Villa Encarnación, setiembre de 1937.
I
Felipe acababa de quedarse dormido luego de una intensa sesión de juegos. Los juguetes habían quedado desperdigados por toda la sala y Kataryna empezó a juntarlos con pasos cansados y vacilantes. Le dolía la espalda y la cintura, pero no pararía antes de dejar todo en orden. La mecedora en forma de caballito era el juguete preferido del niño. Le gustaba sentarse a horcajadas y mecerse con fuerza a medida que imitaba el relincho del animal. Kataryna tomó el caballito y lo guardó dentro del armario. Acto seguido, recogió el camión Ford 31 modelo AA hecho de madera, era lo suficientemente grande como para que Alexander sentara a su hijo en la carrocería y lo paseara por todo el jardín. Felipe batía sus manitas con una alegría contagiosa y desbordante, mientras que en los labios de Alexander se dibujaba una de sus infrecuentes sonrisas. En aquellos momentos Kataryna se sentía impulsada en pensar que el niño era la verdadera fuente de esa insólita y grata alegría.
Cuando Kataryna los contemplaba interactuando juntos experimentaba una extraña mezcla de sentimientos: emoción por el hecho de que el pequeño tenía la capacidad de hacer borrar por unos momentos la sombra de amargura que Alexander cargaba casi todo el tiempo, pero también sentía un sabor agridulce al comprender que aquel estado emocional no le duraría mucho tiempo. Tenía la inquietante idea de que en pocos días él regresaría de forma inexorable a la misma posición de depresión en la que frecuentemente solía hundirse por largos periodos.
Aquel pensamiento la entristeció y sus ojos parecieron cubrirse de una densa nube. Sacudió la cabeza intentando borrar aquel pensamiento. Hacía mucho tiempo que se había propuesto dejar de pensar en el extraño comportamiento del padre de su hijo y a aprender a convivir con él.
Cuando terminó de arreglar la sala se dejó caer en una de las mecedoras observando todo a su alrededor intentando descubrir algún que otro juguete escondido debajo de algún mueble o en alguna esquina.
En la pared de la sala había un cuadro que Alexander había traído consigo desde Oberá. En realidad, lo tenía consigo desde que dejó Moscú, ya hace muchos años. El cuadro mostraba a tres niños vestidos con bellos trajes, oyendo con suma atención e interés lo que una anciana estaba narrando. Alexander le había dicho que la obra se llamaba “Cuento de hadas” y que había sido un regalo que su padre Nikolái le había hecho a su madre en el día de su boda. Aquel cuadro se había salvado de los saqueos que había sufrido la casa paterna luego del asesinato de sus progenitores a manos de los vándalos revolucionarios.
Frente al cuadro, al otro lado de la sala había estanterías altas y amenazantes, dispuestos en cuidadoso orden se veían incontables libros sobre diversas disciplinas como: agricultura; ingeniería; psicología; ganadería; física y matemáticas. Escrutó los libros con los ojos entrecerrados, de cerca, su vista ya no era como la de antes.
En el centro de la sala, al costado de la mesa, dos surcos profundos cruzaban la alfombra de piel de toro. Eran las marcas de las patas curvadas del caballito de Felipe.
Suspiró frustrada, si el niño seguía meciéndose de aquella forma terminaría por perforar la piel del animal.
Kataryna se retrepó en la mecedora con las manos entrelazadas detrás de la nuca y los codos muy separados. La pañoleta ahuecada alrededor de su cuello emitió un sonido de protesta como si intentara recordarle que aquella no era una posición adecuada para una mujer. Pensó que, si su madre la estuviera viendo ahora, terminaría regañándola.
_ “Esa no es la manera correcta de sentarse de una jovencita” _ le diría.
Kataryna sonrió ante el recuerdo de su madre, pero de inmediato su sonrisa se trasformó en un rictus de tristeza. No había sabido nada de su madre desde que abandonara Ucrania. Había intentado escribirle, pero las cartas nunca llegaban a destino. Según se comentaba entre sus paisanos, ni siquiera ingresaban a territorio soviético. Lo único que le quedaba era rezarle a Dios para que mantuviera a su familia sana y salva.
Se puso de pie y se acercó a la ventana. El cielo primaveral era de un azul nacarado salpicado tan solo por alguna que otra nube blanca que erraba indolentemente por aquel barniz inmaculado como algún visitante no deseado. El sol que entraba en la sala era de un dorado brillante. Las sombras de las patas de la mecedora atravesaban el piso en franjas curvas como si de banderas ondeando al viento se trataran. Según el reloj Mantlepiece que se hallaba sobre la estantería, eran las tres y media de la tarde.
Abrió la puerta y salió al jardín, ahora que Felipe dormía podía disfrutar un poco de la tibieza del sol sobre su rostro. Su vista de cerca no era muy buena, pero veía a la perfección a la distancia. A pesar de que el cielo se hallaba despejado y el sol brillaba con fuerza, le pareció ver a lo lejos en el horizonte encendido una nube gris. Lo primero que pensó fue que llovería en la noche o tal vez durante la madrugada.
Buscó una pala y empezó a remover la tierra de la huerta que había sembrado. Se inclinaba de tanto en tanto para hurgar en la tierra en busca de algún yuyo que pudiera entorpecer el crecimiento de las hortalizas. Al cabo de unos quince o veinte minutos, se irguió, se pasó el dorso de la mano por la húmeda frente para enjugar el sudor, al tiempo que observaba la nube gris que parecía haberse extendido sobre el horizonte.
Al parecer la lluvia llegará antes de lo que había pensado, tal vez al caer la tarde.
Dejó la pala a un lado y se detuvo a contemplar la gran nube gris con ojos perplejos. Seguía ensanchándose en el azul tranquilo del horizonte. Pero al mismo tiempo parecía dilatarse y descender y luego ascender y contraerse como el latido de un corazón.
Al mismo tiempo, Alexander intentaba pasar por alto la densa y opresiva humedad que antecede al atardecer mientras supervisaba el nacimiento de un nuevo potrillo. La brisa alzó un remolino de hojas a su alrededor y supuso para él un alivio momentáneo.
Le pareció percibir un zumbido lejano pero persistente que lo obligó a escudriñar el horizonte. Contempló perplejo la nube gris que parecía latir lánguido. La nube parecía provenir del sur y extenderse a pasos agigantados en todas las direcciones.
