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CASA 110 (Parte 7)

PRIMERA PARTE

EL CUERPO

I

Regresó a la casa 110, mientras Laura dormía. Cuando estuvo dentro, se quedó pensando en los sucesos de la noche anterior. Hubo algo que lo impulsó a salir de Lima lo más rápido posible. Ese algo fue también el responsable de que fuera a la casa 110 apenas llegó a La Oroya. Y estaba convencido de que ese algo fue quien se encargó de que la puerta estuviera abierta a su llegada. Todo parecía una locura, pero estaba convencido de que fuerzas extrañas y desconocidas intentaban ejercer alguna especie de control sobre la vida de Laura y eso lo inquietaba sobremanera.

Se dirigió a la habitación de visitas y encontró todo tal y como lo habían dejado la noche anterior. Observó el falso piso algo levantado, se arrodilló frente a él y lo abrió por completo. Definitivamente, había un sótano allí. El espacio era muy pequeño, con su altura y sus anchos hombros, le sería imposible bajar por las gradas. Suspiró y se acarició la barbilla, pensativo. Era una locura creer que podía haber un cadáver en aquel lugar, pero, sin embargo, estaba allí, dispuesto a entrar y descubrirlo.

No había estado en la casa más de veinte minutos, cuando oyó a Laura que hablaba a sus espaldas.

_Iré yo_ no creo que puedas entrar allí.

Alejandro volteó a verla asombrado.

_ ¿Qué haces aquí? Deberías estar durmiendo.

_No puedo hacerlo, necesito entrar allí y saber que es lo que hay.

Alejandro se puso de pie al tiempo que sacudía la cabeza de un lado a otro.

_No pienso dejar que bajes allí. ¿Te has vuelto loca? Es probable que nadie haya entrado allí en décadas.

Laura le dedicó al abogado una sonrisa tensa.

_Lo he pensado muchas veces_ dijo ella_ y antes de que en verdad pierda la cordura, quiero saber que es lo que hay allí abajo.

_Entonces, entraré yo_ dijo él poniendo los brazos en jarra.

_Te lo agradezco, en verdad, pero no podrás entrar allí, el espacio es pequeño. Williams era mucho más bajo y delgado que tu y lo hizo con mucha dificultad.

Alejandro suspiró frustrado, no sabía que hacer, no quería que ella bajara, pero sabía que no había forma de hacerla cambiar de opinión tan fácilmente. Se pasó la mano por el pelo mientras pensaba. Se movía de un lado a otro nervioso, con el ceño fruncido. Parecía un animal enjaulado, desesperado y a punto de saltar sobre alguien.

_Pienso que será mejor que hablemos con la policía y que baje alguien preparado, con equipos adecuados.

Laura se acercó al abogado y lo retuvo de uno de sus brazos. Alejandro tuvo que detenerse y mirarla a los ojos con atención.

_No podemos ir con nadie ¿Qué se supone que diremos? No nos prestaran atención si le vamos con la historia de que sé que hay un cadáver aquí abajo porque lo soñé. Pensarán que estoy loca por sugerirlo y que lo estás por seguirme la corriente.

Alejandro suspiró con los ojos puestos en el techo, frustrado e impotente.

_Por favor, deja que baje, te prometo que tendré cuidado. Además, estarás aquí por si pasa algo_ dijo ella.

_ ¿De qué sirve que esté aquí si no puedo bajar si pasa algo? _ preguntó el abogado bastante preocupado.

_No pasará nada.

_No puedes estar segura de eso_ dijo él volviendo a pasarse la mano por el pelo.

_Tendré cuidado_ dijo Laura esperanzada de que él estuviera de acuerdo.

_Está bien_ dijo Alejandro después de unos interminables y tensos segundos. _ Pero al menor indicio de peligro quiero que subas de inmediato.

Ella le regaló una gran sonrisa, los ojos le brillaron.

_A su orden mi capitán_ dijo dedicándole a Alejandro el saludo militar.

_No es gracioso_ dijo él levantando ambas cejas_ no es gracioso que quieras arriesgar tu vida de esa forma.

Laura lo tomó de la mano y le dio un leve apretón.

_No pasará nada, si John me quisiera muerta o si pudiera matarme ya lo habría hecho.

_Eso no me hace sentir mejor y tampoco debería hacerte sentir mejor a ti_ dijo mientras la rodeaba entre sus brazos y la sostenía contra su cuerpo.

Laura suspiró profundamente mientras situaba su cabeza en el hueco del cuello del abogado. Alejandro se inclinó para estar a la altura de su rostro. Aspiró el aroma que emanaba de su pelo cerrando los ojos. Se quedaron así por un par de segundos, luego, se separaron despacio y se miraron a los ojos. Laura pudo percibir en la mirada del abogado temor, preocupación, desazón. Le oprimió el pecho saber que ella era la causante.

_ Será mejor que busque una linterna, es lo único con lo que contarás allí abajo_ dijo Alejandro y la dejó sola en la habitación.

Mientras que Alejandro se dirigía a su casa en busca de la linterna, Laura se sacó el abrigo quedándose solo con un polo mangas cortas, se acercó a la entrada en el piso, y observó las viejas gradas de madera que debía bajar para ingresar al sótano. Eran cinco, y si bien no podía ver mucho, por la oscuridad reinante, pensó que el espacio era muy reducido. Examinó con cuidado el lugar y llegó a la conclusión de que la entrada medía menos de un metro de profundidad. Debería arrodillarse para poder moverse dentro. Alejandro había encontrado los planos originales de la casa y debajo se hallaban las tuberías de desagüe y de agua potable. Los trabajadores ingresaban al sótano cuando debían arreglar alguna cañería. Le parecía increíble que nadie haya encontrado el cadáver o no se hayan producidos olores de descomposición que hubieran alertado al residente de turno.

El abogado regresó en pocos minutos con una linterna bastante potente, un par de guantes de jardinero y una pala. Laura lo miró interrogativa.

_ No creo que me sirva de mucho_ dijo.

_Lo sé, solo se me ocurrió traerla, por si acaso_ dijo con desasosiego.

_Alejandro, no quiero que estés preocupado.

_Es difícil no estarlo_ contestó mientras le acercaba la linterna y los guantes.

Laura le sujetó el rostro con ambas manos y lo acarició con la gema de los pulgares suavemente. Alejandro se quedó inmóvil, sorprendido, era la primera vez que ella le dedicaba una caricia tan intima.

_Voy a estar bien, porque sé que tu estas aquí_ dijo ella para luego exhalar un suspiro profundo.

Él solo atinó a asentir sin poder emitir palabra alguna. Ella le sonrió, se puso los guantes y tomó la linterna.

_Escucha_ dijo Alejandro mientras la detenía por uno de sus antebrazos_ según me informaron en mantenimiento de viviendas, los planos originales probablemente no concuerden con lo que hallarás abajo. Se hicieron múltiples modificaciones con el paso de los años.

Laura solo asintió y le dedicó una leve sonrisa con la intensión de tranquilizarlo, pero el resultado fue todo lo opuesto.

Ingresó al closet, apuntó la linterna dentro y observó por primera vez el interior. No se veía nada más que el suelo de tierra de un tono café oscuro. Laura pudo ver la maraña de tubos metálicos oxidados que recorrían el interior. Observó las gradas, la madera estaba bastante gastada, pero pensó que resistiría su peso. Dejó la linterna en el piso, volteó dándole la espalda a la pared del closet   y situó el pie derecho en la primera grada, esta hizo un sonido crujiente y sordo de la madera que está a punto de ceder, pero no sucedió. Con sumo cuidado, situó el pie izquierdo en la segunda grada. Laura oyó otro crujido intenso y la sensación de que la madera cedía ante su peso. Perdió el equilibrio, pero se sujetó del borde de la entrada. Alejandro se sobresaltó, y se precipitó hacia ella.

_No te preocupes, estoy bien_ dijo.

La psicóloga, bajó el pie derecho despacio sobre la tercera grada, el pie izquierdo tanteó la cuarta grada mientras sus manos se sujetaban de las gradas superiores. Finalmente, su pie derecho pisó la quinta grada y luego el izquierdo descansó suavemente en el suelo del sótano.

_Estoy dentro_ anunció con voz firme.

Alejandro se acercó a la entrada y la miró con ojos atentos e inquietos, mientras ella observaba cada centímetro del espacio que la contenía. Se sentó en cuclillas y dirigió el foco de la linterna hacia el pequeño túnel que tenía delante y por el que tendría que adentrase. A ambos lados pudo observar los tubos de bronce, enredados unos con otros sin ningún orden previo. No se habían tomado muchas molestias al instalarlos.

_Tenías razón con respecto al sótano, el espacio es mucho más pequeño de lo que se veía en el plano. Tendré que arrastrarme de rodillas para poder avanzar_ dijo tratando de demostrar tranquilidad, cuando en verdad estaba hecha un manojo de nervios.

_Por favor, ten cuidado_ repitió el abogado.

Ella solo asintió, dejando la linterna en el suelo y poniéndose a gatas. Allí, con el rostro muy cerca al suelo pudo notar que el aire se ponía algo más denso. Aspiró profundamente y dirigió la linterna hacia el pequeño túnel de sesenta centímetros de altura y a penas cincuenta centímetros de ancho. Levantó la mirada y muy cerca de su cabeza, vio el antiguo piso de madera. Regresó la mirada al frente y a un par de metros de distancia, pudo divisar un montículo de basura y hojas secas, pensó que tal vez había alguna rendija por donde habían ingresado provenientes del jardín. Además, observó tres rocas de mediano tamaño que los constructores habrían olvidado retirar. Avanzó despacio, no solo por temor a lo desconocido, sino también a que se le dificultaba andar en aquella posición, se apoyaba en las rodillas y en los codos arrastrándose, con movimientos parecidos a los de una serpiente. De pronto, su mente se llenó de los peores recuerdos de su niñez, recuerdos que pensó que había olvidado por completo.

 Tenía unos siete u ocho años, cuando jugaba a las escondidas con un grupo de niñas, en el granero abandonado de una granja, a unas calles de la casa de su abuela, en un pequeño pueblo de Maine. Era muy común en aquella época que los niños jugaran fuera de casa, explorando, sin mucha supervisión, eran otros tiempos, en donde la seguridad no era un problema y los niños agradecían la libertad de la que disfrutaban.

_¡…ocho, nueve, diez! _Oyó Laura decir mientras se apresuraba a esconderse en la parte trasera del granero.

Vestía un pantalón azul, blusa blanca y dos trenzas con moños azules en los extremos, que se balanceaban a medida que ella corría. Se quedó muy quieta y en silencio en un rincón del granero. El suelo estaba cubierto de paja seca. Desde su escondite, vio a una de sus amigas buscando a las demás. Laura se puso en cuclillas para evitar que la vieran. La niña observó a su alrededor un par de veces y salió del granero. Laura se echó a reír con una risita sofocada, tapándose la boca con una de sus manos. No la habían descubierto, pero sabía que tarde o temprano lo harían. Observó el lugar en donde se encontraba tratando de hallar un escondite mejor. Observó a su derecha y vio una pequeña portezuela metálica en el suelo. Se acercó a gachas, observando de tanto en tanto la entrada del granero, esperando ver de nuevo a la niña que la buscaba. Abrió la portezuela metálica y descubrió una abertura estrecha y compacta. Se metió en ella de inmediato y cerró la puerta sobre su cabeza. El espacio era pequeño, pero suficiente para que la contuviera. Al principio, no vio mucho, hasta que sus ojos se ajustaron a la oscuridad. Un estrecho túnel se abría a su derecha.

_ ¡Laura! _ oyó que la llamaban.

Oyó pasos sobre su cabeza, la estaban buscando. Se adentró en silencio en el túnel, arrastrándose.

_ ¡Laura! _ volvió a oír.

Pero esta vez no solo oyó su nombre sino también el chirriante sonido de algo que se arrastraba. La niña que la buscaba, en su afán por encontrarla, había arrastrado una pesada caja de madera para subirse sobre ella y revisar los altos del granero. Había situado la caja sobre la portezuela sin percatarse de ella. Cansada de buscar, salió del granero y se reunió con las demás niñas. Laura, permaneció en silencio por varios minutos, hasta que pensó que la niña se había ido. Intentó entonces salir del túnel, pero entró en pánico al ver que no podía abrir la portezuela sobre su cabeza. La empujó con todas sus fuerzas un par de veces sin éxito. Su corazón se aceleró, estaba muy asustada. Gritó los nombres de todas sus amigas, pero no obtuvo respuesta, el silencio era profundo y atemorizante. Intentó de nuevo abrir la portezuela, pero solo consiguió que un puñado de tierra cayera sobre ella. Un poco de polvo le irritó el ojo derecho y las lágrimas se acumularon en él de inmediato. Se restregó el ojo con la mano, lo cual empeoró la situación, sintió que algo le raspaba el iris, casi no veía con el ojo derecho y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Se sintió indefensa y aterrorizada. Se lanzó a llorar desesperada mientras gritaba una y otra vez. Pronto, el aire se volvió denso y asfixiante, respirar se hacía cada vez más difícil. Empezó a sentirse soñolienta, pensó que nunca más saldría de allí, su mente empezó a divagar, mientras que su respiración se hacía cada vez más pausada y lenta. No supo muy bien cuanto tiempo estuvo allí encerrada, pero sus padres le dijeron que fueron más de cuatro horas. La rescataron solo minutos antes de que muriera asfixiada. Fueron los peores momentos de toda su vida.

Ahora estaba de nuevo, metida bajo tierra, en un lugar oscuro y asqueroso, tratando de encontrar un cadáver que probablemente no existía, al menos eso le decía la razón, pero el corazón le decía otra cosa. El aire era cada vez más denso y rancio, y sus pulmones trabajaban al máximo, las inspiraciones eran rápidas y profundas. Sintió una gota de sudor en la sien izquierda, a punto de escurrírsele por la mejilla, a pesar de la baja temperatura atmosférica. Los guantes la ayudaban con el helado suelo bajo sus manos, pero empezaba a sentir un leve dolor en los codos.

Levantó la cabeza y sintió un golpe seco. Había olvidado la poca altura del túnel. Se detuvo por unos segundos a que remitiera el dolor y luego siguió avanzando. Se detuvo cerca de las rocas que había visto unos minutos atrás, no podía pasar sobre ellas, tuvo que hacerlas a un lado para seguir avanzando. Le fue difícil moverlas, tenía los brazos débiles debido a que llevaba unos minutos sosteniéndose sobre ellos. Trató de mover la más pequeña, con la mano derecha, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre el brazo izquierdo, pero no pudo hacerlo. La respiración se le aceleró, el aire denso y asfixiante le laceraba los pulmones, en sintonía con su esforzado y palpitante corazón. Sintió que se le nublaba la vista, temió perder la conciencia allí abajo y que terminar asfixiada. Tosió un par de veces, trató de enfocar la vista, y respirar pausadamente para aprovechar mejor el poco oxígeno que tenía el aire en aquel estrecho pasaje, ignorando todas las incomodidades lo mejor posible y mantuvo la mente fija en su objetivo. Se cuidó de no volver a golpear la cabeza contra el piso de madera. Se dijo a si misma que tenía que concentrarse en cada inhalación y cada exhalación. Cuando pudo relajarse, vio todo con claridad de nuevo.

Intentó mover la roca por segunda vez con todas sus fuerzas, extendió la pierna derecha y luego la izquierda. Buscó a tientas con el pie derecho un punto de apoyo sólido. Hurgó con inseguridad en el pequeño espacio en el que se encontraba. El pie se introdujo entre dos caños y se le quedó atrapado, quiso sacarlo con desesperación, lo que aceleró de nuevo su respiración. El sudor le corría por el rostro y se le introducía en los ojos. Levantó la mano derecha y se la pasó por la cara. El guante áspero le magulló la piel. Cerró los ojos por unos segundos y se concentró en relajar su acelerada respiración, cuando lo consiguió, concentró su atención en liberar el pie. Lo movió para abajo sin suerte, luego lo hizo para arriba y el pie quedó libre al fin. Volvió a tantear con cuidado, encontrando la pared derecha. Apoyó el pie en ella con fuerza, descansando todo el peso del cuerpo sobre el brazo izquierdo y utilizó la mano derecha para intentar mover la roca. Presionó con fuerza y esta vez, consiguió moverla unos centímetros. En aquel momento, un calambre paralizante le hundió los músculos de su muslo derecho, amarrándolos desde la parte posterior de la rodilla hasta la nalga derecha.

 No pudo seguir, tuvo que detenerse, apoyándose en el brazo izquierdo y masajeando la pierna con la mano derecha. La posición requería de un gran esfuerzo del lado izquierdo de su cuerpo para equilibrase. Al principio, fue como amasar piedra, gimió suavemente para no alertar a Alejandro y en su boca se dibujó una mueca temblorosa de dolor. Trabajó en los músculos de su pierna hasta que finalmente empezaron a aflojarse. Extendió la pierna todo lo que pudo, esperando que el calambre regresara, pero no lo hizo. Decidió avanzar con precaución, se dispuso a mover la segunda piedra, esta vez lo logró en el primer intento, siguió con la tercera.

_ ¡Laura, habla conmigo!

Era la voz preocupada de Alejandro desde la entrada al sótano.

_Estoy bien, pero es difícil seguir, me tomará algún tiempo recorrer esto.

_Está bien, pero al menor indicio de algo extraño, sales de inmediato_ dijo.

_Está bien_ gritó ella, cada palabra era un suplicio porque necesitaba utilizar más oxigeno del que tenía.

La realidad era, que no tenía idea de como diablos saldría si llegaba a estar en problemas, pero no pensaba decírselo a Alejandro. Cuando John hizo aquel mismo recorrido jalando el cadáver de su esposa, el sótano se extendía por completo de bajo de la casa, en cambio con los años lo habían convertido en un estrecho pasaje. Inhaló profundamente procurando llenar sus pulmones de aire mientras intentaba convencerse a sí misma de que hallaría la forma de salir.

Siguió avanzando lentamente, arrastrándose, como si se tratara de un niño que empezaba a gatear. Sus brazos se resistían a seguir sosteniéndola, le temblaban un poco, pero estaba casi segura de que, si seguía así por más de diez minutos, colapsaría. Cada vez que movía sus rodillas, sentía un agonizante dolor que subía por su pierna, seguía por su espalda, hasta llegar a su tenso cuello.

Un poco más adelante, se encontró frente a frente con una enorme rata gris y peluda. No pudo evitar emitir un grito ahogado que sobresaltó al abogado quien estuvo a punto de caer de cabeza por la entrada del sótano cuando intentó ver dentro. Tener a un animal tan cerca, en un espacio tan reducido, sin probabilidades de escape, era una terrible experiencia.

_ ¡Laura! _ gritó asustado mientras su corazón daba un vuelco y volvía a latir, solo que esta vez lo hacía aceleradamente.

_ ¡Estoy bien! ¡Solo ha sido una enorme rata! _ gritó entre jadeos.

_ ¡Ten cuidado! _ gritó a su vez el abogado.

Laura estuvo equivocada al pensar que a casi cuatro mil metros de altura no encontraría roedores. Suspiró aliviada al comprobar que la rata había huido internándose entre la maraña de caños.

 Se sentía cada vez más cansada. El aire no solo se había vuelto más pesado y húmedo, sino que también caliente contra toda lógica. Sudaba profusamente lo que hacía que se le pegara a la piel como una capa grasienta. Se sostuvo con el brazo izquierdo y se pasó el guante por la frente para despejar el pelo húmedo, esta vez con sumo cuidado para no volver a lastimarse. Volvió a dirigir la linterna hacia el estrecho pasillo que tenía por delante y divisó un bulto bastante grande a unos dos metros de distancia. No tenía idea bajo que parte de la casa se hallaba y después de todo qué importancia tenía.

 Las rodillas le dolían al igual que los codos, era un dolor lacerante, intenso, pero aún soportable, no obstante, sabía que la piel estaba en carne viva y a punto de sangrar. La delgada tela de su pantalón no le servía mucho de protección. Avanzó lo más deprisa que pudo, tratando de no aspirar demasiado aire, lo necesitaría para su regreso. A medida que se acercaba al bulto, su cuerpo parecía pesar más, los brazos y las piernas parecían soportar el doble de su peso, por lo cual avanzaba mucho más lento de lo que hubiese querido.

Al fin estuvo frente a un bulto amarrado, estaba envuelto en una sábana que alguna vez fue blanca y que ahora presentaba manchas marrones, debido a los años en que había estado sometido a la acción de la naturaleza. Trató de sentarse para poder examinar el paquete, pero era imposible, el espacio no era suficiente. Decidió abrirlo, pero solo podía hacer uso de una mano. La correa estaba gastada, el tiempo y la naturaleza la habían desgastado, por lo que fue fácil abrirlo. Introdujo la mano derecha debajo de la sábana, y descubrió el bulto lo mejor que pudo. A pesar de la certeza que tenía de su contenido, se sobresaltó al ver un pie torcido en una horrenda posición. La piel estaba seca y retraída, pegada al esqueleto, casi momificada. La cruda realidad que quedó al descubierto, la dejó sintiéndose asqueada y aterrorizada. El misterio que la había envuelto como una densa niebla, empezaba a despejarse, pero descubrió que no la hacía sentirse mejor, por el contrario, volvió a preguntarse porque la habían escogido a ella para que hiciera tan macabro descubrimiento.

De pronto, sintió un estallido ahogado de dolor en la espalda que la hizo gritar, fue como si alguien la golpeara con un martillo en la columna. Su corazón se disparó, trató de introducir aire a sus pulmones, oyó un agudo sonido que salía de su boca, era el sonido del aire que entraba por su garganta y luego salía de nuevo en una serie de pequeños y efervescentes jadeos, pero eso no cambiaba la sensación de que se estaba asfixiando.

El dolor en la espalda era tan fuerte, que le restó importancia al problema de la respiración. El dolor parecía tragarla viva, como cuando una boa constrictora tragaba a una de sus presas. No recordaba haber sufrido un dolor tan profundo como el dolor que ahora estaba sintiendo. Ni siquiera cuando tenía quince años y había salido por el campo en bicicleta. Un alce se le cruzó en frente, trató de desviarlo chocando contra un árbol, sufriendo una fractura expuesta del brazo izquierdo que no recibió atención médica inmediata. Tuvo que regresar a casa caminando, porque la rueda delantera de su bicicleta quedó inutilizada. Tardó dos horas en llegar, el brazo se había inflamado casi al doble de su tamaño, el dolor era terrible, el hueso sobresalía a través de la piel y cada leve movimiento que daba era un suplicio. Pero esto era peor.

 Cerró los ojos y resopló varias veces esperando que el dolor remitiera.

_¡¡Laura!!_ gritó Alejandro al oírla quejándose de dolor.

El abogado intentó definir de donde provenía la voz de Laura, se percató que la psicóloga había logrado moverse varios metros desde la entrada, había salido de la habitación y estaba ahora debajo del comedor.

_¡¡Laura!!_ gritó de nuevo al no recibir respuesta.

_Estoy… bien_ respondió entre jadeos.

En realidad, no lo estaba, se concentraba en su respiración y en mantener la cabeza levantada. Su pie izquierdo chocó con un tubo, sintió un terrible dolor que luego se convirtió en un calambre que tardó unos segundos en desaparecer. El corazón se le aceleró de nuevo al igual que la respiración. Sus pulmones respiraban con dificultad, cuando se llenaban le producían un dolor agudo y al expirar producían un sonido ahogado. Arriba, Alejandro hacía crujir sus dedos en forma nerviosa, se oían como las bisagras de una vieja puerta que no se ha abierto en mucho tiempo. Sentía que el corazón le latía en la garganta en lugar de en el pecho. Estaba desesperado por que ella saliera de aquella tumba.

 Mientras tanto, la situación de Laura iba empeorando, sentía una creciente explosión de calor en la espalda, parecida a una bola de fuego. El aire había disminuido tanto y estaba a punto de perder la conciencia. Se esforzaba al máximo por introducir algo de aire a los pulmones, aspiraba con la boca abierta, la visión se le había nublado por completo. Hizo un último esfuerzo desesperado y golpeó la madera sobre su cabeza con uno de sus puños. Alejandro se puso de rodillas, intentando determinar con exactitud el lugar en el que ella se encontraba. Oyó otro golpe, esta vez muy débil. Desesperado, hizo a un lado un par de sillas que cayeron al suelo, empujó con fuerza la mesa que fue a dar contra el armario. Retiró la alfombra que cubría el piso con movimientos de creciente angustia, tomó la pala y con ella hizo palanca contra una de las maderas del piso, pero no logró que se moviera. Levantó la pala sobre sus hombros y la estrelló contra la madera con una fuerza extraordinaria de la que no tenía idea de que fuera capaz. La angustia y la desesperación llenaban su sangre, que circulaba violentamente a través de sus venas. La madera cedió unos centímetros, retiró la pala y la volvió a estrellar contra la madera por tercera vez, haciendo palanca con la pierna derecha. Con un crujido grave, los clavos de la madera cedieron dejando un pequeño espacio en donde introdujo ambas manos. Levantó la madera con un esfuerzo asombroso, haciendo que se partiera en dos. Divisó la parte inferior del cuerpo de Laura. El torso y la cabeza aun se encontraban debajo del piso. Volvió a hacer palanca contra la madera, esta vez las cosas fueron más fáciles y enseguida retiraba el piso que cubría la parte superior del cuerpo de la psicóloga. Hizo la pala a un lado y se arrodilló junto a ella.

_¡¡Laura!! ¡Háblame por favor! _ gritó desesperado.

La psicóloga seguía sin moverse y sin responder. Alejandro la tomó en brazos y la situó de espaldas sobre el piso. Tenía el rostro violáceo, y no estaba respirando. Le levantó la barbilla, le separó los labios y se aseguró de que nada obstruyera la tráquea. Acercó sus labios a los de Laura para darle respiración boca a boca. Apretó su nariz y sopló dentro de su boca. Se había preguntado más de una vez en cómo sería besarla, pero jamás imaginó una situación como aquella.

Se separó de ella, situó sus manos sobre el esternón y aplicó compresiones fuertes y rápidas sobre su pecho. Volvió a darle respiración boca a boca y se detuvo a observarla.

_ ¡Vamos preciosa, puedes hacerlo! _ dijo y siguió con las compresiones, luego con la respiración.

Alejandro entró en pánico, creyó que la perdería, las lágrimas de desesperación empezaron a anegarle los ojos y le nublaban la vista. Se detuvo solo unos segundos para limpiarse los ojos y luego se inclinó de nuevo sobre ella para darle respiración. Antes de que volviera a hacerlo, Laura tosió un par de veces y sus pulmones volvieron a funcionar. El sonido agudo de los pulmones en actividad supuso para Alejandro la mejor melodía del mundo. Laura abrió los ojos poco después, estaba algo confundida y bastante conmocionada, pero al ver a Alejandro le sonrió lo mejor que pudo. Tenía la ropa mugrienta, algo embarrada. El pantalón roto a la altura de las rodillas, la izquierda le sangraba levemente. El rostro magullado y sudoroso. El cabello apelmazado y sucio. Pero para Alejandro era la visión más hermosa que había visto en mucho tiempo. Laura observó a su alrededor con los ojos aturdidos de un minero que, al contrario, a todas las predicciones, sobrevivió a un terrible derrumbe.

_Te debo mi vida_ dijo ella_ en un susurro.

_No debí dejar que bajas_ contestó con ojos acongojados.

Ella volvió a sonreír y levantó la mano derecha acariciando la mejilla sudorosa de Alejandro.

_Gracias_ dijo ella.

Alejandro la examinó con detenimiento, primero las rodillas, luego los codos y por último las magulladuras en la mejilla izquierda. Le acarició el rostro con ternura y Laura se hundió en la mirada del abogado.

_No debiste hacerlo, no debí dejarte hacerlo_ dijo afligido.

Ella le sonrió con dulzura.

_Estoy bien, voy a estar bien, lo encontré Alejandro, encontré el cuerpo_ contestó.

_Debo llevarte al hospital_ dijo él levantándola en brazos sin prestar atención a lo que ella había dicho, lo último que le importaba ahora era el cuerpo de una mujer muerta hace siete décadas.

Laura rodeó el cuello del abogado con sus brazos en una respuesta casi instantánea.

_No necesito ir al hospital_ se apresuró a decir_ estoy bien puedo caminar.

_ ¡Claro que necesitas ir al hospital! _ dijo consternado mientras caminaba con grandes pasos rumbo a la puerta.

_Por favor, Alejandro, no quiero ir al hospital_ dijo con firmeza.

Alejandro se detuvo antes de llegar a la puerta y la observó con atención, tenía el ceño fruncido, la miraba angustiada y apesadumbrada.

_Por favor, no puedo ir al hospital, debo sacar el cadáver de aquí.

_Ha estado allí por más de setenta años, puede seguir allí un tiempo más, tu necesitas que te curen esas heridas.

_Puedo curármelas yo misma. Ahora tenemos que llamar a la policía_ dijo decidida.

Alejandro suspiró frustrado, cuando a Laura se le metía algo en la cabeza, no había forma de hacerla cambiar de opinión, pero esta vez, Alejandro no cedió.

_Te llevaré a casa entonces, curaré tus heridas y luego decidiremos cual será nuestro siguiente paso_ dijo muy serio.

Laura trató de protestar, pero el abogado la interrumpió de inmediato.

_No quiero discutir contigo, por favor, solo has lo que te pido_ le dijo con ojos serios y preocupados que desarmaron a la psicóloga.

 Laura asintió sin decir más.

Alejandro la sacó de la casa, cuando estuvieron fuera, Laura levantó la mirada al cielo desde los brazos del abogado y observó el descolorido azul del cielo, las nubes habían desaparecido durante el tiempo en el que estuvo en aquel sótano, y el día estaba ahora luminoso y cálido. Alejandro bajó la mirada hacia la mujer que sostenía en brazos y pudo ver su rostro húmedo de sudor y lágrimas agradecidas. Laura pensó que nunca había respirado un aire tan dulce en toda su vida.

Destacada

CASA 110 (Parte 6)

Las señales

I

Laura no podía dormir pensando en los descubrimientos de Alejandro, le parecía increíble todo lo que estaba desvelando. La idea más lógica era pensar que John había tenido que ver con la muerte de Kuntur y que tal vez su esposa sabía al respecto y por eso se encontraba tan angustiada, por lo que tuvieron que recetarle barbitúricos. Sacudió la cabeza en la oscuridad de la noche. Todo aquello era una locura y sin embargo ella había experimentado algo sobrenatural, pero a la vez tan real. Intentó de recordar los detalles de lo que Melinda le había confiado. Le habló de la presencia de un jovencito en el hospital. Mencionó que le había hablado, pero Laura no recordaba muy bien los detalles.

_John tiene la culpa_ dijo en voz alta y su voz retumbó en la habitación.

Sí, ahora lo recordaba, Melinda le había mencionado que la aparición dijo “John tiene la culpa”. Era demasiada coincidencia para no estar relacionado. Trataba de ordenar mentalmente las piezas del rompecabezas. Se removió inquieta en la cama y se pasó la mano por el rostro incrédula. Se sentía sobrecogida.

_Me estoy volviendo loca_ dijo _ ¿cómo puedo estar pensando en espectros y apariciones? Y lo peor del caso es que estoy arrastrando a Alejandro en esto.

Alejandro, sonrió al pensar en él, los sentimientos que albergaba por el abogado sí que eran reales pensó, aunque no le gustara admitirlo. No tenía caso seguirse mintiendo a si misma. Siempre había pensado que después de su divorcio, permanecería sola. Se había casado enamorada, pero la relación con su exesposo no había llegado a buen puerto. Siguió enamorada de él, años después de que se divorciaran. De aquello había pasado mucho tiempo, ya no lo amaba, al menos eso creía. Suspiró resignada, no quería arruinar las cosas con Alejandro, pero se le hacía cada vez más difícil ocultar sus sentimientos por él. Pensó que el abogado correspondía a sus sentimientos, pero no estaba segura de que tan profundos eran aquellos sentimientos, y tampoco quería intentar nada con él porque si no funcionaba, se odiaría a si misma por haber arruinado aquella maravillosa amistad que compartían. El último pensamiento coherente que tuvo antes de quedarse dormida, fue para el abogado.

II

Despertó sobresaltada cuando el televisor se encendió de repente. El volumen estaba muy alto y los canales saltaba de uno a otro como si algún espectador aburrido estuviera haciendo zapping. Se levantó de un salto y trató de entender que era lo que sucedía. Buscó el control remoto y apretó el botón de apagado. El televisor seguía su rauda carrera de canal en canal. Se sorprendió avanzando lentamente hacia el aparato, expectante y con el rostro perplejo. De pronto, el televisor se detuvo en un canal. Era solo una imagen, Laura la reconoció de inmediato, era el de un antiguo talk show, el de la Doctora Laura Bozzo. En la pared, detrás de la conductora se leía la palabra LAURA. Su corazón dio un vuelco, y luego empezó una marcha alocada. Los canales volvieron a sucederse uno tras otro por unos segundos que a Laura le parecieron eternos, las imágenes en el televisor se mezclaban, como cartas barajadas por las manos invisibles de un crupier. El televisor se detuvo de nuevo en la imagen con el nombre LAURA. Segundos después, los canales volvieron a pasar uno tras otro, esta vez, la psicóloga observó un niño llorando, un programa de cocina, un hombre dando las noticias, pensó que era Fernando del Rincón de la CCN en español, hasta que se detuvo. La imagen era la de Ringo Starr tocando la batería, la canción HELP sonó de inmediato y la palabra HELP apareció en la pantalla coloreada de rojo con ribetes azules. Laura observó con cara de desconcierto, como los canales volvían a sucederse uno de tras de otro. Vio a Tom correr detrás de Jerry, de inmediato saltó a Jorge el curioso observando por un binocular. Luego, Lady Gaga cantando algo que no supo identificar y de nuevo se detuvo. Era el presidente Kennedy diciendo: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que puedes hacer por tu país.” Laura frunció el ceño confundida, trataba de entender que era lo que estaba pasando. Los canales corrieron uno detrás de otro de nuevo, se detuvieron en la imagen del talk show, luego saltó a la canción de los Beatles, luego al discurso de John F Kennedy. Laura emitió un gemido de asombro, de pronto lo supo con súbita y alarmante claridad, era un mensaje. Los canales volvieron a sucederse aceleradamente, Laura no prestó atención a las imágenes que relevaban una tras otra frente a sus ojos, esperó a que se detuvieran. Cuando lo hizo la palabra “IS” en color amarillo fosforescente abarcó toda la pantalla. Los canales volvieron a sucederse uno tras otro.

_Laura, John is…_ dijo la psicóloga con voz temblorosa y los ojos abiertos como platos.

El televisor se detuvo de nuevo y Laura observó el tráiler de la película THE GUILTY con Jake Gyllenhaal.

_Laura, John is guilty_ dijo y se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de desesperación. Su cara era de quien no da crédito a sus ojos.

En ese momento, el televisor se apagó, como si comprendiera que el mensaje había sido entregado al destinatario. Laura retrocedió de espaldas y se topó con la cama, se sentó en ella perpleja e incrédula. Alejandro tenía razón, John Willians tenía algo que ver con lo que estaba sucediendo. Estaba asustada, no sabía en que se estaba metiendo, pero quisiera o no, aquella fuerza sobrenatural la inducía a participar en lo que fuera que estaba ocurriendo.

Se levantó de la cama minutos después, caminó con pasos lentos hasta el closet, su mente en cambio corría como una locomotora a vapor. Se puso el abrigo sobre los pijamas y se dirigió a la casa de Alejandro. Al salir al jardín sintió que una gota le recorría la frente. Llevó una mano a su rostro, tenía la frente perlada de sudor a pesar de que afuera hacía cuatro grados bajo cero y que el agua del aspersor se había congelado formando largas agujas de hielo. Caminó de prisa, su rostro estaba decidido, casi severo. Su paso era ligero y su mente se hacía más lucida al sentir el aire fresco sobre su rostro. Cuando estuvo frente a la puerta del abogado, tocó con fuerza, su corazón aún latía con rapidez.

Alejandro se levantó sobresaltado de la cama al oír que golpeaban insistentemente a su puerta, el primer pensamiento coherente que tuvo fue que a Laura le había sucedido algo grave. Cuando llegó a la puerta y encendió la luz, Andy se encontraba rascando la puerta y ladrando sin descanso.

Laura observó el rostro preocupado del abogado e intentó esbozar una sonrisa para tranquilizarlo. Apenas entró, se dedicó a reconocerla con detenimiento.

_ ¿Estás bien? ¿Qué sucedió? ¿Quieres sentarte? _ prorrumpió en preguntas mientras llevaba una mano al rostro gélido de Laura.

_Estoy bien_ contestó ella.

Se sentaron en la sala y Laura le narró el extraño acontecimiento mientras él sostenía una de sus manos y la observaba con la boca abierta en una mezcla de incredulidad y asombro.

_Es difícil de asimilar y de comprender_ dijo él al fin.

_ Lo sé_ dijo la psicóloga con una mirada confusa, reflexiva y algo nerviosa.

Alejandro le frotó suavemente la espada, la calidez de su mano hizo más para calmar el nerviosismo de Laura, que cualquier cosa que él pudiera haber dicho. Lo miró a los ojos buscando ver en ellos, algo que le dijera lo que pasaba en ese momento por su mente.

_Sé que es difícil de creer, pienso que un día de estos me dirás que estoy loca y que ya no quieres nada conmigo_ dijo con una sonrisa nerviosa y algo triste.

_No digas eso, no estás loca, sé que esto no tiene una explicación lógica, pero sé que pasa algo extraño_ dijo.

Su mano volvía a descansar en la espalda de Laura reconfortándola.

_No voy a dejarte sola con esto_ dijo con firmeza.

Laura suspiró y recostó su rostro en el hombro de Alejandro. Nunca antes habían estado tan cerca y ambos agradecieron aquel gesto de intimidad.

Alejandro la acompañó hasta su casa y se aseguró de que estuviera bien antes de desandar el camino recorrido. Los faroles de la calle se apagaron unos segundos y el abogado hizo un esfuerzo por escrudiñar la noche, segundos después los faroles se volvieron a encender.

_Solo ha sido un apagón_ se dijo a si mismo, pero eso no evitó que volteara sobre sus talones y observara la casa de Laura, ella le sonrió desde la ventana y lo saludó con la mano.

Alejandro hizo lo mismo, antes de retomar el camino a su casa.

III

_No me siento muy bien sabiendo que pasas otro sábado metido en este sótano_ dijo Laura algo avergonzada, mientras daba buena cuenta del sándwich que había traído desde su casa.

 Alejandro caminaba con una ruma de papeles amarillentos entre sus brazos, que le llegaban hasta el pecho.

_No te preocupes, esto me intriga y quiero llegar al meollo del asunto_ dijo el abogado mientras dejaba la pila de documentos sobre un desvencijado escritorio que tal vez llevaba en aquel sótano más de medio siglo.

_Podrías estar en Lima pasando un día agradable con tu familia o con alguien más_ dijo ella removiéndose inquieta en su asiento, su voz sonó algo vacilante.

No le agradaba pensar que el abogado pasara el sábado con alguien más pero no podía decirle eso. Alejandro se sentó frente al montón de papeles y empezó a hojearlos uno por uno.

_No quiero pelear con mi padre_ dijo_ y no hay nadie más con quien quiera pasar el sábado_ aclaró mirándola con aquella sonrisa ladeada que a ella le gustaba tanto.

Laura se aclaró la garganta, se sentía algo incómoda cuando él le hablaba de esa forma, pero a la vez le gustaba, se sentía bien saber que Alejandro prefería estar con ella en un sótano abandonado con una cantidad incalculable de documentos amarillentos y mohosos, que con alguna despampanante mujer en algún bar de Lima.

_ ¿Recuerdas alguna cosa que Melinda te haya mencionado con respecto al niño que vio en el hospital? _ preguntó Alejandro y la sacó de sus cavilaciones.

_He estado pensando mucho al respecto últimamente, incluso en los detalles sobre lo que vio en la casa, pero no recuerdo muy bien, es como si tuviera un velo frente a mi rostro y viera las cosas en forma difusa. Me parece extraño, porque ella me contó todo con lujo de detalles. Cuanto más lo intento, menos recuerdo. Es como si algo impidiera que recuerde con claridad.

Alejandro se quedó sopesando las palabras de Laura por unos segundos. Luego, dedicó su atención a unos documentos que tenía en un folder. Se detuvo en el historial médico del chico muerto.

_Este jovencito Kuntur Huamán, es la clave de todo_ dijo tamborileando el escritorio con el dedo índice.

_ ¿Qué te hace estar tan seguro? _ preguntó Laura.

Alejandro sonrió y sacudió la cabeza suspirando.

_ No lo sé, es solo un presentimiento, hay anotaciones a mano en su expediente médico.

_Creo que estás obsesionado con los apuntes a mano que has encontrado_ dijo Laura con una sonrisa algo divertida antes de darle otro mordisco a su sándwich.

_ En realidad, el encargado de este archivo estaba obsesionado con todo esto, trabajó aquí por casi cincuenta años.

_ ¿Te tomaste la molestia de investigar al encargado de archivos? _ preguntó incrédula.

_Tenía que hacerlo para entender todo esto. Mira, el hombre trabajó aquí desde muy joven, entró como ayudante y terminó siendo el encardado. Tenía a su disposición información de cada una de las personas que trabajó aquí, su historia médica, su información personal, si tenían cargos policiales, problemas judiciales, todo, lo único que le faltaba saber es que comían y a qué hora se bañaban. Sabía todo, le gustaba investigar y creo que le encantaba resolver conspiraciones en su tiempo libre.

Laura observaba con seriedad a Alejandro, pensó que el abogado se estaba tomando las cosas muy en serio y no podía estar más agradecida por ello.

_ ¿Cómo se llamaba? _ preguntó Laura.

_ ¿Quien?

_El investigador encargado de archivos_ preguntó_ si nos está ayudando debemos saber al menos su nombre.

_Cesar Arias_ dijo Alejandro_ murió en el año dos mil dos. Trabajó aquí hasta mil novecientos ochenta y siete.

_Muy bien, dame más detalles de las actividades de Cesar_ dijo Laura.

_Mira, aquí en el expediente médico del chico, Cesar escribió algo interesante_ explicó mientras le acercaba unos papeles a la psicóloga.

Laura tomó el documento que sostenía Alejandro y leyó: “Niño probablemente asesinado por algún empleado del complejo”

_ ¡Vaya! No se iba por las ramas, ¿pero que le hizo pensar eso?

_Aquí_ dijo señalando otro de los papeles_ en este documento policial dice que fue John Willians el que lo encontró, cerca de su casa, bajando la colina a orillas del río. Esa zona se llama Tortilla. Estuve por allí la semana pasada paseando con Andy. El lugar está lleno de piedras que arrastra el río. Imagino que sería igual hace setenta años atrás.

Laura asintió y se quedó pensativa por unos segundos.

_ ¿Crees que el que lo mató utilizó alguna piedra del rio para golpearlo?

_Creo que sí, y además creo que Cesar también lo creía.

_Tal vez debería ir a dar una vuelta por la zona_ dijo Laura.

_ ¿Crees que puedas sentir o ver algo si estás ahí? ¿Crees que puedas verlo?

_No lo sé, es solo una idea_ dijo la psicóloga.

_Pero nunca has visto al chico, ¿no es así?

_No, nunca, solo el rostro de aquella mujer.

Alejandro se quedó en silencio por unos momentos.

_ ¿La recordarías si la vieras? En una fotografía quiero decir_ preguntó luego.

_ ¡¿Tienes una fotografía de la mujer de Williams?! _ preguntó sorprendida.

_ La tengo_ dijo Alejandro un tanto receloso.

_ ¡Muéstramela! ¿Por qué no me lo dijiste antes? _ preguntó algo desconcertada.

_Temía que te afectara_ dijo preocupado.

Laura lo miró con ternura, sintió un pequeño cosquilleo en el corazón, se sentía tan bien tener a alguien que se preocupara por ella.

_Te lo agradezco_ dijo_ pero estaré bien.

Alejandro se quedó en silencio unos segundos mirándola fijamente a los ojos, pensando si sería lo correcto.

_Está bien_ dijo al fin_ esto es lo que haremos, pondré sobre el escritorio cinco fotografías, una de ellas pertenece a Linda Williams_ dijo haciendo a un lado los documentos que tenía regado sobre la mesa y colocando las fotografías una al lado de la otra.

Laura se acercó al escritorio y observó las fotografías tomándose su tiempo. Todas las mujeres eran caucásicas muy parecidas entre sí. Tomó la primera y la observó por unos segundos. La mujer en la fotografía era delgada y alta, tal como recordaba a la mujer de la aparición, pero usaba el pelo más corto. Su mirada era alegre y confiada, no, definitivamente no se trataba de la mujer que había visto. Dejó la fotografía en donde la encontró, con el resto de los retratos. Repitió el procedimiento con la segunda. No se detuvo mucho tiempo en observarla, esta mujer, no tenía la estatura ni el peso adecuado, pensó, y dejó la fotografía sobre la mesa de inmediato. Cuando tomó la tercera su rostro se transformó.

_¡¡Es ella!! ¡Es la mujer que vi en casa de Melinda!

La mirada de la mujer era la misma, los ojos tristes y atribulados, tenía los labios dibujados en una fina línea.

_Tomate tu tiempo, no has visto siquiera las otras dos que quedan.

_No hace falta, ¡Es ella! _ dijo con los ojos abiertos y exaltados.

Alejandro suspiró pesadamente antes de confirmarle a Laura que tenía razón.

_No sé que pensar, todo esto es una locura_ dijo ella pasmada.

_Tomemos las cosas con calma, nos estamos acercando a algo que no tiene precedentes, debemos ir despacio.

Laura asintió, pero, aunque quiso estar de acuerdo con él, se sentía exaltada, confusa y desesperada por saber que diablos estaba pasando y porque le ocurría a ella.

_ ¿Qué te parece si vamos al río después de que terminemos aquí? _ preguntó el abogado.

_Me parece bien_ contestó ella, pensó que lo mejor sería dejar que Alejandro llevara la investigación a su manera. Ella no se encontraba en condiciones de hacerlo

IV

Faltaba poco más de una hora para el atardecer cuando salieron del sótano y se dirigieron en dirección al Toyota aparcado frente a las oficinas. Laura había estado muy callada el resto de la tarde, sumida en sus pensamientos. Alejandro no quiso obligarla a hablar, por lo que no la presionó. Ahora, dentro del vehículo, rumbo a Tortilla, intentó entablar algún tipo de comunicación con ella. Necesitaba saber si se encontraba bien.

_ ¿Estás segura de que quieres ir al río? Puedo hacerlo yo solo si te parece mejor.

Laura lo observó detenidamente, lo vio algo cansado y preocupado.

_Estoy bien Alejandro, no te preocupes_ respondió dedicándole una sonrisa relajada. _ Quiero entender porque veo estas apariciones, y por qué Melinda las veía, que fue lo que ocasionó su muerte, estoy segura de que el ataque no fue casual. Estoy segura de que alguna de esas apariciones le causó el ataque.

Alejandro suspiró con desasosiego, temía por ella y se sentía impotente porque no podía hacer más por Laura de lo que estaba haciendo.

_Lo sé yo también he pensado en ello, pero no sé qué responderte.

Laura descansó una mano sobre el brazo de Alejandro y se lo apretó con suavidad, tratando de confortarlo.

_Alejandro no te preocupes tanto, has hecho mucho por mí.

El abogado la miró a los ojos antes de hablar.

_ No hago lo suficiente y no quiero que te suceda nada. No podría vivir con ello.

_Alejandro, nada de esto es tu culpa, si llegara a sucederme algo, no tendrías nada que ver con ello.

El abogado le dedicó una sonrisa de angustia.

_Es fácil decirlo, pero no de aceptarlo. No podría vivir en paz si algo te sucediera.

Laura lo observó conmovida pero no supo que decir, hicieron el resto del camino en silencio, para ambos era difícil exteriorizar lo que sentían. El Corolla celeste, enfiló la serpenteante carretera mientras el sol entregaba sus últimos rayos brillantes y rojizos. No había una sola nube en el cielo que interrumpiera el espectáculo. Las laderas de las montañas que circundaban la carretera se cubrían con pinceladas amarillas mientras el sol descendía. El Toyota cruzó el puente y bajó la colina. El viento arrullaba las copas del cinturón de cipreses. Laura levantó los ojos y los últimos rayos del día se colaron entre las hojas formando círculos de luz entre la nube verdosa que se levantaba por encima del automóvil.

Alejandro se detuvo a unos metros del río, se apearon lentamente y observaron como el sol desaparecía detrás de una montaña. El frío tomó su lugar de inmediato. El abogado señaló un lugar a su izquierda y caminaron con pasos lentos.

_Según el informe, este es el lugar en donde lo encontraron_ dijo.

Laura dirigió su mirada primero a su derecha y luego a su izquierda, haciendo un esfuerzo por escudriñar todo a su alrededor. El río corría a pocos metros de donde se encontraban. Las gaviotas andinas que habían estado reposando sobre las rocas levantaron el vuelo para ponerse a resguardo de las bajas temperaturas. Por donde se miraba, se observaba gran cantidad de rocas de diversos tamaños, la mayoría de ellas, cantos rodados, pero también una serie de rocas pesadas y de buen tamaño. Alejandro tendió su mano para que Laura se sujetara y se internaron lentamente en dirección al agua. No solo se hacía difícil avanzar por la infinidad de rocas esparcidas por el suelo, sino también por lo resbaladizas que estaban. Caminaban tanteando el terreno. Alejandro era mucho más alto que Laura por lo que sus pasos eran largos y seguros. Laura dio un paso largo y decidido y se deslizó tambaleándose. Emitió un gritito de sorpresa. Alejandro la sostuvo entre sus brazos de inmediato para evitar que cayera.

_Despacio, no quiero que termines en el agua_ dijo con aquella sonrisa ladeada.

Sus rostros estaban muy cerca y se miraron con intensidad a los ojos. La cercanía era agradable, pero a la vez extraña e inquietante.

_Es exactamente aquí donde lo encontraron. Tenía la cabeza destrozada. La sangre había manchado su ropa desde el hombro hasta el pecho. Estaba boca arriba con los ojos desorbitados mirando al cielo y la boca entreabierta, como si hubiera dejado de respirar poco antes de pedir auxilio.

_ Esa es una imagen increíblemente aterra…_ dijo y dejó la frase inconclusa.

Su expresión cambió por completo, había estado oyendo las explicaciones de Alejandro con suma atención, pero sus ojos inquisitivos se transformaron dando lugar al pánico. Experimentó una especie de terror mezclado con desconcierto y la sensación de que el tiempo de algún modo, se había extrañamente detenido como un chirriar de frenos. En realidad, pensó que retrocedió en el tiempo. Perdió la noción de todo a su alrededor, ya no veía a Alejandro, y la lenta oscuridad que empezaba a cubrir todo con su manto oscuro, dio paso a una mañana lluviosa y fría. Laura podía sentir el agua escurriéndose por su cuerpo, el cabello se le pegaba al rostro empapado, tiritaba de frío. Se observó las manos rojas y heladas, trató de calentárselas frotándolas una con otra, pero pensó que aquellas no eran sus manos, sino las de alguien más. La ropa que usaba, tampoco era suya, llevaba puesto un vestido blanco, manchado de barro. Caminó con pasos firmes hacia la orilla y allí vio el cadáver de Kurtun, tal y como Alejandro se lo había descrito, estaba totalmente empapado como ella y la mueca en su rostro era aterradora. Tenía las piernas extendidas, el brazo derecho cruzado sobre su pecho y el izquierdo a un lado de su cuerpo. La sangre de la herida en la cabeza había formado un charco a su alrededor y empezaba a fluir hacia el rio. Se llevó una mano a la boca para evitar emitir un grito de desesperación, sintió profunda repulsión y espanto. Su respiración se agitó y su corazón latía con tanta fuerza que pensó que se podía detener en cualquier momento. Se puso rígida, quería apartarse, pero no podía moverse, estaba paralizada por el aterrador espectáculo. A lo lejos oyó que alguien la llamaba, pero estaba tan absorta en lo que estaba viendo que no prestó atención.

_ ¡Laura! ¡Laura, despierta! _ dijo Alejandro y la sacudió de los hombros con fuerza.

La psicóloga salió del trance en el que se encontraba, los ojos vidriosos que habían desesperado a Alejandro volvieron a cobrar vida y con ello le regresó el alma al abogado.

_ ¿Qué, ¿qué fue lo que paso? _ preguntó ella bastante aturdida, profiriendo un suspiro desconsolado.

Era la viva imagen de la desorientación y el miedo.

_No lo sé, un instante estabas hablando y en el siguiente te quedaste petrificada, sumida en un estado casi catatónico. Será mejor que salgamos de aquí_ dijo Alejandro y la ayudó a regresar al Toyota sosteniéndola contra su cuerpo.

_ ¡Alejandro, lo vi! _ dijo luego de unos minutos, tiempo que necesitó para asumir lo que había experimentado_ fue mucho peor de como lo describiste_ dijo con la voz ahogada.

_ Creo que esto no fue una buena idea_ dijo angustiado_ jamás debí sugerir que vinieras.

Laura se detuvo obligando a Alejandro a hacer lo mismo.

_ No, fue lo correcto, ahora sabemos que la muerte del chico tiene algo que ver con los Willians.

_ ¿Qué fue lo que viste? _ preguntó preocupado.

_Estaba aquí pero no en nuestro ahora, fue como si regresara en el tiempo, era este lugar, pero en otra época, era de día y llovía mucho, estaba empapada de pies a cabeza, caminé hacia la orilla y vi el cadáver del chico. Fue una escena aterradora. Era como si mi cuerpo no me perteneciera, como si hubiese estado metida en el cuerpo de alguien más.

_ ¿A qué te refieres? _ preguntó Alejandro bastante consternado.

_ No se como explicarlo, fue una sensación bastante inquietante, pero no tuve tiempo para pensarlo, de inmediato vi al chico.

_Vamos, sube al vehículo, voy a llevarte a tu casa, estás helada_ dijo.

En aquel momento, Laura se percató de que se estremecía, tiritaba. de lo que no estaba segura era de si se debía al frío o al miedo que sentía.

V

Habían pasado una par de horas desde que Alejandro regresó a su casa, luego de que discutieran una y otra vez lo que Laura había experimentado en aquella aterradora visión. A pesar de que estaba cansada, no podía dormir, ya pasaba de la media noche, por lo que decidió tomarse una pastilla que la ayudara. Se levantó renuente, tenía frío y sabía que la cocina lo estaría aún más. No encendió las luces, la casa estaba en penumbras, la luz del farol que ingresaba a través de las ventanas de la casa la iluminaba tenuemente. Caminó descalza sobre la mullida alfombra, pero cuando llegó a la cocina, sintió el frío subiendo a través de sus pies. Se apresuró en llevarse la pastilla a la boca y pasarla con un poco de agua. Observó a través de la ventana en dirección a la casa de Alejandro, todo estaba a oscuras, probablemente estaría durmiendo, pensó. Suspiró, él estaba tan cerca, pero a la vez tan lejos. Se sentía cada vez más atraída hacia él, pero estaba decidida a no dar rienda suelta a sus sentimientos. No deseaba que las cosas salieran mal entre ellos y terminara destruyendo la amistad que tenían.

Sonrió para sí misma mientras recordaba el día en que lo había conocido, pensó que por primera vez en su vida sus instintos le jugaron una mala pasada. No le había caído del todo bien cuando lo conoció, pero el abogado resultó ser todo lo opuesto a lo que ella se había imaginado. Alejandro era un hombre atento, amable, asertivo, muy prudente y respetuoso con los demás. Laura lo consideraba, además, generoso y comprometido con su trabajo y las personas que lo necesitaban. Pero no podía olvidar, que era un hombre muy atractivo, sus bellos ojos marrones eran francos y sinceros, su sonrisa ladeada le detenía el corazón, y su cuerpo, debajo de la ropa que usaba dejaba adivinar unos bien desarrollados músculos que parecían puntos de referencias geográficos. Se echó a reír de su ocurrencia sacudiendo la cabeza.

 De pronto, oyó unos sonidos que la sacaron de aquellos pensamientos, pensó sonaron a madera que cruje. Al principio no supo de donde provenía, pero se quedó quieta y en silencio en actitud vigilante. Volvió a oírlo, tres o cuatros crujidos que parecían provenir del piso del comedor. Caminó despacio intentando hacer el menor ruido posible. Se quedó parada en el umbral de la puerta que daba al comedor y aguzó el oído. Lo oyó de nuevo, pensó que eran pasos sobre el piso de madera. Era muy común oírlos por la noche cuando la madera se contraía por el frío, pero prestando mayor atención, pudo comprobar que el sonido era diferente. “No son pasos”, pensó. Sonaba como si alguien estuviera arañando el piso de madera, algo así como cuando Andy arañaba la puerta en busca de atención, pero esta vez estaba segura de que no se trataba del perro de Alejandro. Emitió un sonoro suspiro que no pudo evitar, al parecer, los extraños fenómenos, no pensaban darle tregua, se sentía exhausta y sumamente aturdida, pero no le quedaba más opción que seguir hasta descubrir lo que sucedía.

Los rasguños siguieron, pero parecían cambiar de lugar, como si alguien debajo del piso se arrastrara ayudándose de sus manos sobre la madera. Laura caminó despacio, siguiendo los extraños arañazos hasta la habitación de visitas. Las cortinas estaban corridas y la luz de la luna ingresaba de lleno a través de la ventana. Los sonidos se detuvieron y todo volvió a quedar en silencio.

Laura se quedó parada frente a la puerta del closet perpleja, pensó que los arañazos la habían llevado hasta allí, como queriendo indicarle algo. Sintió de pronto una corriente helada arremolinándose alrededor de sus pies descalzos y en su columna vertebral que la hizo estremecerse. Los inquietantes murmullos volvieron como si alguien acabara de encender algún equipo de sonido. Los oyó detrás de su espalda. Laura volteó sobre sus talones asustada. Tenía los ojos bien abiertos, respiraba con los labios separados intentado que el aire le llegara a los pulmones. El corazón se le había acelerado y latía desbocado. Sintió que el sudor se resbalaba desde su frente y recorría su mejilla derecha. Se secó el rostro con el dorso de la mano y tragó saliva con dificultad.

_” Lauraaa… Lauraa help me” _ dijo una voz susurrante y fantasmal, la misma que Laura había escuchado antes en casa de Melinda.

La psicóloga gimió, empapada y sofocada. Frente a ella, se materializó Linda, la que alguna vez fuera la mujer de Williams. Laura dio un paso atrás instintivamente, mientras que la aparición extendía una de sus manos como si intentara tocar a Laura. Ella dio otro paso atrás, y después otro. Su espalda chocó contra la puerta del closet y ya no tuvo lugar a donde huir. La aparición se acercó despacio y la atravesó, en realidad fue como si se metiera en el cuerpo de Laura dejándola petrificada. Sintió súbitamente, como una fuerza primitiva le atravesaba el cuerpo como si de un fluido se tratara.

 En su mente se agolpaban una tras otra, imágenes horripilantes sin ningún sentido aparente como si un proyector, arrojara las imágenes en su mente al azar. Observó a Linda sonriendo con un vestido blanco muy hermoso, un hombre que creyó era John Williams con una pipa en la boca, Linda con una mueca de terror en el rostro, los ojos desorbitados y el rostro violáceo. Las imágenes siguieron incansables en la mente de Laura, un chico trabajando en el jardín de la casa 110, una gran roca bañada en sangre y lo que parecían ser restos de cuero cabelludo y pelo.

Se sintió aterrorizada, completamente espantada, pero no podía moverse ni emitir sonido alguno. Su corazón no paraba de correr, se le hacía difícil respirar, sus pulmones se esforzaban al máximo, pero no podía introducir suficiente aire en ellos. Pensó que se desmayaría en cualquier momento. El pavor la recorría en oleadas subiéndola cada vez más desenfrenadamente como si la sacudiera. Las imágenes siguieron proyectándose en su cerebro una tras otra, cada vez más rápido que no podía entenderlas, pero antes de que se detuvieran por completo, lo vio, un cadáver enterrado debajo del piso de madera. Fue allí cuando al fin pudo moverse y respirar de nuevo.

 Se llevó una mano al cuello, se había esforzado tanto en respirar que tenía la garganta lacerada y seca. Estaba aturdida, la última imagen había sido muy clara, un cadáver envuelto en sábanas blancas, enterrado en un pequeño sótano debajo de un piso de madera. Bajó la mirada y observó el piso alrededor de sus pies. Acababa de ser una espectadora inocente en tan misterioso episodio. Estaba casi segura de que si cavaba debajo de sus pies encontraría el cadáver de Linda. Se sintió cansada, desanimada tras la terrible experiencia vivida. Creyó que no estaba a la altura de la tarea que ella misma se había encomendado, aunque si lo pensaba mejor, aquella tarea se la había encomendado alguien más.

VI

Alejandro nunca perdió la costumbre de observar a Laura a través de la ventana de su casa, por el contrario, ahora lo hacía con mayor frecuencia, preocupado por su seguridad y por su estado emocional.  Con una taza de café humeante en la mano, aquella mañana observaba a su vecina de cabellos cobrizos, moverse de un lado a otro de la cocina, sosteniendo el teléfono en el oído izquierdo, hablando monótonamente a su interlocutor invisible. Segundos después, la observó llevarse la mano libre a la cabeza en gesto de fastidio. Habló por unos segundos más antes de cortar la llamada al tiempo que suspiraba profundamente. Puso los brazos en jarra y sacudió la cabeza frustrada.

 Alejandro supo de inmediato que ella necesitaba hablar, así que dejó la taza sobre la mesa sin siquiera haber probado el café, y se dirigió a su casa.

Laura seguía algo nerviosa cuando él llegó, pero trató de disimularlo con una sonrisa que no le llegó a los ojos. Llevaba puesto un polo azul, que decía MAINE en letras amarillas y mayúsculas.

_ ¿He llegado en mal momento? _ preguntó Alejandro.

_No Alejandro, nunca llegas en mal momento_ contestó ella _ Estuve hablando con mi madre, está preocupada por mí, me nota algo estresada y distante desde que Melinda murió. Quiere que regrese a casa.

_Para serte sincero, he llegado a pensar que tal vez sería buena idea que vayas a tu casa por un tiempo_ dijo el abogado esperado la reacción de su vecina.

_No hablarás en serio_ replicó Laura en tono sorprendido_ tu más que nadie sabes que no voy a irme sin saber la verdad.

_Lo entiendo, en verdad, pero temo que suceda algo que no puedas manejar_ dijo con ojos preocupados, al tiempo que se acercaba a ella y la tomaba de los brazos con ambas manos. Se inclinó un poco para que sus ojos quedaran a la misma altura que los de ella.

_Tal vez puedas irte a Maine por un tiempo, no sé, tal vez puedas pedir unas semanas alegando que tienes problemas familiares, mientras tanto, puedo seguir investigando por mi cuenta_ intentó convencerla.

Laura sacudía la cabeza de un lado a otro con vehemencia a medida que él hablaba.

_No voy a irme y a dejarte a ti hacer todo el trabajo. Es más, es a mi a quien han revelado esas pistas. Tengo que estar aquí, no me cabe duda al respecto.

Alejandro se alejó frustrado, no sabía qué hacer para mantenerla segura. Le preocupaba que ella se metiera cada vez más profundo en todo ese misterio. Caminó nervioso de un lado a otro de la sala pasándose la mano por el pelo una y otra vez como si intentara aliñarse el pelo.

_Terminarás gastando la alfombra y tendrás que comprarme otra_ dijo ella tratando de romper la tensión que había entre ellos.

Él se detuvo, y puso los ojos en blanco.

_Vamos Alejandro, por favor, no te pongas así, no quiero que cargues esto sobre tus hombros, soy adulta, sé lo que hago.

_A veces creo que en realidad no sabes muy bien en lo que te estás metiendo_ dijo en un susurro_ y eso no me deja tranquilo.

Laura se acercó a él y acarició su rostro con ternura. Alejandro no pudo evitar dejarse llevar por su suave tacto y suspiró observándola a los ojos.

_Por favor, confía en mí, estoy bien, no me va a pasar nada malo_ dijo con los ojos nublados, las lágrimas se le estaban agolpando.

_ ¡Por Dios! Quieres levantar el piso de la habitación de visitas ¿y quieres que no me preocupe? ¡Piensas que hay un cadáver debajo! ¿y quieres que no me preocupe?

Laura bajó la mirada algo avergonzada. Se sentía muy emocional.

_Si lo dices de esa forma, suena a que estoy loca_ dijo con una media sonrisa triste.

_No pienso eso Laura_ dijo Alejandro de inmediato sujetándola de los hombros para evitar que se alejara.

_Sé que no lo dices en voz alta, pero es probablemente lo que piensas. Y no te culpo, cualquiera pensaría lo mismo, a veces, hasta yo misma lo pienso_ dijo tratando de sonreír, pero le fue imposible.

_Óyeme bien, no pienso que estés loca, yo mismo he visto cosas que no tienen explicación, puedo intentar darte opiniones hiperbólicas, seudocientíficas, religiosas o filosóficas, pero en realidad no sé qué diablos está pasando, y no puedo estar tranquilo sabiendo que piensas seguir adelante pase lo que pase.

_Alejandro, te estaré agradecida el resto de mi vida, me has apoyado desde el inicio y has hallado mucha información que yo no hubiese siquiera donde buscarla. Pero no puedo pedirte que sigas con esto, sé que te está desgastando y no quiero que salgas perjudicado_ dijo con la voz quebrada.

_Ni lo sueñes_ contestó decidido y hasta se podía decir que algo consternado por las palabras de ella_ no pienso dejarte y me duele que quiera que me aleje ahora.

_No quiero que lo hagas_ replicó Laura con los ojos brillantes, las lágrimas la amenazan_ pero no te juzgaré si lo haces, lo entendería.

_Pues estamos de acuerdo entonces_ dijo él_ estamos juntos en esto hasta el final.

Laura asintió conmovida.

_” La tortuga no puedo ayudarnos”[1] _ dijo Laura sacudiendo la cabeza y rompió en angustioso sollozo.

_Pues tendremos que ayudarnos solos_ contestó Alejandro y la abrazó contra su pecho.

VII

Estaba cansada, la falta de sueño y el trabajo la habían agotado por completo. No le fue difícil quedarse dormida aquella noche, ovillada sobre su cuerpo para entrar en calor. Pronto, estaba soñando.

Se encontraba en una fiesta, llevaba un vestido largo, verde como el color de sus ojos. Descubrió a Alejandro entre los asistentes a la fiesta y le sonrió. El abogado le devolvió la sonrisa y la saludó con un gesto de su mano. Ella hizo lo mismo. Ambos caminaron en dirección al otro, pero antes de que se encontraran frente a frente, el escenario desapareció junto con Alejandro. Laura ya no se encontraba en el salón, sino en un espacio abierto y oscuro. Sus sentidos se llenaron con el perfume del verano en Maine, tan suave e increíblemente poderoso que la abrumó. El más fuerte de aquellos aromas era el del Jasmín de medianoche. Laura podía oír los grillos cantando muy cerca y a las luciérnagas encendiendo la noche con su brillante luz. Cuando miró hacia el cielo, vio la moneda plateada y pulida de la cara de la Luna, por encima de su cabeza. Pinceladas frías de luz de luna brillaban en su rostro. Su blanco brillo reflejaba en todas partes, transformando la niebla que brotaba de las hierbas enredadas alrededor de sus piernas desnudas, en el aire claro y diáfano del amanecer. Levantó sus manos con los dedos extendidos, enmarcando el satélite como si estuviera tomando una fotografía. Y cuando el viento de la noche acarició sus desnudos brazos sintió que su corazón se hinchaba, primero de amor y felicidad y luego se contraía de miedo y de horror. Percibió una sensación salvaje y terrorífica, en la perfumada espesura, adormilada por alguna fuerza en contraposición. Laura oyó una voz susurrante detrás de su espalda y volteó asustada. “Lauraaa, help mee”. Se sobresaltó y su corazón latió desbocado, aquella voz, estaba segura, era la voz de Linda.  Nuevas y terroríficas imágenes se sucedieron ante sus ojos, como si de una vieja película se tratara, pero esta vez vio la escena completa. Un hombre discutía acaloradamente con una mujer quien le increpaba algo que Laura no pudo oír. Las imágenes poco nítidas, se sucedían delante de Laura como a través de una cortina de humo, como si fuera una película de cine mudo. El hombre movió las manos gesticulando amenazante. El rostro de la mujer denotaba miedo, pero a pesar de ello no cedió, siguió increpando al hombre. Laura estaba segura de que se trataba de los esposos Williams. El hombre se acercó amenazante a la mujer, una mueca desagradable se dibuja en sus labios en lo que se suponía era una sonrisa. Sus ojos estaban sedientos, poseídos por cierto poder maligno, su mirada cruel le heló la sangre a Laura.

 La mujer tenía la mirada de pánico, los ojos sobresaltados, el rostro pálido y horrorizado. El hombre, que Laura suponía era John Williams, se lanzó sobre su esposa y le propinó una tremenda bofetada que la dejó postrada en el piso semi inconsciente, un hilillo de sangre se le escurría por la comisura derecha de sus labios. En ese momento, la escena se aclaró a los ojos de Laura, fue como si el humo desapareciera y el sonido regresara.  John se quedó de pie observando a su esposa con los ojos llenos de ira. Linda tardó unos segundos en recuperarse y se apoyó en su brazo derecho al levantase. Sus piernas la amenazaban con ceder. Cuando estuvo de pie, enfrentó con valentía a su esposo. “Ya no te temo, ya no importa lo que me suceda, ya no voy a callar” La mujer intentó salir de la casa, pero John giró hacia ella colocando su cadera al costado de la mujer y luego la hizo voltear a su izquierda. Las piernas de Linda se extendieron, luego se cerraron y el vestido blanco que llevaba puesto, no tuvo ninguna oportunidad, se partió en la espalda y en la cintura con un sonido que a Laura le recordó la crepitante leña en su chimenea. El movimiento funcionó a la perfección, la cadera del hombre se convirtió en un rodillo y Linda, impotente voló a través de él, su expresión decidida y valiente, se convirtió en una mirada de shock. Chocó de cabeza contra una de las sillas del comedor que se volteó y cayó sobre ella. Retiró la silla con dificultad, de su frente cayó una gota de sangre, pero su nariz chorreaba como un caño de agua que acababa de romperse. Su vestido blanco quedó rápidamente cubierto con una franja roja. Con un alarido histérico y los ojos desorbitados, John se lanzó sobre ella como si de un luchador libre se tratara. Pesaba mucho, setenta kilos o más, y los esfuerzos de Linda por ponerse de pie cesaron de inmediato. Sus brazos colapsaron como las patas de una mesa de té a la que le pidieron que sostuviera un automóvil. Su nariz herida volvió a estrellarse contra el piso de madera, entre la mesa del comedor y la silla que se encontraba en el suelo. Uno de sus brazos quedó debajo de uno de los reposa pies sintiendo un dolor paralizador. Trató de gritar, su rostro se veía como el de una mujer que estaba gritando, pero solo emitió un sibilante sonido.  Ahora John se sentaba sobre ella y tenía un fuerte dolor en la espalda. El hombre usó las rodillas para abrirse camino sobre el maltrecho cuerpo de su esposa, con la mirada llena de rabia e ira. Empuñó su mano derecha, la levantó sobre su cabeza y luego la descargó con todas sus fuerzas sobre el riñón derecho de Linda.  Laura emitió un sonido desgarrador, quería ayudar a Linda, pero solo era una espectadora en una función que había terminado de exhibirse hace setenta años atrás. Linda gritó y trató de deshacerse de él a pesar del terrible dolor que sentía. John se levantó y la dejó tirada en el suelo, pensó que ella había tenido suficiente. Linda se incorporó lentamente, primero sobre sus rodillas y luego sobre sus manos en una posición en la que parecía un gato viejo y maltrecho. Apoyó el pie izquierdo en el suelo, se sujetó de la pata de la mesa con ambas manos y se impulsó poniéndose de pie. La sangre seguía cayendo a raudales de su nariz rota.  Volvió a amenazarlo con ir a la policía, John pensó que se había vuelto loca, ¿no había tenido suficiente? Pero Linda no pensaba retroceder. Le dio la espalda, enseguida se percató de que había sido un error, quiso dirigirse a la puerta, pero John la detuvo de uno de sus hombros con una fuerza insólita y la tiró de espaldas al suelo. La parte trasera de su cabeza golpeó contra el duro piso con un sonido de huesos que se rompen. John la miró con ojos enardecidos, como un demente a punto de cometer una insania. Se acercó a ella y rodeó su garganta con ambas manos. Ella emitió un llanto estrangulado que pretendía ser un grito y arremetió hacia adelante con una sorprendente y vigorosa fuerza. Los ojos azules de Linda se veían más azules que nunca, miró a John con un horror impronunciable, luego abrió la boca y chilló con sonido ahogado, en el proceso de perder la vida estrangulada por las manos largas y poderosas de John. Lo golpeó en el pecho a través de la empapada tela de su camisa. El rostro pálido de Linda, se coloreó de azul violáceo en pocos segundos. Apenas luchaba, había perdido todas las fuerzas, solo intentaba respirar y cuando inspiraba dificultosamente, su garganta emitía un quejido aterrador. Tosía y se atragantaba, esforzándose por cada aliento. Hacía un terrible sonido como si un molino estuviera triturando su garganta. Laura no quiso seguir presenciando la escena, pero no podía moverse. Linda daba manotazos débiles en el piso de madera, los ojos amenazaban con salírsele de las cuencas, como si fueran canicas de cristal. John oyó el rápido traqueteo de sus pies, luego un ruido sordo, luego nada. Se había quedó inmóvil por completo.  Laura observó la expresión de la mujer que yacía frente a ella, su boca dibujaba un rictus horrendo, con la lengua sobresaliendo de ella. John apretó su cuello por un tiempo que a Laura le pareció muy largo, trataba de asegurarse de que estuviera realmente muerta. Se levantó del suelo, tomó los brazos de su esposa y la arrastró hasta el cuarto de visita. Fue hasta el depósito que tenía en la lavandería y regresó con una bolsa de cal y una soga. Tomó una sábana blanca del closet y la envolvió con ella, asegurándose de cubrir el cuerpo con una generosa cantidad de cal. Amarró el cuerpo con la soga. Laura fijó su atención en el closet. John encendió la luz jalando de una pita amarrada al foco. Se agachó y levantó un falso piso. Laura pudo sentir el olor del aire rancio que provenía del sótano. John salió del closet y arrastró el cuerpo de su esposa hasta la entrada del pequeño sótano. Bajó unos escalones y arrastró el cuerpo detrás de él con mucha dificultad. Introdujo primero los brazos, la cabeza y el tórax. John jaló del cuerpo, pero las caderas quedaron trabadas. Tiró con fuerza y Laura pudio oír el desgarro de la sábana en donde había envuelto A Linda. John volvió a jalar, el esfuerzo lo hizo emitir un sonido cargado de ira y fatiga. Laura oyó el desagradable y sordo sonido de los huesos al romperse, esta vez, John no encontró obstáculos y el cuerpo desapareció. Laura no pudo ver más, no hasta que John volvió a salir del sótano mugriento y con raspones en el rostro y en el dorso de las manos.  En aquel momento, Laura sintió que ya no era solo una espectadora en aquella escena, sino que formaba parte de ella. John frunció el ceño enfurecido al verla. Por un momento, Laura se quedó donde estaba, se encontraba congelada en su lugar, cada músculo de su cuerpo parecía estar bloqueado, mientras John corría hacia ella gritando. Trató de estrangularla como a su esposa, pero no pudo, cada vez que intentaba rodear el cuello de la psicóloga con sus manos, la atravesaba por completo. Estaba formado por materia incorpórea y difícilmente podían unirse el plano astral y el plano físico. Eso hacía que Laura tuviera una leve ventaja, pero no impedía que estuviera aterrada, horrorizada de lo que acababa de ver y de lo que le podía suceder. Quería correr, gritar, escapar, pero no podía moverse, ni emitir palabra alguna.  John intentó algo diferente, levantó una mano y la tocó en la frente utilizando toda la fuerza mental de la que disponía. Laura sintió una terrorífica corriente que le recorrió el cuerpo y la obligó a levantar los ojos al techo. Sobre su cabeza, giraban fuertes luces intermitentes a cámara lenta, como en una discoteca. Se sintió como si estuviera bajo los efectos de algún potente alucinógeno, que la estaba haciendo perder la conciencia. Percibió que su cerebro se apagaba poco a poco sin que ella pudiera evitarlo. Pero de pronto, la adrenalina inundó su corteza cerebral, se le aceleró el ritmo cardiaco, y su cerebro le ordenó la más antigua de las decisiones innatas, presentar batalla. Intentó moverse, sacudir sus manos y mover los pies, no lo consiguió, aquella fuerza la seguía reteniendo. Trató de gritar, su garganta estaba seca y le dolía como si hubiese estado alentando a gritos a su equipo de fútbol favorito. Lo intentó de nuevo y esta vez un grito de desesperación casi animal escapó de su garganta y la fuerza que la retenía desapareció con él. Laura se movió al fin, su respiración estaba agitada, la noche recobró la calma, como si una tormenta hubiese amainado sorpresivamente. Miró a su alrededor, dio unos pasos y trastabilló, cayó sentada en la alfombra y tuvo que sostenerse con un brazo cuando la visión se le nubló. En seguida, perdió el conocimiento. En los segundos que precedieron a la pérdida de conocimiento, la habitación desapareció, dando lugar de nuevo al salón de fiesta. Laura sonreía en aquel bello vestido verde mientras caminaba al encuentro de Alejandro.

Se despertó sobresaltada, su respiración era dificultosa y se sorprendió al descubrir que las lágrimas bañaban sus mejillas. El sueño había sido tan sorprendentemente real que la dejó petrificada por unos segundos. Sus conjeturas y suposiciones habían alcanzado el punto más elevado, como una bomba que está a punto de estallar y si no se cuidaba, le estallaría en la cara. Sintió que un arrebato de desesperación empezaba a hacer mella en ella. Con mucha dificultad evitó emitir un grito, no quería alertar a nadie, aunque no había a muchos a quienes alertar, no tenía más vecinos que Alejandro y él no se encontraba en su casa. Había viajado a Lima por trabajo, aunque lo hizo de manera renuente, no quería dejarla sola por mucho tiempo dada las circunstancias.

Se sentó en el borde de la cama y bajó los pies al suelo, suspiró consternada mientras se secaba la mejilla con el dorso de su mano. El ciprés vecino, mecido por el viento, desprendía suaves murmullos, que la sobresaltaron. Pensó que, desde hace algún tiempo, todo la sobresaltaba y volvió a suspirar inquieta. Se mantuvo allí por unos minutos sopesando su siguiente paso, quería ir de inmediato a la casa 110, abrir aquel falso piso y bajar al sótano. Estuvo equivocada todo el tiempo al pensar que el cadáver estaría en su propia casa, pero ahora lo sabía y no tenía dudas, el cadáver estaba en la casa 110. Se levantó de un salto, como si la cama en donde estaba sentada, estuviera repleta de agujas, se cambió de prisa y salió rumbo a la casa que había pertenecido a Melinda. Pero cuando estuvo en la calle, caminó despacio al principio, abrochándose el abrigo y frotándose las manos para entrar en calor. Se obligó a mover los pies más deprisa, su paso se hizo más ágil y su mente más perspicaz.

 Cuando estuvo frente a la casa, recordó que ya no contaba con las llaves, Alejandro las había devuelto con la esperanza de mantenerla alejada del lugar y por ende segura. Al menos eso era lo que él suponía. Con lo que no contó el abogado, fue que todas las fuerzas del universo se confabulaban para hacer que Laura entrara a la casa. La puerta se abrió sola con un chirrido macabro, como invitando a la psicóloga a que pasara. Ella dudó por unos segundos, y no fue consciente de como ingresó en la vivienda, fue como si sus pies se movieran solos. Apenas estuvo dentro, la puerta se cerró con un golpe violento. Laura dio un respingo, su corazón se aceleró y volteó de inmediato, pensó que alguien o algo la había cerrado, pero no encontró nada. Suspiró tomando valor para seguir, tenía la agobiante certeza de que volvería a ocurrir algo malo.

Caminó despacio atravesando la sala de camino al comedor, se detuvo frente a la mesa y observó escudriñando la oscuridad. No había nada, no había susurros, no había apariciones, no había visiones. Por un momento llegó a pensar, que nada sucedería después de todo. Pero de todas formas siguió caminando hasta la habitación de visitas, quería corroborar que dentro del closet existía realmente el falso piso que había visto en el sueño. Cuando estuvo frente al closet, tomó la perilla del picaporte y antes de que pudiera girarla y menos aún abrirla, sintió una fuerte descarga eléctrica que le subió por el brazo y se extendió por su columna vertebral. Intentó apartarse, pero no pudo. Tenía los músculos comprimidos. En seguida, vio caras y cuerpos inmateriales transparentes, podía ver a través de ellos. Oyó risas diabólicas, luego llantos. Percibió varias emociones mezcladas, miedo, maldad, ira, terror. Los rostros se movieron mirándola como si quisieran discutir algo con ella. Todo sucedió muy rápido, luego se desvaneció. La descarga desapareció de forma brusca, tal y como había aparecido.

 Cuando recobró la conciencia, estaba recostada de espalda contra la puerta, con la respiración agitada y un terrible dolor de cabeza. Se puso de pie, a pesar de que le temblaban las piernas y éstas amenazaban con ceder en cualquier momento. Con temor, volvió a tocar la perilla, pensando que de nuevo sentiría la descarga, pero esta vez no sucedió nada. Laura pudo abrir la puerta. Buscó a tientas el interruptor de la luz, cuando lo encontró, la encendió. Observó el pequeño espacio iluminado, estaba vacío, desde luego, ¿Qué se suponía que encontraría allí? Bajó la mirada al piso y para su sorpresa, no había nada que indicara la existencia de un falso piso o alguna entrada a algún sótano. Suspiró frustrada, por un momento pensó que realmente se estaba volviendo loca. Sintió el impulso de salir de allí y regresar de inmediato a su casa, pero algo más fuerte que ella la retuvo. Dio un paso, e ingresó al closet. Levantó la mirada sobre su cabeza, hurgando cada rincón, luego observó a su derecha primero, y a su izquierda después. El pequeño closet medía unos dos metros de ancho por metro y medio de largo y unos dos metros y medio de alto. No encontró nada fuera de lo normal y se dispuso a salir.

 Cuando se movió, oyó un crujido bajo sus pies, como si el lugar en donde se encontraba parada fuera hueco. Volvió a moverse y de nuevo oyó aquel crujido. Salió del closet y se arrodilló en el suelo para observarlo mejor. Examinó con atención el piso y se percató que las líneas de las baldosas de linóleo no coincidían. Pasó sus dedos por las líneas formando un rectángulo de poco más de metro y medio de ancho y metro de largo. Creía haber descubierto el falso piso, pero no tenía idea de cómo abrirlo. Volvió a ingresar al closet, pisó el centro del rectángulo un par de veces, esperando que tal vez se abriera con la presión del pie, pero no sucedió nada. Emitió un suspiro inquieto y frustrado. Lo pensó por unos segundos y luego, pisó el borde superior derecho de lo que ella suponía era el falso piso. Oyó un sonido parecido a un click, y la puerta cedió de golpe. Volvió a presionar el borde y esta vez, el falso piso se levantó. Laura no pudo evitar sonreír, a pesar de la inquietante sensación de que se estaba metiendo en terreno peligroso. Volvió a arrodillarse en el piso fascinada por su descubrimiento.  Pensó que ahora podría levantar el falso piso, como si de una escotilla se tratara. Situó sus manos en los bordes y trató de levantarlo, antes de tener la posibilidad de hacerlo, la luz del closet se apagó y la psicóloga sintió que la temperatura en la habitación bajaba estrepitosamente.

 Se levantó del suelo asustada, sus sentidos se pusieron en alerta de inmediato, recorrió la habitación con los ojos bien abiertos, estaba pálida y muy asustada. En ese instante, la habitación completa se iluminó con una luz brillante, que no supo identificar de donde provenía. Los reflejos eran tan deslumbrantes, que la obligaban a cerrar los ojos y protegerse el rostro consternado y confuso, con uno de sus brazos. Segundos después, la luz se apagó, y la habitación quedó de nuevo a oscuras. La temperatura descendió de nuevo, su aliento formaba una nube a su alrededor. Laura pensó que terminaría congelándose en aquella habitación y nadie lo sabría. Su cuerpo temblaba con violentos espasmos producto del frío. Trató de salir, pero una sensación terriblemente helada le recorrió la espalda, como si las manos de un hombre de nieve la acariciaran. De improviso, sintió que algo muy fuerte la sacudía, trastabilló y casi perdió el equilibrio. Sus ojos se dilataron por la desagradable sorpresa. Una segunda sacudida la tomó desprevenida y cayó de espaldas al piso. Sintió un dolor profundo y lacerante en el centro de la espalda que la retuvo en el suelo por unos segundos. Antes de que pudiera siquiera pensar en levantarse, la fuerza desconocida, la hizo volar hacia delante, Laura levantó el brazo derecho para evitar aterrizar de cara contra la blanca pared de la habitación. Intentó levantar el brazo izquierdo, pero lo tenía adormecido desde el hombro hacia abajo. No pudo protegerse la cabeza, sintió un dolor agudo, intenso y pulsante como si su cabeza le fuera a estallar. Rebotó, se tambaleó y después cayó de rodillas frente a la pared. La oscuridad se apoderó de ella como si hubiera caído en un agujero negro, estaba perdiendo la consciencia.

Lo siguiente que recordó fue a Alejandro sosteniéndola entre sus brazos, tenía una lágrima en el ojo derecho, brillante y perfecta. Los ojos locos de desesperación y angustia. La cara pálida y el rostro desencajado.

_¡¡Laura, Laura!! ¿Estás bien? ¿te duele algo? ¿puedes moverte? _ prorrumpió en preguntas apresuradamente.

_Estoy bien. Solo estoy algo asustada_ respondió_ y se sobresaltó al oír el sonido de su propia voz.

Era mentira, desde luego, pero lo dijo con bastante ímpetu. Claro que ella no podía ver lo que estaba escrito en su rostro.

Alejandro suspiró, pero ella no supo si de alivio, resignación o desesperación. Los brazos del abogado, fueron para ella, como agua fresca en un día caluroso, o tal vez lo más correcto sería decir que fueron como una taza de chocolate caliente en una noche fría.

_ ¿Cómo se te ocurre venir sola? _ preguntó inquieto.

_ ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas en Lima_ dijo ella.

Alejandro no pudo evitar poner los ojos en blanco, se sentía consternado por haberla encontrado inconsciente y sola en aquella casa que no hacía más que causarle a ella problemas.

_Terminé el trabajo a las ocho y decidí venir porque no quería que estuvieras sola por mucho tiempo. Cuando llegué a casa, sentí el impulso alocado de venir hasta aquí. La puerta estaba abierta, así que entré de inmediato, sabía sin lugar a dudas que estabas aquí y que algo te había sucedido. ¡¿Qué diablos hacías aquí a esta hora?! ¿Cómo entraste?

_La puerta se abrió para mí_ respondió ella mientras se incorporaba llevándose una mano a la cabeza. Aún le dolía un poco.

_No te toques la frente_ dijo Alejandro_ tienes un buen golpe, te llevaré a casa, necesitas descansar.

