Y tú ¿qué crees? _ preguntó aún con la mirada fija en el techo.

_Mi madre tenía un dicho: “Reza a Dios por la lluvia todo lo quieras, pero no dejes de cavar un pozo mientras lo haces”

Alexander volteó a verla, sus ojos parecían brillar en la oscuridad de la habitación. Le acarició levemente la mejilla mientras respondió:

_Tu madre es una mujer sabia.

_Lo era_ dijo ella y Alexander percibió que el brillo de sus ojos desaparecía.

_Aún lo sigue siendo, Kataryna. Aún lo sigue siendo.

VI

Al día siguiente, el cielo amaneció cubierto de nubes grises y soplaba el viento proveniente del sur. Kataryna se detuvo a observar el avance de las masas de nubes que anunciaban una nueva lluvia.

Kaspar se acercaba a la casa con la espalda algo encovada y el paso cansino característico de los adolescentes. Su cuerpo parecía una figura recortada contra el cielo gris oscuro. Cuando vio a Kataryna la saludó con un gesto de su mano y una sonrisa confiada. Kataryna le devolvió la sonrisa.

Alexander se hallaba en el umbral de la puerta con el sombrero en una mano y una pala en la otra.

_Buenos días Ña[4] Kataryna_ saludó Kaspar cuando estuvo frente a la mujer que seguía oteando el cielo.

_Buenos días Kaspar.

_Buenos días, Don Ivanov_ agregó dirigiéndose a Alexander.

_Buenos días, chico_ saludó Alexander al tiempo que salía al jardín y se acercaba al muchacho.

No perdió tiempo y empezó a darle ordenes de inmediato.

_Tenemos que llevar al ganado al campo para que pisen los canutos que aún no han sido destruidos. Será mejor que empieces por sacar al ganado del corral.

_Si señor_ contestó el chico con los ojos bien abiertos como si en vez de recibir una orden acabara de recibir una terrible reprimenda.

_Muy bien que esperas_ dijo Alexander al ver que muchacho parecía clavado al suelo.

Kaspar asintió y salió corriendo rumbo al corral.

_ Creo que va a llover_ dijo Kataryna_ tal vez sea buena idea llevar a los cerdos al campo.

_Estoy de acuerdo, toda ayuda es bienvenida_ contestó.

_Entonces yo los llevaré.

De pronto a Alexander se le iluminaron los ojos y sobre ellos sus cejas se elevaron formando dos perfectos arcos.

_Creo que “Puteshestvennik” también nos será de utilidad. Intentaré aplastar con él todo lo que se ponga a su paso.

Kataryna asintió y se alejó en busca de los animales mientras Alexander hacía lo propio en busca del camión.

La lluvia empezó a caer antes de que los animales llegaran al campo. Estaba lejos de ser una tormenta, pero caía con fuerza y persistencia sobre aquella parte del mundo. En cuestión de minutos la húmeda tierra se convirtió en lodo rojizo y arcilloso. La piara hozaba en el suelo fangoso con un extraño gruñido de satisfacción.  Escarbaban, revolvían e ingerían algunos bocadillos que parecían ser apetitosos. Kataryna estaba empapada, el cabello calado por la lluvia se le pegaba en la mejilla. Tenía dificultad para desplazarse, los pies se le atascaban en el lodazal y sentía que tenía barro resbaladizo y frío dentro de los zapatos. Se pasó las manos por la mejilla en un intento por observar el comportamiento de los cerdos. Quedó sorprendida al descubrir que ingerían los canutos. Más adelante comprobaría que aquel jugoso y mantecoso bocadillo los hacía crecer y engordar con rapidez.

Alexander al mando del “Puteshestvennik” avanzaba en línea recta sobre el campo, mientras que las llantas del vehículo aplanaban la tierra en busca de algún invasor que triturar. Cuando llegaba hasta los límites del campo volteaba el vehículo y lo hacía regresar utilizando las huellas de las ruedas como guía hasta cubrir todo el terreno. De tanto en tanto tropezaba con alguna manada de ganado que escarbaba en la tierra, entonces los rodeaba para luego reiniciar su marcha.

La lluvia amainó antes del mediodía, pero los esfuerzos por eliminar los huevos continuaron después del fugaz almuerzo, hasta que el crepúsculo los obligó a detenerse.

En los días posteriores, los peones peinaron el campo en busca de canutos vivos que acumulaban en zanjas en donde les prendían fuego y luego los enterraban, asegurándose primero de que estuvieran muertos. A pesar de todos estos esfuerzos por suprimir los huevos, muchos de ellos llegarían a eclosionar.  Fue necesario el patrullaje periódico del campo con el fin de descubrir la aparición de algunas ninfas y de esto modo eliminarlas antes de que se conviertan en langostas adultas.


[1][1] Tucú: langosta en guaraní.

[2] Trotamundos en ruso

[3] Canuto: masa de huevos contenida en una envoltura de paredes resistentes.

[4] Ña: diminutivo de Doña.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Yatytay, noviembre de 1935.

I

Los rayos oblicuos del sol poniente le anunciaron a Alexander que era hora de acampar de nuevo. Llevaba tres días explorando el noroeste de aquellas nuevas tierras que parecía atraerlo con un extraño magnetismo. La noche caería dentro de poco y necesitaba encontrar un lugar adecuado donde dormir.

Apoyó su rifle contra el borde de un viejo árbol que probablemente había derribado el viento y que ahora estaba acolchado de brillante musgo y entre el manto verde surgía de trecho en trecho fragmentos de madera agrietada y gris, que asemejaban despojos.

Un simpático coati de cola rayada bajó por el tronco cubierto de musgo y se quedó contemplando a Alexander por unos segundos. Luego, cuando decidió que no conseguiría que el visitante le diera alguna fruta como cena, se alejó con rapidez por donde había venido.

Alexander aspiró la fragancia del bosque que se intensificaba durante el atardecer. Sacó su revólver calibre treinta y ocho de cañón corto, cubierto de rasguños y rozaduras de la pistolera de piel negra sujeta a su cintura. Luego, la depositó junto al rifle.

Se sentó junto al tronco, se sacó los lentes, inclinó la cabeza y se frotó las marcas rojas de los costados de la nariz, en donde se habían apoyado los lentes.

Oyó a los pájaros revoloteando gorgoriteaban y reñían, preparándose para pasar la noche entre las ramas de los árboles, mientras los rayos dorados del sol teñían el horizonte de oro.

Alexander se puso de pie y avanzó unos metros hasta llegar al despeñadero. Se quedó maravillado con el paisaje que tenía delante. Desde la cima del cerro de cuatrocientos metros de altura podía divisar una vasta extensión de tierra cubierta casi en su totalidad por verdes arboles milenarios que se alzaban imponentes, intentando tocar el cielo. Pensó que sería increíble construir en aquel lugar un parapeto y convertirlo en un amplio y magnífico mirador. Se quedó de pie contemplando la puesta de sol más maravillosa que había visto en su vida.

Cuando las luces de la naturaleza se apagaron por completo, regresó sobre sus pasos y se acomodó junto al tronco. Estaba cansado, hambriento, pero su corazón se hallaba en calma.

Con la llegada del verano, los alrededores de la casa de Villa Encarnación, se habían trasformado por completo. Los jazmines blancos se arremolinaban en torno a los pilares del corredor, se inclinaban en sus tallos de un verde intenso esparciendo su perfume embriagador. El jardín se había cubierto de fresco pasto, recientemente cortado, exhalaba un olor suave que entraba por las ventanas abiertas llevadas por una brisa suave y ligera. Los alegres pajarillos gorjeaban sobre las ramas de los árboles. Todo parecía perfecto.

 Sin embargo, una semana antes de que iniciara aquella aventura, empezó a sentir una ansiosa e imperiosa necesidad de abandonar la casa e internarse en aquel salvaje monte. Con aquella travesía intentaría recobrar su energía mental, la claridad de sus pensamientos y el vigor de sus resoluciones.

Cuando decidió partir, se sintió al mismo tiempo excitado y culpable de abandonar a Kataryna cuando no faltaba mucho tiempo para que diera a luz. Ella no hizo ningún tipo de escena, ni preguntas, ni recriminaciones. Aceptó con estoicismo la decisión que él había tomado, aunque estaba lejos de comprender sus motivos. Alexander percibió una especie de resplandeciente brillo en sus ojos tristes, le pareció que era feliz al pensar que había conservado su orgullo intacto. Aquello solo hizo que el respeto y el aprecio que sentía por ella se acrecentaran.

A lomo de su caballo bayo, había transitado durante un par de días a través de placenteras y acogedoras tierras, con ricas plantaciones y casas de granjeros desparramadas aquí y allá. Por las noches, los campos quedaban bañados por un claro de luna que parecía trazar un sendero tapizado de plata.

Dejó luego al cuidado de un amigo el caballo y se internó en una serpenteante maraña de arbustos y matorrales que conducía al bosque cuyo aroma era fragante y dulce. Los rayos de sol teñidos de verde que se filtraban entre grandes arboles añosos parecían saludarlo dándole la bienvenida. La serranía no era muy empina. Caminó por un sendero invisible subiendo una pequeña cuesta oyendo el misterioso piar y el aleteo de los pájaros. El tibio aire de noviembre soplaba suavemente y confusas aleaciones de luz y sombra parecían cruzar el bosque mientras los árboles de quebracho, cedro y guatambues murmuraban secretamente.

Así fue como llegó al pie de aquel tronco caído en donde pasaría la noche. Encendió una fogata y luego rebuscó dentro de su alforza de cuero en busca de un trozo de pan y de carne. Sació su apetito, luego bebió algo de agua. Encendió una lámpara a queroseno y se acercó de nuevo al despeñadero y sus ojos detrás de sus lentes, parecieron contemplar la vasta oscuridad y las escasas luces de abajo, que se confundían con luciérnagas en el fondo de un foso.

Regresó sobre sus pasos, apagó la lámpara. Se tendió en el suelo utilizando uno de sus brazos como almohada y pronto se quedó dormido.

II

El amanecer era apenas un murmullo en el horizonte cuando Alexander reinició su marcha. Le esperaba una mañana clara y refulgente de inicio de verano. Descendió el cerró lentamente, sujetándose de algunos arbustos cuando la pendiente se hacía más pronunciada. Una alfombra verde de bosque descendía por el flanco de la ladera debajo de sus pies.

A eso se las diez de la mañana, se levantó un fuerte viento, y los veteranos árboles empezaron a oscilar, moviéndose lánguidamente en torno suyo. Se detuvo y oteó el cielo en busca de nimbostratos amenazantes, pero lucía un perfecto azul sin nubes. Volvió a ponerse en marcha. Una hora después, cuando terminó por descender el cerró, respiraba a un ritmo irregular y superficial, como la respiración de un animal que intuye el peligro.

Se sentó debajo de un árbol de Palo Santo a beber un poco de agua y descansar. Se quitó los lentes y se enjugó la húmeda frente. Observó el suelo, una larga fila de ysaú[1], cargaban fragmentos de hojas frescas. Se asemejaban a un batallón de soldados que marchaban rumbo a la guerra. La fila se iniciaba al pie de un pequeño árbol de tiernos retoños y se extendía por más de veinte metros hasta un gran nido.

Alexander empezó a mover la tierra con el pie derecho como hace un niño cuando se encuentra algo aburrido, pero sin dejar de observar la organizada labor de las hormigas. Pensó que las cosas serían mucho más sencillas si cada ser humano supiera cuál era su objetivo en el mundo desde el día de su nacimiento, como aquellas hormigas que trabajaban incansables para cumplir una orden impuesta en su ADN.

Extendió las piernas, divisó una ramita seca y trazó círculos concéntricos sobre el suelo mientras pensaba en sí mismo. Cualquiera que lo viera pensaría invariablemente que era un hombre que lo tenía todo. Una casa, buenas tierras, una familia. Un hombre que a pesar de las adversidades había logrado conseguir una buena posición económica. No era un hombre acaudalado, pero tenía una economía estable. Era apreciado por inmigrantes y lugareños por igual. Un héroe de guerra condecorado. Y sin embargo le llegó a la mente aquel proverbio ruso que rezaba algo así como: “Mastiouk lo tenía todo; Mastiouk no tiene ya nada”. Así era como él se sentía. Tal vez no le faltaba nada con respecto a lo material, sin embargo, se sentía la mayoría de las veces, vacío por dentro.

Dejó lo que estaba haciendo y encendió un cigarrillo. Aspiró profundamente, expulsó el humo tosiendo y a continuación cerró los ojos. Sus emociones tortuosas, insondables y torcidas no le daban tregua.

Con la certeza de un hombre inteligente, intentó profundizar en sus escasos conocimientos en psicología, sumergiéndose en infinidad de libros, teorías e hipótesis. Sabía que no hallaría alguien que pudiera ayudarlo, por lo que debía encontrar la forma de mantener a sus demonios dormidos el mayor tiempo posible. Aprendió que el neurótico podía sufrir periodos alternativos de depresión profunda y de euforia patológica. En donde el ego exagerado e infecto era la base de todo. El neurótico era capaz de convencerse de que era el centro del universo y que todos los ojos estaban siempre puestos en él. Seguro, de que era el protagonista de un dantesco drama y que el desenlace de ese drama era esperado por todos lo que lo conocían. Un ego de aquel tamaño solo permitía una idea que se extendía hacia una misma dirección: desde el desequilibrado hacia las situaciones, o fantasías que el neurótico puede distinguir como tales, o en el peor de los casos, no lograr diferenciar por completo la realidad de la fantasía. El neurótico tenía una percepción elevada, era capaz de memorizar con lujo de detalles infinidad de situaciones, lugares y direcciones. Algo con lo que él estaba familiarizado.

Alexander contemplaba aquellas hipótesis e intentaba situarse en una de las disyuntivas en concreto. Hasta ahora no lo había logrado, ya que no todas las características del neurótico se ajustaban a él. Aquellos pensamientos lo llenaban de cansancio y aversión, pero desde luego, no lo sorprendían. Esperar a que las cosas mejoraran era correcto y luchar para conseguirlo noble, pero al final sabía que sólo contaría lo que decidiera el destino. Era un pensamiento gigante, imponente, pero también aterrador con un trasfondo de culpa y de injuria.

Tampoco caía dentro del auto castigo característico de los periodos depresivos típicos de los neuróticos. En donde el afectado por esta patología se abofeteaba, se pellizcaba, o se quemaba con cigarrillos. Abrió los ojos y observó con una sonrisa irónica el cigarrillo que sostenía entre sus dedos. No, definitivamente no había llegado hasta ese punto.

Dio otra profunda calada, se puso de pie, recogió sus cosas y siguió caminando por espacio de dos horas antes de que oyera el bordoneo aletargado de los insectos estivales y el gorgoteo del agua. Poco después, halló el arroyo que estaba buscando, el Tembey. El curso de agua corría con rapidez zigzagueando entre filas de interminables árboles, como si se tratara de una gigantesca serpiente parda. Caminó por la rivera del arroyo, hasta que el murmullo se convirtió en gemido. Oteó el bosque y luego dirigió su mirada de nuevo al arroyo mientras avanzaba hacia el gemido que poco apoco se fue trasformando en gruñido. De pronto, se detuvo y observó maravillado un salto de unos doce metros de largo y cuatro metros de alto, que hacía gruñir las aguas del arroyo antes de desembocar en una piscina natural que invitaba al descanso. La bruma cubría la cascada con un manto denso y blanco.

Se descalzó de inmediato, se despojó de la ropa y se metió al agua. Descansó las piernas en el vacío, sumergido en un agradable sopor. Se mantuvo allí por unos minutos hasta que se puso de pie y se lanzó en picada como una ave acuática en busca de su almuerzo.

Emergió segundos después, y nadó hasta la orilla. Permaneció sumergido en el agua durante largo tiempo y solo pisó tierra cuando el sol poniente alumbraba todo aquello con su luz rojiza.