Desde la distancia, pero claramente aproximándose, llegaba aquel sonido que bien podía ser producido por infinidad de insectos estridulando.
Alexander abrió mucho los ojos azules con auténtico terror ante la sola idea. Su mejilla cubierta de vello de hebras blancas se contrajo en incredulidad.
_ ¡No, no puede ser! _ dijo y sin embargo no era algo inverosímil, y no sería la primera vez que ocurriera.
Como para afirmar aquella idea, la nube gris pareció contraerse y luego expandirse.
Volvió a contraer las mejillas con una mirada inquietante y el corazón empezó a latirle con fuerza. Sus procesos mentales se aceleraron al máximo, casi se oían girar los engranajes de su cerebro.
Algunos de los trabajadores dejaron lo que estaban haciendo y se acercaron a Alexander atraídos por aquel espectáculo. Otros contemplaban el fenómeno, apoyados en los alambrados o sentados en medio del campo.
_ ¡Es una manga de tucú[1]!_ gritó Alexander mientras se le arrugaban las mejillas sin afeitar de un modo terriblemente espeluznante.
En ese preciso momento, como para reafirmar sus palabras la nube pareció ejecutar una extraña y difícil pirueta, subió y bajó rápidamente en diagonal para luego tomar la forma de un nubarrón alargado.
La manga de langostas no tardaría mucho en llegar. Estos insectos de comportamiento gregario formaban enjambres que pueden llegar a cubrir más de ciento sesenta kilómetros por día. Su potencial destructivo era enorme y amenazaba con destruir todo a su paso. Hace un par de años atrás habían invadido el norte de Argentina y arrasaron el territorio vecino alcanzando distancias de más de ciento cuarenta millas en un día. Las tierras de Ivanov se habían salvado de aquella invasión, pero al parecer, esta vez no contaría con la misma suerte.
Una langosta adulta puede pesar entre dos y tres gramos, puede devorar su propio peso en alimentos cada veinticuatro horas, mientras que un enjambre puede estar constituido por entre cincuenta y cien millones de insectos por kilómetro cuadrado es capaz de destruir más de mil toneladas de vegetación verde al día. Pero la destrucción no solo terminaba con el arrasamiento de los campos. Las langostas desovan en ellos y poco después eclosionan nuevos especímenes llegando a inutilizar los campos.
_ ¡No tenemos mucho tiempo! _ gritó y empezó a dar órdenes con voz imperiosa, cuando terminó inspiró hondo y masculló una sarta de improperios para después salir corriendo rumbo a la casa. Al mismo tiempo, los trabajadores hacían lo mismo en busca de ayuda.
Cuando llegó acompañado de su galopante corazón, expiró despacio. Había estado conteniendo la respiración. Se topó con Kaspar que contemplaba la nube cada vez más grande y cercana con una expresión mezcla de ansiedad e incredulidad.
_ ¡Busca todos los objetos metálicos que encuentres y llévalos al campo de inmediato! _ dijo Alexander con voz imperativa.
El muchacho asintió y salió corriendo hacia el cobertizo en busca de chapas de zinc o cualquier cosa que le sirviera para ahuyentar a los insectos que se acercaban amenazantes.
Alexander vio a Kataryna que se apresuraba en cubrir la huerta con trozos de lona, en un intento desesperado por salvar las hortalizas.
_ ¡Entra en la casa! _ gritó Alexander_ no tarda en llegar.
_ ¡Tengo que salvar el huerto! _ espetó con voz angustiada.
Alexander dejó escapar lo que acaso era la risa más desprovista de humor que Kataryna ha oído jamás.
_Es inútil_ dijo él con la mirada abatida.
_Lo tengo que intentar de todas formas_ dijo ella.
_ De acuerdo, pero cuando termines métete a la casa.
Alexander distinguió una expresión de confusión y sorpresa en el rostro de Kataryna.
_No, iré al campo a ayudar_ contestó.
_Debes cuidar al niño, no puedes dejarlo solo.
Kataryna emitió un suspiro profundo de frustración. Alexander tenía razón, no podía dejar solo a Felipe.
Antes de que pudiera asentir, el sol quedó oscurecido por la invasión más espantosa que se había visto en décadas, creando una especie de penumbra sibilante. En cuestión de segundos cayó sobre ellos el vuelo pesado de millones de langostas voladoras.
_ ¡Protégete en la casa! _ gritó Ivanov.
Esta vez Kataryna obedeció. Se dirigió corriendo hasta la puerta que daba a la cocina y se introdujo en ella cerrándola con un golpe. Se apresuró a cerra las ventanas y enfiló el pasillo que llevaba a la habitación de Felipe. El niño seguía dormido ajeno al desastre que se orquestaba fuera. Regresó a la cocina y se plantó enfrente de la ventana conmocionada, en medio del creciente número de impetuosos insectos que amenazaban con destruirlo todo.
Al mismo tiempo, Alexander se dirigió al cobertizo en busca de un arma que lo ayudara a combatir el enjambre. Rebuscó entre cajas, herramientas y recipientes en desuso, hasta que halló lo que estaba buscando. El lanzallamas boliviano que había guardado como trofeo de guerra. Estaba en buen estado ya que solía darle mantenimiento. Tomó el lanzallamas junto con una manguera de goma, y salió del cobertizo en medio de la lluvia de langostas que avanzaba con un ritmo aterradoramente rápido. Se cubrió el rostro con el brazo intentando protegerse de los insectos que se lanzaban en pica como si se tratara de aves acuáticas en busca de su almuerzo.
Kataryna apoyó una mano sobre el cristal, al ver como la silueta gris de Alexander se fundía con las siluetas negras de los árboles y cuando ya no distinguió una de otra emitió un leve gemido de desesperación.
Ivanov se dirigió a prisa hasta el camión que utilizaba para trasportar el ganado y las cosechas. Era un vetusto camión de tropas que el ejército paraguayo había dado de baja y que Alexander había adquirido por una módica suma, encargándose él mismo de su reparación y pintura. Lo llamaba cariñosamente “Puteshestvennik”[2]. El capó era de un verde olivo, mientras que en los discos de las ruedas se apreciaba un rojo brillante.