Alejandro la ayudó a llegar hasta su casa, los primeros rayos del alba ingresaban a través de las persianas de su habitación cuando se acostó en la cama. Laura le narró con lujo de detalles lo que vio en la casa, la forma en que John había asesinado a su esposa y en donde había escondido el cuerpo.

_ ¿Cómo pudo seguir con él después de haberla golpeado tantas veces? _ se preguntó Alejandro_ tenía que suponer que tarde o temprano él terminaría matándola.

_Algunas mujeres resisten_ dijo Laura_ algunas supongo por pura y vieja terquedad. Pero principalmente lo hacen para mostrarle al mundo un rostro neutral y serio como si en realidad no pasaran por terribles e indescriptibles momentos. Siguen, no solo para convencer a los demás que tienen una vida grandiosa sino para convencerse a si mismas de que su vida podría ser peor allá afuera. Es difícil romper con esa cadena que te aprisiona, no sabes vivir de otra manera, eso es todo lo que conoces. Muy pocas pueden romperla y al fin vivir sus vidas, es como cuando a un esclavo lo liberan al fin, no sabe que hacer con su vida.

Alejandro asintió en silencio, sopesando las palabras de Laura.

_Iremos a inspeccionar el sótano después de que duermas unas horas_ sentenció poco después.

Ella necesitaba descansar, tiempo que él dedicaría a hacer sus propias indagaciones.


[1] Hace referencia a una frase del libro It de Stephen King

Destacada

CASA 110 (Parte 5)

LA CASA

I

Laura tuvo que sentarse en las gradas de la entrada de su casa cuando recibió la noticia de la muerte de Melinda. Estaba devastada, no podía creer que ella ya no estaba, tenía la expresión, grave, reflexiva y muy triste. Observó el sol que descendía como un disco de sangre anaranjado, al mismo tiempo que las lágrimas descendían por sus mejillas. El color de la luz le daba un aspecto fantasmal, distante y sombrío. Cuando Alejandro la vio, se sobresaltó por el estado en que se encontraba. Se apresuró en alcanzarla y se arrodilló frente a ella.

_ ¡Laura! ¿Qué fue lo que ocurrió? _ preguntó con inquietud en los ojos.

La psicóloga lo miró con expresión ausente y aturdida.

_Melinda ha muerto_ dijo y las lágrimas volvieron a inundar su rostro.

Laura y Alejandro Intercambiaron miradas de aturdimiento y confusión.

_ ¿Qué dices? ¿Cómo ha sucedido?

_Su madre acaba de llamarme, dijo que fue un ataque epiléptico, aunque ella nunca sufrió ninguno.

_ No lo puedo creer_ dijo el abogado bastante afectado.

_Yo tampoco, no tiene sentido. Su madre dijo que se estaba sintiendo mucho mejor desde que dejó el trabajo y anoche sufrió este ataque. No lo entiendo_ dijo poniendo cara de incredulidad.

Alejandro se puso de pie y tomó la mano de Laura, ella se levantó, moviéndose como autómata. El abogado acarició el rostro de la psicóloga y ella lo miró a los ojos. Estaba deshecha.

_Se que esto es difícil, pero no hay nada que puedas hacer al respecto_ ensayó el abogado. ¿Qué más podía decirle en una situación como aquella?

_Tal vez es mi culpa_ declaró Laura_ no hice lo suficiente por ella_ agregó con un tono amargo en la voz de la que ella misma se sorprendió.

_ ¡Esto no es tu culpa, sácate eso de la cabeza! _ aseveró Alejandro con vehemencia.

Laura se sorprendió al oírlo, se quedó confundida, aturdida, pálida y silenciosa. Alejandro la tomó entre sus brazos y la sostuvo allí por unos minutos. La calidez de aquellas manos sobre su espalda fue un bálsamo para ella.

II

Alejandro estaba cada vez más preocupado por Laura, la observaba a menudo a través de la ventana, sentada frente a la chimenea pensando. Evitaba verlo y pasar tiempo con él. No dejaba que la visitara los sábados por la mañana y ya no organizaba los almuerzos los domingos, con la excusa de que estaba muy ocupada. No quería presionarla, no deseaba imponerle su presencia, pero al verla allí sentada en la alfombra mirando fijamente las llamas de la chimenea se percató de que algo en sus ademanes, expresiones y conducta, revelaban un conflicto, una grieta entre lo que demostraba públicamente y lo que realmente sucedía dentro de ella. Supo que no podía seguir indiferente, tenía que hacer algo al respecto, tenía que ir a buscarla y hablar con ella. Ofrecerle apoyo, consuelo o ambas cosas.

 Salió de su casa, y se dirigió con pasos ágiles y resueltos hasta la vivienda de Laura. Tocó a la puerta y ella se levantó renuente, al verlo hizo un gesto de incomodidad que a Alejandro le dolió, pero eso no le impediría enfrentarla.

_Alejandro, ahora no puedo atenderte_ dijo ella de inmediato.

_También me da gusto verte_ dijo el abogado, su propia voz le sonó algo sarcástica.

_Lo siento_ dijo ella_ también me da gusto, pero ahora estoy algo ocupada.

_Laura, sé muy bien que no quieres verme, pero tendrás que escucharme_ dijo e ingresó a la vivienda sin invitación.

A Laura no le quedó más remedio que cerrar la puerta y prestarle atención.

_ ¿Qué es eso tan urgente que tienes que decirme? _ preguntó ella mientras se sentaba junto a Alejandro, quien ha había tomado asiento de nuevo sin invitación.

_En realidad quisiera que me dijeras que es lo que te preocupa, estas muy distante, te pasas horas pensando y estoy preocupado por ti.

_No entiendo porque lo dices.

Alejandro suspiró, sabía que se iba a delatar, pero no le quedaba más remedio que hacerlo.

_Te observo_ dijo sin mirarla a los ojos_ te observo a través de la ventana, pasas horas sentada en la alfombra frente a la chimenea. Te noto tensa cuando vamos al trabajo, no hablas conmigo.

_No es lo que piensas, no tengo nada contra ti_ se defendió.

_ Pensé que éramos amigos_ dijo él.

_ Lo somos, pero no tengo tiempo ahora_ contestó ella con la mirada fija en algún punto sobre la cabeza de Alejandro.

_Si fuéramos amigos, me dirías que es lo que te preocupa_ insistió.

Laura se sintió acorralada, quería decírselo, pero temía que pensara que se estaba volviendo loca.

_Vamos Laura, confía en mí_ agregó con la voz más dulce de la que fue capaz.

_No pasa nada_ contestó ella_ no tengo nada.

Alejandro se sintió frustrado, dolido y fuera de lugar, pidiéndole que confiara en él cuando claramente no quería hacerlo. Se puso de pie de un salto y se dirigió a la puerta mientras decía:

_Pensé que confiabas en mí, lo siento, no voy a volver a fastidiarte.

_Alejandro, por favor, no te molestes conmigo_ dijo ella y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Él la miró abrumado, lo último que quería era hacerla sentir peor de lo que estaba.

_No estoy molesto_ se apresuró a decir_ estoy dolido porque me haces a un lado. Quiero ayudarte.

Ella sopesó la situación, se sentía insegura, no quería que él pensara que estaba perdiendo la razón, pero no tenía a nadie más con quien hablarlo, es decir, no había nadie más en quien confiara más que en él.

_Está bien_ dijo al fin emitiendo un fuerte suspiro.

Alejandro la miró desconcertado. Ella se puso de pie, se acercó a Alejandro, lo tomó de la mano e hizo que se volviera a sentar a su lado. Se quedó en silencio por unos segundos que a Alejandro le parecieron eternos.

_Aún no puedo sacarme de la cabeza de que tuve algo que ver con la muerte de Melinda_ dijo al fin.

Alejandro la observó contrariado, pero no quiso interrumpirla.

_ Sé que me dijiste que dejara de culparme, pero no puedo dejar de hacerlo. Por las noches me pregunto que fue lo que pasó, como pudo llegar a creer que su casa estaba embrujada y la muerte inesperada que tuvo. Intento convencerme de que no estuvo en mis manos ayudarla, pero termino culpándome.

_ No puedes seguir culpándote, eso no te hace ningún bien_ dijo el abogado mirándola a los ojos.

_Lo sé, la razón me dice eso, pero no puedo evitar sentirme de esa forma.

_Laura, ¿no te has puesto a pensar que Melinda tenía problemas psicológicos de los cuales no estabas enterada?

_Sí, lo pensé, pero ahora no estoy muy segura de eso.

_ ¿A qué te refieres? _ preguntó con extrañeza.

Ella se levantó y caminó inquieta por la sala, parecía un animal enjaulado. Cruzó los brazos sobre su pecho en un infructuoso intento por protegerse.

_No quería decirte esto, porque no quiero que pienses que me estoy volviendo loca.

_ ¿Qué dices? Jamás pensaría eso_ contestó con una mirada tierna.

_ No seguirás pensando igual después de que termine de hablar, pero tengo que hacerlo de lo contrario estoy segura de que terminaré perdiendo la razón_ dijo pasándose una mano por su hermoso pelo cobrizo.

Alejandro notó que la mano le temblaba levemente. Estaba nerviosa y aquello aumentó su preocupación.

_ Vamos Laura, me estas asustando_ dijo el abogado bastante angustiado por la actitud de psicóloga.

_Voy a contártelo, pero necesito que me escuches sin interrumpirme y sin juzgarme.

Alejandro asintió fijando con atención sus ojos en ella.

_ La primera semana después de la muerte de Melinda, me sentía muy atribulada, pensaba mucho en ella, en nuestra amistad. La apreciaba mucho, pero creo que me comporté en forma mezquina con ella. Cuando te la presenté, ella demostró cierto interés en ti, yo la animé, pensé que ustedes dos estaban solos y tal vez se llevarían bien.

Alejandro la miró con el ceño fruncido y trató de argumentar, pero Laura le hizo un gesto con la mano para que la dejara terminar.

_Ella pensó que yo me sentía incómoda con la idea de que ustedes…_ hizo una pausa, aspiró una bocanada profunda de aire, lo soltó lentamente como si deseara ganar tiempo para poner sus ideas en orden_ de que ustedes intimaran porque rompería la amistad que teníamos_ dijo sin mirarlo a los ojos.

Esperó unos segundos a que Alejandro objetara algo, pero esta vez el abogado no intentó interrumpirla.

_ Desde luego le expliqué que eso no era así_ continuó diciendo_ pero Melinda insistió en que lo mejor era alejarse, fue por eso por lo que dejó de asistir a los almuerzos. En ese momento no le di mucha importancia, pero luego de su muerte pensé que tal vez eso la afecto en cierto sentido.

Alejandro no dijo nada, pero negó con la cabeza mientras apretaba los labios en desacuerdo.

_En uno de aquellos días en que más la extrañaba fui hasta su casa, fue una decisión inconsciente, como si algo me atrajera hacia allí. Caminé alrededor de la casa, observé a través de las ventanas, todo parecía estar como ella lo había dejado. Cuando quise regresar, me pareció ver a alguien dentro. Me quedé rígida, no pude moverme, pero luego de unos segundos la lógica me dijo que me lo había imaginado, que no podía haber nadie dentro.

Laura se sentó de nuevo al lado de Alejandro y observó su reacción, el abogado estaba muy atento oyéndola.

_Entonces regresé_ continuó diciendo_ pero todas las tardes, desde aquel día siento que la casa me llama. Es una sensación dentro de mi cuerpo que me obliga a ir hasta ella. Traté de evitarlo, y lo logré un par de veces, pero hace unos días volví a ir. Esta vez, abrí la puerta, con la llave que Melinda me entregó y que olvidé devolver al encargado de las viviendas.

Alejandro frunció el ceño y la miró con ojos inquietos, Laura pudo notar en el rostro del abogado, la serie de emociones que se mezclaban dentro de él en aquel momento: preocupación, confusión, temor, todo en uno.

_ Abrí la puerta, entre a la casa_ siguió diciendo_ recorrí todas las habitaciones y terminé sentándome en la sala, esperando algo que no sabía que era. Sabes, la casa es muy parecida a esta_ dijo recorriendo la sala con la mirada como si buscara algo. _ En el aire había una sensación de electricidad estática, tenía un efecto poderoso y un poco atemorizante. Era algo que nunca había sentido antes, algo inexplicable.

Suspiró pesadamente, tratando de encontrar dentro de ella el valor para proseguir con su relato.

_Empecé a oír voces_ dijo_ al menos eso me pareció, eran murmullos, pero no entendía lo que decían. Mi lado analítico me dijo enseguida que estaba sugestionada con lo que le había pasado a Melinda y que nada de lo que sucedía podía ser verdad. Pero los murmullos no cesaban así que me levanté y caminé despacio tratando de determinar de dónde venían.

Alejandro la observaba perplejo, pero no se atrevía a decir nada, no hasta que ella terminara su relato.

_Llegué hasta la habitación de visitas, allí los susurros se oían más fuertes, pero no comprendía lo que decían, traté de prestar atención, pero en ese momento sonó mi teléfono y los susurros desaparecieron.

Alejandro suspiró profundamente sopesando lo que ella acababa de decirle.

_Sé lo que piensas_ dijo ella.

Él la interrogó con la mirada.

_Piensas que La Oroya no se parece en nada a Maine y que esto no tiene nada que ver con alguna historia de Stephen King.

Alejandro no pudo evitar echarse a reír, al menos ella había conseguido disminuir la tensión tan palpable en el rostro de Alejandro.

_No estoy loca Alejandro, aunque a veces creo que puedo perder los estribos de un momento a otro, algo extraño está pasando_ dijo y se echó a reír con una risa medio histérica que le gorgoteó de pronto en la garganta como si fuera gas en un vaso de gaseosa.

_No entiendo esto muy bien, pero estoy seguro de que no estás loca_ dijo el abogado acariciando la mejilla de Laura.

_A veces pienso que es este lugar_ dijo paseando la mirada a su alrededor _ han pasado muchas cosas aquí de las cuales no tenemos ni idea, han muerto muchas personas. No soy muy creyente, pero estoy segura de que algo tiene que pasar cuando morimos.

_ ¿En verdad piensas que son fantasmas? _ preguntó Alejandro con incredulidad en la voz.

_ No sé que es, pero hay una energía intensa en esa casa_ dijo con miedo, incertidumbre y desazón en la voz.

_ No sé que decirte, no sé qué pensar al respecto_ dijo el abogado.

_Te entiendo, me siento de la misma forma.

_Quisiera ayudarte, pero no sé cómo_ dijo algo inquieto.

Laura suspiró profundamente y lo miró a ojos.

_Aunque no lo creas, hablar contigo me ha ayudado mucho. Ya no tengo que cargar sola con esto.

Alejandro la miró con preocupación, temía por ella, pero no quiso que lo supiera. La abrazó contra su pecho y se guardó sus inquietudes.

III

Alejandro dejó a Laura en su casa muy a su pesar, hubiese preferido quedarse con ella aquella noche. Estaba muy preocupado, a pesar de que ella al fin se había abierto a él. Lo que le había confiado, no lo dejaba más tranquilo, por el contrario, no sabía muy bien cual sería el siguiente paso de Laura y eso lo desvelaba.

Se tendió en su cama y situó uno de sus brazos detrás de su cabeza. La lampara en el techo hacía que la tenue luz que se filtraba por las persianas de su ventana formase pequeños círculos sobre el blanco cielo raso. Sopesó las palabras de la psicóloga y llegó a la conclusión de que Laura tenía razón en cierta forma, algo extraño estaba pasando. No tenía sentido pensar en que ambas mujeres se habían sugestionado con las historias que se contaban. Creyó que sería conveniente hacer sus propias indagaciones y ver si conseguía alguna información. Suspiró frustrado, estaba claro de que le sería difícil conciliar el sueño por lo que decidió levantarse de la cama y se dirigió a la sala. Aquel acto fue algo completamente inconsciente, quería constatar que ella estuviera durmiendo y no sentada frente a la chimenea sumida en sus pensamientos. No vio nada, la casa estaba a oscuras, aquella comprobación la realizó varias veces durante el resto de la noche antes de quedarse dormido casi antes del amanecer.

IV

Laura parecía algo más relajada a la mañana siguiente. Había dormido sin interrupciones la noche anterior, después de desahogarse con Alejandro. No había ocurrido lo mismo con el abogado, que no pudo conciliar el sueño en toda la noche. No obstante, lo tranquilizo verla radiante cuando la recogió en su casa para llevarla al trabajo.

 Apenas se despidió de ella, fue al archivo que tenía en el sótano de su oficina. Sabía que en el lugar estaban los documentos que las empresas que sucedieron a la Cerro de Pasco Corporation nunca se tomaron la molestia de pasarlas a archivos digitales. Desde luego, era un trabajo tedioso que le demandaría tiempo y probablemente no encontraría nada que le sirviera. Al abrir la puerta sintió un soplo de aire helado y húmedo que olía a guardado y a hojas de papel antiguo, tal y como huele un libro que tiene décadas sin ser abierto. Todo estaba a oscuras, por lo que antes de bajar las escaleras, tanteó en la pared en busca del interruptor de la luz. Cuando lo halló, lo encendió al mismo tiempo que emitía un sonoro suspiro de asombro.  Cinco largas filas de archiveros se hallaban dispuestos ordenadamente en aquel frío sótano. Bajó las gradas de concreto despacio, pensando que en aquellos archiveros habría demasiada información que sería muy difícil de cotejar. Se detuvo delante de los archiveros con los brazos en jarra y el rostro perplejo. Pensó que el sótano tendría unos treinta metros de largo y que albergaba al menos unos cien archiveros. Suspiró resignado, si quería información sobre la casa de 110, sobre el hospital y sus antiguos pacientes, tendría que dedicarle tiempo a la interminable fila de archiveros.

V

Un sonido ensordecedor la despertó de un sobresalto, se sentó en la cama y trató de sacudirse el sueño que la envolvía. Se pasó las manos por los ojos y bajó los pies al suelo. Esperó atenta a que se sucediera otro sonido, pero no oyó nada, todo estaba en silencio como de costumbre. En la sierra, a aquella altura, ni siquiera había grillos que cantaran rompiendo la paz de la noche. Se sintió confundida, estaba segura de que la había despertado un gran estruendo muy cerca a ella. Suspiró y cuando se proponía volver a dormirse, oyó con claridad que alguien la llamaba por su nombre. Frunció el ceño perpleja, al principio pensó que era la voz de Alejandro y creyó que tal vez el abogado se encontraba en problemas, o tal vez enfermo, pero desechó esa idea de inmediato, cuando oyó su nombre por segunda vez.

Era la voz de una mujer.

Las sienes empezaron a palpitarle con fuerza, y sintió el impulso irrefrenable de dirigirse a la casa que había ocupado Melinda.

Se levantó de la cama y se vistió de prisa, buscó las llaves de la casa 110 en su mesa de noche. Se puso el abrigo y salió de su casa sin siquiera molestarse en cerrar la puerta, con una idea fija en la cabeza, la casa la estaba llamando. Escuchó los ladridos de un perro a lo lejos, pero no le prestó atención. Caminó con pasos inseguros hasta la casa, introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Todo estaba a oscuras, pero sin embargo ella podía ver todo con tanta claridad como cuando los reflectores iluminan el escenario de un teatro. Incluso pudo percatarse del gran hueco de bordes negros en medio de la alfombra azul de la sala, producto del cigarrillo que Melinda había dejado caer durante aquella terrorífica aparición que experimentó poco antes de renunciar.

No tuvo que cerrar la puerta porque fue como si alguien la cerrara por ella.  De pronto, le pareció como si el mundo se moviera en cámara lenta. Oyó de nuevo la voz de mujer que la llamaba, repitió su nombre dos veces arrastrando la última vocal.

“Lauraaaa, Lauraaa”

Se sobresaltó, abrió los ojos como platos y su corazón latió desbocado. Su respiración era superficial y dificultosa, pero no se detuvo, algo la impulsaba a seguir avanzando. Caminó despacio hasta el comedor. Las luces seguían iluminando todo a su paso, no entendía de donde provenían, pero no tenía tiempo de pensar en eso ahora. Volvió a oír que la llamaban, parecía provenir de la habitación de visitas. Algo la impulsaba a seguir, pero su instinto de supervivencia le decía que se quedara dónde estaba. Pero la fuerza pudo más.  Volvió a ponerse en movimiento, buscó el sitio de donde provenía la voz.

VI

Los ladridos desesperados de Andy lo despertaron. Suspiró molesto y se levantó de un salto de la cama, pensó que había olvidado sacar al perro para que hiciera sus necesidades. Andy no ladraba de aquella forma si no necesitaba salir al patio. Caminó de prisa hacia la lavandería en donde el perro tenía su cama. Mientras caminaba por la sala, desvió la mirada en dirección a la casa de Laura como tantas otras veces, pero se sobresaltó al ver la casa a oscuras, pero con la puerta abierta de par en par. Regresó a su habitación dando grandes zancadas y tomó su abrigo.

_ ¡Andy! _ gritó y el perro corrió hasta su preocupado dueño sin dejar de emitir sus desesperados ladridos.

Cuando Alejandro abrió la puerta, el can salió corriendo rumbo a la casa de Laura. El abogado pensó lo peor, algo le había sucedido a ella por eso el perro se encontraba tan alterado. Corrió detrás de Andy y cuando se disponía a bajar las gradas que daban al jardín, vio que el perro no de detuvo en casa de Laura, sino que siguió corriendo rumbo a la casa 110. Se quedó helado cuando notó una intensa luz en la vivienda y aceleró sus pasos. Su corazón latía desbocado, de pronto se sintió aterrado por lo que pudiera pasarle a Laura. Andy se detuvo frente a la puerta y empezó a rascarla con las patas delanteras. Sus ladridos ya no sonaban desesperados, sino que ahora parecían angustiados y al mismo tiempo desquiciados. Alejandro intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada.

_ ¡Laura! _ gritó, pero nadie le respondió.

Se caminó apresurado en dirección a las ventanas de la sala. Acercó el rostro a una de ellas y miró dentro. La luz era tan intensa que podía ver todo con claridad. La sala estaba vacía. Se apresuró hacia las ventanas del comedor y allí la vio, caminaba con pasos muy lentos, como si algo tirara de ella rumbo a la habitación de huéspedes.

_¡¡Laura!!_ volvió a gritar y golpeó el vidrio de la ventana con sus puños.

Su corazón le latía ruidosamente, estaba espantado, no entendía que era lo que ella hacía allí y de donde provenían esas luces. Los ladridos de Andy sonaban enloquecidos y eso era lo que más lo asustaba. Sabía que los animales tenían los sentidos mucho más desarrollados que los seres humanos y el perro claramente presentía que Laura estaba en inminente peligro.

_ ¡¡Laura!!_ volvió a gritar, pero la mente de la psicóloga se encontraba en otro lugar, a años luz de distancia.

De pronto, la vio detenerse y le pareció que se debatía en la duda, pero pronto volvió a ponerse en marcha. El abogado sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, fue un aviso de que algo malo sucedería si no lograba detenerla. Recorrió el jardín con la mirada, encontró una roca de considerable tamaño y la lanzó contra el vidrio de la ventana, haciendo que los cristales se rompieran en pedazos.

Laura no reaccionó, estaba ya dentro de la habitación con la mirada dirigida hacia el techo, observando algo que el abogado no pudo determinar que era.

 Alejandro metió la mano entre los restos de cristal sin cuidarse mucho de ellos y levantó el pestillo abriendo la ventana. Dio un salto y se metió a través de la ventana abierta. Andy hizo lo propio cuando vio a su amo.

_ ¡Laura! _ volvió a gritar con voz grave e imperiosa, pero ella estaba con la mente en otra parte, parecía estar bajo los efectos de alguna especie de trance hipnótico.

Alejandro la tomó del brazo y la sacudió.

_ ¡Laura! _ la llamó y ella pareció regresar a la realidad.

En ese preciso instante, las luces desaparecieron y la casa quedó sumida de nuevo en la oscuridad de la noche. Andy dejó de ladrar y se paró sobre sus patas traseras sujetándose del cuerpo de la psicóloga con la ayuda de sus patas delanteras. Laura se veía bastante desorientada. No recordaba como había llegado hasta la casa, ni que había sucedido.

_ ¿Qué hacemos aquí? _ preguntó desconcertada.

_Vamos, te llevaré a casa_ contestó el abogado rodeándola con uno de sus brazos para ayudarla a caminar.

Cuando estuvieron fuera, pudo observarla bajo la luz de los faroles, tenía los ojos verdes enrojecidos y vidriosos, los labios azules y temblorosos. La abrazó contra su pecho y la sostuvo allí por algún tiempo. Alejandro se sintió totalmente alterado, desconcertado y aterrado. No sabía que había sucedido, pero estaba seguro de que si no hubiese llegado a tiempo algo terrible le hubiera sucedido a ella.

_ Alejandro, ¿Qué hacemos aquí? _ preguntó de nuevo desde el pecho del abogado.

Alejandro se separó de ella, pero le puso una mano en el hombro y la condujo hacia su casa.

_ Vamos, vayamos a tu casa y allí hablaremos_ dijo mientras la guiaba.

Mientras caminaban lentamente por la calle en penumbras bordeada de grandes y antiguos cipreses que parecían observarlos, Laura empezó a recordar lo que había sucedido. Cuando llegaron a su casa, Alejandro la ayudó a tenderse en la cama y se aseguró de que bebiera un té caliente. Ella aún se sentía confundida, algo desorientada.

_ ¿Te encuentras mejor? _ preguntó el abogado.

_ Mejor_ contestó ella, parecía distante.

_ ¿Recuerdas lo que paso? _ preguntó el abogado con una mirada de angustia.

_ Al principio no recordaba nada. Cuando me sacaste de aquel trance no entendía que hacíamos en casa de Melinda. Pero empecé a recordarlo todo poco después.

Alejandro la animó a que hablara, ella le explicó lo que había sucedido y aquella extraña sensación de que la casa la llamaba.

_ ¿Qué fue lo que veías en el techo cuando te sacudí? _ preguntó el.

_ Era el rostro sombrío de una mujer. Me llamó por mi nombre y cuando me sacudiste, pude oír que decía: “El chico necesita tu ayuda”. Lo dijo en inglés, es decir no lo dijo con palabras, pero lo oí en mi mente.

Alejandro emitió un sonoro suspiro cargado de confusión, desconcierto e impotencia. Laura pensó de inmediato que el abogado no creía una palabra de lo que ella le estaba diciendo.

_ Sé que es difícil creer en lo que te estoy diciendo_ dijo ella.

_No se que es lo que está pasando, pero lo he visto con mis propios ojos y me preocupas. No quiero que vuelvas a ir a esa casa_ dijo muy serio.

_No depende de mí, fui hasta allí inconsciente de lo que hacía.

Alejandro sopesó la situación, estaba preocupado y a la vez asustado de lo que pudiera pasar.

_ Creo que lo mejor será que salgas de aquí, tal vez sea buena idea que vayas a ver a tus padres por un tiempo_ dijo.

Laura sacudió la cabeza con vehemencia.

_ ¡No pienso irme, debo descubrir qué diablos pasa aquí, se lo debo a Melinda! _ dijo levantándose de la cama.

_Eres muy testaruda, deberías irte de aquí ahora mismo_ dijo él pasándose la mano por la barbilla con expresión preocupada.

_ No me iré_ contestó ella_ algo extraño está pasando y pienso descubrir que es.

Alejandro suspiró frustrado e impotente, pero si ella se empecinaba en querer descubrir lo que sucedía, él no pensaba dejarla sola.

VII

Durante toda la semana, había dedicado unas horas a reconocer los documentos que contenían los archivadores del sótano. Encerraban demasiada información, muchas de ellas sin importancia, pero otras tal vez lo ayudaran a descubrir algunos secretos sobre la casa y sus anteriores habitantes. Había una lista completa de ellos desde que se fundara La Oroya hasta el año dos mil, año en que se inició el uso de archivos digitales.

Los primeros habitantes de la casa 110 fueron una pareja de norteamericanos y su pequeño hijo de tres años, los Smith. Vivieron en ella durante cuatro años, hasta que regresaron a los Estados Unidos. Alejandro cotejó datos de la pareja y el niño en los archivos correspondientes al hospital, que, por alguna razón, de la cual no tenía idea, también se encontraba en aquel sótano.  A los Smith, les siguió una pareja sin hijos los McDowell, se fueron tres años después. Luego ocupó la casa un ingeniero metalúrgico soltero, Phil Klein, que presumiblemente tenía gustos sexuales extravagantes para la época (según unos apuntes escritos a mano sobre su expediente), dejó La Oroya diez años después.

Alejandro estaba exhausto, y no había conseguido nada relevante que lo ayudara a desvelar lo que le sucedía a Laura. Decidió dejar todo para el día siguiente, sería domingo y tendría más tiempo. Había convencido a Laura de que viajara con algunas compañeras de trabajo a Huancayo por el fin de semana. No había experimentado nada extraño durante los últimos días por lo que pensó que estaría bien que saliera de la ciudad.

Regresó a su casa y sacó a pasear a Andy. El perro se mostró feliz, había estado todo el día encerrado y esperaba ansioso la llegada de su amo. Andy caminaba delante de Alejandro, se detenía de vez en cuando a olisquear alguna roca o el tronco de algún que otro árbol. No había otros animales cerca por lo que no tenía mucha necesidad de marcar territorio a cada paso. Alejandro caminaba con los ojos fijos en la casa 110, mientras su mente divagaba por algunos escenarios posibles. ¿Fantasmas? ¿Espíritus? ¿Poltergeist? Todo parecía inverosímil, pero él claramente había presenciado algo inexplicable.  De pronto, Andy llamó su atención, se había quedado completamente inmóvil con una de las patas delanteras levantada, la cola tensa y gruñía mirando la puerta de la casa 110, como si presintiera alguna presencia extraña o tal vez peligrosa. El abogado acarició al perro tratando de tranquilizarlo y decidió echar un vistazo a través de las ventanas. No tenía la llave, le había pedido a Laura que se la diera para devolvérsela al encargado. El vidrio que había roto ya lo habían repuesto y todo parecía estar en calma.

_Vamos Andy_ dijo y retornaron al camino.

Pensó en Laura mientras caminaba, esperaba que ella estuviera divirtiéndose, que olvidara un poco la locura en la que se había convertido su vida en las últimas semanas. Bajó una pequeña cuesta serpenteante que lo conducía al río Mantaro, se quedó allí lanzando piedras al río mientras Andy olisqueaba el terreno y tomaba un poco de agua. La noche empezó a caer y con ella llegó el frío. En el horizonte, observó una ondulada meseta de nubes iluminada con los últimos rayos de sol.

_Hora de ir a la casa_ dijo Alejandro y el perro ladró dos veces en señal de asentimiento.

Andy subió la cuesta corriendo, con la lengua colgada a un costado de su boca, movía la cola alegremente. Alejandro pensó en el increíble carácter de los perros, olvidaban las preocupaciones y el peligro, segundos después de que ocurrieran. En cambio, los seres humanos se hundían en los problemas y les era difícil salir a flote. Alejandro apuró sus pasos para alcanzar a su mascota, pronto, estuvieron dentro de la casa, dando cuenta de su cena.

VIII

Los rayos oblicuos de la tarde daban color a la campiña, parecían hondos y oscuros surcos que cubrían las faldas de las montañas. El sol había casi desaparecido y teñía las nubes de un color anaranjado rojizo. Laura sonrió ante el increíble espectáculo que observaba. El gélido aire empezaba a soplar y estaba desabrigada, pero quiso permanecer unos minutos más observando todo. Las mujeres que la acompañaban en su viaje, subían lentamente al vehículo que las llevaría a su hotel en el centro de la ciudad. Habían pasado un magnífico día en el campo, pero debían regresar, tenían programado asistir a un show folclórico por la noche y se hacía tarde.

_ ¡Vamos Laura, se hace tarde! _ gritó una de las mujeres.

Laura le dedicó una sonrisa resignada y se encaminó hacia el mini bus que la esperaba. El día había sido perfecto, no tuvo tiempo de pensar en nada de lo que le había sucedido y se sentía bien. Se sentó al lado de la secretaria de Alejandro, Mónica. Era una joven agradable y muy solícita.

_ ¿Habías estado antes en Huancayo? _ le preguntó.

_ No, es la primera vez_ contestó Laura con una sonrisa.

_ ¿Qué te ha parecido?

_ Me ha gustado, en especial la gente, es muy amable. ¿De qué parte del Perú eres?

_ Nací en Huancavelica, pero mis padres y yo nos mudamos a Lima cuando yo tenía diez años. Pero cada vez que puedo regreso a mi tierra a recargar energías. Creo que nunca me acostumbraré al caos de la ciudad.

Laura asintió, sabía perfectamente a que se refería Mónica.

_ ¿Cómo es Alejandro como jefe? _ preguntó la psicóloga, quería saber más de él, desde la perspectiva de otra persona.

Mónica sonrió de forma ensoñadora, lo que inquietó extrañamente a Laura.

_Alejandro es una buena persona, y un buen jefe, trata a todos con bastante aprecio y respeto, eso es lo que más me gusta de él, aparte de que es muy atractivo_ dijo y se echó a reír.

Laura esbozó una sonrisa incómoda.

_ Lo siento, no quiero que te molestes, sé que Alejandro y tú son muy cercanos_ dijo la joven.

_Oh no me molesta en absoluto_ mintió_ solo somos buenos amigos.

_ Pensé que eran pareja y que mantenían cierta distancia ya que trabajan juntos.

_ No, entre él y yo no hay nada más que una profunda amistad_ dijo Laura.

Mónica no pareció muy convencida, pero no quiso seguir insistiendo. Los había visto interactuar muchas veces y estaba segura de que entre Alejandro y Laura había mucho más que una simple amistad.

_Alejandro es una persona muy empática, trata siempre de ponerse en el lugar de los demás_ continuó la secretaria.

_Sí, lo he notado_ dijo ella con una media sonrisa.

_Imagino que sabes lo que hizo apenas llegaste a La Oroya_ dijo Mónica_ de seguro te lo habrá contado.

Laura frunció el ceño pensando, pero no se le ocurrió nada en particular.

_No sé a qué te refieres_ dijo.

_La muralla, frente al Hotel Junín_ dijo Mónica.

Seguía sin entender, la miró con el rostro interrogante, tenía las cejas levantadas, arqueadas en una forma graciosa que hizo reír a la secretaria.

_Frente al Hotel Junín hay una muralla cruzando la avenida, es la valla que separa la calle de la estación de tren.

Laura asintió, sabía de que hablaba la secretaria, pero aún no entendía adonde quería llegar con eso.

_Bueno, no sé si lo notaste, pero en esa muralla habían escrito una frase no muy agradable en letras grandes y rojas_ dijo ella extendiendo los brazos para que Laura se hiciera una idea del tamaño de las letras.

Laura hizo un gesto de asentimiento, ahora entendía de lo que hablaba Mónica.

_Pues, Alejandro pidió que pintaran la muralla_ explicó.

Laura abrió los ojos sorprendida.

_La gerencia dijo que no era una prioridad pintar la muralla, así que él puso dinero de su propio bolsillo para que la pintaran_ dijo Mónica.

_No tenía idea_ dijo Laura muy sorprendida.

_Alejandro no habló de esto con nadie en la oficina, pero soy su secretaria y a veces oigo algunas cosas_ dijo encogiéndose de hombros.

Laura asintió con una sonrisa. Sabía por experiencia que las secretarias escuchaban mucho más de lo que debían.

_Sé que lo hizo porque le preocupaba que te sintieras incómoda cada vez que pasaras por allí. Aunque desde luego, la pinta no estaba dirigida a ti.

_Mónica, te agradezco que me lo hayas contado_ dijo Laura sinceramente conmovida.

_ ¿Te gusta bailar? _ preguntó Mónica cambiando drásticamente de tema.

_ Si, me gusta_ dijo ella.

_Pues esta noche en la cena show podrás hacerlo.

Laura se echó a reír.

_ No soy muy buena bailando Huaylas.

_ Puedes aprender, yo te enseño_ dijo Mónica.

_Está bien ¿Por qué no? _ respondió.

IX

Alejandro llevaba unos minutos con la espalda apoyada contra el Corolla celeste, acababa de salir del gimnasio, tenía los brazos cruzados sobre su pecho y los músculos parecían querer salirse de las mangas de su camiseta. Llevaba el pelo algo desordenado y cuando el autobús se detuvo frente a él y Laura lo vio, sintió que su corazón se saltaba un latido.

_Wow se ve muy atractivo esta tarde_ dijo Mónica con una sonrisa.

Laura no dijo nada, pero no le gustaba mucho que se fijaran en él. Dejó que todas se adelantaran, ella fue la última en bajar del vehículo. Alejandro le dedicó una de sus mejores sonrisas al verla. Laura no pudo evitar sonreír con él.

_Pensé que decidiste quedarte en Huancayo_ dijo él y en sus labios se dibujaron una sonrisa ladeada.

Ella se echó a reír.

_Aquí me tienes_ contestó y le dedicó una sonrisa algo nerviosa.

Ya no podía seguir negando las sensaciones que el abogado le provocaba. Una extraña mezcla de seguridad, calidez, ternura, apego e intenso afecto.

_ Déjame ayudarte con eso_ dijo él tomando la pequeña maleta que Laura sostenía en su mano.

Abrió la maletera y la guardó dentro. La psicóloga lo observaba con los ojos brillantes y una media sonrisa en los labios.

_ Vamos, te llevaré a casa_ dijo al tiempo que abría la puerta para ella.

Laura subió al vehículo y Alejandro cerró la puerta. Mientras rodeaba el Toyota, Mónica lo saludo con la mano y una sonrisa coqueta. Laura sintió una corriente inexplicable que le recorrió el cuerpo y se alojó en su estómago. Alejandro le devolvió el saludo a su secretaria y subió al carro. Puso el motor en marcha y se integró al tráfico.

_Anoche, Mónica me envió un video_ dijo poco después.

Laura lo miró con las cejas levantadas. Alejandro se echó a reír.

_ No es lo que piensas, el video era tuyo_ dijo mirándola a los ojos.

Ella parecía perpleja.

_ Anoche fueron a un show de música folklórica_ dijo él.

_ Sí_ contestó ella con cautela.

_En el video estás bailando_ dijo él mirándola con una sonrisa.

_ Voy a matar a Mónica_ contestó ella.

Alejandro se echó a reír.

_No entiendo porque, se te ve muy contenta, parece que lo disfrutaste, además bailas muy bien.

_No seas condescendiente conmigo, no bailo muy bien el Huaylas, es más nunca lo había bailado antes.

_ Pues para no haberlo bailado nunca, lo haces muy bien. Yo tengo dos pies izquierdos, no soy muy bueno bailando.

_Quiero ver ese video ¿dónde tienes el teléfono? _ dijo Laura mientras buscaba el abrigo del abogado en todas partes

Alejandro se echó a reír.

_No está en el abrigo, ¿no tienes frío? _ dijo Laura mientras observaba con detenimiento al abogado. Paseó sus ojos con interés por los bíceps del abogado por más tiempo del que creía conveniente.

_Cuando salí del gimnasio tenía calor, pero ahora está haciendo un poco de frío_ dijo_ El teléfono está en la guantera_ agregó.

Laura abrió la guantera y tomó el teléfono del abogado.

_ ¿La clave? _ preguntó mientras encendía el móvil.

_ No tiene clave, no tengo nada que esconder_ dijo y le dedicó una sonrisa.

Laura se la devolvió y luego buscó el video en cuestión, pronto se vio zapateando, saltando y moviendo las manos con frenesí como si sostuviera los bordes de una falda invisible. La psicóloga se echó a reír. Alejandro la observó, parecía tranquila y relajada, pensó que había hecho bien en animarla a hacer aquel viaje.

_Creo que ayer tomé unas copas de más_ dijo ella.

_Creo que te vino bien el viaje_ contestó él.

_Sí, te agradezco que insistieras, me siento mejor.

_Me alegra oír eso_ dijo el abogado mientras detenía el vehículo frente a la casa de Laura.

La psicóloga le entregó el teléfono y antes de apearse, situó una mano sobre el brazo de Alejandro. Sintió su piel cálida y su mirada penetrante.

_Quería agradecerte_ dijo ella mirándolo con ojos brillantes.

_No tienes porque, puedo recogerte cuando quieras_ dijo él sonriendo.

Ella sacudió su cabeza negando.

_No es por eso por lo que quiero agradecerte_ dijo y él la miró intrigado. _Mónica me dijo que fuiste tú quien pintó la pared en donde estaba aquella frase en la que me halagaban.

Alejandro se echó a reír.

_Bonita forma de expresarlo_ dijo. _ No necesitabas saberlo_ agregó.

Ella le sonrió, sus ojos parecieron brillar en la penumbra del carro.

_Gracias _ volvió a decir y le dio un beso en la mejilla.

El corazón de Alejandro se aceleró de inmediato. Laura abrió la puerta, se apeó, obligando a Alejandro a hacer lo mismo. Hacía frío, Laura levantó el cuello de su abrigo.

_Estas desabrigado_ dijo ella.

_ No te preocupes, voy a la casa. Si no estás muy cansada, me gustaría mostrarte lo que encontré este fin de semana.

Ella abrió los ojos y separó un poco los labios.

_ ¿Encontraste algo? _ preguntó sorprendida, no había tenido muchas esperanzas de que Alejandro descubriera algo entre tantos papeles.

_ Creo que sí, de eso quería hablarte.

_ Voy a preparar algo caliente para comer mientras regresas_ dijo ella.

Alejandro asintió y bajó la maleta de Laura. Quiso llevarla hasta su puerta, pero Laura lo detuvo.

_ Lo puedo llevar sola, no pesa mucho_ dijo.

Él volvió a asentir y le entregó la maleta.

_ Gracias Alejandro, gracias por todo_ dijo, mirándolo con ternura.

X

La sopa que le había servido Laura, le cayó de maravilla, estaba hambriento, había olvidado almorzar, porque estaba muy interesado en unos documentos que había hallado en el sótano. Luego, fue al gimnasio porque necesitaba despejar un poco la mente y se le había hecho tarde para recoger a Laura.

_Sobre ese video_ dijo la psicóloga, y Alejandro dejó la cuchara que sostenía en la mano.

_ ¿Qué hay con él?

_Preferiría que lo borraras_ dijo sin mirarlo.

_ ¿Por qué?

_No sé, me siento algo incómoda.

_No entiendo porque, bailas muy bien. Bueno, aunque para serte sincero, te veías increíble la última vez que…

Laura levantó la mirada y lo miró sin entender.

_ ¿Qué última vez? _ preguntó.

Alejandro quiso retroceder el tiempo, que le tragara la tierra, pero no había marcha atrás. Se la quedó mirando sin saber que decir.

_ ¿De que estas hablando? ¿Qué última vez? _ volvió a preguntar.

Alejandro se removió inquieto en su asiento, pero no dijo nada. Laura observó que sus mejillas se teñían de un tono rojizo intenso.

_ ¿Alejandro?

_ Yo… este…

_ ¿Quieres explicarme de qué diablos estás hablando? _ dijo algo molesta y confundida.

_ Poco después de que te mudaras a esta casa, yo estaba observando a través de la ventana de mi sala y te vi_ dijo sin mirarla a los ojos.

_ ¿Me viste haciendo qué? _ preguntó, pero de inmediato le cayó como un baldazo de agua fría percatarse de que Alejandro la había visto bailando, y esta vez, fue ella quien se sonrojó.

_Te vi bailando y cantando_ dijo él confirmando las sospechas de Laura.

_ ¡Oh por Dios! ¡Qué vergüenza! _ dijo cubriéndose el rostro con ambas manos.

_Lo siento, no es que te estuviera espiando, pero me gusta observar por la ventana. No tienes que ponerte así, lo hacías muy bien_ dijo y se echó a reír nervioso.

Ella no podía mirarlo, se moría de vergüenza. Suspiró profundamente antes de animarse a volver a mirarlo.

_Por favor, borra ese video_ dijo muy seria.

Alejandro asintió tomando su teléfono y eliminando el video.

_Gracias_ dijo ella. Seguía sin poder mirarlo a los ojos.

Siguieron comiendo en silencio, Alejandro la miraba de tanto en tanto y ella rehuía su mirada, la situación se había vuelto bastante incómoda. Cuando terminaron, fueron a la sala y Alejandro tomó el folder con los documentos que había encontrado. Esa sería la mejor forma de olvidar lo que había pasado.

_Estuve investigando todo el fin de semana_ dijo_ encontré algunas cosas interesantes.

Laura le prestó atención muy interesada en lo que él tenía que mostrarle.

_La casa 110, albergó a mucha gente a lo largo de los años, pero me llamó la atención una pareja que habitó la vivienda en el año 1947_ dijo enseñándole a Laura un documento.

_John y Linda Williams_ leyó Laura y luego miró interrogante a Alejandro_ ¿Qué tienen de especial?

_Es un caso extraño_ empezó diciendo_ John trabajó en el laboratorio analítico de la fundición. Vivieron en la casa por cinco años hasta que Linda desapareció en 1952. Un año después, John dejó la empresa y regresó a Georgia de donde era originario.

_ ¿Desapareció? _ preguntó Laura.

_Sí, John dijo que su mujer lo abandonó por otro hombre. Pero la verdad, todo parece muy extraño y si te fijas en este documento_ dijo entregándole otro papel amarillo y bastante arrugado_ hay una anotación a lápiz.

Laura intentó leer lo que decía, pero la caligrafía era mala y el carbón estaba algo borroso.

_ No entiendo muy bien, parece decir: “Linda no desp…”

_Dice: “Linda no desapareció”

Laura observó a Alejandro intrigada.

_Es una anotación a mano en un papel que tiene varias décadas_ objetó ella.

_ Lo sé, pero algo me dice que esas anotaciones son correctas_ dijo señalando con el dedo índice la anotación a mano_ no es la primera que encuentro. Alguien, que tenía mucho tiempo libre, se dedicó a investigar a todas las personas que pasaron por el complejo. Así que, decidí seguir mis instintos y averigüé más sobre Linda.

Alejandro le entregó esta vez, una serie de papeles que parecían formar parte de un historial médico.

_Esta es la historia clínica de Linda Williams_ explicó_ durante los cinco años en que vivió en La Oroya, visitó múltiples veces el hospital. Como veras, era asidua_ dijo señalando el extenso archivo.

_ Tenía suerte de tener el hospital tan cerca_ dijo Laura.

Alejandro se encogió de hombros al tiempo que en su rostro se dibujaba una expresión de suspicacia.

_ Como podrás ver, visitó el hospital varias veces por problemas respiratorios, un par de veces por alergias, otras tantas por problemas intestinales.

_ No veo nada extraño en esto_ dijo Laura_ imagino que, para personas como Linda, vivir aquí era difícil, lejos de su país y fuera de su ambiente.

_Lo extraño está aquí_ dijo Alejandro señalando varias anotaciones encerradas en círculo con lápiz rojo.

_” Fractura de húmero izquierdo” _ leyó Laura.

_Mira la fecha_ dijo el abogado señalando unas anotaciones en el papel.

_”15 de julio de 1947”.

_Solo cinco días después de que se instalaran en la casa_ dijo Alejandro mostrándole a Laura el inventario de la casa que estaba firmado por John Williams en la fecha en que ocuparon la vivienda.

_ Lee la causa_ le instó.

_” Caída de las escaleras del jardín” _ leyó _Sigo sin entender_ dijo entrecerrando los ojos y frunciendo la frente.

_ Sigue leyendo las anotaciones encerradas en circulo_ dijo él.

Laura hojeó el historial hasta que halló lo que Alejandro le decía.

_” Fractura de Cubito y Radio derecho” _ dijo y buscó la fecha de la atención médica_ “10 de diciembre de 1947” _ Buscó la causa_ Torcedura de pie y caída_ Laura empezaba a entender a donde quería llegar Alejandro.

Hojeó presurosa las páginas.

_” Fractura de fémur izquierdo” “8 de marzo de 1949” “Caída”

Laura levantó la mirada y buscó a Alejandro.

_ Sí que es raro, cualquiera pensaría que esta mujer estaba siendo víctima de abuso doméstico.

Alejandro asintió.

_ Sigue leyendo_ la animó.

_” Esguince de hombro” “23 de junio de 1949” “Esfuerzo al levantar peso”

Alejandro le señaló otra hoja.

_ “Fractura de Falange distal, dedo índice, mano derecha” “24 de diciembre 1949” En esta ni siquiera figura la causa.

_El médico que la atendía tenía que saber lo que estaba pasando con Linda_ dijo Alejandro_ es muy probable que fuera cómplice de su esposo.

_ “Golpe abdominal” _ siguió leyendo_ Causa: “Asalto” _ leyó “30 de mayo de 1950”

_ No hay registro policial sobre algún asalto_ aclaró Alejandro_ Ya lo corroboré. Además, hay otras visitas al hospital, contusiones, golpes, fracturas, hasta el 15 de enero de 1952 en donde se supone que abandona a su esposo y se va.

_Bueno, no sería extraño después de todo esto, tal vez se cansó del maltrato que recibía y decidió irse, no necesariamente con otro hombre_ dijo Laura.

_Revisé todo su historial médico, la última vez que la atendieron fue el 13 de enero de 1952, se presentó en el hospital porque presentaba ataques de ansiedad_ dijo Alejandro y le enseñó el documento a Laura.

_Le prescribieron fenobarbital_ dijo ella.

_Estaba ansiosa y angustiada según lo que dice allí_ dijo Alejandro señalando el documento.

_ ¿Y desapareció dos días después? _ preguntó Laura.

_ Eso dice el parte policial_ dijo él entregándole un documento.

_ ¡Por Dios! ¿De dónde sacaste todo esto? _ preguntó tomando el documento.

_ Al parecer, la persona que trabajaba en archivos tenía cierta obsesión con recaudar todo lo que podía sobre cada una de las personas que pasaron por aquí.

_Es una suerte para nosotros_ dijo ella sonriendo.

_ Lo es.

_Aquí dice que Linda dejó a su esposo y se llevó toda su ropa, según las declaraciones de John_ dijo Laura.

_ La pregunta es ¿por qué estaba ansiosa y angustiada?

_Su esposo la maltrataba_ contestó Laura de inmediato.

_Lo extraño es que, según esta lista de empleados, los Williams tenían un jardinero que se llamaba Kuntur Huamán, de catorce años. Era de la localidad de Chacapalpa.

_ ¡Vaya! Imagino que en aquella época era muy difícil desplazarse desde Chacapalpa hasta La Oroya.

_ Sí, el jovencito trabajó por dos años para la pareja hasta que falleció cinco días antes de que Linda desapareciera_ dijo Alejandro haciendo gestos con los dedos de ambas manos como si se trataran de comillas.

Laura levantó ambas cejas y se mordió el labio inferior.

_Eso si es muy extraño. ¿Cómo murió el niño? _ inquirió.

_Según este documento_ dijo el abogado entregándole un mugriento papel a la psicóloga_ dice que el jovencito murió de ruptura de cráneo a causa de un fuerte golpe.

_ ¡Vaya! ¿eso es todo lo que dice?

_ Eso es todo, lo extraño es que lo atendieran en este hospital ya que él no era trabajador de la empresa, sino un simple poblador que se dedicaba a ganarse unas monedas haciendo jardinería. Lo lógico hubiese sido que lo llevaran al centro de salud.

_ Tal vez fue un accidente de trabajo y Williams lo llevó al hospital más cercano_ aventuró Laura.

_Según esto, en el momento en que lo trasladaron al hospital, se encontraba trabajando en casa de Williams, pero el documento no explica lo que le sucedió. No soy médico_ dijo el abogado_ pero según esto tuvo hundimiento del parietal y murió desangrado.

_ ¿Qué fue lo que le paso? _ se preguntó Laura a sí misma. _ Solo puedo imaginar que alguien lo golpeara con un objeto pesado y contundente, como una roca de gran tamaño. Pero eso no sería un accidente sino un intento de homicidio.

_ Eso fue lo que yo pensé. Lo extraño es que la muerte de este niño sea tan cercana a la desaparición de Linda.

_ Si todo es muy extraño_ concordó la psicóloga.

_Seguiré buscando a ver que más encuentro_ dijo el abogado_ pero tengo la extraña sensación de que la muerte de este niño y la desaparición de Linda están relacionados.

_Se te da muy bien esto de ser detective_ dijo Laura con una sonrisa que a Alejandro le pareció algo preocupada. _ Te agradezco mucho todo lo que estás haciendo por mí. Dedicas mucho tiempo a esto.

Alejandro la miró con ternura, levantó una mano y le acarició el rostro.

_Haría lo que fuera por ti_ dijo.

Destacada

CASA 110 (Parte 4)

EL HOSPITAL

I

Era la primera semana de guardia de Melinda, su turno empezaba a las doce de la noche y se extendía hasta las siete de la mañana. El fin de semana había estado lleno de altibajos. Por un lado, se había acercado a Alejandro, no de la forma en que a ella le hubiese gustado, pero lo consideraba un amigo. Por otro lado, creía que Laura estaba enamorada de él, a pesar de las reiteradas negaciones de la psicóloga. Suspiró resignada, no sucedería nada entre ella y Alejandro, pero no importaba, de todas maneras, apenas lo estaba conociendo, le importaba mucho más conservar la amistad de Laura. Ya llegaría el momento en que la psicóloga aceptara la realidad, pensó.

Ingresó en la sala de emergencias del hospital. Todo a su alrededor era viejo y algo desvencijado, pero aún servía para cumplir con su propósito, hasta que la situación mejorara y se pudiera renovar los equipos. Conversó con la enfermera que dejaba el turno. Todo había estado muy tranquilo durante la primera parte de la noche. Cuando su colega se despidió, Melinda recorrió la sala revisando la presión de la bomba de oxígeno, arregló las sábanas de la camilla a pesar de estar correctamente tendidas. Quería mantenerse ocupada en alguna cosa para que el sueño no la venciera. Pronto, el médico de guardia hizo su aparición, se saludaron y el hombre se dirigió a la zona de consultorios para leer uno de los enormes volúmenes que tenía en su oficina. Melinda volvió a suspirar, se había vuelto a quedar sola y no sabía en que entretenerse. Recordó que una de sus compañeras de trabajo, había mencionado que el segundo piso del hospital estaba decorado con antiguos murales. En la segunda planta se encontraba el área de pediatría. Decidió que era hora de echar un vistazo ya que no había tenido tiempo de hacerlo durante las dos primeras semanas de trabajo. Si alguien la necesitaba, tocaría el timbre en emergencias.

Se dirigió sin prisa por el largo y oscuro pasillo, tenían las luces apagadas para ahorrar energía, solo una que otra bombilla iluminaba con su luz mortecina el estrecho pasaje. Mientras caminaba, oía retumbar sus pisadas en el aire. Vio al médico sentado en su escritorio absorto en la lectura, entonces se dirigió a la derecha. Antes de llegar al final del pasillo, encontró la escalera que la llevaría al segundo piso. Quiso encender las luces, pero los fluorescentes parpadearon un par de veces y luego se apagaron, como si fueran luciérnagas a las que alguien les dio un manotazo. Suspiró frustrada, pero recordó que alguien le había mencionado, que en el segundo piso había unas luces de emergencia que funcionaban con energía solar. Algo moderno en este cacharro viejo, pensó. Subió las gradas despacio, casi a tientas, sujetándose con fuerza de la barandilla. Después de la vigésima grada, su pie derecho se topó con la grada siguiente, trastabilló, pero mantuvo el equilibrio. La escalera no seguía de frente, sino que cambia de dirección hacia la izquierda. Siguió subiendo mientras proseguía a través de la negrura de la noche. El aire se sentía mucho más frío de repente, como si alguien hubiese olvidado cerrar alguna ventana.

Pronto, estuvo en el segundo nivel, dirigió su atención entonces a su derecha intentando hallar las luces de emergencia. Sus pupilas se habían dilatado para tratar de enfocar algún objeto en la oscuridad. Encontró la pared y tanteó en ella hasta que su mano golpeó contra algo que la enfermera pensó eran las luces de emergencia. Buscó el interruptor por algún tiempo que le pareció una eternidad, al fin lo halló y encendió las luces. Pronto dos focos iluminaban el segundo piso y el rostro algo cansado de la enfermera, no era mucho, pero le permitía ver el primer mural con bastante nitidez.

Se dirigió hacia él y lo observó desde cierta distancia, desde donde podía apreciar la obra. El mural, retrataba la vida minera en La Oroya, y tal vez de cualquier otro pueblo minero enclavado en la sierra. A la derecha pudo observar lo que parecía ser una familia. El padre, un trabajador minero, la madre y el hijo. Detrás del padre pudo notar barras de lo que parecía ser plata, al igual que piedras preciosas. En otro rincón había un par de manos sosteniendo minerales o tal vez piedras preciosas, no supo identificarlas con precisión. En la parte izquierda, se retrataban a cuatro mineros dentro de lo que parecía ser una mina subterránea, utilizaban cascos y linternas, pero solo llevaban pantalones, y sus torsos estaban desnudos. Dos de ellos, tenían en la mano perforadoras neumáticas. Lo que a Melinda le llamó mucho la atención fueron los ojos y las miradas de aquellos hombres, todos ellos tenían los ojos tristes y brillantes, la mirada algo desorientada o tal vez consternada y sombría. Era la mirada de la desesperanza y la resignación. Los rasgos eran bien característicos, ojos pequeños, nariz aguileña, tes curtida por el sol inclemente de la sierra, el cuerpo musculoso debido tal vez, al trabajo físico extenuante que realizaban. Observó la firma del artista. Carlos Díaz decía con una caligrafía que a la enfermera le pareció la de un médico por lo poco legible.

Dio unos pasos más internándose de nuevo en la oscuridad. Intentó encender las luces, esta vez lo consiguió, pero se encontraban teatralmente dispuestas sobre el segundo mural, emitían su resplandor sobre toda la pieza, confiriéndole una sensación fantasmal. Esta vez la pieza artística emulaba al hombre perfecto de da Vinci, El Hombre de Vitruvio. Fue Leonardo quien realizó el dibujo a tinta y pluma de las dimensiones del hombre perfecto de Vitruvio con ciertas correcciones personales. El hombre de aquel mural se encontraba a más de once mil kilómetros de distancia y más de 530 años en el futuro del dibujo original. Melinda observó los brazos y piernas extendidas de aquel hombre, parecía que hubiese estado ejercitando. La firma en la obra de arte era la misma que la del primer mural.

Caminó internándose un poco más en el frío pasillo y allí halló el tercer mural, esta vez, se trataba de escenas médicas, en el centro habían pintado el interior de un cuerpo humano, los huesos, músculos, arterias, los pulmones, el sistema digestivo y el cerebro. A Melinda le pareció algo macabro, más aún en aquella noche gélida y oscura. A un lado se podía observar a un bebé en estado de gestación y una madre que sostenía a su pequeña niña mientras una enfermera le administraba lo que parecía ser una vacuna. En la parte inferior derecha, se observaba un microscopio y algunas bacterias en dos capsulas de Petri. En el lado izquierdo, se podía apreciar a varios médicos durante una cirugía. Melinda pensó que uno de ellos tenía una expresión de miedo que no necesitaba de traducción.

Recordó que había otro mural en el área de pediatría frente a los dos primeros. Se dirigió al lugar, sabía que aquel sitio no funcionaba hacía más de veinte años. Se acercó a la puerta y trató de abrirla, pero no pudo. Al principio pensó que estaba cerrada con llave, pero al girar la cerradura se percató que estaba trabada. Los años sin uso la habían oxidado. Trató de abrirla un par de veces más sin éxito. Observó a través de los vidrios de la puerta y vio el mural al fondo del cuarto. Volvió a zarandear la puerta y cogió el viejo tirador de hierro con una mano y el picaporte con la otra. Giró el pomo y jaló del tirador, la cerradura cedió y la puerta se abrió. Ingresó despacio a la gran sala en donde incontables niños pasaron la noche hace mucho tiempo atrás. El mural se hallaba a solo unos metros de distancia, trató de encender las luces, pero esta vez no consiguió su objetivo. Los fluorescentes habían cumplido con su tiempo de vida útil hacía décadas. Pero la tenue luz de los focos de emergencia ingresaba por la puerta y pudo observar algo del mural. Esta vez se trataba de dibujos infantiles de Disney:  Mickey Mouse, Pluto y Tribilín con grandes sonrisas y ojos alegres. Estos personajes alguna vez hicieron la estancia de los niños internados más grata, pensó la enfermera con una media sonrisa en sus labios. Se acercó para leer la firma en el mural, Apolonio, pudo leer en el costado inferior derecho del mural.

Mientras seguía concentrada en los personajes infantiles percibió una corriente helada en su cuello que la hizo estremecerse. Con el rabillo del ojo, pensó ver una figura que se movió muy cerca a sus espaldas. Volteó de inmediato, no vio nada, pero volvió a sentir aquella corriente fría en su nuca. Oyó voces apagadas en el fondo de la sala, su corazón dio un vuelco, era una sensación algo fantasmal. Pero luego de pensarlo un poco creyó que eran imaginaciones suyas. Salió de la sala de pediatría de prisa y cerró la puerta de inmediato. Apagó las luces que tenía encendidas en el pasillo y bajó la escalera. Ya había saciado su curiosidad, pero había algo allá arriba que no le daba buena espina y prefirió trapear el piso si era necesario para mantenerse ocupada el resto de la noche.

II

Alejandro dejó su oficina y se dirigió con pasos ágiles hasta la sala de descanso con la intensión de tomarse un café. para llegar hasta allí tenía que pasar indefectiblemente frente a la oficina de Laura. Ella tenía la costumbre de mantener la puerta abierta para que la gente se sintiera en libertad de entrar y hablar con ella de lo que necesitaran. Le gustaba que los empleados o cualquier miembro de la comunidad se acercara sin necesidad de citas o anuncios previos. Alejandro no pudo evitar detenerse y observarla por unos segundos, ella se encontraba muy concentrada en unos documentos que tenía entre sus manos y no se percató de la presencia del abogado, que caminó resuelto hacia la puerta.

Laura notó una silueta en el umbral de la puerta. Levantó la mirada y en sus labios se dibujó una sonrisa al ver al visitante.

_Alejandro_ dijo al verlo_ no imaginé que fueras tú.

_Hola Laura, pensé que estarías en alguna de las comunidades.

_Bueno, también tengo que presentar informes, tengo una reunión con el gerente esta tarde. ¿Me necesitas para algo?

Alejandro pensó en una lista bastante extensa de necesidades que podía mencionarle a ella, pero prefirió cerrar la boca.

_No_ dijo con una media sonrisa que a Laura le pareció encantadora_ solo quería saludarte.

_ ¿Quieres pasar, o estás muy ocupado?

_ Iba por un café, no quiero molestarte.

_Siempre tengo unos minutos para ti_ dijo ella y se sonrojó.

_Me gusta cuando te sonrojas_ dijo él sin pensarlo y se arrepintió de inmediato.

Laura volvió a sonrojarse, se comportaba como una adolescente tonta cuando de Alejandro se trataba.  El abogado entró a la oficina y se sentó frente a ella.

_El domingo comeremos en mi casa_ dijo Laura tratando de desviar la conversación hacia temas menos escabrosos.

_Pensé que le tocaba a Melinda_ dijo él frunciendo el ceño.

Laura se puso algo inquieta.

_ ¿Melinda no te lo dijo? _ preguntó sin mirarlo a los ojos.

_ ¿Qué cosa? _ preguntó él a su vez.

_ Dejará de asistir a los almuerzos_ contestó ella sin mirarlo.

Alejandro la observó desconcertado.

_ ¿Qué ha sucedido, hice algo que la molestó? _ preguntó algo desconcertado.

Laura levantó la mirada y se encontró con la mirada cada vez más perdida y desconcertada del abogado.

_ ¿Por qué preguntas eso? _ dijo ella confundida.

Alejandro se puso algo nervioso. Se puso de pie y desfiló frente al escritorio de la psicóloga con las manos en las caderas.

_ ¿Alejandro? _ preguntó ella moviendo de un lado a otro la cabeza observándolo, como si el abogado fuera una pelota de tenis en un campo de juego.

Se detuvo y la enfrentó, los ojos verdes de Laura lo escrutaban intrigados. Suspiró antes de hablar, lo cual inquietó a la psicóloga.

_Cuando te fuiste el otro día, Melinda y yo tuvimos una charla_ dijo él con precaución.

_ ¿De qué charlaron? _ preguntó ella perpleja por la extraña actitud de su amigo.

Él volvió a suspirar, no sabía si era conveniente que Laura lo supiera.

_ Me estás preocupando_ dijo ella.

_ No tienes porque, lo que sucede es que le dije sutilmente que no estaba interesado en ella_ dijo_ espero que no esté molesta por ello.

Laura entreabrió los labios sorprendida, pero trató de disimularlo lo mejor posible.

_Lo siento, no debería haber insistido en que hablaras de esto, no es de mi incumbencia_ dijo ella incómoda, pero a la vez extrañamente aliviada.

_No tienes que sentirlo, pensé que tal vez ella no se sentía cómoda asistiendo a los almuerzos por ese motivo.

_No me mencionó nada sobre la conversación que mencionas, pero sí mencionó el motivo por el que no asistiría a los almuerzos_ mintió _ dijo que no tenía tiempo, que estaba algo ocupada con las guardias.

Alejandro asintió no muy convencido. Pero Laura no pensaba decirle la verdad, no pensaba mencionarle que su antigua amiga pensaba que era mejor no inmiscuirse en la relación de la psicóloga y el abogado.

_ ¿Te gustaría cenar en casa esta noche? _ preguntó él olvidándose por completo de Melinda. Sus ojos brillaron expectantes.

Laura pensó que se veía muy atractivo, su corazón latió con fuerza y de inmediato se odió por las sensaciones que estaba experimentando. Se había jurado que nunca más se enamoraría, había levantado una barrera a su alrededor, quería evitar que alguien volviera a acercarse a ella, pero Alejandro estaba destruyendo esa barrera más rápido de lo que ella podía volver a reconstruirla. Pensó en inventarse alguna excusa, pero al abrir la boca dijo todo lo contrario.

_Sí, me gustaría_ contestó.

Él le dedicó la mejor de sus sonrisas.

_ Perfecto, ¿te parece si te espero para llevarte a casa?

_Sí_ volvió a repetir.

Él volvió a sonreírle satisfecho.

_Será mejor que te deje trabajar entonces_ agregó antes de dejarla sola.

III

La segunda noche de guardia había trascurrido sin contratiempos, con excepción de un trabajador que se había presentado con fuertes dolores abdominales. Al principio, Melinda pensó que podía tratarse de apendicitis, pero de inmediato descartó su diagnóstico inicial cuando el hombre le explicó lo que había cenado antes de presentarse al trabajo. Había tomado parte en las celebraciones de un cumpleaños y la lista de alimentos que ingirió era interminable. Todo resultó ser una gran indigestión.

La tercera noche, sin embargo, le pareció oír las mismas voces que percibió en el segundo piso, solo que esta vez las oía en el pasillo del primer piso. Al principio, parecía ser un murmullo lejano, no entendía lo que las voces repetían, pero mientras la noche avanzaba fría e inexorable fuera del hospital, Melinda pudo captar alguna que otra palabra al azar. “Por favor”, “Perdón”, “No”. Sacudió la cabeza, se dijo a sí misma que el cansancio y las malas noches la hacían imaginarse cosas.

_ ¿Melinda? _ dijo una voz que la hizo dar un respingo en su asiento.

_ ¡Por dios doctor, casi me mata de un susto! _ dijo llevándose una mano al pecho, en donde su corazón latía acelerado.

_ Lo siento, no quise asustarte_ dijo el médico con el rostro algo avergonzado.

_No se preocupe doctor_ contestó la enfermera intentando calmar su acelerado corazón relajarse.

_Estabas tan absorta en tus pensamientos_ dijo el galeno.

_Lo que sucede es que ese sonido el que parece un murmullo me tiene estresada_ dijo la enfermera.

El doctor la miró con el ceño fruncido.

_ ¿Qué murmullo? _ preguntó.

_ ¿No lo oye? _ preguntó la enfermera algo confundida, ya que para ella sonaba bastante alto.

El galeno prestó atención, pero al parecer no oía nada.

_ Solo oigo, el aullido del viento tal vez sea eso lo que estás escuchando_ aventuró a decir.

Ella negó con la cabeza.

_ Venga, acompáñeme_ dijo_ si se interna dentro del edificio lo oirá.

Ambos caminaron despacio por el pasillo principal, mientras se internaban profundamente en la desolada oscuridad del hospital. Cuando Melinda pensó que estaban a suficiente distancia, el médico trató de encender la luz, pero parpadeó dos veces y luego se apagó con una pequeña explosión.

_Se quemó el foco_ anunció el galeno.

_ ¡Genial! _ dijo Melinda, su voz sonó mucho más sarcástica de lo que quería.

Se quedaron en silencio, tratando de escuchar algo, reinaba la oscuridad, una oscuridad cavernosa y un silencio sepulcral. El aullido del viento, afuera del hospital había cesado, como si alguien lo hubiese cortado de tajo. En medio del silencio Melinda sintió el martilleo de su corazón. Los murmullos se oyeron más fuertes, el galeno pudo oírlos también y abrió los ojos en señal de asombro.

_ ¿Lo oye? _ dijo Melinda y su voz retumbó en las paredes. 

El médico se sobresaltó al oírla y se le erizó la piel.

_Sí, lo oigo_ contestó con voz trémula.

La tomó del brazo y la arrastró por el pasillo hasta regresar a la sala de emergencia.

_ ¿Por qué hizo eso? _ preguntó ella.

_Me considero escéptico en cuanto a los fantasmas y cosas por el estilo, pero no me sentí muy bien allá_ dijo señalando el fondo del oscuro pasillo.

_ ¿De qué habla? _ preguntó Melinda intrigada.

El doctor exhaló una gran bocanada de aire, que al parecer había estado reteniendo en sus pulmones.

_Pude entender algunas palabras entre los murmullos_ dijo.

Melinda le indicó con la mirada que continuara hablando.

_Oí, “John”, “por favor”, “déjame”, “perdón”.

Melinda lo miró con los ojos encendidos por la sorpresa. Algunas de las palabras eran las mismas que ella había oído anteriormente.

_Tal vez sea solo mi imaginación, tal vez sea sugestión, tu sabes, por las historias que cuentan sobre el hospital, que de por sí ya son suficientemente inquietantes_ dijo el galeno.

_ No tengo la menor idea de lo que está hablando, solo llevo aquí tres semanas y nadie me ha hablado al respecto_ dijo la enfermera.

_ Bueno, veras, yo llevo aquí algo más de un año, y lo primero de lo que me hablaron, fue de los espíritus que recorren el lugar_ dijo el galeno.

_ ¿Fantasmas? _ preguntó mientras el escepticismo teñía su voz.

_Podrías decirlo así_ contestó el doctor.

Ella se echó a reír, su risa estaba cargada de escepticismo.

_Tal vez los murmullos provienen de algún equipo algo viejo, probablemente algún generador o algo así_ dijo la enfermera intentado hallar alguna explicación lógica al fenómeno.

_No tengo la menor idea, puede que tengas razón, todo es tan antiguo aquí_ dijo el médico.

_Sea como sea, tal vez sea buena idea que me cuente las historias sobre el hospital, así tendremos en que entretenernos esta noche.

_Está bien_ dijo el doctor con una media sonrisa.

Se sentaron en la sala de espera en el área de emergencia mientras el doctor le relataba las historias que circulaban de boca en boca. Ya no había ningún personal antiguo en el hospital para corroborar aquellas historias, pero que importaba.

 Las enfermeras más antiguas del hospital solían contar a sus familiares y amigos, que durante la soledad y silencio de sus guardias oían a personas penando por los pasillos del edificio. A veces, si estaban solas y muy quietas, podían ver a algunos de los pacientes que murieron en el hospital, deambulando por los pasillos, buscando algo o a alguien. Algunos, vestidos con la ropa que tal vez traían cuando llegaron al hospital, otros con batas hospitalarias con la que presumiblemente se internaron. Sus rostros siempre se veían tristes y desconcertados, parecían no tener idea de dónde se hallaban o que les había sucedido. Las enfermeras que llevaban años trabajando en el hospital, sabían que lo mejor era no intervenir con aquellas almas en pena. No les hablaban, tampoco se movían, dejaban que aquellos fantasmas desaparecieran como habían llegado. La mayoría estaba acostumbrada a ello, pero eso no significaba que no experimentaran una sensación algo espeluznante, antinatural y terrorífica.

Una de aquellas experiencias sobrepasó todo lo humanamente aceptable. Una de las enfermeras nuevas, tuvo un encuentro con uno de estos espíritus, era la de un niño pequeño, tal vez unos seis años de edad que buscaba a su madre llorando desconsoladamente. La enfermera sabía que no debía hablarle, pero sintió tanta pena que quiso tranquilizarlo de alguna manera. Le dijo que pronto encontraría a su madre. El niño cambió su rostro de tristeza por uno de consternación y luego por otro de horror. Llevó una mano a su estómago y la enfermera pudo observar como la bata blanca que llevaba se teñía de un color rojo oscuro solo en segundos. En el lugar en donde debería estar su estómago, vio un hueco del tamaño de una pelota de futbol y los intestinos colgando mientras el niño con cara de terror trataba de sujetarlos para que no se esparcieran por el suelo. La enfermera emitió un grito que alertó a todos en el hospital, incluidos los pacientes que se hallaban internados y que despertaron presa de un tremendo susto. Tuvieron que adminístrale un calmante a la enfermera, que renunció poco después, no había nada que pudiera hacerla permanecer en aquel horrible hospital, según sus propias palabras.

Luego de los relatos, Melinda observó al doctor con el escepticismo escrito en sus bellos ojos.

_ Lo sé, es difícil de creer_ dijo el galeno.

_ ¿Acaso usted ha sido testigo de algo semejante? _ preguntó la enfermera.

_ No, nada tan extraño al menos_ dijo_ solo algunos ruidos y tal vez me ha parecido ver alguna sombra que pasaba de tras de mí con rapidez. A veces siento un aire helado en el cuello o en las piernas. Pero nada de eso es algo anormal. Este lugar es viejo, las paredes y el techo crujen. Tal vez haya alguna que otra ventana abierta en alguna parte o quizás sean rendijas que nadie ha podido encontrar y cerrarlas.

_ Sí, tiene razón, yo también sentí aquel frío en el segundo piso hace unos días atrás_ dijo Melinda.

_Estabas en lo cierto_ dijo el galeno observando el reloj que colgaba de la pared_ hablar de estas historias nos ha ayudado a pasar el tiempo, ya casi es de día, en una hora más saldremos de aquí.

Melinda asintió con una sonrisa.

Pronto, la enfermera enfilaba el camino de regreso a su casa pensando en la inverosímil historia que le relató el doctor. Cuando estaba a pocos metros de su vivienda, giró el rostro a su derecha, en dirección a la casa de Laura.  Suspiró algo frustrada, de seguro Laura estaba en el trabajo. Pensó que sería bueno hablar con ella. Tal vez lo hiciera en la tarde, después de dormir unas horas. Después de que dejara de ver a Alejandro, las cosas habían mejorado entre ambas. Estaba convencida de que Laura estaba enamorada del abogado, aunque hasta el momento no haya sido capaz de exteriorizado.

Desayunó un par de huevos revueltos, pan y una enorme taza de café, tal vez a otras personas el café les producía insomnio, pero no a Melinda, a ella, por el contrario, la ayudaba a dormir. Fue hasta su habitación, se sacó el uniforme y se enfundó en su grueso pijama. Se metió a la cama y en pocos minutos estaba dormida. Pero el sueño fue intranquilo, en su mente se arremolinaban recuerdos de la noche anterior, las historias del doctor junto con imágenes que su subconsciente hicieron aflorar.

Se hallaba de pie frente al mural infantil observándolo, cuando sintió aquel aire frío en su cuello y la impresión de que alguien pasaba con rapidez detrás de ella. Se volteó de inmediato, pero en realidad todo pasaba en cámara lenta. Giró sobre sus pies y observó un niño vestido con un mameluco verde y una camisa blanca. Le dio tiempo de pensar que la ropa y el peinado del niño no eran contemporáneos, incluso pudo aseverar que estaba vestido a la usanza de los años cuarenta o cincuenta. De inmediato, la escena se repitió, Melinda parada frente al mural observando a Mickey que sonreía alegre, sintió el aire frío en su cuello y volvió a tener aquella sensación de que alguien se desplazó de prisa detrás de ella, como si ese alguien o algo, volara. Volvió a voltearse y allí estaba el niño, pero esta vez se acercó muy despacio, como si las imágenes de una película pasaran a 960 cuadros por segundo. Pudo ver que en realidad no se trataba de un niño, sino de un adolescente, tal vez de trece o catorce años. Había cometido el error de pensar en un niño debido la baja estatura del jovencito. Sus rasgos le indicaban que probablemente era alguien que había nacido en la zona. Las imágenes retrocedieron como si fuera una película grabada en cinta VHS y alguien le hubiese apretado el botón de rebobinado. De nuevo, Melinda se vio observando el mural, sintió el frio aire en su cuello y observó con el rabillo del ojo que alguien pasaba detrás de ella con rapidez. Giró sobre sus talones despacio, y observó al jovencito que la miraba con ojos desorbitados, su expresión le produjo a Melinda una espeluznante sensación de pánico. El jovencito abrió y cerró la boca como si intentara decir algo, pero la enfermera se percató que el joven presentaba el parietal hundido. Parte de la materia gris colgaba sobre sus hombros en una maraña indescriptible, parecida a tela de araña en una fiesta de Halloween. Melinda profirió un grito ahogado en el sueño y se llevó una mano a la boca. Las imágenes volvieron a rebobinarse, Melinda volvía a estar frente al mural apreciándolo. El frio en el cuello, la sensación de que alguien pasa a toda prisa. El niño tratando de hablar. La terrible herida en la cabeza. Ahora no solo es materia gris lo que observa, también ve sangre que corre por el rostro escalofriante del jovencito. El ojo izquierdo sale de su órbita y queda colgando sobre su mejilla. El joven dio difíciles pasos hacia Melinda y la tomó del brazo, “Ayúdame” pronunció el joven luego de varios terroríficos intentos. La enfermera sintió un miedo glacial que le revolvió el estómago. Podía sentir los músculos de todo su cuerpo en tensión. Quiso gritar, pero estaba tan aterrorizada que ningún sonido pudo escapar de su garganta. De pronto, el joven desapareció frente a sus ojos, como si se tratara del truco de un prestidigitador.

Despertó sobresaltada, su corazón latía desbocado, respiraba entrecortadamente. Un sudor frío cubría su rostro. El sueño fue tan real que estaba aterrada. Se levantó de la cama de inmediato y fue al baño. Se miró al espejo y se vio sudorosa y pálida. Se echó agua en el rostro para tratar de tranquilizar su corazón horrorizado. Suspiró un par de veces hasta que su cuerpo se fue calmando. Regresó a la habitación y vio la hora, eran las cinco de la tarde. Había dormido nueve horas y se sentía como si no hubiese dormido nada.

Se preparó un sándwich que haría las veces de almuerzo y lonche. Se sentó en la cocina y comió recordando el sueño que había tenido. Le parecía increíble recordar cada detalle, normalmente, solo recordaba la última parte de los sueños que tenía y poco después de despertar se le olvidaban por completo. En este caso, por el contrario, a medida que pasaba el tiempo recordaba más detalles, detalles perturbadores, que la estremecían de tanto en tanto, hasta podía oler la sangre y la materia gris del niño de su pesadilla.

 Emitió un suspiro profundo intentando borrar aquellos horrorosos recuerdos de su mente, luego, se dirigió a la puerta, salió al jardín y observó la casa de Laura. Enseguida vio el Corola celeste detenerse frente a la casa de la psicóloga. Poco después, la vio apearse del carro y despedirse del chofer del vehículo con un gesto de su mano. El carro retornó por el camino por el cual había llegado y Laura bajó las gradas en dirección a su vivienda. Melinda esperó unos minutos antes de enfilar el sendero que la conducía hasta la casa de su amiga.

Pronto se encontró sentada en la sala con el rostro algo desencajado, lo que preocupó a Laura.

_ Espero no molestarte_ dijo Melinda con una sonrisa algo nerviosa.

_No hay problema ¿quieres comer algo? Porque estoy hambrienta.

_No, acabo de comer un sándwich.

_ ¿No te molesta si como algo mientras hablamos? _ preguntó Laura.

_ No, por favor, estas en tu casa_ contestó Melinda.

Ambas se dirigieron a la cocina, Laura se movió de un lado a otro buscando ollas, y calentando la comida. Pronto, se sentó frente a Melinda con un plato humeante frente a ella. Empezó a comer mientras observaba a Melinda moviéndose inquieta a un lado y otro de su asiento.

_Estas algo nerviosa_ dijo la psicóloga. Melinda le dedicó una sonrisa forzada. _ ¿Qué sucede? _ preguntó.

La leve sonrisa se le desdibujó.

_ Anoche tuve una experiencia extraña en el hospital_ empezó diciendo.

La enfermera relató cada detalle de lo que había sucedido en el hospital la noche anterior. La sensación de haber visto algo o a alguien, los susurros, las historias del doctor y los sueños extraños que había tenido.

_Creo que te sugestionaste con las historias del doctor y tu cansancio contribuyó a que tuvieras pesadillas_ explicó la psicóloga con aire profesional.

_ Fue una experiencia muy real_ dijo Melinda levantando ambas cejas_ aún me siento algo nerviosa, inquieta, sigo suspirando de tanto en tanto, no puedo eliminar la opresión que tengo en el pecho.

_ Entiendo, a veces sucede, el sueño es tan real que creemos que en verdad ocurrió. No es común, pero sucede_ dijo Laura.

Melinda sacudía la pierna derecha incontrolablemente. Seguía pálida, ojerosa y tenía las manos frías como dos cubos de hielo.

_ Tal vez sea bueno que vayamos al hospital y veamos a un médico, recomendaré que te receten un sedante leve y vuelvas a la cama y descanses_ dijo Laura.

_ No puedo, mi turno empieza a la medianoche_ dijo Melinda.

_ Si te encuentras inquieta, será mejor que te den descanso médico.

_ No puedo_ repitió_ apenas he empezado a trabajar, no voy a pedir descanso médico.

_Entonces, voy a darte unas gotas de clonazepam, solo unas gotas para que te relajes y puedas trabajar.

Melinda asintió, Laura fue a su cuarto por las gotas. Se las dio a Melinda junto con un vaso de agua.

_ Solo cuatro gotas, eso te relajará. No quiero que te preocupes, te sentirás mejor mañana.

Melinda volvió a asentir con una media sonrisa.

Regresó a su casa y decidió intentar dormir unas horas antes de ir a trabajar.  Esta vez lo hizo sin pesadillas y al despertar se sintió mejor, tenía la mente despejada y la energía renovada.

Aquella noche de guardia pasó sin ningún tipo de sobresaltos, cuando regresó a su casa a la mañana siguiente casi le da un infarto. Parecía que un huracán había pasado por todas las habitaciones de la vivienda: los libros de la sala estaban regados por todas partes; los platos estaban rotos, como si alguien los hubiera estrellado contra el piso; la ropa en su habitación cubría gran parte del piso, la cama y algunas incluso colgaban del cortinero; el rollo de papel higiénico estaba extendido por toda la casa como guirnaldas en un árbol de Navidad. Se frotó los ojos con ambas manos e intentó comprender lo que había sucedido.

_ ¡¿Qué diablos pasó aquí?!_ preguntó en voz alta como si se dirigiera a alguien más.

Tomó el teléfono y llamó a seguridad. Estaba convencida de que algún grupo de chiquillos estuvo divirtiéndose a sus anchas en la casa mientras ella se encontraba trabajando.

IV

Fue Laura quien la asistió, la encontró sentada con los ojos vacíos e inexpresivos, sus manos temblaban ligeramente.

_ ¿Melinda? _ dijo con voz suave.

La enfermera levantó la mirada y se encontró con los ojos de Laura que la miraba con desconcierto.

_No entiendo que le ven de divertido a todo esto_ dijo Melinda_ lindo recibimiento que tenían para mí.

_Será mejor que duermas hoy en casa, te ves cansada_ dijo Laura mientras apoyaba una mano sobre el hombro de su amiga.

_Lo estoy, tengo que regresar a la guardia esta noche.

_Gladys y Celia están afuera, ellas arreglaran tu casa mientras tú duermes en la mía. Yo tengo que regresar al trabajo. Tendrás toda la casa para ti sola_ dijo Laura mientras intentaba esbozar una sonrisa confiada.

_ Gracias, de verdad_ dijo Melinda y se dirigió a casa de Laura seguida de cerca por la psicóloga.

No tardó en quedarse dormida una vez que Laura la dejara sola. Cuando despertó se sentía mejor físicamente, pero en su mente se arremolinaban pensamientos agitados e inquietantes.

Regresó a su casa a las seis de la tarde. Las hermanas habían limpiado y ordenado la casa.

_ Gracias, no sé que haría sin ustedes_ dijo Melinda con una sonrisa agradecida.

_ No es nada señorita_ dijo Gladys.

_ ¿Cree que esto fue hecho por algunos chicos? _ preguntó Celia.

_ ¿Quién más pudo hacerlo? _ preguntó Melinda mientras observaba a las hermanas acomodar las escobas en la lavandería.

Las hermanas se miraron por unos segundos de una forma que a Melinda le pareció extraña.

_Por que no me dicen que es lo que piensan que pasó aquí.

Las hermanas volvieron a mirarse como si estuvieran decidiendo si hablar o callar.

Melinda puso sus brazos en jarra y posó sus inquisitivos ojos primero en Gladys, que era una mujer de estatura alta y delgada, luego observó a Celia que a diferencia de su hermana era más bien baja y de cuerpo triangular, con la parte inferior más ancha que la superior.

_ Vamos, estoy esperando, si saben algo quiero que me lo digan.

Celia se acercó a Melinda que esperaba de pie en el comedor, seguida de su hermana Gladys.

_ No es que sepamos algo_ dijo Gladys.

_En realidad es una tontería, son sandeces que habla la gente_ dijo Celia.

_Quiero oír esas sandeces_ dijo Melinda y obligó a las hermanas a que se sentaran con ella en la sala.

Las hermanas volvieron a mirarse por unos segundos, luego desviaron la mirada, una a sus manos y la otra a sus pies, como si fueran dos chiquillas a las que se les ha descubierto haciendo algo indebido.

 Celia y Gladys, trabajaron por muchos años en el Chulec, ofreciendo sus servicios de limpieza y jardinería a los residentes, hasta que la crisis del complejo metalúrgico las obligó a probar suerte en Lima. Por algún tiempo, estuvieron trabajando en la capital en lo que mejor podían. No les gustaba mucho Lima, era una ciudad muy grande, cara y ajetreada. Cuando apenas pudieron, regresaron a La Oroya. Fue Gladys quien se animó a hablar primero.

_Empezamos a trabajar aquí hace unos treinta o treinta y cinco años atrás, ya no recuerdo muy bien_ dijo_ en esta casa vivía una familia. El ingeniero, su esposa y sus dos hijos, una niña y un niño.

Melinda la observaba con atención, algo en el rostro de la mujer, no sabía si sus labios cuarteados por el frío o sus ojos cansados la hacían verse mucho mayor de lo que realmente era.

_La señora decía que la casa estaba embrujada_ dijo Celia.

Las hermanas se miraron de nuevo y luego suspiraron. Melinda pensó que se sentían incómodas dándole aquella inverosímil información.

_ ¿En verdad creen eso? _ preguntó la enfermera con una sonrisa algo escéptica.

_ Nunca lo vimos, no podemos decir que sea cierto o no, pero hasta ahora conservamos la costumbre de la ceremonia de lavado de ropa de nuestros difuntos, al igual que la preparación de alimentos en su honor. Se tiene la creencia de que, si no se realizan ambas cosas, el alma del muerto no podrá realizar el largo viaje al más allá y puede quedar vagando en la tierra_ explicó Celia.