Acampó a orillas del arroyo, encendió una fogata mientras observaba el agua que fluía como seda negra, en ella, se reflejó la luna que parecía atrapada en el centro, como el ojo níveo de un legendario ciclope.


[1] Ysaú: Es el nombre que se le da en Paraguay a la hormiga cortadora. Genero de hormiga americana cuyo nombre real es Atta.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Villa Encarnación, agosto de 1935.

I

El cielo estaba cubierto, pero no llovía y la temperatura era agradable a pesar de que se hallaban en pleno invierno. Una luna menguante pugnaba por aparecer entre las nubes.

Alexander se hallaba con la espalda recargada contra uno de los pilares del corredor. Parecía otear la noche mientras fumaba creando una corona de humo gris alrededor de su cabeza. Acababa de despertar de uno de sus reiterados sueños, su corazón aún latía acelerado y la sensación de aflicción tardaría mucho tiempo en desaparecer por completo.

Sus noches eran permanentemente azoradas por sueños incesantes en los que aparecía invariablemente Tatiana. La sonrisa de Tatiana al recibir el anillo que se llevaría luego a la tumba; Tatiana yaciendo en la cama después de hacerle el amor; Tatiana plantada en el umbral de la puerta esperándolo. Mientras, una voz incorpórea canturreaba una y otra vez:

“¡Enebro, enebro mío!

En el jardín está la frambuesa, ¡frambuesa mía!

¡Ah! Debajo del abeto, debajo del verde,

¡Acuéstame para dormir!”

El rostro de Tatiana se le aparecía claramente en aquellos sueños, sueños en los que se sentía pleno, observándola con expresión complacida y en los que sus ojos azules adquirían un brillo de vivacidad y quietud. Un brillo que había desaparecido de sus ojos luego de la muerte de la baronesa.

Alexander se alejaba cada vez más en aquel estado de introspección en el que se sumergía de tanto en tanto. A veces podía permanecer horas meditando, recordando, deseando.

Las nubes se habían disipado sobre su cabeza con el trascurrir de las horas, el aire se había enfriado. Ahora, expedía grandes nubes de vapor blanco al respirar. La luna se desplazaba por el estrellado cielo como si se tratara de un frío navegante de la oscura noche. Se irguió de repente y oteo la oscuridad con cuidado como si esperara que alguien apareciera en cualquier momento. Luego, volvió a recargarse contra el pilar y siguió fumando.

Kataryna lo observaba a través de la ventana de la habitación, envuelta entre mantas de lana. Llevaba el rostro preocupado y tenso. A pesar de que aquellos episodios eran comunes en Alexander, nunca terminaba por acostumbrase a ellos. Muchas veces, la depresión era larga y dolorosa. Influía intensamente en el estado de ánimo de Ivanov volviéndolo taciturno y mustio. Se alejaba de la casa por periodos largos y se sumía en sus recuerdos con irreprimible nostalgia. Pero a pesar de aquel extraño estado taciturno que alimentaba su ser casi siempre, Alexander era capaz de arrancar de Kataryna una sonrisa de tanto en tanto.

Fuera, el viento de invierno ululaba en la oscuridad, vaticinando más frío, augurando escarcha, adivinando más tristezas.

Lo vio arrojar el cigarrillo al suelo. Pisó la colilla con el taco de su bota acompañando a otras diez iguales a ella dispersas en el suelo desde hacía rato. Luego, se dispuso a regresar a la casa.

Kataryna se tendió en la cama. No deseaba que Alexander supiera que lo estuvo observando todo este tiempo. Cuando se abrió la puerta, volvió la cabeza y la luz tenue del corredor se reflejó en las gafas de Ivanov. Lo vio cansado y desorientado, caminaba con la espalda algo encorvada y sus pasos parecían fatigosos, como si acabara de terminar una larga y dificultosa faena.

Yació al lado de ella con un suspiro profundo, cargado de desasosiego y ansiedad.

_ ¿Te encuentras bien? _ preguntó ella.

Él le dedicó una sonrisa que no se reflejaron en sus ojos.

_Lo estaré_ contestó.

_ ¿Quieres hablarlo?

Alexander volvió a suspirar, no deseaba explayarse sobre sus emociones, necesitaba mantener en reserva aquella parte de su persona. Pero al mismo tiempo, era indispensable que compartiera con ella una pequeña porción.

_ Los que luchan contra la neurosis traumática como yo, están muchas veces encerrados en sus casas, apartados del caótico mundo exterior. Algunos temen las multitudes en agitado movimiento como el de las grandes ciudades, otros el tráfico, por ello se alejan al campo y tratan de vivir alejados del mundo. Otros, optan por salidas más fáciles, se quitan la vida para evitar seguir sufriendo. Pero muy pocos, como yo, seguimos buscando guerras que pelear, o aventuras que vivir como si con ello buscáramos redimirnos, o tal vez hallar de una vez por todas, algo que ponga fin a nuestros sufrimientos.

Hizo una pausa y dirigió su mirada a la mujer que yacía a su lado.

_Se que soy difícil, sé que es difícil convivir conmigo. Pero quiero que estés segura de algo, trato de hacer lo mejor que puedo, trato de seguir adelante. Sé que viviré el resto de mis días luchando por sacudirme la extraña mezcla de perturbación y desequilibrio que me cubre. Y que para lograrlo tendré que dejar todo lo que he conseguido y empezar de nuevo en alguna otra parte. Un nuevo desafío algo que mantenga mi mente ocupada, algo que mantenga a mis demonios a raya. Cuando eso ocurra, y estoy seguro de que así será, tendrás que tomar una decisión. Aceptaré que quieras quedarte, es lógico que busques estabilidad, en especial por el niño que estás esperando.

Hizo una pausa y acarició el abultado vientre de Kataryna.

_Quiero que estés segura de que me encargaré de que no les falte nada ni a ti ni al niño_ dijo poco después.

En aquel momento, Kataryna acabó de comprender lo que Alexander le advirtió poco antes de que iniciaran su extraña relación. Alexander Ivanov, no era capaz de comprometerse y no porque no lo deseara, sino porque necesitaba mantenerse vivo, necesitaba mantener la cordura. Aquella vida inestable que llevaba era la única forma que conocía para hacerlo.

Kataryna le acarició la mejilla, paseó la yema de sus dedos por la larga cicatriz. Asintió sin decir palabra como si con ello concretaran un pacto solemne y silencioso. 

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Villa Encarnación[1], Paraguay julio de 1935.

I

Con la finalización de la Guerra del Chaco, y la firma del tratado de paz entre Paraguay y Bolivia, el futuro se perfilaba arduo y oneroso, pero a la vez esperanzador y fructífero para aquellos que se afanaran por conseguirlo. Miles de inmigrantes llegaban al país entre los que se podía captar por lo menos media docena de idiomas como italiano, ruso, polaco, francés, alemán, ucraniano, y variantes del inglés desde el acento inglés pasando por el escoses y el irlandés. Se hallaron de pronto en la primera línea de la fuerza laboral y de desarrollo del país, en un intento por escapar de la recesión y la ruina comercial en el que se encontraba sumido el Paraguay.

Entre aquellos inmigrantes se hallaba Alexander, que adquirió tres mil hectáreas de montes salvajes en Villa Encarnación, ubicada en la zona sur de la región oriental del Paraguay, con la intensión de primero, afincarse en aquellas tierras para luego concentrarse en la extracción de los recursos forestales y con el tiempo, cultivar trigo (que fue introducido por los mismos inmigrantes), soja y algodón además de la crianza del ganado vacuno.

Las increíbles, cristalinas y turbulentas aguas de arroyos que se desprendían del río Paraná, los fantásticos saltos rodeados de hermosas serranías y la fertilidad de aquellas tierras habían llamado la atención de los Jesuitas, siglos antes que a los inmigrantes provenientes de Europa. Los Jesuitas habían fundado las Misiones Jesuíticas en donde los aborígenes guaraníes se asentaron bajo la administración política y religiosa de esta congregación por más de cien años. En donde se les enseñaba a los indígenas las bellas artes como:  el canto; la pintura; la escultura, para lo que presentaban habilidad y destreza.  Les impartían demás, la religión católica, la cual asimilaron con rapidez y docilidad.

Luego de que los sacerdotes fueran expulsados por orden del rey Carlos III, sus iglesias, escuelas y viviendas quedaron abandonadas al olvido.  Algunas de aquellas construcciones aún se levantaban imponentes en medio de verdes y brillantes campos a la espera de que alguien volviera a darles relevancia histórica.

Aquella intuición que resonaba en la cabeza de Kataryna como el tañer de una campaña, se había trasformado semanas después, en certeza.

Estaba embarazada.

Su primer pensamiento coherente fue el sobresalto y luego el temor a lo que Alexander pensaría. No había sido un acto intensional o premeditado. Por lo que sintió que las cosas se daban con rapidez entre Alexander y ella, cuando no sabía muy bien a donde les llevaría aquella extraña relación. Porque de lo que estaba segura era que formaban una extraña e inusual pareja. Él, un hombre culto, que siempre había gozado de buena posición económica, un hombre de mundo, con ideas progresistas. Ella, una campesina, que apenas había terminado la instrucción básica, que antes de salir de Ucrania, no había conocido más mundo que la ciudad donde había nacido. Con ideas y creencias que se hallaban en contraste con las de él, pero que de alguna manera habían congeniado, comprendido las necesidades del otro y aprendido a tolerar las manías, obsesiones y turbaciones del otro.

Alexander no había cambiado mucho, con frecuencia se sumía en un estado de retraimiento del que tardaba mucho en emerger. Aquella actitud de reserva, suspicacia e introversión lejos de resultarle molesta a Kataryna le resultaba atractiva y misteriosa. Parecía decidido a no arriesgarse a confiar sus más profundas emociones y ella estaba extrañamente conforme con ello. A pesar de todo esto, siempre estaba cubierto de una capa de gentileza y caballerosidad que Kataryna apreciaba y agradecía.

Tal vez su madre había tenido razón después de todo y el amor no existía de la forma en que las novelas románticas lo describían. Sin embargo, Alexander la hacía sentirse valoraba y apreciada.  Kataryna era una mujer de carácter impetuoso, que se ilusionaba con el porvenir, que más de una vez le fue esquivo. Pero cuando se sentía decepcionada, no se deprimía en proporción a sus esperanzas frustradas. Se olvidaba muy pronto de su decepción. Después de todo, cualquier acto que rehace el mundo es un acto heroico y ella intentaba rehacer su estropeado mundo de alguna u otra manera.

No hubo motivo para el temor o la preocupación que sintió en aquel primer momento, Alexander pareció alegrarse genuinamente con la noticia de su embarazo. Y en realidad lo hizo, pensando en ella y en lo mucho que aquel niño la ayudaría a encaminar su vida. Luego de asimilar la noticia, pensó que tal vez aquel niño también pudiera ayudarlo a experimentar, percibir, o descubrir las emociones que hasta ahora le habían sido negadas, como: el afecto, el cariño, la empatía y el amor filial.

La casa que Alexander levantó era mucho más pequeña y modesta que la Casa Grande, pero le había causado mayor satisfacción y complacencia.  Construida con grandes y gruesos ladrillos de arcilla pintados con cal blanca y brillante, con techos a dos aguas de anchas tejas, sostenidos sobre doce pilares que rodeaban la casa formando un fresco corredor jere[1]. Amplios ventanales y altas puertas de madera, rodeados de barrotes metálicos. Los pisos de terracota completaban la nueva casa.

Su interior constaba de una salita, un comedor, una amplia cocina provista de una despensa, un escritorio y dos habitaciones. El baño se hallaba fuera de la vivienda a pocos metros de la casa, al amparo de un gran ombú.

Kataryna situó el crucifijo de su madre en la pared, sobre la cabecera de la cama que compartiría con Alexander, para luego retroceder unos pasos y observarlo. Recordó a la familia que había dejado en Ucrania y a las hijas que había perdido. Se le nublaron los ojos y sintió un nudo en la garganta. Se sintió de pronto angustiada y afligida. Sacudió la cabeza, no debía ir por ese camino, no, definitivamente, no. Ya había estado en aquel lugar y no le había gustado. Por el hijo que esperaba intentaría super sus tristezas y sus tribulaciones. Suspiró profundamente al tiempo que se acariciaba el insipiente vientre.

Alexander la contemplaba desde el umbral de la puerta con ojos inquisitivos. La vio pensativa en un estado de introspección. Ella lo notó con el rabillo del ojo y dirigió su mirada hacia la puerta.

_Me lo dio mi madre el día que salí de Ucrania_ dijo sin que él le pidiera explicaciones.

Alexander asintió sin decir nada. Ella pensó que él se veía algo incómodo.

_ ¿Te molesta que lo haya colgado sin consultarte? _ preguntó.

_No, no me molesta. Puedes hacer lo que gustes con la casa_ se apresuró a responder mientras se acercaba.  

A pesar de la respuesta de Alexander, Kataryna pensó que no se veía del todo convencido.

_ Este crucifijo me ayudó a sortear obstáculos, temores y desesperación tantas veces que he perdido la cuenta_ dijo ella, esperando que Alexander se decidiera a hablar.

_Entiendo_ respondió _ respeto tu fe, pero no la comparto_ agregó con cautela. Estaba acostumbrado a que la gente juzgara su falta de credo.

Kataryna lo observó con detenimiento, sorprendida, en realidad nunca habían hablado de sus creencias religiosas. Supuso que profesaba la fe ortodoxa como casi todos en el imperio. Aunque había oído hablar de la nueva generación que impulsaba ideas nuevas sobre la inexistencia de Dios, sobre el bien y el mal, descritos en libros como los de Dostoievski. Libros que leía su padre. Y como los que los soviéticos querían imponer en lo que ellos llamaban el nuevo orden. Pero nunca se había topado con uno de ellos, y allí estaba Alexander con ojos serios pero francos confesando que no pertenecía a la iglesia ortodoxa.

_Entonces, no comulgas con la fe ortodoxa_ dijo ella, no fue una pregunta sino una aseveración.

Alexander sonrió de manera indulgente al tiempo que la invitaba a sentarse en el borde de la cama. Él permaneció de pie frente a ella. Se quitó los lentes que se veía obligado a usar desde unos meses atrás y los limpió con el pañuelo que guardaba para ese propósito en el bolsillo del pantalón, luego volvió a ponérselos.

_No creo en la existencia de Dios_ dijo él mientras señalaba el crucifijo de madera que pendía de la pared.

Kataryna no pareció sorprendida por su franqueza. Lo observó con las cejas levantada formando dos perfectos arcos, esperando que se explayara en sus confesiones.

_Pienso que la ignorancia, el sometimiento y el oscuro fanatismo religioso son la perdición de la raza humana. La ignorancia tiene cura. Las personas que con empeño y dedicación abren su mente a la instrucción pueden abandonar la ignorancia. El sometimiento muchas veces es algo más difícil de abolir ya que tiene múltiples aristas, a veces se trata de la cultura, otras de la forma de gobierno. Pero la religión es un medio de dominación, de manipulación de masas.

Alexander caminó de un lado a otro de la habitación mientras las palabras brotaban de sus labios. Sus ojos brillaban detrás de sus gafas mientras disertaba.

_Creo que las emociones humanas, aquellas más arcaicas, continúan dominando al pensamiento lógico y racional. Y que la superstición se enmascara de religión para guiar el curso de las acciones humanas.

_Entonces, ¿piensas que la religión es una especie de fetichismo? _ preguntó ella mientras depositaba sus manos entrelazadas sobre su regazo.

_Así es. La religión fue creada como medio de dominación, como medio de mantener a las masas temerosas y hasta a veces aterrorizadas. Fomentando las torturas morales, los remordimientos de la consciencia, los castigos, aguardando las prometidas recompensas en un paraíso inexistente.  Porque lo que aborda al alma, lo que continuamente martiriza a la mente y lo que intoxica el corazón es la conciencia, pero el ácido que la carcome es el remordimiento ¿Y quienes se benefician? Los más beneficiados son los que no tienen conciencia ni remordimiento.