Se arrodilló frente al tanque de combustible, instaló la manguera dentro, a continuación, abrió el tanque del lanzallamas en medio del zumbido de los insectos que se arremolinaban a su alrededor. Tuvo que dar un par de manotazos para intentar ahuyentarlos. Succionó por el otro extremo de la manguera hasta que el combustible empezó a fluir. Escupió en el suelo cuando sus papilas gustativas percibieron el sabor del hidrocarburo. Insertó el extremo de la manguera libre en el tanque del lanzallamas y dejó que se llenara el contenedor. Cuando terminó, se puso de pie y se aseguró de que el encendedor estuviera en el bolsillo de su pantalón. Acto seguido, se dirigió corriendo hacia el campo que ya se hallaba cubierto de langostas.
Kataryna observara atónita e impotente cómo las langostas envolvían los corrales, el potrero y los árboles. Su huerta estaba cubierta de manchas parduzcas y movedizas. Las langostas cercenaban las hortalizas, las hojas de los árboles y las flores del jardín, sin que ella pudiera hacer nada al respecto.
El quebracho del patio trasero se hallaba completamente negro, como si alguien acabara de untarlo con una especie de aceite pegajoso, con la diferencia de que aquel aceite se movía, se contorsionaba sobre sí mismo. Una de las ramas del árbol se quebró y quedó colgando en un racimo informe de langostas.
Kataryna no notó que se le clavaban las uñas en las palmas de las manos cuando cerró el puño. Se hallaba completamente ensimismada en aquel grandioso, impresionante, pero terrorífico espectáculo de la naturaleza.
Al mismo tiempo que las uñas de Kataryna se clavaban en las palmas de sus manos, decenas de voces agudas y graves gritaban de desesperación y pánico, seguido de ruidos de metales resonando, amalgamado con aquel zumbido infernal. Y la voz de Alexander chillando por encima de aquella repentina cacofonía. Aquellos gritos le provocaron a Kataryna una descarga eléctrica de desesperación.
Hombres, mujeres y jovencitos salieron a combatir, batiendo latas y agitando bolsas. La gente gritaba para ahuyentarlas.
Entre el gentío, Kaspar levantó los ojos implorando al cielo un poco de sensatez y solo pudo observar una gran mancha que se abalanzaba en picada sobre el campo y lo rodeaba.
Grupos de yeguarizos se juntaron en tropilla y recorrieron trescientos o cuatrocientos metros a través del campo aplastando las langostas y luego los hacían volver para iniciar de nuevo el penoso proceso.
Otros, armados con picos y palas, intentaban enterrar a las langostas en zanjas que cavaban a orillas del campo. Pero a pesar de todo el esfuerzo que hacían todo parecía inútil.
El zumbido de millones de alas batiendo al unisonó se sentía como un gran murmullo apagado, un recordatorio constante de que no había forma de vencer a aquel enajenado y hambriento enjambre.
Alexander sacó el encendedor y lo sostuvo con la mano derecha accionando el interruptor de encendido jadeando para recuperar el aliento. Apretó el interruptor del lanzallamas y acercó la llama azul del mechero. De inmediato salió despedida una larga llama horizontal que se asemejaba a la flama expulsada por la boca de un dragón milenario.
Bajó la mirada a sus pies, a pesar de que el suelo se hallaba cubierto de una masa informe de insectos en constante movimiento le pareció que el suelo se evaporaba y Alexander apenas y se daba cuenta de la energía que había consumido desde que aquel proceso destructivo se iniciara. De pronto tuvo un destello, un fugaz recuerdo, en el que se vio corriendo por el medio de un campo de batalla, intentado evitar que una bomba lo alcanzara y le hiciera volar en mil pedazos, en medio de gritos desgarradores de soldados heridos y agonizantes. Ahora se hallaba de un nuevo en el campo de batallas, solo que esta vez, los enemigos no eran alemanes, soviéticos o bolivianos, eran simples insectos, pero que podían causar mucha más desolación y destrucción que simples seres humanos.
Enseguida, pareció reaccionar y con el lanzallamas en la mano empezó a calcinar todo aquello que se movía. Los insectos pasaban raudos alrededor de él, igual que una película a cámara rápida. Saltaba se las tinieblas a la penumbra borrosa, incinerando a los insectos por decenas, por cientos, por millares. Pero no era suficiente, nunca lo sería, aunque siguiera calcinando langostas durante días.
El calor a su alrededor era abrazador, palpitante. No solo las langostas ardían, también se incendiaba el campo levantando grandes llamaradas. No habría forma de sofocar aquel incendio. Que más daba, o las langostas devoraban todo o se perdían las cosechas en el incendio. De una u otra forma terminaría derrotado.
Lenguas de fuego amarillo pálido saltaban de un lugar a otro. Su rostro estaba descompuesto en una mueca de ahincó y concentración. Sentía cada inhalación como hierro fundido en la boca y la garganta. Podía oler los insectos chamuscándose y la grasa derritiéndose. Experimentaba un calor salvaje y espeluznante saliendo del montículo que se retorcía en una confusa mezcla de langostas, cosecha y fuego.
El estómago empezó a darle vueltas con el olor chamuscado y nauseabundo de los insectos calcinados. Tuvo arcadas, pero se obligó a no vomitar.
Los brazos le dolían, estaban pesados y acalambrados. Sintió que los músculos de sus brazos latían enloquecidos, pidiendo una atregua. Pero además había otros dolores menores que pugnaban por abrirse paso, una ampolla en la mano derecha, un dolor sordo en la cabeza.
Bajó el lanzallamas y extendió los brazos a los costados por unos segundos mientras las langostas volaban sobre su cabeza, rozando su rostro y enredándose en sus cabellos.
Mientras esto ocurría, Kataryna no podía dejar de contemplar el terrible pero fascinante espectáculo. Se enjugó una lágrima de impotencia que rodaba por una de sus mejillas. Se aferró al marco de la ventana hasta que los nudillos se le pusieron blancos debido a la tensión.
El llanto de Felipe la regresó a la realidad. Se dirigió a la habitación donde dormía el niño y lo cargó en brazos. Recorrió la casa de punta a punta oyendo el repiqueteo de los tacos de sus zapatos contra el piso.
Todo parecía extrañamente irreal, algo sobrenatural, algo que solo podía hallarse en algún párrafo de la Biblia. La penumbra se había convertido en oscuridad absoluta. Se sentía tremendamente desorientada como si no se encontrara en su propia casa. Observó el reloj sobre el estante, indicaba las ocho menos veinte. Habían pasado horas desde que el enjambre descendiera sobre Villa Encarnación.