Melinda se quedó pensando, pero por más explicaciones que le dieran, eran solo creencias, costumbres arraigadas que no tenían sentido, se dijo a sí misma.

_Todo eso solo son costumbres_ dijo, pero su voz no sonaba muy convencida de sus propias palabras.

_Tal vez_ dijo Gladys_ la verdad no nos consta, nunca vimos nada en esta casa, más que el desorden, igual a lo que usted encontró esta mañana.

_Entonces, ¿no es la primera vez que ven esto? _ preguntó la enfermera frunciendo el ceño.

_ No_ contestó Celia.

Observó a su hermana, antes de continuar hablando, como esperando que ella lo aprobara.

_Tres veces arreglamos la casa, la encontramos de la misma forma que ahora, la señora dijo que los espíritus lo hicieron. Ella lo tomaba bastante bien, decía que los espíritus habitaban esta casa, que, en días normales, veía a fantasmas pasease por la casa. Pero a veces se enojaban y tiraban todo lo que encontraban a su paso.

Melinda suspiró, en circunstancias normales no hubiera prestado atención a las historias de las hermanas, pero lo que había experimentado no era para nada normal, pensó.

_ ¿Cómo eran los espíritus que veía? ¿Se los comentó alguna vez? _ preguntó.

Gladys asintió.

_Dijo que un de ellos era el de una mujer joven, esbelta y elegante, rubia de largos cabellos. Dijo que se paseaba por la casa vestida con un camisón blanco largo que cubría sus tobillos.

_ El otro era el de un hombre de unos cuarenta años, pensaba que ambos eras extranjeros por sus aspectos_ explicó Celia.

Melinda no supo por qué, pero tembló levemente y luego se estremeció, como si una corriente fría la hubiera envuelto de repente.

_ Estos dos se dejaban ver todos los días_ dijo Gladys_ pero a veces aparecía otro, un jovencito de unos catorce o quince años, pero él era diferente, dijo que tenía aspecto serrano. Esas fueron sus palabras.

Melinda se sobresaltó, sintió un leve golpe en el corazón, aquella parecía la descripción del niño de su sueño. Sacudió la cabeza, lo cual llamó la atención de las hermanas. No tenía sentido, solo debía ser una coincidencia.

_ Señorita no queremos preocuparla_ dijo Celia_ solo son historias, nunca vimos nada entre estas paredes_ se apresuró a decir al ver el rostro pálido de Melinda.

_ ¿Dónde está esa mujer ahora, la que vivía en esta casa? _ preguntó la enfermera mientras se retorcía las manos inquieta.

_Hace veinte años que se fue, se cansó de vivir en esta casa, muchas veces llamaba a su esposo al trabajo diciéndole que todo estaba revuelto, que los espíritus habían tirado todo lo que había a su alrededor.

_ ¿Ha vuelto a vivir alguien aquí, después de que ella se fue?

_ No, nadie_ contestó Gladys_ estuvo vacía por un tiempo, luego se vino la crisis y la gente se fue, usted es la primera que vive aquí desde hace mucho tiempo.

Melinda asintió, pensó que lo más sensato sería irse a descansar antes de que tuviera que regresar a trabajar y olvidar aquella locura. Recordó que la teoría más simple tiene más probabilidades de ser la correcta. Así que despidió a las hermanas y fue a tomarse un largo baño de agua caliente en la tina.

V

Alejandro salió de la oficina y cuando estuvo a punto de subir a su carro, observó a Laura del otro lado de la vereda corriendo detrás de la combi que iba a Paccha. Pero el chofer no la vio y siguió su marcha dejando a la psicóloga molesta y consternada. Alejandro sonrió y la llamó un par de veces antes de que ella se percatara de su presencia. Cuando lo vio, su rostro se transformó por completo, Alejandro pensó que sus ojos brillaban y que su sonrisa era clara y genuina. Sacudió la cabeza, pensó que se imaginaba cosas.

_ Laura no quiere nada conmigo_ dijo en voz baja casi en un murmullo y su corazón se entristeció.

Levantó la mano y le hizo gestos para que se acercara. Laura cruzó la calle apresurada.

_Gracias, siempre estás sacándome de apuros_ dijo ella mientras abría la puerta y se introducía de inmediato dentro del Corolla.

Alejandro hizo lo mismo y puso el vehículo en marcha y se incorporó al tráfico.

_Somos vecinos ¿no es así? _ preguntó el abogado.

Laura levantó ambas cejas y lo miró de reojo con una media sonrisa.

_Eso era lo que pensaba_ respondió y se echó a reír.

_Trabajamos en el mismo edificio_ continuó él.

_Sí_ respondió intentado adivinar a dónde quería llegar el abogado.

_Tenemos el mismo horario de trabajo.

_Técnicamente_ respondió ella cada vez más intrigada.

_Entonces no entiendo que tiene de malo que hagamos el trayecto juntos.

Laura inspiró profundamente pero no respondió.

_No entiendo porque te niegas a venir al trabajo conmigo_ dijo Alejandro con aire ofendido.

_No quiero molestarte, he pensado en comprarme un carro_ contestó ella.

_No te he pedido que compres un carro, puedo traerte al trabajo todos los días, hago ese recorrido de todas maneras.

_No quiero molestarte_ volvió a repetir ella_ te agradezco que me saques de apuros de vez en cuando, pero no quiero que te sientas en la obligación de hacer de chofer.

_ No es ninguna obligación, me gusta pasar tiempo contigo, y creo que a ti también.

_ Me gusta_ admitió ella_ pero no quiero abusar o terminaras aburriéndote de mí.

_Lo dudo_ dijo él muy serio y la observó por unos segundos.

Laura se puso nerviosa, tragó saliva, no sabía cómo actuar cuando él la miraba de aquella forma. Alejandro sopesó las cosas por unos segundos antes de volver a hablar.

_Somos amigos ¿no es así?

_ Claro_ dijo ella.

_Entonces, ¿contestarías con sinceridad?

_ ¿Qué quieres saber? _ preguntó ella algo inquieta.

_ ¿No quieres que te vean mucho conmigo porque hay alguien que te interesa? _ preguntó y retuvo el aire en los pulmones mientras esperaba a que ella respondiera.

Laura se echó a reír, su risa parecía una cascada y eso relajó a Alejandro.

_No, no hay nadie, no es por eso_ contestó ella.

_ Entonces ¿De qué se trata? _ preguntó.

Laura sabía perfectamente de que se trataba, pero no pensaba decírselo.

_No quería molestarte eso es todo, tal vez a mi no me interese nadie, pero no quiero que piensen que estamos juntos.

A Alejandro no le gustó mucho aquella respuesta. Sus ojos se oscurecieron y a Laura le pareció que se ponía algo triste.

_No es por mí_ se apresuró ella en aclarar_ no quiero que malinterpreten nuestra amistad, puede perjudicarte en tu vida privada.

_ ¿Qué es lo que tratas de decir? _ preguntó Alejandro y su voz sonó algo amarga.

_Si alguien te interesara, no te ayudaría en nada que te vieran mucho conmigo_ se explicó.

_ No me interesa nadie_ contestó.

Laura se sintió aliviada, por un lado, pero por otro, sintió desilusión porque acababa de decirle indirectamente que ella no le interesaba como mujer.

_ Mira Laura, no le des más vueltas al asunto, yo me sentiría feliz de poder llevarte al trabajo y a traerte a casa_ dijo mientras se estacionaba frente a la vivienda de Laura.

_ Bueno si en verdad no te molesto, me encantaría, me sacarías un problema de encima. Pero sabes que muchas veces me paso de la hora de salida, en especial cuando voy a las comunidades y no quiero crearte problemas.

_ Para eso está el teléfono, si vas a demorarte, me llamas y yo te espero o regreso a recogerte.

_ Ni pensarlo_ dijo Laura sacudiendo la cabaza de un lado a otro_ no pienso hacer eso.

_ ¿Por qué no? _ preguntó Alejandro con desconcierto.

_ Como se te ocurre que te haría esperar o regresar por mí_ dijo ella.

_Lo dices como si fuera algo malo.

_Te lo agradezco, de verdad, pero no puedo pedirte eso. Acepto de muy buen agrado que me lleves al trabajo y que me regreses a casa cuando coincidamos en el horario, pero no puedo dejar que me esperes como si fueras mi chofer_ dijo enfática.

Alejandro emitió un gran suspiro de frustración, pero decidió que era mejor no seguir insistiendo, al menos tenía la posibilidad de llevarla al trabajo ahora.

_ Está bien como gustes_ dijo.

_Gracias Alejandro, de veras_ dijo Laura con una sonrisa y le dio un beso en la mejilla antes de bajar.

VI

La semana había transcurrido bastante tranquila en emergencia, Habían atendido hasta el momento, tres pacientes. Uno de ellos, un chico de diez años con una fractura de tibia acababa de salir de la sala de emergencias. Melinda no tenía mucho en que entretenerse durante su turno de amanecida por lo que decidió leer un libro. El doctor se retiró a la sala de descanso luego de atender al chico. Trataría de dormir un par de horas, Melinda le avisaría si había otra emergencia. El libro era bastante adictivo, la tenía despierta y en vilo hacía ya un par de horas, pero el cansancio la fue venciendo y fue muy difícil sostener la cabeza.  Pronto tuvo el mentón clavado en el pecho solo por unos segundos, hasta que una potente detonación resonó en medio de la noche alterándola. Abrió los ojos como platos y su corazón se aceleró de inmediato. Estaba casi segura de que aquel sonido había venido del segundo piso del hospital. Se quedó allí, alerta, esperando oír algo más, pero todo estaba en silencio, en ese momento pensó, que tal vez solo había sido el “Síndrome de la cabeza que explosiva”[1] y que se lo había imaginado al quedarse dormida. Trató de volver a leer, pero ya no recordaba en donde se había quedado.

Decidió salir a tomar algo de aire fresco, a pesar del frío que reinaba en el exterior, pensó que tal vez eso le despertaría el cansancio. Afuera, el viento helado pronto la hizo tiritar, su halito formaba una nube a su alrededor. Se frotó las manos y luego sopló su cálido aliento sobre ellas tratando de hacerlas entrar en calor. Olvidó ponerse el abrigo para salir y estaba sintiendo los efectos del gélido aire de los Andes.

Desde la puerta, tenía una vista privilegiada. Observó la calle rodeada de cipreses y de retamas que durante el día dejaba apreciar sus coloridas y vistosas flores amarillas. No se veía a nadie, todo estaba desierto, echó un vistazo a su reloj y vio que eran un poco más de las tres de la mañana. Aún le quedaban varias horas por delante para que terminara su turno. Levantó la vista al cielo, la temporada de lluvias había terminado y ahora el frío se había recrudecido. Observó impresionada el disco óseo de la luna, parecía partir por detrás de una nube, con bordes recubiertos de plata. El cielo estaba envuelto de estrellas, pero no reconoció ninguna de las constelaciones que formaban, tampoco era experta en ellas.

Otro poderoso estampido estentóreo la sobresaltó y la hizo voltear y dirigir su atención al segundo piso del hospital. Una luz iluminó una de las habitaciones, pero enseguida volvió a quedar a oscuras, sintió un incómodo escalofrío, como si algo la pusiera sobre aviso. Regresó al hospital, se paró en el umbral de la puerta de la sala de emergencias y observó el interior, no había nadie. Se dirigió por el pasillo principal a la sala de descanso donde el doctor dormía sin sobresaltos. Pensó en subir al segundo piso, tal vez alguna de las ventanas estaba abierta y el viento estaba batiéndola, pero vaciló y se detuvo. De pronto, oyó de nuevo aquellos incesantes murmullos, sintió que algo tiraba de ella, algo que la atraía al segundo piso. Su mente era una confusa mezcla de expectación y temor, pero no pudo evitar subir lentamente las escaleras, sujetándose de la barandilla con tanta fuerza que sintió que la sangre dejaba de circular por su mano.

Los murmullos se hacían cada vez más fuertes, pero entendía poco de lo que decían. Las punzadas de miedo recorrían su corazón, avanzaba nerviosa, la tensión había invadido las venas de la enfermera como si se llenaran de clavos. Cuando estuvo en la parte de arriba, cesaron los murmullos por completo y una oleada de tenso silencio se extendió por toda la estancia. Era un silencio inquietante, como si todo estuviera muerto en el lugar, como si se encontrara dentro de un mausoleo gigante. El pulso le martillaba en la sien y supo sin lugar a dudas que terminaría su turno con un terrible dolor de cabeza.

Observó el largo y oscuro pasillo, había olvidado encender las luces y trató de ajustar sus ojos a la oscuridad reinante. Observó que una fina neblina cubría el piso, no supo identificar de donde provenía. La niebla de aspecto lechoso se enroscaba entre sus piernas. Los murmullos volvieron, Melinda creyó que venían de la sala de pediatría, caminó despacio, algo tiraba de ella como una mano invisible. Sintió la neblina helada en torno a sus pies. El miedo hizo presa de ella, un miedo sofocante y cálido que le recorría el cuerpo. Apretó los labios para evitar que le temblaran.

 Se detuvo frente a la puerta de pediatría, tomó el pomo con una mano y el tirador con la otra, esta vez, se abrió al primer intento. Ingresó lentamente y cuando estuvo dentro, la puerta se cerró de un portazo. Ella dio un salto como si un resorte la impulsara. Una sensación de pánico le atenazó la garganta. Su respiración se había acelerado, su corazón latía con fuerza. Un viento frío le heló el cuello, giró sobre sus talones abriendo los ojos en pánico.

“Ayudaa”, oyó muy cerca de su oído, y volvió a girar aterrada. Buscó con desesperación en las tinieblas cada vez más pronunciadas. Observó con confusión y desesperación crecientes, una figura saliendo de entre la niebla. Contuvo la respiración al advertir que era el niño de sus sueños, su presencia incorpórea la perturbó, podía ver a través de él. Parecía un poco confuso y alterado.

“Ayúdame” volvió a repetir extendiendo sus encallecidas manos hacia Melinda, mientras sentía crecer en su estómago el miedo y el aturdimiento. La enorme herida en la cabeza del chico sangraba profusamente, astillas de hueso sobresalían de su negro cabello, mientras una sustancia viscosa y gris se pegaba a su mejilla. Todo pareció enlentecerse entonces. El chico llevó una mano a su cabeza y la introdujo en la herida. “Fue culpa de míster John” dijo moviendo la boca con mucha dificultad. El chico se acercó más a Melinda, quien sintió una especie de terror paralizante que le impedía moverse. Su corazón se había acelerado tanto que le dificultaba la respiración, sus pupilas estaban dilatadas, un sudor frío recorría su rostro pálido. El ser fantasmal se acercó tanto a Melinda que pudo olerlo, era una mezcla de grass, estiércol, tierra húmeda y sangre. Pasó a través de ella y desapareció, cuando Melinda pudo al fin emitir un grito desesperado.

El doctor que se encontraba aún durmiendo en el primer piso, se levantó de un salto y se le heló la sangre al oír aquel grito desgarrador. Se dirigió de prisa a las escaleras, trató de encender la luz, pero el interruptor no funcionaba. Subió las gradas a trompicones y cuando estuvo en lo alto, buscó las luces de emergencia y las encendió. Las brillantes luces lo cegaron por unos segundos, pero pronto sus ojos se adaptaron, caminó por el pasillo con inseguridad, vio la puerta de pediatría y se acercó a ella, la abrió con algo de temor, su corazón latía expectante. Encontró a Melinda arrodillada en el piso con el rostro hundido en sus manos. Se balanceaba sobre su cuerpo una y otra vez.

_ ¡Melinda! _ dijo el médico mientras intentaba sacarla del trance en que se encontraba.

La enfermera se sobresaltó y emitió otro grito al sentir las manos del doctor sobre su hombro.

_ Melinda soy el doctor Rosales_ dijo_ no te alteres.

_ ¿Doctor?

_ Sí soy yo_ dijo él medico totalmente consternado ante la escena que estaba presenciando.

Melinda se abrazó a él mientras lloraba de desesperación y terror. El doctor Rosales, jamás olvidaría la expresión de pánico que había visto en los ojos de la enfermera.

_ ¡¿Qué fue lo que paso?!_ preguntó el galeno.

_Creo que es verdad_ contestó ella con la voz entrecortada.

El doctor la miró sin comprender de qué hablaba.

_Creo que las historias que le contaron son verdad_ se explicó.

_ ¿Qué fue lo que viste? _ la interrogó mientras la ayudaba a ponerse de pie.

Melinda caminó con mucha dificultad sujeta por el doctor, sus piernas parecían de goma y amenazaba con ceder. Bajaron las escaleras, pero Melinda no había dicho aún una palabra. Rosales la ayudó a recostarse en una camilla de la sala de emergencias y le sirvió una taza de mate de anís. Melinda bebió de prisa, tenía la garganta y los labios secos, el corazón acelerado y el rostro sudoroso como si hubiese tomado parte en una carrera. El doctor la miraba aturdido, desconcertado y preocupado.

_ ¿Te encuentras mejor? _ preguntó poco después.

Melinda asintió sin mucha convicción.

_ ¿Qué fue lo que paso? _ volvió a preguntar el galeno.

Melinda emitió un suspiro profundo, sabía que lo que iba a decir parecería algo inverosímil en aquel momento bajo las luces de los fluorescentes de la sala de emergencia, ella misma comenzaba a pensar que lo que había visto probablemente era producto de su imaginación. De todas maneras, le contó al médico los terroríficos acontecimientos de esa noche. Melinda pudo ver en los ojos del hombre un brillo de escepticismo e incredulidad. Cuando terminó, se quedó en silencio, sopesando cada palabra que había salido de su boca, ella misma no podía creerlo, pero percibió en su mente, un insondable respeto por aquello que sobrepasa la comprensión humana.

_ Creo que te has sugestionado con todo lo que te conté_ sentenció el doctor luego de unos segundos.

_No estoy tan segura, pero de todas formas no hay explicación lógica para lo que vi, tal vez estaba cansada y con sueño.

Tal vez, su mente adormilada se desvió de la realidad, pensó.

_Sí, lo más probable es que estuvieras algo dormida. ¿Has tenido episodios de sonambulismo?

Melinda se echó a reír a pesar de que seguía aterrada.

_No que yo sepa doctor, pero la verdad no podría asegurarlo, no duermo acompañada_ dijo.

_ Quizás estas pasando por momentos tensos y eso desencadenó un episodio de sonambulismo, estuviste inmersa en una pesadilla que te pareció muy real.

Melinda lo meditó por un momento, probablemente esa era la explicación más lógica. Pareció relajarse un poco con esta explicación mucho más lógica que aceptar la existencia de fantasmas.

_Será mejor que vayas a casa a descansar_ dijo el médico.

_Falta poco para que termine el turno, preferiría quedarme_ dijo ella_ de todas maneras será difícil que duerma ahora.

El doctor asintió algo preocupado por ella.

_Estamos con escases de personal, no hay un psicólogo en el hospital, pero creo que sería conveniente que veas a uno_ aconsejó el doctor Rosales.

_Conozco a una, es una amiga que trabaja con las comunidades_ dijo Melinda recordando a Laura.

_Entonces sería bueno que hablaras con ella.

Melinda asintió.

_ Lo haré mañana por la tarde antes de regresar a la guardia_ dijo.

_Creo que sería conveniente que te quedaras en casa mañana.

_No me hace sentir mejor, vine a trabajar, no a quedarme en casa_ contestó.

_Está bien, dejemos que sea tu amiga quien decida qué es lo mejor.

Poco a poco, la luz del día fue imponiéndose sobre la tierra con lentitud, al igual que en la mente nublada de Melinda.

VII

La enfermera se sorprendió al ver que había dormido casi diez horas ininterrumpidas. No tuvo sobresaltos, ni recordó haber soñado. Se sentía algo más tranquila, pero las manos le temblaban levemente. Se dirigió a casa de Laura, luego de comer un sándwich. No faltaba mucho para que oscureciera.

Cuando la psicóloga la vio no pudo evitar pensar que algo raro estaba pasando con su amiga. Melinda siempre se había preocupado de su aspecto personal, le gustaba cuidar su hermosa cabellera, larga y negra, pero ahora la veía algo desgarbada, con el pelo despeinado y envuelto en una maraña. Su rostro estaba pálido y sus labios rojos habían desaparecido dando paso al color amarillo desvaído típico de un enfermo. Tenía dos grandes ojeras debajo de sus ojos y su rostro parecía haber envejecido de repente. Creyó que había perdido peso. Bajo la mortecina luz del atardecer su rostro parecía fantasmagórico. La refinada belleza de la mujer había desaparecido dando paso a una joven fatigada y casi cadavérica. Laura la miró con desconcierto y preocupación.

 _ ¿Estás bien? _ preguntó sabiendo que era una pregunta estúpida, claro que no estaba bien.

_ No mucho_ dijo la enfermera con una sonrisa bastante forzada.

_ ¿Quieres entrar a la casa para que hablemos?

_ Se que está empezando a hacer frío, pero necesito un cigarrillo_ dijo sacando uno del bolsillo de su abrigo.

_ No te preocupes, podemos quedarnos aquí afuera_ dijo Laura mientras se sentaba en las gradas de ingreso a la casa.

Melinda no la imitó, necesitaba quedarse parada mientras fumaba. Encendió el cigarrillo y le dio una profunda calada. Intentaba buscar valor para contarle todo a su amiga. Saboreó la tibieza del humo a medida que se introducía en sus pulmones. Retuvo el humo dentro por varios segundos, antes de exhalarlo. Laura notó que el cigarrillo temblaba levemente entre los dedos de Melinda.

_No sabía que fumabas_ dijo.

_Lo dejé cuando tenía veintitrés años, porque una tía muy querida había muerto de cáncer en los pulmones_ explicó.

Laura la miró con el ceño fruncido.

_ ¿Qué te hizo volver a fumar? _ preguntó algo confundida.

Melinda la observó con rostro sombrío.

_Necesito algo que me relaje, y esto es lo único que he conseguido.

_ ¿Qué está sucediendo? _ preguntó la psicóloga_ te noto extraña y nerviosa.

_ Volvió a suceder_ dijo vacilante_ anoche volví a ver al niño de mis sueños, solo que esta vez, estaba despierta, al menos eso creo_ agregó.

Laura la observó con atención, no entendía muy bien lo que ella estaba diciendo, pero pudo ver la oscuridad que había en sus ojos. Tenía la mirada insegura y errática. Melinda le narró los acontecimientos con voz trémula. Se detuvo varias veces, parecía que no podía hilar muy bien sus ideas.

_ El doctor Rosales me dijo que sería bueno que hablara con un psicólogo_ dijo con una sonrisa abatida luego de terminar de narrarle los hechos. _ Tu eres la única psicóloga por aquí, además, sigues siendo mi amiga, al menos eso creo_ agregó tirando la colilla del cigarrillo antes de que le quemara los dedos.

_Claro que soy tu amiga_ se apresuró a decir Laura poniéndose de pie y acercándose a Melinda. Le frotó la espalda esperando que ese gesto la ayudara a relajarse.

_Espero que no sigas resentida conmigo por lo de Alejandro_ dijo Melinda con una sonrisa algo triste y avergonzada.

_Creo que no es momento para hablar de Alejandro_ contestó Laura

_No quería incomodarte. Cuando dijiste que no había nada entre ustedes, pensé que así era_ se excusó la enfermera_ Pero cuando los vi interactuar, me di cuenta de que entre ustedes hay algo muy fuerte.

_Olvídate de eso, entremos a la casa y hablemos de lo que te está sucediendo_ dijo Laura.

Melinda asintió y caminó hasta la sala, seguida muy de cerca por Laura.

VIII

Laura Brown subió al Toyota celeste y le dedicó una leve sonrisa al conductor. De inmediato, él se percató de que algo la preocupaba, pero no quiso presionarla. Hicieron el camino al trabajo en silencio, Laura se encontraba sumida en sus pensamientos mientras observaba con ojos afligidos a través de la ventana del automóvil.

_Laura, ¿te encuentras bien? _ preguntó Alejandro.

La psicóloga despertó de su ensimismamiento y le dedicó una sonrisa lánguida.

_Lo siento, estoy bien, pero estoy preocupada por Melinda.

_ ¿Qué sucede con ella? _ preguntó el abogado frunciendo el ceño y observando por un par de segundos a Laura.

Laura le explicó a grandes rasgos lo que sucedía con Melinda. Alejandro le dedicó una mirada escéptica.

_ Lo sé, lo sé, es difícil de creer, pero algo grave sucede, y no tengo idea de cómo ayudarla_ dijo levantando las manos en señal defensiva.

_ ¿Quieres que hable con ella? _ preguntó.

_ No sé, tal vez no es buena idea que ella sepa que te he comentado esto. Técnicamente, estoy violando los principios éticos al contártelo.

Alejandro asintió.

_Tienes razón, no quiero meterte en problemas.

Ella le sonrió con los ojos brillantes.

_Agradezco que me hayas escuchado, ella es mi amiga, y se hace difícil tratarla como si fuera un paciente más. Además, nunca ejercí la psicología como terapia. He trabajado siempre en el sector social.

_No te preocupes, pienso que está estresada y se ha sugestionado con las historias que le contaron sobre el hospital.

_Estoy de acuerdo, solo espero que pronto se recupere y vuelva a ser ella misma_ dijo Laura, pero su voz no sonó muy convencida.

IX

Melinda tenía dos días de descanso médico por recomendación de Laura. Se quedaría en casa a reposar. La psicóloga le había recetado un tranquilizante leve, mientras se quedaba en casa y se recuperaba de lo que fuera que le había sucedido. Durmió casi todo el día sin sobresaltos, se levantó mucho más recuperada, decidió tomarse un baño y arreglarse un poco, ya que al mirarse al espejo vio lo desmejorada que se notaba, aunque pensaba que se veía mucho mejor que el día anterior. Se metió en la tina y se relajó rápidamente al contacto con el agua caliente. Cerró los ojos, pero de inmediato la asaltaron los recuerdos del día anterior. Su corazón dio un vuelco y latió desbocado. Las imágenes del jovencito, con la cabeza destrozada la volvieron a hacer entrar en pánico. Tomó bocanadas de aire profundas un par de veces tratando de tranquilizarse. La cabeza le daba vueltas y sintió una leve sensación de nausea. Salió de la tina más rápido de lo que esperaba. Se vistió de prisa, había olvidado encender la calefacción y sentía frío.

Fue hasta la cocina y se tomó uno de los tranquilizantes que le recetó Laura. Tenía una opresión en el pecho y en la garganta que le dificultaba la deglución. Se obligó a tragar la pastilla con un trago largo de agua. El mareo se había convertido en un dolor de cabeza intenso en solo minutos. Decidió no tomar ningún analgésico, pensó que podía resultar contraproducente mezclado con el tranquilizante.

Fue hasta la ventana de la sala desde donde podía ver el hospital en la cima de la colina. Aquel lugar le producía una sensación tan desagradable e incómoda. Sabía que era absurdo, que la lógica le decía que era imposible lo que había experimentado, sin embargo, ¿qué más podía haber sido? Se estremeció, se le escarapeló todo el cuerpo, fue como una advertencia. Una corriente estática circulaba por todo su cuerpo y eso la alteró de nuevo. Sintió aquella corriente helada en su cuello, y se sobresaltó. Giró de inmediato sobre sus pies y sus ojos se abrieron en pánico. Recorrió la sala con ojos aterrorizados, pero no vio nada. Creyó que se imaginaba cosas, las apariciones solo ocurrían en el hospital, pensó. Trató de relajarse, buscó la caja de cigarrillos en su mesa de noche, tomó uno y regresó a la sala.

 Encendió el cigarrillo, no se molestó en salir de la casa. Desfiló de un lado a otro de la habitación sobre la gran alfombra azul de la sala, mientras las cenizas de su cigarrillo caían sobre ella dejando pequeñas manchas grises. Volvió a sentir aquel aire helado, esta vez en su rostro. Se quedó petrificada, sabía que algo estaba por suceder, lo podía sentir en su estómago en donde de pronto, sintió un dolor lacerante. No podía moverse, sentía como si algo muy pesado la mantuviera sujeta con una fuerza paralizadora. Las luces de la sala se apagaron en ese momento, solo una tenue luz proveniente del alumbrado de la calle ingresaba a través de su ventana.

El cuerpo etéreo de una mujer delgada y rubia, apareció frente a sus ojos. El cigarrillo que sostenía se deslizó de entre sus dedos y terminó sobre la azul alfombra.

 La translúcida figura llevaba puesto un camisón blanco. Parecía estar suspendida en el centro de la mesa del comedor. La escena era tan lóbrega que Melinda quiso gritar, pero no pudo emitir palabra alguna. Su corazón latió tan rápido que temió sufrir un ataque cardiaco. Sus ojos se le llenaron de lágrimas que pronto caían por sus mejillas inundándolas, pero aún no podía moverse. Contempló con la visión turbia, cómo la mujer se llevaba las manos a la garganta, se le retraían los labios y los ojos se le desorbitaban, como si alguien la estuviera estrangulando.

Melinda pugnó con la fuerza sobre humana que la tenía retenida, pero no logró moverse. El aire helado se convirtió en suaves ráfagas que hacían ondular su pelo. Trató de nuevo y esta vez pudo dar un paso al frente. La mujer levantó las manos haciéndole señas para que se acercara a ella. Melinda caminó despacio hacia la mesa. Las suaves ráfagas se convirtieron en un viento fuerte y constante. Era ridículo, ya que tenía todas las ventanas cerradas, no podía haber viento dentro de la casa. Pero allí estaba, un viento gélido y escalofriante que le helaba la sangre.

El terror que le atenazaba iba en aumento, hasta que se tornó insoportable cuando estuvo frente a la aparición. Los ojos de la mujer le sobresalían de sus orbitas presa de lo que Melinda consideró un frenético horror. El viento se levantó en furiosas ráfagas que la hicieron tambalear de un lugar a otro. Le era difícil mantenerse en pie. Pronto, los libros acomodados pulcramente en los estantes, empezaron a volar por los aires y a estrellase con fuerza en el suelo, en las paredes del comedor y contra el cuerpo de Melinda quien intentaba cubrir su rostro con los brazos. A pesar del terror y la confusión de su mente, un pensamiento la golpeó como un látigo, allí estaba de nuevo, estaba sucediendo de nuevo, pero esta vez, ella estaba allí como testigo forzado de los hechos.

 Ahora no solo los libros volaban, también las pocas vajillas que le quedaban. El viento era tan fuerte que trastabilló con uno de sus pies y cayó al suelo. Permaneció allí en posición fetal tratando de cubrirse el rostro para evitar que algo le cayera encima. No sabía que hacer, no tenía idea de como detener aquel ataque.

Minutos después, el viento amainó, observó con ojos desesperados a su alrededor. Parecía que los objetos habían dejado de volar por toda la casa. Se levantó con mucha dificultad, sentía su cuerpo pesado como una gran bolsa de papas. Apenas se puso de pie, volvió a caer, esta vez de bruces, cuando se levantó tenía rasguños en la frente. No sabía contra que se había golpeado. Pensó que todo había acabado al fin, cuando un zumbido ensordecedor la obligó a taparse los oídos. Parecía que todo un panal de abejas se había congregado en su cabeza. Intentó cubrirse los oídos con las manos ya que el subido amenazaba con hacerle estallar los tímpanos. No supo cuanto tiempo siguió allí en el suelo hasta que el zumbido desapareció, tal y como había llegado.

Enseguida, vio materializarse otra aparición delante de ella, esta vez era un hombre, vestido con lo que ella pensó era un mandil blanco, parecido a los que se usaban en el laboratorio del hospital. Tenía una repulsiva mueca en el rostro, la cara pálida y los ojos hundidos inyectados en sangre. Melinda lo miró con pánico y terror crecientes, creyó que aquel show terrorífico nunca terminaría. La mujer del camisón blanco apareció de nuevo muy cerca al hombre, ambos se miraron, esta vez, la mujer mostraba la piel agrietada y reseca, y los ojos hundidos en sus cuencas, como si hubiese envejecido cuando en realidad Melinda sabía que eso era imposible. El hombre enfureció, mostró unos dientes carcomidos en un terrible gesto. Levantó una mano en dirección a Melinda. La enfermera sintió un dolor pulsante en el pecho y una fuerza sobre humana que la empujaba contra la pared, en donde recibió un golpe que la dejó seminconsciente.

No supo cuánto tiempo demoró en volver en sí, pero cuando despertó tenía el cabello desgreñado, lleno de polvo y sudor, u ropa estaba desaliñada y arrugada. Se puso de pie con dificultad y salió de su casa lo más rápido que pudo. La arrasó una revelación, simple, pura, devastadora que rompía con todos sus esquemas preestablecidos. La casa y el hospital estaban embrujados. Lo que no entendía era porque aquellos espíritus se ensañaban con ella. No sabía qué hacer, estaba desorientada y aturdida.

No supo muy bien como llegó a casa de Laura quien se sobresaltó al verla en aquel estado. Cuando Melinda pudo hablar había una nota de histeria en su voz. Laura vio en sus ojos pánico y terror.

_ ¡Creo que me estoy volviendo loca! _ dijo_ No puedo seguir aquí.

Laura la tomó del brazo y la obligó a entrar a su casa, pensó que la enfermera se desmayaría en cualquier momento.

_ ¡Mañana mismo renuncio, no puedo seguir un minuto más aquí! Sé que piensas que estoy loca, pero es real Laura.

La voz de Melinda se había convertido en un ronco susurro.

X

Andy corría ladrando como un poseso rumbo a la casa de Laura, el perro había esperado todo el día (al igual que su dueño) para visitar a la mujer de cabellos cobrizos y sonrisa encantadora que vivía a unos metros de su casa. Cuando abrió la puerta, Andy se lanzó sobre ella y le dedicó largos y cálidos lengüetazos.

_ ¡Andy, Andy! _ gritó Alejandro mientras lo sostenía para evitar que la psicóloga cayera al suelo.

_ También me da gusto verte_ dijo ella mientras sobaba la cabeza del perro.

_ Lo siento_ se excuso Alejandro con una sonrisa avergonzada_ cuando se trata de ti no hay forma de detenerlo.

Laura se encogió de hombros y levantó las cejas haciendo un gesto de resignación.

_Ya estoy acostumbrada, lo mejor es acariciarlo así se apacigua.

La psicóloga se arrodillo en la mullida alfombra y abrazó al perro mientras le daba palmadas en la espalda. Andy sacudía incesantemente la cola mientras disfrutaba de las caricias de Laura.

_ ¿Te gustaría ir a tomar algo de sol? _ preguntó ella _ hace mucho frío dentro de la casa.

_Está bien, pero será mejor que te pongas los lentes_ dijo mientras él hacía lo propio.

Ella asintió y fue a la habitación por sus lentes. Se dirigieron al jardín y se sentaron en las gradas que daban a la carretera mientras Andy corría ansioso por el jardín, deteniéndose de tanto en tanto a olisquear el suelo o algún tronco. Alejandro introdujo la mano dentro del bolsillo de su abrigo y extrajo una pelota de tenis. De inmediato se la lanzó al perro. Andy dio un gran salto, atrapando la pelota en el aire. Se acercó a Laura y le entregó el trofeo.

_ Creo que te prefiere a ti_ dijo Alejandro fingiendo sentirse ofendido.

Ella se echó a reír.

_ No te molestes conmigo, yo no tengo la culpa_ contestó Laura.

_Lo que sucede es que se hace imposible no sucumbir ante tu arrebatadora personalidad_ dijo el abogado.

La sonrisa de Laura se desdibujó de inmediato. Se sonrojó y se puso algo nerviosa. Cada vez que Alejandro trataba de encaminar su relación hacía algo más que una simple amistad, ella se ponía en guardia. El abogado no supo que decir, se sintió fuera de lugar.

_ No hace falta que seas sarcástico_ dijo ella, su voz sonó tensa cuando habló.

Alejandro se quitó los lentes, se frotó los párpados y volvió a mirarla.

_ No lo soy_ dijo_ eres una mujer muy intensa, que disfruta de su trabajo, que se entrega por completo a las personas que la necesitan, exsudas confianza y felicidad y tu entusiasmo es contagioso_ dijo él mirándola con ojos admirados_ además, eres muy hermosa.

Los ojos de Alejandro la atravesaron. El corazón de Laura dio un vuelco y le fue difícil sostener la mirada del abogado a pesar de tener los lentes puestos. Bajó los ojos en dirección a sus zapatos. Alejandro trató de acariciarle la mejilla, pero su mano quedó suspendida a unos centímetros del rostro de su vecina. Vaciló por unos segundos, pero se armó de valor y paseó la yema de sus dedos suavemente por el rostro de Laura, haciendo que se estremeciera.

_Soy sincero cuando hablo, no tengo la costumbre de utilizar el sarcasmo contigo. Me resulta imposible_ dijo.

Laura levantó la mirada y Alejandro advirtió que ella apreciaba sus palabras.

_Eres un buen amigo_ fue todo lo que ella pudo decir.

Alejandro le dedicó una sonrisa algo triste. “Amigo, pensó, no me considera más que su amigo”.

Andy escarbaba en el jardín a pocos metros de distancia, pero Laura y Alejandro se hallaban demasiado absortos en la conversación para percatarse de aquella travesura perruna.

_Olvidé decirte que Melinda renunció_ dijo ella cambiando drásticamente de tema.

_ ¿Qué sucedió? ¿Por qué se va? _ preguntó Alejandro sorprendido.

_No está bien, está convencida de que hay fantasmas en el hospital y en su casa.

Alejandro emitió un suspiro pesado.

_No entiendo, cuando la conocí parecía ser una persona razonable_ dijo el abogado.

_Siempre lo fue_ contestó la psicóloga_ me siento culpable por no poder ayudarla.

Su voz sonaba dolida y desconcertada. Alejandro no pudo ver sus ojos, pero suponía que la psicóloga se sentía mal por su amiga.

_ No te sientas así, has hecho lo que ha estado en tus manos. Probablemente estará mejor en Lima. Necesita de especialistas que la ayuden. Tú no puedes hacer mucho por ella aquí.

Laura aspiró una bocanada profunda sintiéndose frustrada.

_Lo sé, no puedo dedicarle tiempo, además no tengo experiencia.

_No te sientas mal por esto, se pondrá mejor en Lima_ volvió a repetir el abogado.

Laura asintió no muy convencida.

XI

Melinda regresó a Lima derrotada y molesta, pero a la vez temerosa y vulnerable. La extraña experiencia que había vivido en La Oroya la tenía sobresaltada y tensa, pero pensó que era lo mejor que podía hacer. Estaba dispuesta a esforzarse para recuperar la cordura y luego, buscar un nuevo empleo. Llevaba tres días en la capital, y a pesar de que se había propuesto buscar un especialista e iniciar las terapias de inmediato, no lo había hecho, porque los episodios terroríficos y extraños que había vivido habían desaparecido apenas salió de La Oroya. Estaba convencida de que eran espíritus que habitaban en aquella casa y en el hospital. Como ya no pensaba regresar, imaginó que allí se terminaban sus problemas. En eso se equivocaba.

Salió de su departamento y fue a hacer unas compras, aspiró profundamente hasta que sus pulmones se llenaron del contaminado aire de la ciudad. Levantó los ojos hacia el cielo observando el abultado manto gris que lo cubría. No le importó, era agradable estar de nuevo en el caos de Lima mientras eso la ayudara a recuperar la cordura y la lucidez mental que pensó había perdido. Caminó sin prisa por el supermercado mirando las góndolas distraídamente, comparando precios o viendo productos nuevos. Se distrajo observando a un pequeño niño de ondulados cabellos pasear con un carrito de compras. Sonrió, el pequeño cargaba con bolsas de dulces y las depositaba en el carrito. Se dirigió a la zona de frutas y admiró la gran variedad que tenía delante. Los carteles anunciaban los precios rebajados.

“Manzana nacional: s/ 2,10”

“Manzana Israel: s/ 2,95”

“Pero Manzana: s/ 2,80”

Observó con cuidado las opciones y cargó en una bolsa cuatro manzanas nacionales. Pensó que le vendría muy bien un pie de manzana, lo prepararía en la tarde y lo acompañaría con un café.

Regresó a su casa, se sentía mucho mejor de lo que se había sentido en días. Definitivamente renunciar había sido la mejor idea. Preparó el almuerzo y se sentó a comerlo frente al televisor, no era algo que comúnmente hiciera ya que pensaba que era una mala costumbre ver la televisión mientras se come, pero con todo lo que había pasado, creyó que un poco de compañía, aunque solo fuera la caja boba no le vendría mal. Comió con bastante apetito y se encontró riendo de los malos chistes de una pareja de cómicos, se sentía ella misma de nuevo.

Apagó el televisor, lavó los platos y horneó el pie. Lo dejó sobre la mesa para que se enfriara y decidió tomarse una siesta. Estaba cansada, las intensas experiencias que había vivido no la habían dejado descansar apropiadamente. Se tendió en la cama, pensó unos momentos en los sucesos que la habían hecho huir de su trabajo y suspiró. Cerró los ojos, su respiración se hizo lenta y acompasada, oyó las sirenas de una ambulancia a lo lejos, no le prestó atención, vivía muy cerca de dos hospitales por lo que estaba acostumbrada a ello. Las imágenes en su mente se fueron diluyendo poco a poco y pronto se quedó dormida.

 No llevaba más de quince minutos durmiendo, cuando empezó a soñar.

 Estaba de pie frente al Hospital de Chulec, era de día, el sol estaba en lo alto y brillaba sobre su cabeza. Observó el edificio con detenimiento, estaba bastante descuidado, la pintura se descascaraba como si fuera una serpiente cambiando su vieja piel por una nueva, pero en este caso, el edificio dejaba al descubierto, capas de las antiguas pinturas. Melinda ingresó al edificio, todo estaba en ruinas, un par de camillas sucias y oxidadas le impedían el paso. Las rodeó y siguió internándose en el pasillo. Los instrumentos médicos, estaban tirados en el piso y el polvo lo cubría todo a su alrededor. No había luz eléctrica, solo los rayos del sol ingresaban por las ventanas e iluminaban los abandonados pasillos. Quiso sentarse, pero los desvencijados bancos de madera de la zona de espera parecían a punto de desintegrarse. Una ráfaga de viento ingresó por la puerta que había dejado abierta de par en par y con él, regresó el murmullo. De inmediato, la invadió una sensación de impotencia muy conocida. Quiso regresar sobre sus pasos y salir de aquel lugar, pero no pudo, una fuerza invisible la obligaba a seguir adelante, era como si sus músculos no la obedecieran y actuaran por voluntad propia. Dio unos pasos y pudo entender con claridad lo que las voces decían. Por un momento se quedó paralizada.

“Ayúdame, John tiene la culpa”

Melinda frunció el ceño, no entendía de que se trataba todo aquello, quien le pedía ayuda y quien era John. Prestó atención a las voces, tratando de entender algo más de lo que decían, pero desaparecieron. En su lugar, una corriente helada la atravesó, haciendo que el bello de la nuca se le erizara. Cerró los ojos presa del terror, incapaz de respirar. El corazón le martillaba en la garganta, en ese momento supo, que se trataban de dos espectros diferentes. Los murmullos le pedían ayuda y aquella corriente helada trataba de aterrorizarla. Las lágrimas le anegaron los ojos y se deslizaron por sus mejillas.

En ese momento, despertó sobresaltada, oyó en su garganta el sonido áspero de las lágrimas. No pudo evitarlo, y esta vez lloró presa de la desesperación, ante la onda realidad que se abatía imponente sobre ella, atravesándola, aquellas apariciones, no pensaban dejarla en paz, no habían desaparecido. Se sentía desorientada, atemorizada e impotente. Cuando al fin pudo calmarse, se percató que estaba a oscuras, se levantó de la cama con dificultad y se acercó a la ventana, el cielo estaba cubierto de estrellas, la luna, un perfecto circulo, iluminado de amarillo. Experimentó una terrible inquietud, aquel espectáculo en el cielo limeño era extraño e inusual.

 Cruzó sus brazos sobre su cuerpo, tratando de protegerse, sus ojos se inundaron de confusión e incertidumbre. De pronto, el televisor de la sala se encendió, el volumen del aparto estaba muy alto que la sobresaltó. Giró sobre sus talones y se dirigió de inmediato a la sala con el corazón acelerado. Los canales se sucedían unos a otros como si un visitante invisible estuviera jugando con el control remoto. Melinda sintió que la sangre se le agolpaba en el rostro. Buscó el control remoto desesperada pero no lo encontró. Se acercó al televisor y jaló el cable de alimentación eléctrica y lo desconectó. Para su sorpresa, el aparato no se apagó, siguió su carrera alocada, cambiando de canal uno tras otro. Se llevó las manos a la cabeza aturdida, no sabía que hacer o que decir. En ese momento, oyó un atronador sonido, parecido a una multitud de fuegos artificiales estallando. Su rostro se puso blanco y pálido, sintió una desesperación absoluta, un escalofrío que iba en aumento. De pronto, fue como si un boxeador invisible acabara de propinarle un puñetazo en el vientre. Profirió un grito ahogado y gutural mientras su cuerpo se doblaba en dos. El panorama se tornaba más aterrador que nunca. Su cuello se dobló hacia atrás, cuando la energía invisible le dio un golpe en la frente con una fuerza rápida y avasalladora. Se tambaleó y cayó de espaldas, con el rostro desfigurado por el horror. Una expresión terrorífica se esparcía por su rostro como si fuera una mancha. Tenía los ojos dilatados, la frente y los brazos cubiertos de sudor, la piel fría y el aliento agitado. Sintió que algo le atenazaba el cuerpo y le aplastaba los pulmones. Profirió un grito desesperado que no pudo escapar de su garganta. Luchó con todas las fuerzas para tratar de liberarse de aquella fuerza invisible. La respiración se le hacía cada vez más difícil, trataba por todos los medios de llevar aire a sus pulmones, temblando de terror. Su garganta emitía sonidos graves, estaba a punto de ahogarse, cuando de pronto la presión en los pulmones desapareció y ella pudo moverse de nuevo. Se puso de costillas y tosió mientras el aire ingresaba de nuevo a sus agotados pulmones. Se quedó así por unos minutos, empapada de sudor y paralizada por el miedo.

Cuando al fin pudo levantarse, lo hizo con mucha dificultad, sosteniéndose de la mesa de la sala. Su garganta aún emitía extraños sonidos mientras ella respiraba. De pronto, sintió un dolor muy fuerte en el pecho que se replicó en la cabeza. Su cuerpo se estremeció con fuertes espasmos y volvió a caer al suelo, producto de un ataque. Se removió y se convulsionó espantosamente. Agitó las extremidades y dio golpes con ellos en el suelo. Se mordió la lengua y un hilo de sangre se extendió por la comisura izquierda de su boca. Los ojos se quedaron en blanco dejando al descubierto el globo ocular. De pronto, se detuvo, recuperó levemente la conciencia, y pudo observar la habitación, los objetos se iban desdibujando, quedando reducidos a manchas, era como si su cuerpo se apagara despacio, arrullado por una fuerza invisible que la instaba a dejarse llevar. En pocos segundos, todo había terminado.


[1] Trastorno del sueño raro en la que el paciente siente ocasionalmente un sonido muy fuerte que describen como un estallido.

Destacada

CASA 110 (Parte 3)

MELINDA

I

Laura no pudo esconder su alegría cuando se enteró quien sería su nueva vecina. La enfermera que contrataron, Melinda García, había trabajado con Laura en Arcata hace unos años atrás. Melinda viviría en la misma calle que Laura, a cinco casas de distancia.

Melinda García de treinta y dos años, era dueña de una personalidad magnética, con unos ojos cafés rodeados de pestañas largas y negras que conferían a su mirada misterio y sensualidad. La mata de pelo negro y lacio le llegaba a mitad de la espalda. Los labios rojos e invitantes eran su arma de seducción.

Cuando vio a Laura parada en la entrada de su casa, dio un grito de felicidad absoluta. Se abalanzó sobre ella incrédula, no tenía la menor idea de que la encontraría en La Oroya.

_ ¡Laura! ¿Qué haces aquí? _ preguntó emocionada.

_Vine a darte la bienvenida_ contestó con una clara y sincera sonrisa.

_Pasa, pasa ¡no lo puedo creer! _ dijo mientras se hacía a un lado para que la psicóloga entrara a la vivienda.

Laura se acomodó en la cocina, mientras Melinda preparaba algo de café.

_ No te imaginas lo feliz que me puse cuando me enteré de que eras tú a quien contrataron para el puesto de enfermera_ dijo Laura.

_ No tenía idea de que estuvieras trabajando aquí_ dijo Melinda_ hace tiempo que no tengo noticias tuyas.

_Estuve trabajando en La Libertad, hasta que me presenté para el puesto de asistenta social.

_ ¡Increíble! No te imaginas lo mucho que te he extrañado, la verdad aún no entiendo que fue lo que nos distanció _ dijo Melinda.

_ Supongo que se debió a la falta de tiempo_ contestó su pelirroja amiga.

_Si, trabajar en campamentos mineros no ayuda. Además de los turnos que realizo en el hospital. Trabajar de noche arruina la vida social de cualquiera_ dijo la enfermera.

Laura se echó a reír, pero sabía que Melinda tenía razón. Al menos ella no debía trabajar de noche.

_ Es bueno que tengas el hospital a un paso_ dijo Laura.

_Es estupendo_ dijo Melinda_ no tengo que movilizarme mucho, pero a la vez, es fácil que me llamen por una emergencia a pesar de que no esté de turno.

Laura asintió.

Conversaron largo rato poniéndose al día con los chismes, hablaron de las personas que conocían y que ya no veían. Para Laura fue como si no hubiese trascurrido el tiempo. Allí estaba su buena amiga Melinda como en los viejos tiempos.

_ Dime ¿hay alguien interesante por aquí cerca? _ preguntó Melinda con aquella mirada coqueta que Laura conocía muy bien.

_ ¿Qué fue del enamorado que tenías? ¿Cómo se llamaba?

_Luis_ dijo Melinda con gesto que a Laura le pareció algo despectivo _ Terminamos hace más de un año, la verdad estaba perdiendo el tiempo con él.

_ ¡Oh! Pensé que terminarían casándose_ dijo Laura.

_ Yo también, pero ya vez, él tenía otros planes, y me alegro por ello, porque de lo contrario me hubiese arrepentido.

_Es bueno que lo hayas tomado bien_ dijo la psicóloga.

_ ¿Qué más puedo hacer? Es mejor tomar ciertas cosas con filosofía_ dijo ella encogiéndose de hombros.

_ Para serte sincera, no hay mucha gente en esta zona, la mayoría son personas que tienen familia y viven cerca del colegio Mayupampa. En esta calle, solo estamos tú, yo y un abogado bajando la colina.

_Entonces, ¿eso quiere decir que el abogado es soltero? _ preguntó Melinda con una sonrisa y las cejas levantadas.

Laura se echó a reír.

_Si es soltero_ dijo ella.

Melinda pareció sopesar algo y cambió de expresión de inmediato.

_Probablemente es feo, chato y gordo_ dijo haciendo un gesto cómico con los labios.

Laura lanzó una carcajada y sacudió la cabeza.

_ Por el contrario, es alto, bastante musculoso y muy atractivo.

_ ¡Oh! Por la cara que pusiste al describirlo, entonces, estás en una relación con él.

Laura volvió a dejar escapar otra carcajada sacudiendo la cabeza.

_No, para nada, ya sabes, nada de relaciones para mí.

_Laura, pensé que ya te encontraría casada y con hijos, ya es hora de que sientes cabeza.

_ ¿Para qué? soy feliz a mi manera, no necesito hijos ni esposo.

_Yo opino todo lo contrario, pero respeto tu posición. ¿Entonces, eso quiere decir que tengo vía libre con el abogado?

Laura enarcó las cejas sorprendida.

_Pero ni siquiera lo has visto_ dijo.

_Bueno, solo en el caso de que me guste_ aclaró.

Laura se encogió de hombros e hizo un gesto interrogante con las manos. Pero en su corazón sintió una opresión que no había sentido antes, no quiso reconocerlo, pero le incomodaba que Melinda intentara algo con Alejandro, eso era exactamente lo que estaba sintiendo.

II

Melinda y Laura habían sido amigas por cinco años antes de que Laura dejara Arcata. Eran muy diferentes una de la otra, como el agua y el aceite, pero eso no impedía que se llevaran muy bien. Solían almorzar juntas los domingos, turnándose la tarea de cocinar. A pesar de que Melinda estaba en una relación en ese momento, nunca perdieron la costumbre de almorzar juntas los domingos.

Era el día en que Laura debía cocinar, había quedado encantada con un Rocoto Relleno que una de sus compañeras de trabajo le había invitado, por lo que decidió probar sus habilidades culinarias. Se dirigió al mercado y compró los rocotos a una anciana que había bajado de su pueblo con una cosecha de su propia huerta. Llegó a su casa con la bolsa de las compras y se dispuso a preparar los rocotos, los vio pequeños, en comparación a los que se servían en los restaurantes arequipeños. Se encogió de hombros, prepararía un par para cada una, pensó. Abrió los rocotos, sacó las semillas y los dispuso dentro de una olla para hervirlos. Preparó el relleno, llenó los rocotos con él y los metió al horno como era costumbre. Cuando Melinda llegó, Laura se encontraba con un extraño escozor en las manos.

_ Creo que el rocoto me ha producido algún tipo de alergia_ explicó Laura.

Cuando la psicóloga sirvió los rocotos, Melinda los vio tan pequeños que los miró con desconfianza. Pero para no incomodar a su amiga no dijo nada y partió el rocoto metiéndose un pedazo a la boca. No pudo pasar del segundo mordisco, el rocoto estaba tan picante que era imposible comérselos. De inmediato sintió que los ojos le lagrimeaban y que le escurría la nariz. Tuvo que sacarse la comida de la boca.

_ ¡Esto está muy picante! _ dijo.

_ Supuse que lo había lavado bien_ dijo la psicóloga algo avergonzada.

_ Lo que pasa es que es un rocoto muy pequeño, esos son los que más pican.

_No lo sabía_ dijo Laura que ahora sentía el escozor en los ojos porque se los había tocado con las manos.

Las lágrimas empezaron a recorrerle el rostro, las manos las tenía como si sostuviera en ellas grandes pedazos de carbón encendidos.

_Laura, será mejor que dejemos el almuerzo para otro día y que te acompañe al hospital_ dijo Melinda_ necesitas que te traten.

Las dos mujeres rieron a carcajadas recordando aquel episodio.

_Ahora me parece gracioso_ dijo Laura_ pero en aquel momento no me lo pareció en lo más mínimo.

_Sí, tu primer rocoto fue incomible_ dijo Melinda riendo a todo pulmón.

_Sería lindo retomar aquellos almuerzos_ dijo Laura.

_Por mi encantada_ respondió la enfermera.

_Solo que tendríamos que incluir a Alejandro_ dijo la psicóloga.

_ ¿Quién es Alejandro? _ preguntó Melinda confusa.

_Es el abogado de quien te hablé.

_ ¿Ahora almuerzas con él los domingos? ¿Y dices que no hay nada entre ustedes? _ preguntó con un gesto de incredulidad.

_ ¿Acaso tenía una relación contigo?

_Bueno, no.

_Somos buenos amigos, eso es todo, además éramos los únicos en esta parte de la residencial antes de que llegaras. ¿Qué se suponía que debíamos hacer?

Melinda asintió encogiéndose de hombros.

_El próximo domingo me toca cocinar a mí, allí te lo presentaré_ dijo Laura.

_ Me parece perfecto_ dijo Melinda con una sonrisa pícara.

III

Melinda y Laura se encontraban hablando muy entretenidas cuando Alejandro tocó la puerta. La psicóloga fue a abrir y encontró al abogado con la mejor de sus sonrisas.

_Pasa Alejandro_ dijo mientras se hacía a un lado y lo dejaba entrar.

El abogado le entregó una botella de vino mientras entraba. De inmediato su atención se centró en la mujer que se encontraba sentada en uno de los sillones de la sala. Laura lo observó con disimulo y no le gustó mucho lo que vio. Melinda se puso de pie al verlo y le dedicó la mejor se sus sonrisas. Fue evidente para Laura que la atracción fue instantánea entre el abogado y la enfermera.

_Alejandro, ella es mi amiga Melinda de quien te hablé. Melinda, él es mi vecino_ agregó señalando la casa de Alejandro que se veía a través de las ventanas de la sala.

_Mucho gusto_ dijo Melinda agitando la mano de Alejandro.

_Igualmente_ contestó él y la sonrisa se le ensanchó.

_ ¿Por qué no se ponen cómodos mientras termino la comida? _ dijo Laura.

_Puedo ayudarte si lo necesitas_ dijo Alejandro de inmediato.

_No hace falta, ya estoy acabando_ respondió la psicóloga.

Alejandro asintió y se sentó junto a Melinda mientras Laura regresaba a la cocina. La enfermera y el abogado se observaron con poco disimulo antes de entablar conversación. Los ojos de Laura se movieron brevemente hacia Alejandro y no le gustó comprobar que tenía la mejor de sus sonrisas mientras conversaba con Melinda.

Durante el almuerzo Laura permaneció la mayor parte en silencio. Dejó que Alejandro y Melinda se conocieran y fueran los que llevaran la conversación adelante. El abogado pensó que ella estaba distante, absorta en sus propios pensamientos. La observaba de tanto en tanto y empezó a preocuparse, Laura nunca se quedaba callada más que un par de segundos cada vez que almorzaban juntos.

_Estas muy callada_ dijo él de repente.

Laura levantó la mirada y se encontró con los ojos inquisitivos de Alejandro. Consiguió esbozar una leve sonrisa.

_Estoy dejando que se conozcan_ dijo, pero su propia voz no le sonó muy convincente.

Melinda no desaprovechó la oportunidad y siguió conversando con Alejandro. En todo momento se mostró encantada de poder ayudarlo, sirviéndole más comida, trayendo una servilleta para él o preguntando si quería más vino. Laura sentía unas ganas de entornar los ojos cada vez que la veía tan solícita, pero se contuvo. No podía actuar como una mujer celosa o posesiva ya que Alejandro no le pertenecía.

_Dime Alejandro, ¿Qué haces para entretenerte? _ preguntó Melinda.

Alejandro se echó a reír algo incómodo, le pareció que el tomo de la enfermera fue muy personal.

_La verdad, no hay mucho que hacer por aquí, más que el trabajo, hay unos restaurantes no muy buenos, hay una cancha de golf si es que lo practicas, un salón de bowling en el Club Inca, canchas de tenis y el gimnasio aquí en la entrada del Chulec.

_ Al menos tendré donde ejercitarme_ dijo Melinda.

_Yo voy al gimnasio por las noches_ dijo él_ si deseas puedo llevarte un día de estos para que lo conozcas.

El primer pensamiento de Laura fue que Melinda no necesitaba de ninguna persona que la acompañara a conocer el gimnasio ya que el gimnasio se hallaba a poco más de doscientos metros de su casa.

_Sería genial_ contestó ella con una de las sonrisas seductoras que Laura conocía muy bien.

El problema, pensó, es que ahora la estaba utilizando con Alejandro, y la sola idea le produjo una leve sensación de nausea. “Habré comido mucho”, se dijo a sí misma. Pero parte de ella deseaba levantarse y marcharse, pero ¿A dónde iría? Estaba en su casa.

Cuando sus dos amigos se retiraron entrada la noche y se quedó sola, aquella sensación que la atenazaba en el pecho desde que viera la interacción entre el abogado y la enfermera se intensificó. Por un momento sintió que iba a perderlo, se había acostumbrado a él, sentía cierta debilidad por él, le gustaba compartir sus cosas con Alejandro y si ahora Melinda lo seducía. Tuvo la certeza de que lo alejaría. Trató de convencerse, de que lo que sentía era el temor a la pérdida de un buen amigo, y que no había ningún sentimiento romántico de por medio. Suspiró algo confundida y cansada. Decidió que lo mejor sería irse a dormir. Se levantó del sillón que ocupaba en la sala y se dirigió a su habitación.

 Desde el otro lado de la calle, a través de la ventana, Alejandro la observaba con atención. Ahora estaba seguro de que Laura no sentía nada por él. Lo había presentado a su amiga Melinda. Estaba más que claro para el abogado las intenciones de la enfermera y Laura estaba de acuerdo con ello. Tuvo que admitir que aquella certeza llenaba su corazón de decepción. Apagó las luces de la sala y se dirigió algo cabizbajo a su habitación.

IV

Cuando Melinda y Laura se encontraron de nuevo. La enfermera no tardó en hablar de Alejandro.

_ ¡Vaya que si es guapo y muy caballeroso! _ dijo ella.

_Parece que te gustó_ dijo Laura tratando de demostrar que el comentario de Melinda le parecía anodino sin mucho éxito.

_ Mucho_ respondió la enfermera_ pero necesito saber si en verdad no estás interesa en él, porque no deseo meterme donde no me llaman y tener problemas contigo.

_Ya te lo dije, no hay nada entre nosotros_ dijo la psicóloga poniendo los ojos en blanco.

_ Eso ya lo sé, no te pregunté eso, quiero saber si no sientes nada por él_ dijo Melinda.

_ Ya te he dicho que no_ respondió Laura en un tono de fastidio.

_ Lo siento no quise molestarte_ dijo Melinda encogiéndose de hombros y levantando las manos en gesto de rendición.

Laura sonrió lo mejor que pudo, no quería que su amiga pensara que albergaba sentimientos profundos por Alejandro.

_ No lo haces, pero me molesta un poco que pienses que no te digo la verdad_ dijo ella.

_ Está bien, ya no insistiré, pero quiero que sepas que pienso acercarme a él_ dijo Melinda.

_ Bien por ti_ contestó Laura, pero una punzada inexplicable de celos la corroía por dentro.

V

Aquella mañana de sábado, terminó al fin de arreglar el jardín, decidió subir las gradas que la separaban de la calle para admirarlo desde arriba. Apenas terminó de subirlas, vio a Alejandro con un ramo de flores tocando a la puerta de Melinda. La sonrisa que tenía en ese momento se evaporó. El corazón se le aceleró, no precisamente porque veía algo que le agradara. Dejó escapar un profundo suspiro de frustración, cuando vio que la puerta se abría y Melinda rodeaba el cuello del abogado, besándolo en la mejilla. Ingresaron de inmediato y Melinda cerró la puerta. Laura sintió un cúmulo de sensaciones que no entendía, celos, tristeza, incomodidad. Se encontraba desconcertada por las emociones que sentía. El rostro se le nubló, pensó que no necesitaba haber presenciado aquella escena. Bajó apresurada los escalones sin mirar atrás, se quedó en el jardín unos minutos más tratando de recordarse a sí misma que ella los había presentado y había alentado de cierta forma a Melinda. Marchó despacio en dirección a su casa y se metió en ella. Pensó que Alejandro nunca le había llevado flores y que nunca había dejado de ir a verla un sábado por la mañana. Bueno siempre hay una primera vez para todo, pensó y al parecer aquel sería el primer sábado que no se verían.

Se sentía algo abrumada por los sentimientos que había experimentado durante todo el día, decidió que lo mejor sería acostase temprano esa noche, cuando oyó un par de golpes en su puerta. Caminó despacio, arrastrando las piernas, cuando abrió, se encontró con Alejandro quien tenía dibujado en el rostro una amplia sonrisa. Laura le devolvió un asomo de sonrisa. El frío era intenso afuera pero aun así no lo invitó a pasar. A Alejandro no le pasó aquel echo inadvertido.

_Espero no molestarte_ dijo_ pero no pude venir a verte esta mañana.

_No necesitas venir a verme, no soy una lisiada o una inválida_ contestó ella, pero de inmediato se arrepintió de lo que había dicho, sonó a una mujer amargada y dolida.

Alejandro frunció el ceño de inmediato, no era normal en ella actuar de esa forma, siempre lo había recibido de buen agrado.

_No es por eso por lo que vengo a verte_ dijo con cautela_ me gusta pasar tiempo contigo y quiero saber cómo estas_ dijo él.

Laura guardó silencio unos segundos. No quería decir algo más que demostrara lo que sentía. Alejandro seguía parado en el umbral de la puerta, Laura aún no le había pedido que pasara.

_Lo siento_ dijo poco después desviando la mirada a sus zapatos. _ No quise ser descortés contigo.

_ No me importa que seas descortés, quiero saber si estas bien_ dijo él algo preocupado.

_ Estoy bien, lo que sucede es que no siempre me vas a encontrar de buen humor, tengo mal carácter, tal vez estés conociendo ese lado de mí, que aún no conocías_ dijo sin mirarlo a los ojos.

_ No pude pasar antes porque Melinda me invitó a almorzar, pensé encontrarte allí_ se explicó.

_No tienes obligación de venir a verme, y no al parecer la invitación era solo para ti_ dijo ella con una sonrisa que a Alejandro le pareció algo triste. _ No tienes porque a darme explicaciones de con quien sales_ agregó.

_Laura_ dijo él y ella levantó la mirada.

Alejandro creyó captar cierta vulnerabilidad en sus ojos verdes. Pero pensó que se imaginaba cosas. Ella trató de contemplarlo con calma.

_ ¿Puedo pasar? _ preguntó el abogado.

Laura pareció reaccionar y se hizo a un lado para que él entrara, pero no lo invitó a sentarse. Alejandro siguió de pie después de que ella cerrara la puerta.

_ ¿Estás molesta conmigo? _ preguntó él observándola con atención.

Laura trató de sonreír para que él no advirtiera lo mucho que le afectaba su relación con Melinda.

_No, ¿Por qué debería estarlo? _ preguntó ella.

_No sé, te siento extraña. Sí es porque no vine a verte antes…

No lo dejó terminar, de inmediato se puso en guardia.

_No tienes porque venir cada sábado a las diez de la mañana_ dijo ella de inmediato_ no tienes ninguna obligación conmigo.

_No se trata de obligaciones, venir a verte se ha vuelto como nuestra tradición de cada sábado.

_Entiendo que no quieras ir a tu casa los fines de semana, sé que tratas de evitar a tu padre, pero eso no aplica a alguna novia que puedas tener_ dijo ella y al terminar se percató que su corazón se estrujaba de dolor tan solo de pensar que Alejandro podía tener una novia.

_Melinda ciertamente no es mi novia_ dijo él de inmediato_ pero es la persona más encantadora y magnética que he conocido.

Laura le dedicó la sonrisa más dulce y triste que él le haya visto.

_ Ciertamente lo es_ aseveró, recordando que aquel magnetismo encandilaba a la mayoría de los hombres, y al parecer, Alejandro formaba parte de la larga lista.

_No es lo que piensas_ quiso explicarse.

_ No tienes que darme explicaciones_ contestó ella.

_No son explicaciones, pienso que somos amigos y quisiera contarte lo que pasa.

_ Somos amigos_ dijo ella_ pero no quisiera tener que tomar partido por ninguno de ustedes dos.

_ No tienes que tomar partido por ninguno.

_Tampoco quiero saber las intimidades que existen entre ustedes.

Alejandro suspiró, tenía las manos metidas en los bolsillos traseros de su pantalón. Parecía un adolescente descubierto en algo indebido. No supo que más decir, era como si ella levantara una barrera a su alrededor, para no dejarlo entrar.

_Será mejor que te deje descansar_ dijo él y le dio un beso en la mejilla antes de salir de la casa. Ella no dijo nada, dejó que se fuera, lo observó a través de la ventana hasta que se metió a su casa.

VI

El domingo, se encontraron los tres en casa de Alejandro, esta vez él hacía de anfitrión. Laura comenzó a pensar que había sido mala idea la acordar almorzar los tres los domingos, se sentía bastante incómoda y fuera de lugar frente al abogado y la enfermera. Ambos, intercambiaban miradas y sonrisas cómplices.  Con mucha dificultad, Laura estaba logrando mantener un delicado equilibrio con suma elegancia.

A penas terminaron de comer, buscó una excusa para salir de la casa de Alejandro. El abogado se sentía consternado, sabía que algo no andaba bien con ella y no sabía muy bien que era. Quiso hablarlo con Melinda, pensando que tal vez ella supiera algo más al respecto, pero prefirió no agrandar las cosas, tal vez se estaba imaginado algo que no existía. Pero Melinda también lo había notado y creía saber que era lo que sucedía con su amiga. Decidió que luego de dejar la casa de Alejandro iría a verla.

Pocos minutos después de las cinco de la tarde, se despidió del abogado y enfiló el camino de entrada a la casa de Laura. Cuando la psicóloga abrió la puerta, Melinda notó con suma claridad que su presencia no era bienvenida. A pesar de ello, decidió tomar el toro por las astas.

_Quisiera hablar unos minutos contigo_ dijo.

_Estoy con mucho trabajo que debo terminar para mañana_ mintió.

_ Solo serán unos minutos_ insistió la enfermera.

A Laura no le quedó más remedio que dejarla pasar. Melinda se sentó en el sofá de la sala y Laura tuvo que hacer lo mismo.

_Laura, sé que ya te pregunté esto varias veces, pero ¿sientes algo más por Alejandro?

La psicóloga habló con voz frustrada y vehemente levantando las manos extendidas.

_ ¡Te dije muchas veces que no siento nada por él!

_Puedes repetirlo las veces que quieras, pero eso no significa que sea cierto_ dijo Melinda.

_La verdad no entiendo porque haces esto_ dijo Laura _ no necesitas de mi permiso para que te revuelques con él si eso es lo que quieres.

Melinda no se molestó por la elección de palabras de Laura, sabía que había algo raro en ella, y creía saber que era.

_Estás enamorada de él_ dijo.

Laura abrió sus hermosos ojos como platos, no se esperaba que Melinda fuera tan directa. Se levantó del sofá sacudiendo la cabeza, pero no dijo nada. No necesitó decirlo, lo llevaba escrito en la cara. Levantó las manos en gesto de rendición, pero no lo negó. Le dio la espalda a su amiga y masculló algo entre dientes que Melinda no pudo entender.

_Laura por nuestra paz mental, voy a dejar de ver a Alejandro, y ya no voy a asistir a los almuerzos de los domingos_ dijo.

Laura giró sobre sus talones y la miró tratando de demostrar indiferencia.

_Por mi ni te preocupes, puedes hacer lo que quieras con él_ dijo.

Melinda advirtió recelo en su tono de voz.

_Laura, te quiero mucho, fuiste mi mejor amiga, y creo que aún lo eres. Pero debo decirte que, aunque no lo quieras aceptar, estás enamorada de Alejandro. No estoy diciendo que se lo digas, pero creo que debes aceptar la realidad.

_ ¿Me estas analizando? Se supone que la psicóloga soy yo_ dijo.

Melinda efectuó un desconcertado encogimiento de hombros.

_Solo digo que será más fácil cuando aceptes la situación.

_Mira, por mi no te hagas problemas, puedes salir con Alejandro, él no me pertenece_ dijo.

_La verdad, él solo tienes ojos para ti, ayer se pasó hablando de ti durante todo el almuerzo. No pude hacer que me prestara la menor atención.

_ No digas tonterías_ contestó Laura a la defensiva.

_Ya no voy a decir más, está claro que cuando uno no quiere ver lo que tiene enfrente no lo hará de ninguna manera. Solo vine a decirte que no pienso seguir inmiscuyéndome entre ustedes dos.

Se levantó del sofá, se acercó a Laura, la abrazó y salió de la casa, dejando a la psicóloga sumida en un sinfín de pensamientos.

Destacada

CASA 110 (Segunda parte)

Capítulo 2

ALEJANDRO

I

El complejo metalúrgico de La Oroya venía arrastrando una larga paralización de más de una década, hasta que al fin un año atrás, los acreedores pudieron venderla a precio de ganga a una empresa canadiense que se comprometió a volver a ponerla en marcha de forma paulatina, desde luego, con la venia del gobierno y muchas concesiones ambientales.

Alejandro Quesada provenía de una de las familias más acaudaladas del Perú. Había estudiado en una de las mejores universidades de Europa y hacía varios años que trabajaba en el bufete jurídico de su padre como abogado senior.

Uno de sus principales clientes era la empresa canadiense a quien habían asesorado antes, durante y después de la compra del complejo metalúrgico. El trabajo de Alejandro fue excepcional, por lo que la compañía canadiense le ofreció un trabajo permanente en La Oroya. Alejandro supuso que su padre pensaría que era una locura dejar un bufete que ganaba millones y que pronto sería suyo por un sueldo fijo en los confines de la Sierra Central, pero para el abogado, no había mejor oportunidad que esta, le parecía satisfactorio y excitante.

A Alejandro no le importaba mucho el dinero, quería contribuir con su país en la medida de lo posible, y tras largos años de paralización, el despido de miles de trabajadores y la crisis económica en que vivían los habitantes de la zona, pensaba que ayudar a la reactivación de la ciudad minera sería una de sus contribuciones más importantes.

Muchas Organizaciones No Gubernamentales, no estaban de acuerdo con la reactivación de la empresa por los costos ambientales que eso implicaba, pero los pobladores habían pedido con desesperación a varios gobiernos de turno que volvieran a poner en funcionamiento el complejo ya que era el único medio de sustento de decenas de miles de personas.

Cuando Alejandro entró en la oficina de su padre, este lo recibió con una sonrisa, la cual se evaporó cuando le explicó que dejaría el bufete para irse a trabajar, literalmente, a la punta del cerro. El hombre intentó procesar la información que acababa de recibir, mostró un rostro repleto de consternación y perplejidad que no requería de traducción. Sus ojos se detuvieron con disgusto sobre su único hijo. Trató de hacerlo entrar en razón, pero Alejandro estaba decidido. El progenitor quedó profundamente decepcionado ya que pensaba retirarse en un par de años y dejar todo en manos de su hijo. Suspiró abatido, antes de endurecer la voz sacándole en cara todo lo que había aprendido en el bufete.

_ ¡Te arrepentirás de esto! _ exclamó y su voz retumbó nítidamente en las paredes de la oficina.

Alejandro aclaró la garganta y respiró profundamente, la situación se había vuelto incómoda, no quería pelear con su padre, lo respetaba mucho, pero se sentía indignado por la forma en que lo estaba tratando, no necesitó decírselo, porque lo llevaba escrito en la cara. Observó a su progenitor con la dignidad y fortaleza que lo caracterizaban y le habló con honestidad e integridad.

_ Papá, tengo cuarenta y cinco años, no soy un niño y esto es lo que quiero hacer. No quiero faltarte el respeto, pero no te estoy pidiendo permiso, te estoy informando que dejaré la empresa_ dijo con voz clara y firme.

_ ¡Eres un Quesada, no puedes ser el empleaducho de una empresa minera! ¡Tu abanico de opciones será muy limitado! _ gritó mientras lo envolvía un escalofrío.

El comentario le pareció a Alejandro ignorante y ofensivo, pero sabía que no podía cambiar la forma de pensar de su padre. Se hizo un silencio frío entre ambos y a pesar de la profunda desazón que sentía, el señor Quesada colocó una paciente mano sobre el hombro de su hijo.

_ Respetaré tu decisión, esperaré a que te canses de jugar y regreses a la empresa_ dijo poco después.

Alejandro no agregó más leña al fuego, salió de la oficina de su padre rumbo a su nuevo empleo, de eso hacía ya un año.

II

El hotel parecía desierto, no había visto ni oído a nadie mientras bajaba las escaleras, lo cual la inquietó un poco. Tampoco se había hecho una idea del hombre que la había recibido, al principio le cayó mal, pero luego, cuando se ofreció a llevarla a comer pensó que tal vez no era del todo desagradable. Lo vio esperándola al pie de las escaleras con una sonrisa encantadora y Laura se ablandó un poco.

_ Espero que se haya abrigado porque está haciendo frío allá afuera_ dijo señalando la calle.

_Lo estoy_ contestó Laura con una leve sonrisa.

Alejandro abrió la puerta para ella y cuando estuvieron fuera, aquella frase pintada de rojo que había observado tantas veces, por primera vez llamó su atención, se sintió de pronto incómodo, como si él mismo la hubiese escrito, “Debo hacer que borren eso”, pensó.  Le señaló a Laura un Toyota Corolla celeste, estacionado frente al hotel. Era algo antiguo, pero se hallaba en muy buenas condiciones. Laura pensó que Alejandro difícilmente pasaba desapercibido con su carro en un pueblo como La Oroya. Cuando estuvieron dentro, el abogado encendió la calefacción. Puso el vehículo en marcha y se dirigió a Marcavalle.

_La verdad no hay muchos restaurantes en la ciudad, muchos de ellos cerraron cuando el complejo dejó de operar, pero un par de ellos aún persisten_ explicó mientras el limpiaparabrisas se deslizaba rítmicamente de un lado a otro.

Laura asintió, sabía la difícil situación por la que atravesaba La Oroya y se preparó mentalmente para las precariedades que encontraría.

_ Aquí a su derecha se encuentra la refinería_ explicó Alejandro_ está trabajando a un treinta por ciento de su capacidad, esperamos que para el próximo año lo tengamos operando al cien por ciento.

Laura asintió y emitió un suspiro.

_Imagino que tiene interés en conocer la fundición y la refinería para que pueda tener una mejor idea del tipo de trabajo que se realiza aquí.

_ He trabajado anteriormente en minas y fundiciones, pero, sí, me interesa saber como funcionan las cosas aquí_ contestó la psicóloga.

_Perfecto, puedo arreglar una visita guiada para usted_ dijo él sonriéndole.

_ Gracias_ contestó ella_ Por cierto, se que no lo mencionó, pero pensé que el comité de bienvenida constaría de más personas.

Alejandro la miró algo perplejo.

_ Es decir, no sé qué función cumple usted en la empresa, pensé que algún representante de recursos humanos me recibiría.

Alejandro asintió.

_Pues, puede considerarme parte del departamento de recursos humanos_ contestó el abogado.

Laura lo miró algo dubitativa.

En pocos minutos se apeaban frente al Restaurante Central, uno de los restaurantes más emblemáticos de la ciudad. Laura recibió una fuerte ráfaga de aire helado en el rostro al abrir la puerta. Se ajustó el abrigo en el cuello y luego se frotó las manos.

_Entremos, hace frío_ dijo Alejandro abriendo la puerta.

Laura observó a su alrededor, el lugar no era nada espectacular, tenía mesas cubiertas por manteles anaranjados. Las sillas de metal estaban tapizadas con una tela que a Laura le pareció de mal gusto. Las paredes blancas tenían ribetes naranjas con los cuales el mantel hacía juego. Unos cuadros con ilustraciones serranas adornaban las paredes del local. Unos acordes disonantes de arpa alertaron del inminente inicio de un Huayno. Alejandro le señaló una mesa al fondo del restaurante.

_ Cuanto más alejados estemos de la puerta mejor_ dijo sonriendo.

Laura asintió.

 El abogado se sacó el abrigo y lo tendió en el respaldar de su asiento. La psicóloga solo se lo desabrochó, pero no pensó siquiera en quitárselo. Se sentaron uno frente al otro. De inmediato un mesero se les acercó.

_ Buenas noches_ dijo.

Tenía la piel de las mejillas cuarteadas por el frío y el inclemente sol de la sierra. La nariz aguileña estaba algo torcida, como si hubiese sufrido un accidente en donde se la hubiese partido, además de la mandíbula ancha con los dientes grandes y algo sobresalidos, pero todo esto no le impedía poseer una agradable sonrisa.

Les entregó la lista del menú, retirándose de nuevo.

Alejandro y Laura leyeron el menú en silencio.

_ ¿Está lista para ordenar? _ preguntó el abogado luego de un par de minutos.

Laura asintió. Alejandro llamó al mesero con un gesto de su mano. Este se acercó a ellos con un leve trote y una gran sonrisa en sus labios que a Laura le causó gracia. Parecía un niño pequeño a pesar de las arrugas que surcaban su rostro.

_ Un caldo de gallina por favor_ pidió Laura.

El mesero asintió y detuvo su mirada en Alejandro.

_Otro igual para mi_ contestó el abogado.

_Dos caldos de gallina entonces_ dijo el mesero_ ¿algo para tomar?

Alejandro posó su atención en Laura. Ella negó con la cabeza.

_ Le vendría muy bien un mate de coca_ dijo el abogado_ le ayudará con el frío y la altura. Mejorará cualquier dolor de cabeza que tenga y por lo tanto dormirá mejor.

_ Bueno señor doctor voy a tomar en cuenta su consejo_ dijo ella sonriendo.

_ Dos mates de coca_ dijo Alejandro dirigiéndose al mozo.

Este asintió y se retiró rumbo a la cocina gritando a voz en cuello el pedido.

_ ¡Vaya forma de llevar los pedidos! _ dijo Laura riendo.

Alejandro se encogió de hombros.

_ No es un restaurante cinco estrellas_ dijo _ es lo mejor que hay por ahora. Esperamos que las cosas mejoren cuando la empresa rehabilite por completo la fundición y la refinería.

Laura asintió.

 La canción “Que lindo son tus ojos” interpretada por Dina Paucar sonó en el restaurante y de inmediato alguien elevó el volumen del aparato reproductor. El Huayno retumbó estridente en las paredes del local. Laura miró con cara de incredulidad a Alejandro quien se echó a reír al ver el rostro sorprendido de la psicóloga.

_ Es algo a lo que tendrá que ir acostumbrándose_ dijo acercándose a ella para dejarse oír por encima de la música.

_ Creo que eso será algo difícil_ respondió ella casi gritando.

Alejandro se echó a reír de nuevo. Unos minutos después el volumen del reproductor volvió a bajar una vez que la canción terminó.

_ Así está mejor_ dijo Laura.

El mesero volvió a hacer su aparición con dos platos de caldo humeante. Ambos tomaron un sorbo de la sopa. Laura cerró los ojos y emitió un suspiro de aprobación. Alejandro la observó con una media sonrisa.

_Parece que es de su agrado_ dijo.

_ Así no lo fuera, necesitaba algo caliente en el estómago, además estoy famélica, hace como doce horas que probé mi último bocado.

Y como para reafirmar su comentario su estómago gruñó protestando. Alejandro se echó a reír mientras hablaba.

_ Me alegra haberla traído a cenar entonces.

_ Lo siento _ se excusó ella sonrojándose.

_No tiene porqué_ contestó el abogado.

_ ¿Por qué no me cuenta algo sobre la empresa y el trabajo que realizaré? _ preguntó la psicóloga intentando llevar la conversación por otro rumbo.

_ Bueno sobre el trabajo, imagino que le hablaron al respecto antes de contratarla.

_ Pensé que usted formaba parte de recursos humanos, suponía que tenía más información para mi_ dijo ella.

Alejandro titubeó un poco antes de responder. Laura clavó sus ojos verdes en él esperando a que hablara. El abogado pensó que aquellos ojos podrían llegar a ser peligros, podrían llegar a hipnotizarlo.

_ En realidad soy del departamento legal, mejor dicho, soy el departamento legal, soy el abogado de la empresa, soy el único, por cierto, al menos por el momento.

Laura lo observaba perpleja mientras él hablaba. El tono dubitativo de Alejandro no la ayudaba mucho a entender las cosas.

_ La empresa volvió a operar hace un año_ explicó él.

 Pareció vacilar por unos segundos y luego siguió.

_ Estamos tratando de reducir costos, hasta que el complejo sea rentable.

Laura asintió distraídamente.

_ Entonces ¿Por qué me contrataron? Imagino que no es muy necesaria mi presencia.

_ Por el contrario, la empresa se comprometió en prestar ayuda a las comunidades, y para la empresa es importante   cumplir con estos compromisos, por eso está usted aquí_ explicó el abogado.

Laura volvió a asentir y se percató de que era lo único que estaba haciendo desde que había llegado.

_Entonces ¿a quién debo reportarme? _ preguntó.

_Por el momento a mí, aunque a decir verdad tendrá bastante libertad de acción mientras se ciña al presupuesto.

_ Entonces usted es mi jefe_ dijo ella levantando las cejas.

_ Preferiría que me tuteara, si no le molesta. Y con respecto a su pregunta, no precisamente, en este momento veo varias áreas, pero en realidad será su propio jefe.

_ Si deseas que te tutee, espero lo mismo de tu parte_ dijo Laura con una sonrisa. _ Siempre hay que reportarse a alguien arriba_ agregó.

_ Bueno en ese caso ese alguien soy yo, a no ser que el gerente general diga lo contrario_ explicó Alejandro.

Laura sonrió con una mueca forzada, no terminaba de hacerse una idea con respecto al hombre que tenía enfrente y eso no le gustaba mucho. Siempre había sido una mujer de primeras impresiones, y con Alejandro no tenía una.

_ ¿Cómo es que alguien como tú está en este paraje olvidado del mundo? _ preguntó Alejandro intrigado.

_ ¿Alguien como yo? _ preguntó ella a su vez con el ceño fruncido.

_ No me mal interpretes_ dijo de inmediato_ eres norteamericana, podrías estar trabajando en mejores lugares. Por cierto, tu español es muy bueno, muy peruano diría yo.

_ Con respecto a mi español, viví muchos años en varios países de Latinoamérica, y unos cuatro años en Perú antes de ir a la universidad. Y con respecto a que hago aquí, soy psicóloga y socióloga, no hay mejor lugar en el mundo que en donde me necesiten_ dijo con una sonrisa que a Alejandro le pareció algo distante pero sumamente encantadora.

 El abogado asintió sorprendido.

_ Además, todo es cuestión de modificar los horizontes y las cosas se verán de diferente manera. Yo podría hacerte la misma pregunta, no eres del tipo de vivir en un pueblo casi fantasma_ dijo ella.

_ ¿Qué tipo piensas que soy? _ preguntó él levantando una ceja inquisitiva.

_ Eres de buena familia, muy buena posición económica.

_ ¿Qué te hace pensar eso? _ preguntó Alejandro con una sonrisa nerviosa.

_ Tus maneras, tu forma de comportarte.

_ Soy un hombre que vive de su trabajo_ dijo Alejandro.

_Si quieres que nos llevemos bien, debe haber confianza entre nosotros y ahora no estás siendo sincero conmigo_ dijo ella.

Alejandro la miró con sorpresa, trató de decir algo, pero vaciló y se detuvo.

_ La verdad no me gusta mucho que me analices_ dijo poco después_ pero en algo tienes razón vamos a trabajar juntos en cierto momento y se trabaja mejor cuando hay confianza.

Laura hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

_ Trataré de no analizarte, no a menudo al menos_ dijo con una risita sofocada.

Alejandro le narró los acontecimientos de su vida a Laura, se sorprendió contándole cada detalle a la mujer que tenía enfrente. Laura, por su parte no pudo evitar un profundo sentimiento de admiración por Alejandro, no conocía a nadie que haya dejado la comodidad que ofrece la buena posición económica por un futuro incierto como el que se presentaba frente no solo a Alejandro sino también a ella misma.

_ ¿Qué dijo tu esposa cuando le comunicaste tu decisión? _ preguntó Laura.

Alejandro levantó su mano enseñando su dedo índice.

_ No estás casado_ dijo ella en voz baja casi para sí misma.

Alejandro negó sacudiendo la cabeza de un lugar a otro.

_ ¿Alguna novia o hijos? _ siguió interrogándolo la psicóloga.

 Alejandro volvió a negar.

_ ¿Qué hay de ti? _ preguntó él a su vez mientras tomaba el último sorbo de su sopa.

_ Estuve casada una vez, pero no duró mucho, creo que no se me da muy bien compartir mi vida con nadie_ dijo echándose a reír.

_Supongo que no tienes hijos por eso aceptaste venir.

_No, no los tengo. Mi matrimonio no duro más que tres años, apenas estábamos conociéndonos, nunca pensamos en tener hijos. Creo que fue lo mejor.