_Las personas honradas no tendrían que sufrir_ rebatió Kataryna, aunque su propio concepto de la religión era vago y confuso, no así la existencia de un ser superior.

Él volvió a sonrió condescendientemente. Parecía un maestro paciente con un alumno rezagado.

_ ¿Quién es honrado y quien no? _ preguntó_ ¿Acaso hacemos siempre lo que es moralmente correcto? ¿Y quienes definen la moralidad? Las mismas personas que buscan someter a la humanidad.

Aquellas preguntas discurrían en la mente de Kataryna como un rio de aguas turbulentas. Alexander tenía razón en algo. No siempre hacemos lo que se considera moralmente correcto. Kataryna se dejó seducir por los encantos de un hombre que no era su esposo manteniendo una relación prohibida. Alexander abandonó a su esposa y sus obligaciones como padre a consecuencia de aquella clandestina relación. Si, Alexander tenía rezón cuando decía que no siempre hacemos lo que es moralmente correcto.

_La religión fue inventada por el hombre, de lo contrario no existiría más que una. Pero alrededor del mundo, abundan las que pregonan ser la verdadera_ dijo mientras continuaba con su alocución. _ Bien lo había dicho Cicerón mucho antes de la llegada de los cristianos: “Los dioses tienen tantos nombres como idiomas existen entre los humanos” Y aún ahora, en pleno siglo veinte sigue tan vigente como casi dos milenios atrás.

Kataryna asintió, pero se quedó en silencio, reflexionando.

_Las religiones prometen la vida después de la muerte, o la reencarnación como una forma de vida eterna. Concebir la idea de que el sufrimiento desaparecerá, en que se calmarán todas las indignaciones, que se conseguirá justicia cuando lleguemos al paraíso me parece una comedia lacerante y lamentable. Una forma en que las víctimas de intolerancia, mezquindad, egoísmo e injusticia se resignen, esperando conseguir la recompensa de una vida eterna plena y feliz. Cuando deberíamos obtener la justicia, la salud y la felicidad durante muestras vidas. ¿Te has preguntado alguna vez de dónde proviene esta convicción tan arraigada en los seres humanos?

Kataryna sacudió lentamente la cabeza al tiempo que rebuscaba en su mente la respuesta a esa pregunta y desde luego no la halló.

_La naturaleza y los espectáculos de los fenómenos naturales, algunos magníficos, otros terribles y desastrosos fueron la causa de la aparición de la fe. No tiene más origen que ese. ¿Cómo se explicaban los primitivos seres humanos el oscurecimiento del sol en pleno día? No era más que un eclipse, pero ellos lo asociaban con enfermedades y calamidades. Debían hallar una explicación y a un culpable.

_Tiene sentido_ dijo Kataryna y lo animó a que siguiera hablando.

Alexander pareció complacido, al parecer ella estaba entendiendo su punto de vista. Su cuerpo pareció expandirse como si se inflara Tenía la espalda erguida y los brazos extendidos a sus costados mientras hablaba.

_Pero la religión no tiene que ver con la existencia de Dios replicó.

Alexander pareció perplejo. Frunció el ceño y meditó lo que ella acababa de decir.

_Puede que tengas razón y la religión fuese inventada por el hombre. Pero con religión o sin ella. Dios existe, eso es invariable. ¿Qué sería del ser humano sin su existencia?

Su voz sonaba vacilante, pero su pálido rostro expresaba una idea clara y firme.

_ ¿Por qué necesitamos de la existencia de Dios y la inmortalidad? _ preguntó él a su vez.

_Por qué es la forma en que discernimos el bien y el mal_ respondió ella_ sin la existencia de Dios todo nos sería permitido y se cometerían las mayores atrocidades. ¿Cómo podría el hombre permanecer integro y moral sin la existencia de un ser superior?

Alexander sacudió la cabeza de un lado a otro, una sonrisa se dibujó en sus labios.

_ A lo largo de la historia, el hombre ha cometido las mayores atrocidades en nombre de Dios.

Kataryna bajó la mirada y la dirigió a sus manos que seguían sobre su regazo.

_ Algunos piensan que fue necesario inventar todo esto para establecer en la mente humana la diferencia entre el bien y el mal, es cierto_ admitió Ivanov_ pero la humanidad debería encontrar en sí misma la entereza para rechazar al mal y vivir solo en la excelencia y la honradez sin tener la necesidad de conseguir una recompensa por sus actos de justicia. En el lealtad a la libertad es en donde el ser humano debería hallar la fortaleza para hacerlo.

Kataryna levantó la mirada y observó los ojos azules de Alexander que brillaban con fuerza y pasión.

_Voltaire dijo una vez: “Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo” y concuerdo con ello hasta cierto punto. Es decir, entiendo que fue necesario inventarlo en épocas remotas, para mantener una cierta armonía entre las personas, pero estamos en mil novecientos treinta y cinco y creo que es hora de que dejemos de indagar si Dios fue quien creo al hombre, porque las cosas se dieron a la inversa de eso no cabe ninguna duda.

_ ¿Qué me dices de la existencia del diablo? _ preguntó ella con interés.

_En la biblia dicen que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Yo pienso que el hombre creó al diablo a imagen suya_ dijo echándose a reír, aunque hablaba muy en serio.

Se sentó junto a ella en el borde de la cama y le acarició el rostro con el revés de su mano.

_Debemos buscar satisfacción en esta vida pasajera, vivirla con intensidad sin aguardar por supuestos goces ilimitados en una supuesta vida eterna.

Sus palabras conservaron calma, firmeza y claridad imperturbables hasta el final.

_Si fuera así, si Dios no existiera, si no creyeras en la vida después de la muerte, entonces ¿por qué piensas que volverás a encontrarte con Tatiana cuando mueras? _ preguntó ella.

Experimentó de pronto una acre sensación en su corazón después de hacerle aquella punzante pregunta, que por otra parte no era nueva para él. Hacía mucho tiempo que lo torturaba, que lo fustigaba incesantemente, exigiéndose despóticamente una respuesta que era incapaz de proveerse.

Ambos permanecieron en silencio por espacio de algunos minutos. Kataryna tenía los ojos bajos, Alexander la contemplaba con expresión de sufrimiento.

_Lo siento_ se disculpó ella poco después_ no debí mencionarla. Pero necesito creer que existe vida después de la muerte por mis hijas muertas y por mí misma.

Bajó la mirada hacia sus manos para evitar la mirada de Alexander. Sintió que estaba parada sobre una resbaladiza capa de hielo invisible y temió terminar en el suelo con un fuerte golpe.

Alexander sintió una reticencia momentánea pero luego habló despacio llevando su mano hasta el guardapelo que pendía de su cuello.

_No, tienes razón, intento buscar alguna explicación para asegurarme de que cuando muera pueda llegar hasta ella_ dijo y se echó a reír. Su risa sonó amarga y dolorosa_ Ella estaba segura de que nos volveríamos a encontrar cuando fuera el momento. Y de alguna extraña manera, aunque suene contradictorio con mis convicciones, sé que así será.

A Kataryna le pareció captar ansiedad en su voz y de repente se percató que había dicho más de lo que debía. Siempre hablaba de una manera prudente y circunspecta, por lo que no entendió por qué había traspasado aquel límite invisible y misterioso que Alexander siempre se afanaba por mantener. Intentó decirle algo, pero prefirió mantener silencio. ¿Qué se suponía que debía decir cuando el hombre con el que compartía su vida solo esperaba el día de su muerte para volver a ver al que fue el amor de su vida?

II

La intensa y reflexiva conversación que Alexander sostuvo con Kataryna no contribuyó a trasformar las convicciones del primero ni la fe dogmática de la segunda, sin embargo, fortaleció el respeto y la comprensión entre ambos.

El sol apenas se levantaba por el oeste en una mañana que presagiaba ser fría y húmeda, cuando Alexander tomó una pala en medio de una densa nube blanca producto de su hálito.

Empezó a cavar en el suelo frente al jardín de la casa, el primero de una serie de huecos pocos profundos, en donde instalaría una blanca empalizada. Se detuvo después del tercero y entornó los ojos bajo la luz del sol de primera hora de la mañana y se reflejó en sus gafas. Se preguntó dónde diablos estaba Kaspar. Se suponía que el muchacho debería haber llegado antes del amanecer para ayudarlo con el trabajo. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios, como si se estuviera planteado varias respuestas a aquella pregunta, todas ellas jocosas. De seguro habrá perdido uno de sus zapatos, o no hallaba el pantalón, o tal vez sigue dormido como un bebé, pensó. Volvió a cavar. Mantenía la sonrisa en los labios cuando oyó pasos que se acercaban apresuradamente.

_Buenos días, señor. Siento llegar tarde pero no encontraba el zapato_ dijo la voz quebrada e insegura de un adolescente.

Alexander dejó la pala a un lado y observó al recién llegado con ojos admonitorios. Pensó en sermonearlo, recriminarlo y hasta reprenderlo, pero decidió no hacerlo. Era muy temprano para enzarzarse en una conversación que sabía no tenía sentido.

_Vamos toma la pala y sigue cavando. Voy a buscar la cerca_ dijo y se alejó.

_Si señor_ contestó el chico.

Alexander rodeó la casa y se dirigió al patio posterior. El muchacho lo observó alejarse con un suspiro de alivio evidente. Era la tercera vez en la semana en que llegaba tarde.

Kaspar, era de aspecto torpe, hombros caídos, espalda encorvada, de bruscos modales y ordinaria voz, características típicas de todo adolescente. Poseía un rostro atractivo y a la vez insulso, una contradicción que a primera vista podía parecer absurda hasta que uno se topaba con un chico como ese. Tenía los ojos azules y el cabello de un rubio albino.

En la parte de atrás de la casa, entre el corredor y el patio crecía un centenario quebracho espigado y espléndido. Alexander se detuvo frente a él y lo contempló por unos segundos. Al construir la casa se negó a cortarlo, era un magnífico espécimen que se había ganado el derecho de sobrevivir.  El sol anaranjado, brillante y redondo parecía suspendido detrás del quebracho creando una atmosfera surrealista y mágica. Como el truco misterioso de algún prestidigitador. Alexander se sentó en el gélido suelo, a pocos metros de él. Apoyó los antebrazos en las rodillas encogidas y contempló el sol por unos minutos hasta que cambio de color y la ilusión desapareció.

Se puso de pie, se dirigió al cobertizo y tomó una de las cercas. No le representó un problema llevarla hasta el jardín delantero de la casa, no pesaba mucho. Encontró al muchacho luchando contra el suelo frío y duro. Dejó la cerca en el suelo, y se pasó la mano por la frente sudorosa a pesar del frío. Se sacó los lentes y los limpió con el pañuelo. Oyó que alguien lo llamaba levantando la voz y el eco resonó en la pared de la fachada de la casa. Alexander se ajustó las gafas y el mundo antes desdibujado y nebuloso, volvió a enfocarse. En sus labios se esbozó una gran sonrisa al tiempo que se acercaba con pasos rápidos al propietario de la voz.  Cuando se encontraron se fundieron en un sentido abrazo.

_ ¡General! _ fue todo lo que Alexander pudo decir.

Hacía mucho tiempo que el General Beliávev y Alexander Ivanov no se veían. Concretamente, desde que Ivanov había sido dado de baja en aquella cruenta batalla en la que estuvo a punto de perder la vida. Y ambos hombres estaban genuinamente felices de volver a encontrarse.

El general parecía haber envejecido desde aquellos días. Pero aquel brillo de exaltación que siempre acompañaba a sus ojos no había desaparecido. Había subido unos kilos y destacaba una prominente barriga. Se había convertido en un hombre calvo, con solo unos mechones de pelo alrededor de las orejas que recordaba a la nieve de los intensos inviernos en Siberia. La indigna vejez lo estaba alcanzando poco a poco, en aquella carrera contra el tiempo que era la vida. La arena del reloj del general ya no era mucha y Alexander pensó cuanta arena le quedaría a su propio reloj.

Alexander le ordenó al muchacho que terminara de cavar los hoyos para la cerca. Luego, se encaminó junto al general por la senda de tierra que rodeaba la casa. Conversaron por largo tiempo recordando anécdotas de sus años al servicio del Zar y sus participaciones en la Guerra del Chaco. El general estuvo al mando de un cuerpo expedicionario en la primera línea de acción en varias batallas. Bajo su mando tenía un buen número de indígenas de la tribu Maká, originarios del Chaco Boreal. Sus incursiones lograron proporcionar indispensable información para la toma de decisiones.  El general al igual que Alexander habían recibido por parte del gobierno paraguayo la declaración de Ciudadanos Honorarios del Paraguay, por sus sobresalientes participaciones en la defensa del país.

El general le confió a Alexander que se apartaba definitivamente de las actividades militares. Dedicaría sus últimos años de vida a intentar la dignificación social de los indígenas con los que se había identificado. Adquirió sus hábitos y hablaba su idioma. Pretendía asentar a los indígenas a orillas del río Paraguay y les enseñaría la agricultura y el aprovechamiento de los animales domésticos.

Extrañamente, el general moriría solo un año después que Alexander. Su último deseo sería ser enterrado en la aldea de la tribu Maká en el asentamiento que ocupó hasta su fallecimiento, frente a las orillas del río Paraguay. Los indígenas llorarían la muerte de su amigo, hermano y maestro, custodiando su tumba por toda la eternidad.


[1] Corredor Jere: Proviene de la palabra guaraní Jere que significa que da vuelta. Corredor que rodea toda la casa.


[1] Villa Encarnación: Actual departamento de Itapúa, cuya capital es Encarnación.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Oberá, abril de 1935.

I

El pasto aún lucía muy verde, aunque ya se veía salpicada de hojas caídas cuando Kataryna y Alexander abandonaron la hacienda. Las horribles imágenes del cuerpo de Daryna aún se arremolinaban en la mente de la mujer. Pasarían muchos años antes de que empezaran a difuminarse y se convirtieran solo en un triste recuerdo. Su aspecto cada vez más demacrado y retraído era digno de la mayor compasión.

Se alojaron en el pueblo por algún tiempo mientras Alexander arreglaba algunas cosas referentes a la hacienda. El modesto hospedaje era regentado por un viejo ya sin más pelo que unos sutiles mechones blancos, como barbas de maíz por encima de las orejas. La habitación era sencilla, sin muchas pretensiones. Una cama matrimonial, dos mesitas de noche, una lámpara, un pequeño ropero y un absurdo cuadro de dos dálmatas sentados a la mesa jugando a las cartas eran su único mobiliario.

Kataryna se desabrochó la chaqueta y se sentó en el bode de la cama mientras Alexander acomodaba sus escasas pertenencias. Observó a través de la ventana, el cielo estaba despejado, pero el viento soplaba con fuerza afuera. Estaba oscureciendo y pronto caería la noche y con ella llegaría la tristeza y el desasosiego. Afuera se oía el crujir de las hojas caídas del otoño, impulsadas por el viento. Las ráfagas tropezaban contra la fachada del hospedaje al tiempo que se oía el chasquido amortiguado de unas ramas al romperse.

Alexander se sentó a su lado y rodeó sus hombros con su brazo.

_Solo será por unos días_ le aseguró.

Ella asintió en silencio. Después de todo no tenía otro lugar a donde ir, aunque le avergonzaba tener que quedarse en el pueblo y soportar los cuchicheos de la gente. Odiaba convertirse en la comidilla de todo el mundo.

La luna empezó a elevarse poco a poco, mientras los pensamientos de Kataryna erraban por sus dolorosos recuerdos y su incierto porvenir. En su cabeza había una sospecha que resonaba como el repique de una campana. Una campana que algunos llaman intuición femenina. Aquel tañido sonaba cada vez más cerca y más fuerte, llenándola de incertidumbre, pero a la vez cierta esperanza. Una esperanza que, en vez de colmarla de ilusiones, la colmaba de temor y desesperación.