II
Alexander dejó caer los brazos en actitud de derrota. Sacudió la cabeza y el cedazo de su cabello filtró una nube de ceniza que cayó sobre su hombro. El fantástico combate había durado casi cuatro horas entre gritos y redobles. La huerta quedó vacía y las langostas diezmaron los trigales para luego levantar el vuelo y seguir su camino arrasador. La oscuridad no le permitió vislumbrar la situación de los campos ni los daños ocasionados.
El grupo de campesinos y sus familias se sumieron en la angustia, se veían cabizbajos y ocultaban el rostro entre sus manos. Algunas mujeres se arrodillaban, lanzaban los brazos al cielo en gestos exagerados implorando misericordia.
No se pudo cuantificar la valentía, la persistencia, la dedicación con la que luchó cada uno de los habitantes de Villa Encarnación, pero tampoco la desesperación, la ansiedad, la desmoralización que sintieron al ver que todos sus esfuerzos fueron en vano.
Todos murieron un poco aquel día, tal vez sus piernas seguían andando, tal vez sus corazones seguían latiendo, tal vez se levantarían a la mañana siguiente y volverían a ver la luz del sol, pero la certeza de saber que las langostas regresarían de nuevo la próxima primavera era algo aterrador.
Alexander regresó a la casa arrastrando levemente las piernas y con la espalda encorvada. Tenía el rostro cubierto de un hollín grasiento y pegajoso. Oía a los primeros grillos de la noche afinando en el jardín. Nunca pensó que aquel sonido que siempre lo había reconfortado en sus noches más solitarias ahora le resultaría casi aterrador.
Había luz en una de las habitaciones. Por el débil resplandor juzgó que procedía de la cocina. Dejó caer el lanzallamas, pero prefirió no entrar. Rebuscó en sus bolsillos en busca de algún cigarrillo. Halló un par dentro del envoltorio. Estaban doblados y maltrechos, pero de todas formas servirían. Encendió uno de ellos y apoyó la espalda contra uno de los pilares. Le dio una profunda calada, la sensación del humo dentro de sus pulmones lo relajó de inmediato. Retuvo el humo por unos segundos y luego lo expulsó lentamente.
La experiencia lo había dejado exhausto no solo física sino también emocionalmente. Permaneció tranquilo, pálido con la mente fija en otra realidad, planteándose huir de nuevo, dejar Villa Encarnación en busca de otro lugar, de otras experiencias. ¿Pero se preguntó qué es lo que en realidad pretendía encontrar? ¿Acaso no había pasado por eso más veces de las que podía contar? A pesar de saber las respuestas a esas preguntas, sabía con certeza que debía abandonar todo y empezar de nuevo. ¿Acaso no podía empezar de nuevo en aquellas tierras que le pertenecían? Después de todo, las langostas acabaron con todo en un abrir y cerrar de ojos. Volver a sembrar sería como empezar de nuevo.
Volvió a dar otra calada a su cigarrillo. No, debía dejar todo esto atrás y empezar algo diferente. ¿Pero qué sería de Kataryna y Felipe? ¿Los abandonaría? ¿No lo había hecho acaso con Galina y sus hijos? Se acababa de meter en una trampa de culpabilidad dentada y filosa. Si cometía alguna estupidez como abandonar a su nueva familia, la trampa se cerraría con un estallido y le arrancaría la cabeza. Su cordura parecía bascular peligrosamente sobre sus goznes mentales. Pero no era la primera vez ni sería la última.
Oyó un ruido a sus espaldas. Miró sobre su hombro y vio a Kataryna en el umbral de la puerta. Se acercó a él despacio, vacilante, parecía estar sopesando su estado de ánimo.
_ ¿Dónde está Felipe? _ preguntó Alexander como si se tratara de un día cualquiera y no del fin del mundo.
_Se volvió a dormir luego de comer algo_ respondió ella.
Alexander se limitó a mirarla a través del velo del humo de su cigarrillo. Pensó que era mejor no decir nada. Creía que cuando se presentaban acontecimientos que llenaban a las personas de estupor y desesperanza, es generalmente mejor no decir nada, pues en tal estado cualquier palabra será una palabra desatinada.
_Vayamos a la cama, no podemos hacer nada más hasta mañana_ agregó ella al tiempo que situaba una mano sobre el hombro de su compañero.
Alexander dejó caer la colilla en el suelo y la pisó con la punta de la bota. Asintió en silencio y la siguió hasta el interior de la casa.
III
Cuando Alexander despertó por la mañana, le sorprendió ver la luz del sol. Brillaba con luz dorada y bañaba los desolados campos con su luz esplendorosa.
Salió de la casa con pasos cansinos y sombríos. Kataryna se le unió poco después. Llevaba al niño de la mano, pero pronto se separó de ella y se alejó corriendo.
El rostro de Alexander se veía desfigurado, se hallaba más angustiado, más ansioso, más deprimido que nunca.
La devastación era mucho mayor de lo que se había imaginado. Algunas zonas del campo ardían aún. Largas lenguas de humo negro y nauseabundo se levantaban hacia el cielo aquí y allá. Una alfombra informe de langostas muertas cubría el suelo por donde se mirase. Los insectos se habían comido hasta el tallo del maíz, no habían dejado alimentos ni para el ganado.
Kataryna se dirigió a la huerta esperando encontrar alguna parte de sus hortalizas intactas, pero lo que encontró fue más langostas muertas. Sus ojos llenos de inquietud recorrieron el lugar sin dar crédito a lo que veían. Se llevó una mano a la boca para intentar evitar un gemido de desesperación. No quedaba ni una sola hortaliza en pie.
Felipe se sentó en el suelo y empezó a escarbar la tierra con sus manitos, parecía estar buscando algún tesoro escondido. Observó con curiosidad un pequeño montículo en donde un par de langostas se retorcían mientras batían sus alas en un susurro agonizante. Tomó uno de ellos pensando que era el juguete más gracioso que había visto. El juguetito se sacudía en su palma abierta produciéndole un suave cosquilleo.
_ ¡Mama, mama mira qué lindo! _ dijo y se puso de pie.
Kataryna despertó de sus cavilaciones y observó a su hijo. Se sobresaltó al ver lo que el niño llevaba en la mano.
_ ¡Suelta eso Felipe! _ le ordenó.
El niño soltó el insecto alarmado por el tomo imperativo y angustiado de su madre y se lanzó a llorar.