Alejandro asintió pensativo.

_Lo que no me explico es como un hombre como tu sigue soltero_ dijo ella frunciendo el entrecejo.

Alejandro se echó a reír.

_Crees que hay algo malo en mi_ dijo riendo_ creo que no he encontrado a la mujer adecuada, eso es todo. O tal vez yo no sea el adecuado para alguien_ agregó volviendo a reír.

La risa de Alejandro contagió a Laura. Empezaba a verlo con otros ojos, el hombre poseía un semblante relajado y una natural simpatía. Sus ojos reflejaban sinceridad y humildad. Su voz era franca y siempre parecía estar de buen humor. Laura se sintió mucho más cómoda con el abogado y pronto se encontró contándole su vida.

Alguien rio con una risa aguda como el veloz correr de notas de un violín. Ambos dirigieron su atención al lugar de donde provenía aquel sonido algo estridente. Observaron a un grupo de personas bebiendo cerveza. Sobre la mesa se acumulaban un gran número de botellas vacías.

_ Creo que ya bebieron lo suficiente_ dijo Laura.

_ En realidad recién están empezando_ dijo Alejandro_ es sábado así que saldrán de aquí un par de horas antes del amanecer.

_ Bueno, creo que ya debería estar acostumbrada a eso, se repite en todos los campamentos mineros_ dijo la psicóloga.

Alejandro reprimió una sonrisa.

_Creo que es una constante en todo el país_ dijo él.

Laura se sintió de pronto cansada, su día había comenzado muy temprano y ya pasaban de las once de la noche. Sentía los parpados pesados y los ojos en sus cuencas le dolían.

_ Luces algo cansada_ dijo Alejandro_ te llevaré al hotel para que descanses.

_ Gracias_ respondió ella con voz exhausta.

_ Olvidé decirte que la habitación de hotel es solo temporal_ dijo Alejandro cuando hacía el trayecto de regreso.

Laura clavó sus cansados ojos en Alejandro tratando de prestarle atención.

_Mantener gente en el hotel significa más gastos para la empresa, por lo que prefieren que nos hospedemos en el Chulec_ explicó.

_ ¿Chulec? _ preguntó ella.

_ Es una zona residencial en donde se hospedaban los profesionales. Son casas estilo americano, pienso que te gustarán.

_ ¿Tu vives allí?

_ Sí, seré tu vecino.

Laura sonrió asintiendo.

_ En realidad no hay mucha gente en la zona en donde vivo. La mayoría de los profesionales que tienen hijos viven en las inmediaciones del colegio. Tal vez mañana quieras ir a ver el lugar y la casa que te asignaron, puedo llevarte si lo deseas.

_ ¿No tienes el día libre? _ preguntó.

_En realidad es mi fin de semana libre, pero me quedé porque no había quien te recibiera.

Laura tosió algo incómoda.

_ No quiero causarte más molestias_ dijo_ esperaré hasta el lunes y veré quien puede ayudarme con la casa.

_ No es molestia_ se apresuró él a decir_ lo hago con mucho gusto. Puedo buscarte después del desayuno.

Los ojos de Laura lo escrutaron con atención. Sopesó la propuesta por unos segundos. Alejandro detuvo el vehículo frente al hotel y al mirarla detenidamente se percató del profundo cansancio que arrastraba.

_ Te lo agradecería mucho, si en verdad no tienes algo que hacer mañana_ dijo ella al fin.

_Lo haré con mucho gusto_ contestó Alejandro con una sonrisa_ ¿te parece bien si te recojo a las nueve?

_Me parece perfecto_ dijo ella con una sonrisa cansina.

_ Entonces te acompaño al lobby_ dijo Alejandro.

_ No hace falta, vas a mojarte.

_Sí hace falta_ dijo Alejandro observando a un grupo de hombres apostados en la lluvia debajo del farol de la entrada al hotel.

Laura comprendió de inmediato. La preocupación de aquel hombre que acababa de conocer entibió su corazón. Bajaron del vehículo y un viento gélido les heló los huesos. Caminaron bajo la llovizna tan fina y vacilante que parecía una niebla. Los hombres los observaron con detenimiento, sus sombras sobre la vereda formaban un charco de oscuridad que Alejandro y Laura cruzaron en silencio.

_ Bien, llegaste sana y salva_ dijo el abogado cuando estuvieron en el lobby del hotel.

Laura le dedicó una sonrisa agradecida.

_Muchas gracias por todo_ dijo ella.

_ No tienes por qué_ contestó con la mejor de sus sonrisas.

_ Buenas noches, hasta mañana_ se despidió ella.

_ Buenas noches_ respondió él sin dejar de sonreír mientras ella subía las gradas.

Cuando estuvo al final de la escalera, volteó a verlo y aquella mirada verde cayó sobre él como si tuviera peso. Le dedicó una leve sonrisa y ´pronto recorría de nuevo el largo pasillo hasta encontrar su habitación.

Alejandro profirió un suspiro cuando la vio alejarse. Regresó sobre sus pasos y se fue a casa.

Pronto, el viento comenzó a arreciar. Laura pensó que había llegado justo a tiempo al hotel antes de que el mal tiempo le impidiera bajar del vehículo. Se tendió en la cama dispuesta a dormirse cuando el viento dejó oír su aullido lastimero golpeando con fuerza contra la ventana. Un relámpago bañó la habitación con una luz breve y tartajeante. No podía conciliar el sueño, un trueno profundo y ronco la sobresaltó a la vez que otro relámpago de luz azul estallaba. Se cubrió con la manta hasta el cuello y se ovilló sobre si misma para tratar de entrar en calor.

Como uno de aquellos relámpagos que iluminaban el cielo, le llegó el recuerdo de su exesposo. No había pensado mucho en él últimamente, hasta que le habló a Alejandro de él. Aún mantenían comunicación, se hablaban por teléfono un par de veces al mes. Se llevaban mucho mejor después de separarse, como pareja no funcionaron, pero eran buenos amigos y se preocupaban el uno por el otro. Se sacudió el pensamiento de sus recuerdos. Un relámpago blanco azulado encendió esta vez el cielo. La lluvia agitaba con fuerza la ventana de la habitación.

_ ¡Diablos, si sigue así no podré dormir! _ dijo en voz alta como si con eso consiguiera que la lluvia la oyera y se detuviera.

Pero no lo hizo, los truenos y relámpagos siguieron con su bullicioso concierto por espacio de dos horas. De súbito, los truenos cesaron y la lluvia amainó. Laura, miró el techo con actitud meditativa, unas largas lenguas de luz lo iluminaban levemente. Pensó en lo que le depararía este nuevo trabajo, esta nueva ciudad. Se fue desconectando lentamente de la realidad. Se fue hundiendo en un mundo gaseoso y empezó a soñar.

III

Cuando despertó a la mañana siguiente, el sol refulgía en la ventana. Se levantó de la cama y se desperezó levantando los brazos sobre su cabeza. Miró el reloj que había dejado sobre la mesa de noche y emitió un suspiro resignado. Eran las ocho de la mañana y debía apresurarse si quería desayunar antes de que Alejandro llegara.

Cuando terminó de desayunar se encaminó al lobby y se sentó en un antiguo sillón azul con patas de aluminio, aún faltaban unos minutos para las nueve. No tuvo que esperar demasiado, pronto lo vio entrar por la puerta. Sintió una extraña alegría al verlo. Algo que no sentía hacía mucho tiempo, pero trató de restarle importancia a aquella inesperada emoción. Se saludaron de manera bastante formal y pronto salieron del hotel. Laura no pudo evitar dirigir la mirada a la muralla con la desagradable inscripción. Desvió los ojos de inmediato, pero a Alejandro no le pasó inadvertida su actitud. De nuevo se sintió incómodo y se aclaró la garganta antes de señalarle el vehículo. Aunque Laura pensó que no era necesario que lo hiciera ya que el Toyota parecía cargar encima un cartel con luces de neón que decía “SOY EL CARRO DE ALEJANDRO QUESADA”.

 El Corola cruzó el puente sobre el río Yauli y pasaron frente a un edificio de doce pisos, el único de La Oroya. Alejandro lo llamó “Sesquicentenario”, toda el área cercada pertenecía a la empresa.

_Aquella construcción que acabamos de pasar es el Hotel Inca y este de enfrente es el Club Inca. Hay dos torres de departamentos detrás del club_ explicó el abogado.

Laura solo asentía.

_ Todo está vacío ahora, esperamos que eso cambien dentro de poco.

Siguieron unos minutos más hasta que Laura observó una serie de casas a la orilla derecha del río Mantaro. Alejandro se detuvo en una caseta de seguridad y bajó la luna del carro. El guardia lo reconoció y lo saludó con un gesto de su mano. El abogado puso de nuevo el vehículo en marcha y cruzaron un puente que los adentró a la zona residencial. El vehículo enfiló un camino bordeado por cipreses subiendo una cuesta larga y empinada. Las casitas se encontraban cuidadosamente ordenadas subiendo una serpenteante colina. Alejandro tomó la primera curva a la derecha y se detuvo frente a una casa blanca de techo rojo y un pequeño porche. Dos grandes cipreses flanqueaban la casa, uno de ellos había crecido muy cerca de ella, y sus ramas cubrían parte del techo. El pequeño jardín circundante se hallaba bastante descuidado, el césped medía unos treinta centímetros de alto. Una muralla de piedra rodeaba el frente y el costado derecho de la casa.

_Esta es la vivienda que te asignaron_ dijo Alejandro_ El jardín está un poco descuidado, pero la casa está en buenas condiciones a pesar de los años que arrastra a cuestas.

Laura asintió, paseando la mirada alrededor.

_Mira, aquel es el Hospital Chulec_ dijo señalando un edificio situado a unos cincuenta metros de la casa, en la cima de la colina.

Al lado del hospital, se levantaba imponente una enorme mole de piedra, parte de la montaña que circundaba toda la ciudad.

_Es bueno saber que tengo el hospital cerca_ dijo ella. _ ¿Dónde está tu casa?

_Mi casa es aquella, cruzando la calle, la que se encuentra justo donde comienza la curva_ contestó el abogado señalando una casa que se encontraba bajando una leve colina.

Las ventanas de la sala, el comedor y la cocina de ambas casas se encontraban frente a frente.

_Parece que no hay más vecinos_ dijo ella observando que todos los jardines de las casas de su calle parecían abandonados.

_ Por ahora no, pero en un par de semanas tendremos por aquí a más gente. Están contratando a un jefe de laboratorio y a una enfermera.

Laura volvió a asentir.

_ ¿Quieres ver la casa? Traje las llaves.

_ Claro_ contestó la psicóloga.

Bajaron unas gradas de piedra que daban a la entrada de la casa. Alejandro abrió la puerta. La suave brisa hizo crujir las ramas de los árboles sobre el techo.

_ Ese árbol está muy cerca_ dijo ella con cara de preocupación.

_No podemos cortarlo, los árboles demoran muchos años en crecer aquí, tal vez este tenga unos noventa o más años. Pero no te preocupes, que han revisado la casa, el techo y el piso, todo está en orden.

Laura asintió sin mucho convencimiento, pero Alejandro tenía razón, si no era extremadamente necesario, un árbol de esa edad jamás debía cortarse, pensó.

La casa le pareció encantadora, poseía una amplia sala con muebles de madera, una chimenea hecha de ladrillos la hizo sonreír, sería agradable encenderla en los días más fríos. La sala se encontraba unida al comedor por un gran espacio abierto. La mesa para ocho personas también de madera hacía juego con los muebles de la sala. La cocina bastante amplia, contaba con otra mesa para cuatro personas y un gran depósito. Los dos cuartos se encontraban comunicados por un baño con bañera de porcelana parecida a la del hotel. Toda la casa, a excepción de la lavandería poseía pisos de madera. En el cuarto de baño y la cocina el piso estaba recubierto con linóleo. La sala, el comedor y las habitaciones contaban con grandes y gruesas alfombras que daban un poco de calidez a la casa. Las ventanas eran amplias, y dejaban observar todo el paisaje alrededor de la vivienda.

_La casa es muy acogedora_ dijo Laura_ me recuerda un poco a la casa de mi abuela en Maine.

_El Complejo Metalúrgico de La Oroya se construyó en los años veinte por una empresa norteamericana, por lo que estas casas tendrán unos noventa y cinco o más años.

_ ¡Vaya! Es increíble lo bien conservadas que están.

Alejandro asintió.

_Está lista, puedes mudarte cuando quieras, pero necesitaras utensilios de cocina.

Laura asintió volviendo a recorrer la casa, Alejandro se quedó en la sala esperándola. La psicóloga sintió la sensación más reconfortante y cálida que había experimentado en mucho tiempo. La casa la atrajo desde que entró en ella y se sentía feliz de poder vivir allí.

IV

Hacía una semana que se había mudado a su nueva vivienda, le gustaba mucho la zona, en especial la casa. Ya había iniciado los trabajos en el jardín, con ayuda de un par de hermanas recomendadas por Alejandro. Se llamaban Celia y Gladys, daban servicio de limpieza y jardinería desde la época en que el complejo fuera propiedad de Doe Run Perú. El único problema era que no tenía carro propio y la casa se encontraba muy lejos del mercado o cualquier otro lugar donde comprar los productos básicos. Se desplazaba al trabajo en una combi que la empresa ponía al servicio de los empleados. Nunca antes necesitó de movilidad propia, ya que en la mayoría de los lugares en donde trabajó podía desplazarse sin dificultad. Pero ahora, pensó, sería conveniente comprarse un carro de segunda mano.

Alejandro se había ofrecido a hacer de chofer las veces que ella lo requiriera, la verdad, él la había ayudado muchísimo con las compras para la casa. Se habían hecho buenos amigos desde que Laura empezara a trabajar hacía dos semanas, pero no quería abusar de su confianza. Esperaría al menos unos meses antes de decidirse a comprar el carro, no podía darse el lujo de gastar dinero en ese momento cuando recién empezaba en un nuevo empleo.

Suspiró resignada y puso algo de música, eso siempre la relajaba. Empezó a tararear una canción, mientras se movía suavemente. Con la segunda, se sorprendió cantando y contoneando el cuerpo. Se sentía bien dejarse llevar por el ritmo de Bon Jovi.

“Love is like fingerprints
           It don’t wash away
           I let mine all over you
           I take the blame”

V

Alejandro se sirvió una taza de café y se acercó a la ventana de la sala, había adquirido esa costumbre desde que Laura se mudara a vivir a pocos metros de su casa. Le gusta observarla a través de los cristales. No siempre tenía la suerte de verla, pero el solo hecho de observar su casa extrañamente lo llenaba de sosiego. Aquel día la vio moviéndose al ritmo de una canción que él no podía oír. La observó con fascinado interés por varios minutos. Se movía de forma sensual, tenía los ojos cerrados y parecía estar cantando. Alejandro suspiró algo aturdido, no entendía muy bien el encanto que ella ejercía sobre él. La miró absorto, no solo le atraían sus cabellos cobrizos que en aquel momento se balanceaban sobre su espalda al mismo ritmo de la música, también la gracia y el calor de sus ojos y lo armonioso de su mirada y su encantadora sonrisa. Suspiró desconcertado por las emociones que lo embargaban. Tenía que reconocer que Laura le gustaba, y mucho, pero algo tenía muy claro, no haría nada que atentara contra la amistad que había surgido entre ellos. Eso valía mucho más que una relación amorosa fallida.

VI

Era la tercera comunidad que visitaba Laura desde que había iniciado sus labores en el complejo metalúrgico. Se encontraba a más de cuatro mil metros de altura en la comunidad de Chacapalpa, a treinta y seis kilómetros de La Oroya. Para llegar hasta allí tuvo que cruzar el rio Mantaro por un puente colgante, ascendiendo por una cuesta escarpada. Laura quedó impresionada por el verdor de los pastos naturales que servían de alimento al ganado y las pequeñas casitas diseminadas a lo largo de las accidentadas montañas.

Los comuneros la llevaron a conocer la zona, subió una cuesta empinada hasta llegar a la cumbre de la montaña desde donde podía apreciar a las llamas y ovejas pastando. Desde la cima, parecía que todo el mundo entero se extendía a sus pies. Podía ver a un lado, el serpenteante correr del río entre las quebradas y por el otro, el pueblo, a unos ocho kilómetros de distancia que aparecía como una desafortunada maqueta. Las cuadrículas de las calles no existían, solo se observaban líneas zigzagueantes en donde se situaban las calles y las casitas dispuestas a desnivel siguiendo la ladera de la montaña. Vio la pequeña iglesia construida con grises ladrillos que sobresalía en la parte más alta del pueblo. El puente colgante por donde ingresó y el rojo río cargado de sedimentos. Vio ovejas pastando en las laderas como puntos blancos y a veces negros que se movían de tanto en tanto, bajo un cielo azul brillante. Tuvo que sentarse en la primera roca que encontró para adsorber en su mente la majestuosidad de la naturaleza que se encontraba a sus pies. Le dio la sensación de encontrarse en los confines de otro mundo. Se quedó allí tomando fotografías por un buen rato, hasta que volvieron a bajar al pueblo en donde un grupo de mujeres la esperaban con un delicioso almuerzo. A pesar de la precariedad en la que vivían no escatimaron en gastos preparando una Pachamanca que a Laura le pareció exquisita.

Entre las mujeres se encontraban varias ancianas con quienes entabló conversación. La psicóloga pensaba que la mejor forma de conocer las costumbres y tradiciones de un pueblo era a través de las personas mayores. Aprendió como se hilaba y teñía la lana, además le explicaron como se preparaba la Pachamanca. Laura pidió que le contaran las historias mitológicas que circulaban de boca en boca, de generación en generación. Una de las ancianas se sentó a su lado, la mujer de ojos pequeños, nariz aguileña, sonrisa afable y piel apergaminada se llamaba Killasisa cuyo significado es “Flor de Luna”. La anciana le explicó que su madre la nombró de esa forma, porque hace ochenta y seis años, la flor de la Puya de Raimondi conocida por los lugareños como Titaca inició su floración justo el día en que la anciana vino al mundo. La gran planta de más de ocho metros de altura que demora decenas de años en crecer súbitamente inicia su inflorescencia, llenándose de pequeñas flores blanco-amarillentas que pueden producir hasta cinco mil de ellas. Después de que las flores se marchitan y lanza las semillas, la planta muere y desaparece poniendo fin así a un ciclo que puede durar cien años, según los expertos.  

Killasisa le relató, además, sobre un ser mitológico, conocido como el demonio de los andes, se llamaba Jarjacha, este ser toma su nombre de los gritos siniestros que emite para asustar a la gente, ya que repite jar, jar, jar. También le habló del Muqui, el duende que vive en el interior de las minas, este ser, es probablemente, el más famoso entre todos los seres mitológicos de la sierra del Perú. Dicen que es pequeño, que no mide más de un metro de altura y que es el responsable de las desapariciones de herramientas o de vetas de minerales, además de producir extraños ruidos dentro de la mina.

Regresó a La Oroya cansada, pero plena, el día había sido productivo, se interiorizó de los problemas más graves de la comunidad y conoció un poco más de la cultura y tradiciones de los pueblos andinos del Perú.

 El chofer la dejó frente al Hotel Junín, tenía que entregar el vehículo a la fundición y ya estaba oscureciendo. Laura decidió esperar la combi de servicio público que se dirigía a Paccha y que la dejaba frente al Chulec. Observó la calzada de enfrente y para su sorpresa, aquella frase “colorida” que la había recibido al llegar a La Oroya, había desaparecido. En su lugar observó la muralla pintada de blanco. Sonrió complacida, no sabía a qué se debía el cambio, pero en verdad lo agradecía. En ese momento, el inconfundible Toyota celeste se detuvo frente a ella. Alejandro le dedicó la mejor de sus sonrisas mientras bajaba la luna y se inclinaba para verla.

_Creo que llegué justo a tiempo_ dijo.

Laura le devolvió la sonrisa. Abrió la puerta y subió al vehículo.

_ Hola Alejandro, sí, llegaste justo a tiempo_ dijo ella.

Laura le relató todo lo referente a su visita a Chacapalpa mientras hacían el trayecto a casa, el entusiasmo de la psicóloga contagió a Alejandro, la pasión de Laura por su trabajo era contagiosa.

Cuando se detuvo frente a la casa de Laura, la observó mientras ella terminaba su relato.

_ Lo siento_ se excusó la psicóloga_ estoy reteniéndote.

Él le dedicó una sonrisa encantadora.

_ No tienes porque hacerlo, me gusta oírte hablar sobre el trabajo, se ve que en verdad lo disfrutas.

_ Lo hago_ respondió ella con una brillante sonrisa _ ¿Te gustaría pasar y cenar algo rápido conmigo? _ preguntó esperando que él dijera que sí.

Le agradaba su compañía, compartían muchos puntos de vista y cuando no lo hacían, le gustaba discutirlos con él. Muchas veces los desacuerdos se volvían acalorados y profundos, y a pesar de ello, manejaban la situación de forma sensata, serena y tolerante. Esto sorprendía gratamente a Laura, ya que nunca había conocido a nadie que la hiciera actuar de esa forma, siempre trataba de hacer prevalecer su punto de vista frente a cualquier otro. Con Alejandro, no sentía la necesidad de imponerse.

_ Gracias, me gustaría mucho_ respondió el abogado.

Detuvo el motor del Corola y ambos se apearon, entraron a la casa que se encontraba a oscuras. Laura encendió las luces y le pidió a Alejandro que la esperara mientras se ponía más cómoda. Pronto, se dirigían a la cocina, en donde Alejandro se sentó mientras ella preparaba un lomo saltado.

_ ¡Vaya! No me imaginé que también cocinaras comida peruana_ dijo Alejandro.

Laura le dedicó una mirada de reproche.

_ ¿Qué? ¿Te imaginabas que no tenía idea de cómo cocinar? _ preguntó fingiendo molestia.

Alejandro puso cara “de no te lo tomes a mal”. Ella se echó a reír, divertida por la expresión del abogado.

_ Tengo que aceptar que eres muy buena cocinera_ dijo Alejandro una vez que probó el primer bocado.

_ Gracias_ contestó ella.

Siguieron conversando del trabajo durante algún tiempo, hasta que Alejandro se despidió y fue a su casa. Laura lo observó a través de la ventana hasta que él se metió a su casa. Suspiró, sonrió para sí misma. Cada día le gustaba más, pero sabía que lo mejor sería dejar las cosas como estaban, se llevaban muy bien para arruinar las cosas con una relación.

VII

El sábado por la mañana amaneció con un sol radiante y el cielo totalmente despejado. Laura decidió dedicar el día a arreglar el jardín, había avanzado bastante, ya le faltaba poco, las constantes lluvias contribuían positivamente a que las flores que había sembrado empezaran a abrir sus primeros capullos. Los coloridos Pensamientos inundaba sus sentidos. Las flores fueron recomendación de Celia y Gladys, ellas les explicaron que los Pensamientos se habían adaptado muy bien al clima de La Oroya. Laura lo estaba comprobando, la increíble variedad de colores pasando por el amarillo, el blanco, el morado, el naranja y las mezclas de matices de estos colores en una sola flor daban una sensación de estar sumergido en un arcoíris. Las florecillas parecían pequeñas caras que apuntaban al sol.

Arrodillada en el mojado pasto, escarbaba arrancando la mala hierba que competía con las flores que había sembrado. De pronto, sintió dos pesadas patas sobre su espalda. Se levantó sobresaltada y trastabilló cayendo de espaldas en el suelo húmedo. Andy, el Chow Chow de Alejandro, se lanzó sobre ella llenándola de cálidos lengüetazos en el rostro.

_ ¡Andy, basta, basta ya! _ gritó.

El perro siguió impertérrito con su húmeda demostración de afecto moviendo la cola como si de una gran serpiente se tratara. Alejandro cruzó la calle y se quedó mirándola más rato de lo que debía con aire divertido.

_ ¡Andy, Andy, basta! _ volvió a gritar, mientras que con el rabillo del ojo percibió la silueta de Alejandro que no paraba de reír _ ¡Deja de reír y ayúdame! _ le exigió.

El abogado saltó la valla de piedras con bastante agilidad y detuvo al perro de la correa.

_ Lo siento, en verdad_ se excusó, pero seguía riendo.

_ No lo sientes, estas disfrutando esto_ dijo Laura con el ceño fruncido algo molesta.

Alejandro no pudo evitarlo y se echó a reír de nuevo.

_No puede evitarlo, le caes muy bien_ dijo señalando al perro.

_ Yo pienso que le enseñaste a atacarme_ dijo ella y una sonrisa se le escapó de entre los labios.

Alejandro negó con la cabeza sin dejar de reír. Laura quiso parecer molesta, pero no pudo evitar echarse a reír con él. Cuando al fin la risa dejó de atacarlos Laura observó detenidamente a Alejandro, era difícil dejar de admirar su arrolladora personalidad. Se veía muy atractivo a pesar de llevar una camiseta del Club Universitario de Deportes que había pasado demasiadas veces por la lavadora.

_Creo que ya sé que voy a regalarte por Navidad_ dijo ella mirando fijamente la camiseta.

Alejandro bajó la mirada perplejo.

_ ¿A qué te refieres? _ preguntó.

Ella se echó a reír sacudiendo la cabeza.

_Nada_ respondió.

Andy daba saltos moviendo la cola, quería llamar la atención de Laura, buscaba que ella le rascara la cabeza y acariciara su cuerpo.

_Andy, hoy estás muy hiperactivo_ dijo ella.

Alejandro emitió una pequeña carcajada.

_ ¿Ahora harás de psicóloga de perros? _ preguntó.

Ella entrecerró los ojos y lo miró ladeado un poco la cabeza.

_ No es gracioso_ contestó.

_Yo creo que si lo es_ dijo él.

Laura tuvo que acariciar al animal para que se tranquilizara. Andy adoraba las manos de la psicóloga sobre su largo pelo. Le gustaba que le rascara detrás de las orejas como ella estaba haciendo en ese preciso instante. Toda la inquietud del animal desapareció mientras se dejaba acariciar por Laura.

_ ¿Será que le gustas porque ambos tienen el mismo color de pelo? _ preguntó Alejandro echándose a reír de nuevo ante su ocurrencia.

_ Hoy estás con un extraño sentido del humor_ dijo ella.

_No me hagas caso, será mejor que me lleve al perro para que puedas seguir trabajando.

_ La verdad tengo la espalda y el trasero húmedos, ya se me quitaron las ganas de seguir trabajando_ contestó ella y Alejandro rio de nuevo.

_Entonces me lo llevo para que te cambies_ dijo.

Laura asintió, le dedicó una sonrisa algo coqueta encaminándose hacia la casa.

Destacada

Casa 110

Capítulo 1

Laura

I

Luego de que guardara su maleta en la bodega, Laura Brown se apresuró a subir al bus que estaba a punto de partir desde Yerbateros rumbo a Huancayo. Tuvo que correr entre los cientos de personas que se arremolinaban alrededor de la decena de buses que esperaban su turno para salir de la terminal. Una vez dentro, buscó con la mirada el único asiento libre que quedaba, cuando lo encontró, caminó hasta él sorteando con presteza bultos, niños y todo cuanto encontraba a su paso. Le dedicó la mejor de sus sonrisas al hombre que ocupaba el asiento contiguo al suyo con la esperanza de que se levantara y le diera espacio para acceder sin dificultad al suyo, pero el hombre la observó con indiferencia e hizo las piernas a un lado, complicando el ingreso de Laura al asiento situado al lado de la ventana.  Se encogió de hombros y levantó las manos en señal de rendición. Una vez que ocupó su asiento, suspiró cansinamente, se ovilló sobre sí misma y pensó en el viaje que tenía por delante, sería largo pero interesante. A pesar de los años que tenía viviendo en el Perú, nunca había viajado a la Sierra Central.

Laura, había nacido en Augusta, Maine hace cuarenta años, pero desde pequeña, vivió en varios países ya que su padre era miembro de la delegación diplomática de los Estados Unidos. Cuando cumplió 16 años, llegó por primera vez al Perú, para entonces, su español era bastante bueno y no le fue difícil terminar la secundaría en el mejor colegio bilingüe de Lima. La bella muchacha con la mata de pelo rojo ondulado y ojos verdes nunca pasaba desapercibida y no solo por sus rasgos delicados y labios rojos sino también por su natural simpatía y gracia.

Sus padres decidieron que regresara a los Estados Unidos para iniciar sus estudios universitarios. Harvard había sido la elección de su padre, pero ella decidió que estudiaría en la Universidad de Maine. Nada especial había pensado su padre, pero Laura creía todo lo contrario, Maine era un lugar que ella consideraba extraordinario y estimulante. Se sentía con una desbordada emoción al regresar a su lugar de origen luego de muchos años errando alrededor del mundo. Maine era la cuna de grandes personalidades como el actor Patrick Dempsey, el científico Paul André Albert, Joan Benoit  la primera mujer en ganar una maratón en una Olimpiada, y desde luego el maestro del terror, el gran Stephen King, entre muchos otros. Laura estaba segura de que la Universidad de Maine no tenía nada que envidiarle a Harvard. Se graduó con honores en sociología y psicología. Trabajó diez años en Portland en donde se casó. Su matrimonio no duró más de tres años y cuando al fin se divorció, decidió que necesitaba un cambio. Tomó un trabajo temporal en una empresa minera al sur del Perú, a donde regresó luego de más de una década. Cuando su contrato terminó, buscó la manera de seguir en el país, trabajó en La Libertad, Ancash y Arequipa, pero nunca tuvo la oportunidad de trabajar en la Sierra Central.

Hace un mes atrás había leído un anuncio en el diario El comercio en donde solicitaban una socióloga o trabajadora social para una empresa minera en la ciudad de La Oroya. El trabajo consistía en asistir a las comunidades campesinas que residen en las áreas cercanas a la ciudad y apoyarlas en su desarrollo económico y social. Laura pensó que era perfecta para el puesto. Sabía que en La Oroya había mucho que hacer y eso era exactamente lo que necesitaba, nuevos retos, nuevos estímulos. Le parecía apasionante ayudar a la gente y darles la oportunidad de mejorar sus vidas.  Ovillada en su asiento, suspiró nerviosa, pero a la vez emocionada por lo que vendría.

Trató de no quedarse dormida y de disfrutar del paisaje que se alzaba a su alrededor, pero el cansancio y el calor algo sofocante, pronto la sumieron en un leve letargo. Apoyó la cabeza en el vidrio de la ventana y cerró los ojos. Su cuerpo, pronto empezó a moverse de un lado a otro de su asiento como si la meciera una hamaca, consciente del zumbido del motor diésel, y de las llantas sobre el asfalto. Unas filas tres más adelante, oyó a un niño que le preguntaba a su madre, cuanto faltaba para llegar a casa de su abuela Feliciana. Pero también estaba consciente de que su mente había abierto sus puertas, ante las nuevas posibilidades y los nuevos retos que enfrentaría. La voz de Eusebio “Chato” Grados, cantando caminito de Huancayo, flotaba en el pasillo del bus, desde algún altavoz distante, haciendo eco en las paredes del vehículo, acompañado por las melancólicas notas de un grupo de saxofones.

…Tu dirás que estoy sufriendo

Tu dirás que estoy llorando

no lloro ni tengo pena

mejor vida estoy pasando…

La rueda delantera del vehículo no pudo sortear un gran bache y se sacudió, sobresaltando a Laura, se despertó en su asiento jadeando, con la frente húmeda por el sudor. Pensó que debió haber estado respirando pesadamente por algún tiempo, porque la luna estaba húmeda con la condensación de su aliento, casi completamente empañada. Limpió un amplio espacio en el vidrio con el dorso de su mano y observó afuera. Rápidamente, el cielo gris de Lima fue quedando atrás, dando paso a un cielo despejado y de un azul intenso. La ciudad casi había desaparecido, pasaron frente a tres restaurantes campestres, en donde algunos de los buses se detenían para que los pasajeros hicieran uso del servicio higiénico o pudieran almorzar, pero detrás de ellos, pudo ver tramos de campo abierto delineados por la insipiente serranía. Se recostó contra el alto respaldo del asiento y observó el último de los restaurantes y pequeñas casas desaparecer ante ella. Ahora solo veía el campo, el río y las montañas que empezaban a elevarse ante sus cansados ojos. Cruzó sus manos sobre su regazo y dejó que el gran bus rojo de dos pisos la llevara a lo que fuera que la esperaba por delante.

II

 El bus avanzaba lento, por la serpenteante carretera enclavada en el borde de la montaña, dando tumbos cada vez que giraba abruptamente en una de las interminables curvas. Al bajar la mirada, Laura observó los profundos precipicios. En sus bordes se dibujaban delgadas líneas zigzagueantes, por donde minutos antes, el bus había transitado. Su primer pensamiento fue lo inconmensurable de la Cordillera de los Andes desde los ojos de un simple espectador.

 Le habían aconsejado tomarse algún medicamento para evitar el Soroche, pero ella decidió que no era necesario, estaba acostumbrada a la altura, había trabajado a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, en más de una oportunidad. Además, como sicóloga pensaba que el mal de altura tenía mucho que ver con la mente, con la sugestión de la persona. La altura nunca la había afectado, más que con un leve dolor de cabeza el primer día y el pequeño esfuerzo al respirar cuando se apresuraba en caminar.

El bus recorrió varios túneles incrustados en la cordillera, cruzando largos puentes, profundos barrancos y lagos de diversos colores. Las rocas en las altas montañas ostentaban marcadas tonalidades, entre verdes, marrones y grises.

Se abrochó el abrigo, el intenso sol que una hora antes parecía calcinar el vehículo en el que viajaba, se había escondido detrás de uno de los picos de la montaña y el frío empezó a calar. Una gran nube negra proveniente del este presagiaba la llegada de la lluvia. En pocos minutos, el paisaje se tornó oscuro y un leve golpeteo sobre la ventana le advirtió que la lluvia había empezado a caer, pronto se convirtió en una leve nevada. Laura sonrió, le hubiese gustado poder salir del vehículo y disfrutar de la nieve como cuando era niña. Enseguida, cambió de opinión, cuando el bus no pudo seguir avanzando porque se había topado con una interminable fila de vehículos que habían quedado varados a dos kilómetros del punto más elevado, Tíclio. La nieve se veía como una sábana blanca que lo cubría todo alrededor haciendo imposible el tránsito.

Estuvieron atascados por casi dos horas, cuando sintió que el bus se movía de nuevo lentamente. A pesar de la oscuridad que reinaba en aquel momento, observó a través de la ventana un vasto desierto blanco y los montículos de nieve que el viento formaba por todas partes. El bus se detuvo de nuevo frente a un cartel que marcaba el cruce ferroviario más alto del mundo: 4818 metros sobre el nivel del mar rezaba el cartel. Fue en aquel punto, cuando varios de los pasajeros empezaron a sentir los efectos del Soroche. Los niños se lanzaron a llorar; otros a vomitar; se quejaban de dolores de cabeza, o de estómago; las madres trataban de ayudar a sus hijos acercándoles a la nariz un algodón empapado en alcohol. Laura aspiró un par de veces, estiró sus entumecidos miembros y recostó el rostro contra la helada ventana, eso la reconfortó. Imaginó un plato de sopa caliente y luego meterse a una mullida cama. El viaje que se suponía de cuatro horas se prolongó a casi siete.

_ ¡Los que bajan en La Oroya, prepárense! _ gritó el cobrador del bus despabilando a Laura quien se irguió en su asiento como si de un soldado se tratara al oír la voz de mando de su superior. Observó a su compañero de asiento, usaba una casaca de jean desgastada, una gorra verde algo desvaída y sostenía una mochila en su regazo, estaba dormitando. Sus ojos se movían bajo sus párpados y un largo hilo argentado de saliva se suspendía de su labio inferior. Era la primera vez durante todo el viaje, en que Laura le prestaba atención. Observó cuatro números tatuados en la parte posterior de la mano derecha. “1972” se leía. Laura pensó que podía tratarse del año de su nacimiento. No podía seguir sentada, tenía que ponerse de pie y dirigirse a la puerta de salida. Trató de despertar a su compañero de asiento, pero este no pareció oírla.  Serpenteó entre las piernas del inmutable hombre, estaba demasiado cansada para protestar.

Se apeó frente al otrora Hotel Junín, cuando bajó del vehículo sintió de inmediato una fuerte ráfaga de aire helado y la fría lluvia que caía sobre su rostro. Suspiró y su aliento formó una pequeña neblina a su alrededor. Llamó su atención algo escrito con letras rojas en una pared cercana. La frase rezaba: “LAURA ERES UNA PUTA” en letras rojas, grandes, mayúsculas y chorreantes. Sintió que el insulto iba dirigido a ella, el rubor cubrió de inmediato su rostro. “Vaya recibimiento”, pensó. Desvió la mirada precipitadamente, como si la frase pudiera lastimar sus ojos si la miraba por mucho tiempo.

 Observó los faroles que brillaban tenues en la penumbra, al igual que la fina llovizna que la empapó de inmediato. Cruzó la calle corriendo y enfiló el camino de entrada al hotel. Entró en el vestíbulo iluminado, sin aliento, jadeante y con el abrigo completamente húmedo. Bajó su maleta al verde y ajado suelo de linóleo. Unos pasos sonaron rítmicamente por el pasillo que se internaba en lo profundo del antiguo edificio. Laura estudió con atención al hombre que se acercaba con pasos presurosos. Le dio tiempo de pensar que era atractivo, alto de pelo oscuro con leves destellos grises y ojos cafés muy expresivos. El hombre la observó algo perplejo.

_ ¿Laura Brown? _ preguntó con algo de inseguridad en la voz mientras le tendía la mano.

Laura lo miró con cierto recelo antes de agitar la mano de aquel hombre y trató de esbozar una sonrisa, pero lo que sus labios dibujaron fue una curva algo inexpresiva. Estaba mojada, su pelo se le pegaba al rostro y no dejaba de temblar presa de escalofríos.

_ La esperábamos hace más de tres horas_ dijo el hombre echando un vistazo a su reloj.

_ Pues ya somos dos_ espetó frunciendo los labios con cierto disgusto.

_Ya cerraron el comedor_ dijo el hombre que cada vez le caía peor a Laura.

Ella suspiró frustrada y algo desanimada, moviendo la cabeza con disgusto, pero no se hallaba en posición de protestar.

_ ¿Al menos tengo dónde dormir? _ preguntó en tono molesto.

El hombre sonrió en forma condescendiente y con un concentrado interés en la mujer que tenía enfrente.

_ Desde luego, deje que la ayude con su maleta_ dijo tomándola. _ Imagino que querrá darse un baño caliente.

_ Imagina bien_ respondió ella en forma un tanto desdeñosa.

_ Lo siento_ dijo el hombre_ creo que empezamos con el pie izquierdo. Me llamo Alejandro Quesada_ agregó tendiéndole de nuevo la mano a Laura.

La psicóloga lo observó entrecerrando los ojos y abriendo levemente los labios. Alejandro pensó que tenía los ojos cansados, pero aun así parecían muy brillantes e inteligentes. Además, se veía hermosa a pesar de estar cansada y mojada. Laura estrechó la mano que se mantenía tendida en su dirección sintiendo un cálido y suave apretón.

_ Mucho gusto_ contestó la sicóloga_ lamento llegar tarde, pero hubo un atasco en Tíclio.

 En su voz se hacía evidente el cansancio y la frustración.

Alejandro le dedicó una sonrisa ladeada que a ella le aceleró el corazón.

_Lo sé_ contestó elevando la comisura de los labios.

El rostro de Laura tomó un tono rojo intenso y frunció el ceño algo molesta. Apretó los labios en una fina línea y lo observó con ojos inquisitivos y retadores.

_ ¿Lo sabía y aun así se atrevió a cuestionar mi tardanza? _ preguntó incrédula.

Alejandro se echó a reír, pronto trató de ahogar la risa, pero le fue imposible.

_ No pensé que se molestaría, solo quería romper un poco el hielo.

_Linda manera de hacerlo_ dijo ella enarcando las cejas y curvando los labios.

Alejandro sonrió elevando un poco la barbilla manteniendo la mirada fija en ella durante más rato del que debía.

Subieron las escaleras exageradamente pronunciadas en silencio, ella no lo miraba y ambos se sintieron muy incómodos al tiempo que retumbaba inquietante el eco irregular de sus pisadas.  Alejandro se detuvo frente a una de las puertas, la abrió y esta emitió un ruidoso silbido. Buscó a tientas el interruptor de la luz, hasta que al fin lo halló luego de varios intentos.

_Sé que estará cansada, pero imagino que tiene hambre, me gustaría llevarla a cenar, si le parece bien.

Laura ladeó la cabeza y se lo quedó mirando fijamente sopesando aquella invitación.

_No quiero que piense que la estoy invitando a salir, pero me siento culpable de que no tenga que cenar_ se apresuró a explicarse con las palmas levantadas como si se estuviera rindiendo.

Laura suspiró frustrada, en verdad tenía hambre así que no lo pensó mucho.

_ Se lo agradezco, en verdad necesito comer algo_ dijo forzando una tensa sonrisa.

_ Muy bien la espero en el lobby en media hora si le parece bien, tengo mi automóvil aquí, por lo que le prometo que no se mojará.

_Eso sería estupendo_ contestó la psicóloga.

Cuando al fin se encontró sola en la habitación, miró a su alrededor mientras se quitaba el mojado abrigo, los zapatos y la medias, tenía los pies helados. Caminó descalza sobre la verde y mullida alfombra, pensó que había retrocedido en el tiempo ya que el mobiliario y la decoración se habían estancado en la década de los años setenta. Pero una pintura de arte moderno llamó su atención. El fondo celeste contrastaba con figuras geométricas de colores amarillos y naranjas, la ecléctica fusión entre lo moderno y lo antiguo no terminó por convencerla.  Se metió al cuarto de baño y de inmediato sintió una ráfaga de aire proveniente de la ventana que estaba abierta de par en par, se apresuró a cerrarla con un gesto de disgusto, pero su sonrisa se ensanchó al ver una bañera bastante antigua pero limpia, que llenó con agua caliente. Se metió en ella con un suspiro de placer. En pocos segundos entró en calor y se relajó por completo.

Destacada

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, setiembre de 1955

I

Las personas siempre piensan en el dolor físico y espiritual de los enfermos, pero Kataryna se preguntó porque nunca piensan en el dolor de las personas cercanas a ellos. La incertidumbre, la impotencia y la desesperación pueden llegar a ser agotadores, abrumadores o incluso tormentosos.

Kataryna se preguntó que más tenía la vida reservada para ella. Cuanto dolor, cuanto sufrimiento, cuanta tensión mental y física era capaz de seguir soportando. Ya no era una jovencita y los golpes de la vida no la habían favorecido precisamente, todo lo contrario. Su largo pelo sedoso y fino se había trasformado en una especie de fibra larga y gris. Las curvas de su delgado cuerpo habían dado paso a generosas caderas y amplios senos.

Tal vez Kataryna no tenía la certeza de cuál sería su futuro, pero lo intuía. Su futuro consistiría en esperar algo más de gris en el cabello cada año, en el panorama de confeccionarse una talla más de ropa cada año, en la obligación de exigirse mucho más para sacar a su hija adelante. El futuro consistiría en levantarse antes de que saliera el sol para alimentar a los animales, y remover la mala hierba del huerto. El futuro consistiría en remendar las prendas rotas, y juntar cada céntimo para poder comer, a medida que su incierta vida se internaba en esa década atormentada en la que se convertiría los años cincuenta bajo el régimen de Stroessner y también, irremediablemente en esa ingrata condición que representaba la vejez.

Alexander no tenía mucho que dejarles a ella y a sus hijos, en especial a Tina que aún era muy pequeña. Pero Kataryna, precavida había ahorrado lo suficiente como para comprarse un pequeño terreno a pocos kilómetros de la Escuela. Pensaba construir una casita cuando Alexander ya no estuviera. Por el momento, vivían en aquella casa gracias a la generosidad de la Escuela en agradecimiento por los servicios prestados. Después de todo sería inhumano echarlos a la calle cuando no tenían a donde ir.

Felipe no regresó a casa a ver a su padre después de que Kataryna le escribiera anunciándole su enfermedad. Solo envió un escueto telegrama en donde decía que se veía imposibilitado de regresar debido a sus obligaciones laborales. Kataryna se sintió completamente desolada, mientras que a Alexander pareció no afectarle mucho.

Valentina pasaba unas semanas en casa de unos amigos de sus padres, Los Criscioni, en un intento por alejarla de las penosas condiciones en las que se encontraba su padre. Por lo que Kataryna podía dedicar la mayor parte de su energía a cuidar de Alexander que dormía la mayor parte del tiempo. Aun así, cualquier cambio de posición hacía que el dolor regresara a la vida sacándolo de su letargo, de la misma forma que una braza casi extinta vuelve la llama a la vida cuando el hálito la oxigena. En aquellas ocasiones despertaba jadeando y sus ojos azules muy intensos se perdían casi por completo en una telaraña de arrugas profundas.

Cuando el dolor remitía hasta convertirse en un picor zumbante y continuo, como el de un enjambre de abejas encerrados en una caja, volvía a su anterior estado de aletargamiento.

Kataryna lo dejaba solo y caminaba con pasos cansinos como si lo hiciera sobre la cubierta de un barco a la deriva. Se dejaba caer de espaldas en la cama de su hijo Felipe la cual ocupaba desde que Alexander había enfermado. Permanecía allí tumbada contemplando las sombras que parecían tomar formas macabras y luego cernerse cada vez más en torno a la cama. Entonces cedía a la presión y la incertidumbre, y se echaba a sollozar quedamente, intentando no despertar al enfermo. Un gran desasosiego se había apoderado de su alma y de su espíritu. Sentía que se hallaba en medio de un territorio inexplorado al caer la noche y solo contaba con pequeñas luces de lejanas viviendas y el resplandor de las remotas estrellas sobre inaccesibles parajes para orientarse.

Se sentía sola e insegura. El panorama era desalentador, todo se veía terrible a su alrededor, todo era muerte y desolación.  Al lado de Alexander había vivido una vida llena de desafíos y contradicciones. Y aún vendrían tiempos peores.

II

A pesar del abrumador dolor que estremecía su exhausto cuerpo, en sus sueños se sentía libre, libre para buscar la llave que abriría la puerta. En su interior tenía la certeza de que se encontraba cerca de hallarla. Mientras estuviera despierto la bruma turbia y gris que cubría su mente no lo dejaba pensar con claridad, pero mientras dormía se sentía flotar sobre la verde grama del bosque hasta el túnel natural cubierto de árboles y arbustos. Avanzada con rapidez a través de él y llegaba hasta el final con el corazón acelerado y anhelante.

 Del otro lado, la puerta lo aguardaba maciza e imponente rodeada del zigzagueante muro de piedras. Sus pies se posaban suavemente sobre el inmaculado césped color esmeralda. Se quedaba inmóvil por unos segundos, intentando vislumbrar algo a través de la puerta o al menos oír aquella voz ansiaba. Muchas veces ocurría alguna de las dos cosas, otras ambas. Entonces, intentaba llamar la atención de la mujer del jardín y cuando no lo conseguía iniciaba la búsqueda de la llave.

La llave, había llegado a pensar que en realidad no existía, pero sacudió de inmediato aquella idea de su mente. Debía existir, sin duda alguna. El cerrojo en la puerta brillaba con fuerza, como si intentara atraerlo, como si lo llamara.

Debía estar en alguna parte. ¿Y si estuvo buscando en el lugar equivocado todo este tiempo? Pensaba.

No. No había lugar para esa suposición, todas las veces su sueño terminaba en el mismo lugar. Debía estar por aquí cerca.

Recorrió los límites del muro con sumo cuidado una y otra vez. Levantando rocas y escarbando entre la hierba intentado descubrir algún lugar secreto, algún escondite en donde la llave pudiera encontrarse. Hasta entonces no había corrido con suerte.

Flotó de nuevo a través del bosque, se internó en el túnel de árboles y llegó hasta la puerta. Sus pies descendieron lentamente sobre la verde grama frente a la puerta. Algo llamó su atención. Con el rabillo del ojo vislumbró algo grande que no había estado ahí antes. Giró la cabeza hacia la derecha y pudo observar con gran asombro un vetusto árbol. El tronco era completamente rugoso, de unos doce o quince metros de altura. Por encima las ramas se elevaban hacia el cielo azul como brazos y enredaban un increíblemente angosto sendero con una red de sombras.

Se acercó a él despacio, intentado descubrir de donde había salido aquel árbol, y el sendero, nunca habían estado allí antes, estaba seguro de ello. Bueno, aquello era un sueño después de todo, cualquier cosa puede suceder en un sueño, se dijo.

Cuando estuvo frente al árbol, lo estudió con cuidado, rodeándolo, observando su áspera corteza. Pasó una mano sobre ella esperando que le revelara algo. Pero todo parecía perfectamente normal. Solo un árbol más en el bosque.

Observó la copa sobre su cabeza. Las ramas se extendían en forma desordenada y la luz del sol atravesaban las hojas oscuras a través de delicados intersticios. Las sombras en el suelo lo dejaron perplejo. Se extendían en forma confusa, sin orden aparente a excepción de…

A excepción de aquella figura en una extraña forma de estrella de considerable tamaño que no podía pasar desapercibida.

Alexander se sentó en cuclillas y estudió la figura. Se sentía desconcertado. ¿Qué posibilidad había de que en las enmarañadas sombras encontrara una perfecta estrella de cinco puntas? Que además parecía brillar con luz propia.

Acercó la mano al suelo y recorrió los lados de la figura, no estaba muy seguro de lo que pensaba encontrar, pero sintió urgencia de empezar a cavar.  No contaba con más herramientas que sus manos.

Ahuecó las manos y empezó a cavar. Se sorprendió al descubrir que el suelo estaba blando y poroso y en pocos minutos hacía retirado una considerable cantidad de tierra. Sus uñas estaban sucias y adoloridas, pero no dejó de cavar hasta que sus manos se toparon con un cofre de madera del tamaño de una caja de zapatos. El objeto estaba húmedo y algo deteriorado como si hubiese pasado demasiado tiempo enterrado.

Separó la tierra de alrededor del cofre con acelerada impaciencia, su corazón palpitaba acelerado, los ojos muy abiertos y la respiración jadeante. El sudor le recorría el cuello y la espalda, pero una brisa suave se encargaba de refrescarlo.

Al fin extrajo el cofre de su escondite, lo depositó en el suelo y lo observó por unos momentos con atención como si esperara que ocurriera algún truco de magia. Acercó la mano a la tapa que se hallaba cerrada con un antiguo pestillo de bronce. Retuvo el aliento, esperaba que no estuviera cerrada con llave porque de lo contrario habría llegado a un callejón sin salida. Levantó el pestillo y exhaló profundamente al descubrir que el pestillo cedía. Abrió la tapa y se quedó sin aliento al descubrir dentro una llave dorada y brillante. La tomó con ambas manos con sumo cuidado, y al levantarla pareció dejar una estela espectral de difuso resplandor dorado.

Medía poco más de veinte centímetros, la pluma terminaba en una punta dos paletas rectangulares mientras que la hermosa cabeza consistían en un corazón rodeado de un intrincado entramado de hilos de filigrana.

Sus labios esbozaron una sonrisa complacida antes de ponerse de pie y dirigir su mirada hacia la puerta. La cerradura pareció brillar del mismo modo que la llave. Alexander se acercó atraído por el brillo como si se hallara bajo los efectos de alguna hipnosis.

Cuando estuvo a menos de un metro de la puerta, se detuvo. Observó la llave brillante y perfecta para luego introducirla en el hueco de la cerradura. Suspiró y giró la llave. La cerradura no opuso resistencia, se oyó un clic. Tomó el picaporte, al que por primera vez prestaba atención, representaba una mano extendida con la palma para arriba y una estrella muy parecida a la que habían moldeado las sombras en el suelo.  Bajó el picaporte y la puerta se abrió con un extraño silencio. No hubo chillido de goznes ni golpeteos metálicos.

La luz perfecta del redondeado sol le dio en el rostro y sintió e inmediato su calidez. Entro al jardín y la puerta se cerró balanceándose con lentitud.

Alexander paseó la mirada por el increíble jardín que tenía delante, intentando calmar a su alocado corazón que le exigía a gritos encontrar a Tatiana. Pero no había rastros de ella. Caminó con pasos lentos sobre el césped admirando los rosales, las margaritas, los claveles, esperando que Tatiana apareciera en cualquier momento.

Observó un pastizal que se extendía delante de él. No estaba seguro de lo que debía hacer. Deseaba permanecer en el jardín a la espera de que Tatiana apareciera, pero otra parte de él le urgía a que cruzara el pastizal. Decidió seguir sus instintos y corrió a través del pastizal. Al final de la pradera verde en las que abundaban unas florecillas amarillas vislumbró un puñado de árboles que se alzaban y lo que parecía ser un sendero, los bordeaba. Para cuando alcanzó el sitio, le faltaba el aliento, y a pesar de la sensación de urgencia, solo tenía fuerzas para caminar. El viento seguía soplando y las ramas altas de los árboles parecían murmurar.

Lo que Alexander consideró un sendero, era en realidad un camino que parecía enchapados con una suerte de fina capa de metal pulido y brillante, tan lustroso que reflejaba tanto los árboles que danzaban al son del viento, como las nubes teñidas por el crepúsculo que emanaban en el cielo. Enfiló el camino a la espera de descubrir a donde lo llevaba. Vio que el camino se internaba una vez más en el bosque. Caminó de prisa, estaba ansioso y la luz del día terminaría de ocultarse en cualquier momento. El tiempo parecía trascurrir más rápido en aquellas tierras de prodigios y fantasías.

Dejó a tras el árbol que se alzaba al final de la última curva del camino y observó un pequeño pero bello jardín que le produjo un deja vú. Rebuscó en su mente alguna pista que lo ayudara a recordar y de pronto un nítido recuerdo surgió de las profundidades de su mente. Era el jardín de la casa de Tatiana en Figueres.

_ ¿Tati? _ dijo su nombre titubeando.

El crepúsculo había dado paso a una tenue oscuridad. La luz de la luna llena, redonda y brillante se filtraba entre las ramas de unos árboles sobre el sendero que conducía a la casita.

¡La casita! ¡Allí estaba la casita! ¿Cómo no la había visto antes?

La luz brillante de la luna señalaba el camino de aquel remanso tan largamente anhelado, en donde había vivido el amor y el sosiego, pero también había sufrido el dolor y la perdida.

Su mente lo había conducido inconsciente y sigilosamente hasta aquel sitio. Había hecho de todo para llegar hasta allí y no se arrepentía de nada.

Alexander despertó consciente del canto de las aves y se incorporó restregándose los ojos, por un segundo no supo muy bien en donde estaba. Pero luego los recuerdos de su último sueño lo invadieron. Al contrario de lo que él mismo suponía, se hallaba relajado considerando el hecho de no haber hallado a Tatiana después de todo.

Dicen que el límite entre la inteligencia y la locura es solo una delgada línea. Alexander pensaba que no estaban alejados de la verdad, lo percibía en su propia mente. Pero una excesiva lucidez tampoco garantizaba un panorama perfecto.

 El alma humana se halla repleto de espacios, algunos vastos, otros no mayores a un ropero, algunos cerrados, otros pocos inundados de una luz resplandecientes, y mucho cubiertos por una oscuridad infinita. Todo eso ya no le importaba ahora, ya no había tiempo para suposiciones, conspiraciones o intrincadas hipótesis. Había trascurrido su vida de la mejor manera posible, asumiendo sus enmarañadas emociones. Había ido a lugares y visto cosas más allá del alcance de la mayoría de las personas por lo que no se arrepentía de lo que había hecho y de lo que había sido.

Suspiró profundamente, esbozó una sonrisa que en su apergaminado rostro pareció en realidad una mueca.

No falta mucho, pensó, aquella nebulosa brecha en su mundo estaba a punto de cerrarse para siempre.

III

Alexander accedió a que un pope lo visitara, debido a la insistencia de Kataryna. Pensó que no tenía caso negarse durante sus últimos momentos de vida.

En realidad, no oyó mucho de lo que el pope le decía, su mente recorría presuroso a través de sus recuerdos. Sus amigos: Krikor, Andréi y Vlademir; las batallas ganadas y perdidas; los momentos de felicidad, así como también los momentos de desazón y angustia. Recordó a sus padres, a pesar de que su padre y él no compartían muchas veces el mismo punto de vista lo había amado y respetado profundamente. Recordó al general Beliávev y las batallas que había luchado bajo su mando. A Galina y a sus hijos. Deseó para ellos lo mejor del mundo, esperando que sus problemas emocionales y psicológicos no los hayan alcanzado profundamente. A Kataryna y sus menores hijos, sabía que los dejaba en una muy mala posición económica y se sentía culpable por ello. Culpable por no haber tomado las previsiones necesarias a tiempo. Y luego pensó en Tatiana, en lo que significó siempre para él, en la alegría de haberla tenido, en la desazón de haberla perdido y en el anhelo de volver a tenerla.

Cuando el pope terminó y lo dejó solo, Kataryna se acercó a él. Su corazón quedó destrozado al ver al hombre fuerte y decidido que había conocido convertido en una piltrafa humana.

Alexander quiso decirle que ya faltaba poco, que pronto se hallaría libre de la carga que había asumido cuando se unió a él, pero prefirió no hacer las cosas más difíciles.

El dolor era tan terrible que le costaba hablar. Deseaba con ansias poder volver a sumirse en aquel sueño anhelado y hallar al fin a la mujer que amaba. Pero al menos debía decirle a Kataryna unas palabras.

_Quiero que sepas una cosa_ dijo con voz exhausta.

Kataryna emitió un leve suspiro que no pasó desapercibido para Alexander.

_ No necesitas rezar por mi alma, no pienso regresar por las noches a tirar de tu pie.

Ella se echó a reír a pesar de la angustiante situación.

Alexander sonrió con ella. Pero un acceso de tos le impidió que siguiera hablando.

Quiso recordarle al destino o lo que fuera que le había producido aquella enfermedad que su padecimiento estaba en el estómago y no en los pulmones y que dejara de atormentarlo por todas partes, pero ¿quién le hubiera respondido? Después de todo, la enfermedad había hecho lo que había querido con él y una raya más al tigre…

_Sé que no he sido el hombre que hubieses querido, sé que no te hice feliz, pero te quise, te quise a mi manera_ proclamó en un último aliento.

No pudo percibir el dulce beso de Kataryna sobre su frente, su mente pareció desconectarse de la realidad por completo y volver a vagar a través de los antiguos recuerdos de su juventud, cuando todo era mejor.

Se vio de nuevo abriendo la puerta de bronce, cruzando el jardín hasta encontrar el prado. Atravesó los pastizales y a medida que se internaba en el bosquecillo sentía que su cuerpo adquiría mayor fortaleza, mayor seguridad, como si los años cayeran de su cuerpo como agrietadas capas de piel muerta, cada vez más rápido. Cuando llegó al jardín de Tatiana, observó la casita con la puerta abierta. Sus cabellos ya no eran blancos sino volvían a teñirse de aquel eterno dorado, sus ojos azules brillaban vivaces, los profundos surcos habían desaparecido por completo de su rostro.

Dirigió su atención a la puerta en donde una mujer de cabellos cobrizos, ojos verdes y sonrisa maravillosa lo esperaba impaciente.

_ ¡Tati! _ la llamó con un emotivo temblor en la voz.

La mujer de cabellos cobrizos se acercó a él envuelta en un vestido blanco que parecía flotar alrededor de ella. Alexander la estrechó entre sus brazos, cerrando los ojos y emitiendo un suspiro profundo. Durante un momento permanecieron envueltos por el intrincado y ondulante vestido bajo un velo alado de vaporosa seda.

IV

_Está muerto_ dijo en voz alta como si oír su voz la ayudara a aceptar la realidad.

Alexander Ivanov estaba muerto, y ahora debía aprender a vivir sin él.

Las lágrimas fluían por sus mejillas y su pecho parecía a punto de explotar. Dejó que las lágrimas la invadieran hasta que la presión en el pecho empezó a ceder un poco. Debía ser fuerte, debía pensar con la cabeza fría, ya no había tiempo para dejarse llevar por los sentimientos, debía ser pragmática.

Allí estaba Alexander con los ojos entreabiertos y los labios separados.

Levantó la mano derecha y ayudó a cerrar sus ojos y luego su boca. Extrañamente, pensó que tenía una expresión serena. Una expresión que nunca le había visto en vida.

Lo último que lo oyó decir fue el nombre de la mujer que nunca había dejar de amar. Pensó que tal vez al final de su viva Alexander había llegado a hallar el paraíso en el que en realidad no creía. Y tuvo que admitir que sintió una extraña mezcla de celos y exasperación hacia Ivanov y hacia aquella mujer que nunca había podido olvidar.

Pero hubo algo que la atormentó con más fuerza, la curiosidad. La curiosidad de abrir aquel guardapelo que siempre había estado oculto, prohíbo para ella.

Bajó las manos hasta el pecho del difunto, abrió el guardapelo y halló un mechón cobrizo de pelo a un lado y al otro, una fotografía desvaída, pero que aún revelaba la bella y elegancia de la una joven mujer.

Cerró el guardapelo con un sonoro suspiro, acarició la mejilla izquierda de Alexander y se puso de pie. Cubrió el cadáver con una sábana y se dirigió al cofre que el mismo Zar le había entregado a Ivanov cuando apenas era un joven de grandes ambiciones. Buscó la llave que Alexander guardaba celosamente en un resquicio en la pared como si se tratara de la llave que abriría las puertas de tesoros de incalculable valor. Introdujo la llave en el cerrojo y abrió la tapa. Dentro, encontró decenas de pequeños objetos sin valor aparente, pero que para su propietario significaban el mundo entero: medallas, broches, un par de monedas, una bandera rusa ajada, pero doblada cuidadosamente, fotografías de un niño, otras del niño con sus padres. Kataryna pensó que probablemente se trataba de Alexander y sus padres, curiosamente aquel niño le recordó a Valentina con sus rubios cabellos. Pero además halló un par de fotografías de la mujer del guardapelo. Se sostenía del brazo de Alexander, ambos sonreían felices ajenos por completo al futuro desgraciado que les esperaba.

Kataryna vació el cofre por completo, pensó que tenía que vender el cobre y todas las cosas de valor que poseía Alexander, pero lo enterraría con todo lo que había significado algo para él. Cumpliría su deseo, de ser enterrado con el guardapelo y el contenido del cofre.

Recordó el largo y difícil camino que la había llevado hasta aquel momento de su vida. Y por un instante le resultó difícil creer que pasaron dos décadas desde que dejó Ucrania y en otros momentos le parecía que aquella época estaba solo a un pie de distancia, casi al alcance de la mano.

Pensó que, si pudiera retroceder en el tiempo hasta el día en que halló a Alexander en aquella cabaña, si pudiera rodearlo de nuevo entre sus brazos y acariciar la cicatriz de su mejilla, lo volvería a hacer todo de nuevo, aunque el futuro fuera el mismo, aunque produjera el mismo dolor, la misma soledad, la misma realidad amarga. Porque a pesar de todo, Alexander le dio lo más valioso que tenía en el mundo: sus hijos, y por medios de ellos, le enseñó a vivir.

Fin

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, junio de 1955.

I

El tiempo parece trascurrir lentamente cuando se tiene la certeza de que quedan pocos días de vida y lo que uno desea fervientemente es que ese día llegue de una vez por todas. Y con el lento paso del tiempo se acentúa también el desgastante del calvario físico y mental.

Alexander había perdido peso, mucho peso, tal vez diez o doce kilos en el último mes. No tenía apetito y lo que Kataryna lo obliga a comer terminaba indefectiblemente en la letrina en el mejor de los casos, o en un balde de aluminio situado al lado de su cama en el peor de todos. Dedicaba muchas horas del día a dormir, se sentía sumamente cansado gran parte del día y lo atribuía a las pastillas que su médico le ha recetado.

Durante gran parte de sus horas de duermevela, su mente se desconectaba momentáneamente del dolor y se sumergía en cálidos sueños en donde la protagonista seguía siendo Tatiana.

Soñaba con la puerta de bronce y el muro de piedras, veía a Tatiana caminado por el jardín, Alexander gritaba su nombre una y otra vez, pero ella parecía no oírlo. Al menos eso pensó Alexander durante las primeras diez o doce veces. Pero algo había cambiado en el sueño hacía poco, una leve pero significativa modificación: cuando Alexander gritaba su nombre y golpeaba la puerta con los puños, Tatiana dirigía su atención a la puerta con la mirada extrañada y los ojos alertas. Daba unos pasos en dirección a la puerta, pero luego, al parecer decidía que sea lo que fuese lob que había oído ya no estaba allí. Suspiraba, giraba sobre sus talones y regresaba por donde había venido.

Durante uno de aquellos sueños, Alexander sintió un fuerte dolor en el estómago como si un animal lo mordiera. Pensó que Tatiana desaparecía para dar paso a una pesadilla, se sintió de nuevo en medio del monte en Oberá atacado por el yaguareté. Intentó sacudirse de aquella pesadilla, pero solo le sirvió para esta qué vez sintiera una especie de cornada desde la ingle hasta el pecho, dejó escapar un gemido al tiempo que pensaba que no era un yaguareté después de todo lo que lo atacaba sino tal vez alguna especie de jabalí. Tuvo tiempo de pensar que los jabalíes no pertenecían a Sudamérica antes de despertar.

Abrió los ojos jadeando, el sudor le corría por las mejillas. Se enjugó con el dorso de la mano, el anillo que había llevado por décadas se le deslizó suavemente en su dedo. Se incorporó en la cama y buscó el guardapelo que colgaba de su pecho, como si intentara comprobar que aún seguía en su sitio.

La cornada se había trasformado en una flecha ardiente que amenazaba con abrazar su interior por completo. Bajó los pies al suelo tenía el rostro ceniciento y los ojos muy abiertos, pero hundidos en las cuencas. Su piel apergaminada parecía sugerir que tenía más de ochenta años cuando en realidad no llegaba a los sesenta y cinco. La cicatriz en su rostro, un profundo surco en medio de tierras áridas.

Alexander tenía los músculos abdominales fuertemente contraídos, intentó relajarlos para amortiguar el dolor, pero no sirvió de mucho. La flecha al rojo volvió a aparecer y lo consumió en un incendio que se lanzó en su interior. Ivanov se echó a reír. Le dolía al reírse, pero no pudo contenerse. Sintió una fuerte necesidad de defecar. Pensó que era el peor momento para ir al baño, pero no puede evitarlo.

Se puso de pie, se llevó una mano al estómago como si con ello lograra que el dolor dejara de atenazarlo. Arrastró los pasos hasta la puerta trasera. La abrió y se internó en el patio. Se dirigió a la letrina que se hallaba a unos treinta metros de distancia.

La noche estaba algo fría y el viento soplaba sobre la copa de los árboles. Pero al parecer, Alexander no se había percatado de ello. Las estrellas centelleaban en el cielo sin luna y el ululato de un ave pareció darle la bienvenida.

Entró en la caseta de madera. Se desabrochó el pantalón con dificultad, el fuego no dejaba de consumir su interior. Se sentó sobre la taza y una fuerte punzada lo atormentó de nuevo. Había ido a realizar una función excretora normal y común que todo ser viviente realiza, pero cuando intentó evacuar, el estómago reaccionó con desmedida furia. Debió retener el aliento hasta que el dolor remitiera al menos un poco. Permaneció inmóvil por un par de minutos, temiendo que si se movía el dolor regresaría para avasallarlo. El sudor se le escurría por la espalda y le temblaban las manos.

No supo muy bien cuanto tiempo estuvo sentado allí con los pantalones alrededor de los tobillos, pero nunca en su vida se había sentido tan vulnerable y humillado. Cuando al fin pudo terminar lo que lo había llevado hasta allí. Se dirigió con pasos vacilantes hacia la casa. La explosión de dolor que lo había atravesado al sentarse en la taza permaneció activa en su mente. Un gélido viento sopló, lo rodeó y su cuerpo agotado por el dolor se estremeció como una hoja arrastrada por el aire.

Otra fuerte punzada lo atravesó desde la base del estómago hasta la espalda. Se dobló en dos y cayó de rodillas en el frío suelo. Le dolía horrores, la lanza parecía carbonizarle las entrañas más que abrazarlas. El dolor lo hizo jadear y gemir como si se tratara de un niño pequeño que acabara de caerse de la bicicleta. Se quedó allí, inmóvil, arrodillado con los brazos alrededor de su cuerpo, exhalando vahadas blancas, con la punta de la nariz entumecida por el frío que acababa de advertir.

Cuando el dolor remitió un poco, se sostuvo de una rama baja e intentó ponerse de pie. La rama se quebró. Alexander la observó con una expresión divertida sintiéndose como uno de aquellos payasos de circo que solía frecuentar cuando era niño. Luego la tiró a un lado. En ese momento sintió dos manos que lo sujetaron de las axilas y levantó la mirada para comprobar que aquellas manos eran las de Kataryna.

_Debiste pedirme ayuda_ lo reprochó.

_Aún puedo solo_ repuso con la voz más firme de la que fue capaz.

Cuando el dolor remitió un poco consiguió esbozar una sonrisa que a Kataryna consideró carente de gracia. Puso los ojos en blanco, pero prefirió no iniciar una discusión que no tenía sentido.

Cuando estuvieron dentro de la casa Alexander se desabrochó la camisa y se examinó el estómago punzante. Estaba un poco abultado y ardiente al tacto.

Kataryna lo observó con aprensión.

_Es solo otra etapa más_ dijo él con cierta indiferencia.

_ ¿Por qué no intentas dormir? _ preguntó ella_ puedo ir por tu medicina.

Alexander pensó en negarse al principio, un poco de dolor no estaba mal después de todo. Había vivido torturas peores durante la guerra así que unas cuantas punzadas de tanto en tanto no le hacía mal a nadie. Pero cambió de idea de inmediato. Tal vez sería buena idea dormir un poco, dejarse llevar por los brazos de Morfeo hasta la puerta de bronce y el muro e intentar entrar. Algo le decía que dentro de poco lo lograría.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, Paraguay, abril 1955.

I

Sentado en la sala de espera de la consulta médica, Alexander se hallaba ensimismado en sus pensamientos. El continuo dolor que lo había llevado hasta allí seguía, pero ahora se hallaba inmerso en otro tipo de aflicción. Una nueva y persistente noción de culpa se alojaba en su mente, como si se tratara de una hilacha de carne metida entre dos muelas molares. De un tiempo a esta parte se recriminaba constantemente por las faltas y omisiones que había cometido con sus hijos. Aunque sabía que ya era tarde para remediarlo, todos ellos estaban casados y quizá ya tenían sus propios hijos de quienes hacerse cargo. A pesar de ello algo dentro de él le decía que podía haber hecho las cosas de otra manera. Podría haber manejado la situación con Galina de forma madura. Tal vez lo correcto habría sido no haberse casado con ella en primer lugar. Su vida hubiese sido muy distinta si hubiera tomado la decisión correcta. Por otro lado, no había hecho un mejor papel con Kataryna y se preguntaba si habría logrado una mejor comunicación con sus hijos menores. Veía mucho de sí mismo en Felipe y una insistente sensación le decía que a Felipe le esperaba un futuro algo más solitario que el suyo. Podía buscar vacuas excusas diciendo que había cumplido con advertirle a Kataryna sobre sus problemas emocionales y del incondicional amor que le tenía a Tatiana. Pero, aun así, podría haber evitado involucrarse con ella, podía haberla amparado, ayudado a salir adelante sin que ella se sintiera obligada a mantenerse a su lado, dicho sea de paso, por alguna extraña razón que él aún desconocía.

De pronto, el estómago le dio una punzada de aviso, intuyendo que el doctor iba a anunciarle que le habían detectado una gran ulcera. Debería empezar a poner más cuidado en su alimentación, pensó.

Una puerta azul cielo se abrió y el doctor lo saludó desde el resquicio. Alexander no sabía cuáles eran los resultados de los exámenes, pero por la expresión del médico, no podía ser nada bueno. Alexander se puso de pie con un suspiro casi inaudible y con absoluto estoicismo se encamina en dirección al consultorio.

El doctor apenas lo saludó manteniendo en todo momento aquella expresión formal que Alexander empezó a considerar odiosa. Cerró la puerta y se sentó detrás de su escritorio al tiempo que le pedía a Alexander que hiciera lo mismo frente a él.

Cuando el doctor le explicó que lo que sentía como un pedazo gigante de braza ardiendo en el estómago no era una úlcera, sino que era cáncer, de inmediato evocó a Tatiana y sus últimos y tormentosos días. Luego, esbozó una leve sonrisa y pensó en lo irónica que resulta ser la vida.  Intentó recordar cuantos cigarrillos se había fumado durante su vida. ¿Mil, dos mil, diez mil? Esta vez se echó a reír y el doctor lo miró con expresión perpleja. Si, la vida era una ironía constante, los cigarrillos habían matado a Tatiana y sus pulmones al parecer podían seguir empapándose de negros y cancerígenos humos sin que les sucediera nada. En cambio, se había alimentado bien durante toda su vida, no se había dado a la bebida y se mantenía en buen estado físico, pero su estómago al parecer no había recibido el memorándum al respecto.

Sus facciones se relajaron un poco y dejó que el médico terminara de darle el informe. Conservó la calma. Una calma extraordinaria, pensó el galeno. Hasta se podía decir que estaba estimulado o emocionado por alguna extraña razón que no comprendía, supuso que tal vez se debía al shock. La verdad era que íntimamente, Alexander ya había llegado a un diagnóstico semejante hacía algún tiempo, pero ahora que tenía la certeza se sentía en completo dominio, lleno de serenidad y coraje. Alexander pensó que era extraño y a la vez perfectamente comprensible que las punzadas y los dolores desaparecieran por completo cuando recibió el dictamen final, como si el malestar se tomara un descanso para que él pudiera hacerse a la idea y aceptara lo que vendría.

El médico le aconsejó que se operara de inmediato, le explicó que los tumores se desarrollaban a un ritmo diferente en cada paciente. Algunos podían vivir un par de años si se operaban a tiempo y se aplicaba la terapia adecuada. Le habló de una técnica experimental que se desarrollaba en Buenos Aires.

Alexander dijo que no se operaría. Su postura fue inflexible.

El galeno le explicó que si no se operaba era lógico pensar que viviría entre cuatro y seis meses.

Alexander asintió y lo que el galeno vio en sus ojos no fue resignación o sacrificio sino consentimiento y aprobación.

Alexander estrechó la mano del médico y salió del consultorio con el corazón desbocado, y no precisamente porque se sintiera desolado o preocupado, todo lo contrario, su espíritu se encontraba insólitamente en paz y armonía como si acabara de confesar todos los pecados cometidos y les fueran enteramente perdonados.

Destacada

Historias Entrelazadas (Kataryna y Alexaner)

San Lorenzo, Paraguay marzo de 1955.

I

Alexander tuvo un par de meses relativamente buenos, si lo comparaba con los anteriores claro está. Aún no había visitado al médico y había llegado a pensar que no necesitaría hacerlo después de todo. Un par de veces llegó a pensar que no le pasaba nada en realidad, pero el sabor amargo en su boca lo contradecía.

Pero aquel día no quería pensar en nada más que no fuera la visita de su hijo Felipe. Hacía meses que había dejado la casa para ir a vivir a Encarnación en donde trabajaba como técnico de radio.

De pie junto a la ventana, lo vio acercarse por el sendero bordeado de árboles de mango y se apresuró a abrir la puerta para recibirlo.

Felipe atravesó el sendero con rápidas zancadas y abrazó a su padre. Lo estrechó con fuerza, pero se apresuró a soltarlo al ver que hacía una mueca de dolor.

La desagradable flecha encendida no lo había abandonado después de todo, pensó Alexander.

De todas formas, apremió a su hijo a que ingresa a la casa, en donde su madre y su hermana menor lo esperaban ansiosas. El dolor afloró de nuevo, tres intensas palpitaciones. Apretando los dientes, aguardó a que remitiera e intentó convencerse sin éxito de que serían las últimas. Respiró hondo, lo que reavivó el dolor.

Se sentó junto a su familia a comer, si es que así era como se llamaba a llevarse a la boca dos o tres cucharadas de sopa. Después de que terminaron de almorzar le dedicó un par de horas al hijo pródigo.

Cuando se fueron a sus habitaciones a descansar, a eso de las ocho de la noche, los tentáculos del dolor ya le alcanzaban hasta los huesos y debió hacer un esfuerzo para tenderse sobre la cama sin que Kataryna notara el estado en el que se hallaba.

Es hora de que vaya a ver al médico, pensó entonces. Debía dejar de buscar excusas para no hacerlo.

II

La visita al médico no había estado tan mal después de todo. A pesar de que intentó obtener algún tipo de diagnóstico inicial por parte del galeno, este se mostró reservado con respecto a sus hipótesis y dejó en claro que no se apresuraría en emitir conjetura alguna hasta no tener los resultados de los análisis a los que se había sometido. Alexander intentó hallar alguna pista examinando con cuidado el rostro del médico, pero fue un callejón sin salida. El rostro profesional e inmutable del hombre que tenía enfrente no le dejó vislumbrar absortamente nada. Los resultados tardarían algunos días, pero al menos había dado el primer paso.

La brisa soplaba del norte algo tibia para esa época del año, pero muy agradable. Se sentía mucho mejor emocionalmente y disfrutó de la larga caminata desde el pórtico de metal algo oxidado y descolorido de la Escuela hasta la casita en la que habitaba junto a Kataryna y Tina. Las hojas se sacudían en las ramas de los árboles, luego caían y eran arrastradas por la corriente con movimientos ondulantes, antes de caer a los pies de Alexander. El sendero que meses atrás estuviera cubierto de mangos amarillos estaba ahora cubierto por una alfombra de hojas cafés y secas, que crujían bajo los zapatos de Ivanov.

Parecía que el dolor ardiente y lacerante que había estado sintiendo durante los dos últimos meses había decidido darle una tregua. En su lugar, de tanto en tanto, sentía un leve murmullo bajo y sordo bastante llevadero.

Cuando llegó a su casa encontró a Kataryna sentada a la mesa de la cocina, frente a ella, sobre la mesa, descansaba abierto el Diario “El País” vocero del Partido Colorado. El diario “Patria” a un lado de la mesa. Al parecer Kataryna llevaba algún tiempo buscando información y Alexander creía intuir de que tipo de información se trataba.

 El sol radiante del medio día entraba sesgado por la ventana y confería al rostro de la mujer, un extraño aspecto que denotaba al mismo tiempo, estupefacción, conmoción e intensa aberración. Tenía la cara encendida y los ojos brillantes. Parecía exaltada hasta se podía decir que furiosa. Nunca antes la había visto de aquella forma. Por un momento, un atisbo de inquietud apareció en los ojos azules de Alexander y luego observó con atención el periódico que se meneó levemente son la brisa que ingresó a través de la puerta abierta.

“Prosigue la Investigación Policial en Torno a los Colonos Eslavos en Contacto con Moscú”

Rezaba el titular sobre un artículo que ocupaba tan solo una columna en la parte central derecha entre otras noticias “poco interesantes”. Las columnas de textos estaban impresas contra un fondo blanco y líneas negras en zigzag la separaban del resto de los artículos por arriba y por el costado izquierdo. Bajo el titular en letras negras y pequeñas se leía:

“Un Copioso Material de Propaganda Soviética Está en Poder de Nuestras Autoridades”.

Bajo el subtítulo, unas letras más pequeñas atribuían el artículo a Ángel Peralta Arellano.

Alexander pudo confirmar sus suposiciones iniciales y podía apostar a que el artículo del diario Patria tenía un titular muy similar.

Sus ojos abandonaron el periódico y se concentraron en Kataryna, esperando a que fuera ella quien trajera el asunto a colación.

_ ¡Han atacado a los colonos de Fram! _ dijo ella con una fuerte nota de indignación en la voz.

_Lo sé_ contestó Alexander mucho más tranquilo de lo que Kataryna se hubiese imaginado.

Aquella tranquilidad que emanaba Ivanov la dejó perpleja y su indignación se trasformó en enfado.

_ ¿Lo dices así tan tranquilo? _ preguntó ella elevando un poco la voz. Su rostro se tornó rojo y le temblaron levemente los labios.

Alexander le dedicó una sonrisa indulgente que Kataryna recibió como una ofensa. A pesar de que no había recibido una educación superior no se consideraba una mujer tonta y odiaba cuando la trataban como una. La indignación la volvió a invadir, una indignación contra el prejuicioso pensamiento de Alexander.

Tomó el periódico que se hallaba doblado y se lo mostró a Ivanov. El titular declaraba:

“Sorprendente Insurrección de Colonos Comunistas en la Zona de Itapúa”

_ ¡Los llaman comunistas! _ dijo y su voz estuvo a punto de quebrarse de indignación.

Alexander tomó el periódico de las manos de Kataryna y le echó un vistazo, no se detuvo particularmente en algo específico ya que había leído con detenimiento todo lo referente a aquel penoso acontecimiento mucho antes que su exaltada compañera. Dejó el diario sobre la mesa y se cruzó los brazos sobre el pecho. Gesto que Kataryna consideró una ofensa directa hacia ella.

_ ¿Cómo puede ser que tomes esto a la ligera? _ preguntó irritada.

La indignación y la humillación resurgieron en su ser, acompasados con los latidos sordos de su corazón.

_No tomo nada de esto a la ligera dijo señalando los periódicos extendidos sobre la mesa _ pero debemos ser cautelosos.

_No te entiendo, pensé que estabas dispuesto a defender las causas justas y esto es justamente lo opuesto_ dijo ella.

Sus manos habían empezado a abrirse y cerrarse con fuerza, respiraba con inspiraciones y expiraciones rápidas.

Alexander suspiró y sopesó la reacción de Kataryna y las consecuencias que aquella catálisis podía acarrearles.

_Intenta relajarte, siéntate y hablaremos de esto_ dijo Alexander como voz relajada y persuasiva como si intentara razonar con un niño.

Kataryna lo observó con ojos fríos y escrutadores antes de acceder a su petición. Se sentó en la silla que ocupaba antes de que Alexander llegara.

_Voy a narrarte los hechos de lo que estoy al tanto, de muy buena fuente, por cierto_ dijo Alexander al tiempo que se sentaba frente a Kataryna y hacía los periódicos a un lado. _ Los colonos de Fram se preparaban para la celebración de una Vestavka[1] en el Club de Inmigrantes. El salón estaba decorado con colores azul y amarillo.

_Los colores de la bandera de Ucrania_ dijo Kataryna en un susurro, los colores de su bandera le traían recuerdos contradictorios, por un lado, añoranza y por otro el sentimiento de desazón y desdicha.

Alexander asintió en silencio antes de proseguir con su relato.

_Los colonos se sentían a gusto con la asunción de Stroessner a la presidencia a pesar de que había llegado al poder a través de un golpe de estado. Stroessner es descendiente de inmigrantes alemanes resientes en Itapúa después de todo. Por lo que los pobladores recibieron al comisario de la Policía Abraham Benítez como invitado especial aquella noche. Pero algunos de los colonos se sentían bajo vigilancia, pensaban que el comisario abría las correspondencias que provenían de Europa en busca de algo que les implicara con los comunistas.

_No entiendo porque el gobierno piensa que puede encontrar comunistas entre los colonos. Si salieron de Ucrania es justamente porque no estaban de acuerdo con el comunismo_ lo interrumpió Kataryna.

_Puede que tengas razón, pero no puedes poner las manos al fuego por todos los colonos. El gobierno cree que puede haber infiltrados_ repuso Alexander.

Kataryna lo atravesó con la mirada. Sus ojos centelleaban. Alexander se inquietó con lo que vio en su rostro, algo que no había estado allí antes: la profundidad oscura de una hendidura ignorada en los pastizales sudamericanos, una opacidad en la que no crecían las hierbas y en la que una caída sería larga hasta llegar al suelo.

Kataryna tenía un temperamento escondido, pensó Alexander, todos tenemos un temperamento escondido después de todo se dijo así mismo. Pero debía asegurarse de que aquel temperamento no aflorara en ella en los momentos menos oportunos. Algo muy dentro de él le decía que vendrían tiempos complicados y lo mejor sería agachar la cabeza y pasar desapercibidos.

_No todo el que parece inocente lo es, ni todo el que parece culpable resulta ser un infractor.

_No estoy de acuerdo_ insistió ella.

De pronto tuvo un pensamiento extraño y furioso: Alexander era un Ruso Blanco, un soldado del Zar, por lo tanto, era un enemigo de los soviéticos. Había peleado en la Guerra del Chaco y tal vez formaba parte del grupo anticomunista que había acusado a los colonos de ser espías soviéticos.

_ ¿Tienes tú algo que ver con lo que pasó? _ preguntó airada para luego golpear la mesa con el puño en un gesto perentorio.

Alexander intentó guardar la calma, no tenía caso que llegara a acalorarse y terminaran en medio de una discusión sin sentido. Negó con la cabeza, apoyada en su pecho.

_Si bien creo que habrá algún que otro simpatizante soviético entre los colonos, no estoy de acuerdo con que sean espías. Mucho de los colonos se subscribieron a las publicaciones soviéticas que les llegaban desde la Embajada en Buenos Aires, como único medio para recibir noticias de la patria y no precisamente porque crean en los medios propagandísticos. Otros solo son culpables de poseer libros de Gorki, Tolstoi o Dostoievski.

_ ¿De qué hablas? _ preguntó Kataryna perpleja.

_Durante la fiesta, los colonos cantaron el himno ucraniano y oyeron a Chaikovski. Algunos jóvenes hasta danzaron al son de las melodías rusas, pero al parecer esto no le causó ninguna gracia al comisario Benítez, cuyo pensamiento retrógrado era que los colonos debían olvidar sus raíces una vez que llegaban al país.

Alexander hizo una pausa, suspiró pesadamente y enseguida sintió una leve punzada en la base el estómago.

_Luego de la fiesta, el comisario empezó con las primeras detenciones_ continuó diciendo, haciendo caso omiso del leve malestar que acababa de sentir. Después de todo, no era nada comparado con las flechas ardientes que había sentido anteriormente_ alegaba que recibían publicaciones soviéticas y que eso era prueba de que eran comunistas. Durante la madrugada del día siguiente los colonos oyeron una serie de ráfagas de fusil automáticos, luego una serie de gritos desesperados. Entre setenta y ochenta militares armados tomaron la única calle del pueblo. Ingresaron a las casas a la fuerza revisándolo todo. Los soldados golpeaban con sus armas tanto a hombres como a mujeres, incluso algunos niños. Requisaron cualquier tipo de literatura que estuviera en ruso como prueba de que eran comunistas.

Kataryna lo oía estupefacta, con los ojos bien abiertos y los labios separados formando una “o”.

_Se por una fuente cercana que las supuestas pruebas eran nada más y nada menos que Math[2] de Máximo Gorki, Ucrainskii Kalendar[3] , Noródnaia[4] y otros títulos inocentes.

_Entonces ¿cómo puedes estar de acuerdo con lo que sucedió? _ preguntó Kataryna cada vez más indignada y perpleja.

_No estoy de acuerdo, pero no puedo hacer nada al respecto. No podemos exponernos a que piensen que estamos implicados.

Kataryna desvió la mirada hacia la ventana que tenía al lado como si quisiera evitar mirarlo a los ojos. Luego, se giró para mirarlo, mientras que con la palma de las manos se apartaba de la cara los mechones de cabello gris. Sus mejillas parecían rosas rojas que florecían sobre su pálida piel.

_No podemos darles la espalda a nuestros amigos, a nuestros paisanos_ dijo ella_ ¡no podemos cerrar los ojos ante esta injusticia!

Alexander intentó explicarse, pero ella agitó una mano con impaciencia y él comprendió que era mejor no interrumpirla y dejar que se desahogara.