Se tendió en la cama, ovillándose sobre su cuerpo, suplicando que el sueño la cubriera con su manto, acunándola, arrullándola, aguardando que la noche la liberara de sus pesadillas.

En aquella noche ventosa de otoño, a la luz de la luna que entraba por la ventana de aquella modesta habitación, Kataryna cerró los ojos esperando los nuevos designios que el creador tenía reservado para ella.

II

Durante los días posteriores a que dejaran la hacienda, la preocupación de Alexander por la estabilidad emocional de Kataryna se había acrecentado. La veía cada vez más desencajada, con el rostro macilento y los ojos vacuos. Resolvió con rapidez todos sus asuntos para así abandonar definitivamente Oberá. Tenía confianza de que abandonando de una vez por todas Argentina, ayudaría a Kataryna a empezar a sanar.

La mañana se vislumbraba fresca pero luminosa. El cielo se hallaba despejado y el ajetreo habitual de los transeúntes llamó la atención de Kataryna quien observaba con ojos curiosos a través de la ventana. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho, un gesto de protección al que acudía cada vez con más frecuencia.

_Tengo que comprar los pasajes para Posadas_ dijo Alexander_ ¿Por qué no me acompañas?

_ ¿Posadas? _ preguntó ella sin despegar los ojos de la calle_ pensé que dijiste que íbamos a Paraguay.

_Posada es nuestra primera parada. Allí tomaremos un bote y cruzaremos el río.

Kataryna asintió sin voltear a verlo.

_ ¿Por qué no me acompañas? _ preguntó él_ no has salido de estas cuatro paredes desde que llegamos.

_Preferiría esperarte_ dijo ella aún sin voltear a verlo.

_Vamos Kataryna, necesitas tomar algo de aire.

Kataryna suspiró pesadamente antes de voltear a verlo. Se quedó en silencio con los brazos sobre su pecho como si meditara la propuesta de Alexander. Segundos después, asintió con una leve sonrisa.

Se dirigieron a la única empresa de trasporte de pasajeros del pueblo, el Expreso Singer, recientemente inaugurado que constaba solo de una unidad a la que llamaban cariñosamente “El patito” probablemente fuera por el color anaranjado desvaído del vehículo, o quizá por la curiosa forma del guardabarros trasero que se asemejaba a la cola de ese palmípedo. El dueño Ralf Singer, escondía detrás de sus lentes de gruesos marcos y verdosos cristales, una mirada firme y decidida, aunque muchas veces melancólica y nostálgica, como la mayoría de los inmigrantes que debieron abandonar su patria y emigrar a lejanas tierras en la búsqueda de una vida mejor.

Ralf nació en Letonia y emigró a Argentina en mil novecientos veintitrés, se dedicaba al transporte de mercaderías entre Oberá y Posadas. Pero muchos de sus clientes necesitaban trasladarse, por lo que viajaban en su camión durante tres o cuatro horas, soportando incomodidades, a veces el sol calcinante, otras las fuertes lluvias. Así que decidió cambiar su camión Chevrolet por un chasis de la misma marca y mandó construir una carrocería, el vehículo solo contaba con espacio para doce pasajeros con asientos de madera dispuestos en forma de cuadrilátero, no poseía ventanas, sino espacios abiertos.

Una madrugada, el motor del “patito” zumbó y se sacudió. Un abanico de luces iluminó una brillante y gruesa cortina de llovizna. Los curiosos que observaban al amparo de los corredores de la terminal vieron las luces brillar alrededor, luego se ausentaron, se fueron apagando y desaparecieron en la profundidad que precede al amanecer, en lo que sería el primero de innumerables viajes. “El patito”, trasportó a los pasajeros por más de cuatro horas sobre picadas hechas a machete, extirpadas al monte y huellas de camiones como su única guía.

Con los boletos en mano, Kataryna y Alexander pensaron en regresaron a la posada. Partirían dos días después, antes de que el sol se atreviera a levantarse.

Era día de feria y los comerciantes se apostaban en la calle principal. Pequeños ganaderos y agricultores exhibían sus productos: canastillas de huevos; piernas de res; cajas de tomates; atados de lechugas; y coloridas hortalizas.

Kataryna y Alexander empezaron a sortear la zigzagueante serpiente humana compuesta de comerciantes, compradores y simples curiosos. Cuando estuvieron a punto de lograr su cometido oyeron una voz que provenía de entre el gentío.

_ ¡Papa! _ grito la voz.

 Ivanov se detuvo, sabía perfectamente a quien pertenecía aquella voz. Se volteó con lentitud, frunció el ceño en actitud recelosa.

El joven al cual pertenecía la voz se abrió paso entre el gentío, cuando alcanzó a Ivanov, fulminó con la mirada a Kataryna quien palideció avergonzada.

_ ¡¿Qué haces con esta mujer?! _ gritó Yuri con ojos inquisitivos y retadores.

Algunas personas alertadas por los gritos de Yuri volvieron su atención a aquel extraño trio.

Ivanov se quedó mirando fijamente a su hijo, pensando cómo debía abordar la situación.

_Ya hablé con tu madre y este no es el lugar ni el momento para que hablemos al respecto_ respondió con una mirada de advertencia.

Kataryna sintió que todos la miraban, que los ojos de todo el pueblo estaban posados sobre ella. Como enormes pesos calientes y punzantes. Comprendió entonces, cuál sería el resultado de esa escena y el estómago se le revolvió.

Yuri masculló algo entre dientes antes de volver a levantar la voz.

_ Puede que hayas hablado con mi madre, pero eso no significa que lo que estás haciendo es correcto. Has lastimado a mi madre y eso no te lo voy a perdonar fácilmente_ dijo con la mirada encendida, cargada de dolor e indignación.

Todo el mundo parecía observar a Kataryna y algunas mujeres cuchicheaban por ahí. Sintió náuseas y llegó a pensar que terminaría vomitando el desayuno completo en medio de toda aquella gente que parecían señalarla con un dedo admonitorio. Quiso salir huyendo, pero no podía moverse, como si alguien la hubiera clavado en el suelo.

_ ¡No entiendo como has sido capaz de dejar a tu familia por una mujerzuela como esta! _ continuó Yuri con un gesto desdeñoso y el rostro nublado por la rabia.

_Yuri, cuida tus palabras_ dijo Alexander lo más tranquilo que pudo, intentaba no exacerbarse de lo contrario terminaría perdiendo los papeles en medio de aquel gentío.

_ ¡No tengo porque hacerlo! _ contestó el muchacho ostentando desmedida arrogancia. _ Esta mujerzuela ha destruido a nuestra familia.

Alexander se sintió molesto, fastidiado por la actitud de su hijo. Por un momento, pretendió borrarle aquella arrogancia de la cara con una bofetada, pero se deshizo de aquella idea de inmediato. Bajo ninguna circunstancia debía convertir aquella desagradable escena en una tragicomedia.

_Cuida tu lenguaje Yuri, no voy a permitir que la insultes_ le advirtió mientras sus ojos se detenían con disgusto sobre su hijo. _ Tu comentario es ignorante y ofensivo yo no te crie de esa forma.

Entonces, con aquella brusquedad que caracterizaba a Yuri echó la cabeza para atrás y lanzó una terrible carcajada.

_ ¡No pienso hacerlo! _ dijo levantando la voz_ no voy a tener ninguna consideración con esta mujer, de la misma manera en que ella no lo ha tenido con mi madre. Siempre hablaste de honestidad e integridad ¿dónde ha quedado todo eso? _ preguntó_ además, tu no nos criaste, lo hizo mi madre. Desde que tengo memoria has estado ausente.

Ivanov no podía argumentar con su hijo en lo referente a su ausencia, pero no iba a permitir que se siguiera extralimitando. Hizo un gesto con la mano para que se callara y lo observó fijamente con los ojos encendidos.

Kataryna se removía inquieta, se sentía deprimida y humillada. La gente no dejaba de observarla con morbosa curiosidad.

_ Vuelve a casa, no deberías estar aquí_ dijo_ si vuelves a lanzar un improperio más, vas a tener que vértelas conmigo.

El joven apretó los puños y tuvo que morderse los labios para evitar decir algo de lo cual de seguro se arrepentiría inmediatamente después de que su padre lo golpeara. Pero no desaprovechó la oportunidad de lanzarle una mirada asesina a Kataryna. Estaba claro que Yuri deseaba poner a prueba la paciencia de su padre. Una helada insensibilidad y una oleada de calor producto de la ira inundó el corazón del muchacho.

Alexander le dio la espalda al mayor de sus hijos, al tiempo que sujetaba a Kataryna del hombro y la apremiaba a que lo siguiera. La mujer tenía los ojos ardientes por las lágrimas inminentes y la voz algo temblorosa, pero logró ponerse en movimiento.

El muchacho se quedó de una pieza al ver a su padre alejándose, los espectadores estaban haciendo lo mismo, el espectáculo había terminado.

En aquel, momento la aversión y el rencor que durante toda su vida Yuri había sentido por su padre, se trasformaron en odio y furia. Aquellos sentimientos lo acompañarían hasta el último día de su vida.

Historias Entrelazadas (Kataryna y Alexander)

VII

Alexander fumaba un cigarrillo absorto en sus pensamientos. Su cabeza era un gran alboroto, unos cuantos ratoncillos parecían mordisquear los cables en el fondo de su cerebro. Sobre el horizonte, la luna recién salida en forma de hoz brillaba entre los árboles. Un pájaro solitario, tal vez un búho o quizás fuera una lechuza lo sobrevoló con sus amplias alas desplegadas.

La herida del brazo le ardía un poco, pero no había requerido de sutura. Llevaba el brazo vendado para evitar que la herida se infectara. El dolor en el abdomen era algo distinto, la angustia y la adrenalina lo habían mantenido alejado; pero ahora emergía con algún movimiento brusco. Tardaría algunos meses en desaparecer por completo.

El cadáver de Igor apareció flotando en una de las isletas del río, tres días después de que hallaran a Daryna. No se encontraba en mejores condiciones que el de la niña. No estaba claro cómo sucedieron las cosas. Algunos pensaban que intentaron cruzar a nado el río, pero aquello no tenía sentido. El río era caudaloso y bravío. Otra teoría y la que más adeptos mantenía, era el del asesinato seguido de suicidio como medio para atormentar para siempre a Kataryna. En realidad, nunca se sabría que un tumor del tamaño de una canica, alojado en cerebro de Igor había sido el causante de la muerte del padre y de la hija.

Alexander permaneció recostado contra la pared trasera de la Casa Grande con expresión inquieta y turbada. Su mente era un torbellino de pensamientos confusos, y dudas.  Sintió que estaba a punto de cruzar el Rubicón. Pero pensó que la mayor oscuridad era siempre la que conducía a los primeros destellos del alba.

Había escogido un camino que lo condujo a un lugar absolutamente inesperado para él. Había resuelto dejar Oberá y emigrar definitivamente a Paraguay llevándose consigo a Kataryna. Sentía que tenía una deuda pendiente con ella. No podía abandonarla luego de que la relación existente entre ellos quedara al descubierto, mucho más, después de la terrible muerte de su hija. No tenía a nadie en aquel paraje remoto más que a él.

Se sentía afligido, pero su aflicción no tenía nada que ver con abandonar a Galina y a su familia. Tenía que ver con Tatiana. Sentía que estaba siendo desleal a su memoria, al amor que le profesaba.

Algo llegó de pronto hasta él, una voz. Esta salió de su memoria como una forma vislumbrada en el humo de su cigarrillo. “Prométeme que vivirás tu vida”.  Y como si alguien aprobara su decisión, una mano acarició su rostro, una sombra de insustancialidad. No tenía idea de cómo podía ser posible, pero, en aquel momento tuvo la certeza de que aquella caricia pertenecía a Tatiana.

Cerró los ojos y suspiró profundamente. Sintió el corazón pesado y oprimido. Cuando volvió a abrirlos una lágrima recorrió el surco de la herida en su mejilla. Sus pensamientos se desenmarañaron y la niebla en su mente se disipó.

VIII

Cuando Galina vio a su esposo parado en el umbral de la puerta entendió con total certeza lo que vendría a continuación, con una claridad ante la que todas las demás certezas que había tenido acerca de Alexander parecían difuminadas, vagas y vacilantes. Aquel temor que la acosaba desde hacía algún tiempo de manera recurrente aparecía de nuevo, pero esta vez tuvo la certeza de que se haría realidad. Su rostro adquirió un tono casi lívido, y los ojos le llamearon de resentimiento, rabia, odio o una combinación de las tres cosas.

_Me marcho a Paraguay, esta vez es definitivo_ dijo Alexander con voz flemática cuando ingresó a la casa.

Galina lo miró con los ojos desorbitados, boquiabierta. De hecho, se tambaleo y buscó de inmediato la primera silla que encontró. Sus piernas parecían a punto de ceder. Alexander pensó que se desmayaría. Pero aquella inseguridad duró apenas unos segundos, enseguida, Galina esbozó una sonrisa carente de humor.

_No voy a llevarme nada más que mis objetos personales y un poco de dinero que tengo guardado. Todo lo demás es tuyo y de nuestros hijos. Juan puede seguir administrando la hacienda, conoce el trabajo y es de confianza.

_Ya lo decidiste todo_ replicó con voz carente de inflexiones. Se sentía completamente derrotada. ¿Qué caso tenía ya discutir o exacerbarse? Pero a pesar de todo las lágrimas de indignación asomaron a sus ojos empañados de expresión incrédula.

_Perdóname, si es que puedes hacerlo_ dijo Ivanov.

Antes de que las lágrimas resbalaran por las mejillas de Galina, Alexander dio media vuelta y salió dejando a Galina perpleja, desconcertada, burlada y ofendida.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA Y ALEXANDER) (Fragmento)

IV

Igor había pasado la noche en uno de los graneros de la hacienda en donde preparó una improvisada cama con paja y una vieja manta. Cayó dormido de inmediato, como si en vez de haber estado a punto de matar a la madre de su única hija hubiera tomado parte de una alegre fiesta.

Cuando despertó, percibió un sabor metálico en la boca. Le ardía los ojos, la garganta y el estómago. La idea que lo perseguía en la cabeza en una continua espiral era: “Esa zorra nunca terminará de pagármelas”

Le palpitaba aún la cabeza, parecido a un murmullo sordo y persistente, soportable, manejable.

Se aseó lo mejor que pudo y sin pérdida de tiempo dispuso todo para su huida. Pero antes de dejar Oberá para siempre, debía encargarse de un pequeño detalle. El detalle que terminaría por hundir a Kataryna. La puta desgraciada se acordaría de él por el resto de su vida.

En aquel momento experimentó un aguijonazo, un violento azote en la cabeza. Tuvo la sensación de que le habían clavado con una aguja larga y gruesa. Dejó escapar un grito tanto de dolor como de conmoción. Se masajeó los nódulos pulsátiles de las sienes con las palmas de las manos en un intento por suprimirlos o por lo menos aplacarlos.

Cuando el dolor aflojó un poco, montó su caballo, y el estómago le palpitó al mismo ritmo que el dolor de cabeza. Había olvidado los golpes que Ivanov le había propinado en el abdomen.

Se dirigió a la escuela en el pueblo. Habló con la maestra, mintió diciendo que había sufrido un accidente y que se llevaría a Daryna a la casa. La maestra mostró algo de recelo al ver el aspecto de Igor, pero este terminó por convencerla.

Daryna se mostró asustada cuando vio a su padre. Igor se dirigió a ella doblándose hacia adelante con las manos en las rodillas. Aquella posición le suponía a Igor un gran esfuerzo, pero necesitaba que la niña confiara en él.