Kataryna se arrodilló en el suelo y abrazó a su niño que lloraba preso de la angustia y la inquietud que experimentaba. Era pequeño para comprender lo que sucedía, pero los chiquillos de su edad tenían una especie de sexto sentido y percibían con claridad la situación de desesperación y abatimiento de sus progenitores.
_Vamos no llores, no debes jugar con los bichos_ dijo su madre_ son sucios y huelen mal.
El niño seguía sollozando desconsoladamente como si en vez de recibir un regaño había obtenido un golpe.
_Vamos ayúdame a cavar_ lo animó al tiempo que lo tomaba de la mano y se dirigía de nuevo a la huerta.
Tal vez, las langostas se habían alimentado de todas las hortalizas, pero no pudieron comerse las zanahorias, las cebollas y las remolachas. Con un poco de suerte podría recuperar algo. Le entregó una palita de mano a su hijo, mientras que ella tomaba otra y se ponía a escarbar la tierra.
Mientras tanto, Alexander se sentó en el suelo y rodeó con las manos sus rodillas flexionadas. Tenía la mirada distante, como si en vez de contemplar el devastado campo que extrañamente se parecía a un campo de batallas después de la guerra, estuviera vislumbrando un mundo idílico muy pero muy lejos de allí. Se mantuvo en aquel estado ausente por varios minutos y cuando regresó, su mente empezó a considerar sus opciones, las cuales no eran muchas. La primera y la que sonaba con más fuerza en su cerebro era el de abandonar Villa Encarnación y probar suerte en otra parte. La segunda quedarse y luchar por recuperarse en aquellas tierras. La segunda opción era la más difícil, requeriría de mucho empeño, largas e interminables horas de trabajo constante. No podría cultivar de nuevo hasta asegurarse de que haya eliminado hasta el último huevo de langosta. De lo contrario, tendría una nueva invasión el siguiente año. Pero si decidía irse y abandonar todo, no le darían mucho por las tierras en el estado en el que se encontraban. En su cabeza había una lucha feroz entre dos bandos: uno que le apremiaba a salir corriendo y abandonarlo todo y el otro que le aconsejaba que se quedara y presentara batalla.
Aspiró profundamente y sus pulmones se llenaron de un olor fétido a langosta calcinada. Observó el gallinero, las gallinas cacareaban contentas. Al parecer eran las únicas que apreciaban vivamente la presencia de millares de langostas. Las levantaban con sus afilados picos y se las tragaban en uno o dos bocados. Para ellas se trataba de todo un festín.
Pero para el resto de Villa Encarnación en cambio, la manga de langostas solo había traído desolación y miseria, desesperanza y desaliento.
En los días posteriores a la invasión, ocurrieron una serie de suicidios en el pueblo. Campesinos agobiados por las deudas y las cosechas perdidas se pegaban un tiro o se cortaban las venas en un intento por huir de la desgracia sin saber que hundían a los que los sobrevivían en la más indolente de las desgracias.
Muchos querían dejar las tierras y buscar suerte en otros lares, tal y como pensó Alexander en un principio, pero se hallaron ante la desagradable sorpresa de que el tren no podía dejar la estación. Los insectos que habían colisionado con los vagones y la locomotora murieron aplastados por las ruedas del tren produciendo una especie de grasa viscosa en donde las ruedas se empastaban y resbalaban. Los pasajeros se apeaban y espolvoreaban tierra en los rieles y las ruedas intentando contrarrestar los efectos de aquella densa materia, pero a pesar de los esfuerzos no daba resultado. La locomotora lograba desplazarse unos metros y luego volvía a patinar y se detenía irremediablemente.
IV
A la mañana siguiente, Kataryna preparó café, algo de pan y unos huevos fritos para el desayuno. No pudieron comerse los huevos, el olor y el sabor eran repugnantes. Las gallinas que con tanta avidez se habían alimentado de las langostas habían producido unos huevos nauseabundos y repulsivos. Más tarde descubrían que aquel olor no solo afectaba a los huevos sino también a la carne de las gallinas.
Luego del poco agradable descubrimiento Alexander permaneció sentado junto a la mesa de la cocina inmerso en sus pensamientos, mientras Kataryna terminaba de lavar los trastes y limpiar la cocina. Cuando terminó, observó a su compañero por unos segundos, notó que se hallaba enfrascado en sus pensamientos y decidió dejarlo solo.
La preocupación principal de Alexander en aquel monto era evitar que el ganado se muriera de hambre. Debía hallar la forma de conseguir alimento en algún pueblo cercano y trasportarlo hasta Villa Encarnación. El tren aún no se ponía en movimiento. El gobierno enviaría una cuadrilla de hombres para limpiar los rieles, pero no llegaría hasta dentro de una semana.
Alexander tenía los dedos de las manos entrelazados y apoyados sobre la mesa. La espalda algo encorvada, la cabeza gacha y los ojos azules parecían cubiertos con un velo de confusión.
Tenía algo de dinero guardado producto de la venta de la madera de la tala de árboles, no era mucho ya que invirtió casi todo en la construcción de la casa y en la preparación y siembra del campo. Pero no le quedaba otra cosa que hacer, debía al menos, salvar al ganado.
Se removió en su asiento, frente a la mesa de madera en forma nerviosa. Se percató de pronto que había decidido quedarse y luchar, ya no había espacio en su mente para la primera opción que había considerado la noche anterior. Y por extraño que pareciera aquella decisión no lo hacía sentirse valiente o resuelto, todo lo contrario.
Se levantó de pronto y Kataryna lo vio alejarse rumbo al sitio en donde descansaba su camión, con las manos embutidas en los bolsillos traseros del pantalón. Gesto que su mujer nunca le había visto antes. Kataryna permaneció con los ojos fijos en él hasta que el sonido de sus botas se perdió en el corredor. El aire seguía impregnado de aquel espantoso y persistente olor fétido que parecía resuelto a impregnarlo todo.
Se detuvo frente a “Puteshestvennik” y lo inspeccionó con detenimiento. Verificó el nivel de aceite, el agua y el combustible. Comprobó el estado de las llantas. Cuando terminó con la inspección, dio un par de palmadas al capó como si estuviera dándole su aprobación. Regresó con pasos rápidos y firmes a la casa. Buscó a Kataryna quien se hallaba en plena faena de limpieza y le informó que tomaría el camión y conduciría hasta Trinidad (un pueblo que distaba veintiocho kilómetros de Villa Encarnación) en busca de provisiones.