Kataryna expuso con vehemencia sus pensamientos y razonamientos por espacio de varios minutos, mientras Alexander solo la miraba con una conmovedora expresión de perplejidad. Después de tantos años compartiendo sus vidas, jamás imaginó que Kataryna pudiera dejarse arrastrar con tanta pasión ante sus convicciones.

_No podemos correr riesgos, yo ya no soy joven y no tengo la misma fuerza de antes. Felipe es adulto y ya está haciendo su vida, pero Tina es aún muy pequeña. ¿Qué sería de ella si nos arrestaran? Debemos ser sensatos, no podemos ponernos en contra del gobierno.

_Hablaste de una fuente confiable. ¿de quién estabas hablando? _ preguntó ella con creciente curiosidad.

_El General Beliávev

Kataryna se mostró aún más sorprendida.

_Entre los agentes anticomunistas se encuentran varios ex militares del Zar. El general es el comandante. Me ofreció un puesto importante, pero me negué, le mentí diciendo que estaba enfermo y que debía hacerme una serie de tratamientos. En verdad es en lo último que quiero meterme, no voy a ayudar a reprimir a mi gente.

_No le mentiste_ dijo ella antes de que se hiciera entre ellos un silencio confuso y ligeramente ofendido.

Kataryna tenía que reconocer que Alexander tenía razón, no podían ir por allí enfrentándose al gobierno, no podían exponer sus ideas opositoras a los cuatro vientos y poner en peligro su libertad y su integridad física.

_Tengo un fuerte presentimiento_ dijo Alexander después de que notara que Kataryna se había sosegado un poco_ y no es bueno. Algo me dice que Stroessner será la perdición del país. Las cosas no pintan muy bien desde ahora, no quiero imaginarme siquiera de lo que será capaz más adelante.

Alexander no tenía idea de que su corazonada no estaba muy alejada de la realidad, sus presentimientos se avecinaban con pasos agigantados, pero no viviría lo suficiente para poder contemplarlos con horror y asco.


[1] Fiesta Comunitaria

[2] madre

[3] Almanaque ucraniano

[4] Historia Universal

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Historias Entrelazadas (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, enero de 1955.

I

Los interludios depresivos de Alexander estaban volviéndose cada vez más largos. Pero a pesar de esto, se las arreglaba para salir de ellos, aunque cada vez con más dificultad. Con el trascurrir de los años no habían mermado sus deseos de abrir aquella puerta que en sus sueños aparecía indefectiblemente cada noche, atormentándolo, dejándolo angustiado y atribulado. Había intentado hallar una forma de cruzar la puerta, pero aún no lo había conseguido.

En sus sueños, se dejaba flotar a la deriva a través de un túnel de oscuras paredes de arbustos verdes, sin imaginarse lo que hallaría al final en el otro extremo. Pero en todas las ocasiones llegaba hasta la puerta y sus muros de piedra. Lo arrullaba el dulce bordoneo de aquella voz que nunca olvidaría, le recordaba su objetivo, traspasar la puerta.

“Debo cruzar la puerta”, pensaba.

Se dijo que si lograba cruzar la puerta hallaría lo que más había anhelado durante toda su vida. Aquel proyecto bullía en su espíritu en el estado de vago ensueño.

Abrir la puerta, encontrar a la dueña de aquella voz.

Intentaba entonces, primero abrirla, estudiando cada milímetro de aquella mole de metal, intentando dilucidar algún mecanismo oculto que pudiera abrirla. Desde. Resignado de no hallarlo, intentaba escalar la muralla, pero todos sus intentos terminaban en estrepitosos fracasos.

Se resignaba entonces a que el tiempo le mostrara el camino hacia el otro lado de aquella puerta.

No hacía mucho tiempo, descubrió que algo había cambiado en aquellos sueños, algo pequeño, casi imperceptible, pero a la vez importante, una cerradura.

Había una llave, debía haber una llave, pensaba inmerso en aquellos sueños. Debía hallarla y abriría la puerta. Entonces se lanzaba en desesperadas búsquedas, entre los matorrales que rodeaban los muros, entre los árboles del bosque. Pero siempre terminaba con las manos vacías e inmerso en una inmensidad angustiosa.

Si había una llave, no tenía idea de cómo encontrarla. Entonces la emoción lo tomaba por sorpresa, una emoción tan vehemente e intensa que le hacía doler el pecho y lo obligaba a clavar las uñas en las palmas de las manos. Para Alexander todo aquello solo significaba un espantoso tormento mental que al parecer nunca llegaría a su fin.

La puerta que se hallaba rodeada por el sinuoso muro de pierdas, lo esperaría cada noche en sus sueños, hasta que descubriera como abrirla.

Todavía no creía realmente en Dios, al menos no en un ser supremos que planifica nuestras vidas y nos utiliza como si fuéramos peones en un juego de ajedrez para delegarnos tareas, a algunos simples a otros complejas, como si fuéramos soldados empeñados en ganar una guerra. La guerra de la vida. Pero tampoco creía que lo que le sucedía era producto del azar. Pensaba que los sucesos, las personas que conocía, con las que compartía, con la que había tenido algún tipo de relación, por más ínfima que fuera lo ayudaban a hilar y luego a entrelazar los más intrincados tejidos de su existencia. Y de alguna extraña manera tenía la certeza de que aquella puerta le llevaría hasta Tatiana. Ella era el hilo que lo sujetaba todo.

II

Unos golpes a la puerta obligaron a Alexander a levantarse de la cama golpe, lo que le provocó una punzada de dolor en la parte alta del abdomen que apenas advirtió, pero que estaba allí, asechándolo desde hace algún tiempo. Tenía molestias estomacales desde hace un par de meses. Al principio, era solo una opresión, que se trasformó en algo de dolor. Era evidente que había perdido algunos kilos, pero no le dio importancia. Por el contrario, se sentía a gusto con ello ya que con los kilos desapareció también su insipiente estómago.

Aquel día, los trastornos del estómago no sugirieron ser tan fatigosos, quizás porque sustituyó el café negro por un mate de anís. Pero notaba que se sentía algo más cansado que antes. Debía recostarse durante sus horas de descanso, antes de que Kataryna le sirviera el almuerzo. Se dijo que aquello se debía a que ya no era tan joven y que, con los años, la fatiga golpea a la puerta mucho más a menudo que cuando uno es joven.

Kataryna había insistido hasta el cansancio que fuera al médico, pero aún no tomaba la decisión de hacerlo. Pensaba que los malestares desaparecerían de un momento a otro, tal como habían aparecido.

Otro golpe, esta vez más insistente lo puso en movimiento. Tomó el pantalón que se hallaba sobre una silla y se vistió de prisa. Se abrochó la camisa mientras cruzaba el estrecho pasillo rumbo a la puerta.

Del otro lado de la puerta se hallaba el cartero cuya mirada de compasión fue todo lo que Alexander necesito para descubrir lo que debía saber. Por tercera vez, la carta que había escrito a sus hijos que vivían en Argentina había sido devuelta sin abrir.

El rostro del cartero mostró entonces conmoverse profundamente al observar el rostro atribulado y desilusionado de Alexander. Le entregó la carta sin mediar muchas palabras, después de todo ¿Qué se suponía que debía decirle para que se sintiera mejor? Luego se alejó por un sendero dibujado entre dos hileras rectas de árboles de mangos.

Alexander lo miró alejarse como si esperara que en cualquier momento recordara que tenía una carta de alguno de sus hijos para él, como de Iván, por ejemplo, girara sobre sus talones y regresara para entregársela. Pero el cartero se alejó sin siquiera mirar atrás.

Ivanov cerró la puerta poco después de que el cartero dejara de ser visible. Suspiró profundamente al tiempo que observaba la carta que tenía entre sus manos. Se acababa de dar por vencido, ya lo había intentado todo, incluso viajar hasta la hacienda en Oberá, pero como era de esperarse, no consiguió ver a ninguno de sus hijos. Ya todos estaban casados y habían abandonado la hacienda. Galina había rechazado verlo y se negó a darle información sobre sus hijos, que, dicho sea de paso, no deseaban relacionarse con él. Iván era el único de los hermanos que había buscado contacto con Alexander y su nueva familia, pero no había vuelto a saber nada de él desde que dejara Puerto Casado en un viaje de evangelización por toda Argentina.

Alexander empezó a pasearse por la cocina sacudiendo la carta contra su mano izquierda. Sintió una leve punzada y se llevó la mano libre al centro del estómago como para contener el dolor. Fue solo un segundo y luego la punzada desapareció de nuevo.

Kataryna observó a Alexander desde el resquicio de la puerta de su habitación y sintió pesar. Hacía meses que Alexander buscaba retomar algún tipo de relación con sus hijos mayores y al parecer no tendría suerte en aquella dificultosa empresa. Resolvió no tocar aquel tema espinoso con él y servirle el almuerzo. Caminó hacia la cocina y calentó la comida en silencio.

El Borsch con abundante carne y crema era el platillo preferido e Alexander, pero al verlo frente a él, pensó que su estómago no lo aceptaría muy bien. Pero de todas maneras lo comió para no desairar a Kataryna que lo había preparado especialmente para él. De un tiempo a esta parte ha tenido poco apetito incluso cuando el estómago no lo atormentaba.

Había comido apenas la mitad del plato cuando sintió un dolor creciente en el centro del estómago que extendía sus tentáculos hacia la izquierda y hacia la espalda. Empujó el plato hacia el centro de la mesa y Kataryna lo observó por unos segundos algo preocupada.

_ ¿Otra vez el estómago? _ preguntó con el ceño fruncido.

_Creo que he comido muy rápido_ mintió intentando esbozar una sonrisa.

Kataryna no dijo nada, pero retiró el plato de la mesa.

Cuando el dolor remitió un poco se puso de pie y fue a la salita por sus cosas. Tenía que dictar una clase en veinte minutos por lo que debía apresurarse. Se despidió de Kataryna y salió de la casa con pasos apremiantes. Caminó por el sendero por donde el cartero había pasado hacía poco más de media hora. Los árboles de mango estaban repletos de frutas y amenazaban con lanzarlas sobre cualquier transeúnte distraído como si de bombas se trataran. Todos los días a las seis de la mañana, un obrero de la escuela debía limpiar aquel sendero que amanecía cubierto con una alfombra de mangos amarillos, de lo contrario las moscas minaban el sendero buscando alimentarse y aparearse.

A Alexander aún le parecía increíble que tuvieran que tirar las frutas a los cerdos ya que nadie se detenía a comérselas. Cosas que solo se dan en esta parte del mundo, pensaba.

Otra punzaba lo azuzó por unos largos cinco segundos y luego lo abandonó de inmediato. El malestar que sufría desde hacía algún tiempo era soportable, y a estas alturas ya era casi un viejo amigo para él. Sintió otra punzada que quedó eclipsada por el golpe de un mango justo sobre su frente. Se le nubló momentáneamente la vista y unos puntos de colores parecieron bailar frente a él por unos segundos.

_ ¡Maldición! _ dijo cuando pudo recuperarse de la desagradable sorpresa. Se restregó la frente un par de veces y continuó caminado.

Dictó la clase entre obstinadas punzadas que parecían flechas ardientes, pero logró acabar la clase sin que ninguno de sus alumnos notara algo extraño. Todos los alumnos se retiraron con excepción de Matías que permaneció de pie junto a la mesa de Ivanov. Se lo veía serio e impaciente.

Alexander le preguntó en que podía ayudarlo.

Matías dejó sobre la mesa su cuaderno de anotaciones y empezó a interpelarlo con respecto a algunos conceptos que Ivanov había mencionado en la clase. Ivanov se inclinó sobre la mesa, al doblarse le aumentó la sensación de calor en el estómago. Situó ambas manos a los costados del cuaderno mientras lo leía. Sentía que le palpitaba toda la cintura, tuvo la sensación de haber ingerido brazas en vez del Borsch.

Por más que intentó suprimirlo, por más que intentó no darle importancia al malestar, Matías advirtió un leve gesto de dolor en su rostro.

_ ¿Se encuentra bien profesor? _ preguntó.

Alexander asintió con la cabeza y se irguió de nuevo. Diablos, incluso eso le dolió. Intentó darle una explicación rápida y concisa, para luego regresar a su casa lo más rápido que le permitían sus pies y el maldito dolor.

Cuando llegó a la casa se sentía un poco mejor, pero estaba cansado, de nuevo cansado. Pensó que tal vez se debía a que no había terminado su almuerzo, pero se preguntó si en verdad era eso o si intentaba minimizar lo que le estaba sucediendo.

Se tendió en la cama en posición fetal por unos minutos sopesando todas aquellas ideas, luego extendió las piernas e intentó levantarse. La flecha encendida volvió y prendió fuego en su interior. El sudor empezó a resbalar por su rostro.

Debía seguir la recomendación de Kataryna, debía ir a ver a un médico. Aquello no podía ser bueno, pero quizá no era del todo malo, de seguro se trataba de una ulcera y si era así, no se curaría por si sola, pensó.

El dolor fue remitiendo poco a poco hasta que solo fue un leve susurro. El cansancio lo venció y una niebla espesa empezó a cubrir lentamente su adormilada mente hasta que no quedó nada más que oscuridad.

 En la oscuridad emergió una luz clara y potente que lo cegaba por completo. Levantó una mano e hizo visera, arrugó la frente y encogió los ojos intentando protegerse de aquella intensa luz.

Lentamente, la luz pareció disminuir de intensidad como si alguien atrás de un reflector gira una perilla invisible.

Se sintió flotar, y aquello le produjo una sensación de exaltación. Cruzó el túnel de arbustos verdes y supo lo que hallaría al final. La puerta rodeada de la sinuosa muralla de pierdas.

Se detuvo frente a ella y una fuerza sobrenatural lo hizo descender hasta que sus pies descalzos alcanzaron el suelo. Aquella voz dulce y melodiosa que tanto amaba lo llamaba desde el otro lado de la puerta.

Su corazón se aceleró e intentó desesperadamente abrir la puerta. Pero como otras tantas veces, no pudo hacerlo. De pronto, la puerta que hasta ahora había sido de bronce, empezó a transformarse. ¡Podía ver a través de ella! La puerta parecía un enorme bloque de cristal trasparente en donde la luz del sol que se elevaba detrás de ella no la atravesaba, sino que se reflejaba en los colores del arcoíris, como si se tratara de un prisma.

De pronto, ya no solo oía aquella voz, sino que podía ver a quien pertenecía. ¡Podía verla a través de la puerta! Vio a Tatiana que caminaba lenta, parsimoniosamente. Se veía hermosa, sus ojos brillaban y su cobrizo pelo parecía flotar alrededor de su cabeza. La brisa atrapó el borde de su vestido verde esmeralda y la hizo ondular.

El corazón de Alexander dio un vuelco antes de latir con furia. Se acercó a la puerta y la golpeó con ambos puños en un desesperado intento por llamar la atención de ella. Gritó una y otra vez su nombre, pero Tatiana parecía no verlo ni oírlo.

La baronesa se arrodilló junto a las flores de un impresionante jardín de rosas, margaritas y claveles. Pareció vacilar por unos segundos como presintiendo la presencia de alguien del otro lado de la puerta, luego fijó de nuevo su atención en las flores. Tocó una rosa roja, dejó que las yemas de sus dedos se deslizaran lentamente sobre los pétalos.

El viento se deslizó suavemente entre los árboles que parecían arder detrás de ella. Una hoja revoloteó a través del cielo azul intenso y se posó distraídamente sobre su hombro.

Alexander no paraba de gritar y de golpear la puerta, hasta que Tatiana se puso de pie y empezó a alejarse.

Ivanov desesperado buscó una piedra e intentó romper el cristal en el que se había convertido la puerta. Golpeó con todas sus fuerzas, un hilillo de sangre le corría por entre los dedos. Sintió de pronto un dolor agudo en el estómago y soltó la piedra. La puerta de cristal desapareció, convirtiéndose de nuevo en el bronce de siempre.

Otro dolor como no había sentido hasta ese momento surgió atravesándolo desde el abdomen hasta el pecho. Alexander intentó sumergirse de nuevo por debajo del dolor y seguir en el sueño, pero la realidad tiró de él sin descanso hasta que por fin lo obligó a salir al exterior y a abrir los ojos. Buscó a tientas el reloj despertador de la mesilla de noche y vio que eran las tres de la mañana. Suspiró y pensó que no podría volver a dormirse. Observó a Kataryna dormida en el lado derecho de la cama, ajena a sus padecimientos.

Se incorporó con las piernas colgando al costado de la cama. Pensó en el sueño y reconoció los cambios que se habían producido en él. Sonrió al recordar a la Tatiana del sueño. Era la misma que había conocido cunado apenas era un adolescente, y de la que se había enamorado. Su corazón se estremeció, sintió de pronto que no faltaba mucho para que, al menos en sueños, pudiera abrir aquella puerta.

Se puso de pie, fue lentamente hasta la cocina, abrió una gaveta y extrajo tres pastillas de Geniol para el dolor. Se sirvió un poco de agua fresca del cántaro y se tragó las pastillas con un largo sorbo de agua. Luego se inclinó esperando comprobar si su estómago los aceptaba o los rechazaba. Al parecer esta vez su estómago no tiene ninguna objeción con retener las pastillas. Se planteó regresar a la cama, pero temió que la flecha encendida regresara cuando estuviera en posición horizontal. Decidió pasar el resto de la noche sentado en el sillón de la salita.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, Paraguay, invierno de 1954.

I

Llevaban viviendo en la Escuela de Agronomía poco más de un año. Felipe estudiaba electrónica y en sus tiempos libres se dedicaba a su primera pasión, la música. Alexander parecía encantado con su nuevo trabajo, tenía una inclinación natural hacia la docencia. Pensó que su vida hubiese trascurrido por un rumbo diferente si hubiera descubierto mucho antes la inmensa satisfacción que le proporcionaba.

A Kataryna también le gustaba la escuela. Llevaba una vida austera, pero sin sobresaltos. Se ocupaba de la casa, su propia huerta y un pequeño corral de animales. Valentina, con solo cuatro años, seguía siendo la luz que iluminaba sus días.

Kataryna no tenía muchos amigos, nunca se había caracterizado por ser una mujer muy sociable. Escogía con sumo cuidado en quien depositar su confianza. Esto no la hacía una persona desagradable, pero sus constantes sufrimientos la habían convertido en una persona precavida, observadora y analítica, cubierta por una dura coraza protectora.

El nuevo año lectivo había comenzado con un poco de retraso ese año, y los alumnos de primer año iniciarían sus rondas de vigilancia por las instalaciones de la Escuela en pocos días. Eran treinta jóvenes que pasaban de los dieciocho años. Jóvenes llenos de ímpetu y deseos de superación y desarrollo, no solo propio, sino tal vez lo que era mucho más importante, el del porvenir de su patria.

Uno de aquellos estudiantes llamó de inmediato la atención de Kataryna, no solo por su situación familiar sino también por su aspecto demacrado y enjuto. Presentaba vestigios de acné y no aparentaba más de quince años, aunque él jurase que tenía dieciocho. El joven, que respondía al nombre de Matías Alsina era delgado, de estatura baja. Siempre vestía con pantalones y camisas limpios y planchados, pero estos exhibían una extraordinaria colección de parches. Cabellos negros, cortos y peinados con una raya en el costado derecho. Sus rasgos finos y enfermizos no pasaban desapercibidos, pero se perdía cuando en su rostro simpático se dibujaba una sonrisa apacible. Sus ojos bordeados de largas pestañas eran negros y grandes. Su mirada cubierta siempre de una gruesa capa de inocencia. A veces, en su mirada se alternaban el brillo de la inteligencia y el entusiasmo con una expresión de preocupación e incertidumbre que Kataryna no alcanzaba a comprender.

Kataryna tenía cierta predilección por él, tal vez fuera por su difícil niñez. Provenía de una familia numerosa. Su padre los había abandonado y su madre tuvo que ocuparse de los niños sola. Matías se dedicó a la venta ambulante de chipa desde los seis años hasta que ingresó a la Escuela de Agronomía. A pesar de sus carencias, era un estudiante sobresaliente y prometedor. Dicen por ahí que el que haya superado necesidades y sufrimientos pone en evidencia una inteligencia insigne y un corazón generoso, y en el caso de Matías Alsina no había nada más cierto.

Kataryna se preguntaba si el chico podría con la carga que representaba las noches de guardia y las rondas a través de las trescientas hectáreas de la escuela, en especial durante los crudos inviernos y las noches de lluvia. Bueno, ya el tiempo lo diría, pensó.

II

Matías Alsina ensilló el manso caballo bayo que Kataryna le proporcionó. Montó con algo de dificultad. Sintió que sus piernas temblaban, pero pensó que se debía al frío. Le correspondía la vigilancia del lado sur de la Escuela. Un viento gélido soplaba desde el sureste, ajustó su desvaído abrigo antes de ponerse en marcha. Pasaría toda la noche haciendo guardia, cuidando que los amigos de lo ajeno no se robaran los animales de la granja. Nunca había poseído una salud envidiable, pero desde hace un par de meses atrás había empeorado. Sufría de ataques de epilepsia, pero se encargó muy bien de ocultárselo a las autoridades de la Institución. Esta era su oportunidad de cambiar su destino y el de su familia y no pensaba perderla con nimiedades como su débil salud.

Un estremecimiento febril le sacudió el cuerpo, pero no le prestó atención. Se dijo que se pasaría en cuanto se pusiera en movimiento. Empezó el recorrido con un suave trote del animal aguzando los ojos en busca de algún movimiento extraño. El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban frías en el firmamento. Pensó que aquella noche iba a helar y el abrigo que llevaba no sería suficiente para mantenerlo caliente. Pero no podía hacer nada al respecto, solo tenía aquel viejo y enorme abrigo que había pertenecido a su abuelo, el padre de su madre, quien había fallecido tres años atrás.

La cabeza le empezó a dar vueltas, sus ojos encendidos, y el rostro flaco y demacrado parecía el de un cadáver. El estremecimiento febril que sintió poco antes volvió a apoderarse de él. Exhaló profundamente y el vaho rodeó su rostro. Aquella sería una noche larga y fatigosa. Se resignó a ello mientras jalaba las riendas del caballo para que disminuyera la marcha. El animal avanzó con suaves pasos por los senderos que se internaban en los campos de pastoreo iluminados por una espectral luna blanca.

De pronto, las facciones del joven se alteraron como si estuviera a punto de sufrir una convulsión. Se tambaleó sobre su montura y estuvo a punto de caer al suelo. Se sujetó con fuerza del cuello del animal mientras intentaba acallar los latidos de su corazón y palidecía intensamente.

Desmontó con cuidado, pero sintió de pronto que sus piernas flaqueaban y que por su espalda corría un escalofrío. Durante un segundo, su corazón sufrió una especie de síncope empezando a latir con una violencia asombrosa. Se sujetó de las riendas para no caer. Su rostro se congestionó, parecía a punto de sufrir una apoplejía. El caballo emitió un suave relincho presintiendo que algo no estaba bien. Sacudió la cabeza como si intentara llamar la atención del joven.

Matías perdió por completo las fuerzas en las piernas, se tambaleó y cayó sentado en el frío suelo, pero no perdió el conocimiento. Se mantuvo en el suelo por varios minutos hasta que su rostro pálido y desencajado se coloreó de súbito. Aspiró con fuerza el aire frío de la noche como si estuviera estuvo a punto de ahogarse y alguien lo acabara de sacar de un profundo lago. El gélido aire le quemó los pulmones, pero pareció ayudarlo a recobrarse.

Se puso de pie despacio, y volvió a montar al bayo rogando para que no vuelva a sufrir otro ataque. Avanzó lentamente en la inmensidad del campo convenciéndose a sí mismo de que podía domar a la enfermedad, que podía domar al mundo entero si era necesario.

III

La fría tarde, se hacía patente en la fina garúa y el viento gélido que soplaba desde el sur. El cielo mostraba una espesa capa de nubes grises y compactas. No se vislumbraba un cambio inmediato de las adversas condiciones meteorológicas por el resto del día, e incluso de la noche. Valentina jugaba sentada en el piso de la cocina en donde su madre había adecuado una frazada de lana de oveja a modo de improvisada alfombra para que la niña se protegiera de la humedad y del frío. Sobre la frazada, una batería de ollas y sartenes se desperdigaban en forma desordenaba. Valentina los apilaba con habilidad y destreza hasta que la torre tambaleaba y caía con estruendoso estrépito. La niña mostraba una cara de cómica sorpresa antes de volver a iniciar el mimo procedimiento. De cuando en cuando, dejaba lo que estaba haciendo y corría hasta la ventana en donde había situado con bastante descuido una silla, subía a ella con agilidad y observaba el húmedo patio. Su madre le repetía que no podía salir porque seguía lloviendo, a lo que Tina fruncía el ceño al mismo tiempo que los labios en una expresión molesta, pero a la vez divertida. Luego bajaba de la silla, con sus cortas piernecitas regresaba corriendo con pequeños saltos hasta la batería de ollas y sartenes.

Kataryna zurcía un par de medias cuando la vio echarse de espaldas en la frazada. Las ollas la rodeaban como si se trataran de puestos de vigilancia de una importante ciudadela. Dejó la costura a un lado y se acercó a la niña. Tenía los ojos entrecerrados y los labios separados. El pelo fino y rubio como la luz de la luna le caía sobre la mejilla. Se acababa de quedar dormida.

Su madre le acomodó el mechón detrás de la pequeña oreja y procedió a levantarla en brazos. La llevó a su habitación y antes de tenderla en la cama, se aseguró de apartar un pequeño cuadro que enmarcaba una fotografía que la niña había dejado descuidada sobre la frazada a rayas de vivos colores. Arropó a Tina y le dio un beso en la frente. Kataryna observó la fotografía con cierta nostalgia. Aquella imagen era el único recuerdo que le quedaba de Puerto Casado. Se la habían tomado un par de días antes de dejar el pueblo. Tina se hallaba parada sobre una silla, llevaba un vestido largo y blanco como uno de esos vestidos que se usan en los bautismos. Su madre la sostenía de la mano, mientras que Felipe, vestido con pantalones cortos, camisa blanca y tirantes se ubicaba de pie junto a la niña. Alexander se erguía con desenvoltura y elegancia al lado de su hijo. Observaban con atención a la cámara que inmortalizaría aquel momento.

Recordó que se sintió al principio algo extraña, posando frente a una caja grande y negra. Era su primera fotografía al igual que para sus hijos. Alexander en cambio parecía cómodo y a la vez complacido. Desde luego, aquella no era su primera fotografía, pero si la primera vez desde que dejara Moscú.

Tina adoraba aquella fotografía, la observaba por largos espacios de tiempo como si se concentrara intentando resolver una complicada ecuación matemática. Luego señalaba a cada una de las personas de la fotografía diciendo sus nombres:

_ “Mama, Feipe, Papa, Tina” _ decía, luego se echaba a reír mientras batía palmas.

“Ipe” había dado paso a “Feipe”. Su hermano pensaba que en unos meses más la niña terminaría pronunciando su nombre correctamente.

Kataryna dejó la fotografía sobre la cómoda de la niña y salió de la habitación cerrando la puerta detrás de ella. Regresó a la cocina y se sentó a la mesa, y continuó zurciendo.

Cuando Tina despertó de un sueño placentero y relajante, llevaba el rostro sonrosado, casi febril. Tenía el pelo revuelto y los ojos soñolientos. Bajó de la cama sosteniéndose de la cabecera, suspendiendo los pies hasta tocar el suelo. Llevaba los pies descalzos, y el frío piso la hizo estremecer. Se pasó una manito por los ojos intentando desprenderse del leve letargo que la envolvía. Levantó la mirada hacia la cómoda y observó la fotografía que descansaba peligrosamente en el borde del mueble, como un objeto que se encuentra suspendido en lo alto de un precipicio y amenaza con caer.

_Foto_ dijo la niña y aquello pareció terminar de despertarla.

Se acercó a la cómoda y se puso de puntilla alargando uno de sus brazos con la manito extendida. Intentó alcanzar el objeto, pero sus dedos apenas lo rozaron. Pareció frustrada y molesta, pero no se dio por vencida. Giró sobre sus talones y recorrió la habitación con ojitos inquietos como si buscara algo. Al parecer lo halló porque sus ojos se iluminaron en un segundo. Se acercó con rapidez hasta una silleta y la arrastró hasta la cómoda. Situó el pie derecho sobre el mueble al tiempo que se sujetaba al tirador de uno de los cajones. Apoyó todo su peso sobre el pie derecho e intentó elevarse, pero con el rabillo del ojo observó algo que se acercaba a ella.

Dirigió su atención al objeto peludo y negro que se movía hacia ella. Al principio se sintió extrañada e interesada. Descendió el pie derecho al suelo lo estudió con atención. Tenía el cuerpo de color marrón claro cubierto por completo de pelos, y un escudo dorsal de color cobrizo. Sus ocho patas eran de color marrón oscuro y unos anillos amarillos los rodeaban. Abrió los ojos como platos, y como respuesta ocho ojos le devolvieron la mirada.

El cuerpo de la araña pollito[1], así era como los lugareños la llamaban, medía poco menos de diez centímetros, sus patas alcanzaban los veinte centímetros y se acercaba peligrosamente a la niña.

Tina intentó gritar, pero el grito quedó atascado en su garganta. Estaba aterrorizada. Las lágrimas se acumularon en sus ojos de inmediato y rodaron por sus mejillas, pero su garganta se negaba a emitir sonido alguno. Retrocedió un paso al tiempo que el visitante indeseable avanzó con acelerados movimientos de sus patas que parecían soldados marchando en el frente de batalla. La niña retrocedió dos pasos más y otros dos hasta que se topó con la cama. La araña movió las patas con espeluznante rapidez y la niña se vio obligada a redirigir su escape. Siguió retrocediendo hasta que esta vez se topó con la pared a su espalda. La araña la arrinconó al tiempo que se acercaba a ella. Cuando estuvo a escasos pasos se levantó sobre sus patas traseras, blandiendo las extremidades delanteras, enseñando sus colmillos en actitud amenazante.

La respiración de Tina se había vuelto rápida y entrecortada. Un sonido débil y sibilante escapó de su garganta. Se había quedado petrificada si oportunidad de huir o presentar batalla. Gotas de lágrimas le colgaban de la barbilla como si fueran sudor después de un día extenuante de trabajo.

La puerta se abrió de pronto y Kataryna observó con pavorosa turbación aquella escena salida de las peores pesadillas. Se apresuró a rescatar a su hija que parecía al borde del colapso. Intentó aplastar al gigantesco arácnido, pero se percató de que su cuerpo era fuerte y sólido como si estuviera provisto de algún tipo de esqueleto, aunque sabía que aquella idea era descabellada. Comprimió el enorme cuerpo con más fuerza hasta que oyó un sonido sordo. Podría haber jurado que sonaba como huesos al romperse. Pisoteó el cuerpo una y otra vez hasta que quedó satisfecha. Enseguida se acercó a la niña y la levantó en brazos. La estrechó contra su cuerpo y percibió los estremecimientos de su cuerpo. Tina la rodeó del cuello con los brazos y finamente se echó a llorar.

Era extraño como ciertas situaciones o algunos episodios que a algunos podría parecerles poco peculiares, terminaban marcando de forma permanente e irremediable a otros.  Aquel episodio terrorífico sería una de las marcas que quedaría en la memoria de Tina hasta el último de sus días.

IV

La luminosidad del cielo comenzaba a desvanecerse, amenazadas por nubes negras y púrpuras que avanzaban desde el sureste. Los relámpagos se veían aún muy lejanos, pero Kataryna estaba segura de que no tardarían en acercarse. Las nubes alcanzaron el débil sol de agosto y lo ocultaron. La temperatura comenzó a descender de inmediato. Aquello presagiaba una de las últimas tormentas de invierno y el panorama no se veía alentador.

Kataryna salió de la casa, ya soplaba una brisa persistente y sintió el frío que anunciaba la inminente lluvia. Empezó a recoger la ropa que había dejado en el tendedero cuando sonó el primer trueno seguido de un luminoso relámpago que se reflejó en el techo de aluminio del gallinero y lo hizo brillar como un bracero. Se apresuró a recoger lo que quedaba de la ropa depositándola dentro de una latona y cuando tomó la última prenda se oyó otro trueno. Kataryna miró hacia arriba y vio que las nubes se extendían sobre la porción de cielo que cubría los galpones de la escuela. Los relámpagos que descendían le recordaron las horquillas con las que sujetaba su pelo.

Regresó a la casa con la pila de ropa sin doblar y antes de cerrar la puerta con un pie volvió a echar un vistazo al cielo cubierto por nubarrones negros, pero no tenebrosos. Lo que parecía tenebroso, era el cielo amarillo mortecino al este.

 Depositó la ropa sobre el sillón de la pequeña sala y se llevó la latona al depósito de la cocina.

_ ¿Mama? _ oyó a su espalda, era Tina que la miraba desde hueco de la puerta de su habitación con ojitos asustados.

_Va a llover, eso es todo_ dijo su madre con una sonrisa tranquilizadora.

La niña se restregó los ojos un par de veces antes de acercarse a su madre.

Se oyó otro trueno, aún al sureste, pero cada vez más cercano. El relámpago pareció atravesar las nubes negras como un grafio. La niña se sobresaltó. Kataryna le acarició la cabeza. Luego, se dispuso a doblar la ropa.

En poco menos de una hora, llegarían los tres estudiantes de turno y debía entregarles los caballos para la ronda. Aquella noche sería larga, desagradable y bastante húmeda para los jóvenes.

Hizo una pausa, dejó la prenda que tenía en la mano sobre el sillón y se pasó lentamente una mano por la frente, como si quisiera aliviar un insipiente dolor de cabeza.

Un trueno, esta vez más cercano la hizo estremecer. A pesar de que había logrado controlar con bastante éxito su fobia a las tormentas, aún no le agradaban y estaba segura de que nunca le agradarían. Terminó de doblar la ropa y notó que la luz se desvanecía deprisa y se recordó que si empezaba a llover debía asegurar las ventanas.

Fue hasta la cocina, tomó la plancha de hierro, abrió la puerta y las bisagras emitieron una sorda queja. La llenó con brazas incandescentes, cerró la puerta y le echó el cerrojo. Depositó la plancha sobre una base metálica y fue en busca de la ropa.

Se oyó otro trueno y Tina se apretó contra la pierna de su madre impidiéndole caminar. Kataryna sostenía entre sus brazos la pila de ropa doblada.

_Deja que ponga esto sobre la mesa_ dijo observando a la niña que la miraba con ojos preocupados.

Tina la dejó ir, pero la siguió muy de cerca. Kataryna depositó la ropa sobre la mesa y se arrodilló frente a la niña.

_ ¿Por qué tiene que hacer tanto ruido? Me asusta_ dijo la niña, no lloraba, pero su voz sonaba temerosa y ahogada.

_No tengas miedo, es solo lluvia. Al cielo le gusta hacer mucho ruido para anunciar que está por llegar la lluvia, para que todos entren a sus casas y no se mojen.

Tina exhaló un suspiró sonoro antes de asentir con la cabeza. Se oyó otro trueno tan poderoso y cercano que Tina se sacudió, pero no se quejó.

_ ¿Por qué no me pasas la ropa mientras yo la plancho?

Tina volvió a asentir, su rostro estaba pálido y atemorizado, pero hizo lo que le pedía su madre. Tomó una de las camisas de su padre y se la entregó a su madre.

Sobre la mesa se hallaba preparada una improvisada tabla de planchar confeccionada con una frazada cubierta por un lienzo blanco y pulcro. Kataryna situó la prenda sobre ella y procedió a plancharla con sumo cuidado. No podía quedar una sola arruga en la camisa que Alexander usaría al dictar sus clases en la Escuela.

Y entonces sonó otro trueno, el más fuerte hasta entonces, tanto que Valentina gritó asustada. Las primeras gotas de lluvia cayeron sobre el techo de la casa, sonando como cartuchos de balas.

_No te asustes_ dijo Kataryna al tiempo que intentaba sonreír confiada.

Kataryna terminó de planchar la camisa, la dobló y la depositó a un lado. Dirigió su mirada a la niña quien comprendió de inmediato y le acercó una nueva prenda a su madre.

Nuevas gotas de lluvia, esta vez más gruesas comenzaron a caer contra los cristales de las ventanas. Un relámpago muy cercano tiñó momentáneamente el cielo de un tétrico color violeta, le siguió un trueno semejante a una descarga de cañón, el viento comenzó a azotar las ventanas.

Oyó un par de golpes en la puerta. Dejó la plancha sobre la base metálica y se dirigió a abrir. Del otro lado, algo empapados se hallan los tres estudiantes dispuestos a iniciar la guardia, entre ellos Matías Alsina que en la penumbra parecía mucho más enfermo que de costumbre. Kataryna dispuso el caballo bayo para Matías y dos ardientes caballos pardos para los otros estudiantes.

_Será mejor que ustedes mismos vayan al establo a sacarlos_ ordenó_ no puedo dejar sola a la niña.

Los tres estudiantes asintieron y se alejaron de inmediato rumbo al establo mientras Kataryna regresaba a sus quehaceres aguardando que la tormenta pasara de largo y se dirigiera a otro lugar a causar estragos.

V

Los tres estudiantes montaron sus respectivos caballos y se despidieron con un gesto de sus manos antes de dirigirse a sus puntos de vigilancia mientras Kataryna los observaba desde el umbral de la puerta.

Matías suspiró profundamente rogándole a dios y a todos los santos para que lo guardasen en aquella noche que presagiaba ser larga e incómoda. Oyó un trueno pavoroso y sintió las gotas de lluvia que le golpeaban con fuerza en el rostro y el cuello. Apremió a su caballo con los talones mientras destellaban los relámpagos y rugían los truenos.

 En poco menos de un minuto, la lluvia se deslizaba por su pálido rostro como lágrimas exageradas en alguna obra dramática. Sus labios completamente blancos, temblaban ligeramente. Sus negros cabellos estaban en desorden y mojados. Su cuello ceñido por una bufanda que su madre le había tejido parecía tirar de él obligándole a arquear levemente la espalda para mantener el equilibrio y la noche apenas se iniciaba.

Un relámpago dibujó una línea zigzagueante en el cielo, como una grieta brillante en una cueva profunda, a continuación, se oyó un trueno.

 La lluvia era tan intensa que había formado un manto de niebla que no le permitía ver hacia donde se dirigía. Se oyó un trueno hacia el este y se levantó un viento fuerte, azotando con violencia la lluvia contra su rostro. Su corazón latía con fuerza y sintió de pronto que le faltaba el aire.

_No por favor, Dios mío, no dejes que me dé un ataque ahora_ suplicó en voz alta, pero apenas audible por encima del tumulto de la lluvia.

En ese instante, una larga alabarda de electricidad atravesó el cielo y cayó a tierra junto con la lluvia sobresaltando de tal manera al caballo. Relinchó y sacudió a su jinete que se tambaleó por un segundo. Sostuvo con fuerza las riendas al tiempo que otro trueno ensordecedor sofocaba su grito.

Debía desmontar, buscar un lugar medianamente seguro alejado de los árboles, amarrar al caballo a alguna rama para evitar que escapara. Pero estaba a mitad del bosque y aquel era el sitio más peligroso de todos. Los grandes árboles se sacudían con fuerza sobre su cabeza al compás de aquella danza ensordecedora.

Esta vez sonó otro trueno lo bastante fuerte como para hacerlo estremecer y contener el aliento. El tamborileo de la lluvia sobre su cabeza sonaba tan fuerte en los oídos de Matías, le recordó a infinidad de dardos clavándose en una diana.

Desmontó del caballo, caminó a través del bosque con las riendas en la mano, seguido del temeroso caballo. Un fulgor blanco amarillento iluminó el oscuro cielo. Antes de que el resplandor comenzara a desvanecerse, un trueno desgarró el cielo, tan fuerte que sonó a una explosión. El caballo relinchó y se alzó sobre sus patas traseras, obligando a Matías a soltar las riendas. El caballo corrió asustado dejándolo completamente solo y desprotegido. Su corazón latía desbocado como el caballo que acababa de abandonarlo. Vio una nube de puntos blancos que flotaban delante de sus ojos y tuvo la certeza de que estaba a punto de desmayarse. Tras un instante de estupefacto y vertiginoso desconcierto cayó al suelo empapado de espaldas.

El cielo enmudeció por unos segundos y luego emitió un estruendoso retumbo. Como si aquel trueno hubiese sido una señal, Matías abrió los ojos de par en par, arqueó la espalda, emitió un largo sonido gutural, se mordió la lengua y comenzó a temblar de pies a cabeza. Su torso se elevaba y luego caía, al tiempo que sus nalgas apretaban y se relajaban. Las manos le temblaban nerviosamente a los costados de su cuerpo. Una lágrima se le escurría del ojo derecho y por su apelmazada patilla. Sus pies sonaban como matracas contra el suelo. Matías sacudió la cabeza golpeándola con fuerza contra el suelo. De uno de sus orificios nasales salía un hilillo de sangre tan fino como un hilo de seda que de inmediato se mezcló con la lluvia que caía sobre su rostro. Segundos después, emitió una especie de chillido susurrante, se sacudió un par de veces más y luego permaneció inmóvil. Sonó otro trueno, esta vez más débil como si la tormenta al fin decidiera alejarse.

VI

Kataryna se sobresaltó al oír el relincho de un caballo y un galope desesperado. Se acercó a la ventana y vislumbró el desdibujado perfil del caballo que le había asignado a Matías. Desde luego, no había rastros del jinete. Supo de inmediato que algo malo le había sucedido al muchacho.

Estaba sola con la niña, y no tenía forma de advertir a alguien más de lo sucedido. Se apresuró a la habitación de la Tina quien al fin dormía tranquila, la arropó y depositó un beso en su frente esperando que la niña no se despertara o sufriera alguno de sus episodios de sonambulismo. Debía buscar al chico, algo muy dentro de ella le repetía que se hallaba en peligro.

Oyó el ruido de los truenos retirándose hacia el este, lo que le resultó un alivio. Vistió su abrigo, tomó una frazada del ropero y una lámpara a keroseno del armario. Salió de la casa y encontró al caballo de Matías apostado en el establo en su lugar habitual. El animal estaba cansado, empapado y asustado. Tomó otro caballo más fresco, lo montó a pelo, no tenía tiempo que perder. Se dirigió al galope en dirección al puesto de vigilancia del chico. El aire parecía acariciar con sus dedos gélidos el rostro de Kataryna.

Las nubes empezaban a disiparse y se disputaban el cielo con las palpitantes estrellas. El viento soplaba su gélido aliento, pero la lluvia había amainado. Las gotas de lluvia caían de las hojas de los árboles mientras se preguntaba que le había ocurrido al chico.

Unos minutos después percibió una silueta tendida en el suelo. Levantó la lámpara frente a ella, su corazón dio un salto y luego latió desbocado. Pensó que el chico estaba muerto y se precipitó al suelo. Se arrodilló junto a él y pudo comprobar que respiraba con rápidos y violentos resuellos. A la luz de la lámpara, su cara tenía una palidez pavorosa y Kataryna pensó que no aparentaba más de diez años.

_ ¡Matías! _ dijo al tiempo que lo sacudía de los hombros.

El chico abrió los ojos con dificultad e intentó enfocar la vista. Al parecer no tenía idea de donde estaba o lo que había acontecido.

_ ¿Qué sucedió? _ preguntó aturdido mientras se llevaba una mano a la frente.

_Eso mismo iba a preguntarte_ respondió Kataryna al tiempo que lo ayudaba a incorporarse.

El chico se levantó como si se tratara de un viejo muñeco a cuerdas con los engranajes oxidados. Permaneció sentado en el lodoso suelo por unos minutos con la mirada perpleja y turbada. Respiraba con profundos e irregulares resuellos que no sonaban tranquilizadores a los oídos de Kataryna. Pensó que en cualquier momento podía dejar de respirar.

Poco a poco, la claridad se impuso sobre la neblina que cubría su mente y recordó lo que había sucedido. Un ataque eso fue lo que le sucedió, pero no podía decirle eso a ella. Su cara seguía pálida como el papel y sus ojos brillaban ahora de miedo. Miedo a que lo obligaran a dejar la escuela y sus sueños de superación.

Se sentía intimidado y avergonzado, pero debía cuidarse de demostrar cualquiera de aquellas emociones frente a la mujer del profesor Ivanov.

_ ¿No recordás nada de lo que pasó? _ preguntó Kataryna con la mirada inquisitiva y visiblemente consternada.

_Creo que el caballo se encabritó y me tiró al suelo_ dijo en tono tranquilo que desmentía la extrema palidez de su rostro.

Kataryna supo de inmediato que había algo más, pero pensó que no era momento de insistir. Lo asistió para ponerse de pie y lo rodeó con la frazada. Se inclinó, cruzó los dedos de sus manos con las palmas hacia arriba para ayudarlo a montar. Matías logró subir al caballo con cierta dificultad, por un momento pensó que terminaría de nuevo en el piso.

_ ¿Cómo subirá usted? _ preguntó Matías.

_No te preocupes voy a regresar caminado_ respondió Kataryna, sujetó las riendas con una mano y la lámpara con la otra e inició el regreso.

Cuando estuvieron en la casa, Kataryna suspiró aliviada al ver a la niña durmiendo sosegadamente. Buscó en la cómoda de Alexander algo de ropa para el chico y lo dejó solo en la habitación que compartía con su esposo para que se cambiara. Unos minutos después, Matías regresó a la cocina y al verlo Kataryna no pudo evitar sonreír. Se veía bastante cómico dentro de las prendas de Alexander, dos o tal vez tres tallas más de las que el chico necesitaba.

La casa estaba iluminada solamente por la lámpara a queroseno y un par de velas ubicadas sobre una mesita de madera a un costado de la salita.

_Sentate_ le ordenó_ necesitás comer algo y entrar en calor.

El muchacho obedeció con la mirada gacha como si se tratara de una mascota obedeciendo las ordenes de su amo.

Kataryna puso frente a él un plato de una humeante sopa que le hizo a Matías agua la boca. Tenía hambre, frío y estaba cansado. Apuró la sopa después de agradecer a la mujer que probablemente le acababa de salvar la vida.

Kataryna lo observó con detenimiento, sus facciones, desfiguradas por una extraña sonrisa, expresaban la más dolorosa desesperación.

_Mientras que comés, ¿por qué no me contás lo que sucedió en realidad? _ preguntó Kataryna.

Matías dejó la cuchara suspendida a medio camino hacia su boca y luego volvió a depositarla dentro del plato.

_Lo que le conté es exactamente lo que pasó_ contestó el chico. Kataryna pensó que respondía con una excesiva precaución en la voz.

_Matías, quiero ayudarte, pero no puedo hacerlo si no me decís la verdad_ insistió.

El muchacho desvió la mirada hacia la ventana que se hallaba a escasos centímetros de él, como si buscara alguna salida al problema en el que estaba metido. La lánguida luz de una farola iluminaba tenuemente una tela de araña que se extendía a lo largo del marco y unas gotas colgaban de los hilos como pequeñas piedras preciosas y temblorosas.

El muchacho se perdió en sus pensamientos, intentando encontrar una salida, intentando hallar una respuesta que dejara satisfecha a aquella mujer que lo había rescatado. Jamás podría haber regresado a pie hasta el establo del profesor en aquellas condiciones. El frío y la lluvia habrían influido quizás a que le sobreviniera otro ataque que podría haber sido fatal.

La tela de araña de la ventana tembló, dejando escapar minúsculas gotitas de agua.

_ ¿Matías?

El aludido fijó la mirada en Kataryna por primera vez desde que habían regresado y ella pudo ver con claridad lo asustado que estaba. Sonó un trueno muy muy lejano y una lechuza emitió su aletargado ululato.

Matías bajó de nuevo la mirada, por unos segundos pareció sopesar lo que diría, suspiró y empezó a hablar.

_Sufro de epilepsia_ dijo el muchacho, su voz sonó débil y apagada_ tuve un ataque allá afuera_ continuó_ si la dirección de la escuela se entera de esto me echarán a la calle.

Mientras hablaba parecía contemplar fijamente sus manos entrelazadas, pero luego volvió a alzar los ojos y la miró con una mezcla de aprensión y desesperación.

Kataryna no olvidaría nunca sus facciones pálidas como esculpidas en piedra. Se mostró consternada pero no sorprendida. Desde que conoció al chico pensó que tenía un aspecto enfermizo y débil, aquello solo confirmaba sus suposiciones iniciales.

_Doña Kataryna, por favor_ dijo con ojos suplicantes_ le prometo que no volverá a suceder, no puedo perder una oportunidad como esta.

_Matías esto ha sido una advertencia, no podés subir a un caballo y salir a las rondas solo. La próxima vez puede ser fatal.

_No habrá próxima vez_ contestó el chico cada vez más angustiado.

_Matías, esto no es algo que podés controlar.

El chico parecía completamente descorazonado, a punto de lanzarse a llorar como un niño pequeño.

Durante un momento Kataryna contempló aquel rostro sumamente expresivo y agónico, sopesando complejas e intrincadas formas de poder ayudarlo, hasta que una simple y factible idea le atravesó la mente con la velocidad de un rayo.

_No voy a decir nada sobre este incidente, pero vas a dejar de hacer rondas.

Matías la observó más perplejo que nunca. ¿Cómo se suponía que dejaría de hacer las rondas, sin que nadie se enterara?

_Yo voy a hacerlas por vos_ dijo ella respondiendo a su pregunta no formulada.

_ ¿Qué? _ preguntó incrédulo.

_Si, voy a hacer las rondas por vos.

El rostro de Matías se iluminó por completo, sus ojos brillaron con un halo de esperanza. Su rostro, hasta hace unos segundos, pálido, tomó un tono sorpresivamente rosado.

_Pero ¿Qué dirá el profesor Ivanov de todo esto? _ preguntó algo inquieto por las repercusiones que todo aquello podría causar.

 _No te preocupes, yo me encargo de él_ contestó ella con una sonrisa.

_No tiene idea de lo que esto significa para mí_ dijo Matías con una amplia y agradecida sonrisa, al tiempo que se ponía de pie_ Doña Kataryna no sé si algún día podré pagarle lo que está haciendo por mí.

_No busco que me pagues Matías, solo quiero que puedas estudiar. Te has esforzado mucho para llegar hasta aquí y no sería justo que tuvieras que renunciar a todo porque no puedes hacer rondas nocturnas.

_ ¡Gracias Doña Kataryna! No tengo palabras para expresarle lo que esto significa para mí. Le juro que voy a aprovechar esta oportunidad_ dijo besando su dedo índice en señal de compromiso.

_Sé que vas a hacerlo_ contestó ella_ ahora termina tu sopa mientras yo preparo el sillón para que duermas.

_Pero si el profesor me encuentra aquí se preguntará que me sucedió y tendré que decirle todo_ contestó mientras una neblina de incertidumbre cubría sus ojos.

_El profesor no vendrá a dormir esta noche. Está en Hernandarias haciendo unos trabajos para la Escuela, regresa en dos días.

Matías parecía más tranquilo y un poco más optimista.

Kataryna buscó unas sábanas, una almohada y una frazada. Preparó la improvisada cama y esperó a que Matías terminara de comer. El muchacho se deshizo en agradecimientos una vez más antes de tenderse en el sillón y abrigarse con la frazada. El espíritu de Matías se fue relajando poco a poco y finalmente, cayó en una especie de letargo adormecedor.

Kataryna lo dejó solo poco después y se dirigió a su habitación. Había sido una noche larga, húmeda y agobiante. Se tendió en su propia casa y observó el techo suspirando en la penumbra de la noche. Pensó que la vida de las personas se hallaba intrincadamente ligadas de extrañas maneras y se peguntó sí aquella decisión de ayudar al chico acarrearían consecuencias importantes en el futuro. Se respondió que sí, ayudar a la gente siempre acarrea consecuencias importantes y positivas. Le había sucedido a ella más de una vez. Recordó su huida de Ucrania, a Dimitry Petrov, a Adek Kostchy el polaco que a pesar de su desagradable carácter había contribuido a que su familia llegara hasta Bremen. Recordó a la mujer que les había hospedado en la destartalada cabaña en donde pasaron el invierno. Recordó a Alexander que los había recogido del hotel de inmigrantes y les había dado trabajo. Suspiró, se removió en la cama y recordó a su pequeña Daryna y su terrible muerte. Pensó de nuevo en Alexander, y la vida que le ofreció, tal vez no haya sido perfecta, pero le dio una nueva oportunidad, dos hijos y una historia que a pesar de su altos y bajos era algo memorable de recordar. Pensó que con aquella simple acción contribuiría con un granito de arena para forjar el futuro que el chico necesitaba desesperadamente construir. Volvió a suspirar, se dijo a si misma que solo el tiempo se lo diría.


[1] Tipo de tarántula sudamericana.

Destacada

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Asunción, 4 de mayo de 1954

I

Alexander dejó el Lido bar poco antes de la ocho de la noche y se dirigió hacia la estación del tranvía ubicado a pocos pasos de la Plaza Uruguaya. Con las manos embutidas en los bolsillos de su pantalón caminó sin prisa. El tranvía saldría en poco más de cuarenta minutos. El cielo estaba estrellado y la luna menguante le recordó a la sonrisa del gato Cheshire. Su madre le había regalado el libro con ilustraciones cuando apenas había aprendido a leer. Tal vez Alicia, en cierta forma le había servido de inspiración, deseando conocer exóticos lugares y personajes fantásticos. Observaba maravillado las ilustraciones de las grandes aventuras de la niña. Pensó que, en cierta forma, aquel libro había modelado su vida. Vivía en un país exótico después de todo.

A un lado el Panteón Nacional de los Héroes había una tarima de teatro sostenida por tubos metálicos algo oxidados. A su alrededor, el suelo estaba cubierto de basura. La brisa otoñal barría los envoltorios rotos y los papeles en tal cantidad que en algunos lugares la tierra estaba completamente cubierta. Al parecer, hubo alguna especie de celebración, y como era costumbre, una costumbre que Alexander detestaba, por cierto, olvidaron limpiar la vereda y la calle luego de los festejos. A su espalda y sobre su cabeza, la luz mortecina de un farol confería a la calle una sensación nefasta y de abandono, que por un segundo sintió que un escalofrío le recorría la espalda, como si su subconsciente intentara darle una advertencia.

En la esquina, a su izquierda se levantaba el antiguo edificio de la Farmacia Catedral. Le dolía la cabeza y le hubiese gustado poder detenerse y comprar un Geniol[1], pero la farmacia estaba cerrada.  Sacó una mano del bolsillo y le la llevó a la frente. Apretó un par de veces, masajeando la arrugada piel como si intentara paliar el dolor de aquella forma y siguió avanzando.

No había mucha gente caminando por la calle, a pesar de que aún era temprano. Observó una pareja a pocos metros delante de él, que caminaba abrazados. Un hombre bastante obeso al otro lado de la calle y oyó las risas de unos jóvenes unos metros detrás.

La pareja se detuvo unos segundos después y cuando Alexander pasó junto a ellos, pudo observar a la mujer de unos veinte o veinticinco años, de tes blanca y labios rojos sonreírle a su acompañante mientras este se apoyaba una rodilla en el suelo y se amarraba uno de los zapatos. Alexander no pudo evitar recordar a Tatiana, aún la extrañaba, aún deseaba volver a verla como el primer día después de su muerte.

Cuando se internaba en lo más profundo de sus sueños, aún flotaba hasta aquella puerta de bronce rodeada de un elevado muro de piedras. Cada vez que llegaba hasta ella, intentaba hallar alguna manera de abrirla, pero después de tantos años, no encontraba como hacerlo. Intentó escalar la muralla muchas veces, y cuando pensaba que estaba a punto de lograrlo, resbalaba y caía al suelo, otras veces simplemente despertaba cuando faltaban centímetros para llegar a la cima. Pero a pesar de todo, no se daba por vencido, sabía que algún día lo lograría, que cruzaría esa puerta y hallaría a Tatiana esperándolo, como había prometido.

Suspiró, sus ojos brillaron en la penumbra de la noche y una sonrisa triste se dibujó en sus labios. Fijó su atención en la calle, avistó la estación a poco más de cien metros frente a él. Un potente rectángulo de luz iluminaba el suelo, como el reflector de una obra de teatro. Era el faro de uno de los tranvías que acababa de llegar a la estación, que lo obligó a entrecerrar los ojos para evitar que la luz le lastimara la vista.

De pronto, oyó fuertes traqueteos, el suelo parecía vibrar bajo el peso de pesados camiones. Alexander se detuvo, los estremecimientos provenían de algún lugar detrás de su espalda. Giró sobre sus talones con ojos alarmados. La pareja que había dejado atrás también aguardaba con expresión asustada y expectante. Un gran contingente de camiones, carros de asalto y soldados avanzaron por la Calle Palma, tomando varios puntos neurálgicos del centro de la ciudad. Los soldados gritaban a los pocos transeúntes que se resguardaran en sus casas. El contingente se dirigió hacia el norte. La pareja corrió despavorida hacia el lado opuesto. Los jóvenes que pocos segundos antes estaban en un estado de desmedida alegría se habían quedado mudos y observaban todo con ojos perplejos. El hombre obeso se dirigió a la estación con pasos presurosos. A Alexander le causo gracia su forma cómica de mover las piernas, como la de los payasos en la arena de un circo.

Alexander corrió en dirección a la bahía siguiendo una calle paralela por la que avanzaba el contingente. No fue consciente del momento en que tomó aquella decisión, pero en cuestión de minutos oyó primero un zumbido agudo seguido de una fuerte explosión que sacudió los edificios a su alrededor como si se trataran de construcciones de cartón sacudidas por el viento. La sacudida lo obligó a tenderse boca abajo en el suelo. Su rostro estaba pálido y desencajado, los labios entreabiertos y los ojos desorbitados.

Se preguntó qué diablos estaba pasando, y como si un rayo le hubiera pegado en la cabeza comprendió que se trataba de un golpe de estado. Estaban atacando la Comandancia de la Policía Nacional. Al parecer, las tensiones políticas entre el gobierno y el Partido Colorado habían llegado al punto más álgido.

 Se arrastró lentamente sobre sus codos y sus rodillas hasta alcanzar la esquina. Observó con denodado asombro a decenas de soldados atacar las instalaciones policiales a punta de disparos. Permaneció tendido boca abajo por unos instantes, mudo de estupefacción y pálido como un muerto, intentando dilucidar como saldría de aquel embrollo. Tenía la boca seca, el pulso acelerado en el pecho y los oídos le sonaban como si alguien corriera sobre una alfombra. Oyó el tableteo de varias metralletas y el olor a pólvora quemada llenó la noche y el suave viento se encargó de llevárselo hasta él.

La comandancia de policía ardía en medio de largas lenguas de fuego y humo que se elevaban hacia el cielo. Los heridos intentaban escapar y eran capturados por los golpistas, otros no corrían con tanta suerte, les disparaban por la espada o en la cabeza.

Un automóvil pasó muy cerca de Alexander cuando giró en la esquina con las ruedas de la izquierda sobre la vereda. Describió una trayectoria curva como si el conductor estuviera en estado de ebriedad. Era un “Escarabajo” de un llamativo color amarillo. Alexander se sobresaltó, no por el hecho de que el vehículo estuviera a punto de arrollarlo, sino porque se dirigía directamente hacia el contingente en lo que parecía ser una suicida maniobra. En una fracción de segundo se oyó otro zumbido tan agudo que estremeció a Alexander, luego otra explosión y el “Escarabajo” ardió en una intrincada llamarada amarillo-anaranjada en medios de gritos de desesperación y terror.

Vio a un hombre tendido de espaldas en el piso a pocos metros del automóvil que ardía sin control. Estaba desmadejado y la sangre que manaba de su cabeza se encharcaba en el suelo. Debía sacarlo de allí antes de que los soldados terminaran por matarlo. Pero ¿cómo hacerlo sin que lo descubrieran? Se acercó despacio, ocultándose detrás de los árboles y los vehículos estacionados en fila a lo largo de la acera. La luz de las llamas se reflejaba en las ventanillas confiriendo a los automóviles un aspecto grotesco.

Cuando tuvo a pocos metros del herido, observó que la sangre empapaba su pelo y resbalaba por su mejilla entre el asomo de barba, pero no tenía tiempo para examinar su estado. Gemía y miraba a Alexander con pánico en sus ojos negros.  El calor de las llamas era intenso y podía producirse otra explosión en cualquier momento. Alexander tomó al hombre por los brazos e intentó arrastrarlo detrás de los vehículos estacionados. El hombre, lo ayudó empujándose débilmente con los pies, se arrastró despacio, primero por la calle, luego por la vereda, dejando un rastro de sangre como si se tratara de una babosa. El hombre miró a su alrededor, sus ojos desorbitados, con expresión de pánico, tras el follaje de su pelo sucio ensangrentado y enmarañado. Alexander pudo observarlo mejor. Un girón de piel le cubría una de sus cejas. Tenía la mejilla izquierda abierta, y la parte izquierda del labio inferior roto de modo que la comisura se curvaba hacia abajo en un gesto de tristeza.

Alexander dio un tras pie, y sintió un intenso dolor en la parte baja de la espalda, fue como si lo hubieran golpeado con un gigantesco mazo. Recordatorio perenne de sus años de soldado que se presentaba siempre en los momentos menos oportunos.

_ ¡Escóndase debajo del vehículo! _ le ordenó al hombre, pero quedó consternado al sentir el temblor de su propia voz.

El hombre tenía las mejillas rojas, pero sus ojos aparecían hundidos en sus cuencas. Tiritaba a pesar de que estaba abrigado. Respiraba entrecortadamente, pero pareció comprenderlo e hizo inmediatamente lo que Alexander le había ordenado.

Los soldados parecían estar muy ocupados en la Comandancia de Policía, y había perdido por completo el interés en el automóvil amarillo que ardía sin control. Alexander decidió acercarse de nuevo al “Escarabajo” amarillo. Estaba seguro de que el hombre que acababa de rescatar no era el conductor del vehículo, sino que se trataba de un transeúnte con muy mala suerte.

Se acercó agazapado por detrás del vehículo en llamas sin ser visto, debía apresurarse y comprobar si el conductor seguía vivo, aunque no tenía esperanzas de que así fuera. El calor era abrazador. Las llamas parecían lamer su rostro. Oteó en dirección a la Comandancia y comprobó todos estaban ocupados en el asalto. Se puso de pie, a pesar de la insistente advertencia de su cerebro de salir de aquel lugar de inmediato.  Observó al conducto que tenía medio cuerpo asomando por la ventana, con la cabeza hacia abajo y los brazos colgando. Había intentado huir, pero no tuvo oportunidad de hacerlo. El olor a carne chamuscada le revolvió el estómago, comprendió que no podía hacer ya nada por él.

 Se refugió entonces detrás de un árbol, me mantuvo agazapado oyendo las sirenas que emitían su largo aullido de guerra en todas direcciones. Desde su escondite, no lograba divisar lo que ocurría en la Comandancia de la Policía, pero al parecer, los disparos y explosiones acabaron tan rápido como empezaron.  En sus mejillas destacaban dos manchas de piel enrojecida, pero por lo demás estaba fatalmente pálido.

Oyó gritos y gemidos que provenían de la fila de automóviles en donde se había ocultado el hombre que acababa de rescatar. Al parecer lo habían descubierto. Una ambulancia se detuvo a pocos metros de su escondite. La luz estroboscópica del vehículo parecía teñir las paredes de los edificios de un color rojo brillante.

Poco después, se llevaron al herido entre gemidos de dolor y desconcierto. El asalto, la confusión y el desorden no se había prolongado más de diez minutos.

Cuando creyó que no había peligro atravesó la calle corriendo y se dirigió a la estación del tranvía. Con un poco de suerte, los militares no habrían tenido tiempo de tomarla o en el peor de los casos intentaría esconderse en algún vagón abandonado en el predio del ferrocarril.

Los militares no eran tontos después de todo, tanto así, que la estación del tren como la del tranvía estaban tomadas. Por lo que no le quedó más remedio que seguir su plan B.

Sus mejillas estaban más encendidas que nunca como abrazadas por una intensa fiebre que intentaba carcomerlo por dentro. Tenía sangre en las mangas de su camisa y en pecho. Sangre del hombre que había rescatado, pero si alguno de los soldados lo descubría harían muchas preguntas que lo podrían poner en serios aprietos. Después de todo, aquellos golpistas considerarían enemigos a cualquier persona bañada en sangre.

 Esperó oculto, agazapado detrás de un gran tronco de lapacho por unos instantes y después echó a andar silenciosamente a través del patio de la estación conteniendo la respiración y cuidando de no producir el menor ruido al andar. Lo cual era difícil ya que las altas hierbas musitaban contra las perneras de su pantalón. Llegó hasta el lugar en donde se almacenaban los vagones y una antigua locomotora. Alexander pensó en deslizarse por el resquicio entre uno de los vagones y la locomotora, pero en aquel lugar reinaba un gran ajetreo y muchos militares. Decidió evitarlos y se internó de nuevo en la oscuridad de la noche. La escasa iluminación procedía de farolas resguardadas con redes metálicas que proyectaban sombras y conferían a los vagones un repulsivo aspecto carcelario.

Llegó hasta una zona del patio en donde se amontonaban en forma desordenada, viejos vagones de carga en desuso. Abrió la puerta de madera corredizas solo un poco para que su cuerpo pudiera deslizarse dentro. El vagón estaba oscuro, destartalo y sucio, pero confiaba en que le serviría de escondite. Cerró la puerta y se agazapó en un oscuro rincón. Una tenue luz mortecina se escurría a través de un par de intersticios de la agrietada madera. El lugar olía a madera húmeda y a podrido. Pero eso era mejor que terminar en manos de los soldados. Se acostó de lado en el húmedo piso de madera y flexionó las piernas hasta la altura de su pecho. Se preguntó si esa era la forma en que los nonatos se ajustaban en el vientre de su madre. Después de todo, aquel vetusto vagón hacía las veces de útero claustrofóbico para él. Trascurrieron horas, antes de que Alexander se sumiera en un inquieto duermevela.

Despertó poco antes del amanecer, el silencio solo fue roto por el gorjeo de los pájaros que se aprestaban para el inicio del día. Se incorporó y el dolor en la parte baja de la espalda lo asaltó de nuevo. Eran fuertes punzadas, como si se le incrustaran vidrios entre las costillas. Tuvo que dejar de respirar por unos segundos hasta que las punzadas se convirtieron en un leve murmullo.

 Deslizó la puerta solo un poco para otear el patio. Al parecer no había nadie, todo estaba en calma. Paseó luego los ojos por el espacio que lo había cobijado y pudo notar largas telas de arañas colgadas en todos los rincones, como hamacas tendidas entre ramas de los árboles en una tarde de verano. La sangre en su ropa se hacía secado y ahora presentaba un tono opaco y oscuro.

Fijó de nuevo su atención en el patio y terminó de abrir la puerta corrediza y descendió del vagón. Alerta, recorrió el lugar con la mira antes de decidirse a salir, para luego seguir las líneas del tren. No se molestó en cerrar la puerta ya que no tenía caso hacerlo. No podía arriesgarse a salir de la estación ya que podrían verlo y preguntarse qué diablos hacía allí.

Le esperaba un largo camino de regreso a casa, seguiría las líneas del tren hasta que sintiera que era seguro tomar algún camino alterno.


[1] Nombre comercial de la aspirina.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, Paraguay, abril de 1953.

                                                                                I

El sol de poniente convertía los rieles del ferrocarril en líneas ardientes de color rojo anaranjado y parecía encuadrar el cartel que tenían justo delante.

“Estación Central del Ferrocarril de Asunción”

“Bienvenidos a Asunción”

“Población: 210.745 habitantes”

La luz del crepúsculo cayó sobre los ojos azules de Alexander y pareció incendiarlos con una súbita exaltación.

Kataryna lo observó con disimulo, pero no pudo dejar de vislumbrar en él aquella intensa mirada de entusiasmo.

La decisión de Alexander de abandonar Puerto Casado, y aceptar un puesto de catedrático en el Colegio Nacional de Agronomía había complacido secretamente a Kataryna. Felipe acababa de terminar la secundaria y necesitaba encaminar su futuro. Además, luego del accidente de Tina y su rápida recuperación precisaba de un apremiante cambio. Pesaba sobre sus hombros los años, que se hacían cada vez más evidentes, en sus cabellos grises, en los fatigados músculos, en los quilos de más.

Luego de que Tina se recuperar sin secuelas aparentes, pensó que era tiempo de buscar un lugar propio en donde establecerse y envejecer en calma y sosiego. Se juró a si misma que sería la última vez que se marchaba, aunque Alexander resolviera lo contrario. Tenía algún dinero guardado y pensaba buscar alguna porción de tierra en donde en el futuro, pudiera construir una casa. Y que mejor lugar que en San Lorenzo. Hablaban maravillas de aquella ciudad que distaba solo dieciocho kilómetros de la capital, pero en el que se podía aún disfrutar de grandes espacios verdes, agradables atardeceres, y sobre todo paz y sosiego.

Descendieron del tren y se dirigieron al área de desembarque de pasajeros en donde Kataryna y Tina esperaron a que Felipe y Alexander desembarcaran sus escasas pertenencias. Les llevó media hora conseguir alquilar una carreta que las trasladara hasta San Lorenzo y otra media hora más en embarcarse en el tranvía que los trasportaría a ellos hasta su nuevo hogar. El suave y aletargado vaivén del tranvía adormiló a Tina de inmediato, y permitió a su madre disfrutar de lo que quedaba de aquel largo y trajinado viaje.

La escuela funcionaba en lo que posteriormente se convertiría en el campus de la Universidad Nacional de Asunción.  La escuela estaba enclavada en medio de unas trescientas hectáreas de terreno casi en su mayoría en estado silvestre. El capataz de la granja experimental, un hombre alto de tes cetrina y ojos oscuros como la noche, los recibió. Llevaba un par de botas de cuero y un sombrero pirí, aunque hacía unas horas que el sol se había puesto. Sostenía una lámpara a keroseno en su mano derecha y en la izquierda, un manojo de llaves.  Al parecer era un hombre de pocas palabras, se limitó a entregarle las llaves a Alexander, y la lámpara a Kataryna para luego retirarse con una leve inclinación de cabeza.

La casa era pequeña, de paredes probablemente blancas. Sin embargo, la tenue luz que emanaba de la lámpara no era suficiente para poder asegurarlo. Alexander introdujo la llave en el cerrojo y giró la llave, pareció atascarse, pero lo intentó de nuevo y cedió con un sonido sordo. Abrió la puerta y los goznes emitieron un chirrido agudo. Definitivamente la puerta necesitaba con urgencia algo de grasa.

La casa era completamente diferente a “La Chaqueña”. La primera impresión era de austeridad completa. La primera habitación era una suerte de cocina, comedor y recibidor, bastante reducido. Había una mesa deslucida y cuatro sillas frente al fogón de la cocina. Un sillón ajado y sucio, una mesita y un espejo adosado a la pared entre dos ventanas, un grabado sin valor artístico, representando a una campesina arando la tierra. A esto quedaban reducidos los muebles de aquella habitación.

Kataryna acostó a la niña que aún dormía en el sillón y caminó detrás de Alexander por un estrecho pasillo que llevaba a las dos únicas habitaciones con que contaba la casa. Alexander levantó la lámpara por encima de su cabeza para iluminar el recinto. En la primera habitación no había casi muebles. En el rincón de la derecha había una cama y una silla. En el mismo lado había una mesa de madera café cubierta por un roñoso tapete rojo; al lado de la mesa había dos sillas de cañas. Del otro lado de la habitación, contra la pared se hallaba una cómoda de madera sin barnizar. A esto se reducía todo el mobiliario. Kataryna no quiso imaginar en qué consistía el mobiliario de la habitación adicional. La pared blanca y deteriorada había adquirido en todos los rincones unos tonos negros verduzcos, debido a la humedad. No había cortinas en las ventanas.

Kataryna suspiró, al menos está en mejores condiciones que la casa de la hacienda de Puerto casado, pensó resignada. Al menos, esta vez dormirían dentro de la casa y no en una tienda de campaña.

II

No concilió el sueño aquella noche. Tina dormía ovillada en el desvencijado sillón de la cocina. Sobre la mesa, un cabo de vela ardía en un candelabro de latón deformado. Kataryna fue a vigilar su sueño tantas veces que había perdido la cuenta. Temía que la niña se despertara asustada o en el peor de los casos fuera presa de uno de sus continuos episodios de sonambulismo, abriera la puerta y saliera a caminar por el campo y se extraviara.

Valentina siempre había sido una niña inquieta y con enorme energía. Pero después del accidente con el machete, su actividad se había duplicado. Ya no eran suficientes sus constantes actividades físicas durante el día, sino que también juga dormida. Se levantaba en medio de la noche, recorría la casa dando saltos o corriendo, se echaba a reír y hablaba como si estuviera despierta.

Durante la primera manifestación de lo que el doctor explicó, era un severo caso de sonambulismo, Kataryna recibió el susto de su vida. Despertó una noche y observó aterrorizada una figura que la observaba con los ojos bien abiertos y brillantes. Cuando comprendió que era Valentina, la convino a que regresara a su cuna, pero la niña se limitó a sonreír de una extraña forma que erizó los pelos de la nuca de su madre. Luego, giró sobre sus talones y regresó a su habitación.

Kataryna no pudo explicarse cómo había conseguido descolgarse por los altos barrotes de su cuna sin que sufriera ninguna lesión. Decidió seguirla, y descubrió su pequeño secreto. La niña apilaba un par de cilindros de aceite y como una extraordinaria acróbata mantenía un débil equilibrio sobre su improvisada torre para luego contorsionarse en la parte alta de los barrotes y serpentear dentro de su cuna y quedarse inmóvil casi de inmediato, como si lo que acabara de hacer no era más extraño que darse un par de vueltas sobre el colchón de la cama para acomodarse y seguir durmiendo.

La segunda vez que Kataryna se percató de que su hija parecía caminar dormida, fue cuando la niña logró abrir el cerrojo de la puerta y salir al patio. Caminó apresurada hasta el deslizadero que su padre le había construido. Subió los peldaños y se deslizó como toda una experta. Repitió aquella operación tres veces antes de Kataryna pudiera llegar hasta ella y persuadirla de que era hora de entrar a la casa. La niña la observó con los ojos bien abiertos y volvió a regalarle a su madre aquella extraña sonrisa que le recordaba a un muñeco mecánico.

El médico le explicó que no había nada malo en ella, todos los episodios se debían, dijo, a su excesiva energía. La niña no alcanzaba a desfogarla por completo durante el día, por lo que su cuerpo se negaba a descansar por las noches. A medida que creciera, los episodios se harían más esporádicos, agregó el médico, y desaparecerían cuando se hiciera adulta. La principal recomendación era no despertarla de golpe, ya que crearía en ella cierta confusión y aturdimiento y desde luego asegurarse de que no saliera de la casa mientras experimentaba algunos de esos episodios.

_No tienes de que preocuparte_ la tranquilizó Alexander_ mi padre sufría de este tipo de episodios cuando era niño.

Kataryna intentó no hacerlo desde luego, pero encontrar a alguien contemplándote a pocos centímetros de tu rostro mientras duermes con una sonrisa poco menos que atemorizante no ayudaba.

Poco antes del amanecer, cuando fue a vigilar su sueño por última vez, se sentó a su lado en el viejo sillón y acarició su rubio pelo. La cicatriz en la cabeza no pasaba desapercibida. Habían rasurado la zona antes de la sutura y el pelo apenas y estaba creciendo. Pero por fortuna, aquel recuerdo de una tarde de juegos en el parque quedaría sepultada por completo bajo la que sería en el futuro una mata larga de cabello castaño claro.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, primavera de 1952.

I

Valentina crecía con los rasgos encantadores que rebosan en los niños de dos años: articulación imperfecta y jocosa, el inalterable deseo de hacer siempre su voluntad, incansables travesuras, enredos y alborotos a montones, desbordante y contagiosa alegría.

Tenía los ojos pardos brillantes y vivaces, la cabeza cubierta de una delgada mata de pelo tan rubio que daba la impresión de que en realidad era blanco. Gobernaba a su hermano Felipe a su antojo y era la alegría indiscutible de su madre. A pesar de los continuos estados disociativos de su padre, lograba casi siempre arrancarle una sonrisa. En otras palabras, se había adueñado del corazón de su corta familia.

Era una niña incansable e inquieta, lo que los especialistas llamarían una niña hiperactiva. Se enfrascaba en todo tipo de juegos, pero su preferido, al igual que el de su hermano Felipe cuando era niño, era el caballito. La pequeña diferencia radicaba en que Valentina (a la que su familia llamaba Tina) prefería utilizar a su hermano como montura.

Apenas Felipe llegaba a casa del colegio, Tina apresaba su mano entre sus débiles dedos y tiraba de él exigiendo “Balito, balito” una especie de diminutivo de caballito. Una expresión de exagerada sorpresa cruzaba en esos momentos fugazmente por las facciones de Felipe, como si aquel requerimiento fuera algo inesperado o extraño. Después, la expresión se eclipsaba y se mostraba dispuesto y hasta encantado de conceder los deseos de la niña de ojos pardos. En vez de sentirse atosigado, se sentía complacido y predispuesto a hacer feliz a su pequeña hermana. A pesar de que Felipe contaba ya con diecisiete años, no dudaba en apoyar las rodillas y las manos en el suelo y pasear a la niña por toda la casa.

Kataryna no comprendía el poder que la Tina ejercía sobre su hermano, pero debía reconocer que le agradaba. La niña poseía una influencia positiva en él.  Su temperamento se había trasformado y ahora era mucho más afable y cariñoso.

Cuando no jugaban al caballito, Felipe interpretaba animadas melodías con la guitarra. Tina batía palmas e intentaba torpemente seguir el ritmo (por más esfuerzos que realizara, en realidad nunca se convertiría en una buena bailarina)

Durante las cálidas tardes, Felipe la llevaba a pasear por el pueblo o hasta el puerto en donde Tina disfrutaba observando la llegada de alguna embarcación y el ajetreo que con ello experimentan los habitantes de Puerto Casado. Se tendían sobre el verde y brillante pasto y observaban el cielo.

_Mira el cielo Tina_ decía Felipe señalando el firmamento_ el cielo es azul.

_Zul_ repetía Tina y batía palmas cuando Felipe aprobaba sus palabras.

Luego, se incorporaba y se sentaba a horcajadas sobre el pecho de su hermano mayor y saltaba dando tumbos, como si cabalgara. Emitía estridentes chillidos con los ojos alegres y brillantes. Cuando el cansancio la vencía se tendía de nuevo junto a Felipe y observaba las nubes pasar.

_Ipe_ decía señalando con su pequeño dedo índice las nubes blancas como algodón de azúcar sobre el impresionante cielo azul. No sería capaz de pronunciar correctamente el nombre de su hermano hasta que cumpliera cuatro años.

_Nube_ decía Felipe

_Be_ repetía ella y sonreía.

Una templada tarde de primavera, cuando el sol iniciaba apena su recorrido hacia el oeste y los pájaros gorjeaban alegres sobre las copas de los árboles, Tina y Felipe salieron en su acostumbrado paseo. Recorrieron las calles del pueblo disfrutando de la brisa cálida que traía el viento. Se detuvieron en la pequeña plaza del pueblo y se sentaron en uno de los escasos bancos. Estaba algo húmedo debido a la lluvia de la mañana, pero Felipe se las arregló para secarlo con las hojas de un viejo periódico.

Dos perros callejeros se disputaban lo que al parecer eran los restos de un mbeyú[1] Estaban famélicos, sus costillas sobresalían a través de la delgada piel.

_Peito_ dijo Tina señalando con el pequeño dedo índice para luego dirigir su mirada a su hermano como si esperara su aprobación.

Felipe quien se había convertido en todo un experto en el nuevo lenguaje que él denominaba “Valentinismo” asentía siempre con una sonrisa.

_Si son perros_ respondió Felipe_ y tienen hambre.

Tina cambió su expresión alegre en un segundo mostrando en sus facciones una angustia casi cómica, como solo los niños de esa edad pueden expresar.

Los dos animales compitieron por el apetitoso bocado entre ladridos y gruñidos hasta que uno de ellos, un perro de pelo blanco y orejas cafés se alzó con la recompensa y echó a correr. Al parecer, su contrincante no tenía las fuerzas necesarias para perseguirlo. Se quedó mirando con ojos triste y la cola entre las patas traseras, cómo su cena se alejaba con rapidez.

_Peito_ repitió Tina con una expresión de exagerada sorpresa. Una expresión tan graciosa que Felipe no pudo evitar echarse a reír.

Un grupo de niños que probablemente ocupaban probablemente el rango completo de edades de la niñez se acercaba entre gritos ensordecedores y conversaciones alborotadas e ininteligibles. Valentina los observó sorprendida e interesada. No tenía muchas oportunidades de jugar con otros niños.

 Una niña cargaba sobre su cadera derecha a un bebé de unos ocho o nueve meses. Felipe pensó que la pequeña difícilmente tendría más de siete años. La niña llevaba el pelo enmarañado y sucio. Felipe pensó que probablemente llevaba sin lavárselo más de una semana. Iba descalza al igual que el bebé que cargaba. Caminaba a su lado un niño de piel cetrina, ojos redondos y asustados. Llevaba la cara sucia y un hilillo de moco le colgaba sobre el labio superior. Tenía la cabeza rapada. “Piojos”, fue lo primero que a Felipe le vino a la cabeza. Otras dos niñas con los pies descalzos caminaban por detrás. Apresuraron sus pasos y se situaron a la derecha de la niña que cargaba al bebé. Felipe pensaba que tendrían entre cuatro o cinco años. Desde el otro lado del parque se acercaron al grupo dos niños de entre ocho y nueve años. Uno de ellos llevaba un machete en la mano derecha. Tina los contemplaba con aire de fascinación. Tenía el ceño fruncido y el labio superior algo fruncido, la expresión característica de interés y concentración que la acompañaría por el resto de su vida.

Felipe perdió interés y se concentró en una tela de araña que pendía de las ramas de un árbol. Unas gotas de lluvia brillaban sobre ella como perlas. La propietaria de aquel intrincado tejido permanecía inmóvil en el centro. Estaba muy quieta, como petrificada. Felipe pensó que estaba muerta.

Los niños, al otro lado del parque emitían estridentes chillidos y estrepitosas carcajadas. Tina bajó del banco como una serpiente escurridiza.

_Nene_ articuló con claridad.

Mama, papa, nene y nena eran las únicas cuatro palabras que pronunciaba a la perfección.

Felipe seguía absorto en la tela de araña y en su ocupante. De pronto, la araña se movió en el centro de su tela y trepó por uno de los hilos de seda hasta desaparecer entre las hojas del árbol. No estaba muerta después de todo.

_ ¡Hola Felipe! _ oyó decir a una voz conocida que lo sacó de sus cavilaciones.

Volteó la cabeza sobre su hombro izquierdo y pudo constatar que la voz pertenecía a uno de sus amigos con quien solía encontrarse para tocar la guitarra. El joven, cinco años mayor que Felipe extendió la mano para que se la estrechara su amigo.

_Hola Luis. ¿Qué haces por aquí? _ preguntó_ pensé que te ibas por unos días a Argentina.

_Cambio de panes. Tengo una fiesta esta noche y me invitaron a tocar la guitarra.

Felipe volteó en dirección a su hermana que seguía ensimismada en los niños que correteaban de un lado a otro. El del mache, blandía el arma con las dos manos de atrás hacia adelante con una extraña rapidez para un niño de su edad, como si atacara a un enemigo invisible al tiempo que su garganta prorrumpía en una cacofonía de sonidos entre los que se destacaban agudos zumbidos y golpes secos.

Felipe volvió su atención al joven que tenía cerca.

_ ¿Por qué no me acompañas? _ preguntó el recién llegado_ hace algún tiempo que no tocamos juntos.

Felipe pareció sopesar la propuesta de Luis. Tenía razón hacía tres semanas que no se reunía con sus amigos a tocar. Valentina lo mantenía muy ocupado y no es que se quejara, le gustaba pasar tiempo con la niña, pero extrañaba la compañía de sus amigos.

Valentina dio dos pasos vacilantes y se detuvo a contemplar a los niños que jugaban entre risas y gritos eufóricos. Se llevó un dedo a la boca, pero no se lo chupó. En vez de eso, pareció explorar los espacios vacíos de sus encías como si quisiera comprobar la presencia de algún nuevo diente. Volvió a dar unos pasos cautelosos. Perdió el equilibrio al tropezar con su propio pie. Se tambaleó, pero antes de que cayera de bruces, apoyó las manitos en el suelo. Se incorporó y observó con atención al niño del machete que ahora asestaba golpes al abultado tronco de un Ombú. La hoja emitió un destello cuando la luz del sol se reflejó en ella. Valentina sonrió, como si acabara de descubrir un nuevo e interesante juguete mucho más divertido que jugar al caballito con su hermano “Ipe”. Se acercó un poco más y volvió a detenerse. Giró sobre sus talones y observó a su hermano enfrascado en una conversación con su amigo. Volvió su atención al niño del machete.

Mientras Tina contemplaba fascina al niño del machete, Felipe sopesaba la invitación de Luis y olvidaba por completo la presencia de Valentina.

_Está bien, me dará gusto ver a…

Se interrumpió al oír un grito desgarrador. Se puso de pie de un salto como si acabara de sentarse sobre una afilada daga. Sus ojos desesperados recorrieron el parque hasta que halló a su hermana tendida en el suelo. Corrió hasta ella con los ojos desorbitados. Luis pareció no entender lo que, acabada de suceder, pero luego de unos segundos de vacilación siguió a su amigo que ya se hallaba arrodillado al lado de su hermana, que tenía los ojos desencajados, las facciones pálidas con excepción de la mejilla derecha chorreada en sangre. En un primer momento, Felipe no comprendió lo que había sucedido, pensó que la niña había caído y se había hecho un corte en la frente o algo parecido. Tina lo miraba con los ojos vidriosos, pero parecía no verlo.

Los niños que jugaban en el parque se quedaron petrificados alrededor. Observaban la escena sumamente consternados y atemorizados.

_Tina ¿estás bien? ¿dónde te duele? _ preguntó con voz temblorosa.

La niña no respondió. Intentó levantarla y fue en ese momento en donde vislumbró una gran herida en el centro de su cabeza.

Felipe levantó la mirada y sus ojos reflejaron un brillo desesperación y culpabilidad. Vio al niño del machete corriendo como alma que lleva el demonio hacia el lado este del pueblo y el machete ensangrentado a pocos metros de su hermana. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que se le saldría por la boca. Una crispación de terror le cruzó el rostro.

La mitad derecha del rostro de Valentina estaba cubierta del líquido escarlata caliente y viscoso que se escurría por su cuello y lo manchaba, se deslizaba por el hombro y dejaba una franja roja sobre su vestido blanco. Su pelo se cubría también de escarlata enfermizo.

_ ¡Tina! _ gritó e intentó sacudirla cuando no respondió, pero Luis lo detuvo apoyando una mano sobre su hombro.

_ ¡No Felipe! ¡No debes moverla! Voy a buscar ayuda_ agregó y salió corriendo rumbo al hospital.

Los gritos y alborotos llamaron la atención de algunos de los transeúntes. Un par de mujeres que acaban de regresar del hospital se acercaron y rodearon a la niña. Valentina mantenía los ojos abiertos, pero sus ojos parecían sin vida. Su respiración era agitada y emitía suaves resuellos cuando exhalaba.

La niña oía voces, las voces estaban lejos. Las voces estaban sobre las nubes. Sobre las nubes blancas, las nubes que veía pasar junto a su hermano “Ipe”. Todo estaba sobre las nubes.