_Lo que sucedió anoche nada tiene que ver contigo_ dijo con una sonrisa que debió parecer encantadora pero que resultó ser algo grotesca. _ Eres mi pequeña y te amo. Quiero que demos un paseo.

Daryna lo miró con los ojos desmesuradamente abiertos, pero no se atrevió a replicar.

Igor montó el caballo y la ayudó a sentarse a horcajadas delante de él. Salió del pueblo lo más rápido que pudo sin levantar sospechas. Debía asegurarse de que nadie lo viera y con ese pensamiento en mente, abandonó el camino principal y anduvieron por un sendero difuso que se internaba entre los árboles.

A una distancia prudencial Sobaka los seguía meneando la cola de acá para allá. Al parecer, el perro había resuelto acompañar a la niña a la escuela y cuando la vio montar a caballo no tardó en decidir lo que debía hacer.

Igor no se percató cuando el escaso rastro de sendero desapareció y su rumbo le llevó entre sublimes árboles y grandiosos paisajes. Torció a la izquierda bordeando un ancestral lapacho provisto de un gran tronco. Trecientos metros por delante de esa curva, el caminito que apenas se dibujaba terminó a orillas del gorjeante río Paraná. Detuvo su caballo, se enjugó el sudor de la frente con el brazo, y miró el río.

La jaqueca volvía a atormentarlo. Decidió descansar un rato. Padre e hija desmontaron debajo de un gran árbol.  La niña corrió de inmediato al encuentro de su amiguito.

Igor sintió de nuevo un sabor metálico en la garganta. Bajó la cabeza, escupió entre sus botas una mezcla de saliva y sangre, luego se limpió la barbilla con el canto de su mano.

Oteó el horizonte fijamente y luego prestó atención a cúmulo móvil de nubes en el cielo. Un bote se movía deprisa en la otra orilla, impulsado por la fuerte y traicionera corriente del río. Los dos hombres que navegaban en él, no se percataron de la presencia de los viajeros.

Una desgarradora punzada en la cabeza lo obligó a echarse en el suelo. A la punzada, de inmediato le sucedieron las palpitaciones. Pensó que debía dormir un poco, pero no podía dejar descuidada a la niña.

La niña, la niña era su as bajo la manga, su jaque mate.

Kataryna lo había hechizado con sus senos redondos y abultados, con su esbelta figura, sus cabellos largos, la insolencia y desafío de sus ojos. Se juró a si mismo que terminaría por domar a aquellos ojos y con aquella jugada magistral terminaría sometiéndola, aunque no estaría en la hacienda para verlo. Regresaría a Ucrania así fuera lo último que hiciera y se llevaría a la niña consigo. En su sorprendentemente deformada concepción del matrimonio pensaba que estaba en su derecho de hacerlo.

Sintió de pronto que se le nublaba la visión y volvió a sentir otra fuerte punzada. Su respiración se aceleró y le constó respirar.

 Daryna jugaba con Sobaka ajena al estado cada vez más deteriorado de su padre.

Igor cerró los ojos. A pesar del calor, un sudor helado le recorrió el cuerpo. Otra punzada feroz le azotó la cabeza. Su consciencia parecía volar a gran velocidad alejándose de él cada vez más deprisa. Vio de pronto que todas las nubes estaban en movimiento, se alejaban para luego regresar con velocidad frenética y rodar hasta él. Pero extrañamente no tuvo miedo. Se puso de pie con los ojos vidriosos fijos en un algún lugar lejano de la realidad. Vio un puente que flotaba sobre el río, suspendido de hilos invisibles y a su padre que le hacía señas para que cruzara.

Llamó a la niña con voz imperiosa. Daryna se acercó a Igor con el temor reflejado en sus ojos brillantes. Igor la tomó en brazos. Daryna se removió inquieta. Le pidió a su padre que la depositara en el suelo. La voz de la niña sonó ahogada como si algo le oprimiera la garganta hasta reducirla al tamaño de un junco. Igor no le prestó atención, seguía con la mirada perdida en algún punto de la otra orilla.

 Sobaka empezó a ladrar con desesperación, como si presintiera que algo terriblemente funesto estaba a punto de ocurrir.

En su enferma mente Igor, volvió a ver a su padre que le sonreía y lo alentaba a que cruzara el puente. Un puente maravilloso que lo llevaría hasta su Ucrania querida, hasta los campos que le habían sido arrebatados, y que volverían a ser suyos para siempre.

Miró el puente, solo debía tomar impulso y de una zancada lo alcanzaría. Saltó, pero lo que halló fue agua.  Avanzó despacio y Daryna gritó y se removió aterrada. El agua le llegaba a Igor a la altura del pecho. Sobaka, parado en la orilla no dejaba de lanzar ladridos que más parecían lastimeros aullidos.

Igor siguió caminando su imaginario y mágico puente, su padre parecía estar cada vez más cerca. Lo atacó entonces la peor de las punzadas que hizo estallar algo dentro de su cabeza. Algo que había estado creciendo dentro de él comprimiendo su cerebro, mermando su cordura. Las rodillas se le doblaron y se hundió en el agua al tiempo que soltaba a la Daryna quien cayó a las turbulentas aguas de inmediato.

La niña intentó gritar, pero el agua que ingresó violentamente a su garganta se lo impidió. Manoteó desesperada intentando salir a flote.

Mientras se sumergía en el agua, Igor vio extenderse delante de él ensoñadores campos, cubiertos por blanca niebla allá en su natal Kiev. Una sonrisa de regocijo se esbozó en su rostro antes de que su corazón latiera por última vez.

Sobaka se lanzó al agua tan lejos como le permitieron sus fuerzas, en un intento por salvar a su ama. Nadó contra corriente, hasta alcanzarla. La tomó del cuello del vestido con el hocico y trató de halarla hasta la orilla. Al principio pareció que lo lograría, pero un remolinó lo venció y terminó arrastrando a ambos a las profundidades del caudaloso río. Los aterrorizados ojos de Daryna vieron fragmentos de una realidad terrible y sin ningún sentido, los últimos fragmentos que verían.

V

Cuando la carreta que traía a los niños desde la escuela llegó sin Daryna, Kataryna sintió que el mundo se le caía encima. La desesperación la invadió de inmediato. Sintió que todo giraba a su alrededor, cerró los ojos y Alexander tuvo que sostenerla para que no cayera al suelo. La recostó en la cama y colocó una mano extendida sobre su frente como si intentara determinar si tenía fiebre. Con el rostro dirigido hacia el techo y los ojos cerrados Kataryna mascullaba palabras ininteligibles. Intentaba aspirara bocanas profundas de aire para despejar su mente, no podía perder la cordura en aquel momento, debía buscar a su hija. Abrió los ojos y comprobó que la habitación había dejado de dar vueltas. Murmuró algo, le costaba hablar como si su voz tuviera que deslizarse a través de un pasadizo estrecho y lleno de obstáculos. Alexander acercó su oído a su boca y entendió que decía: “Igor se la llevó, tengo que encontrarla”.

Alexander no necesitaba que ella lo dijera, estaba seguro de que había sido el cruel, despiadado y sádico de Igor. Intentó tranquilizarla antes de salir de la casa y dirigirse a la hacienda para formar un grupo de búsqueda, asegurándole que la encontraría.

No se detuvo en la Casa Grande a dar explicaciones ni a conversar con Juan que lo observó con mirada de perplejidad, se dirigió de inmediato al establo a ordenar a los hombres que se prepararan para salir en busca de Igor. No tenía tiempo que perder.

La noche anterior llegó a pensar que el destino había llevado a Kataryna hasta Buenos Aires en donde la conoció. Era como si la mano de un ajedrecista la situara en el mismo espacio y tiempo que a él, para salvarle la vida. Como si ella fuera una pieza importante en aquella partida. Pero eso implicaría la intervención de un ser superior en el cual no creía. Y si existiera aquel ser, aquel ajedrecista universal, ¿a qué se reducían las demás piezas de aquel juego?: su padre, su madre, sus amigos, las fallecidas hijas de Kataryna, hasta la misma Tatiana, ¿a simples peones sacrificados? Se preguntó que pieza sería él, una torre, un caballo, un rey. ¿Era en realidad tan importante? o solo otro peón más, en aquel juego macabro que representa la vida.  En ese momento, mientras ensillaba su caballo pensó que estaba a punto de descubrirlo.

A pesar de los golpes y las heridas que había recibido durante la lucha de la noche anterior, no sentía mayores molestias. Pensó que podía atribuir aquel detalle a la avalancha de adrenalina que aún recorría su cuerpo, pero estaba seguro de que aquello no duraría mucho.

Eran más de las tres de la tarde cuando Alexander y sus hombres salieron en busca del rastro de Igor. Nadie lo había visto desde que recogiera a la niña de la escuela. Alexander pensó que Igor tenía dos opciones: dirigirse hacia Paraguay o dirigirse a Buenos Aires e intentar tomar un barco que lo llevara a Europa. La opción más lógica era huir hacia Paraguay, pero en la mente desquiciada de Igor no funcionaba la lógica. Intentaría llegar a Buenos Aires y zarpar para Europa, pensó Ivanov.

_ ¡Debemos dirigirnos hacia al sur! _ ordenó a sus hombres.

Pero tuvo una extraña corazonada, si Igor quería pasar desapercibido debió de utilizar algún camino alterno, algún sendero escondido en medio del campo, tal vez en medio del bosque, al menos hasta que saliera de Oberá y se sintiera seguro de no ser descubierto.

Dirigió al grupo de hombres al suroeste esperando que sus corazonadas resultaran certeras, porque de lo contrario Igor lograría evadirlos.

A medida que pasaba el tiempo la ansiedad y la preocupación de Alexander iba en aumento. Empezó a dudar de que su análisis de la psicología de Igor haya sido el correcto.

A eso de las cinco y media de la tarde llegaron a la orilla del río. Se detuvieron para descansar y estudiar cuál sería su siguiente paso. Juan se cebó un mate y se perdió en sus pensamientos. Otros recorrieron la orilla en busca de pistas.

 Alexander contempló el río por un momento, sintiendo cómo el sofocante día estival estaba menguando para ceder paso a una suave brisa nocturna. Suspiró, la noche estaba a punto de caer y no había rastros de Igor y Daryna.

El movimiento de unas aves captó su atención.

Los Biguás se lanzaban en picada, golpeaban el agua con un sonoro estruendo de espumas, hundiéndose, luego se elevaban de nuevo con algún trofeo de caza en sus picos, con un rastro de gotas plateadas que chorreaban de sus negras alas.

Uno de los hombres se acercó corriendo, había hallado el caballo de Igor amarrado a un árbol, a menos de doscientos metros de distancia y no había rastros de él ni de la niña.

El corazón de Alexander dio un vuelco, aquello no era un buen augurio.

El sol se había ido, pero aún quedaba una reluciente banda de color anaranjado sobre el horizonte interrumpida en varios puntos por la silueta de los árboles.

Juan chupó el último sorbo de su mate y se apresuró a seguir a Alexander en dirección al hallazgo.

 Al llegar al lugar, fue como si un boxeador invisible acabara de propinarle a Ivanov un puñetazo en el estómago, el panorama se tornó de pronto aterrador. El caballo estaba en perfectas condiciones, no había razón alguna para que lo abandonaran en medio de la nada. Su mente se nubló por unos minutos, se negó a reconocer que aquello podía significar algo catastrófico. Sacudió la cabeza para tratar de despejar su mente, se acercó con pasos lentos hasta la orilla. A medida que la oscuridad descendía sobre aquella parte del mundo, su corazón se hizo más ligero y su mente algo más lúcida

Pronto, las estrellas destellaron sobre la profunda oscuridad y Alexander tuvo que conformarse con esperar a que amaneciera.

Acamparon frente al río. Juan le cebó un mate y se lo ofreció. Alexander que no tenía por costumbre beberlo, tomó el mate y se concentró profundamente. Pensó que a veces los infaustos acontecimientos oscilan sobre bisagras pequeñas. Se obligó a pensar en las posibilidades. Una idea surgió en su mente como si procediera desde la otra punta de un lejano pasillo. Aquella idea le causaba repulsión, pero tuvo que reconocer que la probabilidad de que fuera certera era muy elevada. Tuvieron que haber sufrido alguna clase de accidente, y si se hallaban cerca a la orilla esto podría significar que… Sacudió la cabeza y se obligó a eliminar aquella terrorífica idea de su mente. En la noche estival, entre las nubes la luna iluminó el lúgubre rostro de Alexander.

Cuando la aurora empezó a despuntar coloreando el oeste con tenues tonos de amarillo y naranja, los hombres se pusieron en movimiento.

No habían pasado más de dos horas cuando Ivanov oyó unos gritos de alarma. Aspiró profundamente e intentó preparase para lo que vendría.

Siguiendo la corriente del rio, a poco más de quinientos metros, varados entre unas rocas se hallaban los cuerpos de Daryna y Sobaka, entrelazados en un macabro abrazo. Alexander sintió una profunda repulsión y un terrible espanto. Se acercó vacilante al tiempo que dos de los hombres recogían los cuerpos del agua y los depositaban sobre la hierba. Permaneció por unos segundos paralizado por el pavor y el asco.

Observó el cuerpo de la niña con ojos atormentados, solo vio los huesos de las orbitas, los globos oculares habían desaparecido. El labio superior había corrido con la misma suerte. Un cardumen de pirañas se había dado un festín con su angelical rostro. 

Contempló entonces a Sobaka. Sintió una profunda admiración por el amor incondicional y la lealtad de aquel perro que murió al lado de su ama intentando de seguro salvarle la vida.

Sintió entonces una sensación de horror, apenas contenido. Horror aguardando su hora de entrar en acción. Le sobrevino una fuerte nausea, se llevó una mano a la boca y tuvo que alejarse de aquella terrible escena. No pudo evitar vomitar y un viscoso líquido le quedó chorreando lentamente como una nauseabunda baba espesa. Pero no había nada más nauseabundo que aquella terrorífica escena. Y de pronto sintió revolverse dentro de él una profunda rabia, una profunda cólera hacia Igor. No podía existir algo más ominoso que la muerte de aquella inocente niña.

Sobre Kataryna habían dejado sus huellas, lenta pero inexorablemente el hambre, los rencores, los desengaños, los inviernos que la desalentaron, años de catástrofes, las muertes de sus hijas, los fantasmas que en sus pesadillas la acosaron. Había sobrevivido a todo eso, pero Alexander no estaba seguro de que pudiera sobrevivir a la muerte de Daryna. Temía que la llevara al borde de un abismo en cuyo fondo terminaría hundiéndose en las profundidades de la miseria y la desgracia. Y, sin embargo, en una extraña forma, tuvo la certeza de que él, formaría parte de su sobrevivencia.

Cerró los ojos por unos momentos, aspiró profundamente el aire de aquella terrible mañana de marzo y se dispuso a regresar a Oberá y enfrentar a una madre con la más terrible de las realidades.

VI

Alexander se abrió paso por un pequeño grupo de curiosos apostado frente a la casa de Kataryna. A la luz de la mañana, la gente presentaba un color pálido y ligeramente desvaído. Parecían moscas revoloteando en un basurero. Cuando estuvo dentro, no necesitó pronunciar palabra alguna para que Kataryna leyera lo que traía escrito en la cara.

Supo enseguida que eran malas noticias, notó esa sensación de hundimiento en el estómago como el que produce cuando se atraviesa un bache a gran velocidad. Palideció de inmediato, intentó gritar algo, pero Ivanov no pudo oírla, porque aquella escena se desarrolló como en una película muda. Pero no le impidió quedar despedazado por aquel grito inaudible y por su expresión pavorosa.

Kataryna creyó que en ese momento enloquecería. Su cuerpo se estremeció violentamente. Aspiró con fuerza y lanzó un inmenso y espantoso grito de dolor que retumbó en toda la casa. Antes de desmayarse lanzó una mirada sobre el hombro de Ivanov como si esperara ver a su hija entrando por la puerta y profirió un último alarido desconsolado, un sonido que atravesó las cabezas de los curiosos como esquirlas de cristales rotos.