Alexander habló con coraje. Al menos, con el mayor coraje del que fue capaz dadas las penosas circunstancias por las que estaban atravesando. Kataryna observó en sus ojos determinación y arrojo. Percibió de inmediato que no se daría por vencido tan fácilmente. Admiró su aplomo y su resolución, al tiempo que asentía con una sonrisa que dijo mucho más que cualquier palabra de aliento.
Alexander buscó el dinero que tenía guardado en una ingeniosa “caja fuerte” situada debajo de un falso piso detrás del estante de libros. Besó a su hijo y abrazó a Kataryna antes de dirigirse hacia el camión que parecía esperar ansioso la llegada de su conductor, listo para iniciar aquella aventura. Si bien la distancia hasta Trinidad no era muy larga, el camión era viejo y había sufrido el embate de incontables batallas, además el camino era apenas unas huellas por donde las carretas circulaban y con las lluvias de primavera se cubrían rápidamente de hierbas y maleza que dificultaban el tránsito.
Tomó la puerta del camión e intentó abrirla, se produjo un ruido seco cuando las antiguas bisagras se movieron. Había olvidado aceitarlas cuando restauró el camión. Se dijo que lo haría cuando estuviera de regreso. Jaló del tirador y los goznes profirieron un fuerte chirrido al abrirse por completo la puerta.
Subió al vehículo de un salto y cerró la puerta que emitió otro chirrido, esta vez más estridente que el primero. Arrancó el “Puteshestvennik”. Al principio pareció resistirse, se sacudió, pero luego se oyó un gruñido grave acompañado de una gran nube gris que se expandía a través del caño de escape. Se puso en marcha poco después.
Una brisa suave refrescaba la mañana. Levantó la mirada observando un pequeño cúmulo de nubes grises que pronosticaban lluvia. Después de escrutar por un rato aquella región del cielo, pensó que sería mejor apresurarse, aunque era imposible que el camión viajara a más de treinta kilómetros por hora debido al mal estado del camino. Creyó que no le llevaría más de dos horas llegar hasta Trinidad, podía llegar antes del mediodía y regresar a eso de las tres o a lo sumo las cuatro de la tarde.
Quince minutos después, a ambos lados del camino descollaba el bosque, que se iniciaba a menos de cinco kilómetros de distancia. Enseguida, avistó una nube de polvo elevándose hacia el sur. El sol ascendente la convirtió en una bruma macilenta.
No mucho después, tropezó con una larga caravana de carretas que también se dirigía a Trinidad. Contó veinte carretas. Al parecer no había sido el único a quien se le había ocurrido la idea de conseguir provisiones. El camino era tan estrecho que no había forma de aventajarlos. Los siguió de cerca por algo más de diez minutos que a Alexander le parecieron horas. Aventajó a la caravana por un estrecho pasaje entre el bosque y el sendero.
El viento crecía con fuerza minuto a minuto y creyó que la lluvia terminaría por caer en menos de una hora. Y si no llegaba rápido terminaría varado en Trinidad hasta que pasara el mal tiempo. El cielo se veía cargado con nubes de tormentas y el calor de aquel mes de primavera era pesado e incómodo.
Recordó a Tatiana, no tenía razón aparente para hacerlo en aquel preciso momento, pero estaba habituado a que sucediera en los momentos más inverosímiles. Y este desde luego, era uno de ellos. Ciertos sentimientos dentro de su espíritu al parecer buscaban resurgir en aquella forma indirecta en que suelen hacerlo, a través de personas que uno se siente inclinado a recordar sin exacta o clara consciencia de la motivación. Sonrió ante su recuerdo. Tatiana siempre había representado para Alexander, el sosiego, la paz, la felicidad, por lo que no era completamente extraño que la recordara cuando andaba en busca de todas aquellas emociones.
Mas adelante, Trinidad pareció emerger sobre una colina. Al mismo tiempo, el cielo terminó por cubrirse por completo con una densa capa de nubes negras y amenazantes. El viento soplaba con más fuerza cuando se apeó frente a la primera mercantil que halló. Escrito en un cartel que se sacudía al viento, con pintura que en otros tiempos pudo haber sido de un escarlata brillante, pero que se había decolorado hasta adquirir un tono oxido desvaído, se leía un enigmático mensaje:
” La vida es una décima parte de las cosas que te pasan y la novena parte de la forma en que reaccionas a ellas”.
Se quedó frente al cartel que parecía estar a punto de ser arrancado por el viento, contemplándolo. Había mucha verdad en aquellas palabras de eso estaba seguro.
Una fuerte ráfaga de viento lo puso en movimiento. Ingresó al establecimiento apresuradamente. Un hombre con un sándwich en la mano, de ojos negros, penetrantes y misteriosos lo estudió desde detrás del mostrador con el hirsuto pelamen de sus cejas, como si se trataran de acechantes fieras escondidas entre matorrales de la selva. Frunció el ceño y apretó los labios como si intentara dilucidar qué diablos hacía aquel desconocido en su establecimiento justo cuando estaba a punto de lanzarse una tormenta.
Alexander lo saludó y tomó el toro por las astas, no tenía tiempo que perder. Le explicó al hombre lo que lo había llevado hasta allí. Él se quedó sorprendido, con el sándwich en la mano y la boca entreabierta. Alexander pensó que se veía como un de aquellos anuncios que publicitan periódicos o revistas internacionales. Reaccionó de pronto y le proporcionó a Ivanov la dirección del lugar donde podía adquirir los alimentos para el ganado, para después tragarse apresurado el trozo de sándwich. Alexander agradeció con una inclinación de cabeza.
Cuando salió a la calle, el viento lo hizo tambalear y la arena se le clavó en el rostro. Subió al camión y se dirigió a lugar que le habían señalado, no le supuso mayor inconveniente llegar hasta allí. Realizó la compra sin muchos contratiempos, pero se vio obligado a esperar a que cargaran el camión porque la lluvia empezaba a caer con fuerza.
A las cuatro de la tarde, el viento se había reducido a un susurro y la lluvia se había convertido en una leve llovizna. Las nubes empezaron a disiparse mientras Alexander cargaba el camión. El sol emergió despacio por detrás de una de las nubes y un arcoíris pintó el cielo con su paleta de colores.
Cuando emprendió el regreso a Villa Encarnación, había dejado de llover y el cielo azul y límpido lo precedía. Las sombras de los árboles proyectaban sombras que parecían arrastrarse en torno al camión como si se trataran de serpientes mientras la luz agonizaba en el cielo.