No entendía que era lo que estaba sucediendo, su mente aún no contaba con la madurez suficiente para interpretar los acontecimientos. Algo había silbado junto a su oído. Luego una mano invisible le dio una sacudida en la cabeza. Entonces el filo del machete le abrió un surco en el centro de la cabeza y la despidió hacia atrás como si se tratara de una muñeca de trapo. Lo que Tina no era capaz de imaginar era que la mano invisible que le había sacudido le trazó una raya ardiente sobre su cuero cabelludo.

_” Balito” _ dijo entre resuellos.

El caballito estaba sobre las nubes. Todos estaban sobre las nubes: mama, papa, “Ipe”, menos ella. Tina estaba debajo de las nubes y se alejaba cada vez más rápido. Entonces, el cielo ya no era azul y las nubes ya no eran blancas, un velo rojo brillante empezó a correrse delante de su ojo derecho. Su cuerpo se estremeció, corroyéndole como descargas eléctricas. Luego, se quedó inmóvil por completo sobre el charco de su propia sangre.

II

Kataryna se hallaba sentada frente a la ventana de la sala. Sobre sus rodillas descansaba una pequeña blusa celeste con margaritas bordadas alrededor del cuello. Aquella prenda era la preferida de Tina. Se lo había regalado Valentín al cumplir dos años y desde que la recibió no dejaba de exigirle a su madre que se la pusiera. No se la quitaba ni para ir a dormir. Cuando estaba sucia y su madre intentaba sacársela antes de darle un buen baño, se ponía a llorar de impotencia y rabia.

Por la mañana, apenas había despertado se acercó a su ropero, se puso de puntillas e intentó abrir la puerta. Su madre adivinando sus intenciones, la tomó en brazos y la acercó al tirador de la puerta. Valentina lo sujetó con ambas manos y tiró de ella con todas sus fuerzas. Su rostro se tiñó de rojo por el esfuerzo, pero logró su cometido.

Kataryna la dejó en el suelo y la niña empezó a hurgar entre toda la ropa hasta hallar lo que buscaba. La sostuvo en alto mientras que una gran sonrisa se dibujaba en sus delgados y rojos labios. Luego le mostró el preciado objeto a su madre, quien la ayudó a vestirse con la prenda.  Salió al patio dando pequeños saltos y llevándose las manos al pecho observando la blusa satisfecha.

En el patio trasero, Alexander había construido una pequeña resbaladera de madera. La había pintado de rojo con los bordes de blanco. Era el lugar preferido de la niña cuando su hermano se hallaba ausente. No se cansaba de subir los cinco peldaños que la separaban de la cima, sentarse, impulsarse con los brazos y las piernas, y resbalar hasta llegar al suelo. Podía deslizarse por más de una hora sin mostrar signos de agotamiento. Cuando se aburría de la rodadera, intentaba subir por la rampa sujetándose de los pasamanos y escalando con las rodillas. Avanzaba con dificultad hasta tres cuartas partes de la resbaladera. Los músculos de sus piernas temblaban y se rendían. Terminaba con el torso sobre la rampa y se deslizaba hasta el suelo. No es necesario decir que volvía a intentarlo una y otra vez hasta que el cansancio la obligada a sentarse a un lado de la resbaladera, tenderse luego sobre el pasto y luchar contra los párpados que la amenazaban con cerrarse. Cada una de las veces sucumbía al cansancio, su madre la recogía y la regresaba a la casa para una reparadora siesta.

Aquella mañana en uno de aquellos deslizamientos el fondo de la blusa quedó enganchada a la saliente de un clavo. Valentina intentó liberarse sacudiendo el cuerpo de un lado a otro hasta que la blusa se desgarró con un ruido que le recordó a una de sus constantes flatulencias. El desgarre iba hasta la mitad de la espalda y cuando su madre se lo hizo notar se puso a llorar desconsolada.

_Piooo_ dijo la pequeña encogiendo los hombros y levantando las palmas de las manos abiertas y una expresión de desconsuelo en los ojos.

_Sí, se rompió_ le contestó su madre_ voy a sacarte la blusa y te la voy a coser.

_Si, “ser” _ contestó la niña.

_Coser_ corrigió la madre.

_ ¡Ser! _ repitió la niña.

Kataryna se echó a reír y la niña rio con ella.

Ahora le daba las últimas puntadas y terminaría de remendarla. Desde luego no quedaría como al principio, pero al menos Tina tendría de vuelta su blusa preferida. Remató la costura y cortó el hilo. Dejó la costura a un lado y prestó atención a la calle. Vio a Felipe que se acercaba por el sendero que conducía a la casa. Estaba solo, tenía la expresión desmejorada y penosamente azarosa. La luz anaranjada del atardecer lo iluminaba de una forma despiadada que le confirió un aspecto infausto.

Kataryna se puso de pie alarmada. Su corazón dio un salto, se detuvo por un segundo y luego inició una carrera despavorida. Corrió hasta la puerta, la abrió y antes de que su hijo pudiera siquiera llegar hasta ella preguntó aterrorizada:

_ ¡¿Dónde está Valentina?!

Felipe se detuvo frente a ella con la expresión de trémula aflicción. Intentó explicarle a su madre lo que había sucedido, pero su lengua se empeñaba en desobedecer las órdenes de su cerebro.

_ ¡¿Dónde está tu hermana? ¿Qué fue lo que pasó?!_ siguió interrogando cada vez más nerviosa.

Felipe aún no podía articular palabra alguna. Solo la miraba con los ojos agonizantes. La mezcla de preocupación, culpa y desesperación que Kataryna percibió en el rostro demacrado de su hijo la aterrorizó.

Felipe aspiró una bocanada profunda de aire y empezó a hablar con voz trémula. Vaciló y estuvo a punto de quebrarse, pero pudo terminar.

_Está en el hospital ahora_ explicó.

Kataryna no pudo moverse, era como si alguien le hubiese extraído por completo la energía. Se sintió como uno aquellos juguetes a los que se le ha terminado la cuerda. Una lágrima rodó lentamente por su mejilla izquierda. Felipe estiró un dedo y se la enjugó.

_Lo siento mama, yo tengo la culpa. Me distraje solo unos segundos.

Kataryna no supo que decir, podía percibir la culpabilidad en los ojos y la voz de su hijo. Sabía que él buscaba su absolución, pero simplemente no pudo articular palabra.

Intentó moverse. Su cerebro envió la orden a sus piernas, pero estas no obedecieron. Hizo un esfuerzo, se obligó a mover la pierna derecha y luego la izquierda y salió de la casa sin dirigirle otra palabra a su hijo. Felipe se quedó de pie en el umbral de a puerta por unos minutos intentando dilucidar lo que debía hacer. Su padre estaba en Buenos Aires en un curso de capacitación y no tenían a nadie más a quien acudir. De pronto, pensó en Valentín. Sí, Valentín podría ayudarlos. Cerró la puerta de la casa y se dirigió corriendo hasta la casa del amigo de su padre.

 El crepúsculo se cernía sobre Puerto Casado y el cielo anaranjado rojizo estaba a punto de dar paso al negro de la noche. No hacía mucho calor, pero se sentía extenuado por el esfuerzo físico y emocional. El sudor resbalaba por su frente y sus mejillas cuando llegó a casa de Valentín.  El hombre quedó turbado al observar la fisonomía azorada y despavorida del joven. Tenía el rostro blanco como el papel, con el cabello castaño revuelto, como si se hubiera intentado arrancarlo o al menos frotando, y un temblor enfermizo en los labios entreabiertos. Valentín se apresuró a interrogarlo y cuando terminó, se apresuró a acompañarlo al hospital.

III

Kataryna se hallaba sentada en una silla de respaldar incómodo al lado de la cama en donde descansaba su pequeña. La niña lucía una venda que cubría gran parte de su cabeza. Las luces del pabellón del hospital estaban amortiguadas y le daban un aspecto mortecino y lúgubre que estremeció a Kataryna. La niña había perdido mucha sangre, y seguía inconsciente. Estaba asustada, temía que su cuerpo no resistiera. La sometieron a una trasfusión sanguínea con la esperanza de que se recuperara, pero los médicos no ponían las manos al fuego cuando de daños cerebrales se trataba.

La mente de Kataryna deseó examinar posibilidades que habría sido mejor excluir. ¿Y si su pequeña moría? Sacudió la cabeza con vehemencia. No, no debería pensar en eso. Pero en aquel momento revivió las terribles circunstancias en las que había perdido a sus tres primeras hijas y sintió pavor. Pavor de que ocurriera de nuevo, pavor de que Dios le arrancara a su pequeña. Aquella idea la arrastró como si fuera un peso inerte y deseó ser ella quien estuviera en aquella cama de hospital en vez de su hija.

 ¡Y si sobrevivía y terminaba con una lesión en el sistema nervioso? ¿Y si acaba necesitando atención el resto de su vida?

Se abrió la puerta y se presentó el médico de guardia. Era un hombre menudo, pulcro, que usaba gafas de lentes gruesos, zapatos de buena calidad y una bata tan blanca que lastimaba los ojos. Sus tupidas cejas salpicadas de blanco estaban fruncidas en una expresión algo abstraída como si no encontrara las palabras adecuadas para comunicarle a aquella sufrida madre la situación de su pequeña. Kataryna lo miró pálida y asustada. El tono azul de sus ojos se había oscurecido. Estaban desmoralizados y afligidos como si el mundo estuviera a punto de estallarle en el rostro y no pudiera hacer nada al respecto. El médico se acercó a ella, la contempló por unos segundos antes de hablar. Por unos segundos, que parecieron eternos, en la habitación reinó el silencio, turbado solo por el zumbido de un reloj suspendido de una de las paredes. Kataryna entrelazó las manos fuertemente y las apretó como si de esa forma le fuera más fácil soportar las malas noticias que el médico estaba a punto de darle. Se concentró en las manos del menudo hombre, en sus pulcras y cuidadas uñas intentando no ponerse a llorar. El hombre de las gafas de lentes gruesos evitó las palabras extravagantes y rebuscadas, fue claro y conciso. En suma, no había cambios en la niña. Seguía estable, pero en estado crítico. No quedaba más remedio que esperar.

La conversación no demoró más de cinco minutos, si es que se podía llamar así al soliloquio que sostuvo el médico. Cuando este salió de la habitación con un rictus pétreo en el rostro, Kataryna sintió que la soledad y la congoja se abalanzaban sobre ella como dos aves de rapiña, listas para pelear para ver quien de las dos se quedaba con ella. Fijó su atención en el reloj de la pared. Debía dejar de contemplar a la niña o sucumbiría en los brazos de la desesperación y la locura que intentaba ahora ganarle de mano a la soledad y la congoja. El zumbido del reloj era constante, monótono e hipnótico. Por su mente se sucedían toda clase de imágenes, recuerdos dolorosos que a pesar del tiempo estuvieron latentes en un rincón escondido y que ahora volvían a aflorar, a azotar, a castigar, a herir. Recuerdos que llevaban a emociones que prefería olvidar para siempre. El tiempo parecía devanar su interminable madeja de perturbadores recuerdos con lentitud, con perversidad sin que pudiera de alguna forma escapar de él. Las lágrimas cayeron por sus mejillas, sin que ella fuera consciente de ello.

  No supo por cuanto tiempo estuvo en aquel estado, cuando con el rabillo del ojo percibió una presencia en el umbral de la puerta. Giró la cabeza en esa dirección y levantó la vista, con sus ojos azules más refulgentes que nunca, anegados por las lágrimas. Se secó las mejillas con el dorso de su mano derecha al tiempo que veía a Felipe que la observaba con incertidumbre y culpa desde el hueco de la puerta. Kataryna no lo culpaba, había sido un accidente que podría haberle sucedido a cualquiera. Ahora lo único que le preocupaba era que su pequeña se recuperara. Kataryna le pidió a su hijo que entrara.

Felipe ingresó a la habitación con pasos vacilantes y la cabeza gacha. Detrás de él, se asomó Valentín. Sus pequeños y redondos ojos lucían apacibles y serenos. Kataryna se puso de pie al verlo. Valentín la estrechó entre sus brazos y le habló controlando cuidadosamente su voz para mantenerla serena y segura, garantizándole que Tina se pondría bien. Y que mucho antes de lo que ella se imaginaba, estaría correteando por la casa de nuevo. 

Valentín continuó con la misma voz serena y confortadora mientras que el tiempo insoportable y agobiante avanzaba. Kataryna agradecía su presencia y sus esperanzadoras y consoladoras palabras. Pero no sería hasta un par de años después que llegaría a comprender la importancia de aquellas palabras durante ese particular momento de incertidumbre y ansiedad. Valentín la ayudó a permanecer cuerda en un momento en que estaba a punto de perder la cordura y dejarse llevar por las aguas de la insensatez y la enajenación. No pensó en la ausencia de Alexander, no tenía tiempo para ello. No era la primera vez que estaba ausente cuando lo necesitaba, pero por alguna extraña razón, no podía reprochárselo. En cierta forma, comprendía que había sido ella quien decidió seguir a su lado cuando todo indicaba que era mejor alejarse. No había espacio en su mente ahora más que Tina, ya se ocuparía de lo demás después.


[1] Mbeyú: Comida típica, una especie de panqueque hecha a base de almidón de mandioca y queso.

Destacada

HISTORIAS ENTREAZADAS (Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, Paraguay 1950.

I

Las paredes del despacho de “La Chaqueña” aparecían cubiertas de libros. A un lado había una chimenea de piedra alta bruñida, recortada contra la pared, como un signo hecho con una tiza negra sobre una pizarra blanca. En el interior ardía el hogar al tiempo que crepitaba la madera. En el centro una gran mesa de escritorio, la cual tenía una magnífica lámina de caoba. Encima, había unos documentos desperdigados. Frente al escritorio un hombre sorbía mate desde una bombilla.

 Kataryna se hallaba de pie frente la ventana y observaba nerviosa el sendero que conducía a la entrada de la casa. Afuera, el atardecer había dado paso a las sombras que se extendían sobre el sendero. Habían adquirido ese peculiar tono gris que es característico de las sombras invernales. El viento se mecía entre los árboles y las hojas acariciaban el tejado de la casa.

Se restregó las manos, no precisamente porque deseara entrar en calor, sino por la inquietud que la agobiaba. Cargó el peso de su cuerpo alternativamente en una y otra pierna, como una niña que necesita urgentemente ir al baño.

_Él llegará en cualquier momento_ dijo el hombre que bebía mate.

Kataryna giró sobre sus talones, exhibiendo un prominente abdomen. Dirigió su mirada en dirección a Iván Ivanov quien le devolvió la mirada con una sonrisa condescendiente y afectuosa, ladeando la cabeza en forma peculiar.

Ambos se quedaron contemplando el fuego por un rato. Iván se bebió otro mate.

_Felipe actúa a veces de manera…_ dijo ella poco después, pero dejó la frase inconclusa mientras que acariciaba su abdomen.

Las facciones de su rostro parecían taciturnas y marcadas. Iván pensó que probablemente se debían a las malas noches que anteceden al nacimiento. Volvió a ofrecerle otra sonrisa indulgente.

En el poco tiempo que tenía viviendo en casa de su padre había aprendido las rarezas y manías de su medio hermano. Estaba casi totalmente convencido de que aquellas extravagancias lo hacían mucho más parecido a su padre que ninguno de sus demás vástagos.

Iván salió de Argentina en busca de su padre, luego de más de un año de no haber oído una sola palabra sobre su paradero. Llegó a pensar que, si llegaba a tener noticias suyas, lo hallaría a dos metros bajo el suelo. Le tomó un par de meses ubicarlo, luego de largas pesquisas. Manifestó genuina alegría al verlo y decidió pasar un tiempo con la nueva familia de su padre luego de que Kataryna lo invitara a quedarse.

El joven de expresión mesurada, despejada y bondadosa había dado paso a un hombre de corazón cálido y de naturaleza cariñosa, que Kataryna apreciaba no solo por su temple sino también en cierta forma, porque llevaba el mismo nombre que su padre Iván Weleczuk. Era inquietamente atractivo, con facciones heredadas de su padre en donde la influencia de la madurez, y la elegancia combinaban en forma extraordinaria. Un hombre de grandes habilidades sociales e intelectuales, dotado de una imaginación rápida, un espíritu vivaz y de modales sinceros y afables.  Proveído de una disposición naturalmente sincera, honesta y sensible hacia los sentimientos de los demás. Dejando de lado muchas veces sus propias emociones concentrándose ante todo en las necesidades de sus semejantes.

Iván era miembro activo de una iglesia cristiana, y aspiraba convertirse en Pastor. Su máxima aspiración en la vida era ayudar a las personas a conocer el camino que conducía a Cristo. Para alcanzar ese objetivo tendría que alejarse de su familia y toda la vida como la conocía hasta entonces para fortalecer su espíritu y fe para luego trasmitir la sabiduría a sus futuros feligreses. Ese fue el motivo que lo impulsó a buscar a su padre. Necesitaba pasar un tiempo con él antes de alejarse de la vida mundana y consagrarse a Dios. Su preparación lo alejaría de la vida social por un par de años y no tenía idea de cuando volvería a reencontrase con él.

_Estoy seguro de que sigue absorto en sus clases de guitarra_ dijo Iván_ pero si te deja más tranquila puedo ir a buscarlo.

Se oyó crujir un artejo, se elevaron chispas hacia la oscura garganta de la chimenea que pareció tragarlas. Las llamas se asentaron y el hogar murmuró.

_Será mejor que vaya yo, no estoy segura de cómo reaccionará si vas tu. No le gusta sentirse controlado.

Iván se sirvió otro mate y chupó a través de la bombilla hasta vaciar su contenido emitiendo un característico sonido. Se puso de pie dispuesto a acompañar a Kataryna.

_Yo voy contigo, no es bueno que salgas sola en tu estado. No falta mucho para que des a luz_ sentenció.

Kataryna asintió al mismo tiempo que acariciaba su abultado abdomen y sus labios se curvaban en una sonrisa. La amabilidad, y la sincera preocupación que Iván demostraba hacia ella la conmovían profundamente.

Dejaron la casa y se internaron en la calle cubierta ya por la implacable oscuridad. El frío los atravesó como si fuese filosas cuchillas mientras el vaho de la respiración surgía de sus bocas. Una farola que había un poco más adelante despedía su débil luz mortecina, formando un charco de claridad sobre un profundo lago de oscuridad.

A lo lejos, se oyó el motor de un camión, pertenecía probablemente a la flotilla de la fábrica. Gruñó sin acabar de arrancar, produjo un fuerte bombazo, pareció sacudirse y al fin arrancó con un bramido áspero y convulso.

 Kataryna pensó en Alexander y en las interminables horas que pasaba en la fábrica, desconectándose de la casa, sus hijos y de ella misma. Se dijo a si misma que debía dejar de pensar en Alexander y en cambio ocuparse de Felipe. El jovencito había encontrado un pasatiempo que lo absorbía por completo. Ocupaba todo su tiempo libre en la guitarra que ya dominaba como un experto. Su habitual disposición para las explosiones de exabrupto, sus intensas confrontaciones o sus prolongadas apatías se habían reducido casi por completo, con excepción de algunos esporádicos episodios. Sin embargo, Felipe desaparecía cada vez con más frecuencia de la casa en busca de soledad en compañía de su inseparable guitarra.

Kataryna tenía una fuerte sospecha de dónde podría hallarse. Hasta se atrevería a apostar. No le preocupaba que se enfrascara tocando la guitarra todos los días, lo que le inquietaba era que en aquellas bohemias reuniones no solo circulaban melancólicas melodías y versos poéticos, sino que también el alcohol en grandes cantidades. Y a pesar de que tenía quince años y muchos de los jovencitos empezaban a beber, algo muy profundo dentro de ella le advertía que aquello podría llegar a ser la perdición de Felipe.

El ruido del motor empezó a languidecer para convertirse en un lejano murmullo. La noche era clara pero dolorosamente helada. Una fría luna en forma de costra colgaba en el cielo por encima de sus cabezas. A Iván le recordó uno de los recortes de papel que hacía cuando era niño. Las estrellas brillaban exuberantemente. El viento era gélido y cortante, obligó a Kataryna a hacer una mueca de incomodidad. Se vio obligada a entrecerrar los ojos para evitar que le lagrimearan. Sin lugar a duda aquella noche helaría.

Una figura larguirucha apareció de pronto como un fantasma en la oscuridad. Caminaba por la acera con el andar lánguido típico de un adolescente, con los hombros caídos, resoplando y sacando vaho por la boca. Con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo la guitarra por el delgado mango. Las cuerdas parecieron brillar bajo la tenue luz de una farola.

Felipe era guapo con un mentón prominente, ojos grandes, profundos y oscuros, a Kataryna le recordaban los ojos de su padre Iván.

Felipe se detuvo frente a su madre y su medio hermano con una expresión de asombro en el rostro.

_ ¿Por qué tardaste tanto? _ lo recriminó su madre.

Felipe puso los ojos en blanco. Empezó a decir algo, pero se interrumpió, sacó la mano del bolsillo y se la llevó a una de las mejillas, como si intentara contener las palabras que amenazaban con desbordarse de su boca. La miró con expresión de enfado y malestar.

_ Mamá ya no soy un niño_ le respondió poco después.

_No eres un niño, pero tampoco eres un adulto_ dijo ella con ojos angustiados.

_ ¿Qué puede asarme? Ni siquiera tengo forma de salir de aquí, así que no entiendo porque te preocupas.

_Felipe, tu madre solo quiere lo mejor para ti_ dijo Iván interviniendo en la conversación entre la madre y el hijo.

Felipe le dirigió una mirada de advertencia al hombre que acompañaba a su madre antes de responder.

_Creo que nadie te dio vela en este entierro.

Iván levantó las manos en señal de rendición mientras sus labios esbozaban una sonrisa cálida. No se tomó aquella respuesta en forma personal, sabía por propia experiencia que los jovencitos de aquella edad tomaban las cosas muy a pecho.

_Felipe, regresemos a casa, este no es lugar para conversar.

_ ¡Estoy harto de que me sigas a todas partes, de que me digas que hacer! Dijiste que estabas feliz de que al fin encontrara algo que me gustara y ahora te molestas cuando paso tiempo con mis amigos y con mi guitarra_ dijo con desconsideración y hostilidad en el tono de su voz, pero en sus palabras hubo también una cierta y cansada perplejidad.

Kataryna sintió un abatimiento tan amargo y oscuro como el sabor del primer sorbo del mate al escuchar las palabras de su hijo. Expiró, como el aire que se escapa de un globo. No se había percatado de que estaba reteniendo el aire.

_Felipe, tal vez tienes razón en que no tengo derecho a opinar sobre tu vida, pero creo que tu madre no se merece que le hables en ese tomo_ dijo Iván en un tono de voz que resultaba relajante y reconciliador.

Felipe se quedó en silencio, como si sopesara las palabras de su hermano. Su fastidio pareció disiparse como la niebla cuando empieza a calentar el sol.

_Lo siento mamá_ se disculpó_ tienes razón, regresemos a casa.

Kataryna asintió, las comisuras de sus labios se curvaron para arriba, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

II

Sentado en un banco a la sombra de un viejo árbol cerca del camino de tierra que conduce al hospital, se encontraba Alexander. Sostenía un cigarrillo encendido entre sus dedos índices y corazón. Sus ojos azules, una mezcla de inquietud e impaciencia. Un manto negro cubría el cielo en su ausencia de luna y las estrellas destellaban con su frío parpadeo.  El viento gélido soplaba con fuerza y le helaba las mejillas, pero él parecía no percatarse de ese pequeño detalle. Había llovido por la mañana y los charcos de agua opacas aún cubrían en forma desordenada el sendero de tierra. Extrañamente, aquellos charcos le recordaron las manchas del yaguareté del que fue víctima.  

 Kataryna había iniciado labores de parto y llevaba esperando en aquel banco poco más de media hora. Sentía que los músculos de su espalda y su abdomen estaban tensos y agarrotados como si hubiese pertenecido a algún batallón del ejercito que acabara de perder alguna larga batalla. Las palpitaciones de su corazón le rugían en los oídos.

Estaba nervioso, eso era todo. Nunca antes, había sentido inquietud alguna por el nacimiento de alguno de sus hijos, y no entendía porque se sentía diferente ahora.

El viento sopló su frío aliento y Alexander se estremeció. Dirigió la mirada a la entrada del hospital que pocos minutos antes se hallaba muy ajetreada. Pacientes, visitantes, médicos y enfermeras, se apresuraban a abandonar o ingresar a las instalaciones con la intención de evadir las bajas temperaturas. Pero ahora todo estaba en silencio y solo percibió la figura de un hombre en el umbral. La lámpara que pendía del techo lo alumbraba de forma tal que parecía encontrarse sumergido en una neblina luminiscente y dorada. La figura permaneció en el umbral por unos segundos, acto seguido bajó las cuatro gradas que lo separaban del sendero y se acercó a Alexander con pasos ligeros.

_ ¡Felicidades, papá, Kataryna dio a luz a una saludable niña! _ dijo Iván con una genuina sonrisa de alegría al tiempo que una nubecilla de vaho rodeó su rostro.

Luego, lo estrechó en un fuerte abrazo que a Alexander lo tomó por sorpresa. Titubeó por un momento antes de rodear a su hijo con sus brazos. El cigarrillo seguía entre sus dedos. Despedía un humo blanco que se agitaba con cada ramalazo de viento.

_Adelántate, enseguida te alcanzo_ dijo separándose de su hijo con una sonrisa nerviosa en sus labios morados por el frío.

Iván asintió y regresó sobre sus pasos con las manos embutidas en los bolsillos de su abrigo, sorteando los charcos de agua.  Alexander aspiró una última bocanada de su cigarrillo antes de lanzar la colilla en el charco más cercano, donde chisporroteó brevemente y luego se apagó. Se quitó las gafas, se las limpió con el bajo de su camisa y volvió a ponérselos. Otra ráfaga gélida de aire invernal pareció atravesarlo hasta las costillas y por primera vez desde que llegó sintió frío. Lo primero que pensó fue “¿Por qué diablos vine sin abrigo? Pero borró aquella idea de su mente y con pasos rápidos sorteó los charcos como en una competencia de obstáculos. Ingresó al hospital, buscó la habitación de Kataryna. Se detuvo unos segundos detrás de la puerta. Se oían voces animadas y alegres que elogiaban y felicitaban. Aspiró profundamente antes de tomar el mango de la puerta y abrirla. Una expresión de radiante felicidad atravesaba el rostro de Kataryna. Sostenía en brazos a la pequeña al tiempo que le acariciaba la mejilla con el dedo índice. La rodeaban Iván, Felipe y dos enfermeras. La imagen le inspiró dicha y melancolía al mismo tiempo. Una niña, pensó, una niña que de alguna manera significará un apósito en el corazón de Kataryna.

La madre levantó la mirada y observó a Alexander que aún se hallaba en el umbral de la puerta. Kataryna lo animó a acercarse con una sonrisa al tiempo que observaba sus ojos azules. Había algo nuevo en sus ojos. Algo que no había estado allí antes. Parecía complacido.

Alexander se acercó con pasos lentos a la cama. Kataryna lo animó a que tomara a la niña en sus brazos. Alexander la sostuvo con delicadeza. Tenía los ojos cerrados. Descubrió su pequeña cabeza, desprovista completamente de pelos. La concurrencia impuso un respetuoso silencio durante el primer encuentro entre padre e hija. Todas las miradas se hallaban fijas en Alexander. Se paseó por la habitación, resonaron sus pasos en el suelo y el aleteo de su pantalón. Sonrió al verla llevarse torpemente un uno de sus deditos a la boca sin éxito. Minutos después se la devolvió a su madre. Y como si aquello fuera una señal, los presentes retomaron la animada conversación.

_ ¿Puedo cargarla mamá? _ preguntó Felipe. Sus oscuros ojos rebosantes de curiosidad e interés, encendidos de ternura.

Kataryna le entregó a la niña. Felipe sonrió primero a su madre, luego a su padre. Asomó a sus ojos un resplandor que sus padres casi nunca veían. A pesar de que Felipe era introvertido y emocionalmente inestable como su padre, tendría de ahora en adelante cierta debilidad por su pequeña hermana.

Iván observaba toda aquella escena con absoluta fascinación. Su carácter afectuoso y la bondad de su corazón no le permitía menos. Poseedor de una memoria eidética recordaría aquel acontecimiento a la perfección por el resto de su vida.

_ ¿Cómo se llamará? _ preguntó el jovencito que mecía torpemente a su nueva hermanita.

_Valentina_ respondió Karatyna.

Alexander la observó con extrañeza. Ciertamente no habían hablado al respecto. En realidad, no habían hablado mucho en los últimos meses.

_En honor a Valentín_ se explicó_ Lo aprecio como a un padre, y se alegró mucho al saber que estaba embarazada.

Alexander asintió complacido. También apreciaba a Valentín, lo consideraba un gran amigo y mejor persona.

Aquel gesto conmovería a Valentín de un modo que fue incapaz de describir.

Destacada

Historias Entrelazadas(Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, Paraguay 1949.

El cielo había adquirido un color índigo que pronto se tornaría violeta mientras el crepúsculo se cernía sobre Puerto Casado, cuando Alexander dejó la fábrica y se encaminó a su vivienda. Una suerte de caserón de singular arquitectura, con ocho anchas y largas columnas de color azul claro y rojo que sostenían el techo del pórtico, junto con otras catorce más pequeñas que formaban la galería que bordeaba la casa. Residencia amplia y cómoda en donde José Félix Estigarribia habitó junto a su familia mientras se desempeñó como Comandante de División de Infantería antes de la Guerra del Chaco. Permaneció desocupada por varios años, hasta que le fuera cedida por José Casado a favor de Alexander y a su familia como parte del acuerdo de trabajo. “La Chaqueña” la llamaban los pobladores más antiguos de Puerto Casado.

 Pasó frente al enorme árbol de quebracho colorado que se levantaba imponente frente a las oficinas de administración. Aquel majestuoso árbol tendría entre cien y ciento veinte años, por lo que cada vez que lo veía, agradecía el hecho de que le perdonaran la vida. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón y caminó lentamente por el sendero de tierra blanca. Llevaba la espalda algo encorvada y parecía cansado y cabizbajo.

Las calles estaban casi desiertas, la mayoría de los mil trabajadores, seiscientos de los cuales eran indígenas, estarían ya descansando en sus casas, en compañía de sus esposas e hijos, mientras que Alexander buscaba alguna excusa para prolongar el regreso a casa.

 Las entretejidas palmeras de Karanday sobre su cabeza parecían espesarse, como si intentaran rodearlo, cubrirlo. Las sombras se alargaban con rapidez como si desearan retenerlo.  Se detuvo por unos segundos, pareció sopesar algo, vaciló, pero en lugar de regresar a su casa, tomó un pequeño desvío que llevaba hasta la orilla del rio.  Observó la luna llena que empezaba a asomarse sobre la planta de pomelo de una antigua vivienda. Los grillos desgarraban el ocaso con sus desacordes notas. Las luciérnagas se encendían como chispas que trasporta el viento. Una nube de mosquitos le rodeaba la espalda y amenazaba con lanzarse sobre él.

 Se detuvo frente al río y se sentó en uno de los troncos que la corriente arrastró hasta una pequeña playa. Desde allí contempló los restos del crepúsculo, mientras el violeta se difuminaba y las estrellas se mostraban en el cielo en aquella templada noche de noviembre. Situó los codos sobre sus rodillas flexionadas y hundió el rostro entre sus manos. El guardapelo quedó oscilando pendido de su cuello. Los mosquitos zumbaban alrededor de su oído, pero él parecía no percibirlos.

_Te extraño_ dijo en voz alta pero entrecortada, como si intentara que aquellas palabras llegaran hasta la persona a quien iban dirigidas, aunque ya no estuviera para oírlas.

Suspiró profundamente, y se le formó un nudo en la garganta que le dificultaba respirar.

_A pesar del tiempo, no logro que tu ausencia duela menos.

Una suave brisa llegó desde el río y lo envolvió acariciando su fatigado rostro.

Alexander levantó la mirada y oteó el río como si intentara hallar a alguien entre la cada vez más oscura noche.

_Tati, ¿eres tú? _ preguntó al vacío.

Y como para responder su pregunta un familiar céfiro sopló sobre su mejilla. Cerró los ojos y disfrutó de él. Podría haber jurado que era la mano de Tatiana la que acariciaba su rostro. Solo duró un par de segundos y luego desapareció. Todo quedó en calma, no había brisa, ni sonido alguno, como sí alguna mano mágica detuviera la aguja de un reproductor de discos. Como si el mundo se hubiera detenido por completo, como si la energía que había necesitado Tatiana para llegar hasta a él, hubiese alterado de algún modo el funcionamiento del universo.

Alexander observó su alrededor con los ojos bien abiertos, extrañado y la vez pasmado. Segundos después, los grillos reanudaron sus desacordes notas, las luciérnagas relucían con sus diminutas chispas sobre el río, entre los árboles y los mosquitos zumbaron alrededor de Alexander.

Se puso de pie, buscó en el bolsillo de su camisa, sacó un cigarrillo, lo encendió y regresó sobre sus pasos, hasta el sendero que conducía a su casa. Pero esta vez, su corazón iba más ligero, su mente algo más repuesta y con la esperanza renovada. Aquella brisa, de algún extraño e incomprensible modo era Tatiana. Irguió su espalda y apresuró los pasos mientras daba una profunda calada a su cigarrillo, sostenía el humo en sus pulmones por unos segundos para luego exhalarlo.

Aquella noche fue presa de uno de aquellos sueños extraños y fatigosos en donde recorrió flotando primero una atmósfera siniestra que lo helaba hasta lo más profundo, que se adueñaba del silencio omnímodo y de la yerma vastedad. Un silencio completamente diferente al que había experimentado frente al río. Un silencio perverso, aterrador. Observó incendiarse el sol en una bóveda negra y pérfida. Cuando salió de aquellas tinieblas vio las estrellas. Flotó después, recorriendo una hondonada y un bosque sombrío. Llegó hasta un antiguo muro de lo que parecía ser un templo cubierto de hiedra. Un resplandor llegaba desde el otro lado e iluminaba su rostro. Siguió acercándose expectante. Le llegaba el sonido de lejanas campanas que tañían de tanto en tanto como si anunciaran su llegada. Muy oculta, halló una gran puerta de bronce. Buscó el cerrojo, algo le decía que, del otro lado del muro, detrás de aquella puerta, se hallaba la meta de sus quimeras. Y que, del otro lado del muro, no solo todo era eterno, sino también apacible y radiante. Deseaba llegar hasta ella, del otro lado de aquella puerta sin retorno. Intentó abrir la puerta, pero el cerrojo estaba echado. Buscó la llave por los alrededores de la puerta, recorrió el contorno del muro, pero sin suerte. Necesitaba aquella llave para poder traspasar aquel muro. La expectación inicial se trasformó en decepción y desesperanza. Poco a poco el sueño se desvaneció como la luz de una lámpara tras apagarla en una habitación a oscuras.

Alexander despertó sobresaltado, se enjugó la frente brillante de sudor, mientras esperaba que los latidos acelerados de su corazón se acompasaran.

 Siempre pensó que era libre, libre de decidir qué batallas pelear, libre de abandonar lo que no lo hacía feliz, libre de decidir lo que consideraba mejor para él. Pero solo podría llegar a ser libre de verdad cuando fuera capaz de librarse de las emociones que lo embargaban, que lo arrasaban como una tormenta en medio del inmenso océano. Solo sería libre cuando estuviera listo para sacrificar lo que más amaba.  Comprendió en aquel instante que jamás estaría listo para ello. Comprendió que jamás sería completamente libre.

II

Las pinceladas naranjas degradadas a amarillo teñían el atardecer y las nubes parecían recortadas contra aquel colorido fondo, cuando Kataryna y Felipe dejaron la fiesta de cumpleaños a la que habían asistido. Felipe cargaba con un gran pedazo de torta e incontables golosinas. Pero su rostro se mantenía impasible y serio a diferencia de los demás niños que jugueteaban, charlaban e intercambiaban golosinas de camino a casa. El semblante del chico permanecía cerrado como la escotilla de un submarino soviético.

Felipe no tenía muchos amigos, su carácter reservado, hosco y muchas veces irritable no contribuían mucho a la hora de sociabilizar. Kataryna se sentía apesadumbrada por la soledad que veía muchas veces en su hijo. Pero no sabía cómo lidiar con su extraña naturaleza. Los propios orígenes de Felipe eran de por si una marca indeleble.

Kataryna, quien intentaba ver siempre las cosas de la mejor manera posible tenía un refrán que decía algo así como: “Lo que no puede arreglarse hay que sobrellevarse”.

Atravesaron la plazuela en donde unas niñas giraban en una ronda cantando “Arroz con leche”[1] Un poco más adelante tren niños jugaban a las canicas. Felipe los observó pensativo. Conocía a aquellos niños, los había visto los domingos, cuando acompañaba a su madre a la iglesia.

_ ¿Por qué aquellos niños no van a la misma escuela que yo? _ preguntó de repente.

_Son hijos de obreros, ellos tienen su propia escuela_ contestó Kataryna.

_ ¿Pero porque tiene que ir a otra escuela? ¿Por qué no fueron invitados a la fiesta? _ preguntó mirándola con los ojos muy abiertos e inocentes.

_Los hijos de empleados y obreros no van a la misma escuela ni a las mismas fiestas_ contestó Kataryna.

Felipe se detuvo en seco y golpeó el suelo con uno de sus pies, como si estuviera a punto de tener una pataleta.

_ ¡Pero todos vamos a la misma iglesia!

La mirada inocente desapareció del rostro del chico y fue sustituido por otra de exasperación mientras el muchacho fruncía el entrecejo y se negaba a seguir caminando antes de recibir una explicación satisfactoria a sus preguntas.

Kataryna lo miró por unos segundos desconcertada y aturdida por la actitud tan vehemente de su hijo.

_Esas son las reglas del dueño de la fábrica_ le explicó.

_No me gustan esas reglas_ dijo exclamó Felipe en tono desdeñoso mientras miraba a Kataryna con el ceño fruncido.

Kataryna se detuvo un segundo y vislumbró en el muchacho, que era demasiado joven para afeitarse, la efervescencia de sus futuras convicciones, una madurez enterrada en lo más profundo de su ser, hibernando, esperando. Se preguntó qué era lo que estaba esperando. ¿Destapar sus emociones más profundas, su compasión hacia los demás, su entrega en la defensa de otros? No tenía idea, pero estaba segura de que algo pugnaba por surgir. Pero lo que no sabía era que lo que surgiría en algún futuro no muy lejano, era completamente diferente a lo que ella imaginaba.

_No tiene por qué gustarnos, solo tenemos que obedecer.

La expresión de exasperación se acentuaba cada vez que su madre refutaba sus ideas.

_ ¡No estoy de acuerdo! ¡Los niños somos iguales!

_Puede que tengas razón, pero en la práctica, las cosas no funcionan de esa forma.

De pronto se interrumpió al ver la expresión más extraña en su rostro. Como si una gran nube de tormenta se cerniera sobre el chico. No cabía dudas de que era la expresión más extraña que le había visto hasta ahora.

Todo sucedió en un segundo, dejó caer todo lo que llevaba en las manos, levantó las palmas abiertas a ambos lados de su rostro, se inclinó un poco hacia delante y lanzó un frenético grito que retumbó en la apacible noche, para luego salir disparado rumbo a su casa. Kataryna permaneció clavada al suelo con el corazón palpitando aceleradamente. Los constantes cambios en la personalidad de Felipe la mantenían angustiada y preocupada. Cruzó los brazos ante el pecho, un gesto para reconfortarse. Segundos después, intentó seguirlo, pero la asaltó un repentino mareo, se tambaleó y tuvo que sujetarse del primer árbol que halló. Como desde hace unos días, la acometió la inquietante sospecha de que estaba embarazada, y aquella idea la estremeció.

Alexander había permanecido mucho tiempo alejado de ella. Dormían juntos, pero mantenía sus manos a respetable distancia. Tal vez Kataryna fuera una mujer simple pero no se consideraba una mujer tonta. Sabía que su compañero buscaba consuelo de tanto en tanto en diferentes brazos. Había noches en que se ausentaba por completo de la casa y cuando regresaba a la mañana siguiente no daba explicación alguna. Kataryna tampoco lo interrogaba ya que no pretendía recibir excusas superficiales como falaces. Tenía la certeza de que pasaba aquellas noches en compañía de alguna indígena de cimbreante cintura, en alguna toldera en medio del bosque. En aquella etapa de su vida, no sentía el más mínimo deseo de enfrentarlo, de pedirle algún tipo de justificación. Además, no era una práctica poco común entre los hombres de Puerto Casado.

Kataryna se mostró sorprendida cuando Alexander la besó en los labios una noche tormentosa de setiembre, acariciando su piel con manos ansiosas. Ella lo recibió con una dulce satisfacción secreta y la inquietud de su bajo vientre.

 No había sopesado la posibilidad de quedar embarazada, tenía cuarenta y dos años y creía que aquello era imposible.

 Al principio solo había sentido una sensación de vacío en el estómago, pero pronto experimentó también nauseas.

 Era la incertidumbre la que la carcomía por dentro y necesitaba disipar cuanto antes esa incertidumbre.

III

Cuando desapareció la incertidumbre y cuando la sospecha se convirtió en certeza, Kataryna se sintió primero más horrorizada que extrañada. Apenas pudo dejar el consultorio del médico antes de que se lanzara a llorar con tal desesperación que pensó que acabaría sufriendo un soponcio. Se sentía confusa y llena de miedo.  Se sintió a punto de desmoronarse ¿Cómo se suponía que diera a luz a un bebé a su edad? ¿y si moría durante el alumbramiento? ¿Quién se ocuparía de su recién nacido? Alexander no podría hacerse cargo, eso era seguro y no tenía nadie más quien cuidara de Felipe. Y si aun así todo salía bien, se haría anciana en pocos años y no tendría fuerzas para cuidar a un niño. Terminaría muriendo antes de que cumpliera quince años, con suerte llegaría a vivir hasta que el niño cumpliera los veinte años. La expectativa de vida de Alexander no era mejor que la suya. Además, ¿Cómo tomaría Alexander aquel inesperado embarazo? No es que le preocupara lo que él pensara al respecto, lo que le preocupaba era cómo afectaría aquella noticia a su inestable condición emocional. Quizás esta vez saldría huyendo, abandonándolos a su suerte.

Las lágrimas caían raudas por sus mejillas, mientras se alejaba del pueblo y se internaba en un pequeño bosque de palmeras de Karanday que sacudían sus hojas con el viento de la tarde como si intentaran levantarle el ánimo con su danza exótica.

 Al mismo tiempo en que Kataryna salía apresurada del consultorio del doctor, Valentín se apeaba de uno de los camiones de la empresa frente al hospital. Sonrió al verla, pero cambió de expresión al notar que lloraba. Kataryna, inmersa en su desesperación, no se percató de la presencia del hombre. Valentín la vio alejarse con pasos presurosos, por el sendero que conducía al bosquecillo de Karanday y decidió seguirla.

La encontró sentada a la orilla del río con las rodillas encogidas contra su pecho y los brazos alrededor. Lloraba desconsoladamente y por un segundo Valentín pensó que alguien había sufrido un grave accidente. Estaba pálida y cuando Kataryna levantó la mirada, Valentín vio que sus ojos mortecinos y ribeteados traslucían una mezcla de desesperanza y angustia que le pesó en el corazón.

Quería a Kataryna como una hija, le recordaba a la que había perdido hacía muchos años, cuando era aún una niña. Habría tenido unos años menos que Kataryna si es que no hubiese terminado acribillada por las pústulas de la viruela que acabaron con su vida.

Alexander había conocido a Valentín en Buenos Aires, poco después de que llegara a Sudamérica, habían congeniado y se hicieron buenos amigos. Fue Valentín quien se encargó de contactar a Alexander con José Casado antes de que consiguiera el puesto de administrador de la estancia.

_ ¿Te encuentras bien? Te vi salir apresurada del hospital. ¿Alguien está enfermo? _ preguntó el hombre de ojos redondos e inquietos.

Kataryna se enjugó las lágrimas y le dedicó una sonrisa cargada de tristeza y desconsuelo.

_Todos estamos bien_ respondió mientras volvía hacia él su rostro consternado y los ojos desesperados.

Valentín la observó frunciendo el ceño con expresión cada vez más inquieta. Nunca había visto a Kataryna en un estado semejante, siempre la había considerado como una mujer inteligente, mesurada, prudente y muy fuerte.

_Se que no debería meterme donde no me llaman, pero sabes que te aprecio como a una hija. Si hay algo en lo que pueda ayudarte…

Kataryna le dedicó otra sonrisa cargada de tristeza y Valentín sintió cómo el corazón se le hacía más pesado.

_Me preocupas muchacha_ dijo al tiempo que se sentaba con mucha dificultad a su lado. Los músculos ya no le obedecían como cuando era joven. Su rostro enrojeció debido al esfuerzo y una fina película de sudor le cubrió la frente a pesar de la agradable brisa que soplaba.

_Estoy embarazada_ dijo ella sin mirarlo a los ojos. Mantenía la mirada en algún punto cercano al suelo, como si confesara un terrible crimen, del cual estaba profundamente arrepentida.

De inmediato sintió un nudo en la garganta que la amenazaba con obligarla a volver a echarse a llorar.

_ ¡Esa es una magnífica noticia! _ dijo Valentín en tono genuinamente alegre. La expresión inquieta de sus ojos desapareció dando lugar a otra de júbilo.

_No es una buena noticia para mí_ objetó ella_ soy demasiado mayor para traer otro hijo al mundo_ apenas terminó la frase y las lágrimas volvieron a invadir sus mejillas.

Valentín la observó con una extraña expresión de compasión pintada en su rostro reluciente por el sudor. Se secó la frente con el dorso de su mano mientras intentaba encontrar las palabras para consolarla.

_ Este bebé será el mejor regalo que Dios te dará en la vida_ dijo con convicción.

_Tengo miedo de morir en el parto y dejar abandonado al niño_ dijo con la voz entrecortada.

_ ¿Ya se lo has dicho a Alexander?

Hundió la cabeza entre los hombros y negó con la cabeza. En aquel momento Valentín pudo vislumbrar el aspecto que tendría Kataryna veinte años más tarde. Aspecto que estaba seguro no alcanzaría a ver.

_Acabo de confirmarlo_ agregó enjugándose las mejillas con la palma de la mano.

_Estoy seguro de que estará contento con la noticia_ dijo Valentín.

_No estoy segura de cómo reaccionará_ dijo Kataryna con incertidumbre.

Valentín se detuvo un momento para ordenar sus pensamientos, mientras tamborileaba los dedos sobre su muslo derecho.

_ Se que Alexander tiene un comportamiento algo excéntrico la mayor parte del tiempo, pero estoy seguro de que estará feliz con la noticia_ dijo mientras apoyaba una de sus manos sobre la de ella en señal de apoyo_ Además, algo muy dentro de mí me dice con certeza de que este hijo será tu compañía en la vejez. Este bebé te dará muchas satisfacciones.

Los labios de Valentín se curvaron en la sonrisa bondadosa y confiada que Kataryna conocía muy bien. Los ojos del anciano despedían un extraño destello que la llenaron de sosiego y esperanza.

_No temas hija, Dios sabe lo que hace_ continuó el anciano_ solo ponte en sus manos y confía en él.

Y como para puntuar sus palabras se oyó el potente y extraño croar de una rana.

Kataryna suspiró profundamente intentando eliminar sus temores y tomar las palabras de Valentín como certeras, y el croar de aquella rana como un presagio. Tal vez Valentín tenía razón y aquel niño sería el mejor regalo que Dios le daría. Tal vez era la manera que Dios había encontrado de devolverle un poco de todo lo que se había llevado.

Ayudó a Valentín a ponerse de pie, le agradeció por sus palabras, por sus consuelos, y luego se dirigió a su casa a enfrentar a Alexander con aquella nueva realidad.

En lugar de caminar, tenía la sensación de que los árboles, las casas, las calles retrocedían debajo de sus pies y a su alrededor, al igual que el curso de un arroyo en torno a un gran obstáculo.

Cuando llegó, permaneció frente a la casa un instante, con la mirada clavada en la puerta. Estaba entornada y arrojaba un abanico de luz amarilla sobre el suelo del pórtico. Inspiró profundamente y enfiló el sendero de entrada.

Alexander la vio acercarse con pasos inseguros y supo de inmediato que algo la inquietaba. Dejó que entrara a la casa y la observó esperando a que tomara valor para hablar. Cuando las palabras salieron de la boca de Kataryna, su corazón pegó un salto, como si lo impulsara un resorte. Pensó que se elevaba hasta su garganta antes de caer de nuevo en el sitio que le correspondía. Enseguida, la velocidad de sus latidos se multiplicó por dos, al mismo tiempo que se dibujaban en sus labios una sonrisa.


[1] Juego infantil que data del siglo XIV de autor desconocido.

Destacada

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, Paraguay 1948.

I

Una garza blanca descendió en el río. Se irguió junto a la orilla y permaneció inmóvil como si sus patas fueran las manecillas de un reloj detenidas luego de marcar las seis y media. Fijó sus ojos inquietos en Kataryna quien oteaba la rivera sentada en el verde césped con una extraña melancolía en la mirada. Sus ojos que escudriñaban la mañana se hallaban impregnados de un dolor nostálgico por su familia que nunca dejaría de extrañar, por las hijas que nunca dejaría de llorar.

La garza permaneció con aquel aspecto petrificado y fatigado por unos minutos antes de que levantara el vuelo como si algún conjugo mágico la pusiera en movimiento. Kataryna suspiró pesadamente antes de apartar la horquilla que sujetaba el rodete y liberal su largo cabello entrecano que cayó sobre sus hombros como una de aquellas tantas cascadas que salpicaban de aquí a allá su nueva patria. Aunque no había visto ninguna, desde que vivía en Puerto Casado. Aquellas tierras eran llanas de suelos blancos con pocas elevaciones. Los bosques parecían secos la mayor parte del tiempo debido a los periodos de largas sequias, pero que al llegar las torrenciales lluvias tomaban diversos matices de brillante verde.

Situó las manos en la hierba a ambos lados de su cuerpo e inclinó el torso hacia atrás, con las piernas extendidas hacia delante. Dejó que el sol de la mañana entibiara su rostro, mientras la agradable brisa alborotaba su pelo. Aquella sensación la sobrecogió, a pesar de los años que tenía viviendo en Paraguay aún le sorprendía la benignidad del clima. En Ucrania el aire habría estado tan frío que le corroería la punta de la nariz, pero en Paraguay era como una caricia.

 El césped de un impresionante verde parecía rasgado, dejando al descubierto el blanco suelo que se compaginaba con las algunas nubes que manchaban el intenso cielo azul.

Rememoró sus cuarenta y un años de vida, sus temores, sus secretos y sus triunfos. Los lugares que conoció, las pérdidas que sobrellevó y catástrofes que soportó con valentía y coraje.

Durante casi quince años, su nueva patria y el mundo habían padecido una serie de estremecimientos convulsivos, que Kataryna apenas lo había notado, se hallaba totalmente extasiada por su capacidad de adaptación y por el alivio que le producía comprobar que podía habituarse a todo lo que se le presentaba.

Había trascurrido más una década de acontecimientos políticos y económicos de los cuales se sentía desligada como si hubiesen ocurrido en otro lugar, en otro tiempo. Acontecimientos que le parecían lejanos, tal vez porque no tenía caso preocuparse de ellos ya que no podía hacer nada al respecto: la prohibición de los partidos políticos y la suspensión de la constitución por el dictador de turno Higinio Morínigo, las revueltas estudiantiles y huelgas generales producto de las resistencias, la victoria aliada de la Segunda Guerra Mundial; la consecuente expulsión del eje Nazi Paraguayo; la posterior coalición de gobierno entre el Partido Colorado y el Partido Concentración Revolucionaria Febrerista; la Guerra Civil entre el Partido Liberal y el Partido Clorado apenas un año antes, que había dejado unos treinta mil muertos, y la emigración de muchos paraguayos a la Argentina.

Flexionó las piernas y las rodeó con las manos, volvió a suspirar oteando el rio Paraguay. La corriente discurría lenta y sosegada en aquella parte del puerto, trasportando decenas de camalotes para luego depositarlos en la orilla en donde sus ramilletes morados la embellecían.

  Una pequeña embarcación etérea pareció flotar sobre el agua. Procedía de Asunción, se detendría por espacio de media hora, desembarcando algún visitante y las provisiones de la semana antes de continuar su travesía hasta San Lázaro. Kataryna evocó su larga travesía desde Villa Encarnación a Puerto Casado cinco años atrás y el recuerdo de la inquietante sorpresa al descubrir las intenciones de Alexander de dejar todo atrás y empezar de nuevo en otro lugar, volvió a producir en ella la misma sensación de desesperanza.

La embarcación se dibujó con claridad contra el cielo azul, algunos pasajeros se reunieron en la proa a medida que la nave se acercaba al puerto.

 Un ave Espátula Rosada, se posó en la orilla. Aleteó pesadamente en el soleado río, con la cabeza metida en el agua, su cuerpo parecía fundirse con el agitado resplandor del sol que trasformaban las aguas en rosa.

Un niño pasó corriendo delante de Kataryna con un grito potente, un auténtico bramido digno de ser recordado. Segundos después una mujer que podría ser su madre, lo alcanzó, lo detuvo y lo obligó a regresar con ella con un fuerte jalón de orejas.

La embarcación ingresaba con lentitud en el puerto, cuyo muelle no era más que un puente de madera clavada al suelo. De inmediato un par de hombres sujetaron las amarras para atracar la embarcación. Segundos después bajaron un hombre, una mujer y dos pequeños. Una nueva familia pensó Kataryna, una nueva familia que vendió su vida a los Casado. La escasa tripulación de la embarcación procedió a iniciar la descarga de los víveres de la semana, entre los que se podía contar con productos tan dispares como: combustible; ropa; calzado y hasta medicina. Para ello debían llegar hasta la bodega que se hallaba debajo del falso piso de madera en donde los asientos se disponían en una especie de piezas de un extraño rompecabezas. En cada puerto, los pasajeros se veían obligados a dejar sus asientos o sus hamacas (que se rentaban por una suma adicional si se deseaba pasar la noche algo más cómodo) para permitir a la tripulación acceder a la bodega.

Pronto, el desfile de equilibristas se inició. En fila los cargadores bajaban sacos de diversa índole como de: harina; azúcar; yerba mate; almidón o harina de maíz utilizando un delgado y bamboleante puente de madera.

La nave de pequeño porte estaba construida enteramente de madera, en el mástil ondeaba la bandera tricolor al compás de la brisa cálida de noviembre. Su arribo propició un batiburrillo: gritos de vendedores ofreciendo sus productos; quejas de clientes insatisfechos; regateos de precios y los más diversos aromas que ser humano pudiera imaginar en un mismo lugar.

Treinta y cinco minutos después, no quedaba nadie en los alrededores del improvisado puerto y la embarcación se alejaba, trazando una estela de espuma sobre las aguas del río.

 Kataryna pareció sacudirse de su abstracción, como si acabara de presenciar el final de una obra de teatro intensa e interesante. Volvió a quedarse sola en compañía de la inmensidad del rio Paraguay frente a ella.

A unos treinta metros de distancia, una niña se paseaba despreocupadamente en la orilla mientras se comía lo que parecía ser alguna fruta. El dobladillo de su desvaído vestido amarillo flameaba a su alrededor. A Kataryna le recordó las llamas de una hoguera en un día frio de invierno.

 En algún lugar del pueblo un guitarrista interpretaba una guarania en compás de seis por ocho, desgranando cada una de las melancólicas notas con sorprendente precisión. Aquella melodía envolvió su alma y la llenó de sobrecogimiento. Parecía imposible no sucumbir a aquellas notas nostálgicas que emanaban del sufrimiento, del desamor, del sentir del pueblo paraguayo. Y mientras aquellas notas se elevaban hacia el cielo y se extendían a lo largo y ancho del pueblo, la mente de Kataryna retrocedió en el tiempo, para recordar el momento exacto en que Alexander la estremeció con la noticia de que había decidido abandonar sus tierras y buscar suerte en otros parajes.

Alexander llevaba sumido en uno de sus estados depresivos por un periodo mucho más largo de lo acostumbrado. Aquello preocupó profundamente a Kataryna, pero tenía la esperanza de que él terminaría saliendo de ese estado como siempre lo había hecho. Pero cuando Alexander llegó un día con la noticia de que dejaría Villa Encarnación para ir a probar suerte a Puerto Casado, (un lugar del que Kataryna no tenía idea de donde quedaba), por un momento indescriptible e inquietante se sobrecogió, pero pronto, tomó una bocanada de aire, lo expulsó y asintió con la cabeza como si lo que Alexander le comunicaba fuera la cosa más natural del mundo.

En realidad, debería haber esperado algo así, en realidad Alexander le había advertido que ocurriría en algún momento, pero después de verlo luchar día tras días, noche tras noche para levantar la hacienda luego de que la manga de langostas arrasara con todo, supuso que estaría dispuesto a mantener la estabilidad de sus propiedades y sus negocios. Pero Kataryna supo que debería haberlo advertido, en sus gestos, en sus silencios, en su ensimismamiento, en su mirada oprimida.

Alexander le ofreció la oportunidad de quedarse con parte de la hacienda y llevarse consigo solo lo necesario para poder empezar de nuevo, tal y como había hecho con Galina.

El sentimiento que la embargó en aquel momento no fue miedo, sino una suerte de impaciencia de sabor metálico. Pero a pesar del peso que su corazón y sus emociones parecían estar revestidos, logró esbozar una sonrisa. Intentó no sonar conmocionada cuando habló.

_Felipe y yo iremos a donde decidas ir_ contestó mientras un nudo le atenazaba la garganta.

Alexander le devolvió la sonrisa sin mucha convicción, como si en realidad estuviera deseando que ella aceptara su propuesta de quedarse. Luego, salió de la casa y se dirigió hacia el corral dejándola completamente sola y vacía.

Aquella noche yació contemplando el techo, con las manos sobre su pecho, oyendo el estacionario soplido del viento y los latidos de su corazón que latían casi con tanta fuerza como las ramas de los árboles que azotan las ventanas en una noche tormentosa. Aquella noche fue larga y penosa para ella, no fue capaz de pegar un ojo hasta después de medianoche, mientras que Alexander dormía relajado y tranquilo por primera vez en meses.

Cuando ella despertó poco antes del amanecer, fue consciente de que su cabeza estaba inclinada en un extraño y doloroso ángulo. Se había adueñado de ella una curiosa lasitud. Aún se imponía en ella la sensación onírica de cuando uno despierta en mitad de la noche y no sabe muy bien en donde se encuentra. De pronto, captó un movimiento con el rabillo del ojo y volteó la cabeza a su izquierda para ver a Alexander removerse en la cama y continuar durmiendo.

En los días posteriores a la revelación de Alexander, Kataryna tenía los nervios a flor de piel, pero no se quejó, ni hizo comentario alguno al respecto.

Alexander se apresuró a malbaratar sus propiedades, el camión, la mayoría de las colecciones de sus libros, casi todas las armas que poseía con excepción de unas cuatro o cinco. Solo se quedó con el cofre que el mismo Zar le había obsequiado, el anillo que desde su juventud llevaba con orgullo y el guardapelo en donde llevaba los únicos recuerdos que le quedaban de su amada.

Felipe no entendió que pasaba, dos hombres entraron a la casa y cargaron con los libros, la radio, los muebles y algunos de sus juguetes preferidos. Rompió a llorar, con fuertes e incontrolables sollozos como descargas de electricidad, y sus palabras salieron entrecortadas:

_ ¡Mi caballito no! ¡Mi caballito! _ gritó extendiendo sus manitas en dirección al hombre que se la llevaba.

Kataryna intentó consolarlo, pero el niño corrió detrás del hombre que ya había salido de la casa y se hallaba cargando todo en una carreta tirada por dos bueyes.

Alexander no había comprendido el apego de Felipe por sus juguetes hasta que presenció aquella escena y fue como si la neblina que cubría su mente se disipara y lo dejara ver al fin.

_El caballito se queda_ dijo al tiempo que bajaba el juguete de la carreta y la depositaba en suelo.

Felipe, cuyo rostro estaba inundado por las lágrimas se lanzó sobre el caballito de madera y lo arrastró con rapidez hacia la casa.

Dejar Villa Encarnación, significo para Kataryna y Felipe una experiencia traumática e inquietante. El viaje hasta Asunción y su posterior desplazamiento hasta Puerto Casado fue arduo y agotador.

Alexander había aceptado un empleo de administrador en la hacienda ganadera de José Casado, el hijo de un multimillonario español que en el año mil ochocientos ochenta y nueve adquirió seis millones quinientas mil hectáreas de tierras públicas. Casado se dedicaba también a la explotación forestal y era dueño de una fábrica de tanino.

Kataryna no entendía que había alentado a Alexander a abandonar sus propias tierras para ocuparse de las tierras de alguien más. Pero cuando decidió acompañarlo, renunció a la posibilidad de objetar sus resoluciones.

La empresa Carlos Casado Sociedad Anónima, les proveyó en usufructo una casa vetusta y ruinosa con la condición de que la repararan y que la devolvieran en buenas condiciones el día en que el contrato de Alexander expirara. De ser propietarios, habían pasado a ser una especie de pensionistas obligados a reparar y mantener una propiedad que no les pertenecía.

La hacienda, muy distante del pueblo, contaba con varios centenares de cabezas de ganado, en tierras deforestadas en medio de boques tropicales secos, cuyos arboles preponderantes eran los quebrachos rojos y blancos al igual que altas palmeras de Karanday. El camino que los llevó hasta allí era arenoso, trascurría por pantanales inundados por las lluvias, en cuyo suelo crecía hierbas altas que servían de alimento al ganado, rodeado de árboles en donde se refugiaban aves acuáticas, y bandadas de locos que alegraban el día con sus parloteos. El trazado de los caminos, constituido por rectas interminables hechas a punta de machetes y la desigual erosión de la lluvia ponía a prueba la paciencia y la pericia de cualquier boyero[1] quien se veía obligado a sortear baches y depresiones en el terreno.

Una verja de hierro se erguía medio oxidada y abierta delimitando los alrededores de una casa cuya puerta estaba orientada hacia el este. En la fachada se observaban dos ventanas cuyos vidrios estaban empolvados y sucios. El techo de tejas que alguna vez fueron rojas presentaba manchas negras debido al paso del tiempo y la falta de mantenimiento. Alexander contempló el tejado y pensó que se parecía a la boca de un hombre viejo y descuidado, se percibía la ausencia de algunos dientes, mientras que los demás se hallaban manchados y sucios. Había mucho trabajo que hacer en aquel vetusto tejado. Las paredes también estaban sucias, pero una buena mano de cal solucionaría aquel problema. La casa estaba rodeada de troncos de madera que hacían las veces de pilares, rodeaban la casa formando un pequeño corredor jere, que haría las noches de verano más agradables y plácidas.

Se acercaron a la puerta y Alexander la abrió, los goznes produjeron un estridente chillido. El olor que brotó al abrir la puerta fue como un soplido frío, oscuro y húmedo. Alexander se echó a reír, y volvió a pensar en la casa como la boca de un viejo. Un antiguo pero impresionante escritorio de nogal norteamericano de finales de siglo se situaba sobre un charco de agua sucia y pestilente. Alexander pensó que habría pertenecido al encargado anterior que según le habían informado dejó aquellas tierras hace un par de años.

 Echó un vistazo al techo aspirando el hedor a humedad y encontró un gran hueco en el tejado. Definitivamente aquel hueco era el causante del charco de agua. Atravesó la parte mojada del suelo con grandes y cuidadosas zancadas mientras Kataryna y Felipe observaban atónitos el estado de la casa. 

Adherido a una de las vigas de la ruinosa casa había un enorme panal de avispas algo ennegrecido. A un costado de lo que se suponía era la sala de la casa se erguía un nido de termitas de forma acampanada de unos setenta centímetros de altura y cincuenta centímetros de diámetro sobre las combadas tablas de lo que alguna vez formara parte del piso de aquella escalofriante vivienda.

 Kataryna echó un vistazo a su alrededor con los ojos y la boca muy abiertos en clara señal de incredulidad. La casa parecía respirar fría y húmeda a su alrededor. El sol del atardecer ingresó por la puerta e incidió de forma sutil sobre el incrédulo y descorazonado rostro de Kataryna, encendiendo en Alexander una culpa apenas soportable, el remordimiento por lo que había hecho lo corroyó por dentro, pero todo aquello le duró unos escasos segundos.

Pasaron la noche frente a la casa debajo de una carpa provisoria. Aquello le recordó a Kataryna las interminables noches en los bosques mientras huía de Ucrania.

La vida en la estancia fue dura durante el primer año. Las sequías, el polvo, la escasez de agua, las alimañas, las nubes grises de mosquitos que parecía atraídos como imanes a los recién llegados que punzaban la piel hasta dejarla como una especie de colador encarnado. Todo esto dificultaba la adaptación a aquellas tierras lejanas de la civilización.

Las tolderías de los indígenas se hallaban desperdigadas monte adentro, en las proximidades de los obrajes, pero también en los alrededores de la estancia y a lo largo de la vía férrea. Los obrajes eran asentamientos en donde vivían los leñadores y sus familias, y en donde se aglomeraban los palos de quebracho derribados en medio de estruendos, para después trasportarlos por vía férrea, o barco hasta la fábrica de tanino.

  La principal mano de obra era la indígena. Eran dóciles al mandato del patrón, sobrios, fuertes, serviciales, conocedores de aquellas tierras, indispensables al mismo tiempo que económicos, tanto así que Casado los trababa poco menos que como esclavos, pagándoles su trabajo en especias.

Las tolderías estaban conformadas por unas veinte o treinta carpas pequeñas y asfixiantes durante los veranos calorosos que podían sobrepasar los cuarenta grados centígrados, en donde el olor desagradable se imponía. El hacinamiento de los miembros de la familia era tal que era complicado moverse.

Kataryna había aprendido mucho de las costumbres de las tribus indígenas, de las plantas de la zona, del manejo de los frutos silvestres y al mismo tiempo intentó enseñar a las mujeres a preparar los cultivos, pero sin mucho éxito. Los indígenas gustaban de la caza y la pesca y no se inclinaban por la siembra o la cría de animales domésticos. Estaban muy predispuestos a las fiestas y si lograban echar mano de algún licor, mucho mejor. Una vez al mes llegaban desde el pueblo los víveres que les eran entregados para su manutención. Ese mismo día iniciaban una gran fiesta, y no paraban hasta que el último grano del último saco se acabara. Los indígenas no tenían el concepto de previsión o de ahorro. Kataryna intentó infructuosamente enseñarles esos conceptos junto con el de evitar el despilfarro, pero aquellas semillas no cayeron en tierra fértil. La mentalidad indígena era vivir el momento y ver cómo sobrevivir al día siguiente.

Kataryna y su familia visitaban el pueblo cada dos meses recorriendo los sitios de interés que no eran pocos.  Puerto Casado representaba para el gobierno una importante fuente de ingresos y centenares de puestos de trabajo para los paraguayos. Al mismo tiempo había representado un enclave muy importante durante la Guerra de Chaco como puerta de ingreso de los soldados paraguayos, ya que el ferrocarril de trocha angosta construido por la empresa para trasportar los troncos había prestado ciento treinta y cinco mil viajes trasportando tropas; heridos; armas; municiones; víveres; combustible; medicina y lo más importante, agua.

 El Paraguay estaba en deuda con los Casados, una deuda que el gobierno tendría que pagar durante décadas. Puerto Casado fue, además, el único pueblo bombardeado durante la guerra. Una cuadrilla boliviana de seis aviones arrojó unas veinticinco bombas matando a cuatro civiles. Aún perdura uno de los cráteres producidos por aquel bombardeo, en el que pueden permanecer algo más de cincuenta hombres cómodamente sentados.

Puerto Casado era uno de los pueblos más pujantes del país. El alma del complejo industrial era un motor norteamericano que servía para producir vapor que hacía funcionar la fábrica que además generaba energía eléctrica que era distribuida entre los barrios de los empleados y los administrativos que en su mayoría eran extranjeros. El pueblo contaba también con dos tanques de agua potable sostenidas en lo alto de largos soportes de acero que asemejaban las patas de dos gigantescos arácnidos.

La iglesia de San Ramón Nonato, obra misionera salesiana, estaba orientada a la civilización de los indígenas, construida de ladrillos, pintada de rojo y blanco elevaba su cruz hacia un cielo azul brillante. Su campanario soportaba tres campañas cuyo singular tañido anunciaba el inicio de la misa.

 A pesar de que la diferencia de clases era muy notoria en Puerto Casado (los empleados y administradores vivían en una parte del pueblo separada del resto de los pobladores y trabajadores) todos asistían juntos a misa. La ubicación de la iglesia era estratégica, se situaba en el límite entre ambas partes. Karatyna intentaba asistir a misa cada vez que iban al pueblo, mientras Alexander paseaba con Felipe por las calles blancas que contrastaban con el cielo azul intenso y el verde de la hierba.

Cuando la misa terminaba, solían escalar una de las pocas elevaciones existentes, el cerro Galván de trescientos veinticinco metros de altura y observar desde allí el magnífico escenario.

En una de aquellas visitas al pueblo, se produjo un desperfecto en el sistema de ciclones de la trituradora, en donde se convierten los árboles de quebracho colorado en aserrín del que posteriormente se extraerá el tanino. Debido a este desperfecto, un polvo fino y denso en suspensión cubrió todo el pueblo amenazando con convertir el aire en irrespirable. El mecánico se hallaba de vacaciones, y no había nadie que lo remplazara. Se hizo necesario suspender la producción para evitar problemas respiratorios especialmente en los niños. El pueblo entero quedó sorprendido, era la primera vez en varias décadas que ocurría algo como eso.

Mientras aquello sucedía, Alexander y su familia disfrutaban de un paseo por el pueblo. Eran algo más de las tres de la tarde, estaban cansados, tenían los pies adoloridos. Se dirigieron hasta un banco de piedra debajo de un gigantesco árbol de Guayaibí cuya copa parecía unos enmarañados risos. El árbol situado al lado de la comisaría extendía sus ramas en todas direcciones e invitaba a descansar debajo de su sombra. Se dejaron caer sobre el banco al tiempo que se enjugaban el sudor de sus frentes.

Alexander vislumbró la figura de un hombre algo subido de peso acercándose a ellos con pasos extenuados, jadeaba y se enjugaba la frente de tanto en tanto. Su prominente barriga parecía escapársele por encima de la cinturilla de su pantalón. Llevaba un sombrero de paja sobre su cabeza que cubría gran parte de su rostro por lo que Alexander no lo reconoció en un primer momento. Cuando estuvo a escasos metros de la comisaría, Alexander extrajo sus lentes del bolsillo de su camisa y se los ajustó sobre las orejas. En aquel momento no le quedó dudas, se trataba de Valentín Sokolov su amigo y compatriota, quien se encargaba del área administrativa y de exportación del tanino que se producía en la fábrica.

Alexander se puso de pie cuando el hombre estuvo frente a ellos. Se saludaron con efusividad ya que no se veían desde hacía algún tiempo.

Valentín era un hombre de estatura mediana, ojos azules, brillantes, pequeños y redondos debajo de una enmarañada mata de canosas cejas dignas de alguna historia de terror. Debajo del sombrero pirí[2] escondía una profunda y reluciente calvicie. De labios delgados casi inexistentes, pero de expresión bonachona, cálida y cordial.

Luego de saludar a Alexander, le dedicó una sonrisa a Kataryna, sus labios desaparecieron por completo para formar una perfecta curva convexa, al mismo tiempo que alborotaba el pelo de Felipe cariñosamente.

El aprecio entre Valentín y Kataryna era mutuo, en cierta forma lo veía como al padre al que se vio obligada a abandonar en Ucrania. Le gustaba oírlo contar historias y anécdotas, en especial las que tenía como protagonista a Alexander ya que los amigos se conocieron poco antes de la Guerra del Chaco.

Luego de los saludos de rigor, Valentín fue directo al grano, ya que la situación lo ameritaba.

_Uno de nuestros paisanos me dijo que te vio paseando por el pueblo. ¿Por qué no me buscaste? Podría haberlos invitado a almorzar.

_No quisimos causarte molestias, sé que estas ocupado, más aún con el paro imprevisto de la fábrica.

_Te estuve buscando por todas partes, José Casado quiere verte_ dijo Valentín, Alexander pensó que se veía preocupado.

_ ¿De qué se trata? _ preguntó Ivanov algo inquieto, no era normal que el dueño de todo en aquel pueblo quisiera verlo, menos en su día de descanso.

Kataryna y Alexander intercambiaron miradas de perplejidad.

_No estoy autorizado para decírtelo, el jefe quiere hacerlo. No hay de qué preocuparse_ dijo Valentín con otras de sus peculiares sonrisas.

Alexander asintió, para luego encaminarse en compañía de Valentín hacia la fábrica. Kataryna y Felipe se mantuvieron al amparo de la sombra del Guayaibí cuyas hojas se sacudían suavemente con la brisa que acababa de entrar por el norte.

El sendero de entrada a la fábrica descendía en forma recta hasta las oficinas de administración, pero antes se debía transitar por el depósito de los troncos de quebrachos que se alzaban a ambos lados del sendero, una especie de muro que medía entre diez a quince metros de altura. Al terminar el sendero de troncos de quebrachos, se alzaba la fábrica a la izquierda y el edificio de administración a la derecha. En el área de estacionamiento, se hallaba estacionada una cuadrilla de entre doce o quince camiones con las palabras PUERTO CASADO S.A. estampadas en los costados color verde musgo.

Antes de ingresar por las puertas que en ese momento se encontraban abiertas de par en par, Alexander captó un movimiento en una de las ventanas del segundo piso con el rabillo del ojo. Levantó la mirada hacia la ventana situada a la su izquierda. Sobre el camino de acceso, vio a José Casado que lo observaba con el ceño fruncido y se preguntó de que querría hablar el jefe con él.

En el edificio había tanto ajetreo como hormiguero en día de verano. Los empleados se movían de un lado a otro, llevando papeles, enviando telegramas, desesperados por solucionar el problema de los ciclones.

Subieron por las escaleras hasta el segundo piso. Antes de que Valentín tuviera ocasión de informarle a la secretaria de Casado que había encontrado a Alexander.

_Don José los está esperando_ se apresuró en contestar la mujer con una mirada que Alexander consideró de alivio.

Tocaron a la puerta y un apremiante “Adelante” les aseguró el ingreso.

Casado se hallaba de pie frente a la ventana que ofrecía una buena vista de los depósitos de quebrachos y el sendero, por lo que había advertido la presencia de ambos hombres apenas ingresaron a las instalaciones de la fábrica. Giró sobre sus talones y observó a los dos hombres que tenía delante.

Casado era un hombre de tes blanca, pelo castaño, de severo semblante, de cabeza noble sobre un cuerpo delgado y elegante. Sus ojos cafés parecían siempre estar evaluando a todo aquel que cayera en su radio de visión.

Invitó a ambos hombres a que se sentaran frente a su impresionante y moderno escritorio inglés al tiempo que agitaba una mano con ademán vago. Alexander reparó en un portarretratos ubicado al lado derecho del escritorio. La fotografía mostraba a una mujer de perfil que probablemente era la esposa de Casado. Una pintura de la fábrica de tanino destacaba sobre una de las paredes y directamente frente a esta, se distinguía otra en donde se representaba la primera estación del ferrocarril de Puerto Casado.

. El líder de aquella fábrica se mantuvo de pie detrás del escritorio. Se dirigió a Alexander explicándole el motivo por el cual había requerido su presencia.

_Valentín me habló de usted y de su habilidad para reparar cualquier cosa_ dijo.

Alexander mostró cara de perplejidad. No tenía la menor idea de lo que pasaba por la cabeza del propietario de la fábrica.

_Me gustaría que intentara arreglar el ciclón_ se explicó Casado.

Alexander dirigió su mirada a José Casado y luego a su amigo Valentín Sokolov con una expresión de absoluta incredulidad en su rostro y se quedó mudo de asombro. Tenía que reconocer que aquella idea no se le habría pasado por la cabeza ni en un millón de años.

_Si bien tengo cierta habilidad con las máquinas, no soy mecánico. Mis conocimientos son limitados_ respondió Alexander.

_Mire Ivanov, no cuento con nadie más que se atreva a intentarlo. La pregunta es ¿lo intentará usted? De lo contrario tendremos la fábrica detenida por al menos una semana hasta que consiga que alguien venga desde Buenos Aires.

_Podría echarle un vistazo, pero no puedo asegurarle que resuelva el problema_ contestó la rasposa voz de fumador de Alexander.

Aquella respuesta era una respuesta diplomática ya que jamás había visto un ciclón en su vida y no tenía idea de cómo funcionaba.

El hombre detrás del escritorio permaneció impertérrito y en silencio después de oír las palabras de Alexander.

_Tengo algo que proponerle_ dijo poco después_ si logra que la fábrica vuelva a arrancar, pienso hacerle jefe del departamento mecánico.

Ivanov parpadeó en incredulidad, pero luego se detuvo a considerar aquella alocada y desesperada propuesta. Estaba satisfecho con el puesto que tenía en la estancia y no había pensado en la posibilidad de trabajar en el pueblo. Titubeó unos instantes antes de contestar.

_Voy a intentarlo, pero no porque desee el puesto que me ofrece, sino porque me gustan los retos_ contestó Alexander.

_Muy bien, pero mi ofrecimiento sigue en pie_ dijo mientras desviaba la mirada por un segundo hacia un lado, como si intentara comprobar si la fotografía seguía en su lugar. Alexander pensó que aquel gesto era el gesto típico de un embustero y que Casado no cumpliría con su palabra.

Esta vez Alexander estuvo equivocado. Un día después de que logara poner en funcionamiento el sistema de ciclones, Alexander recibía una propuesta formal de la empresa que no podía rechazar.

Los arpegios de la lejana guitarra desaparecieron dejando solo el susurro que arrastraba la corriente del río. Kataryna suspiró profundamente antes de ponerse de pie. Recoció su largo pelo en un rodete, lo ajustó con la horquilla y se encaminó por el sendero que conducía a su nueva casa.


[1] Boyero: término utilizado por los Casadeños que se le atribuye a la persona que dirige una carreta tirada por bueyes.

[2] Pirí: tejido de origen guaraní que se realiza con hojas de la palmera Karanda’y

Destacada

HISTORIAS ENTRELAZADAS ( Kataryna y Alexander)

Villa Encarnación, setiembre de 1939.

I

Kataryna había encendido las lámparas, pues el crepúsculo ya había caído y proyectaba largos rectángulos de luz sobre el huerto. Se quedó observándolo a través de la ventana. Los plantones de tomate se hallaban cubiertos de frutos rojos y jugosos. Las matas de lechuga y repollos parecían mirar al cielo que empezaba a cubrirse de puntos centelleantes.

Exactamente dos años atrás la maga de langostas había invadido aquellos campos, pero gracias a la perseverancia habían logrado que volviera a dar frutos. Fue un año cargado de desafíos y carencias, pero el futuro aparecía prometedor.

Le dio la espalda a la ventana y se dirigió a la sala. La escasa luz de la lámpara no le permitía ver lo que había delante de ella, pero por el apagado eco de sus pasos suponía que no había obstáculos delante de ella. Vislumbró una desdibujada mesita y a tientas llegó a hasta ella y encendió otra lámpara. La luz azafranada iluminó la sala.

En el estante junto al reloj, se alzaba una radio que Alexander había recibido como parte de pago de una deuda. El antiguo dueño no tenía forma de honrar su deuda por lo que ofreció la radio como parte de pago. El aparato construido con una exquisita madera de roble claro ofrecía la apariencia de una catedral.

Encendió el artefacto y el ruido blanco cubrió la silenciosa habitación. Sostuvo la perilla negra entre los dedos pulgar e índice y lo giró lentamente cambiando de estación. El zumbido bajo permaneció inalterable. Giró de nuevo la perilla solo un milímetro y oyó el chirrido de interferencias en donde unas cuantas voces tartamudeaban como lejanos espectros. Giró la perilla nuevamente, la radio captó lo que parecía ser una canción siciliana, pero extrañamente otro sonido parecía superpuesto sobre el primero. Ajustó el dial solo un poco y la canción siciliana retumbó sus alegres notas en las paredes del saloncito. Kataryna repitió la operación una y otra vez intentado hallar alguna emisora en su idioma natal que le proporcionara información sobre su patria.

En contadas ocasiones había conseguido su objetivo. La claridad de la recepción dependía de los fenómenos atmosféricos y otras variables, las cuales no comprendía muy bien. Algunas trasmisiones afirmaban que los soviéticos habían realizado millones de arresto políticos en los últimos años, de los cuales el ochenta y cinco por ciento resultó en condena. Eso solo significaba La Muerte. Muchos otros simplemente desaparecían.

Kataryna rogaba a Dios arrodillada frente al crucifijo de su madre que se apiadara de su familia y los mantuviera a salvo.

Ajustó de nuevo el dial y el aparato emitió una serie de pitidos, seguido de una melodía rara y luego la voz escalofriante de un niño que trasmitía una serie de números en ruso, a los que en un primer momento no le prestó mucha atención. La trasmisión duró aproximadamente treinta segundos y luego se hizo el silencio roto solo por un leve ruido blanco. El silencio se extendió por unos segundos y cuando estuvo a punto de cambiar de dial se oyeron de nuevo los pitidos, la melodía, luego la voz del niño y aquella misteriosa serie de números.

“82153 68400 63155 66148”

Se quedó de pie con los brazos cruzados sobre el pecho oyendo aquella serie de números por espacio de cinco minutos y de pronto todo quedó en silencio. Esperó a que se reanudaran de nuevo, pero no sucedió. Se rascó la cabeza con el dedo índice como si aquello la ayudara a descifrar aquel extraño misterio mientras que una creciente comprensión anidó en su mente.

Había ido hablar de los largos tentáculos soviéticos que alcanzaban a toda américa y de espías en busca de desertores. Muchos de sus amigos intentaban dilucidar la forma en que se trasmitían las informaciones. Un ingeniero ruso había insinuado algo sobre el uso de las ondas de radio y emisoras fantasmas y pensó que se había topado con una de ellas.

Apagó la radio, de pronto había perdido el interés. No podía descubrir lo que aquel mensaje encerraba y aunque lo hiciera no podía hacer nada al respecto.

II

La faena del ganado nunca había sido una de las labores que Alexander particularmente disfrutara. Por el contrario, era una de las ocupaciones que más detestaba. Repudiaba quitarles la vida a los animales, aunque era plenamente consciente de que era necesario hacerlo. Intentaba prepararse mentalmente cada vez que le era imposible encomendar dicha labor a algunos de sus capataces o peones. Incluso utilizaba la “disociación de la realidad” como algunos de los autores de los libros de psicología que leía mencionaban. Entre algunos de los destacados estudiosos de la siquis que ocupaban un lugar en su amplia biblioteca se hallaban Pierre Janet, Sigmund Freud y Paul Federn.

 En realidad, era una técnica que Alexander había desarrollado, una técnica que le permitía alcanzar cierto grado de desconexión centrándose en empapar su mente de pensamientos placenteros, aunque quiméricos. Sus evocaciones emergían al azar de las profundidades brillantes e indefinidas de su memoria, sin que la mayoría de las veces le fuera posible establecer algún enlace de tiempo entre ellos. Las imágenes emergían como pequeñas islas luego de un maremoto, en los que se mezclaban la realidad y la imaginación.

Pero entre aquellos recuerdos y fantasías surgían también a veces algunos hechos terribles que trasformaron su vida, en especial todo lo referente a Tatiana que quedó grabado en su espíritu con letras abrazadoras e implacables.

En uno de aquellos estados de disociación se hallaba su alma cuando se acercó lentamente Juan, su antiguo hombre de confianza.

Observó a Alexander de espaldas acuclillado, mientras deslizaba un afilado cuchillo a lo largo de las orbitas del animal hasta hacer caer los ojos dentro de un recipiente de hojalata.  Cuando estuvo a menos de dos metros de distancia se detuvo y aclaró su garganta antes de hablar.

_Alexander Ivanov_ dijo con voz alegre.

El aludido giró la cabeza sobre su hombro izquierdo y contempló detrás de las gafas con ojos sorprendidos al recién llegado. Se puso de pie de un salto como si un par de resortes lo impulsaran, de inmediato una sincera sonrisa se dibujó en sus labios.

_ ¡Juan! _ dijo mientras dejaba el cuchillo a un lado y se sacaba el mandil de cuero que utilizaba para proteger su ropa.

De pronto, frunció el ceño y su alegría inicial se trasformó en preocupación.

_ ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha sucedido? ¿Están todos bien en la hacienda? _ prorrumpió en preguntas aceleradas.

Alexander mantenía comunicaciones periódicas con Juan y ocasionales con algunos de sus hijos en fechas significativas como cumpleaños y fiestas de fin de año en las que se escribían alguna que otra escueta carta. Cuando salió de Oberá, Galina y Yuri cortaron toda comunicación con Alexander. En cambio, mantenía relaciones cordiales con Iván, Nadia y Oleg.

Nadia se había casado seis meses atrás y vivía con su esposo en Buenos Aires.

Oleg seguía siendo un niño y apenas se tomaba la molestia de escribir unas líneas a su padre. No es que esto molestara o inquietara particularmente a Alexander, por el contrario, lo comprendía por completo ya que se consideraba un hombre de pocas palabras. Por otra parte, Alexander consideraba a Iván como su antagonista, escribía largas y emotivas cartas en donde le expresaba su incondicional afecto. Actitud que perturbaba profundamente a su padre ya que no estaba habituado a aquellas demostraciones de estima que su hijo le profesaba, es más, creía que no era digno de tal afecto.

_No se preocupe, no sucedió nada, solo vine a verlo y a conversar con usted_ se apresuró a decir Juan.

Alexander relajó su semblante y volvió a aparecer de nuevo aquella sonrisa genuina a la cual las personas que lo conocían no se hallaban muy familiarizada.

_Deja que me lave para que pueda darte la bienvenida con propiedad_ dijo Ivanov.

Juan asintió con una sonrisa y esperó a que Alexander se aseara. Mientras esto sucedía lo observó con detenimiento. No lo veía desde que había dejado Oberá. Aún mantenía su impresionante presencia y su espalda atlética, pero las canas ocupaban ahora gran parte de su cabeza.

Alexander se acercó al pozo y extrajo agua por medio de un balde amarrado a un sistema de poleas. Depositó el líquido en una palangana, se sacó las gafas y se lavó las manos, los brazos y la cara. Cuando finalizó se secó el rostro con el faldón de la camisa. Tenía los labios secos. Intentó humedecerlos con la lengua, pero también estaba seca, por lo que tomó un sorbo de agua directamente del balde. Acto seguido, se ajustó los lentes y se acercó a Juan. Lo estrechó entre sus brazos y le palmeó la espalda en señal de aprecio.

Ivanov le encargó a uno de los peones la finalización de la faena antes de invitar a Juan a que conociera sus nuevas tierras.

Se dirigieron luego en silencio rumbo al campo en donde pastaba el ganado. las pocas cabezas con las que contaba el año anterior se habían multiplicado y pacían pacificas en los verdes pastizales. Se sentaron frente al tajamar en donde una de las vacas y su cría bebían placenteramente. Alexander extrajo un cigarrillo del bolsillo de la camisa, y lo encendió. Le dio una profunda calada y soltó el humo por encima de su cabeza. Rodeó luego sus rodillas flexionadas con los brazos y esperó a que el visitante dijera algo.