Cuando recuperó la consciencia, Alexander contempló a una mujer a punto de perder la cordura, llevaba en el rostro un rictus de terror, o de desconsuelo, o de ambas cosas. Pensó que sería incapaz de soportar otro sufrimiento más en su vida.

_Necesitas beber algo_ dijo Alexander.

La voz de Ivanov parecía centellear con un leve eco, como si llegara hasta Kataryna desde la otra punta de un largo pasadizo.

Ella no respondió, se sentía mareada y desorientada. No recordaba muy bien lo que había pasado.

_Te ayudaré a sentarte para que bebas un poco de té.

Se obligó a si mismo a hablar con lentitud, en voz baja pero firme para que ella reaccionara.

Pero la voz de Alexander ya no centelleaba en un pasadizo, a pesar de que estaba sentado justo al lado de ella en la cama, parecía proceder ahora desde un lugar lejano en medio del campo.

El mareo fue cediendo poco a poco, fijó los ojos en Alexander y cuando habló su voz sonó apagada, sin vida.

_ ¿Dónde está mi hija?

Alexander tomó una de sus manos y con la cabeza gacha, le narró los terribles acontecimientos. Intentando prepararla para afrontar lo que vería. Pero ¿era acaso posible algo como eso?

_ ¿Dónde está mi hija? _ volvió a preguntar.

Alexander la dejó sola por unos segundos, se acercó a la puerta y con un gesto le indicó a Juan que trajera el cadáver. En pocos minutos el cuerpo sin vida de Daryna estaba tendido sobre su cama en el que sería su último y más profundo sueño. Kataryna entró a la habitación poco después con la espalda encorvada, parecía que había envejecido décadas en cuestión de minutos. Arrastrando los pies llegó hasta la cama en donde descansaba su hija. No había palabras para describir el dolor que sintió al descubrir el estado en el que se encontraba el cuerpo de su pequeña y única hija. Deseó odiar a Igor por todo el daño que le había ocasionado. Deseó revelarse y odiar a Dios por permitir aquella espantosa muerte de una inocente. Pero su corazón estaba extrañamente vacío. Su mente estaba en blanco. Tal vez simplemente estaba cansada de luchar. Ya no tenía a nadie por quien vivir, pero sin embargo debía sobrevivir. Y existir era sobrevivir a selecciones injustas. La vida era injusta, el destino siempre había sido injusto y adverso con ella.

En el cementerio del pueblo, mientras enterraba a Daryna junto a su fiel amigo, Kataryna despidió a su hija de una forma muy conmovedora. Cantó una triste canción de cuna con la voz quebrada por la desesperanza y la tristeza, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Dormid, niños, dormid, amados, ¡no os despertéis![1]

Ya no os atormentaréis, un ave paradisiaca os llevará.

Dormid, profundo, dormid, niños, el Ángel de Dos está a la puerta,

Ya no vais a tener hambre, y no se os hincharán los pies.

Calenté la casa con amapolas y cerré la chimenea,

En la niebla azul oscuro canté la canción de cuna:

Duerme, hijito desdichado, quédate dormida por la eternidad, hijita,

Mis últimas caricias con las palmas maternales.

Jugaremos a las escondidas con la desgracia de la vida,

Ya no nos encontrará debajo de la tierra, niños.


[1] Canción de cuna ucraniana.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA y ALEXANDER) (fragmento)

Argentina, marzo de 1935.

I

Igor se hallaba sentado sobre la carrocería desvaída de un tractor que alguna vez había sido de un amarillo brillante, mientras observaba con atención lo que ocurría a su alrededor. Escuchaba los gritos de un grupo de chiquillos que jugaba con una pelota; el traqueteo de un camión abarrotado de madera cruzaba un sendero cercano, probablemente rumbo a Buenos Aires con su preciosa carga; el murmullo de la conversación de tres peones a pocos metros de distancia. Hacía calor, el sudor se le pegaba al cuerpo como si se tratara de una segunda piel.

Vio que los peones hacían circular el mate de mano en mano. Uno de ellos, un hombre bajo y algo subido de peso, chupó profundamente el mate, como si en vez de beberlo lo meditara, luego con el mate en la mano, se quedó pensativo, como si se hallara apesadumbrado o tal vez preocupado. Igor aún no podía comprender la predilección de los lugareños por beber aquel líquido caliente y amargo con semejante calor. Tal vez nunca llegaría a entenderlo.

Su nuevo empleo no estaba mal del todo, aunque nunca se acostumbraría a ser empleado de otros le daba cierta libertad de acción. No había hecho amigos, pero los peones lo respetaban, o tal vez les infundía miedo. Sea como fuera para él significaba lo mismo. Recordó a Ivanov y el visceral rechazo que sentía hacia él, pero pensó que en cierta forma le debía a él aquel trabajo. Pero la gratitud nunca se había encontrado entre la limitada lista de sentimientos de Igor, pero el odio y la envidia si figuraban. La evocación le hizo esbozar una sonrisa completamente desprovista de humor o de reconocimiento, por el contrario, fue de rabia y rencor.

El sol apareció desde atrás de una abultada nube, se sumergió detrás de otra y volvió a emerger lanzando grandes sombras que se precipitaban por el campo.

Otro camión zigzagueaba rugiendo por un sendero que bajaba en una pendiente empinada hacia un arroyo. La parte posterior del camión estaba llena de postes y alambres de púa, se dirigía a los linderos de la hacienda para reforzar la alambrada. El camión se hundió en un par de baches dio un bandazo, el guardabarros chocó con el suelo, se sacudió, pero logró seguir su camino mientras que en el rostro del conductor se reflejaba una expresión casi cómica de terquedad.

Se había levantado de pronto un viento caliente y turbulento que resonaba a través de la vasta campiña y que arremolinaba el polvo alrededor de los niños que jugaban en su improvisado campo de futbol. Las gotas de sudor les chorreaban por sus rostros como si se trataran de lágrimas y se alojaban como diamantes en sus cabellos. Uno de los niños corrió de espaldas en un intento por cabecear la pelota que volaba en su dirección configurando una curva parabólica. El niño tropezó con una piedra de regular tamaño y salió despedido, con los brazos extendidos. Una décima de segundo después su cabeza se topó contra el suelo y perdió el conocimiento. Igor y los peones se abalanzaron sobre el niño, mientras que los demás chiquillos se quedaron petrificados en sus puestos. El peón, algo subido de peso se arrodilló frente a la víctima y lo llamó por su nombre al tiempo que le daba suaves cachetadas intentado que reaccionara. El niño abrió los ojos, pero a Igor no le gustó la expresión que vio en sus ojos, opacos y distantes. Pero ¡qué diablos! Ese no era su problema. El niño se incorporó despacio y los hombres lo ayudaron a ponerse de pie. Minutos después el niño regresó al campo de juego.

Un jovencito de unos once o doce años se acercó a Igor, tenía una sonrisa mansa, los ojos fugaces despejados, inteligentes y bondadosos como todos los niños de esa edad. Le entregó una carta. Igor lo interrogó sobre su procedencia. El niño se encogió de hombros y con la voz extrañamente apagada le respondió que no tenía idea. Se alejó corriendo por donde había venido. Igor observó el sobre blanco y sus facciones se ensombrecieron, sus ojos se redujeron a finas ranuras, como si presagiara malas noticias. Atravesó el improvisado campo de futbol en dirección a la pequeña vivienda que ocupaba junto con otros tres trabajadores y pasó frente a la oficina del administrador.

Cuando estuvo a solas, abrió el sobre y a medida que la leía, sus ojos se fueron ensanchando ante la desagradable sorpresa. Se sintió inflamado de rabia, los ojos le refulgían como hogueras. Y una voz que había permanecido muda durante los meses que llevaba trabajando en aquella hacienda, no la voz de su consciencia, sino tal vez, el de la locura, se alzó bruscamente en su mente.

La ramera de su esposa lo estaba engañando.

No tenía idea de quien le había escrito aquella carta, pero quien haya sido le aseguraba que Kataryna tenía un amante. Rompió en pedazos la carta al tiempo que se paseaba de un lugar a otro como un animal enjaulado al tiempo que crecía su furia y su resentimiento. Pensó de inmediato en Ivanov, y las conjeturas que se había formado sobre su relación con Kataryna. Aunque no tenía la certeza de que mantenían un romance, algo, muy profundo en su ser le decía que era verdad.

 Ambos se lo pagarían, se vengaría de ellos, pero ¿cómo debería actuar? ¿Qué castigo se merecían? ¿Golpearla? ¿Matarlo? Esta idea le hizo correr un extraño escalofrío de excitación por el cuerpo, aumentando su sed de venganza. Sí, matarlo le ocasionaría un indescriptible placer. Pero todas ellas eran preguntas inquietantes que, en su estado de alteración, no estaba en condiciones de contestar. Sus perspectivas con respecto al futuro y por supuesto, acerca del camino que debía tomar eran aún inciertas.

Salió de su vivienda como alma que lleva el demonio, tomó su caballo y se dirigió al pueblo. Ingresó a una taberna y se dedicó a beber intentando lidiar con sus fantasmas, pero la bebida en vez de hacerlo olvidar solo atizó las brasas que lo quemaban en su interior.

Salió de la taberna tarde en la noche, le retumbaba la cabeza. Sentía las piernas horriblemente inestables, los músculos palpitantes y temblorosos, inseguros. Parpadeó de prisa varias veces en un intento por estabilizar su mente, pero el esfuerzo solo le sirvió para generar una oleada de mareo. El mundo pareció inclinarse peligrosamente primero, y luego girar vertiginosamente sobre sus ejes. Se sujetó del caballo y vomitó el contenido de su estómago. Un largo hilillo de materia viscosa quedó colgándole del labio inferior. Sintió una nueva arcada y volvió a vomitar mientras se llevaba una mano al estómago. Se secó la boca con el antebrazo y enseguida montó su caballo. No podía hacer nada aquella noche más que regresar a su vivienda y echarse a dormir.

Poco después del amanecer, su sueño pedazo a pedazo pareció disgregarse, cubriendo el fondo de su mente como algo que se hubiera fragmentado y aún no hubiese sido ordenado. Cuando al fin pudo sacudirse de su letargo, la cabeza empezó a palpitarle con fuerza, pero no le impidió tomar una decisión. Regresaría a Oberá, se vengaría de Kataryna e Ivanov para después desaparecer.

Tomó su caballo y se puso en marcha, giró hacia el oeste por la polvorienta carretera que atravesaba la plantación, recta como una cuerda. Pronto estaba avanzando a todo galope dejando detrás de él una estela de polvo rojizo. La jaqueca crepitaba y palpitaba en su cabeza, como si se tratara de un abrazador fuego que amenazaba con devorarlo por completo. Pero su rabia y su odio eran más fuertes, más devastadores.

 Durante la vida de Igor, ciertas actitudes revelaron en el mejor de los casos, su menosprecio por las mujeres, o lo que era peor su rencor hacia ellas. Se hallaba en un estado de furia inaudita y pronto tendría a Kataryna frente a él y ajustarían cuentas.

II

En medio del agudo chirrido de los grillos veraniegos que se amparaban en el bosque, de las luciérnagas que pespunteaban la oscuridad, Daryna y su madre disfrutaban del delicado y balsámico aroma de la noche, al igual que del beso de la suave brisa sobre sus rostros.

Sobaka correteaba de un lado a otro mientras la niña reía alegremente sin apartar los ojos de su mascota. Kataryna contemplaba complacida a su hija desde la hamaca, al tiempo que pensaba que la vida de la niña se había trasformado por completo. La facilidad tan característica de los niños para olvidar y perdonar la sorprendía. Daryna ya no recordaba las carencias y dificultades por las que había atravesado durante su corta vida. El futuro parecía prometedor. Pero bajo aquel perfecto cielo estrellado de verano, no podía adivinar que la felicidad que experimentaba estaba a punto de desvanecerse como la luz al llegar el crepúsculo.

La niña tomó una ramita seca y se la arrojó a Sobaka en medio de animados y estrepitosos ladridos. Daryna palmeó divertida cuando su peludo amiguito atrapó la ramita en el aire. Sobaka se acercó a la niña enseguida moviendo la cola, llevando el trofeo ganado en el hocico. Se detuvo a poca distancia de la niña y soltó la ramita frente a ella. Daryna emitió una divertida y efervescente carcajada antes de inclinarse y recoger la ramita. Apoyó su pequeño cuerpo sobre su pie derecho mientras que el izquierdo, situado un paso por detrás, con la rama en la mano derecha en posición de lanzamiento. Se movía mucho amagando el tiro. Sobaka observaba al improvisado juguete con ojos interesados y con la lengua afuera. Daryna amagó un par de veces más para después lanzar la ramita lejos de Sobaka quien salió disparado detrás del objeto.

El galope lejano de un caballo que parecía acercarse hizo que Kataryna experimentara una densa sensación de tensión que se le infiltró en el cuerpo. Oteó la vasta oscuridad con cierta preocupación, mientras la niña seguía jugando con el perro. Se puso de pie y se acercó a Daryna. Los cascos del caballo resonaban cada vez más cerca. El corazón de Kataryna dio un vuelco como si presagiara alguna perfidia.

Una figura desdibujada que parecía flotar en la oscuridad de la noche como si se tratara de un fantasma se acercaba con rapidez hacia ellas. Apenas unos segundos después, estuvo segura de que se trataba de Igor. En su rostro se dibujó una mueca de inquietud, pensó de inmediato que debía tener cuidado.

El jinete se detuvo a pocos metros de la madre y la hija. Desmontó de inmediato, amarró el caballo a un árbol y se acercó con pasos rápidos.

Cuando Daryna reconoció a Igor se acercó corriendo a él en medio de alegres palabras de bienvenida.

_ ¡Papa, papa, que alegría verte!

Igor le dedicó una extraña sonrisa, su rostro estaba crispado con algo parecido a una máscara grotesca. De inmediato la convino a que entrara a la casa con el perro y se encerrara en su cuarto. Le advirtió que no debía salir hasta que él la llamara.

Daryna se detuvo petrificada, observó a su padre pasmada y aterrorizada. Quiso protestar, pero algo en los ojos de su padre le advirtió que lo mejor sería obedecer. Llamó a Sobaka y enfilaron juntos el breve sendero a la casa. Se detuvieron a observar a Igor desde el umbral de la puerta. Las lágrimas brillaban en sus ojos.

La mueca de inquietud en el rostro de Kataryna se había borrado y la había sustituido una expresión combinada de sorpresa, estupor y terror de una mujer que se había convencido de que jamás volvería a sufrir a manos de aquel depravado y sin embargo estaba a punto de que volviera a ocurrir.

_ ¡Entra en la casa Daryna y has lo que te dije! _ le ordenó a la niña.

_Si papa_ contestó en un balbuceo casi inaudible que tembló en los labios de la niña.

 Finalmente obedeció mientras las primeras lágrimas rodaban por sus mejillas.

Cuando la niña cerró la puerta de la casa y dejó solos a sus padres, Igor se acercó a Kataryna mostrando los ojos inyectados en sangre y la mirada alienada. Sintió una fuerte punzada en la cabeza, luego se redujo a un leve murmullo.

_Pensaste que podías acostarte con quien quisieras y que no iba a enterarme_ dijo con una sonrisa perversa esbozada justo por debajo de las comisuras de los labios.

Kataryna pensó que su corazón iba a estallarle en el pecho en aquel preciso momento. Sintió que se le revolvía el estómago y que terminaría regando su contenido sobre los zapatos de Igor que se había acercado peligrosamente a ella. Dejó escapar un bufido de terror que solo sirvió para confirmarle a Igor lo que ya sabía con certeza.