Llegó a casa cuando la noche envolvía al mundo en su manto negro. Se apeó del “Puteshestvennik” echó un vistazo a la casa y observó una luz encendida. Hundió los hombros, estaba cansado, pero echó a andar hacia el corral con la idea de dar de comer al ganado. Entonces se detuvo y giró sobre sus talones para observar una vez más la casa que parecía dormir en silencio con excepción de aquella luz.
Enseguida se puso en marcha llevando consigo su preciosa carga. Dispersó el sorgo en el corral y se detuvo a contemplar a los animales mientras se alimentaban, mientras pensaba que el trabajo apenas empezaba. No tenía alimentos para más de una semana, pero afrontaría los problemas un a la vez, paso a paso, día a día.
Se dirigió a la casa y entró con sigilo. Kataryna y el niño estarían durmiendo. La luz provenía de la habitación, al parecer Kataryna seguía despierta. Abrió la puerta con cuidado. A la luz de una lampara sobre la mesilla de noche, ella giró la cabaza hacia la puerta. Al verlo sonrió y extendió su mano. Él se la tomó.
V
Unos golpes en la puerta lo alertaron. Alexander se incorporó frotándose los ojos, luego buscó a Kataryna, pero ella ya había abandonado la cama. Se levantó al tiempo que se arreglaba los pantalones y la camisa. El cansancio ni siquiera le permitió cambiarse antes de caer rendido en los brazos de Morfeo. Su descanso había sido escaso, pero reparador.
Otros tres golpes lo obligaron a ponerse en movimiento, se acercó a la puerta y la abrió. Del otro lado se encontraba Kaspar que estrechaba su sombrero contra su pecho y lucía una extraña expresión de tristeza y solemnidad.
De pronto, sin decir palabra una lagrima empezó a derramarse desde su ojo izquierdo y rodó por su mejilla imberbe. Intentó hablar, pero parecía incapaz de insuflar suficiente aire dentro de sus pulmones como si acabara de correr un largo trecho. Entonces las palabras surgieron en un susurro.
_Ciento mucho no haber venido a trabajar ayer Don Ivanov_ dijo con la mirada baja adoptando un tono de voz bajo y respetuoso, pero a la vez avergonzado.
_Lo entiendo_ contestó Alexander al tiempo que situaba una mano condescendiente sobre el hombro del muchacho. Aquella terrible experiencia había dejado huellas profundas en los más valientes y laboriosos hombres, por lo que Alexander simpatizaba con la actitud inicial del joven. _Pienso volver a levantar esta hacienda y para ello necesito de tu colaboración_ agregó.
El muchacho levantó la mirada. Sus ojos brillaban y esbozó una sonrisa entusiasta.
_Cuente conmigo_ contestó el joven al tiempo que se enjugaba la lágrima de la mejilla con el dorso de la mano.
_Muy bien, empieza por alimentar al ganado_ dijo Alexander. El chico asintió para luego colocarse el sombrero sobre la cabeza y salir apresurado hacia el corral.
Alexander lo observó alejarse, utilizaba la mano derecha para sujetar el sombrero que amenazaba con salir volando a medida que corría.
Cuando Kaspar desapareció de su campo de visión, ingresó a la casa y cerró la puerta. Fue a la habitación de Felipe y lo halló durmiendo. Buscó a Kataryna en la cocina, pero halló el lugar vacío. Observó a través de la ventana y la descubrió una vez más acuclillada frente al huerto, su falda ondeaba a su alrededor como las alas de una excepcional ave. No podía dejar de admirar y respetar su persistencia, la firmeza y perseverancia de sus actos. Y por un instante sintió que no debía defraudarla.
La vio ponerse de pie, sostenía la asada con la mano izquierda mientras se enjugaba el sudor de la frente con el antebrazo derecho.
Kataryna dirigió su mirada en dirección a la casa y descubrió a Ivanov que la observaba desde la cocina. Dejó caer la asada y salió del huerto. Se dirigió al pozo de agua y se lavó las manos y luego el rostro. El agua era fresca y revitalizadora. Bebió un poco del cristalino líquido que bajó por su garganta seca produciéndole una sensación de alivio instantáneo. Acto seguido se dirigió a la cocina en donde Alexander la esperaba.
_Te levantaste temprano_ dijo él a modo de saludo.
_Si, terminé de limpiar el huerto. Ayer después de que te fuiste saqué las langostas y empecé a remover la tierra.
Alexander asintió con un movimiento de cabeza mientras se sentaba a la mesa.
Kataryna sirvió cocido con leche en dos pocillos y los dejó sobre la mesa.
_Gracias a Dios las vacas no se alimentan de langostas_ dijo Kataryna_ o de lo contrario no tendríamos leche.
Se dirigió a la fiambrera en busca de una trincha de pan y algo de queso fresco, y regresó a la mesa depositándolos en el centro. Retiró una de las sillas y se sentó frente a Alexander. La mayor parte del desayuno lo hicieron en medio de un silencio confortable y distendido. De tanto en tanto el silencio era roto por cierta pregunta o alguna escueta repuesta.
Felipe despertó poco después demandando su pocillo de leche tibia. Kataryna se ocupó de él mientras que Alexander se aseó apresuradamente antes de dirigirse al campo. Debía evaluar la situación antes de decidir qué medidas tomaría.
Recorrió el vasto campo palmo a palmo observando el estrago y la destrucción que la manga había dejado. La lluvia del día anterior había dejado la tierra húmeda, cubierta de grandes charcos de agua y lodoso barro. Era el momento oportuno para acabar con los canutos[3] mientras la tierra estuviese blanda.
A pesar de la desazón y la pesadumbre en que aún se hallaban la mayoría de los habitantes de Villa Encarnación, Alexander logró convencer y reunir a sus peones y a sus familias para que lo ayudaran a salvar las tierras con apasionadas y enérgicas arengas.
Necesitaban remover la tierra con lo que tuvieran al alcance. Para este fin utilizaron: azadas; azadones; palas; arados, rastrillos, con la finalidad de arrancar los canutos del suelo. Aquella ardua y extenuante labor fue ejecutada por hombres; mujeres; niños y ancianos, destruyendo una fracción de los canutos en el proceso y dejando expuestos al aire libre otra tanta.