_Estas tierras parecen ser generosas_ dijo el hombre poco después al tiempo que acomodaba sus lentes sin montura sobre el puente de su generosa nariz.

_Lo son_ convino Ivanov haciendo un asentimiento con la cabeza_ pero no ha sido fácil.

Juan pensó que la voz de Alexander se había trasformado en una de aquellas voces que caracterizan a los hombres fumadores: voz espesa, varonil, pero un poco escabrosa, propensa a las ronqueras.

Alexander tomó una piedra y la arrojó al tajamar. Media docena de ondas concéntricas cubrieron el apacible espejo de agua.

_Juan, ¿por qué no me dices que es lo que te trajo hasta aquí? _ preguntó sin mirar al visitante.

Juan aspiró profundamente antes de hablar, señal que no pasó desapercibida para Ivanov.

_Yuri va a casarse en un mes_ dijo Juan y esperó la reacción que produciría aquel anuncio en su interlocutor.

Ivanov no pareció sorprendido. En realidad, no tenía por qué estarlo. Su hija Nadia se había casado y solo le anunciaron el enlace en una sucinta carta unos días antes de la boda.

_ ¿Y? _ preguntó Alexander para después darle otra profunda calada a su cigarrillo.

_Yuri quiere que le den su parte de la hacienda_ agregó Juan inclinándose levemente hacia adelante, esperando con respeto y atención las siguientes palabras de Ivanov.

_ ¿Qué se supone que eso significa? ¿A caso no obtiene ya su parte de las ganancias de la hacienda? _ preguntó Ivanov al tiempo que apagaba el pitillo contra el suelo.

_Quiere poner en venta la hacienda y que le den la parte del dinero que le corresponde_ explicó.

Juan observó el cambio en el rostro de Alexander. Las venas de su cuello se dilataron y él sabía que cuando aquello ocurría era porque se hallaba realmente molesto. Algo que rara vez ocurría. Pero a pesar de ello Alexander se echó a reír. Su risa sonó dolorosa, pero a la vez irónica.

_Yuri hace esto solo por fastidiarme. Sigue odiándome y quiere seguir castigándome_ contestó Alexander_ pero no tiene caso, no pueden vender la hacienda hasta después de la muerte de Galina. Has perdido tu tiempo viniendo hasta aquí_ su voz sonó amarga, pero esbozó una sonrisa de incredulidad, mezcla de insatisfacción e ironía.

Juan asintió y se reflejó cierto alivio en sus ojos. Alexander imaginó que la situación no era agradable para él siendo el administrador de la hacienda.

_No he perdido mi tiempo. Me alegra mucho poder verlo_ contestó antes de que se estrecharan las manos.

III

La visita de Juan dejó cierto sabor amargo en Kataryna. Apreciaba al hombre, pero su llegada le había traído recuerdos dolorosos que hubiese preferido mantener enterrado en lo más profundo de su ser. Hacía casi cuatro años de la muerte de Daryna, aún le dolía, y estaba segura de que le seguiría doliendo por el resto de su vida.

Felipe le traía alegría y una poderosa razón para vivir, pero el amor maternal que el niño le inspiraba no era suficiente para olvidar a las tres hijas que perdió.

Los dos primeros años de la vida de Felipe habían sido un reto constante por salir adelante, la batalla librada contra la manga y la amenaza de una nueva invasión seguía latente, a pesar de que extremaron precauciones. No obstante, la hacienda iba progresando y esperaban que aquel año empezara a dar sus frutos. Todo aquello la llenaba de satisfacción.

Sin embargo, había notado un leve cambio en el comportamiento del niño después de haber cumplido los dos años. Si bien Felipe era un niño alegre y feliz la mayor parte del tiempo, de tanto en tanto parecía sumirse en una especie de nebulosa gris, como si se desconectara de la realidad y se sumergiera en un su mundo particular. Le recordaba intensamente a su padre. La diferencia entre ambos radicaba en que Alexander era consciente de aquellas etapas en las que su mente se disgregaba e intentaba luchar para salir a flote. El niño simplemente no tenía idea de lo que le ocurría.

Cuando cumplió los tres años, se le sumó otra extraña manifestación a su ya de por sí poco común comportamiento. Empezó a exhibir episodios repentinos y repetitivos de conducta impulsiva, a veces agresivas que concluían con arrebatos de llanto y un prolongado silencio acompañado de un severo aislamiento.

Felipe actuaba como el poderoso río Paraná, que al observarlo desde la orilla se veía lento y aparentemente calmo, con aguas que parecen apenas moverse, pero que cuando lo navegas tienen peligrosas corrientes y remolinos. Y qué decir de la enfurecida fuerza que presenta durante las tormentas y crecientes, en donde si te arriesgas te hundes y pierdes la vida. Eran en aquellos momentos en que la sombría gravedad de la expresión de Felipe asombraba y a la vez preocupaba a su madre mucho más por tratarse de un niño tan pequeño.  Cuando aquellos episodios desaparecían, al cabo de un par de horas, volvía a hablar y su voz sonaba tranquila y apacible.

En una ocasión, mientras se hallaba montado sobre su caballito de madera, meciéndose con rapidez, como si intentara huir de un perseguidor invisible, su madre lo reclamó en la cocina con un plato de Varenyky, el preferido de Felipe. Pero por extraño que pareciera el niño pareció no oír a su madre. Lo llamó un par de veces más, pero Felipe seguía meciéndose con rapidez, su rostro estaba rojo, el sudor le corría por las mejillas y tenía el cabello apelmazado y húmedo. Kataryna se acercó a su hijo y detuvo el caballito para evitar que siguiera meciéndose.

_Felipe la comida está lista_ dijo con voz cariñosa.

El niño la miró con dureza, como si acabara de interrumpir la más importantes de sus tareas. Su cara adquirió una fría calma como las que preceden a la peor de las tormentas. La observó con ojos penetrantes y admonitorios, para luego estallar en un arrebato de rabia incontrolable.

Descendió del caballito dando estridentes gritos, sacudiéndose como si fuera presa de una terrible convulsión para luego regar por la sala, todos los libros ordenados en el estante que estuvieron a su alcance. Su madre se quedó petrificada ante aquella violenta reacción. El niño parecía no solo experimentaba una explosión violenta sino también parecía genuinamente angustiado.

Cuando Kataryna pudo reaccionar lo levantó en brazos e intentó estrecharlo contra su pecho al tiempo que repetía palabras tranquilizadoras que parecían complicar muchísimo más la conducta del niño.

Felipe sacudía los brazos, propinaba a su madre puntapiés y chillaba como si fuera un cerdo que iba directo al matadero. Aquel episodio se extendió por unos diez minutos y de pronto Felipe se detuvo como si alguien hubiese oprimido un imaginario botón de apagado. Kataryna intentó abrazarlo de nuevo, pero el niño parecía una estatua de mármol. 

Lo dejó en el suelo y el niño abrió la puerta y salió al jardín. Se sentó debajo de un árbol y empezó a mecerse sobre su propio cuerpo.

Kataryna intentó entablar algún tipo de comunicación con él sin resultado. Se mantuvo en aquel lugar por un tiempo que a Kataryna le pareció eterno. Parecía resentido, permanecía en silencio o respondía con gruñidos. Al cabo de media hora dejó de mecerse, levantó la mirada al cielo y se mantuvo así por unos minutos. Luego, como si saliera de algún trance se puso de pie con energía y con el rostro radiante señalando con su pequeño dedo índice la puerta de la casa, como si fuera el fiscal en un juicio dijo con la voz más firme que Kataryna le haya ido jamás:

_Mamá tengo hambre.

Kataryna lo observó perpleja y asustada por unos segundos antes de que el niño repitiera la misma sentencia.

Una madre es una madre después de todo, por lo que lo tomó de la mano y se encaminaron juntos a la casa.

Nunca le comentó a Alexander aquel insólito episodio, no tenía idea de cómo abordar la situación del niño sin que el padre se sintiera personalmente involucrado, responsable y culpable de la conducta del pequeño.

IV

Esa noche entró soplando desde el sur una tormenta y llovió con fuerza durante dos horas. Los relámpagos iluminaban la oscuridad de la noche y los rayos sacudían los alrededores de la casa. Extrañamente Felipe permanecía arrodillado sobre una silla, sosegado, observando el espectáculo de luces y sonido que se exhibía en aquel escenario. El viento soplaba y la lluvia azotaba las ventanas.

Kataryna permaneció de pie al lado de su hijo contemplándolo. En otra época no muy lejana, los agudos bramidos de las ráfagas del viento y el juego de luces y los estruendosos estallidos, la habrían aterrorizado sobremanera. Había aprendido a lidiar con ellos y con las emociones que la dominaban y la reprimían cada vez que se desataba una tormenta, que en aquella parte del mundo eran bastante comunes.

En el exterior se produjo un estruendo que sonó como una explosión o como si una bomba cayera muy cerca de la casa. Kataryna se estremeció, su corazón dio un salto, pero pronto se repuso.

Felipe parecía estar disfrutando aquel espectáculo, se hallaba con la manito apoyada sobre el cristal como si intentara tocar el agua que discurría por el cristal, inmerso en sus propios pensamientos.

Un imponente relámpago iluminó la ventana de púrpura y blanco, una estentórea ráfaga de viento llegó arrastrada desde el sur por la descarga eléctrica, y la lluvia azotó el cristal con más fuerza. Kataryna pensó que seguramente se rompería en pedazos.

Intentó alejar al niño de la ventana, pero este se negó rotundamente a hacerlo. Permaneció observando el fenómeno hasta que el clímax del recital de relámpagos y truenos empezó a desvanecerse con lentitud. Kataryna se sentó entonces a contemplar a su hijo mientras los decrecientes truenos se alejaban y los relámpagos tartamudeaban una despedida. De vez en cuando resplandecía el fogonazo de un rayo cada vez más lejano.

Cuando la tormenta desapareció por completo, Felipe pareció despertar de su embeleso y descendió de la silla alejándose de inmediato. Kataryna lo observó con expresión perpleja. Su extraño comportamiento no dejaba de asombrarla y a la vez inquietarla. Emitió un largo y pesado suspiro se puso de pie y fue a la cocina por una taza de leche.

Destacada

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Villa Encarnación, setiembre de 1937.

I

Felipe acababa de quedarse dormido luego de una intensa sesión de juegos. Los juguetes habían quedado desperdigados por toda la sala y Kataryna empezó a juntarlos con pasos cansados y vacilantes. Le dolía la espalda y la cintura, pero no pararía antes de dejar todo en orden. La mecedora en forma de caballito era el juguete preferido del niño. Le gustaba sentarse a horcajadas y mecerse con fuerza a medida que imitaba el relincho del animal. Kataryna tomó el caballito y lo guardó dentro del armario. Acto seguido, recogió el camión Ford 31 modelo AA hecho de madera, era lo suficientemente grande como para que Alexander sentara a su hijo en la carrocería y lo paseara por todo el jardín. Felipe batía sus manitas con una alegría contagiosa y desbordante, mientras que en los labios de Alexander se dibujaba una de sus infrecuentes sonrisas. En aquellos momentos Kataryna se sentía impulsada en pensar que el niño era la verdadera fuente de esa insólita y grata alegría.

Cuando Kataryna los contemplaba interactuando juntos experimentaba una extraña mezcla de sentimientos: emoción por el hecho de que el pequeño tenía la capacidad de hacer borrar por unos momentos la sombra de amargura que Alexander cargaba casi todo el tiempo, pero también sentía un sabor agridulce al comprender que aquel estado emocional no le duraría mucho tiempo. Tenía la inquietante idea de que en pocos días él regresaría de forma inexorable a la misma posición de depresión en la que frecuentemente solía hundirse por largos periodos.

Aquel pensamiento la entristeció y sus ojos parecieron cubrirse de una densa nube. Sacudió la cabeza intentando borrar aquel pensamiento. Hacía mucho tiempo que se había propuesto dejar de pensar en el extraño comportamiento del padre de su hijo y a aprender a convivir con él.

Cuando terminó de arreglar la sala se dejó caer en una de las mecedoras observando todo a su alrededor intentando descubrir algún que otro juguete escondido debajo de algún mueble o en alguna esquina.

En la pared de la sala había un cuadro que Alexander había traído consigo desde Oberá. En realidad, lo tenía consigo desde que dejó Moscú, ya hace muchos años. El cuadro mostraba a tres niños vestidos con bellos trajes, oyendo con suma atención e interés lo que una anciana estaba narrando. Alexander le había dicho que la obra se llamaba “Cuento de hadas” y que había sido un regalo que su padre Nikolái le había hecho a su madre en el día de su boda. Aquel cuadro se había salvado de los saqueos que había sufrido la casa paterna luego del asesinato de sus progenitores a manos de los vándalos revolucionarios.

Frente al cuadro, al otro lado de la sala había estanterías altas y amenazantes, dispuestos en cuidadoso orden se veían incontables libros sobre diversas disciplinas como: agricultura; ingeniería; psicología; ganadería; física y matemáticas. Escrutó los libros con los ojos entrecerrados, de cerca, su vista ya no era como la de antes.

 En el centro de la sala, al costado de la mesa, dos surcos profundos cruzaban la alfombra de piel de toro. Eran las marcas de las patas curvadas del caballito de Felipe.

Suspiró frustrada, si el niño seguía meciéndose de aquella forma terminaría por perforar la piel del animal.

Kataryna se retrepó en la mecedora con las manos entrelazadas detrás de la nuca y los codos muy separados. La pañoleta ahuecada alrededor de su cuello emitió un sonido de protesta como si intentara recordarle que aquella no era una posición adecuada para una mujer. Pensó que, si su madre la estuviera viendo ahora, terminaría regañándola.

_ “Esa no es la manera correcta de sentarse de una jovencita” _ le diría.

Kataryna sonrió ante el recuerdo de su madre, pero de inmediato su sonrisa se trasformó en un rictus de tristeza. No había sabido nada de su madre desde que abandonara Ucrania. Había intentado escribirle, pero las cartas nunca llegaban a destino. Según se comentaba entre sus paisanos, ni siquiera ingresaban a territorio soviético. Lo único que le quedaba era rezarle a Dios para que mantuviera a su familia sana y salva.

Se puso de pie y se acercó a la ventana. El cielo primaveral era de un azul nacarado salpicado tan solo por alguna que otra nube blanca que erraba indolentemente por aquel barniz inmaculado como algún visitante no deseado. El sol que entraba en la sala era de un dorado brillante. Las sombras de las patas de la mecedora atravesaban el piso en franjas curvas como si de banderas ondeando al viento se trataran. Según el reloj Mantlepiece que se hallaba sobre la estantería, eran las tres y media de la tarde.

Abrió la puerta y salió al jardín, ahora que Felipe dormía podía disfrutar un poco de la tibieza del sol sobre su rostro. Su vista de cerca no era muy buena, pero veía a la perfección a la distancia. A pesar de que el cielo se hallaba despejado y el sol brillaba con fuerza, le pareció ver a lo lejos en el horizonte encendido una nube gris. Lo primero que pensó fue que llovería en la noche o tal vez durante la madrugada.

Buscó una pala y empezó a remover la tierra de la huerta que había sembrado. Se inclinaba de tanto en tanto para hurgar en la tierra en busca de algún yuyo que pudiera entorpecer el crecimiento de las hortalizas. Al cabo de unos quince o veinte minutos, se irguió, se pasó el dorso de la mano por la húmeda frente para enjugar el sudor, al tiempo que observaba la nube gris que parecía haberse extendido sobre el horizonte.

Al parecer la lluvia llegará antes de lo que había pensado, tal vez al caer la tarde.

Dejó la pala a un lado y se detuvo a contemplar la gran nube gris con ojos perplejos. Seguía ensanchándose en el azul tranquilo del horizonte. Pero al mismo tiempo parecía dilatarse y descender y luego ascender y contraerse como el latido de un corazón.

Al mismo tiempo, Alexander intentaba pasar por alto la densa y opresiva humedad que antecede al atardecer mientras supervisaba el nacimiento de un nuevo potrillo. La brisa alzó un remolino de hojas a su alrededor y supuso para él un alivio momentáneo.

Le pareció percibir un zumbido lejano pero persistente que lo obligó a escudriñar el horizonte. Contempló perplejo la nube gris que parecía latir lánguido. La nube parecía provenir del sur y extenderse a pasos agigantados en todas las direcciones.

Desde la distancia, pero claramente aproximándose, llegaba aquel sonido que bien podía ser producido por infinidad de insectos estridulando.

Alexander abrió mucho los ojos azules con auténtico terror ante la sola idea. Su mejilla cubierta de vello de hebras blancas se contrajo en incredulidad.

_ ¡No, no puede ser! _ dijo y sin embargo no era algo inverosímil, y no sería la primera vez que ocurriera.

Como para afirmar aquella idea, la nube gris pareció contraerse y luego expandirse.

Volvió a contraer las mejillas con una mirada inquietante y el corazón empezó a latirle con fuerza. Sus procesos mentales se aceleraron al máximo, casi se oían girar los engranajes de su cerebro.

Algunos de los trabajadores dejaron lo que estaban haciendo y se acercaron a Alexander atraídos por aquel espectáculo. Otros contemplaban el fenómeno, apoyados en los alambrados o sentados en medio del campo.

_ ¡Es una manga de tucú[1]!_ gritó Alexander mientras se le arrugaban las mejillas sin afeitar de un modo terriblemente espeluznante.

En ese preciso momento, como para reafirmar sus palabras la nube pareció ejecutar una extraña y difícil pirueta, subió y bajó rápidamente en diagonal para luego tomar la forma de un nubarrón alargado.

La manga de langostas no tardaría mucho en llegar. Estos insectos de comportamiento gregario formaban enjambres que pueden llegar a cubrir más de ciento sesenta kilómetros por día. Su potencial destructivo era enorme y amenazaba con destruir todo a su paso. Hace un par de años atrás habían invadido el norte de Argentina y arrasaron el territorio vecino alcanzando distancias de más de ciento cuarenta millas en un día. Las tierras de Ivanov se habían salvado de aquella invasión, pero al parecer, esta vez no contaría con la misma suerte.

Una langosta adulta puede pesar entre dos y tres gramos, puede devorar su propio peso en alimentos cada veinticuatro horas, mientras que un enjambre puede estar constituido por entre cincuenta y cien millones de insectos por kilómetro cuadrado es capaz de destruir más de mil toneladas de vegetación verde al día. Pero la destrucción no solo terminaba con el arrasamiento de los campos. Las langostas desovan en ellos y poco después eclosionan nuevos especímenes llegando a inutilizar los campos.

_ ¡No tenemos mucho tiempo! _ gritó y empezó a dar órdenes con voz imperiosa, cuando terminó inspiró hondo y masculló una sarta de improperios para después salir corriendo rumbo a la casa. Al mismo tiempo, los trabajadores hacían lo mismo en busca de ayuda.

 Cuando llegó acompañado de su galopante corazón, expiró despacio. Había estado conteniendo la respiración. Se topó con Kaspar que contemplaba la nube cada vez más grande y cercana con una expresión mezcla de ansiedad e incredulidad.

_ ¡Busca todos los objetos metálicos que encuentres y llévalos al campo de inmediato! _ dijo Alexander con voz imperativa.

El muchacho asintió y salió corriendo hacia el cobertizo en busca de chapas de zinc o cualquier cosa que le sirviera para ahuyentar a los insectos que se acercaban amenazantes.

Alexander vio a Kataryna que se apresuraba en cubrir la huerta con trozos de lona, en un intento desesperado por salvar las hortalizas.

_ ¡Entra en la casa! _ gritó Alexander_ no tarda en llegar.

_ ¡Tengo que salvar el huerto! _ espetó con voz angustiada.

Alexander dejó escapar lo que acaso era la risa más desprovista de humor que Kataryna ha oído jamás.

_Es inútil_ dijo él con la mirada abatida.

_Lo tengo que intentar de todas formas_ dijo ella.

_ De acuerdo, pero cuando termines métete a la casa.

Alexander distinguió una expresión de confusión y sorpresa en el rostro de Kataryna.

_No, iré al campo a ayudar_ contestó.

_Debes cuidar al niño, no puedes dejarlo solo.

Kataryna emitió un suspiro profundo de frustración. Alexander tenía razón, no podía dejar solo a Felipe.

Antes de que pudiera asentir, el sol quedó oscurecido por la invasión más espantosa que se había visto en décadas, creando una especie de penumbra sibilante. En cuestión de segundos cayó sobre ellos el vuelo pesado de millones de langostas voladoras.

_ ¡Protégete en la casa! _ gritó Ivanov.

Esta vez Kataryna obedeció. Se dirigió corriendo hasta la puerta que daba a la cocina y se introdujo en ella cerrándola con un golpe. Se apresuró a cerra las ventanas y enfiló el pasillo que llevaba a la habitación de Felipe. El niño seguía dormido ajeno al desastre que se orquestaba fuera. Regresó a la cocina y se plantó enfrente de la ventana conmocionada, en medio del creciente número de impetuosos insectos que amenazaban con destruirlo todo.

Al mismo tiempo, Alexander se dirigió al cobertizo en busca de un arma que lo ayudara a combatir el enjambre.  Rebuscó entre cajas, herramientas y recipientes en desuso, hasta que halló lo que estaba buscando. El lanzallamas boliviano que había guardado como trofeo de guerra. Estaba en buen estado ya que solía darle mantenimiento. Tomó el lanzallamas junto con una manguera de goma, y salió del cobertizo en medio de la lluvia de langostas que avanzaba con un ritmo aterradoramente rápido. Se cubrió el rostro con el brazo intentando protegerse de los insectos que se lanzaban en pica como si se tratara de aves acuáticas en busca de su almuerzo.

Kataryna apoyó una mano sobre el cristal, al ver como la silueta gris de Alexander se fundía con las siluetas negras de los árboles y cuando ya no distinguió una de otra emitió un leve gemido de desesperación.

Ivanov se dirigió a prisa hasta el camión que utilizaba para trasportar el ganado y las cosechas. Era un vetusto camión de tropas que el ejército paraguayo había dado de baja y que Alexander había adquirido por una módica suma, encargándose él mismo de su reparación y pintura. Lo llamaba cariñosamente “Puteshestvennik[2]. El capó era de un verde olivo, mientras que en los discos de las ruedas se apreciaba un rojo brillante.

Se arrodilló frente al tanque de combustible, instaló la manguera dentro, a continuación, abrió el tanque del lanzallamas en medio del zumbido de los insectos que se arremolinaban a su alrededor. Tuvo que dar un par de manotazos para intentar ahuyentarlos. Succionó por el otro extremo de la manguera hasta que el combustible empezó a fluir. Escupió en el suelo cuando sus papilas gustativas percibieron el sabor del hidrocarburo. Insertó el extremo de la manguera libre en el tanque del lanzallamas y dejó que se llenara el contenedor. Cuando terminó, se puso de pie y se aseguró de que el encendedor estuviera en el bolsillo de su pantalón. Acto seguido, se dirigió corriendo hacia el campo que ya se hallaba cubierto de langostas.

Kataryna observara atónita e impotente cómo las langostas envolvían los corrales, el potrero y los árboles. Su huerta estaba cubierta de manchas parduzcas y movedizas. Las langostas cercenaban las hortalizas, las hojas de los árboles y las flores del jardín, sin que ella pudiera hacer nada al respecto.

El quebracho del patio trasero se hallaba completamente negro, como si alguien acabara de untarlo con una especie de aceite pegajoso, con la diferencia de que aquel aceite se movía, se contorsionaba sobre sí mismo. Una de las ramas del árbol se quebró y quedó colgando en un racimo informe de langostas.

Kataryna no notó que se le clavaban las uñas en las palmas de las manos cuando cerró el puño. Se hallaba completamente ensimismada en aquel grandioso, impresionante, pero terrorífico espectáculo de la naturaleza.

Al mismo tiempo que las uñas de Kataryna se clavaban en las palmas de sus manos, decenas de voces agudas y graves gritaban de desesperación y pánico, seguido de ruidos de metales resonando, amalgamado con aquel zumbido infernal. Y la voz de Alexander chillando por encima de aquella repentina cacofonía. Aquellos gritos le provocaron a Kataryna una descarga eléctrica de desesperación.

Hombres, mujeres y jovencitos salieron a combatir, batiendo latas y agitando bolsas. La gente gritaba para ahuyentarlas.

Entre el gentío, Kaspar levantó los ojos implorando al cielo un poco de sensatez y solo pudo observar una gran mancha que se abalanzaba en picada sobre el campo y lo rodeaba.

Grupos de yeguarizos se juntaron en tropilla y recorrieron trescientos o cuatrocientos metros a través del campo aplastando las langostas y luego los hacían volver para iniciar de nuevo el penoso proceso.

Otros, armados con picos y palas, intentaban enterrar a las langostas en zanjas que cavaban a orillas del campo. Pero a pesar de todo el esfuerzo que hacían todo parecía inútil.

El zumbido de millones de alas batiendo al unisonó se sentía como un gran murmullo apagado, un recordatorio constante de que no había forma de vencer a aquel enajenado y hambriento enjambre.

Alexander sacó el encendedor y lo sostuvo con la mano derecha accionando el interruptor de encendido jadeando para recuperar el aliento. Apretó el interruptor del lanzallamas y acercó la llama azul del mechero. De inmediato salió despedida una larga llama horizontal que se asemejaba a la flama expulsada por la boca de un dragón milenario.

Bajó la mirada a sus pies, a pesar de que el suelo se hallaba cubierto de una masa informe de insectos en constante movimiento le pareció que el suelo se evaporaba y Alexander apenas y se daba cuenta de la energía que había consumido desde que aquel proceso destructivo se iniciara. De pronto tuvo un destello, un fugaz recuerdo, en el que se vio corriendo por el medio de un campo de batalla, intentado evitar que una bomba lo alcanzara y le hiciera volar en mil pedazos, en medio de gritos desgarradores de soldados heridos y agonizantes. Ahora se hallaba de un nuevo en el campo de batallas, solo que esta vez, los enemigos no eran alemanes, soviéticos o bolivianos, eran simples insectos, pero que podían causar mucha más desolación y destrucción que simples seres humanos.

Enseguida, pareció reaccionar y con el lanzallamas en la mano empezó a calcinar todo aquello que se movía. Los insectos pasaban raudos alrededor de él, igual que una película a cámara rápida. Saltaba se las tinieblas a la penumbra borrosa, incinerando a los insectos por decenas, por cientos, por millares. Pero no era suficiente, nunca lo sería, aunque siguiera calcinando langostas durante días.

El calor a su alrededor era abrazador, palpitante. No solo las langostas ardían, también se incendiaba el campo levantando grandes llamaradas. No habría forma de sofocar aquel incendio. Que más daba, o las langostas devoraban todo o se perdían las cosechas en el incendio. De una u otra forma terminaría derrotado.

Lenguas de fuego amarillo pálido saltaban de un lugar a otro. Su rostro estaba descompuesto en una mueca de ahincó y concentración. Sentía cada inhalación como hierro fundido en la boca y la garganta. Podía oler los insectos chamuscándose y la grasa derritiéndose. Experimentaba un calor salvaje y espeluznante saliendo del montículo que se retorcía en una confusa mezcla de langostas, cosecha y fuego.

El estómago empezó a darle vueltas con el olor chamuscado y nauseabundo de los insectos calcinados. Tuvo arcadas, pero se obligó a no vomitar.

Los brazos le dolían, estaban pesados y acalambrados. Sintió que los músculos de sus brazos latían enloquecidos, pidiendo una atregua.  Pero además había otros dolores menores que pugnaban por abrirse paso, una ampolla en la mano derecha, un dolor sordo en la cabeza.

Bajó el lanzallamas y extendió los brazos a los costados por unos segundos mientras las langostas volaban sobre su cabeza, rozando su rostro y enredándose en sus cabellos.

Mientras esto ocurría, Kataryna no podía dejar de contemplar el terrible pero fascinante espectáculo. Se enjugó una lágrima de impotencia que rodaba por una de sus mejillas. Se aferró al marco de la ventana hasta que los nudillos se le pusieron blancos debido a la tensión.

El llanto de Felipe la regresó a la realidad. Se dirigió a la habitación donde dormía el niño y lo cargó en brazos. Recorrió la casa de punta a punta oyendo el repiqueteo de los tacos de sus zapatos contra el piso.

Todo parecía extrañamente irreal, algo sobrenatural, algo que solo podía hallarse en algún párrafo de la Biblia. La penumbra se había convertido en oscuridad absoluta. Se sentía tremendamente desorientada como si no se encontrara en su propia casa. Observó el reloj sobre el estante, indicaba las ocho menos veinte. Habían pasado horas desde que el enjambre descendiera sobre Villa Encarnación.

II

Alexander dejó caer los brazos en actitud de derrota. Sacudió la cabeza y el cedazo de su cabello filtró una nube de ceniza que cayó sobre su hombro.  El fantástico combate había durado casi cuatro horas entre gritos y redobles. La huerta quedó vacía y las langostas diezmaron los trigales para luego levantar el vuelo y seguir su camino arrasador. La oscuridad no le permitió vislumbrar la situación de los campos ni los daños ocasionados.

El grupo de campesinos y sus familias se sumieron en la angustia, se veían cabizbajos y ocultaban el rostro entre sus manos. Algunas mujeres se arrodillaban, lanzaban los brazos al cielo en gestos exagerados implorando misericordia.

No se pudo cuantificar la valentía, la persistencia, la dedicación con la que luchó cada uno de los habitantes de Villa Encarnación, pero tampoco la desesperación, la ansiedad, la desmoralización que sintieron al ver que todos sus esfuerzos fueron en vano.

Todos murieron un poco aquel día, tal vez sus piernas seguían andando, tal vez sus corazones seguían latiendo, tal vez se levantarían a la mañana siguiente y volverían a ver la luz del sol, pero la certeza de saber que las langostas regresarían de nuevo la próxima primavera era algo aterrador.

Alexander regresó a la casa arrastrando levemente las piernas y con la espalda encorvada. Tenía el rostro cubierto de un hollín grasiento y pegajoso. Oía a los primeros grillos de la noche afinando en el jardín. Nunca pensó que aquel sonido que siempre lo había reconfortado en sus noches más solitarias ahora le resultaría casi aterrador.

Había luz en una de las habitaciones. Por el débil resplandor juzgó que procedía de la cocina. Dejó caer el lanzallamas, pero prefirió no entrar. Rebuscó en sus bolsillos en busca de algún cigarrillo. Halló un par dentro del envoltorio. Estaban doblados y maltrechos, pero de todas formas servirían. Encendió uno de ellos y apoyó la espalda contra uno de los pilares. Le dio una profunda calada, la sensación del humo dentro de sus pulmones lo relajó de inmediato. Retuvo el humo por unos segundos y luego lo expulsó lentamente.

La experiencia lo había dejado exhausto no solo física sino también emocionalmente.  Permaneció tranquilo, pálido con la mente fija en otra realidad, planteándose huir de nuevo, dejar Villa Encarnación en busca de otro lugar, de otras experiencias. ¿Pero se preguntó qué es lo que en realidad pretendía encontrar? ¿Acaso no había pasado por eso más veces de las que podía contar? A pesar de saber las respuestas a esas preguntas, sabía con certeza que debía abandonar todo y empezar de nuevo. ¿Acaso no podía empezar de nuevo en aquellas tierras que le pertenecían?  Después de todo, las langostas acabaron con todo en un abrir y cerrar de ojos. Volver a sembrar sería como empezar de nuevo.

Volvió a dar otra calada a su cigarrillo. No, debía dejar todo esto atrás y empezar algo diferente. ¿Pero qué sería de Kataryna y Felipe? ¿Los abandonaría? ¿No lo había hecho acaso con Galina y sus hijos? Se acababa de meter en una trampa de culpabilidad dentada y filosa. Si cometía alguna estupidez como abandonar a su nueva familia, la trampa se cerraría con un estallido y le arrancaría la cabeza. Su cordura parecía bascular peligrosamente sobre sus goznes mentales. Pero no era la primera vez ni sería la última.

Oyó un ruido a sus espaldas. Miró sobre su hombro y vio a Kataryna en el umbral de la puerta. Se acercó a él despacio, vacilante, parecía estar sopesando su estado de ánimo.

_ ¿Dónde está Felipe? _ preguntó Alexander como si se tratara de un día cualquiera y no del fin del mundo.

_Se volvió a dormir luego de comer algo_ respondió ella.

Alexander se limitó a mirarla a través del velo del humo de su cigarrillo. Pensó que era mejor no decir nada. Creía que cuando se presentaban acontecimientos que llenaban a las personas de estupor y desesperanza, es generalmente mejor no decir nada, pues en tal estado cualquier palabra será una palabra desatinada.

_Vayamos a la cama, no podemos hacer nada más hasta mañana_ agregó ella al tiempo que situaba una mano sobre el hombro de su compañero.

Alexander dejó caer la colilla en el suelo y la pisó con la punta de la bota. Asintió en silencio y la siguió hasta el interior de la casa.

III

Cuando Alexander despertó por la mañana, le sorprendió ver la luz del sol. Brillaba con luz dorada y bañaba los desolados campos con su luz esplendorosa.

Salió de la casa con pasos cansinos y sombríos. Kataryna se le unió poco después. Llevaba al niño de la mano, pero pronto se separó de ella y se alejó corriendo.

El rostro de Alexander se veía desfigurado, se hallaba más angustiado, más ansioso, más deprimido que nunca.

La devastación era mucho mayor de lo que se había imaginado. Algunas zonas del campo ardían aún. Largas lenguas de humo negro y nauseabundo se levantaban hacia el cielo aquí y allá. Una alfombra informe de langostas muertas cubría el suelo por donde se mirase.  Los insectos se habían comido hasta el tallo del maíz, no habían dejado alimentos ni para el ganado.

Kataryna se dirigió a la huerta esperando encontrar alguna parte de sus hortalizas intactas, pero lo que encontró fue más langostas muertas. Sus ojos llenos de inquietud recorrieron el lugar sin dar crédito a lo que veían. Se llevó una mano a la boca para intentar evitar un gemido de desesperación. No quedaba ni una sola hortaliza en pie.

Felipe se sentó en el suelo y empezó a escarbar la tierra con sus manitos, parecía estar buscando algún tesoro escondido. Observó con curiosidad un pequeño montículo en donde un par de langostas se retorcían mientras batían sus alas en un susurro agonizante. Tomó uno de ellos pensando que era el juguete más gracioso que había visto. El juguetito se sacudía en su palma abierta produciéndole un suave cosquilleo.

_ ¡Mama, mama mira qué lindo! _ dijo y se puso de pie.

Kataryna despertó de sus cavilaciones y observó a su hijo. Se sobresaltó al ver lo que el niño llevaba en la mano.

_ ¡Suelta eso Felipe! _ le ordenó.

El niño soltó el insecto alarmado por el tomo imperativo y angustiado de su madre y se lanzó a llorar.

Kataryna se arrodilló en el suelo y abrazó a su niño que lloraba preso de la angustia y la inquietud que experimentaba. Era pequeño para comprender lo que sucedía, pero los chiquillos de su edad tenían una especie de sexto sentido y percibían con claridad la situación de desesperación y abatimiento de sus progenitores.

_Vamos no llores, no debes jugar con los bichos_ dijo su madre_ son sucios y huelen mal.

El niño seguía sollozando desconsoladamente como si en vez de recibir un regaño había obtenido un golpe.

_Vamos ayúdame a cavar_ lo animó al tiempo que lo tomaba de la mano y se dirigía de nuevo a la huerta.

Tal vez, las langostas se habían alimentado de todas las hortalizas, pero no pudieron comerse las zanahorias, las cebollas y las remolachas. Con un poco de suerte podría recuperar algo. Le entregó una palita de mano a su hijo, mientras que ella tomaba otra y se ponía a escarbar la tierra.

Mientras tanto, Alexander se sentó en el suelo y rodeó con las manos sus rodillas flexionadas. Tenía la mirada distante, como si en vez de contemplar el devastado campo que extrañamente se parecía a un campo de batallas después de la guerra, estuviera vislumbrando un mundo idílico muy pero muy lejos de allí. Se mantuvo en aquel estado ausente por varios minutos y cuando regresó, su mente empezó a considerar sus opciones, las cuales no eran muchas. La primera y la que sonaba con más fuerza en su cerebro era el de abandonar Villa Encarnación y probar suerte en otra parte. La segunda quedarse y luchar por recuperarse en aquellas tierras. La segunda opción era la más difícil, requeriría de mucho empeño, largas e interminables horas de trabajo constante. No podría cultivar de nuevo hasta asegurarse de que haya eliminado hasta el último huevo de langosta. De lo contrario, tendría una nueva invasión el siguiente año. Pero si decidía irse y abandonar todo, no le darían mucho por las tierras en el estado en el que se encontraban. En su cabeza había una lucha feroz entre dos bandos: uno que le apremiaba a salir corriendo y abandonarlo todo y el otro que le aconsejaba que se quedara y presentara batalla.

Aspiró profundamente y sus pulmones se llenaron de un olor fétido a langosta calcinada. Observó el gallinero, las gallinas cacareaban contentas. Al parecer eran las únicas que apreciaban vivamente la presencia de millares de langostas. Las levantaban con sus afilados picos y se las tragaban en uno o dos bocados. Para ellas se trataba de todo un festín.

Pero para el resto de Villa Encarnación en cambio, la manga de langostas solo había traído desolación y miseria, desesperanza y desaliento.

En los días posteriores a la invasión, ocurrieron una serie de suicidios en el pueblo. Campesinos agobiados por las deudas y las cosechas perdidas se pegaban un tiro o se cortaban las venas en un intento por huir de la desgracia sin saber que hundían a los que los sobrevivían en la más indolente de las desgracias.

Muchos querían dejar las tierras y buscar suerte en otros lares, tal y como pensó Alexander en un principio, pero se hallaron ante la desagradable sorpresa de que el tren no podía dejar la estación. Los insectos que habían colisionado con los vagones y la locomotora murieron aplastados por las ruedas del tren produciendo una especie de grasa viscosa en donde las ruedas se empastaban y resbalaban. Los pasajeros se apeaban y espolvoreaban tierra en los rieles y las ruedas intentando contrarrestar los efectos de aquella densa materia, pero a pesar de los esfuerzos no daba resultado. La locomotora lograba desplazarse unos metros y luego volvía a patinar y se detenía irremediablemente.

IV

A la mañana siguiente, Kataryna preparó café, algo de pan y unos huevos fritos para el desayuno. No pudieron comerse los huevos, el olor y el sabor eran repugnantes. Las gallinas que con tanta avidez se habían alimentado de las langostas habían producido unos huevos nauseabundos y repulsivos. Más tarde descubrían que aquel olor no solo afectaba a los huevos sino también a la carne de las gallinas.

Luego del poco agradable descubrimiento Alexander permaneció sentado junto a la mesa de la cocina inmerso en sus pensamientos, mientras Kataryna terminaba de lavar los trastes y limpiar la cocina. Cuando terminó, observó a su compañero por unos segundos, notó que se hallaba enfrascado en sus pensamientos y decidió dejarlo solo.

La preocupación principal de Alexander en aquel monto era evitar que el ganado se muriera de hambre. Debía hallar la forma de conseguir alimento en algún pueblo cercano y trasportarlo hasta Villa Encarnación. El tren aún no se ponía en movimiento. El gobierno enviaría una cuadrilla de hombres para limpiar los rieles, pero no llegaría hasta dentro de una semana.

Alexander tenía los dedos de las manos entrelazados y apoyados sobre la mesa. La espalda algo encorvada, la cabeza gacha y los ojos azules parecían cubiertos con un velo de confusión.

Tenía algo de dinero guardado producto de la venta de la madera de la tala de árboles, no era mucho ya que invirtió casi todo en la construcción de la casa y en la preparación y siembra del campo. Pero no le quedaba otra cosa que hacer, debía al menos, salvar al ganado.

Se removió en su asiento, frente a la mesa de madera en forma nerviosa. Se percató de pronto que había decidido quedarse y luchar, ya no había espacio en su mente para la primera opción que había considerado la noche anterior. Y por extraño que pareciera aquella decisión no lo hacía sentirse valiente o resuelto, todo lo contrario.

Se levantó de pronto y Kataryna lo vio alejarse rumbo al sitio en donde descansaba su camión, con las manos embutidas en los bolsillos traseros del pantalón. Gesto que su mujer nunca le había visto antes. Kataryna permaneció con los ojos fijos en él hasta que el sonido de sus botas se perdió en el corredor.  El aire seguía impregnado de aquel espantoso y persistente olor fétido que parecía resuelto a impregnarlo todo.

Se detuvo frente a “Puteshestvennik” y lo inspeccionó con detenimiento. Verificó el nivel de aceite, el agua y el combustible. Comprobó el estado de las llantas. Cuando terminó con la inspección, dio un par de palmadas al capó como si estuviera dándole su aprobación. Regresó con pasos rápidos y firmes a la casa. Buscó a Kataryna quien se hallaba en plena faena de limpieza y le informó que tomaría el camión y conduciría hasta Trinidad (un pueblo que distaba veintiocho kilómetros de Villa Encarnación) en busca de provisiones.

Alexander habló con coraje. Al menos, con el mayor coraje del que fue capaz dadas las penosas circunstancias por las que estaban atravesando. Kataryna observó en sus ojos determinación y arrojo. Percibió de inmediato que no se daría por vencido tan fácilmente. Admiró su aplomo y su resolución, al tiempo que asentía con una sonrisa que dijo mucho más que cualquier palabra de aliento.

Alexander buscó el dinero que tenía guardado en una ingeniosa “caja fuerte” situada debajo de un falso piso detrás del estante de libros. Besó a su hijo y abrazó a Kataryna antes de dirigirse hacia el camión que parecía esperar ansioso la llegada de su conductor, listo para iniciar aquella aventura. Si bien la distancia hasta Trinidad no era muy larga, el camión era viejo y había sufrido el embate de incontables batallas, además el camino era apenas unas huellas por donde las carretas circulaban y con las lluvias de primavera se cubrían rápidamente de hierbas y maleza que dificultaban el tránsito.

Tomó la puerta del camión e intentó abrirla, se produjo un ruido seco cuando las antiguas bisagras se movieron. Había olvidado aceitarlas cuando restauró el camión. Se dijo que lo haría cuando estuviera de regreso. Jaló del tirador y los goznes profirieron un fuerte chirrido al abrirse por completo la puerta.

Subió al vehículo de un salto y cerró la puerta que emitió otro chirrido, esta vez más estridente que el primero. Arrancó el “Puteshestvennik”. Al principio pareció resistirse, se sacudió, pero luego se oyó un gruñido grave acompañado de una gran nube gris que se expandía a través del caño de escape. Se puso en marcha poco después.

Una brisa suave refrescaba la mañana. Levantó la mirada observando un pequeño cúmulo de nubes grises que pronosticaban lluvia. Después de escrutar por un rato aquella región del cielo, pensó que sería mejor apresurarse, aunque era imposible que el camión viajara a más de treinta kilómetros por hora debido al mal estado del camino. Creyó que no le llevaría más de dos horas llegar hasta Trinidad, podía llegar antes del mediodía y regresar a eso de las tres o a lo sumo las cuatro de la tarde.

Quince minutos después, a ambos lados del camino descollaba el bosque, que se iniciaba a menos de cinco kilómetros de distancia. Enseguida, avistó una nube de polvo elevándose hacia el sur. El sol ascendente la convirtió en una bruma macilenta.

No mucho después, tropezó con una larga caravana de carretas que también se dirigía a Trinidad. Contó veinte carretas. Al parecer no había sido el único a quien se le había ocurrido la idea de conseguir provisiones. El camino era tan estrecho que no había forma de aventajarlos. Los siguió de cerca por algo más de diez minutos que a Alexander le parecieron horas. Aventajó a la caravana por un estrecho pasaje entre el bosque y el sendero.

El viento crecía con fuerza minuto a minuto y creyó que la lluvia terminaría por caer en menos de una hora. Y si no llegaba rápido terminaría varado en Trinidad hasta que pasara el mal tiempo. El cielo se veía cargado con nubes de tormentas y el calor de aquel mes de primavera era pesado e incómodo.

Recordó a Tatiana, no tenía razón aparente para hacerlo en aquel preciso momento, pero estaba habituado a que sucediera en los momentos más inverosímiles. Y este desde luego, era uno de ellos. Ciertos sentimientos dentro de su espíritu al parecer buscaban resurgir en aquella forma indirecta en que suelen hacerlo, a través de personas que uno se siente inclinado a recordar sin exacta o clara consciencia de la motivación. Sonrió ante su recuerdo. Tatiana siempre había representado para Alexander, el sosiego, la paz, la felicidad, por lo que no era completamente extraño que la recordara cuando andaba en busca de todas aquellas emociones.

Mas adelante, Trinidad pareció emerger sobre una colina. Al mismo tiempo, el cielo terminó por cubrirse por completo con una densa capa de nubes negras y amenazantes. El viento soplaba con más fuerza cuando se apeó frente a la primera mercantil que halló. Escrito en un cartel que se sacudía al viento, con pintura que en otros tiempos pudo haber sido de un escarlata brillante, pero que se había decolorado hasta adquirir un tono oxido desvaído, se leía un enigmático mensaje:

” La vida es una décima parte de las cosas que te pasan y la novena parte de la forma en que reaccionas a ellas”.

Se quedó frente al cartel que parecía estar a punto de ser arrancado por el viento, contemplándolo. Había mucha verdad en aquellas palabras de eso estaba seguro.

Una fuerte ráfaga de viento lo puso en movimiento. Ingresó al establecimiento apresuradamente. Un hombre con un sándwich en la mano, de ojos negros, penetrantes y misteriosos lo estudió desde detrás del mostrador con el hirsuto pelamen de sus cejas, como si se trataran de acechantes fieras escondidas entre matorrales de la selva. Frunció el ceño y apretó los labios como si intentara dilucidar qué diablos hacía aquel desconocido en su establecimiento justo cuando estaba a punto de lanzarse una tormenta.

Alexander lo saludó y tomó el toro por las astas, no tenía tiempo que perder. Le explicó al hombre lo que lo había llevado hasta allí. Él se quedó sorprendido, con el sándwich en la mano y la boca entreabierta. Alexander pensó que se veía como un de aquellos anuncios que publicitan periódicos o revistas internacionales. Reaccionó de pronto y le proporcionó a Ivanov la dirección del lugar donde podía adquirir los alimentos para el ganado, para después tragarse apresurado el trozo de sándwich. Alexander agradeció con una inclinación de cabeza.

Cuando salió a la calle, el viento lo hizo tambalear y la arena se le clavó en el rostro. Subió al camión y se dirigió a lugar que le habían señalado, no le supuso mayor inconveniente llegar hasta allí. Realizó la compra sin muchos contratiempos, pero se vio obligado a esperar a que cargaran el camión porque la lluvia empezaba a caer con fuerza.

A las cuatro de la tarde, el viento se había reducido a un susurro y la lluvia se había convertido en una leve llovizna. Las nubes empezaron a disiparse mientras Alexander cargaba el camión. El sol emergió despacio por detrás de una de las nubes y un arcoíris pintó el cielo con su paleta de colores.

Cuando emprendió el regreso a Villa Encarnación, había dejado de llover y el cielo azul y límpido lo precedía. Las sombras de los árboles proyectaban sombras que parecían arrastrarse en torno al camión como si se trataran de serpientes mientras la luz agonizaba en el cielo.

Llegó a casa cuando la noche envolvía al mundo en su manto negro. Se apeó del “Puteshestvennik” echó un vistazo a la casa y observó una luz encendida. Hundió los hombros, estaba cansado, pero echó a andar hacia el corral con la idea de dar de comer al ganado. Entonces se detuvo y giró sobre sus talones para observar una vez más la casa que parecía dormir en silencio con excepción de aquella luz.

Enseguida se puso en marcha llevando consigo su preciosa carga. Dispersó el sorgo en el corral y se detuvo a contemplar a los animales mientras se alimentaban, mientras pensaba que el trabajo apenas empezaba. No tenía alimentos para más de una semana, pero afrontaría los problemas un a la vez, paso a paso, día a día.

Se dirigió a la casa y entró con sigilo. Kataryna y el niño estarían durmiendo. La luz provenía de la habitación, al parecer Kataryna seguía despierta. Abrió la puerta con cuidado. A la luz de una lampara sobre la mesilla de noche, ella giró la cabaza hacia la puerta. Al verlo sonrió y extendió su mano. Él se la tomó.

V

Unos golpes en la puerta lo alertaron. Alexander se incorporó frotándose los ojos, luego buscó a Kataryna, pero ella ya había abandonado la cama. Se levantó al tiempo que se arreglaba los pantalones y la camisa. El cansancio ni siquiera le permitió cambiarse antes de caer rendido en los brazos de Morfeo. Su descanso había sido escaso, pero reparador.

Otros tres golpes lo obligaron a ponerse en movimiento, se acercó a la puerta y la abrió. Del otro lado se encontraba Kaspar que estrechaba su sombrero contra su pecho y lucía una extraña expresión de tristeza y solemnidad.

 De pronto, sin decir palabra una lagrima empezó a derramarse desde su ojo izquierdo y rodó por su mejilla imberbe. Intentó hablar, pero parecía incapaz de insuflar suficiente aire dentro de sus pulmones como si acabara de correr un largo trecho. Entonces las palabras surgieron en un susurro.

_Ciento mucho no haber venido a trabajar ayer Don Ivanov_ dijo con la mirada baja adoptando un tono de voz bajo y respetuoso, pero a la vez avergonzado.

_Lo entiendo_ contestó Alexander al tiempo que situaba una mano condescendiente sobre el hombro del muchacho. Aquella terrible experiencia había dejado huellas profundas en los más valientes y laboriosos hombres, por lo que Alexander simpatizaba con la actitud inicial del joven. _Pienso volver a levantar esta hacienda y para ello necesito de tu colaboración_ agregó.

El muchacho levantó la mirada. Sus ojos brillaban y esbozó una sonrisa entusiasta.

_Cuente conmigo_ contestó el joven al tiempo que se enjugaba la lágrima de la mejilla con el dorso de la mano.

_Muy bien, empieza por alimentar al ganado_ dijo Alexander. El chico asintió para luego colocarse el sombrero sobre la cabeza y salir apresurado hacia el corral.

Alexander lo observó alejarse, utilizaba la mano derecha para sujetar el sombrero que amenazaba con salir volando a medida que corría.

Cuando Kaspar desapareció de su campo de visión, ingresó a la casa y cerró la puerta. Fue a la habitación de Felipe y lo halló durmiendo. Buscó a Kataryna en la cocina, pero halló el lugar vacío. Observó a través de la ventana y la descubrió una vez más acuclillada frente al huerto, su falda ondeaba a su alrededor como las alas de una excepcional ave. No podía dejar de admirar y respetar su persistencia, la firmeza y perseverancia de sus actos. Y por un instante sintió que no debía defraudarla.

La vio ponerse de pie, sostenía la asada con la mano izquierda mientras se enjugaba el sudor de la frente con el antebrazo derecho.

Kataryna dirigió su mirada en dirección a la casa y descubrió a Ivanov que la observaba desde la cocina. Dejó caer la asada y salió del huerto. Se dirigió al pozo de agua y se lavó las manos y luego el rostro. El agua era fresca y revitalizadora. Bebió un poco del cristalino líquido que bajó por su garganta seca produciéndole una sensación de alivio instantáneo. Acto seguido se dirigió a la cocina en donde Alexander la esperaba.

_Te levantaste temprano_ dijo él a modo de saludo.

_Si, terminé de limpiar el huerto. Ayer después de que te fuiste saqué las langostas y empecé a remover la tierra.

Alexander asintió con un movimiento de cabeza mientras se sentaba a la mesa.

Kataryna sirvió cocido con leche en dos pocillos y los dejó sobre la mesa.

_Gracias a Dios las vacas no se alimentan de langostas_ dijo Kataryna_ o de lo contrario no tendríamos leche.

Se dirigió a la fiambrera en busca de una trincha de pan y algo de queso fresco, y regresó a la mesa depositándolos en el centro. Retiró una de las sillas y se sentó frente a Alexander. La mayor parte del desayuno lo hicieron en medio de un silencio confortable y distendido. De tanto en tanto el silencio era roto por cierta pregunta o alguna escueta repuesta.

 Felipe despertó poco después demandando su pocillo de leche tibia. Kataryna se ocupó de él mientras que Alexander se aseó apresuradamente antes de dirigirse al campo. Debía evaluar la situación antes de decidir qué medidas tomaría.

Recorrió el vasto campo palmo a palmo observando el estrago y la destrucción que la manga había dejado. La lluvia del día anterior había dejado la tierra húmeda, cubierta de grandes charcos de agua y lodoso barro. Era el momento oportuno para acabar con los canutos[3] mientras la tierra estuviese blanda.

A pesar de la desazón y la pesadumbre en que aún se hallaban la mayoría de los habitantes de Villa Encarnación, Alexander logró convencer y reunir a sus peones y a sus familias para que lo ayudaran a salvar las tierras con apasionadas y enérgicas arengas. 

Necesitaban remover la tierra con lo que tuvieran al alcance. Para este fin utilizaron: azadas; azadones; palas; arados, rastrillos, con la finalidad de arrancar los canutos del suelo. Aquella ardua y extenuante labor fue ejecutada por hombres; mujeres; niños y ancianos, destruyendo una fracción de los canutos en el proceso y dejando expuestos al aire libre otra tanta.

Trabajaron hombro con hombro durante todo el día y cuando el cielo empezó a cubrirse con trazos naranjas y rojos regresaron a sus casas exhaustos, pero con sus esperanzas renovadas. Necesitaban que aquello diera resultado, necesitaban trabajar para sobrevivir, necesitaban que los campos volvieran a producir.

Alexander se lavó en el tajamar entre el granero y los pastizales que habían desaparecido para quitarse el lodo y el hollín de las manos, los brazos y la frente, y luego se dirigió a la casa.

 Le dolía la espalda y los hombros. Comió en cuantiosas cantidades, repitiendo el plato que Kataryna le sirvió, un guiso de fideos preparado con las verduras que salvó de la huerta. Más adelante, al recordar aquellos días, Alexander pensaría que nunca había tenido tanta hambre como en los días posteriores a la invasión de la manga.

Luego de la cena, tendido en la cama al lado de Kataryna rememoraba los eventos de aquel día con el rostro dirigido al techo de tejas anaranjadas que en la oscuridad de la noche presentaban una tonalidad cobriza.

_ ¿Crees que dará resultado? _ preguntó Kataryna sacándolo de sus cavilaciones.

_Haré todo lo que pueda_ contestó sin desviar la mirada del techo.

_Muchas de las mujeres piensan que deberíamos dejar de intentarlo y rezarle a Dios para que aleje este castigo.

Alexander suspiró profundamente, se sintió de pronto exasperado por las creencias pseudorreligiosas de los pueblerinos que no hacía más que mantenerlos en la ignorancia y la desidia.

_Y tú ¿qué crees? _ preguntó aún con la mirada fija en el techo.

_Mi madre tenía un dicho: “Reza a Dios por la lluvia todo lo quieras, pero no dejes de cavar un pozo mientras lo haces”

Alexander volteó a verla, sus ojos parecían brillar en la oscuridad de la habitación. Le acarició levemente la mejilla mientras respondió:

_Tu madre es una mujer sabia.

_Lo era_ dijo ella y Alexander percibió que el brillo de sus ojos desaparecía.

_Aún lo sigue siendo, Kataryna. Aún lo sigue siendo.

VI

Al día siguiente, el cielo amaneció cubierto de nubes grises y soplaba el viento proveniente del sur. Kataryna se detuvo a observar el avance de las masas de nubes que anunciaban una nueva lluvia.

Kaspar se acercaba a la casa con la espalda algo encovada y el paso cansino característico de los adolescentes. Su cuerpo parecía una figura recortada contra el cielo gris oscuro. Cuando vio a Kataryna la saludó con un gesto de su mano y una sonrisa confiada. Kataryna le devolvió la sonrisa.

Alexander se hallaba en el umbral de la puerta con el sombrero en una mano y una pala en la otra.

_Buenos días Ña[4] Kataryna_ saludó Kaspar cuando estuvo frente a la mujer que seguía oteando el cielo.

_Buenos días Kaspar.

_Buenos días, Don Ivanov_ agregó dirigiéndose a Alexander.

_Buenos días, chico_ saludó Alexander al tiempo que salía al jardín y se acercaba al muchacho.

No perdió tiempo y empezó a darle ordenes de inmediato.

_Tenemos que llevar al ganado al campo para que pisen los canutos que aún no han sido destruidos. Será mejor que empieces por sacar al ganado del corral.

_Si señor_ contestó el chico con los ojos bien abiertos como si en vez de recibir una orden acabara de recibir una terrible reprimenda.

_Muy bien que esperas_ dijo Alexander al ver que muchacho parecía clavado al suelo.

Kaspar asintió y salió corriendo rumbo al corral.

_ Creo que va a llover_ dijo Kataryna_ tal vez sea buena idea llevar a los cerdos al campo.

_Estoy de acuerdo, toda ayuda es bienvenida_ contestó.

_Entonces yo los llevaré.

De pronto a Alexander se le iluminaron los ojos y sobre ellos sus cejas se elevaron formando dos perfectos arcos.

_Creo que “Puteshestvennik” también nos será de utilidad. Intentaré aplastar con él todo lo que se ponga a su paso.

Kataryna asintió y se alejó en busca de los animales mientras Alexander hacía lo propio en busca del camión.

La lluvia empezó a caer antes de que los animales llegaran al campo. Estaba lejos de ser una tormenta, pero caía con fuerza y persistencia sobre aquella parte del mundo. En cuestión de minutos la húmeda tierra se convirtió en lodo rojizo y arcilloso. La piara hozaba en el suelo fangoso con un extraño gruñido de satisfacción.  Escarbaban, revolvían e ingerían algunos bocadillos que parecían ser apetitosos. Kataryna estaba empapada, el cabello calado por la lluvia se le pegaba en la mejilla. Tenía dificultad para desplazarse, los pies se le atascaban en el lodazal y sentía que tenía barro resbaladizo y frío dentro de los zapatos. Se pasó las manos por la mejilla en un intento por observar el comportamiento de los cerdos. Quedó sorprendida al descubrir que ingerían los canutos. Más adelante comprobaría que aquel jugoso y mantecoso bocadillo los hacía crecer y engordar con rapidez.

Alexander al mando del “Puteshestvennik” avanzaba en línea recta sobre el campo, mientras que las llantas del vehículo aplanaban la tierra en busca de algún invasor que triturar. Cuando llegaba hasta los límites del campo volteaba el vehículo y lo hacía regresar utilizando las huellas de las ruedas como guía hasta cubrir todo el terreno. De tanto en tanto tropezaba con alguna manada de ganado que escarbaba en la tierra, entonces los rodeaba para luego reiniciar su marcha.

La lluvia amainó antes del mediodía, pero los esfuerzos por eliminar los huevos continuaron después del fugaz almuerzo, hasta que el crepúsculo los obligó a detenerse.

En los días posteriores, los peones peinaron el campo en busca de canutos vivos que acumulaban en zanjas en donde les prendían fuego y luego los enterraban, asegurándose primero de que estuvieran muertos. A pesar de todos estos esfuerzos por suprimir los huevos, muchos de ellos llegarían a eclosionar.  Fue necesario el patrullaje periódico del campo con el fin de descubrir la aparición de algunas ninfas y de esto modo eliminarlas antes de que se conviertan en langostas adultas.


[1][1] Tucú: langosta en guaraní.

[2] Trotamundos en ruso

[3] Canuto: masa de huevos contenida en una envoltura de paredes resistentes.

[4] Ña: diminutivo de Doña.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Yatytay, noviembre de 1935.

I

Los rayos oblicuos del sol poniente le anunciaron a Alexander que era hora de acampar de nuevo. Llevaba tres días explorando el noroeste de aquellas nuevas tierras que parecía atraerlo con un extraño magnetismo. La noche caería dentro de poco y necesitaba encontrar un lugar adecuado donde dormir.

Apoyó su rifle contra el borde de un viejo árbol que probablemente había derribado el viento y que ahora estaba acolchado de brillante musgo y entre el manto verde surgía de trecho en trecho fragmentos de madera agrietada y gris, que asemejaban despojos.

Un simpático coati de cola rayada bajó por el tronco cubierto de musgo y se quedó contemplando a Alexander por unos segundos. Luego, cuando decidió que no conseguiría que el visitante le diera alguna fruta como cena, se alejó con rapidez por donde había venido.

Alexander aspiró la fragancia del bosque que se intensificaba durante el atardecer. Sacó su revólver calibre treinta y ocho de cañón corto, cubierto de rasguños y rozaduras de la pistolera de piel negra sujeta a su cintura. Luego, la depositó junto al rifle.

Se sentó junto al tronco, se sacó los lentes, inclinó la cabeza y se frotó las marcas rojas de los costados de la nariz, en donde se habían apoyado los lentes.

Oyó a los pájaros revoloteando gorgoriteaban y reñían, preparándose para pasar la noche entre las ramas de los árboles, mientras los rayos dorados del sol teñían el horizonte de oro.

Alexander se puso de pie y avanzó unos metros hasta llegar al despeñadero. Se quedó maravillado con el paisaje que tenía delante. Desde la cima del cerro de cuatrocientos metros de altura podía divisar una vasta extensión de tierra cubierta casi en su totalidad por verdes arboles milenarios que se alzaban imponentes, intentando tocar el cielo. Pensó que sería increíble construir en aquel lugar un parapeto y convertirlo en un amplio y magnífico mirador. Se quedó de pie contemplando la puesta de sol más maravillosa que había visto en su vida.

Cuando las luces de la naturaleza se apagaron por completo, regresó sobre sus pasos y se acomodó junto al tronco. Estaba cansado, hambriento, pero su corazón se hallaba en calma.

Con la llegada del verano, los alrededores de la casa de Villa Encarnación, se habían trasformado por completo. Los jazmines blancos se arremolinaban en torno a los pilares del corredor, se inclinaban en sus tallos de un verde intenso esparciendo su perfume embriagador. El jardín se había cubierto de fresco pasto, recientemente cortado, exhalaba un olor suave que entraba por las ventanas abiertas llevadas por una brisa suave y ligera. Los alegres pajarillos gorjeaban sobre las ramas de los árboles. Todo parecía perfecto.

 Sin embargo, una semana antes de que iniciara aquella aventura, empezó a sentir una ansiosa e imperiosa necesidad de abandonar la casa e internarse en aquel salvaje monte. Con aquella travesía intentaría recobrar su energía mental, la claridad de sus pensamientos y el vigor de sus resoluciones.

Cuando decidió partir, se sintió al mismo tiempo excitado y culpable de abandonar a Kataryna cuando no faltaba mucho tiempo para que diera a luz. Ella no hizo ningún tipo de escena, ni preguntas, ni recriminaciones. Aceptó con estoicismo la decisión que él había tomado, aunque estaba lejos de comprender sus motivos. Alexander percibió una especie de resplandeciente brillo en sus ojos tristes, le pareció que era feliz al pensar que había conservado su orgullo intacto. Aquello solo hizo que el respeto y el aprecio que sentía por ella se acrecentaran.

A lomo de su caballo bayo, había transitado durante un par de días a través de placenteras y acogedoras tierras, con ricas plantaciones y casas de granjeros desparramadas aquí y allá. Por las noches, los campos quedaban bañados por un claro de luna que parecía trazar un sendero tapizado de plata.

Dejó luego al cuidado de un amigo el caballo y se internó en una serpenteante maraña de arbustos y matorrales que conducía al bosque cuyo aroma era fragante y dulce. Los rayos de sol teñidos de verde que se filtraban entre grandes arboles añosos parecían saludarlo dándole la bienvenida. La serranía no era muy empina. Caminó por un sendero invisible subiendo una pequeña cuesta oyendo el misterioso piar y el aleteo de los pájaros. El tibio aire de noviembre soplaba suavemente y confusas aleaciones de luz y sombra parecían cruzar el bosque mientras los árboles de quebracho, cedro y guatambues murmuraban secretamente.

Así fue como llegó al pie de aquel tronco caído en donde pasaría la noche. Encendió una fogata y luego rebuscó dentro de su alforza de cuero en busca de un trozo de pan y de carne. Sació su apetito, luego bebió algo de agua. Encendió una lámpara a queroseno y se acercó de nuevo al despeñadero y sus ojos detrás de sus lentes, parecieron contemplar la vasta oscuridad y las escasas luces de abajo, que se confundían con luciérnagas en el fondo de un foso.

Regresó sobre sus pasos, apagó la lámpara. Se tendió en el suelo utilizando uno de sus brazos como almohada y pronto se quedó dormido.

II

El amanecer era apenas un murmullo en el horizonte cuando Alexander reinició su marcha. Le esperaba una mañana clara y refulgente de inicio de verano. Descendió el cerró lentamente, sujetándose de algunos arbustos cuando la pendiente se hacía más pronunciada. Una alfombra verde de bosque descendía por el flanco de la ladera debajo de sus pies.

A eso se las diez de la mañana, se levantó un fuerte viento, y los veteranos árboles empezaron a oscilar, moviéndose lánguidamente en torno suyo. Se detuvo y oteó el cielo en busca de nimbostratos amenazantes, pero lucía un perfecto azul sin nubes. Volvió a ponerse en marcha. Una hora después, cuando terminó por descender el cerró, respiraba a un ritmo irregular y superficial, como la respiración de un animal que intuye el peligro.

Se sentó debajo de un árbol de Palo Santo a beber un poco de agua y descansar. Se quitó los lentes y se enjugó la húmeda frente. Observó el suelo, una larga fila de ysaú[1], cargaban fragmentos de hojas frescas. Se asemejaban a un batallón de soldados que marchaban rumbo a la guerra. La fila se iniciaba al pie de un pequeño árbol de tiernos retoños y se extendía por más de veinte metros hasta un gran nido.

Alexander empezó a mover la tierra con el pie derecho como hace un niño cuando se encuentra algo aburrido, pero sin dejar de observar la organizada labor de las hormigas. Pensó que las cosas serían mucho más sencillas si cada ser humano supiera cuál era su objetivo en el mundo desde el día de su nacimiento, como aquellas hormigas que trabajaban incansables para cumplir una orden impuesta en su ADN.

Extendió las piernas, divisó una ramita seca y trazó círculos concéntricos sobre el suelo mientras pensaba en sí mismo. Cualquiera que lo viera pensaría invariablemente que era un hombre que lo tenía todo. Una casa, buenas tierras, una familia. Un hombre que a pesar de las adversidades había logrado conseguir una buena posición económica. No era un hombre acaudalado, pero tenía una economía estable. Era apreciado por inmigrantes y lugareños por igual. Un héroe de guerra condecorado. Y sin embargo le llegó a la mente aquel proverbio ruso que rezaba algo así como: “Mastiouk lo tenía todo; Mastiouk no tiene ya nada”. Así era como él se sentía. Tal vez no le faltaba nada con respecto a lo material, sin embargo, se sentía la mayoría de las veces, vacío por dentro.

Dejó lo que estaba haciendo y encendió un cigarrillo. Aspiró profundamente, expulsó el humo tosiendo y a continuación cerró los ojos. Sus emociones tortuosas, insondables y torcidas no le daban tregua.

Con la certeza de un hombre inteligente, intentó profundizar en sus escasos conocimientos en psicología, sumergiéndose en infinidad de libros, teorías e hipótesis. Sabía que no hallaría alguien que pudiera ayudarlo, por lo que debía encontrar la forma de mantener a sus demonios dormidos el mayor tiempo posible. Aprendió que el neurótico podía sufrir periodos alternativos de depresión profunda y de euforia patológica. En donde el ego exagerado e infecto era la base de todo. El neurótico era capaz de convencerse de que era el centro del universo y que todos los ojos estaban siempre puestos en él. Seguro, de que era el protagonista de un dantesco drama y que el desenlace de ese drama era esperado por todos lo que lo conocían. Un ego de aquel tamaño solo permitía una idea que se extendía hacia una misma dirección: desde el desequilibrado hacia las situaciones, o fantasías que el neurótico puede distinguir como tales, o en el peor de los casos, no lograr diferenciar por completo la realidad de la fantasía. El neurótico tenía una percepción elevada, era capaz de memorizar con lujo de detalles infinidad de situaciones, lugares y direcciones. Algo con lo que él estaba familiarizado.

Alexander contemplaba aquellas hipótesis e intentaba situarse en una de las disyuntivas en concreto. Hasta ahora no lo había logrado, ya que no todas las características del neurótico se ajustaban a él. Aquellos pensamientos lo llenaban de cansancio y aversión, pero desde luego, no lo sorprendían. Esperar a que las cosas mejoraran era correcto y luchar para conseguirlo noble, pero al final sabía que sólo contaría lo que decidiera el destino. Era un pensamiento gigante, imponente, pero también aterrador con un trasfondo de culpa y de injuria.

Tampoco caía dentro del auto castigo característico de los periodos depresivos típicos de los neuróticos. En donde el afectado por esta patología se abofeteaba, se pellizcaba, o se quemaba con cigarrillos. Abrió los ojos y observó con una sonrisa irónica el cigarrillo que sostenía entre sus dedos. No, definitivamente no había llegado hasta ese punto.

Dio otra profunda calada, se puso de pie, recogió sus cosas y siguió caminando por espacio de dos horas antes de que oyera el bordoneo aletargado de los insectos estivales y el gorgoteo del agua. Poco después, halló el arroyo que estaba buscando, el Tembey. El curso de agua corría con rapidez zigzagueando entre filas de interminables árboles, como si se tratara de una gigantesca serpiente parda. Caminó por la rivera del arroyo, hasta que el murmullo se convirtió en gemido. Oteó el bosque y luego dirigió su mirada de nuevo al arroyo mientras avanzaba hacia el gemido que poco apoco se fue trasformando en gruñido. De pronto, se detuvo y observó maravillado un salto de unos doce metros de largo y cuatro metros de alto, que hacía gruñir las aguas del arroyo antes de desembocar en una piscina natural que invitaba al descanso. La bruma cubría la cascada con un manto denso y blanco.

Se descalzó de inmediato, se despojó de la ropa y se metió al agua. Descansó las piernas en el vacío, sumergido en un agradable sopor. Se mantuvo allí por unos minutos hasta que se puso de pie y se lanzó en picada como una ave acuática en busca de su almuerzo.

Emergió segundos después, y nadó hasta la orilla. Permaneció sumergido en el agua durante largo tiempo y solo pisó tierra cuando el sol poniente alumbraba todo aquello con su luz rojiza.

Acampó a orillas del arroyo, encendió una fogata mientras observaba el agua que fluía como seda negra, en ella, se reflejó la luna que parecía atrapada en el centro, como el ojo níveo de un legendario ciclope.


[1] Ysaú: Es el nombre que se le da en Paraguay a la hormiga cortadora. Genero de hormiga americana cuyo nombre real es Atta.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Villa Encarnación, agosto de 1935.

I

El cielo estaba cubierto, pero no llovía y la temperatura era agradable a pesar de que se hallaban en pleno invierno. Una luna menguante pugnaba por aparecer entre las nubes.

Alexander se hallaba con la espalda recargada contra uno de los pilares del corredor. Parecía otear la noche mientras fumaba creando una corona de humo gris alrededor de su cabeza. Acababa de despertar de uno de sus reiterados sueños, su corazón aún latía acelerado y la sensación de aflicción tardaría mucho tiempo en desaparecer por completo.

Sus noches eran permanentemente azoradas por sueños incesantes en los que aparecía invariablemente Tatiana. La sonrisa de Tatiana al recibir el anillo que se llevaría luego a la tumba; Tatiana yaciendo en la cama después de hacerle el amor; Tatiana plantada en el umbral de la puerta esperándolo. Mientras, una voz incorpórea canturreaba una y otra vez:

“¡Enebro, enebro mío!

En el jardín está la frambuesa, ¡frambuesa mía!

¡Ah! Debajo del abeto, debajo del verde,

¡Acuéstame para dormir!”

El rostro de Tatiana se le aparecía claramente en aquellos sueños, sueños en los que se sentía pleno, observándola con expresión complacida y en los que sus ojos azules adquirían un brillo de vivacidad y quietud. Un brillo que había desaparecido de sus ojos luego de la muerte de la baronesa.

Alexander se alejaba cada vez más en aquel estado de introspección en el que se sumergía de tanto en tanto. A veces podía permanecer horas meditando, recordando, deseando.

Las nubes se habían disipado sobre su cabeza con el trascurrir de las horas, el aire se había enfriado. Ahora, expedía grandes nubes de vapor blanco al respirar. La luna se desplazaba por el estrellado cielo como si se tratara de un frío navegante de la oscura noche. Se irguió de repente y oteo la oscuridad con cuidado como si esperara que alguien apareciera en cualquier momento. Luego, volvió a recargarse contra el pilar y siguió fumando.

Kataryna lo observaba a través de la ventana de la habitación, envuelta entre mantas de lana. Llevaba el rostro preocupado y tenso. A pesar de que aquellos episodios eran comunes en Alexander, nunca terminaba por acostumbrase a ellos. Muchas veces, la depresión era larga y dolorosa. Influía intensamente en el estado de ánimo de Ivanov volviéndolo taciturno y mustio. Se alejaba de la casa por periodos largos y se sumía en sus recuerdos con irreprimible nostalgia. Pero a pesar de aquel extraño estado taciturno que alimentaba su ser casi siempre, Alexander era capaz de arrancar de Kataryna una sonrisa de tanto en tanto.

Fuera, el viento de invierno ululaba en la oscuridad, vaticinando más frío, augurando escarcha, adivinando más tristezas.

Lo vio arrojar el cigarrillo al suelo. Pisó la colilla con el taco de su bota acompañando a otras diez iguales a ella dispersas en el suelo desde hacía rato. Luego, se dispuso a regresar a la casa.

Kataryna se tendió en la cama. No deseaba que Alexander supiera que lo estuvo observando todo este tiempo. Cuando se abrió la puerta, volvió la cabeza y la luz tenue del corredor se reflejó en las gafas de Ivanov. Lo vio cansado y desorientado, caminaba con la espalda algo encorvada y sus pasos parecían fatigosos, como si acabara de terminar una larga y dificultosa faena.

Yació al lado de ella con un suspiro profundo, cargado de desasosiego y ansiedad.

_ ¿Te encuentras bien? _ preguntó ella.

Él le dedicó una sonrisa que no se reflejaron en sus ojos.

_Lo estaré_ contestó.

_ ¿Quieres hablarlo?

Alexander volvió a suspirar, no deseaba explayarse sobre sus emociones, necesitaba mantener en reserva aquella parte de su persona. Pero al mismo tiempo, era indispensable que compartiera con ella una pequeña porción.

_ Los que luchan contra la neurosis traumática como yo, están muchas veces encerrados en sus casas, apartados del caótico mundo exterior. Algunos temen las multitudes en agitado movimiento como el de las grandes ciudades, otros el tráfico, por ello se alejan al campo y tratan de vivir alejados del mundo. Otros, optan por salidas más fáciles, se quitan la vida para evitar seguir sufriendo. Pero muy pocos, como yo, seguimos buscando guerras que pelear, o aventuras que vivir como si con ello buscáramos redimirnos, o tal vez hallar de una vez por todas, algo que ponga fin a nuestros sufrimientos.

Hizo una pausa y dirigió su mirada a la mujer que yacía a su lado.

_Se que soy difícil, sé que es difícil convivir conmigo. Pero quiero que estés segura de algo, trato de hacer lo mejor que puedo, trato de seguir adelante. Sé que viviré el resto de mis días luchando por sacudirme la extraña mezcla de perturbación y desequilibrio que me cubre. Y que para lograrlo tendré que dejar todo lo que he conseguido y empezar de nuevo en alguna otra parte. Un nuevo desafío algo que mantenga mi mente ocupada, algo que mantenga a mis demonios a raya. Cuando eso ocurra, y estoy seguro de que así será, tendrás que tomar una decisión. Aceptaré que quieras quedarte, es lógico que busques estabilidad, en especial por el niño que estás esperando.

Hizo una pausa y acarició el abultado vientre de Kataryna.

_Quiero que estés segura de que me encargaré de que no les falte nada ni a ti ni al niño_ dijo poco después.

En aquel momento, Kataryna acabó de comprender lo que Alexander le advirtió poco antes de que iniciaran su extraña relación. Alexander Ivanov, no era capaz de comprometerse y no porque no lo deseara, sino porque necesitaba mantenerse vivo, necesitaba mantener la cordura. Aquella vida inestable que llevaba era la única forma que conocía para hacerlo.

Kataryna le acarició la mejilla, paseó la yema de sus dedos por la larga cicatriz. Asintió sin decir palabra como si con ello concretaran un pacto solemne y silencioso. 

Destacada

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Villa Encarnación[1], Paraguay julio de 1935.

I

Con la finalización de la Guerra del Chaco, y la firma del tratado de paz entre Paraguay y Bolivia, el futuro se perfilaba arduo y oneroso, pero a la vez esperanzador y fructífero para aquellos que se afanaran por conseguirlo. Miles de inmigrantes llegaban al país entre los que se podía captar por lo menos media docena de idiomas como italiano, ruso, polaco, francés, alemán, ucraniano, y variantes del inglés desde el acento inglés pasando por el escoses y el irlandés. Se hallaron de pronto en la primera línea de la fuerza laboral y de desarrollo del país, en un intento por escapar de la recesión y la ruina comercial en el que se encontraba sumido el Paraguay.

Entre aquellos inmigrantes se hallaba Alexander, que adquirió tres mil hectáreas de montes salvajes en Villa Encarnación, ubicada en la zona sur de la región oriental del Paraguay, con la intensión de primero, afincarse en aquellas tierras para luego concentrarse en la extracción de los recursos forestales y con el tiempo, cultivar trigo (que fue introducido por los mismos inmigrantes), soja y algodón además de la crianza del ganado vacuno.

Las increíbles, cristalinas y turbulentas aguas de arroyos que se desprendían del río Paraná, los fantásticos saltos rodeados de hermosas serranías y la fertilidad de aquellas tierras habían llamado la atención de los Jesuitas, siglos antes que a los inmigrantes provenientes de Europa. Los Jesuitas habían fundado las Misiones Jesuíticas en donde los aborígenes guaraníes se asentaron bajo la administración política y religiosa de esta congregación por más de cien años. En donde se les enseñaba a los indígenas las bellas artes como:  el canto; la pintura; la escultura, para lo que presentaban habilidad y destreza.  Les impartían demás, la religión católica, la cual asimilaron con rapidez y docilidad.

Luego de que los sacerdotes fueran expulsados por orden del rey Carlos III, sus iglesias, escuelas y viviendas quedaron abandonadas al olvido.  Algunas de aquellas construcciones aún se levantaban imponentes en medio de verdes y brillantes campos a la espera de que alguien volviera a darles relevancia histórica.

Aquella intuición que resonaba en la cabeza de Kataryna como el tañer de una campaña, se había trasformado semanas después, en certeza.

Estaba embarazada.

Su primer pensamiento coherente fue el sobresalto y luego el temor a lo que Alexander pensaría. No había sido un acto intensional o premeditado. Por lo que sintió que las cosas se daban con rapidez entre Alexander y ella, cuando no sabía muy bien a donde les llevaría aquella extraña relación. Porque de lo que estaba segura era que formaban una extraña e inusual pareja. Él, un hombre culto, que siempre había gozado de buena posición económica, un hombre de mundo, con ideas progresistas. Ella, una campesina, que apenas había terminado la instrucción básica, que antes de salir de Ucrania, no había conocido más mundo que la ciudad donde había nacido. Con ideas y creencias que se hallaban en contraste con las de él, pero que de alguna manera habían congeniado, comprendido las necesidades del otro y aprendido a tolerar las manías, obsesiones y turbaciones del otro.

Alexander no había cambiado mucho, con frecuencia se sumía en un estado de retraimiento del que tardaba mucho en emerger. Aquella actitud de reserva, suspicacia e introversión lejos de resultarle molesta a Kataryna le resultaba atractiva y misteriosa. Parecía decidido a no arriesgarse a confiar sus más profundas emociones y ella estaba extrañamente conforme con ello. A pesar de todo esto, siempre estaba cubierto de una capa de gentileza y caballerosidad que Kataryna apreciaba y agradecía.

Tal vez su madre había tenido razón después de todo y el amor no existía de la forma en que las novelas románticas lo describían. Sin embargo, Alexander la hacía sentirse valoraba y apreciada.  Kataryna era una mujer de carácter impetuoso, que se ilusionaba con el porvenir, que más de una vez le fue esquivo. Pero cuando se sentía decepcionada, no se deprimía en proporción a sus esperanzas frustradas. Se olvidaba muy pronto de su decepción. Después de todo, cualquier acto que rehace el mundo es un acto heroico y ella intentaba rehacer su estropeado mundo de alguna u otra manera.

No hubo motivo para el temor o la preocupación que sintió en aquel primer momento, Alexander pareció alegrarse genuinamente con la noticia de su embarazo. Y en realidad lo hizo, pensando en ella y en lo mucho que aquel niño la ayudaría a encaminar su vida. Luego de asimilar la noticia, pensó que tal vez aquel niño también pudiera ayudarlo a experimentar, percibir, o descubrir las emociones que hasta ahora le habían sido negadas, como: el afecto, el cariño, la empatía y el amor filial.

La casa que Alexander levantó era mucho más pequeña y modesta que la Casa Grande, pero le había causado mayor satisfacción y complacencia.  Construida con grandes y gruesos ladrillos de arcilla pintados con cal blanca y brillante, con techos a dos aguas de anchas tejas, sostenidos sobre doce pilares que rodeaban la casa formando un fresco corredor jere[1]. Amplios ventanales y altas puertas de madera, rodeados de barrotes metálicos. Los pisos de terracota completaban la nueva casa.

Su interior constaba de una salita, un comedor, una amplia cocina provista de una despensa, un escritorio y dos habitaciones. El baño se hallaba fuera de la vivienda a pocos metros de la casa, al amparo de un gran ombú.

Kataryna situó el crucifijo de su madre en la pared, sobre la cabecera de la cama que compartiría con Alexander, para luego retroceder unos pasos y observarlo. Recordó a la familia que había dejado en Ucrania y a las hijas que había perdido. Se le nublaron los ojos y sintió un nudo en la garganta. Se sintió de pronto angustiada y afligida. Sacudió la cabeza, no debía ir por ese camino, no, definitivamente, no. Ya había estado en aquel lugar y no le había gustado. Por el hijo que esperaba intentaría super sus tristezas y sus tribulaciones. Suspiró profundamente al tiempo que se acariciaba el insipiente vientre.

Alexander la contemplaba desde el umbral de la puerta con ojos inquisitivos. La vio pensativa en un estado de introspección. Ella lo notó con el rabillo del ojo y dirigió su mirada hacia la puerta.

_Me lo dio mi madre el día que salí de Ucrania_ dijo sin que él le pidiera explicaciones.

Alexander asintió sin decir nada. Ella pensó que él se veía algo incómodo.

_ ¿Te molesta que lo haya colgado sin consultarte? _ preguntó.

_No, no me molesta. Puedes hacer lo que gustes con la casa_ se apresuró a responder mientras se acercaba.  

A pesar de la respuesta de Alexander, Kataryna pensó que no se veía del todo convencido.

_ Este crucifijo me ayudó a sortear obstáculos, temores y desesperación tantas veces que he perdido la cuenta_ dijo ella, esperando que Alexander se decidiera a hablar.

_Entiendo_ respondió _ respeto tu fe, pero no la comparto_ agregó con cautela. Estaba acostumbrado a que la gente juzgara su falta de credo.

Kataryna lo observó con detenimiento, sorprendida, en realidad nunca habían hablado de sus creencias religiosas. Supuso que profesaba la fe ortodoxa como casi todos en el imperio. Aunque había oído hablar de la nueva generación que impulsaba ideas nuevas sobre la inexistencia de Dios, sobre el bien y el mal, descritos en libros como los de Dostoievski. Libros que leía su padre. Y como los que los soviéticos querían imponer en lo que ellos llamaban el nuevo orden. Pero nunca se había topado con uno de ellos, y allí estaba Alexander con ojos serios pero francos confesando que no pertenecía a la iglesia ortodoxa.

_Entonces, no comulgas con la fe ortodoxa_ dijo ella, no fue una pregunta sino una aseveración.

Alexander sonrió de manera indulgente al tiempo que la invitaba a sentarse en el borde de la cama. Él permaneció de pie frente a ella. Se quitó los lentes que se veía obligado a usar desde unos meses atrás y los limpió con el pañuelo que guardaba para ese propósito en el bolsillo del pantalón, luego volvió a ponérselos.

_No creo en la existencia de Dios_ dijo él mientras señalaba el crucifijo de madera que pendía de la pared.

Kataryna no pareció sorprendida por su franqueza. Lo observó con las cejas levantada formando dos perfectos arcos, esperando que se explayara en sus confesiones.

_Pienso que la ignorancia, el sometimiento y el oscuro fanatismo religioso son la perdición de la raza humana. La ignorancia tiene cura. Las personas que con empeño y dedicación abren su mente a la instrucción pueden abandonar la ignorancia. El sometimiento muchas veces es algo más difícil de abolir ya que tiene múltiples aristas, a veces se trata de la cultura, otras de la forma de gobierno. Pero la religión es un medio de dominación, de manipulación de masas.

Alexander caminó de un lado a otro de la habitación mientras las palabras brotaban de sus labios. Sus ojos brillaban detrás de sus gafas mientras disertaba.

_Creo que las emociones humanas, aquellas más arcaicas, continúan dominando al pensamiento lógico y racional. Y que la superstición se enmascara de religión para guiar el curso de las acciones humanas.

_Entonces, ¿piensas que la religión es una especie de fetichismo? _ preguntó ella mientras depositaba sus manos entrelazadas sobre su regazo.

_Así es. La religión fue creada como medio de dominación, como medio de mantener a las masas temerosas y hasta a veces aterrorizadas. Fomentando las torturas morales, los remordimientos de la consciencia, los castigos, aguardando las prometidas recompensas en un paraíso inexistente.  Porque lo que aborda al alma, lo que continuamente martiriza a la mente y lo que intoxica el corazón es la conciencia, pero el ácido que la carcome es el remordimiento ¿Y quienes se benefician? Los más beneficiados son los que no tienen conciencia ni remordimiento.

_Las personas honradas no tendrían que sufrir_ rebatió Kataryna, aunque su propio concepto de la religión era vago y confuso, no así la existencia de un ser superior.

Él volvió a sonrió condescendientemente. Parecía un maestro paciente con un alumno rezagado.

_ ¿Quién es honrado y quien no? _ preguntó_ ¿Acaso hacemos siempre lo que es moralmente correcto? ¿Y quienes definen la moralidad? Las mismas personas que buscan someter a la humanidad.

Aquellas preguntas discurrían en la mente de Kataryna como un rio de aguas turbulentas. Alexander tenía razón en algo. No siempre hacemos lo que se considera moralmente correcto. Kataryna se dejó seducir por los encantos de un hombre que no era su esposo manteniendo una relación prohibida. Alexander abandonó a su esposa y sus obligaciones como padre a consecuencia de aquella clandestina relación. Si, Alexander tenía rezón cuando decía que no siempre hacemos lo que es moralmente correcto.

_La religión fue inventada por el hombre, de lo contrario no existiría más que una. Pero alrededor del mundo, abundan las que pregonan ser la verdadera_ dijo mientras continuaba con su alocución. _ Bien lo había dicho Cicerón mucho antes de la llegada de los cristianos: “Los dioses tienen tantos nombres como idiomas existen entre los humanos” Y aún ahora, en pleno siglo veinte sigue tan vigente como casi dos milenios atrás.

Kataryna asintió, pero se quedó en silencio, reflexionando.