_ ¡Maldita perra, no pudiste mantener las piernas cerradas! _ gritó con voz escabrosa, al tiempo que ceñía una de sus manos alrededor del cuello de Kataryna.

La hizo retroceder hasta que se topó con las gradas que llevan a la puerta de la casa, tropezó, se desplomó de espaldas y emitió un grito que se oyó amortiguado.

Igor la soltó y se quedó de pie observándola con los ojos desorbitados de furia. Kataryna se arrastró de espaldas hasta toparse con la casa. Se levantó lentamente con la espalda apoyada contra la pared, tenía los ojos desorbitados y los labios trémulos. No fue consciente de que las lágrimas le corrían por las mejillas.

_ ¡Ivanov, tenías que engañarme con Ivanov! _ gritó al mismo tiempo que se acercaba con calculada lentitud hacia ella.

Kataryna, desesperada se abalanzó sobre la puerta en un intento infructuoso por buscar refugio dentro de la casa. Sus manos temblorosas se resbalaron sobre el picaporte.

_ ¿Quieres entrar? _ preguntó Igor con una sonrisa de desprecio al mismo tiempo que sujetaba el picaporte con la mano derecha_ Será mejor que entres entonces_ agregó mientras abría la puerta de par en par.

Kataryna ingresó a la vivienda como si se tratara de un corderillo rumbo al matadero.

Igor la siguió de cerca y cerró la puerta con un puntapié. Kataryna se estremeció al oír el estrepitoso sonido. Quiso correr, buscar refugio tal vez en su habitación, pero estaba tan asustada que sus piernas se negaron a obedecerla. Se quedó petrificada en donde estaba. Llevaba las mejillas húmedas y brillantes, los labios pálidos y temblorosos.

_ ¡¿Pensaste que te saldrías con la tuya y que no me enteraría?! ¡¿Pensaste que podrías seguir acostándote con Ivanov y que no vendría a pedirte cuentas?!_ gritaba Igor con voz penetrante, resonante y ominosa.

Kataryna no respondió, se mantuvo callada, con los ojos dilatados y desesperados.

La jaqueca de Igor pugnaba por volver. Inhaló profundamente varias veces y la aplacó, pero aquel murmullo persistía. Sus propias palabras le parecían lejanas, aisladas detrás del siseo enfermizo de su cabeza.

Observó la mesa de la cocina con curiosidad, como si pensara encontrar sobre ella alguna prueba de la infidelidad de su esposa, pero lo que encontró fue una botella de vidrio vacía, que en algún momento habría servido para contener aceite. Se acercó a ella y la tomó por el cuello. La miró detenidamente por unos segundos, como si se hallara sopesando que hacer con ella. De pronto la descargó con fuerza contra una de las esquinas de la mesa. Se rompió y cuando Kataryna vio los trozos de vidrio dispersos por el suelo y el cuello fragmentado que empuñaba Igor, lanzó un chillido desesperado. Su rostro adquirió el color de un cadáver.

Igor empezó a agitar ligeramente la botella en dirección al rostro de Kataryna.

_ ¡Habla maldita puta! ¿Pensabas salirte con la tuya?

Kataryna levantó las manos a la altura de su rostro intentando calmar a Igor. Temblaba incontrolablemente. No tenía idea de que decir. ¿Qué se suponía que debía responder?

_Igor, piensa en Daryna_ fue todo lo que pudo articular.

Aquella respuesta pareció exasperar muchísimo más a Igor que volvió a agitar la botella. Una de las aristas fragmentadas de vidrio presionó la pálida piel de la mejilla por debajo del ojo izquierdo e hizo emerger una gota de sangre. Kataryna aulló. De pronto estuvo segura de que moriría a manos de aquel demente. No temió por ella, sino por la suerte que correría su hija.

Igor sonrió con ironía, dejó la botella astillada a un lado, sería demasiado fácil matarla, demasiado rápido. Tenía que hacerla pagar primero.

_Me llevaré a Daryna conmigo_ dijo mucho más tranquilo de lo que esperaba_ no pienso dejar a mi hija viviendo con una mujerzuela como tú­_ su voz sonó con frialdad despótica.

Kataryna quiso protestar, pero Igor le asestó una fuerte bofetada que en vez de aturdirla la puso en movimiento. Intentó deslizarse entre el estrecho pasaje que quedaba libre entre la mesa y la estufa. Los ojos de Kataryna se veían desmesurados y aterrorizados. La gota de sangre se extendió por su rostro como una lágrima escarlata.

El tiempo pareció congelarse en aquel momento para luego trascurrir en cámara lenta.

Igor intentó agarrarla, pero Kataryna retrocedió encogida contra la estufa mascullando y gimiendo, pero entones dio media vuelta con la intención de salir corriendo hacia su habitación y encerrarse en ella.  Igor se abatió sobre ella como un ave de rapiña sobre un ratón de campo y la detuvo antes de que pudiera lograrlo, con una mano sujetándola del cuello y la otra envuelta en su pelo. La zarandeó como si se tratase de una muñeca de trapo y luego la lanzó contra la pared y la hizo rebotar con una fuerza arrolladora que solo se les atribuye a los dementes. Y cuando ella intentó una vez más escapar, él la abofeteó primero y luego agarró una olla situada junto al fregadero y se la lanzó en la frente. Inmovilizó a su esposa y la golpeó en el estómago con potencia cruda, arrolladora y furiosa haciéndola girar sobre sí misma. Kataryna se tragó un grito y se desplomó en el suelo.

 Igor se acercó a ella, Kataryna oía los chirridos de las pisadas sobre los fragmentos de vidrios rotos. Igor se acuclilló delante de ella, la sonrisa diabólica jugueteaba en sus labios. Las facciones de Kataryna se convulsionaron en un inquieto gesto de terror y estupor. El cabello se le pegaba en mechones a su sudorosa mejilla y de pronto sintió como si se hubiese tragado una gigantesca roca ardiente. Se esforzaba por llenar sus pulmones con aire.

Igor jadeaba. Parecía una fiera a punto de clavar sus colmillos en el cuello de su presa. El cabello oscuro, le caía en torno a la cara roja en mechones apelmazados mustios y desgarbados, como si acabara de tomarse un baño. Los ojos inyectados en sangre parecían a punto de salírsele de las órbitas. Tenía una expresión dementemente repulsiva, preso de una jaqueca enceguecedora. 

Kataryna miró a Igor con expresión despavorida. Un segundo después recibió otra fuerte bofetada que la dejó aturdida. Las cosas parecieron diluirse. Se alejaron. Los fragmentos de vidrio alrededor de su cabeza, los pies y las piernas de Igor. Sus manos asumieron un aspecto borroso y confuso.

La jaqueca de Igor se había reducido a una palpitación sorda, su campo de visión sufrió un repentino cambio. Las imágenes danzaban y se enmascaraban caóticamente frente a sus ojos. Alborotó sus cabellos con sus manos como si intentara ahuyentar un enjambre de insectos. Su juicio se había eclipsado por completo sumiendo su alma en la oscuridad y el odio.

_Ahora mira esto_ dijo levantando sus manos brevemente y luego dejándolas caer a sus costados_ mira tu rostro, nadie volverá a mirarte. Pronunció aquellas palabras con indecible satisfacción y sarcasmo.

Apoyó una rodilla en el piso y blandió su mano derecha sobre su cabeza con la intensión de arremeter de nuevo contra ella, cuando la puerta de la vivienda se abrió de golpe. Igor se levantó de un salto y clavó sus ojos furiosos en Alexander que acababa de entrar. La mirada de Ivanov se dirigió a Kataryna tirada en el suelo y se estremeció a pesar de la noche calurosa.

Igor esbozó una sonrisa diabólica y Alexander se propuso borrársela de la cara a golpes.

_ ¡Maldito depravado! _ gritó Ivanov con una mirada feroz, rebosante de odio al tiempo que se abalanzaba sobre Igor y lo empujaba contra el armario de la despensa. La puerta cedió y se abrió regando su contenido. Sacos de azúcar y harina se esparcieron por el suelo. Alexander arremetió de nuevo contra Igor asestándole un golpe seco y furioso en el estómago con la rodilla. Igor se dobló por la mitad, pero al segundo siguiente, saltó sobre Alexander lanzándole un puñetazo directo al rostro que el exsoldado pudo esquivar con rapidez. Alexander lo atacó por detrás sujetándole del cuello y obligándolo a tenderse en el suelo. Se sentó a horcajadas sobre el pecho del desquiciado hombre y le propinó una lluvia de puñetazos en el rostro. El segundo golpe le rompió la nariz y Alexander vio con claridad como un fino chorro de sangre se proyectó hacia un lado salpicando el piso de carmesí. Los siguientes golpes cayeron sobre su ojo izquierdo y sus labios, Igor los sintió entumecidos en cuestión de segundos. Aulló mientras movía las piernas y los brazos de forma convulsiva, como un nadador que intenta en vano flotar en el agua, cuando sobre su pecho carga un lastre pesadísimo que amenaza con hundirlo.

En aquel instante Daryna abrió asustada la puerta de su habitación, a pesar del miedo no pudo continuar encerrada al oír los gritos y el tumulto. Abrazada a Sobaka se puso a llorar desconsolada. Los alaridos de dolor de Igor se elevaron por encima de los llantos de Daryna. Alexander se detuvo al ver la desesperación de la niña y las suplicas de Kataryna. Bajó la mirada y pensó que Igor había tenido suficiente. Se incorporó, miró con ojos brumosos primero a Daryna, luego a Kataryna y después a Daryna otra vez. Con la voz más suave de la que fue capaz instó a la niña a que regresará a su habitación, asegurándole que todo estaría bien. Daryna lo miró con temor y desconfianza, pero al oír a su madre que le suplicaba que obedeciera, entró de nuevo a su habitación y cerró la puerta.

Ivanov se acercó a Kataryna, se arrodilló frente a ella, tenía el rostro morado e hinchado, un estremecimiento agitaba su labio superior. El cabello rubio pegado a la mejilla enrojecida manchada de sangre. Alexander vio una oleada de terror y dolor reflejada en el rostro de Kataryna. Apenas tenía los ojos abiertos, respiraba con dificultad como si acabara de tomar parte en una carrera.

_ ¿Te encuentras bien? _ preguntó cuando sabía perfectamente que aquella era una pregunta estúpida.

_Estaré bien_ respondió con un sollozo de frustración, de desesperación mezclado con el dolor que le subía por oleadas desde el estómago hasta la cabeza.

Mientras tanto Igor se incorporó con dificultad, se sentó en el suelo con las piernas flexionadas. Volvía a atacarlo la jaqueca que le palpitaba al compás del sistemático latido de su corazón. Se masajeó las sienes con las palmas de sus manos. En sus ojos se veía como la rabia y la escasa razón que le quedaba se disputaban el control. Se sentía agotado, y maltrecho, pero el odio, así como la adrenalina, lo mantenían enardecido.

Se puso de pie. Por un instante pareció tambalearse, pero emitió un gruñido furioso, gutural, como el de un animal herido y se abalanzó sobre Ivanov que aún se hallaba de rodillas junto a Kataryna. Le asestó una potente patada en el lado derecho del abdomen, emitió un fuerte bramido de sufrimiento al tiempo que sentía que algo se le desgarraba por dentro. Cayó de espaldas en el suelo e Igor aprovecho para propinarle otra patada. Alexander volvió a bramar. La herida que le había causado el yaguareté parecía despertar de su letargo y atacarlo de nuevo.

Igor soltó una carcajada diabólica. En sus ojos se reflejaron una expresión irónica, burlona y a la vez perversa. Observó a los amantes tendidos en el suelo indefensos y a su merced con una mirada que denotaba una inquietante y malévola frialdad. Gritó a voz en cuello un torrente de obscenidades para luego propinarle a Alexander otra patada en el estómago quien sintió de pronto un dolor ardiente, como si tuviera alojado en el estómago brazas encendidas. Se quedó sin respiración y un agudo vértigo lo desorientó momentáneamente.

Igor recorrió el lugar con la mirada como si buscara algo. Sus ojos se encendieron cuando vio el cuello de la botella rota. Lo empuñó amenazante.  Con la mente ya de por si perturbada, arremetió contra Ivanov con una peculiar sensación de euforia desenfrenada.

Al comienzo Alexander no sintió dolor solo la calidez de la sangre que se escurría por un lado de su brazo izquierdo. Luego llegó el dolor, fue como si un insecto tan grande como una redoma lo hubiese picado e inyectado su ponzoña.  Alexander tomó aire en una inhalación rápida, larga y siseante.

Igor observó con una sonrisa cínica y empedernida lo que él consideraba su obra maestra. Otra punzada de dolor lo atacó en ese momento y soltó la botella, que cayó al lado de Ivanov.

Igor bamboleante, retrocedió, necesitaba descansar, sentía que la cabeza estaba a punto de estallarle. Salió a través de la puerta alzando las manos sobre su rostro, dio un traspié y cayó sentado en el suelo. Se quedó sentado en la hierba por un momento y apoyó la cabeza en las rodillas mientras esperaba que la jaqueca remitiera.

Mientras tanto, Alexander se obligó a alzarse sobre una rodilla y sacudió la cabeza para aclarase la mente. Observó la herida, era extensa, pero parecía ser superficial. Se incorporó con mucha dificultad, con los labios apretados en una fina rendija. Alexander inspiró una profunda bocanada de aire, apretó los dientes y se puso de pie.

Cuando intentó salir en busca de Igor lo asaltó de nuevo el dolor en el abdomen, con unos tentáculos que se extendieron por la zona dorsal. Parecían intensificarse y disminuir al ritmo de los latidos de su corazón.

 El dolor en el abdomen había remitido hasta reducirse a un leve murmullo, pero no le gustó el bulto duro que sintió por debajo del esternón. Se encorvó sobre el fregadero, se aferró con la mano izquierda y se apretó el costado con la derecha. Aspiró profundamente un par de veces y se incorporó. Tenía el cabello erizado por delante y alrededor de la cabeza, como un ave encolerizada. Se deslizó una mano por el cabello erizado, desordenándoselo aún más.

 Salió de la casa lo más deprisa que pudo, no dejaría que Igor se saliera con la suya, debía pagar por lo que le había hecho a Kataryna.

En la oscuridad, Igor intentó montar su caballo, pero le fue imposible, estaba magullado y maltrecho. Las palpitaciones de su cabeza se trasformaron en un sonido agudo, persistente, que le martillaban los oídos. Algo parecido a un acorde fino e ininterrumpido.  Se presionó las sienes con los dedos como para evitar que le estallara el cerebro. Tenía el ojo izquierdo tan hinchado que no podía ver, pero percibió una figura vaga y fantasmagórica que se abalanzaba sobre él.

Ambos hombres, enzarzados en la lucha, se debatieron, fuerza contra fuerza, intentando conseguir una ventaja que pudieran convertirla a su favor. Gruñían por el esfuerzo, sin decir palabra, dejando que la lucha hablara por si sola. En cierto momento Ivanov consiguió aquella ventaja que estaba buscando. Envolvió el cuello de Igor con sus manos y apretó con fuerza. Podía haberlo matado, pero pensó que el que mata no hace más que levantar el cimiento de nuevas execraciones y no deseaba agregar una más a la lista que cargaba sobre su espalda. Lo dejó libre y cansados rodaron por la tierra y permanecieron jadeando con la mirada hacia el cielo estrellado por algunos minutos.

Dejó que Igor montara su caballo y huyera, trató de convencerse de que era lo mejor, aunque una voz en su interior le advertía que debía tener cuidado.

Ingresó a la casa con pasos vacilantes y se acercó a Kataryna. La ayudó a incorporarse. Kataryna permaneció sentada en el suelo con la espalda apoyada contra la pared. Bajó la cabeza y su garganta se convulsionó dolorosamente. Los sollozos irrumpieron y la luz de la lámpara refulgió en sus lágrimas. Cuando se sosegó un poco se puso de pie y caminó hasta la mesa de la cocina, no hizo tanto como sentarse en una silla, sino que se derrumbó en ella. Se le contrajo el estómago y le entraron ganas de vomitar, pero logró contenerse.