Trabajaron hombro con hombro durante todo el día y cuando el cielo empezó a cubrirse con trazos naranjas y rojos regresaron a sus casas exhaustos, pero con sus esperanzas renovadas. Necesitaban que aquello diera resultado, necesitaban trabajar para sobrevivir, necesitaban que los campos volvieran a producir.
Alexander se lavó en el tajamar entre el granero y los pastizales que habían desaparecido para quitarse el lodo y el hollín de las manos, los brazos y la frente, y luego se dirigió a la casa.
Le dolía la espalda y los hombros. Comió en cuantiosas cantidades, repitiendo el plato que Kataryna le sirvió, un guiso de fideos preparado con las verduras que salvó de la huerta. Más adelante, al recordar aquellos días, Alexander pensaría que nunca había tenido tanta hambre como en los días posteriores a la invasión de la manga.
Luego de la cena, tendido en la cama al lado de Kataryna rememoraba los eventos de aquel día con el rostro dirigido al techo de tejas anaranjadas que en la oscuridad de la noche presentaban una tonalidad cobriza.
_ ¿Crees que dará resultado? _ preguntó Kataryna sacándolo de sus cavilaciones.
_Haré todo lo que pueda_ contestó sin desviar la mirada del techo.
_Muchas de las mujeres piensan que deberíamos dejar de intentarlo y rezarle a Dios para que aleje este castigo.
Alexander suspiró profundamente, se sintió de pronto exasperado por las creencias pseudorreligiosas de los pueblerinos que no hacía más que mantenerlos en la ignorancia y la desidia.
_Y tú ¿qué crees? _ preguntó aún con la mirada fija en el techo.
_Mi madre tenía un dicho: “Reza a Dios por la lluvia todo lo quieras, pero no dejes de cavar un pozo mientras lo haces”
Alexander volteó a verla, sus ojos parecían brillar en la oscuridad de la habitación. Le acarició levemente la mejilla mientras respondió:
_Tu madre es una mujer sabia.
_Lo era_ dijo ella y Alexander percibió que el brillo de sus ojos desaparecía.
_Aún lo sigue siendo, Kataryna. Aún lo sigue siendo.
VI
Al día siguiente, el cielo amaneció cubierto de nubes grises y soplaba el viento proveniente del sur. Kataryna se detuvo a observar el avance de las masas de nubes que anunciaban una nueva lluvia.
Kaspar se acercaba a la casa con la espalda algo encovada y el paso cansino característico de los adolescentes. Su cuerpo parecía una figura recortada contra el cielo gris oscuro. Cuando vio a Kataryna la saludó con un gesto de su mano y una sonrisa confiada. Kataryna le devolvió la sonrisa.
Alexander se hallaba en el umbral de la puerta con el sombrero en una mano y una pala en la otra.
_Buenos días Ña[4] Kataryna_ saludó Kaspar cuando estuvo frente a la mujer que seguía oteando el cielo.
_Buenos días Kaspar.
_Buenos días, Don Ivanov_ agregó dirigiéndose a Alexander.
_Buenos días, chico_ saludó Alexander al tiempo que salía al jardín y se acercaba al muchacho.
No perdió tiempo y empezó a darle ordenes de inmediato.
_Tenemos que llevar al ganado al campo para que pisen los canutos que aún no han sido destruidos. Será mejor que empieces por sacar al ganado del corral.
_Si señor_ contestó el chico con los ojos bien abiertos como si en vez de recibir una orden acabara de recibir una terrible reprimenda.
_Muy bien que esperas_ dijo Alexander al ver que muchacho parecía clavado al suelo.
Kaspar asintió y salió corriendo rumbo al corral.
_ Creo que va a llover_ dijo Kataryna_ tal vez sea buena idea llevar a los cerdos al campo.
_Estoy de acuerdo, toda ayuda es bienvenida_ contestó.
_Entonces yo los llevaré.
De pronto a Alexander se le iluminaron los ojos y sobre ellos sus cejas se elevaron formando dos perfectos arcos.
_Creo que “Puteshestvennik” también nos será de utilidad. Intentaré aplastar con él todo lo que se ponga a su paso.
Kataryna asintió y se alejó en busca de los animales mientras Alexander hacía lo propio en busca del camión.
La lluvia empezó a caer antes de que los animales llegaran al campo. Estaba lejos de ser una tormenta, pero caía con fuerza y persistencia sobre aquella parte del mundo. En cuestión de minutos la húmeda tierra se convirtió en lodo rojizo y arcilloso. La piara hozaba en el suelo fangoso con un extraño gruñido de satisfacción. Escarbaban, revolvían e ingerían algunos bocadillos que parecían ser apetitosos. Kataryna estaba empapada, el cabello calado por la lluvia se le pegaba en la mejilla. Tenía dificultad para desplazarse, los pies se le atascaban en el lodazal y sentía que tenía barro resbaladizo y frío dentro de los zapatos. Se pasó las manos por la mejilla en un intento por observar el comportamiento de los cerdos. Quedó sorprendida al descubrir que ingerían los canutos. Más adelante comprobaría que aquel jugoso y mantecoso bocadillo los hacía crecer y engordar con rapidez.
Alexander al mando del “Puteshestvennik” avanzaba en línea recta sobre el campo, mientras que las llantas del vehículo aplanaban la tierra en busca de algún invasor que triturar. Cuando llegaba hasta los límites del campo volteaba el vehículo y lo hacía regresar utilizando las huellas de las ruedas como guía hasta cubrir todo el terreno. De tanto en tanto tropezaba con alguna manada de ganado que escarbaba en la tierra, entonces los rodeaba para luego reiniciar su marcha.
La lluvia amainó antes del mediodía, pero los esfuerzos por eliminar los huevos continuaron después del fugaz almuerzo, hasta que el crepúsculo los obligó a detenerse.
En los días posteriores, los peones peinaron el campo en busca de canutos vivos que acumulaban en zanjas en donde les prendían fuego y luego los enterraban, asegurándose primero de que estuvieran muertos. A pesar de todos estos esfuerzos por suprimir los huevos, muchos de ellos llegarían a eclosionar. Fue necesario el patrullaje periódico del campo con el fin de descubrir la aparición de algunas ninfas y de esto modo eliminarlas antes de que se conviertan en langostas adultas.
[1][1] Tucú: langosta en guaraní.
[2] Trotamundos en ruso
[3] Canuto: masa de huevos contenida en una envoltura de paredes resistentes.
[4] Ña: diminutivo de Doña.