_ ¡Daryna! _ dijo con voz afectada.

Alexander fue hasta la habitación de la niña y abrió la puerta. La halló tendida debajo de su cama acompañada por Sobaka. Tenía los ojos muy abiertos y temblaba de pies a cabeza.

Alexander le habló con dulzura y la ayudó a salir de su escondite. La tomó en brazos y la llevó hasta su madre. La niña se quedó poco menos que aterrorizada cuando vio el estado en el que se encontraba su progenitora.

Kataryna la abrazó y le repitió una y otra vez que todo estaría bien hasta que la niña se quedó dormida.

Alexander decidió pasar la noche en casa de Kataryna, temía que Igor regresara con la idea de terminar lo que había empezado. Aquella decisión le produjo la extraña sensación de que había dado un paso irrevocable que cambiaría su vida.

Kataryna también se quedó dormida, pero unos sueños terribles y espantosos cubrieron su duermevela. Despertó sobresaltada y pasó el resto de la noche mirando la oscuridad por la ventana en medio de fuertes dolores, oyendo los grillos y algún que otro ululato de lechuza.

III

Kataryna se incorporó en la cama. Tenía un horrible moretón debajo del ojo en donde Igor le había punzado con la botella, además de una grotesca hinchazón en todo el rostro. Sintió el vientre palpitante e hinchado. El dolor la abrazaba todo el abdomen. Se puso de pie con dificultad y se observó en el espejo. El ojo izquierdo estaba rojo, inyectado en sangre, pero el derecho mostraba una expresión despejada.

Se dirigió con pasos lentos hasta la salita en donde encontró a Alexander dormitando. Había pasado la noche en vela, alerta por si Igor decidía regresar.

Al oír pasos, Daryna salió de su habitación, llevaba una expresión temerosa e inquieta. La miró de hito en hito con los labios entreabiertos y los ojos como platos. Kataryna intentó sonreír, pero su boca hinchada solo pudo retorcerse.

Alexander despertó de su ligero sueño y obligó a Kataryna a que se sentara. Le dio de comer a la niña. La enviaron a la escuela pensado que sería lo mejor para todos. No era conveniente que se quedara en casa viendo en aquel estado a su madre, como un recordatorio constante que el desgraciado de su padre estuvo a punto de matarla.

Alexander la guio después hacia la cocina en donde una taza humeante de café la esperaba. Kataryna sintió de pronto náuseas y se apresuró al fregadero en donde arrojó un líquido viscoso y espeso. Cuando terminó de vomitar y se sentó junto a la mesa con la cabeza gacha y el cabello cayéndole sobre el rostro, Alexander se dispuso a hablar.

_Ayer dejé que se fuera, pero estuve pensando que deberías denunciarlo, estuvo a punto de matarte_ dijo su voz sonaba firme, pero al mismo tiempo sosegada.

Kataryna sintió una extraña mezcla de humillación, avergüenza, vacío y abatimiento. No se hallaba en condiciones de tomar una decisión como esa. Pensaba en su pequeña y en el amor que sentía por su padre. Además, un escándalo como ese correría como reguero de pólvora. Como decía el dicho: “Pueblo chico, infierno grande”.  Los pensamientos de Kataryna se rompieron tan limpiamente como una rama seca en una tormenta cuando Alexander volvió a hablar.

_No hay forma de esconder lo que ha sucedido, tenemos que afrontarlo.

No se atrevió siquiera a mirarlo, en cambio se llevó ambas manos a su estropeado rostro y empezó a llorar.

Historias Entrelazadas ( Kataryna y Alexander)

III

La frágil luz de la mañana se colaba por la ventana del dormitorio, mientras Kataryna contemplaba ensimismada el lento paso de las motas de polvo a través de los rayos del sol, mientras intentaba explicarse la debilidad que sentía por la Alexander, la urgencia de seguir a su lado cuando sabía con certeza que no la amaba.

Tal vez su necesidad radicaba en el hecho de que había sufrido vejaciones, humillaciones y desprecio por años y que Alexander, a pesar de su extraña conducta no le había dado más que compañía, bondad y comprensión. Suspiró pesadamente y decidió que ya habría tiempo para dichas cavilaciones.

Alexander Ivanov observaba el correteo de la luz del sol sobre las curvas onduladas del cuerpo de la mujer que se había convertido en su compañera. Se ensombrecieron sus ojos a la luz de los rayos del sol y una sombra templada y semicircular se presentó entre sus senos.

 Kataryna se arrellanó en la cama y colocó una pierna sobre la otra, al tiempo que observaba la densa cicatriz que tenía sobre su pecho y que ahora formaba parte de su en cierta forma, macabra colección. Recorrió luego, con un dedo el perímetro del pelo que dividía su torso desde el ombligo hasta su pecho. Sus dedos se toparon con el guardapelo que Alexander llevaba siempre consigo. Quiso tocarlo, pero una intensa sensación se lo impidió, era como si intentara profanar una tumba sagrada. Optó en cambio por pasar suavemente sus dedos por la cicatriz en su frente que nacía unos centímetros por encima de la ceja derecha y seguía un recorrido zigzagueante bajo el reborde de la entrecana cabellera.

Alexander encendió un cigarrillo y la atmósfera resplandeció por el humo que se alzaba sobre sus cabezas, se agitaba por debajo de la luz del sol que ingresa por la ventana.

_Nunca te había visto fumar_ dijo Kataryna mientras se incorporaba sobre la cama.

Alexander apretó el pitillo con una sonrisa amarga y el cigarrillo quedó apuntando para arriba.

_Lo dejé hace muchos años después de que…_ hizo silencio por unos segundos antes de continuar_ después de que murió Tatiana.

Kataryna notó de inmediato el cambio que se produjo en Alexander cuando recordó a la baronesa, pero decidió no hacer ningún comentario al respecto. De todas formas ¿de qué serviría?

Alexander exhaló el humo que formó una corona perfecta enganchada en el aire.

_Estuve a punto de morir una vez más, y me dije, ¡qué diablos! Si un yaguareté no puede matarme no lo hará un cigarrillo.

Sonrió, y su perfecta dentadura surgió de entre sus macizas encías. Pálido, pero a la vez luminoso. Los ojos azules y las leves arrugas en sus contornos, mientras se hundía los dedos separados en el pelo.

Kataryna pensó que era una estupidez volver a adquirir un vicio del que uno había logrado escapar, pero no tenía caso intentar convencerlo de ello. Alexander era un hombre curtido por las circunstancias extremas de la vida y que no esperaba mucho de ella. Solo vivir un día a la vez hasta que encontrara la forma de abandonarla. Suspiró profundamente antes de recostar su cabeza en la almohada y volver a observar las motas atrapadas en los rayos de sol.

IV

Galina estaba acostumbrada a oír rumores sobre lo que ella llamaba la vida licenciosa de su esposo y siempre actuaba de la misma manera, hacía caso omiso a ellos. Pero durante el último mes las esporádicas murmuraciones se habían tornado frecuentes e involucraban a una misma fémina.  El sexto sentido que frecuentemente presentan las mujeres le advirtió de inmediato que aquella aventura podría significar algo más. Y no es que le importara mucho lo que su esposo hiciera, pero bajo ningún concepto permitiría que le estuvieran viendo la cara de tonta en su propiedad y bajo sus propias narices. No permitiría que lo que hubiese entre aquella muerta de hambre y su esposo pusiera en peligro su seguridad económica y emocional.

 En cierta forma se sentía perpleja por la predilección de Alexander por alguien que ella consideraba vulgar e inculta, tan insulsa, tan tonta, tan anodina. Pero debía reconocer que los hombres se comportaban la mayoría de las veces en forma complicada y enigmática. La amante de turno de su esposo era una mujer rústica y simple, pero que aparentemente había encontrado la manera de seducirlo y lo más peligroso, manipularlo.

Se vistió con sumo cuidado, con la intensión de demostrar la importancia de su nobleza y aristocracia, para dejar en claro la diferencia que existía entre ella y aquella muerta de hambre. En otras palabras, para humillarla y dejarle en claro cuál era el lugar que le pertenecía. Mandó preparar la carreta y subió a ella con decisión y cierta petulancia. Dirigió a los caballos con la mente fija en la idea de solucionar el problema de una vez y para siempre.

Se detuvo a pocos metros de la casucha en donde vivía la trepadora que pretendía arrebatarle a su esposo. Bajó altiva y orgullosa para de inmediato acercarse con pasos seguros y resueltos a la mujer que en aquellos momentos jugaba con su hija y su sucio perro bajo el corredor de la casita blanca de techos de paja.

Kataryna quien se hallaba echada en la hamaca, observó a Galina primero con expresión de sorpresa y consternación al ver a la esposa de Alexander. De inmediato, su expresión inicial se transformó en inquietud y aturdimiento.  Era la última hora de la tarde y el sol parecía brillar justo detrás de Galina, confiriéndole cierto aspecto majestuoso.

Sobaka se acercó corriendo a la visitante, meneaba la cola de un lado a otro. Se paró sobre sus patas traseras y apoyó sus patas delanteras sobre ella a modo de bienvenida. Galiana lo golpeó en hocico con fuerza, Sobaka emitió un leve gemido de protesta y se alejó de inmediato. Daryna lo llamó y el perro olvidó por completo el reciente agravio. Se acercó a la niña meneando la cola.

_Daryna lleva a Sobaka a tu cuarto y cierra la puerta cuando estés dentro_ dijo Kataryna.

_Pero si no te gusta que juegue con él dentro de la casa_ dijo la niña extrañada con la orden de su madre.

_Vamos, has lo que te digo_ insistió.

Daryna se encogió de hombros, se llevó a su peludo amiguito, ingresaron a la casa y cerró la puerta detrás de ella.

Kataryna que puso de pie, con los labios apretados y las cejas contraídas, tenía la fuerte sospecha del motivo de la visita de la dueña de la hacienda.

_No voy a andarme con rodeos_ empezó diciendo Galina, hablaba con tono seco, cortante mientras sus ojos recorrían a Kataryna de arriba abajo con desprecio. _ Se que eres la amante de mi esposo y he venido a advertirte.

Hizo una pausa y observó el efecto de sus palabras en Kataryna, quien la miraba con los ojos muy abiertos y con cara de pánico. En seguida añadió con sarcástica rudeza:

_Piensas que Alexander va a dejarme e irse contigo ¡Sigue soñando! No eres la primera mujer con la que me engaña y no serás la última. Esa relación clandestina será algo efímera y pasajera.

Kataryna paseó el peso de su cuerpo de un pie a otro. Se hallaba tan nerviosa, perturbada y avergonzada que no pudo emitir palabra alguna. Además ¿Qué podría responder?

_ Aunque vivamos en este lugar olvidado del mundo civilizado somos gente importante, culta, aristocrática. ¿En verdad piensas que Alexander ve en ti algo más que una aventura?

Kataryna mantenía los ojos bajos y las manos entrelazadas sobre su pecho intentando protegerse de alguna manera.

_Se lo que en este momento estás pensando_ dijo Galina. La miraba con altanería y arrogancia_ Si, estás pensando que te considero vulgar. ¡Por supuesto que te considero vulgar y mucho, pero eso no es nada si la comparo con tu ausencia total de clase! ¡No eres más que una campesina de poca categoría, ordinaria, tosca y absolutamente vulgar!

Las frases lapidarias de Galina afectaron a Kataryna profundamente. Percibió la inminencia del llanto como si de una tormenta se tratase. Pero a pesar de que las palabras de Galina sonaran terribles y dolorosas, en el fondo de su alma sabía que eran ciertas. Era una campesina, sin clase y ordinaria, inculta y sin experiencia.

Levantó la mirada y la clavó en el horizonte detrás de Galina. Observó como el sol anaranjado iba tiñéndose de rojo a medida que se ocultaba. Observó las sombras de los árboles alargándose y fundiéndose a través del campo. Se encontraba turbada por el temor y la incertidumbre. Todas las hirientes palabras de Galina empezaban a arremolinarse en su cabeza como un carrusel enajenado. Intentó barrer aquellos agitados pensamientos, pero le fue difícil hacerlo.

La intención de Galina de soliviantar a Kataryna, dándole cuerda suficiente para que se ahorcara a sí misma, no había dado resultado, seguía con la mirada perdida en el horizonte y no había pronunciado palabra alguna. La rabia invadió las venas de Galina como veneno y siguió lanzando una sarta de improperios cada vez más subidos de tono. Sintió de pronto el declive de su seguridad, lo sintió con toda claridad, como el agua que se escurre entre los dedos. Tuvo temor, por unos segundos, tuvo temor de que aquella mujer terminara alejando a Alexander. Tuvo la sensación de que Kataryna era una mujer que había apostado todas sus fichas a la ruleta y que no estaba dispuesta a perder.  Debía tranquilizarse, actuar con astucia de lo contrario estaría perdida. Aspiró profundamente, recuperando la calma con rapidez.

_La única mujer que le importó en verdad, no pudo separarla de mí, no pienses que serás distinta a las demás.

_Entonces no tiene de que preocuparse_ contestó Kataryna sin despegar los ojos del sangrante horizonte.

Tuvo la impresión de que se separaba en dos y que sus palabras no salían de su boca sino de la parte escindida que flotaba sobre sí misma. Sentía que la experiencia era absolutamente irreal. Todo aquello parecía un dejavú solo que esta vez no había tormenta, no había truenos, ni relámpagos y mucho menos rayos, a no ser que las palabras aniquilantes de Galina se consideraran rayos en una tormenta. Las frases hirientes se arremolinaban ante sus ojos y el mundo parecía alejarse, apartarse lentamente, como un tren que sale de la estación, mientras desde el andén ella observa. No tuvo conciencia de cuánto tiempo transcurrió en aquel estado, pero aquella sensación de que se separaba de su cuerpo, de sí misma e iba a la deriva en donde se arremolinaban las hirientes palabras de Galina acabó por ceder. Fijó su mirada en el rostro de la mujer de Alexander y con voz clara dijo:

_Se que Alexander no me ama_ y se le heló el cuerpo al oír sus certeras palabras.

Aquella declaración pareció tranquilizar a Galina quien exhibió una mueca burlona.

_Entonces aléjese de él_ dijo, habló de forma imperativa y exigente.

Kataryna no respondió, solo se limitó a asentir con la cabeza.

Galina le dio la espalda y se dirigió con pasos rápidos a la carreta. Kataryna la vio alejarse llena de vanidad y altanería.

 Pero a pesar de que Galina había ganado esta partida, sabía con certeza que no había ganado aún el juego. Le quedaba un haz bajo la manga y pensaba hacer uso de él.

Kataryna se quedó plantada en su lugar, impotente, con el corazón en la garganta y los ojos llorosos. El cuerpo entero se le había quedado petrificado.  Motas negras flotaban en su campo de visión y de repente se sintió mareada. Se dio cuenta de que se había olvidado de respirar, de modo que abrió la boca y aspiró una gran bocanada de aire. Los ojos y el cerebro empezaron a aclarársele de inmediato. Al cabo de un momento se obligó a mover las piernas, pero se tambaleó y estuvo a punto de caer al suelo. Con dificultad se sostuvo de la puerta, meneó la cabeza con vehemencia intentando recobrarse. Entró en la casa, sintiéndose aún como una visitante en su propio cuerpo. Se dirigió a su habitación y se dejó caer en la cama, surcado de lágrimas el rostro pálido, oyendo el eco de las hirientes palabras: “No eres más que una campesina de poca categoría, ordinaria, tosca y absolutamente vulgar”. Se quedó allí removiendo, analizando la visión retrospectiva de su vida, su niñez, su desarrollo, sus limitados logros, sus excesivos fracasos, sus incontables sufrimientos, sus escasas alegrías, sus sentimientos.