_Las religiones prometen la vida después de la muerte, o la reencarnación como una forma de vida eterna. Concebir la idea de que el sufrimiento desaparecerá, en que se calmarán todas las indignaciones, que se conseguirá justicia cuando lleguemos al paraíso me parece una comedia lacerante y lamentable. Una forma en que las víctimas de intolerancia, mezquindad, egoísmo e injusticia se resignen, esperando conseguir la recompensa de una vida eterna plena y feliz. Cuando deberíamos obtener la justicia, la salud y la felicidad durante muestras vidas. ¿Te has preguntado alguna vez de dónde proviene esta convicción tan arraigada en los seres humanos?

Kataryna sacudió lentamente la cabeza al tiempo que rebuscaba en su mente la respuesta a esa pregunta y desde luego no la halló.

_La naturaleza y los espectáculos de los fenómenos naturales, algunos magníficos, otros terribles y desastrosos fueron la causa de la aparición de la fe. No tiene más origen que ese. ¿Cómo se explicaban los primitivos seres humanos el oscurecimiento del sol en pleno día? No era más que un eclipse, pero ellos lo asociaban con enfermedades y calamidades. Debían hallar una explicación y a un culpable.

_Tiene sentido_ dijo Kataryna y lo animó a que siguiera hablando.

Alexander pareció complacido, al parecer ella estaba entendiendo su punto de vista. Su cuerpo pareció expandirse como si se inflara Tenía la espalda erguida y los brazos extendidos a sus costados mientras hablaba.

_Pero la religión no tiene que ver con la existencia de Dios replicó.

Alexander pareció perplejo. Frunció el ceño y meditó lo que ella acababa de decir.

_Puede que tengas razón y la religión fuese inventada por el hombre. Pero con religión o sin ella. Dios existe, eso es invariable. ¿Qué sería del ser humano sin su existencia?

Su voz sonaba vacilante, pero su pálido rostro expresaba una idea clara y firme.

_ ¿Por qué necesitamos de la existencia de Dios y la inmortalidad? _ preguntó él a su vez.

_Por qué es la forma en que discernimos el bien y el mal_ respondió ella_ sin la existencia de Dios todo nos sería permitido y se cometerían las mayores atrocidades. ¿Cómo podría el hombre permanecer integro y moral sin la existencia de un ser superior?

Alexander sacudió la cabeza de un lado a otro, una sonrisa se dibujó en sus labios.

_ A lo largo de la historia, el hombre ha cometido las mayores atrocidades en nombre de Dios.

Kataryna bajó la mirada y la dirigió a sus manos que seguían sobre su regazo.

_ Algunos piensan que fue necesario inventar todo esto para establecer en la mente humana la diferencia entre el bien y el mal, es cierto_ admitió Ivanov_ pero la humanidad debería encontrar en sí misma la entereza para rechazar al mal y vivir solo en la excelencia y la honradez sin tener la necesidad de conseguir una recompensa por sus actos de justicia. En el lealtad a la libertad es en donde el ser humano debería hallar la fortaleza para hacerlo.

Kataryna levantó la mirada y observó los ojos azules de Alexander que brillaban con fuerza y pasión.

_Voltaire dijo una vez: “Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo” y concuerdo con ello hasta cierto punto. Es decir, entiendo que fue necesario inventarlo en épocas remotas, para mantener una cierta armonía entre las personas, pero estamos en mil novecientos treinta y cinco y creo que es hora de que dejemos de indagar si Dios fue quien creo al hombre, porque las cosas se dieron a la inversa de eso no cabe ninguna duda.

_ ¿Qué me dices de la existencia del diablo? _ preguntó ella con interés.

_En la biblia dicen que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Yo pienso que el hombre creó al diablo a imagen suya_ dijo echándose a reír, aunque hablaba muy en serio.

Se sentó junto a ella en el borde de la cama y le acarició el rostro con el revés de su mano.

_Debemos buscar satisfacción en esta vida pasajera, vivirla con intensidad sin aguardar por supuestos goces ilimitados en una supuesta vida eterna.

Sus palabras conservaron calma, firmeza y claridad imperturbables hasta el final.

_Si fuera así, si Dios no existiera, si no creyeras en la vida después de la muerte, entonces ¿por qué piensas que volverás a encontrarte con Tatiana cuando mueras? _ preguntó ella.

Experimentó de pronto una acre sensación en su corazón después de hacerle aquella punzante pregunta, que por otra parte no era nueva para él. Hacía mucho tiempo que lo torturaba, que lo fustigaba incesantemente, exigiéndose despóticamente una respuesta que era incapaz de proveerse.

Ambos permanecieron en silencio por espacio de algunos minutos. Kataryna tenía los ojos bajos, Alexander la contemplaba con expresión de sufrimiento.

_Lo siento_ se disculpó ella poco después_ no debí mencionarla. Pero necesito creer que existe vida después de la muerte por mis hijas muertas y por mí misma.

Bajó la mirada hacia sus manos para evitar la mirada de Alexander. Sintió que estaba parada sobre una resbaladiza capa de hielo invisible y temió terminar en el suelo con un fuerte golpe.

Alexander sintió una reticencia momentánea pero luego habló despacio llevando su mano hasta el guardapelo que pendía de su cuello.

_No, tienes razón, intento buscar alguna explicación para asegurarme de que cuando muera pueda llegar hasta ella_ dijo y se echó a reír. Su risa sonó amarga y dolorosa_ Ella estaba segura de que nos volveríamos a encontrar cuando fuera el momento. Y de alguna extraña manera, aunque suene contradictorio con mis convicciones, sé que así será.

A Kataryna le pareció captar ansiedad en su voz y de repente se percató que había dicho más de lo que debía. Siempre hablaba de una manera prudente y circunspecta, por lo que no entendió por qué había traspasado aquel límite invisible y misterioso que Alexander siempre se afanaba por mantener. Intentó decirle algo, pero prefirió mantener silencio. ¿Qué se suponía que debía decir cuando el hombre con el que compartía su vida solo esperaba el día de su muerte para volver a ver al que fue el amor de su vida?

II

La intensa y reflexiva conversación que Alexander sostuvo con Kataryna no contribuyó a trasformar las convicciones del primero ni la fe dogmática de la segunda, sin embargo, fortaleció el respeto y la comprensión entre ambos.

El sol apenas se levantaba por el oeste en una mañana que presagiaba ser fría y húmeda, cuando Alexander tomó una pala en medio de una densa nube blanca producto de su hálito.

Empezó a cavar en el suelo frente al jardín de la casa, el primero de una serie de huecos pocos profundos, en donde instalaría una blanca empalizada. Se detuvo después del tercero y entornó los ojos bajo la luz del sol de primera hora de la mañana y se reflejó en sus gafas. Se preguntó dónde diablos estaba Kaspar. Se suponía que el muchacho debería haber llegado antes del amanecer para ayudarlo con el trabajo. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios, como si se estuviera planteado varias respuestas a aquella pregunta, todas ellas jocosas. De seguro habrá perdido uno de sus zapatos, o no hallaba el pantalón, o tal vez sigue dormido como un bebé, pensó. Volvió a cavar. Mantenía la sonrisa en los labios cuando oyó pasos que se acercaban apresuradamente.

_Buenos días, señor. Siento llegar tarde pero no encontraba el zapato_ dijo la voz quebrada e insegura de un adolescente.

Alexander dejó la pala a un lado y observó al recién llegado con ojos admonitorios. Pensó en sermonearlo, recriminarlo y hasta reprenderlo, pero decidió no hacerlo. Era muy temprano para enzarzarse en una conversación que sabía no tenía sentido.

_Vamos toma la pala y sigue cavando. Voy a buscar la cerca_ dijo y se alejó.

_Si señor_ contestó el chico.

Alexander rodeó la casa y se dirigió al patio posterior. El muchacho lo observó alejarse con un suspiro de alivio evidente. Era la tercera vez en la semana en que llegaba tarde.

Kaspar, era de aspecto torpe, hombros caídos, espalda encorvada, de bruscos modales y ordinaria voz, características típicas de todo adolescente. Poseía un rostro atractivo y a la vez insulso, una contradicción que a primera vista podía parecer absurda hasta que uno se topaba con un chico como ese. Tenía los ojos azules y el cabello de un rubio albino.

En la parte de atrás de la casa, entre el corredor y el patio crecía un centenario quebracho espigado y espléndido. Alexander se detuvo frente a él y lo contempló por unos segundos. Al construir la casa se negó a cortarlo, era un magnífico espécimen que se había ganado el derecho de sobrevivir.  El sol anaranjado, brillante y redondo parecía suspendido detrás del quebracho creando una atmosfera surrealista y mágica. Como el truco misterioso de algún prestidigitador. Alexander se sentó en el gélido suelo, a pocos metros de él. Apoyó los antebrazos en las rodillas encogidas y contempló el sol por unos minutos hasta que cambio de color y la ilusión desapareció.

Se puso de pie, se dirigió al cobertizo y tomó una de las cercas. No le representó un problema llevarla hasta el jardín delantero de la casa, no pesaba mucho. Encontró al muchacho luchando contra el suelo frío y duro. Dejó la cerca en el suelo, y se pasó la mano por la frente sudorosa a pesar del frío. Se sacó los lentes y los limpió con el pañuelo. Oyó que alguien lo llamaba levantando la voz y el eco resonó en la pared de la fachada de la casa. Alexander se ajustó las gafas y el mundo antes desdibujado y nebuloso, volvió a enfocarse. En sus labios se esbozó una gran sonrisa al tiempo que se acercaba con pasos rápidos al propietario de la voz.  Cuando se encontraron se fundieron en un sentido abrazo.

_ ¡General! _ fue todo lo que Alexander pudo decir.

Hacía mucho tiempo que el General Beliávev y Alexander Ivanov no se veían. Concretamente, desde que Ivanov había sido dado de baja en aquella cruenta batalla en la que estuvo a punto de perder la vida. Y ambos hombres estaban genuinamente felices de volver a encontrarse.

El general parecía haber envejecido desde aquellos días. Pero aquel brillo de exaltación que siempre acompañaba a sus ojos no había desaparecido. Había subido unos kilos y destacaba una prominente barriga. Se había convertido en un hombre calvo, con solo unos mechones de pelo alrededor de las orejas que recordaba a la nieve de los intensos inviernos en Siberia. La indigna vejez lo estaba alcanzando poco a poco, en aquella carrera contra el tiempo que era la vida. La arena del reloj del general ya no era mucha y Alexander pensó cuanta arena le quedaría a su propio reloj.

Alexander le ordenó al muchacho que terminara de cavar los hoyos para la cerca. Luego, se encaminó junto al general por la senda de tierra que rodeaba la casa. Conversaron por largo tiempo recordando anécdotas de sus años al servicio del Zar y sus participaciones en la Guerra del Chaco. El general estuvo al mando de un cuerpo expedicionario en la primera línea de acción en varias batallas. Bajo su mando tenía un buen número de indígenas de la tribu Maká, originarios del Chaco Boreal. Sus incursiones lograron proporcionar indispensable información para la toma de decisiones.  El general al igual que Alexander habían recibido por parte del gobierno paraguayo la declaración de Ciudadanos Honorarios del Paraguay, por sus sobresalientes participaciones en la defensa del país.

El general le confió a Alexander que se apartaba definitivamente de las actividades militares. Dedicaría sus últimos años de vida a intentar la dignificación social de los indígenas con los que se había identificado. Adquirió sus hábitos y hablaba su idioma. Pretendía asentar a los indígenas a orillas del río Paraguay y les enseñaría la agricultura y el aprovechamiento de los animales domésticos.

Extrañamente, el general moriría solo un año después que Alexander. Su último deseo sería ser enterrado en la aldea de la tribu Maká en el asentamiento que ocupó hasta su fallecimiento, frente a las orillas del río Paraguay. Los indígenas llorarían la muerte de su amigo, hermano y maestro, custodiando su tumba por toda la eternidad.


[1] Corredor Jere: Proviene de la palabra guaraní Jere que significa que da vuelta. Corredor que rodea toda la casa.


[1] Villa Encarnación: Actual departamento de Itapúa, cuya capital es Encarnación.

Destacada

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Oberá, abril de 1935.

I

El pasto aún lucía muy verde, aunque ya se veía salpicada de hojas caídas cuando Kataryna y Alexander abandonaron la hacienda. Las horribles imágenes del cuerpo de Daryna aún se arremolinaban en la mente de la mujer. Pasarían muchos años antes de que empezaran a difuminarse y se convirtieran solo en un triste recuerdo. Su aspecto cada vez más demacrado y retraído era digno de la mayor compasión.

Se alojaron en el pueblo por algún tiempo mientras Alexander arreglaba algunas cosas referentes a la hacienda. El modesto hospedaje era regentado por un viejo ya sin más pelo que unos sutiles mechones blancos, como barbas de maíz por encima de las orejas. La habitación era sencilla, sin muchas pretensiones. Una cama matrimonial, dos mesitas de noche, una lámpara, un pequeño ropero y un absurdo cuadro de dos dálmatas sentados a la mesa jugando a las cartas eran su único mobiliario.

Kataryna se desabrochó la chaqueta y se sentó en el bode de la cama mientras Alexander acomodaba sus escasas pertenencias. Observó a través de la ventana, el cielo estaba despejado, pero el viento soplaba con fuerza afuera. Estaba oscureciendo y pronto caería la noche y con ella llegaría la tristeza y el desasosiego. Afuera se oía el crujir de las hojas caídas del otoño, impulsadas por el viento. Las ráfagas tropezaban contra la fachada del hospedaje al tiempo que se oía el chasquido amortiguado de unas ramas al romperse.

Alexander se sentó a su lado y rodeó sus hombros con su brazo.

_Solo será por unos días_ le aseguró.

Ella asintió en silencio. Después de todo no tenía otro lugar a donde ir, aunque le avergonzaba tener que quedarse en el pueblo y soportar los cuchicheos de la gente. Odiaba convertirse en la comidilla de todo el mundo.

La luna empezó a elevarse poco a poco, mientras los pensamientos de Kataryna erraban por sus dolorosos recuerdos y su incierto porvenir. En su cabeza había una sospecha que resonaba como el repique de una campana. Una campana que algunos llaman intuición femenina. Aquel tañido sonaba cada vez más cerca y más fuerte, llenándola de incertidumbre, pero a la vez cierta esperanza. Una esperanza que, en vez de colmarla de ilusiones, la colmaba de temor y desesperación.

Se tendió en la cama, ovillándose sobre su cuerpo, suplicando que el sueño la cubriera con su manto, acunándola, arrullándola, aguardando que la noche la liberara de sus pesadillas.

En aquella noche ventosa de otoño, a la luz de la luna que entraba por la ventana de aquella modesta habitación, Kataryna cerró los ojos esperando los nuevos designios que el creador tenía reservado para ella.

II

Durante los días posteriores a que dejaran la hacienda, la preocupación de Alexander por la estabilidad emocional de Kataryna se había acrecentado. La veía cada vez más desencajada, con el rostro macilento y los ojos vacuos. Resolvió con rapidez todos sus asuntos para así abandonar definitivamente Oberá. Tenía confianza de que abandonando de una vez por todas Argentina, ayudaría a Kataryna a empezar a sanar.

La mañana se vislumbraba fresca pero luminosa. El cielo se hallaba despejado y el ajetreo habitual de los transeúntes llamó la atención de Kataryna quien observaba con ojos curiosos a través de la ventana. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho, un gesto de protección al que acudía cada vez con más frecuencia.

_Tengo que comprar los pasajes para Posadas_ dijo Alexander_ ¿Por qué no me acompañas?

_ ¿Posadas? _ preguntó ella sin despegar los ojos de la calle_ pensé que dijiste que íbamos a Paraguay.

_Posada es nuestra primera parada. Allí tomaremos un bote y cruzaremos el río.

Kataryna asintió sin voltear a verlo.

_ ¿Por qué no me acompañas? _ preguntó él_ no has salido de estas cuatro paredes desde que llegamos.

_Preferiría esperarte_ dijo ella aún sin voltear a verlo.

_Vamos Kataryna, necesitas tomar algo de aire.

Kataryna suspiró pesadamente antes de voltear a verlo. Se quedó en silencio con los brazos sobre su pecho como si meditara la propuesta de Alexander. Segundos después, asintió con una leve sonrisa.

Se dirigieron a la única empresa de trasporte de pasajeros del pueblo, el Expreso Singer, recientemente inaugurado que constaba solo de una unidad a la que llamaban cariñosamente “El patito” probablemente fuera por el color anaranjado desvaído del vehículo, o quizá por la curiosa forma del guardabarros trasero que se asemejaba a la cola de ese palmípedo. El dueño Ralf Singer, escondía detrás de sus lentes de gruesos marcos y verdosos cristales, una mirada firme y decidida, aunque muchas veces melancólica y nostálgica, como la mayoría de los inmigrantes que debieron abandonar su patria y emigrar a lejanas tierras en la búsqueda de una vida mejor.

Ralf nació en Letonia y emigró a Argentina en mil novecientos veintitrés, se dedicaba al transporte de mercaderías entre Oberá y Posadas. Pero muchos de sus clientes necesitaban trasladarse, por lo que viajaban en su camión durante tres o cuatro horas, soportando incomodidades, a veces el sol calcinante, otras las fuertes lluvias. Así que decidió cambiar su camión Chevrolet por un chasis de la misma marca y mandó construir una carrocería, el vehículo solo contaba con espacio para doce pasajeros con asientos de madera dispuestos en forma de cuadrilátero, no poseía ventanas, sino espacios abiertos.

Una madrugada, el motor del “patito” zumbó y se sacudió. Un abanico de luces iluminó una brillante y gruesa cortina de llovizna. Los curiosos que observaban al amparo de los corredores de la terminal vieron las luces brillar alrededor, luego se ausentaron, se fueron apagando y desaparecieron en la profundidad que precede al amanecer, en lo que sería el primero de innumerables viajes. “El patito”, trasportó a los pasajeros por más de cuatro horas sobre picadas hechas a machete, extirpadas al monte y huellas de camiones como su única guía.

Con los boletos en mano, Kataryna y Alexander pensaron en regresaron a la posada. Partirían dos días después, antes de que el sol se atreviera a levantarse.

Era día de feria y los comerciantes se apostaban en la calle principal. Pequeños ganaderos y agricultores exhibían sus productos: canastillas de huevos; piernas de res; cajas de tomates; atados de lechugas; y coloridas hortalizas.

Kataryna y Alexander empezaron a sortear la zigzagueante serpiente humana compuesta de comerciantes, compradores y simples curiosos. Cuando estuvieron a punto de lograr su cometido oyeron una voz que provenía de entre el gentío.

_ ¡Papa! _ grito la voz.

 Ivanov se detuvo, sabía perfectamente a quien pertenecía aquella voz. Se volteó con lentitud, frunció el ceño en actitud recelosa.

El joven al cual pertenecía la voz se abrió paso entre el gentío, cuando alcanzó a Ivanov, fulminó con la mirada a Kataryna quien palideció avergonzada.

_ ¡¿Qué haces con esta mujer?! _ gritó Yuri con ojos inquisitivos y retadores.

Algunas personas alertadas por los gritos de Yuri volvieron su atención a aquel extraño trio.

Ivanov se quedó mirando fijamente a su hijo, pensando cómo debía abordar la situación.

_Ya hablé con tu madre y este no es el lugar ni el momento para que hablemos al respecto_ respondió con una mirada de advertencia.

Kataryna sintió que todos la miraban, que los ojos de todo el pueblo estaban posados sobre ella. Como enormes pesos calientes y punzantes. Comprendió entonces, cuál sería el resultado de esa escena y el estómago se le revolvió.

Yuri masculló algo entre dientes antes de volver a levantar la voz.

_ Puede que hayas hablado con mi madre, pero eso no significa que lo que estás haciendo es correcto. Has lastimado a mi madre y eso no te lo voy a perdonar fácilmente_ dijo con la mirada encendida, cargada de dolor e indignación.

Todo el mundo parecía observar a Kataryna y algunas mujeres cuchicheaban por ahí. Sintió náuseas y llegó a pensar que terminaría vomitando el desayuno completo en medio de toda aquella gente que parecían señalarla con un dedo admonitorio. Quiso salir huyendo, pero no podía moverse, como si alguien la hubiera clavado en el suelo.

_ ¡No entiendo como has sido capaz de dejar a tu familia por una mujerzuela como esta! _ continuó Yuri con un gesto desdeñoso y el rostro nublado por la rabia.

_Yuri, cuida tus palabras_ dijo Alexander lo más tranquilo que pudo, intentaba no exacerbarse de lo contrario terminaría perdiendo los papeles en medio de aquel gentío.

_ ¡No tengo porque hacerlo! _ contestó el muchacho ostentando desmedida arrogancia. _ Esta mujerzuela ha destruido a nuestra familia.

Alexander se sintió molesto, fastidiado por la actitud de su hijo. Por un momento, pretendió borrarle aquella arrogancia de la cara con una bofetada, pero se deshizo de aquella idea de inmediato. Bajo ninguna circunstancia debía convertir aquella desagradable escena en una tragicomedia.

_Cuida tu lenguaje Yuri, no voy a permitir que la insultes_ le advirtió mientras sus ojos se detenían con disgusto sobre su hijo. _ Tu comentario es ignorante y ofensivo yo no te crie de esa forma.

Entonces, con aquella brusquedad que caracterizaba a Yuri echó la cabeza para atrás y lanzó una terrible carcajada.

_ ¡No pienso hacerlo! _ dijo levantando la voz_ no voy a tener ninguna consideración con esta mujer, de la misma manera en que ella no lo ha tenido con mi madre. Siempre hablaste de honestidad e integridad ¿dónde ha quedado todo eso? _ preguntó_ además, tu no nos criaste, lo hizo mi madre. Desde que tengo memoria has estado ausente.

Ivanov no podía argumentar con su hijo en lo referente a su ausencia, pero no iba a permitir que se siguiera extralimitando. Hizo un gesto con la mano para que se callara y lo observó fijamente con los ojos encendidos.

Kataryna se removía inquieta, se sentía deprimida y humillada. La gente no dejaba de observarla con morbosa curiosidad.

_ Vuelve a casa, no deberías estar aquí_ dijo_ si vuelves a lanzar un improperio más, vas a tener que vértelas conmigo.

El joven apretó los puños y tuvo que morderse los labios para evitar decir algo de lo cual de seguro se arrepentiría inmediatamente después de que su padre lo golpeara. Pero no desaprovechó la oportunidad de lanzarle una mirada asesina a Kataryna. Estaba claro que Yuri deseaba poner a prueba la paciencia de su padre. Una helada insensibilidad y una oleada de calor producto de la ira inundó el corazón del muchacho.

Alexander le dio la espalda al mayor de sus hijos, al tiempo que sujetaba a Kataryna del hombro y la apremiaba a que lo siguiera. La mujer tenía los ojos ardientes por las lágrimas inminentes y la voz algo temblorosa, pero logró ponerse en movimiento.

El muchacho se quedó de una pieza al ver a su padre alejándose, los espectadores estaban haciendo lo mismo, el espectáculo había terminado.

En aquel, momento la aversión y el rencor que durante toda su vida Yuri había sentido por su padre, se trasformaron en odio y furia. Aquellos sentimientos lo acompañarían hasta el último día de su vida.

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Historias Entrelazadas (Kataryna y Alexander)

VII

Alexander fumaba un cigarrillo absorto en sus pensamientos. Su cabeza era un gran alboroto, unos cuantos ratoncillos parecían mordisquear los cables en el fondo de su cerebro. Sobre el horizonte, la luna recién salida en forma de hoz brillaba entre los árboles. Un pájaro solitario, tal vez un búho o quizás fuera una lechuza lo sobrevoló con sus amplias alas desplegadas.

La herida del brazo le ardía un poco, pero no había requerido de sutura. Llevaba el brazo vendado para evitar que la herida se infectara. El dolor en el abdomen era algo distinto, la angustia y la adrenalina lo habían mantenido alejado; pero ahora emergía con algún movimiento brusco. Tardaría algunos meses en desaparecer por completo.

El cadáver de Igor apareció flotando en una de las isletas del río, tres días después de que hallaran a Daryna. No se encontraba en mejores condiciones que el de la niña. No estaba claro cómo sucedieron las cosas. Algunos pensaban que intentaron cruzar a nado el río, pero aquello no tenía sentido. El río era caudaloso y bravío. Otra teoría y la que más adeptos mantenía, era el del asesinato seguido de suicidio como medio para atormentar para siempre a Kataryna. En realidad, nunca se sabría que un tumor del tamaño de una canica, alojado en cerebro de Igor había sido el causante de la muerte del padre y de la hija.

Alexander permaneció recostado contra la pared trasera de la Casa Grande con expresión inquieta y turbada. Su mente era un torbellino de pensamientos confusos, y dudas.  Sintió que estaba a punto de cruzar el Rubicón. Pero pensó que la mayor oscuridad era siempre la que conducía a los primeros destellos del alba.

Había escogido un camino que lo condujo a un lugar absolutamente inesperado para él. Había resuelto dejar Oberá y emigrar definitivamente a Paraguay llevándose consigo a Kataryna. Sentía que tenía una deuda pendiente con ella. No podía abandonarla luego de que la relación existente entre ellos quedara al descubierto, mucho más, después de la terrible muerte de su hija. No tenía a nadie en aquel paraje remoto más que a él.

Se sentía afligido, pero su aflicción no tenía nada que ver con abandonar a Galina y a su familia. Tenía que ver con Tatiana. Sentía que estaba siendo desleal a su memoria, al amor que le profesaba.

Algo llegó de pronto hasta él, una voz. Esta salió de su memoria como una forma vislumbrada en el humo de su cigarrillo. “Prométeme que vivirás tu vida”.  Y como si alguien aprobara su decisión, una mano acarició su rostro, una sombra de insustancialidad. No tenía idea de cómo podía ser posible, pero, en aquel momento tuvo la certeza de que aquella caricia pertenecía a Tatiana.

Cerró los ojos y suspiró profundamente. Sintió el corazón pesado y oprimido. Cuando volvió a abrirlos una lágrima recorrió el surco de la herida en su mejilla. Sus pensamientos se desenmarañaron y la niebla en su mente se disipó.

VIII

Cuando Galina vio a su esposo parado en el umbral de la puerta entendió con total certeza lo que vendría a continuación, con una claridad ante la que todas las demás certezas que había tenido acerca de Alexander parecían difuminadas, vagas y vacilantes. Aquel temor que la acosaba desde hacía algún tiempo de manera recurrente aparecía de nuevo, pero esta vez tuvo la certeza de que se haría realidad. Su rostro adquirió un tono casi lívido, y los ojos le llamearon de resentimiento, rabia, odio o una combinación de las tres cosas.

_Me marcho a Paraguay, esta vez es definitivo_ dijo Alexander con voz flemática cuando ingresó a la casa.

Galina lo miró con los ojos desorbitados, boquiabierta. De hecho, se tambaleo y buscó de inmediato la primera silla que encontró. Sus piernas parecían a punto de ceder. Alexander pensó que se desmayaría. Pero aquella inseguridad duró apenas unos segundos, enseguida, Galina esbozó una sonrisa carente de humor.

_No voy a llevarme nada más que mis objetos personales y un poco de dinero que tengo guardado. Todo lo demás es tuyo y de nuestros hijos. Juan puede seguir administrando la hacienda, conoce el trabajo y es de confianza.

_Ya lo decidiste todo_ replicó con voz carente de inflexiones. Se sentía completamente derrotada. ¿Qué caso tenía ya discutir o exacerbarse? Pero a pesar de todo las lágrimas de indignación asomaron a sus ojos empañados de expresión incrédula.

_Perdóname, si es que puedes hacerlo_ dijo Ivanov.

Antes de que las lágrimas resbalaran por las mejillas de Galina, Alexander dio media vuelta y salió dejando a Galina perpleja, desconcertada, burlada y ofendida.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA Y ALEXANDER) (Fragmento)

IV

Igor había pasado la noche en uno de los graneros de la hacienda en donde preparó una improvisada cama con paja y una vieja manta. Cayó dormido de inmediato, como si en vez de haber estado a punto de matar a la madre de su única hija hubiera tomado parte de una alegre fiesta.

Cuando despertó, percibió un sabor metálico en la boca. Le ardía los ojos, la garganta y el estómago. La idea que lo perseguía en la cabeza en una continua espiral era: “Esa zorra nunca terminará de pagármelas”

Le palpitaba aún la cabeza, parecido a un murmullo sordo y persistente, soportable, manejable.

Se aseó lo mejor que pudo y sin pérdida de tiempo dispuso todo para su huida. Pero antes de dejar Oberá para siempre, debía encargarse de un pequeño detalle. El detalle que terminaría por hundir a Kataryna. La puta desgraciada se acordaría de él por el resto de su vida.

En aquel momento experimentó un aguijonazo, un violento azote en la cabeza. Tuvo la sensación de que le habían clavado con una aguja larga y gruesa. Dejó escapar un grito tanto de dolor como de conmoción. Se masajeó los nódulos pulsátiles de las sienes con las palmas de las manos en un intento por suprimirlos o por lo menos aplacarlos.

Cuando el dolor aflojó un poco, montó su caballo, y el estómago le palpitó al mismo ritmo que el dolor de cabeza. Había olvidado los golpes que Ivanov le había propinado en el abdomen.

Se dirigió a la escuela en el pueblo. Habló con la maestra, mintió diciendo que había sufrido un accidente y que se llevaría a Daryna a la casa. La maestra mostró algo de recelo al ver el aspecto de Igor, pero este terminó por convencerla.

Daryna se mostró asustada cuando vio a su padre. Igor se dirigió a ella doblándose hacia adelante con las manos en las rodillas. Aquella posición le suponía a Igor un gran esfuerzo, pero necesitaba que la niña confiara en él.

_Lo que sucedió anoche nada tiene que ver contigo_ dijo con una sonrisa que debió parecer encantadora pero que resultó ser algo grotesca. _ Eres mi pequeña y te amo. Quiero que demos un paseo.

Daryna lo miró con los ojos desmesuradamente abiertos, pero no se atrevió a replicar.

Igor montó el caballo y la ayudó a sentarse a horcajadas delante de él. Salió del pueblo lo más rápido que pudo sin levantar sospechas. Debía asegurarse de que nadie lo viera y con ese pensamiento en mente, abandonó el camino principal y anduvieron por un sendero difuso que se internaba entre los árboles.

A una distancia prudencial Sobaka los seguía meneando la cola de acá para allá. Al parecer, el perro había resuelto acompañar a la niña a la escuela y cuando la vio montar a caballo no tardó en decidir lo que debía hacer.

Igor no se percató cuando el escaso rastro de sendero desapareció y su rumbo le llevó entre sublimes árboles y grandiosos paisajes. Torció a la izquierda bordeando un ancestral lapacho provisto de un gran tronco. Trecientos metros por delante de esa curva, el caminito que apenas se dibujaba terminó a orillas del gorjeante río Paraná. Detuvo su caballo, se enjugó el sudor de la frente con el brazo, y miró el río.

La jaqueca volvía a atormentarlo. Decidió descansar un rato. Padre e hija desmontaron debajo de un gran árbol.  La niña corrió de inmediato al encuentro de su amiguito.

Igor sintió de nuevo un sabor metálico en la garganta. Bajó la cabeza, escupió entre sus botas una mezcla de saliva y sangre, luego se limpió la barbilla con el canto de su mano.

Oteó el horizonte fijamente y luego prestó atención a cúmulo móvil de nubes en el cielo. Un bote se movía deprisa en la otra orilla, impulsado por la fuerte y traicionera corriente del río. Los dos hombres que navegaban en él, no se percataron de la presencia de los viajeros.

Una desgarradora punzada en la cabeza lo obligó a echarse en el suelo. A la punzada, de inmediato le sucedieron las palpitaciones. Pensó que debía dormir un poco, pero no podía dejar descuidada a la niña.

La niña, la niña era su as bajo la manga, su jaque mate.

Kataryna lo había hechizado con sus senos redondos y abultados, con su esbelta figura, sus cabellos largos, la insolencia y desafío de sus ojos. Se juró a si mismo que terminaría por domar a aquellos ojos y con aquella jugada magistral terminaría sometiéndola, aunque no estaría en la hacienda para verlo. Regresaría a Ucrania así fuera lo último que hiciera y se llevaría a la niña consigo. En su sorprendentemente deformada concepción del matrimonio pensaba que estaba en su derecho de hacerlo.

Sintió de pronto que se le nublaba la visión y volvió a sentir otra fuerte punzada. Su respiración se aceleró y le constó respirar.

 Daryna jugaba con Sobaka ajena al estado cada vez más deteriorado de su padre.

Igor cerró los ojos. A pesar del calor, un sudor helado le recorrió el cuerpo. Otra punzada feroz le azotó la cabeza. Su consciencia parecía volar a gran velocidad alejándose de él cada vez más deprisa. Vio de pronto que todas las nubes estaban en movimiento, se alejaban para luego regresar con velocidad frenética y rodar hasta él. Pero extrañamente no tuvo miedo. Se puso de pie con los ojos vidriosos fijos en un algún lugar lejano de la realidad. Vio un puente que flotaba sobre el río, suspendido de hilos invisibles y a su padre que le hacía señas para que cruzara.

Llamó a la niña con voz imperiosa. Daryna se acercó a Igor con el temor reflejado en sus ojos brillantes. Igor la tomó en brazos. Daryna se removió inquieta. Le pidió a su padre que la depositara en el suelo. La voz de la niña sonó ahogada como si algo le oprimiera la garganta hasta reducirla al tamaño de un junco. Igor no le prestó atención, seguía con la mirada perdida en algún punto de la otra orilla.

 Sobaka empezó a ladrar con desesperación, como si presintiera que algo terriblemente funesto estaba a punto de ocurrir.

En su enferma mente Igor, volvió a ver a su padre que le sonreía y lo alentaba a que cruzara el puente. Un puente maravilloso que lo llevaría hasta su Ucrania querida, hasta los campos que le habían sido arrebatados, y que volverían a ser suyos para siempre.

Miró el puente, solo debía tomar impulso y de una zancada lo alcanzaría. Saltó, pero lo que halló fue agua.  Avanzó despacio y Daryna gritó y se removió aterrada. El agua le llegaba a Igor a la altura del pecho. Sobaka, parado en la orilla no dejaba de lanzar ladridos que más parecían lastimeros aullidos.

Igor siguió caminando su imaginario y mágico puente, su padre parecía estar cada vez más cerca. Lo atacó entonces la peor de las punzadas que hizo estallar algo dentro de su cabeza. Algo que había estado creciendo dentro de él comprimiendo su cerebro, mermando su cordura. Las rodillas se le doblaron y se hundió en el agua al tiempo que soltaba a la Daryna quien cayó a las turbulentas aguas de inmediato.

La niña intentó gritar, pero el agua que ingresó violentamente a su garganta se lo impidió. Manoteó desesperada intentando salir a flote.

Mientras se sumergía en el agua, Igor vio extenderse delante de él ensoñadores campos, cubiertos por blanca niebla allá en su natal Kiev. Una sonrisa de regocijo se esbozó en su rostro antes de que su corazón latiera por última vez.

Sobaka se lanzó al agua tan lejos como le permitieron sus fuerzas, en un intento por salvar a su ama. Nadó contra corriente, hasta alcanzarla. La tomó del cuello del vestido con el hocico y trató de halarla hasta la orilla. Al principio pareció que lo lograría, pero un remolinó lo venció y terminó arrastrando a ambos a las profundidades del caudaloso río. Los aterrorizados ojos de Daryna vieron fragmentos de una realidad terrible y sin ningún sentido, los últimos fragmentos que verían.

V

Cuando la carreta que traía a los niños desde la escuela llegó sin Daryna, Kataryna sintió que el mundo se le caía encima. La desesperación la invadió de inmediato. Sintió que todo giraba a su alrededor, cerró los ojos y Alexander tuvo que sostenerla para que no cayera al suelo. La recostó en la cama y colocó una mano extendida sobre su frente como si intentara determinar si tenía fiebre. Con el rostro dirigido hacia el techo y los ojos cerrados Kataryna mascullaba palabras ininteligibles. Intentaba aspirara bocanas profundas de aire para despejar su mente, no podía perder la cordura en aquel momento, debía buscar a su hija. Abrió los ojos y comprobó que la habitación había dejado de dar vueltas. Murmuró algo, le costaba hablar como si su voz tuviera que deslizarse a través de un pasadizo estrecho y lleno de obstáculos. Alexander acercó su oído a su boca y entendió que decía: “Igor se la llevó, tengo que encontrarla”.

Alexander no necesitaba que ella lo dijera, estaba seguro de que había sido el cruel, despiadado y sádico de Igor. Intentó tranquilizarla antes de salir de la casa y dirigirse a la hacienda para formar un grupo de búsqueda, asegurándole que la encontraría.

No se detuvo en la Casa Grande a dar explicaciones ni a conversar con Juan que lo observó con mirada de perplejidad, se dirigió de inmediato al establo a ordenar a los hombres que se prepararan para salir en busca de Igor. No tenía tiempo que perder.

La noche anterior llegó a pensar que el destino había llevado a Kataryna hasta Buenos Aires en donde la conoció. Era como si la mano de un ajedrecista la situara en el mismo espacio y tiempo que a él, para salvarle la vida. Como si ella fuera una pieza importante en aquella partida. Pero eso implicaría la intervención de un ser superior en el cual no creía. Y si existiera aquel ser, aquel ajedrecista universal, ¿a qué se reducían las demás piezas de aquel juego?: su padre, su madre, sus amigos, las fallecidas hijas de Kataryna, hasta la misma Tatiana, ¿a simples peones sacrificados? Se preguntó que pieza sería él, una torre, un caballo, un rey. ¿Era en realidad tan importante? o solo otro peón más, en aquel juego macabro que representa la vida.  En ese momento, mientras ensillaba su caballo pensó que estaba a punto de descubrirlo.

A pesar de los golpes y las heridas que había recibido durante la lucha de la noche anterior, no sentía mayores molestias. Pensó que podía atribuir aquel detalle a la avalancha de adrenalina que aún recorría su cuerpo, pero estaba seguro de que aquello no duraría mucho.

Eran más de las tres de la tarde cuando Alexander y sus hombres salieron en busca del rastro de Igor. Nadie lo había visto desde que recogiera a la niña de la escuela. Alexander pensó que Igor tenía dos opciones: dirigirse hacia Paraguay o dirigirse a Buenos Aires e intentar tomar un barco que lo llevara a Europa. La opción más lógica era huir hacia Paraguay, pero en la mente desquiciada de Igor no funcionaba la lógica. Intentaría llegar a Buenos Aires y zarpar para Europa, pensó Ivanov.

_ ¡Debemos dirigirnos hacia al sur! _ ordenó a sus hombres.

Pero tuvo una extraña corazonada, si Igor quería pasar desapercibido debió de utilizar algún camino alterno, algún sendero escondido en medio del campo, tal vez en medio del bosque, al menos hasta que saliera de Oberá y se sintiera seguro de no ser descubierto.

Dirigió al grupo de hombres al suroeste esperando que sus corazonadas resultaran certeras, porque de lo contrario Igor lograría evadirlos.

A medida que pasaba el tiempo la ansiedad y la preocupación de Alexander iba en aumento. Empezó a dudar de que su análisis de la psicología de Igor haya sido el correcto.

A eso de las cinco y media de la tarde llegaron a la orilla del río. Se detuvieron para descansar y estudiar cuál sería su siguiente paso. Juan se cebó un mate y se perdió en sus pensamientos. Otros recorrieron la orilla en busca de pistas.

 Alexander contempló el río por un momento, sintiendo cómo el sofocante día estival estaba menguando para ceder paso a una suave brisa nocturna. Suspiró, la noche estaba a punto de caer y no había rastros de Igor y Daryna.

El movimiento de unas aves captó su atención.

Los Biguás se lanzaban en picada, golpeaban el agua con un sonoro estruendo de espumas, hundiéndose, luego se elevaban de nuevo con algún trofeo de caza en sus picos, con un rastro de gotas plateadas que chorreaban de sus negras alas.

Uno de los hombres se acercó corriendo, había hallado el caballo de Igor amarrado a un árbol, a menos de doscientos metros de distancia y no había rastros de él ni de la niña.

El corazón de Alexander dio un vuelco, aquello no era un buen augurio.

El sol se había ido, pero aún quedaba una reluciente banda de color anaranjado sobre el horizonte interrumpida en varios puntos por la silueta de los árboles.

Juan chupó el último sorbo de su mate y se apresuró a seguir a Alexander en dirección al hallazgo.

 Al llegar al lugar, fue como si un boxeador invisible acabara de propinarle a Ivanov un puñetazo en el estómago, el panorama se tornó de pronto aterrador. El caballo estaba en perfectas condiciones, no había razón alguna para que lo abandonaran en medio de la nada. Su mente se nubló por unos minutos, se negó a reconocer que aquello podía significar algo catastrófico. Sacudió la cabeza para tratar de despejar su mente, se acercó con pasos lentos hasta la orilla. A medida que la oscuridad descendía sobre aquella parte del mundo, su corazón se hizo más ligero y su mente algo más lúcida

Pronto, las estrellas destellaron sobre la profunda oscuridad y Alexander tuvo que conformarse con esperar a que amaneciera.

Acamparon frente al río. Juan le cebó un mate y se lo ofreció. Alexander que no tenía por costumbre beberlo, tomó el mate y se concentró profundamente. Pensó que a veces los infaustos acontecimientos oscilan sobre bisagras pequeñas. Se obligó a pensar en las posibilidades. Una idea surgió en su mente como si procediera desde la otra punta de un lejano pasillo. Aquella idea le causaba repulsión, pero tuvo que reconocer que la probabilidad de que fuera certera era muy elevada. Tuvieron que haber sufrido alguna clase de accidente, y si se hallaban cerca a la orilla esto podría significar que… Sacudió la cabeza y se obligó a eliminar aquella terrorífica idea de su mente. En la noche estival, entre las nubes la luna iluminó el lúgubre rostro de Alexander.

Cuando la aurora empezó a despuntar coloreando el oeste con tenues tonos de amarillo y naranja, los hombres se pusieron en movimiento.

No habían pasado más de dos horas cuando Ivanov oyó unos gritos de alarma. Aspiró profundamente e intentó preparase para lo que vendría.

Siguiendo la corriente del rio, a poco más de quinientos metros, varados entre unas rocas se hallaban los cuerpos de Daryna y Sobaka, entrelazados en un macabro abrazo. Alexander sintió una profunda repulsión y un terrible espanto. Se acercó vacilante al tiempo que dos de los hombres recogían los cuerpos del agua y los depositaban sobre la hierba. Permaneció por unos segundos paralizado por el pavor y el asco.

Observó el cuerpo de la niña con ojos atormentados, solo vio los huesos de las orbitas, los globos oculares habían desaparecido. El labio superior había corrido con la misma suerte. Un cardumen de pirañas se había dado un festín con su angelical rostro. 

Contempló entonces a Sobaka. Sintió una profunda admiración por el amor incondicional y la lealtad de aquel perro que murió al lado de su ama intentando de seguro salvarle la vida.

Sintió entonces una sensación de horror, apenas contenido. Horror aguardando su hora de entrar en acción. Le sobrevino una fuerte nausea, se llevó una mano a la boca y tuvo que alejarse de aquella terrible escena. No pudo evitar vomitar y un viscoso líquido le quedó chorreando lentamente como una nauseabunda baba espesa. Pero no había nada más nauseabundo que aquella terrorífica escena. Y de pronto sintió revolverse dentro de él una profunda rabia, una profunda cólera hacia Igor. No podía existir algo más ominoso que la muerte de aquella inocente niña.

Sobre Kataryna habían dejado sus huellas, lenta pero inexorablemente el hambre, los rencores, los desengaños, los inviernos que la desalentaron, años de catástrofes, las muertes de sus hijas, los fantasmas que en sus pesadillas la acosaron. Había sobrevivido a todo eso, pero Alexander no estaba seguro de que pudiera sobrevivir a la muerte de Daryna. Temía que la llevara al borde de un abismo en cuyo fondo terminaría hundiéndose en las profundidades de la miseria y la desgracia. Y, sin embargo, en una extraña forma, tuvo la certeza de que él, formaría parte de su sobrevivencia.

Cerró los ojos por unos momentos, aspiró profundamente el aire de aquella terrible mañana de marzo y se dispuso a regresar a Oberá y enfrentar a una madre con la más terrible de las realidades.

VI

Alexander se abrió paso por un pequeño grupo de curiosos apostado frente a la casa de Kataryna. A la luz de la mañana, la gente presentaba un color pálido y ligeramente desvaído. Parecían moscas revoloteando en un basurero. Cuando estuvo dentro, no necesitó pronunciar palabra alguna para que Kataryna leyera lo que traía escrito en la cara.

Supo enseguida que eran malas noticias, notó esa sensación de hundimiento en el estómago como el que produce cuando se atraviesa un bache a gran velocidad. Palideció de inmediato, intentó gritar algo, pero Ivanov no pudo oírla, porque aquella escena se desarrolló como en una película muda. Pero no le impidió quedar despedazado por aquel grito inaudible y por su expresión pavorosa.

Kataryna creyó que en ese momento enloquecería. Su cuerpo se estremeció violentamente. Aspiró con fuerza y lanzó un inmenso y espantoso grito de dolor que retumbó en toda la casa. Antes de desmayarse lanzó una mirada sobre el hombro de Ivanov como si esperara ver a su hija entrando por la puerta y profirió un último alarido desconsolado, un sonido que atravesó las cabezas de los curiosos como esquirlas de cristales rotos.

Cuando recuperó la consciencia, Alexander contempló a una mujer a punto de perder la cordura, llevaba en el rostro un rictus de terror, o de desconsuelo, o de ambas cosas. Pensó que sería incapaz de soportar otro sufrimiento más en su vida.

_Necesitas beber algo_ dijo Alexander.

La voz de Ivanov parecía centellear con un leve eco, como si llegara hasta Kataryna desde la otra punta de un largo pasadizo.

Ella no respondió, se sentía mareada y desorientada. No recordaba muy bien lo que había pasado.

_Te ayudaré a sentarte para que bebas un poco de té.

Se obligó a si mismo a hablar con lentitud, en voz baja pero firme para que ella reaccionara.

Pero la voz de Alexander ya no centelleaba en un pasadizo, a pesar de que estaba sentado justo al lado de ella en la cama, parecía proceder ahora desde un lugar lejano en medio del campo.

El mareo fue cediendo poco a poco, fijó los ojos en Alexander y cuando habló su voz sonó apagada, sin vida.

_ ¿Dónde está mi hija?

Alexander tomó una de sus manos y con la cabeza gacha, le narró los terribles acontecimientos. Intentando prepararla para afrontar lo que vería. Pero ¿era acaso posible algo como eso?

_ ¿Dónde está mi hija? _ volvió a preguntar.

Alexander la dejó sola por unos segundos, se acercó a la puerta y con un gesto le indicó a Juan que trajera el cadáver. En pocos minutos el cuerpo sin vida de Daryna estaba tendido sobre su cama en el que sería su último y más profundo sueño. Kataryna entró a la habitación poco después con la espalda encorvada, parecía que había envejecido décadas en cuestión de minutos. Arrastrando los pies llegó hasta la cama en donde descansaba su hija. No había palabras para describir el dolor que sintió al descubrir el estado en el que se encontraba el cuerpo de su pequeña y única hija. Deseó odiar a Igor por todo el daño que le había ocasionado. Deseó revelarse y odiar a Dios por permitir aquella espantosa muerte de una inocente. Pero su corazón estaba extrañamente vacío. Su mente estaba en blanco. Tal vez simplemente estaba cansada de luchar. Ya no tenía a nadie por quien vivir, pero sin embargo debía sobrevivir. Y existir era sobrevivir a selecciones injustas. La vida era injusta, el destino siempre había sido injusto y adverso con ella.

En el cementerio del pueblo, mientras enterraba a Daryna junto a su fiel amigo, Kataryna despidió a su hija de una forma muy conmovedora. Cantó una triste canción de cuna con la voz quebrada por la desesperanza y la tristeza, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Dormid, niños, dormid, amados, ¡no os despertéis![1]

Ya no os atormentaréis, un ave paradisiaca os llevará.

Dormid, profundo, dormid, niños, el Ángel de Dos está a la puerta,

Ya no vais a tener hambre, y no se os hincharán los pies.

Calenté la casa con amapolas y cerré la chimenea,

En la niebla azul oscuro canté la canción de cuna:

Duerme, hijito desdichado, quédate dormida por la eternidad, hijita,

Mis últimas caricias con las palmas maternales.

Jugaremos a las escondidas con la desgracia de la vida,

Ya no nos encontrará debajo de la tierra, niños.


[1] Canción de cuna ucraniana.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA y ALEXANDER) (fragmento)

Argentina, marzo de 1935.

I

Igor se hallaba sentado sobre la carrocería desvaída de un tractor que alguna vez había sido de un amarillo brillante, mientras observaba con atención lo que ocurría a su alrededor. Escuchaba los gritos de un grupo de chiquillos que jugaba con una pelota; el traqueteo de un camión abarrotado de madera cruzaba un sendero cercano, probablemente rumbo a Buenos Aires con su preciosa carga; el murmullo de la conversación de tres peones a pocos metros de distancia. Hacía calor, el sudor se le pegaba al cuerpo como si se tratara de una segunda piel.

Vio que los peones hacían circular el mate de mano en mano. Uno de ellos, un hombre bajo y algo subido de peso, chupó profundamente el mate, como si en vez de beberlo lo meditara, luego con el mate en la mano, se quedó pensativo, como si se hallara apesadumbrado o tal vez preocupado. Igor aún no podía comprender la predilección de los lugareños por beber aquel líquido caliente y amargo con semejante calor. Tal vez nunca llegaría a entenderlo.

Su nuevo empleo no estaba mal del todo, aunque nunca se acostumbraría a ser empleado de otros le daba cierta libertad de acción. No había hecho amigos, pero los peones lo respetaban, o tal vez les infundía miedo. Sea como fuera para él significaba lo mismo. Recordó a Ivanov y el visceral rechazo que sentía hacia él, pero pensó que en cierta forma le debía a él aquel trabajo. Pero la gratitud nunca se había encontrado entre la limitada lista de sentimientos de Igor, pero el odio y la envidia si figuraban. La evocación le hizo esbozar una sonrisa completamente desprovista de humor o de reconocimiento, por el contrario, fue de rabia y rencor.

El sol apareció desde atrás de una abultada nube, se sumergió detrás de otra y volvió a emerger lanzando grandes sombras que se precipitaban por el campo.

Otro camión zigzagueaba rugiendo por un sendero que bajaba en una pendiente empinada hacia un arroyo. La parte posterior del camión estaba llena de postes y alambres de púa, se dirigía a los linderos de la hacienda para reforzar la alambrada. El camión se hundió en un par de baches dio un bandazo, el guardabarros chocó con el suelo, se sacudió, pero logró seguir su camino mientras que en el rostro del conductor se reflejaba una expresión casi cómica de terquedad.

Se había levantado de pronto un viento caliente y turbulento que resonaba a través de la vasta campiña y que arremolinaba el polvo alrededor de los niños que jugaban en su improvisado campo de futbol. Las gotas de sudor les chorreaban por sus rostros como si se trataran de lágrimas y se alojaban como diamantes en sus cabellos. Uno de los niños corrió de espaldas en un intento por cabecear la pelota que volaba en su dirección configurando una curva parabólica. El niño tropezó con una piedra de regular tamaño y salió despedido, con los brazos extendidos. Una décima de segundo después su cabeza se topó contra el suelo y perdió el conocimiento. Igor y los peones se abalanzaron sobre el niño, mientras que los demás chiquillos se quedaron petrificados en sus puestos. El peón, algo subido de peso se arrodilló frente a la víctima y lo llamó por su nombre al tiempo que le daba suaves cachetadas intentado que reaccionara. El niño abrió los ojos, pero a Igor no le gustó la expresión que vio en sus ojos, opacos y distantes. Pero ¡qué diablos! Ese no era su problema. El niño se incorporó despacio y los hombres lo ayudaron a ponerse de pie. Minutos después el niño regresó al campo de juego.

Un jovencito de unos once o doce años se acercó a Igor, tenía una sonrisa mansa, los ojos fugaces despejados, inteligentes y bondadosos como todos los niños de esa edad. Le entregó una carta. Igor lo interrogó sobre su procedencia. El niño se encogió de hombros y con la voz extrañamente apagada le respondió que no tenía idea. Se alejó corriendo por donde había venido. Igor observó el sobre blanco y sus facciones se ensombrecieron, sus ojos se redujeron a finas ranuras, como si presagiara malas noticias. Atravesó el improvisado campo de futbol en dirección a la pequeña vivienda que ocupaba junto con otros tres trabajadores y pasó frente a la oficina del administrador.

Cuando estuvo a solas, abrió el sobre y a medida que la leía, sus ojos se fueron ensanchando ante la desagradable sorpresa. Se sintió inflamado de rabia, los ojos le refulgían como hogueras. Y una voz que había permanecido muda durante los meses que llevaba trabajando en aquella hacienda, no la voz de su consciencia, sino tal vez, el de la locura, se alzó bruscamente en su mente.

La ramera de su esposa lo estaba engañando.

No tenía idea de quien le había escrito aquella carta, pero quien haya sido le aseguraba que Kataryna tenía un amante. Rompió en pedazos la carta al tiempo que se paseaba de un lugar a otro como un animal enjaulado al tiempo que crecía su furia y su resentimiento. Pensó de inmediato en Ivanov, y las conjeturas que se había formado sobre su relación con Kataryna. Aunque no tenía la certeza de que mantenían un romance, algo, muy profundo en su ser le decía que era verdad.

 Ambos se lo pagarían, se vengaría de ellos, pero ¿cómo debería actuar? ¿Qué castigo se merecían? ¿Golpearla? ¿Matarlo? Esta idea le hizo correr un extraño escalofrío de excitación por el cuerpo, aumentando su sed de venganza. Sí, matarlo le ocasionaría un indescriptible placer. Pero todas ellas eran preguntas inquietantes que, en su estado de alteración, no estaba en condiciones de contestar. Sus perspectivas con respecto al futuro y por supuesto, acerca del camino que debía tomar eran aún inciertas.

Salió de su vivienda como alma que lleva el demonio, tomó su caballo y se dirigió al pueblo. Ingresó a una taberna y se dedicó a beber intentando lidiar con sus fantasmas, pero la bebida en vez de hacerlo olvidar solo atizó las brasas que lo quemaban en su interior.

Salió de la taberna tarde en la noche, le retumbaba la cabeza. Sentía las piernas horriblemente inestables, los músculos palpitantes y temblorosos, inseguros. Parpadeó de prisa varias veces en un intento por estabilizar su mente, pero el esfuerzo solo le sirvió para generar una oleada de mareo. El mundo pareció inclinarse peligrosamente primero, y luego girar vertiginosamente sobre sus ejes. Se sujetó del caballo y vomitó el contenido de su estómago. Un largo hilillo de materia viscosa quedó colgándole del labio inferior. Sintió una nueva arcada y volvió a vomitar mientras se llevaba una mano al estómago. Se secó la boca con el antebrazo y enseguida montó su caballo. No podía hacer nada aquella noche más que regresar a su vivienda y echarse a dormir.

Poco después del amanecer, su sueño pedazo a pedazo pareció disgregarse, cubriendo el fondo de su mente como algo que se hubiera fragmentado y aún no hubiese sido ordenado. Cuando al fin pudo sacudirse de su letargo, la cabeza empezó a palpitarle con fuerza, pero no le impidió tomar una decisión. Regresaría a Oberá, se vengaría de Kataryna e Ivanov para después desaparecer.

Tomó su caballo y se puso en marcha, giró hacia el oeste por la polvorienta carretera que atravesaba la plantación, recta como una cuerda. Pronto estaba avanzando a todo galope dejando detrás de él una estela de polvo rojizo. La jaqueca crepitaba y palpitaba en su cabeza, como si se tratara de un abrazador fuego que amenazaba con devorarlo por completo. Pero su rabia y su odio eran más fuertes, más devastadores.

 Durante la vida de Igor, ciertas actitudes revelaron en el mejor de los casos, su menosprecio por las mujeres, o lo que era peor su rencor hacia ellas. Se hallaba en un estado de furia inaudita y pronto tendría a Kataryna frente a él y ajustarían cuentas.

II

En medio del agudo chirrido de los grillos veraniegos que se amparaban en el bosque, de las luciérnagas que pespunteaban la oscuridad, Daryna y su madre disfrutaban del delicado y balsámico aroma de la noche, al igual que del beso de la suave brisa sobre sus rostros.

Sobaka correteaba de un lado a otro mientras la niña reía alegremente sin apartar los ojos de su mascota. Kataryna contemplaba complacida a su hija desde la hamaca, al tiempo que pensaba que la vida de la niña se había trasformado por completo. La facilidad tan característica de los niños para olvidar y perdonar la sorprendía. Daryna ya no recordaba las carencias y dificultades por las que había atravesado durante su corta vida. El futuro parecía prometedor. Pero bajo aquel perfecto cielo estrellado de verano, no podía adivinar que la felicidad que experimentaba estaba a punto de desvanecerse como la luz al llegar el crepúsculo.

La niña tomó una ramita seca y se la arrojó a Sobaka en medio de animados y estrepitosos ladridos. Daryna palmeó divertida cuando su peludo amiguito atrapó la ramita en el aire. Sobaka se acercó a la niña enseguida moviendo la cola, llevando el trofeo ganado en el hocico. Se detuvo a poca distancia de la niña y soltó la ramita frente a ella. Daryna emitió una divertida y efervescente carcajada antes de inclinarse y recoger la ramita. Apoyó su pequeño cuerpo sobre su pie derecho mientras que el izquierdo, situado un paso por detrás, con la rama en la mano derecha en posición de lanzamiento. Se movía mucho amagando el tiro. Sobaka observaba al improvisado juguete con ojos interesados y con la lengua afuera. Daryna amagó un par de veces más para después lanzar la ramita lejos de Sobaka quien salió disparado detrás del objeto.

El galope lejano de un caballo que parecía acercarse hizo que Kataryna experimentara una densa sensación de tensión que se le infiltró en el cuerpo. Oteó la vasta oscuridad con cierta preocupación, mientras la niña seguía jugando con el perro. Se puso de pie y se acercó a Daryna. Los cascos del caballo resonaban cada vez más cerca. El corazón de Kataryna dio un vuelco como si presagiara alguna perfidia.

Una figura desdibujada que parecía flotar en la oscuridad de la noche como si se tratara de un fantasma se acercaba con rapidez hacia ellas. Apenas unos segundos después, estuvo segura de que se trataba de Igor. En su rostro se dibujó una mueca de inquietud, pensó de inmediato que debía tener cuidado.

El jinete se detuvo a pocos metros de la madre y la hija. Desmontó de inmediato, amarró el caballo a un árbol y se acercó con pasos rápidos.

Cuando Daryna reconoció a Igor se acercó corriendo a él en medio de alegres palabras de bienvenida.

_ ¡Papa, papa, que alegría verte!

Igor le dedicó una extraña sonrisa, su rostro estaba crispado con algo parecido a una máscara grotesca. De inmediato la convino a que entrara a la casa con el perro y se encerrara en su cuarto. Le advirtió que no debía salir hasta que él la llamara.

Daryna se detuvo petrificada, observó a su padre pasmada y aterrorizada. Quiso protestar, pero algo en los ojos de su padre le advirtió que lo mejor sería obedecer. Llamó a Sobaka y enfilaron juntos el breve sendero a la casa. Se detuvieron a observar a Igor desde el umbral de la puerta. Las lágrimas brillaban en sus ojos.

La mueca de inquietud en el rostro de Kataryna se había borrado y la había sustituido una expresión combinada de sorpresa, estupor y terror de una mujer que se había convencido de que jamás volvería a sufrir a manos de aquel depravado y sin embargo estaba a punto de que volviera a ocurrir.

_ ¡Entra en la casa Daryna y has lo que te dije! _ le ordenó a la niña.

_Si papa_ contestó en un balbuceo casi inaudible que tembló en los labios de la niña.

 Finalmente obedeció mientras las primeras lágrimas rodaban por sus mejillas.

Cuando la niña cerró la puerta de la casa y dejó solos a sus padres, Igor se acercó a Kataryna mostrando los ojos inyectados en sangre y la mirada alienada. Sintió una fuerte punzada en la cabeza, luego se redujo a un leve murmullo.

_Pensaste que podías acostarte con quien quisieras y que no iba a enterarme_ dijo con una sonrisa perversa esbozada justo por debajo de las comisuras de los labios.

Kataryna pensó que su corazón iba a estallarle en el pecho en aquel preciso momento. Sintió que se le revolvía el estómago y que terminaría regando su contenido sobre los zapatos de Igor que se había acercado peligrosamente a ella. Dejó escapar un bufido de terror que solo sirvió para confirmarle a Igor lo que ya sabía con certeza.

_ ¡Maldita perra, no pudiste mantener las piernas cerradas! _ gritó con voz escabrosa, al tiempo que ceñía una de sus manos alrededor del cuello de Kataryna.

La hizo retroceder hasta que se topó con las gradas que llevan a la puerta de la casa, tropezó, se desplomó de espaldas y emitió un grito que se oyó amortiguado.

Igor la soltó y se quedó de pie observándola con los ojos desorbitados de furia. Kataryna se arrastró de espaldas hasta toparse con la casa. Se levantó lentamente con la espalda apoyada contra la pared, tenía los ojos desorbitados y los labios trémulos. No fue consciente de que las lágrimas le corrían por las mejillas.

_ ¡Ivanov, tenías que engañarme con Ivanov! _ gritó al mismo tiempo que se acercaba con calculada lentitud hacia ella.

Kataryna, desesperada se abalanzó sobre la puerta en un intento infructuoso por buscar refugio dentro de la casa. Sus manos temblorosas se resbalaron sobre el picaporte.

_ ¿Quieres entrar? _ preguntó Igor con una sonrisa de desprecio al mismo tiempo que sujetaba el picaporte con la mano derecha_ Será mejor que entres entonces_ agregó mientras abría la puerta de par en par.

Kataryna ingresó a la vivienda como si se tratara de un corderillo rumbo al matadero.

Igor la siguió de cerca y cerró la puerta con un puntapié. Kataryna se estremeció al oír el estrepitoso sonido. Quiso correr, buscar refugio tal vez en su habitación, pero estaba tan asustada que sus piernas se negaron a obedecerla. Se quedó petrificada en donde estaba. Llevaba las mejillas húmedas y brillantes, los labios pálidos y temblorosos.

_ ¡¿Pensaste que te saldrías con la tuya y que no me enteraría?! ¡¿Pensaste que podrías seguir acostándote con Ivanov y que no vendría a pedirte cuentas?!_ gritaba Igor con voz penetrante, resonante y ominosa.

Kataryna no respondió, se mantuvo callada, con los ojos dilatados y desesperados.

La jaqueca de Igor pugnaba por volver. Inhaló profundamente varias veces y la aplacó, pero aquel murmullo persistía. Sus propias palabras le parecían lejanas, aisladas detrás del siseo enfermizo de su cabeza.

Observó la mesa de la cocina con curiosidad, como si pensara encontrar sobre ella alguna prueba de la infidelidad de su esposa, pero lo que encontró fue una botella de vidrio vacía, que en algún momento habría servido para contener aceite. Se acercó a ella y la tomó por el cuello. La miró detenidamente por unos segundos, como si se hallara sopesando que hacer con ella. De pronto la descargó con fuerza contra una de las esquinas de la mesa. Se rompió y cuando Kataryna vio los trozos de vidrio dispersos por el suelo y el cuello fragmentado que empuñaba Igor, lanzó un chillido desesperado. Su rostro adquirió el color de un cadáver.

Igor empezó a agitar ligeramente la botella en dirección al rostro de Kataryna.

_ ¡Habla maldita puta! ¿Pensabas salirte con la tuya?

Kataryna levantó las manos a la altura de su rostro intentando calmar a Igor. Temblaba incontrolablemente. No tenía idea de que decir. ¿Qué se suponía que debía responder?

_Igor, piensa en Daryna_ fue todo lo que pudo articular.

Aquella respuesta pareció exasperar muchísimo más a Igor que volvió a agitar la botella. Una de las aristas fragmentadas de vidrio presionó la pálida piel de la mejilla por debajo del ojo izquierdo e hizo emerger una gota de sangre. Kataryna aulló. De pronto estuvo segura de que moriría a manos de aquel demente. No temió por ella, sino por la suerte que correría su hija.

Igor sonrió con ironía, dejó la botella astillada a un lado, sería demasiado fácil matarla, demasiado rápido. Tenía que hacerla pagar primero.

_Me llevaré a Daryna conmigo_ dijo mucho más tranquilo de lo que esperaba_ no pienso dejar a mi hija viviendo con una mujerzuela como tú­_ su voz sonó con frialdad despótica.

Kataryna quiso protestar, pero Igor le asestó una fuerte bofetada que en vez de aturdirla la puso en movimiento. Intentó deslizarse entre el estrecho pasaje que quedaba libre entre la mesa y la estufa. Los ojos de Kataryna se veían desmesurados y aterrorizados. La gota de sangre se extendió por su rostro como una lágrima escarlata.

El tiempo pareció congelarse en aquel momento para luego trascurrir en cámara lenta.

Igor intentó agarrarla, pero Kataryna retrocedió encogida contra la estufa mascullando y gimiendo, pero entones dio media vuelta con la intención de salir corriendo hacia su habitación y encerrarse en ella.  Igor se abatió sobre ella como un ave de rapiña sobre un ratón de campo y la detuvo antes de que pudiera lograrlo, con una mano sujetándola del cuello y la otra envuelta en su pelo. La zarandeó como si se tratase de una muñeca de trapo y luego la lanzó contra la pared y la hizo rebotar con una fuerza arrolladora que solo se les atribuye a los dementes. Y cuando ella intentó una vez más escapar, él la abofeteó primero y luego agarró una olla situada junto al fregadero y se la lanzó en la frente. Inmovilizó a su esposa y la golpeó en el estómago con potencia cruda, arrolladora y furiosa haciéndola girar sobre sí misma. Kataryna se tragó un grito y se desplomó en el suelo.

 Igor se acercó a ella, Kataryna oía los chirridos de las pisadas sobre los fragmentos de vidrios rotos. Igor se acuclilló delante de ella, la sonrisa diabólica jugueteaba en sus labios. Las facciones de Kataryna se convulsionaron en un inquieto gesto de terror y estupor. El cabello se le pegaba en mechones a su sudorosa mejilla y de pronto sintió como si se hubiese tragado una gigantesca roca ardiente. Se esforzaba por llenar sus pulmones con aire.

Igor jadeaba. Parecía una fiera a punto de clavar sus colmillos en el cuello de su presa. El cabello oscuro, le caía en torno a la cara roja en mechones apelmazados mustios y desgarbados, como si acabara de tomarse un baño. Los ojos inyectados en sangre parecían a punto de salírsele de las órbitas. Tenía una expresión dementemente repulsiva, preso de una jaqueca enceguecedora. 

Kataryna miró a Igor con expresión despavorida. Un segundo después recibió otra fuerte bofetada que la dejó aturdida. Las cosas parecieron diluirse. Se alejaron. Los fragmentos de vidrio alrededor de su cabeza, los pies y las piernas de Igor. Sus manos asumieron un aspecto borroso y confuso.

La jaqueca de Igor se había reducido a una palpitación sorda, su campo de visión sufrió un repentino cambio. Las imágenes danzaban y se enmascaraban caóticamente frente a sus ojos. Alborotó sus cabellos con sus manos como si intentara ahuyentar un enjambre de insectos. Su juicio se había eclipsado por completo sumiendo su alma en la oscuridad y el odio.

_Ahora mira esto_ dijo levantando sus manos brevemente y luego dejándolas caer a sus costados_ mira tu rostro, nadie volverá a mirarte. Pronunció aquellas palabras con indecible satisfacción y sarcasmo.

Apoyó una rodilla en el piso y blandió su mano derecha sobre su cabeza con la intensión de arremeter de nuevo contra ella, cuando la puerta de la vivienda se abrió de golpe. Igor se levantó de un salto y clavó sus ojos furiosos en Alexander que acababa de entrar. La mirada de Ivanov se dirigió a Kataryna tirada en el suelo y se estremeció a pesar de la noche calurosa.

Igor esbozó una sonrisa diabólica y Alexander se propuso borrársela de la cara a golpes.

_ ¡Maldito depravado! _ gritó Ivanov con una mirada feroz, rebosante de odio al tiempo que se abalanzaba sobre Igor y lo empujaba contra el armario de la despensa. La puerta cedió y se abrió regando su contenido. Sacos de azúcar y harina se esparcieron por el suelo. Alexander arremetió de nuevo contra Igor asestándole un golpe seco y furioso en el estómago con la rodilla. Igor se dobló por la mitad, pero al segundo siguiente, saltó sobre Alexander lanzándole un puñetazo directo al rostro que el exsoldado pudo esquivar con rapidez. Alexander lo atacó por detrás sujetándole del cuello y obligándolo a tenderse en el suelo. Se sentó a horcajadas sobre el pecho del desquiciado hombre y le propinó una lluvia de puñetazos en el rostro. El segundo golpe le rompió la nariz y Alexander vio con claridad como un fino chorro de sangre se proyectó hacia un lado salpicando el piso de carmesí. Los siguientes golpes cayeron sobre su ojo izquierdo y sus labios, Igor los sintió entumecidos en cuestión de segundos. Aulló mientras movía las piernas y los brazos de forma convulsiva, como un nadador que intenta en vano flotar en el agua, cuando sobre su pecho carga un lastre pesadísimo que amenaza con hundirlo.

En aquel instante Daryna abrió asustada la puerta de su habitación, a pesar del miedo no pudo continuar encerrada al oír los gritos y el tumulto. Abrazada a Sobaka se puso a llorar desconsolada. Los alaridos de dolor de Igor se elevaron por encima de los llantos de Daryna. Alexander se detuvo al ver la desesperación de la niña y las suplicas de Kataryna. Bajó la mirada y pensó que Igor había tenido suficiente. Se incorporó, miró con ojos brumosos primero a Daryna, luego a Kataryna y después a Daryna otra vez. Con la voz más suave de la que fue capaz instó a la niña a que regresará a su habitación, asegurándole que todo estaría bien. Daryna lo miró con temor y desconfianza, pero al oír a su madre que le suplicaba que obedeciera, entró de nuevo a su habitación y cerró la puerta.

Ivanov se acercó a Kataryna, se arrodilló frente a ella, tenía el rostro morado e hinchado, un estremecimiento agitaba su labio superior. El cabello rubio pegado a la mejilla enrojecida manchada de sangre. Alexander vio una oleada de terror y dolor reflejada en el rostro de Kataryna. Apenas tenía los ojos abiertos, respiraba con dificultad como si acabara de tomar parte en una carrera.

_ ¿Te encuentras bien? _ preguntó cuando sabía perfectamente que aquella era una pregunta estúpida.

_Estaré bien_ respondió con un sollozo de frustración, de desesperación mezclado con el dolor que le subía por oleadas desde el estómago hasta la cabeza.

Mientras tanto Igor se incorporó con dificultad, se sentó en el suelo con las piernas flexionadas. Volvía a atacarlo la jaqueca que le palpitaba al compás del sistemático latido de su corazón. Se masajeó las sienes con las palmas de sus manos. En sus ojos se veía como la rabia y la escasa razón que le quedaba se disputaban el control. Se sentía agotado, y maltrecho, pero el odio, así como la adrenalina, lo mantenían enardecido.

Se puso de pie. Por un instante pareció tambalearse, pero emitió un gruñido furioso, gutural, como el de un animal herido y se abalanzó sobre Ivanov que aún se hallaba de rodillas junto a Kataryna. Le asestó una potente patada en el lado derecho del abdomen, emitió un fuerte bramido de sufrimiento al tiempo que sentía que algo se le desgarraba por dentro. Cayó de espaldas en el suelo e Igor aprovecho para propinarle otra patada. Alexander volvió a bramar. La herida que le había causado el yaguareté parecía despertar de su letargo y atacarlo de nuevo.

Igor soltó una carcajada diabólica. En sus ojos se reflejaron una expresión irónica, burlona y a la vez perversa. Observó a los amantes tendidos en el suelo indefensos y a su merced con una mirada que denotaba una inquietante y malévola frialdad. Gritó a voz en cuello un torrente de obscenidades para luego propinarle a Alexander otra patada en el estómago quien sintió de pronto un dolor ardiente, como si tuviera alojado en el estómago brazas encendidas. Se quedó sin respiración y un agudo vértigo lo desorientó momentáneamente.

Igor recorrió el lugar con la mirada como si buscara algo. Sus ojos se encendieron cuando vio el cuello de la botella rota. Lo empuñó amenazante.  Con la mente ya de por si perturbada, arremetió contra Ivanov con una peculiar sensación de euforia desenfrenada.

Al comienzo Alexander no sintió dolor solo la calidez de la sangre que se escurría por un lado de su brazo izquierdo. Luego llegó el dolor, fue como si un insecto tan grande como una redoma lo hubiese picado e inyectado su ponzoña.  Alexander tomó aire en una inhalación rápida, larga y siseante.

Igor observó con una sonrisa cínica y empedernida lo que él consideraba su obra maestra. Otra punzada de dolor lo atacó en ese momento y soltó la botella, que cayó al lado de Ivanov.

Igor bamboleante, retrocedió, necesitaba descansar, sentía que la cabeza estaba a punto de estallarle. Salió a través de la puerta alzando las manos sobre su rostro, dio un traspié y cayó sentado en el suelo. Se quedó sentado en la hierba por un momento y apoyó la cabeza en las rodillas mientras esperaba que la jaqueca remitiera.

Mientras tanto, Alexander se obligó a alzarse sobre una rodilla y sacudió la cabeza para aclarase la mente. Observó la herida, era extensa, pero parecía ser superficial. Se incorporó con mucha dificultad, con los labios apretados en una fina rendija. Alexander inspiró una profunda bocanada de aire, apretó los dientes y se puso de pie.

Cuando intentó salir en busca de Igor lo asaltó de nuevo el dolor en el abdomen, con unos tentáculos que se extendieron por la zona dorsal. Parecían intensificarse y disminuir al ritmo de los latidos de su corazón.

 El dolor en el abdomen había remitido hasta reducirse a un leve murmullo, pero no le gustó el bulto duro que sintió por debajo del esternón. Se encorvó sobre el fregadero, se aferró con la mano izquierda y se apretó el costado con la derecha. Aspiró profundamente un par de veces y se incorporó. Tenía el cabello erizado por delante y alrededor de la cabeza, como un ave encolerizada. Se deslizó una mano por el cabello erizado, desordenándoselo aún más.

 Salió de la casa lo más deprisa que pudo, no dejaría que Igor se saliera con la suya, debía pagar por lo que le había hecho a Kataryna.

En la oscuridad, Igor intentó montar su caballo, pero le fue imposible, estaba magullado y maltrecho. Las palpitaciones de su cabeza se trasformaron en un sonido agudo, persistente, que le martillaban los oídos. Algo parecido a un acorde fino e ininterrumpido.  Se presionó las sienes con los dedos como para evitar que le estallara el cerebro. Tenía el ojo izquierdo tan hinchado que no podía ver, pero percibió una figura vaga y fantasmagórica que se abalanzaba sobre él.

Ambos hombres, enzarzados en la lucha, se debatieron, fuerza contra fuerza, intentando conseguir una ventaja que pudieran convertirla a su favor. Gruñían por el esfuerzo, sin decir palabra, dejando que la lucha hablara por si sola. En cierto momento Ivanov consiguió aquella ventaja que estaba buscando. Envolvió el cuello de Igor con sus manos y apretó con fuerza. Podía haberlo matado, pero pensó que el que mata no hace más que levantar el cimiento de nuevas execraciones y no deseaba agregar una más a la lista que cargaba sobre su espalda. Lo dejó libre y cansados rodaron por la tierra y permanecieron jadeando con la mirada hacia el cielo estrellado por algunos minutos.

Dejó que Igor montara su caballo y huyera, trató de convencerse de que era lo mejor, aunque una voz en su interior le advertía que debía tener cuidado.

Ingresó a la casa con pasos vacilantes y se acercó a Kataryna. La ayudó a incorporarse. Kataryna permaneció sentada en el suelo con la espalda apoyada contra la pared. Bajó la cabeza y su garganta se convulsionó dolorosamente. Los sollozos irrumpieron y la luz de la lámpara refulgió en sus lágrimas. Cuando se sosegó un poco se puso de pie y caminó hasta la mesa de la cocina, no hizo tanto como sentarse en una silla, sino que se derrumbó en ella. Se le contrajo el estómago y le entraron ganas de vomitar, pero logró contenerse.

_ ¡Daryna! _ dijo con voz afectada.

Alexander fue hasta la habitación de la niña y abrió la puerta. La halló tendida debajo de su cama acompañada por Sobaka. Tenía los ojos muy abiertos y temblaba de pies a cabeza.

Alexander le habló con dulzura y la ayudó a salir de su escondite. La tomó en brazos y la llevó hasta su madre. La niña se quedó poco menos que aterrorizada cuando vio el estado en el que se encontraba su progenitora.

Kataryna la abrazó y le repitió una y otra vez que todo estaría bien hasta que la niña se quedó dormida.

Alexander decidió pasar la noche en casa de Kataryna, temía que Igor regresara con la idea de terminar lo que había empezado. Aquella decisión le produjo la extraña sensación de que había dado un paso irrevocable que cambiaría su vida.

Kataryna también se quedó dormida, pero unos sueños terribles y espantosos cubrieron su duermevela. Despertó sobresaltada y pasó el resto de la noche mirando la oscuridad por la ventana en medio de fuertes dolores, oyendo los grillos y algún que otro ululato de lechuza.

III

Kataryna se incorporó en la cama. Tenía un horrible moretón debajo del ojo en donde Igor le había punzado con la botella, además de una grotesca hinchazón en todo el rostro. Sintió el vientre palpitante e hinchado. El dolor la abrazaba todo el abdomen. Se puso de pie con dificultad y se observó en el espejo. El ojo izquierdo estaba rojo, inyectado en sangre, pero el derecho mostraba una expresión despejada.

Se dirigió con pasos lentos hasta la salita en donde encontró a Alexander dormitando. Había pasado la noche en vela, alerta por si Igor decidía regresar.

Al oír pasos, Daryna salió de su habitación, llevaba una expresión temerosa e inquieta. La miró de hito en hito con los labios entreabiertos y los ojos como platos. Kataryna intentó sonreír, pero su boca hinchada solo pudo retorcerse.

Alexander despertó de su ligero sueño y obligó a Kataryna a que se sentara. Le dio de comer a la niña. La enviaron a la escuela pensado que sería lo mejor para todos. No era conveniente que se quedara en casa viendo en aquel estado a su madre, como un recordatorio constante que el desgraciado de su padre estuvo a punto de matarla.

Alexander la guio después hacia la cocina en donde una taza humeante de café la esperaba. Kataryna sintió de pronto náuseas y se apresuró al fregadero en donde arrojó un líquido viscoso y espeso. Cuando terminó de vomitar y se sentó junto a la mesa con la cabeza gacha y el cabello cayéndole sobre el rostro, Alexander se dispuso a hablar.

_Ayer dejé que se fuera, pero estuve pensando que deberías denunciarlo, estuvo a punto de matarte_ dijo su voz sonaba firme, pero al mismo tiempo sosegada.

Kataryna sintió una extraña mezcla de humillación, avergüenza, vacío y abatimiento. No se hallaba en condiciones de tomar una decisión como esa. Pensaba en su pequeña y en el amor que sentía por su padre. Además, un escándalo como ese correría como reguero de pólvora. Como decía el dicho: “Pueblo chico, infierno grande”.  Los pensamientos de Kataryna se rompieron tan limpiamente como una rama seca en una tormenta cuando Alexander volvió a hablar.

_No hay forma de esconder lo que ha sucedido, tenemos que afrontarlo.

No se atrevió siquiera a mirarlo, en cambio se llevó ambas manos a su estropeado rostro y empezó a llorar.

Destacada

Historias Entrelazadas ( Kataryna y Alexander)

III

La frágil luz de la mañana se colaba por la ventana del dormitorio, mientras Kataryna contemplaba ensimismada el lento paso de las motas de polvo a través de los rayos del sol, mientras intentaba explicarse la debilidad que sentía por la Alexander, la urgencia de seguir a su lado cuando sabía con certeza que no la amaba.

Tal vez su necesidad radicaba en el hecho de que había sufrido vejaciones, humillaciones y desprecio por años y que Alexander, a pesar de su extraña conducta no le había dado más que compañía, bondad y comprensión. Suspiró pesadamente y decidió que ya habría tiempo para dichas cavilaciones.

Alexander Ivanov observaba el correteo de la luz del sol sobre las curvas onduladas del cuerpo de la mujer que se había convertido en su compañera. Se ensombrecieron sus ojos a la luz de los rayos del sol y una sombra templada y semicircular se presentó entre sus senos.

 Kataryna se arrellanó en la cama y colocó una pierna sobre la otra, al tiempo que observaba la densa cicatriz que tenía sobre su pecho y que ahora formaba parte de su en cierta forma, macabra colección. Recorrió luego, con un dedo el perímetro del pelo que dividía su torso desde el ombligo hasta su pecho. Sus dedos se toparon con el guardapelo que Alexander llevaba siempre consigo. Quiso tocarlo, pero una intensa sensación se lo impidió, era como si intentara profanar una tumba sagrada. Optó en cambio por pasar suavemente sus dedos por la cicatriz en su frente que nacía unos centímetros por encima de la ceja derecha y seguía un recorrido zigzagueante bajo el reborde de la entrecana cabellera.

Alexander encendió un cigarrillo y la atmósfera resplandeció por el humo que se alzaba sobre sus cabezas, se agitaba por debajo de la luz del sol que ingresa por la ventana.

_Nunca te había visto fumar_ dijo Kataryna mientras se incorporaba sobre la cama.

Alexander apretó el pitillo con una sonrisa amarga y el cigarrillo quedó apuntando para arriba.

_Lo dejé hace muchos años después de que…_ hizo silencio por unos segundos antes de continuar_ después de que murió Tatiana.

Kataryna notó de inmediato el cambio que se produjo en Alexander cuando recordó a la baronesa, pero decidió no hacer ningún comentario al respecto. De todas formas ¿de qué serviría?

Alexander exhaló el humo que formó una corona perfecta enganchada en el aire.

_Estuve a punto de morir una vez más, y me dije, ¡qué diablos! Si un yaguareté no puede matarme no lo hará un cigarrillo.

Sonrió, y su perfecta dentadura surgió de entre sus macizas encías. Pálido, pero a la vez luminoso. Los ojos azules y las leves arrugas en sus contornos, mientras se hundía los dedos separados en el pelo.

Kataryna pensó que era una estupidez volver a adquirir un vicio del que uno había logrado escapar, pero no tenía caso intentar convencerlo de ello. Alexander era un hombre curtido por las circunstancias extremas de la vida y que no esperaba mucho de ella. Solo vivir un día a la vez hasta que encontrara la forma de abandonarla. Suspiró profundamente antes de recostar su cabeza en la almohada y volver a observar las motas atrapadas en los rayos de sol.

IV

Galina estaba acostumbrada a oír rumores sobre lo que ella llamaba la vida licenciosa de su esposo y siempre actuaba de la misma manera, hacía caso omiso a ellos. Pero durante el último mes las esporádicas murmuraciones se habían tornado frecuentes e involucraban a una misma fémina.  El sexto sentido que frecuentemente presentan las mujeres le advirtió de inmediato que aquella aventura podría significar algo más. Y no es que le importara mucho lo que su esposo hiciera, pero bajo ningún concepto permitiría que le estuvieran viendo la cara de tonta en su propiedad y bajo sus propias narices. No permitiría que lo que hubiese entre aquella muerta de hambre y su esposo pusiera en peligro su seguridad económica y emocional.

 En cierta forma se sentía perpleja por la predilección de Alexander por alguien que ella consideraba vulgar e inculta, tan insulsa, tan tonta, tan anodina. Pero debía reconocer que los hombres se comportaban la mayoría de las veces en forma complicada y enigmática. La amante de turno de su esposo era una mujer rústica y simple, pero que aparentemente había encontrado la manera de seducirlo y lo más peligroso, manipularlo.

Se vistió con sumo cuidado, con la intensión de demostrar la importancia de su nobleza y aristocracia, para dejar en claro la diferencia que existía entre ella y aquella muerta de hambre. En otras palabras, para humillarla y dejarle en claro cuál era el lugar que le pertenecía. Mandó preparar la carreta y subió a ella con decisión y cierta petulancia. Dirigió a los caballos con la mente fija en la idea de solucionar el problema de una vez y para siempre.

Se detuvo a pocos metros de la casucha en donde vivía la trepadora que pretendía arrebatarle a su esposo. Bajó altiva y orgullosa para de inmediato acercarse con pasos seguros y resueltos a la mujer que en aquellos momentos jugaba con su hija y su sucio perro bajo el corredor de la casita blanca de techos de paja.

Kataryna quien se hallaba echada en la hamaca, observó a Galina primero con expresión de sorpresa y consternación al ver a la esposa de Alexander. De inmediato, su expresión inicial se transformó en inquietud y aturdimiento.  Era la última hora de la tarde y el sol parecía brillar justo detrás de Galina, confiriéndole cierto aspecto majestuoso.

Sobaka se acercó corriendo a la visitante, meneaba la cola de un lado a otro. Se paró sobre sus patas traseras y apoyó sus patas delanteras sobre ella a modo de bienvenida. Galiana lo golpeó en hocico con fuerza, Sobaka emitió un leve gemido de protesta y se alejó de inmediato. Daryna lo llamó y el perro olvidó por completo el reciente agravio. Se acercó a la niña meneando la cola.

_Daryna lleva a Sobaka a tu cuarto y cierra la puerta cuando estés dentro_ dijo Kataryna.

_Pero si no te gusta que juegue con él dentro de la casa_ dijo la niña extrañada con la orden de su madre.

_Vamos, has lo que te digo_ insistió.

Daryna se encogió de hombros, se llevó a su peludo amiguito, ingresaron a la casa y cerró la puerta detrás de ella.

Kataryna que puso de pie, con los labios apretados y las cejas contraídas, tenía la fuerte sospecha del motivo de la visita de la dueña de la hacienda.

_No voy a andarme con rodeos_ empezó diciendo Galina, hablaba con tono seco, cortante mientras sus ojos recorrían a Kataryna de arriba abajo con desprecio. _ Se que eres la amante de mi esposo y he venido a advertirte.

Hizo una pausa y observó el efecto de sus palabras en Kataryna, quien la miraba con los ojos muy abiertos y con cara de pánico. En seguida añadió con sarcástica rudeza:

_Piensas que Alexander va a dejarme e irse contigo ¡Sigue soñando! No eres la primera mujer con la que me engaña y no serás la última. Esa relación clandestina será algo efímera y pasajera.

Kataryna paseó el peso de su cuerpo de un pie a otro. Se hallaba tan nerviosa, perturbada y avergonzada que no pudo emitir palabra alguna. Además ¿Qué podría responder?

_ Aunque vivamos en este lugar olvidado del mundo civilizado somos gente importante, culta, aristocrática. ¿En verdad piensas que Alexander ve en ti algo más que una aventura?

Kataryna mantenía los ojos bajos y las manos entrelazadas sobre su pecho intentando protegerse de alguna manera.

_Se lo que en este momento estás pensando_ dijo Galina. La miraba con altanería y arrogancia_ Si, estás pensando que te considero vulgar. ¡Por supuesto que te considero vulgar y mucho, pero eso no es nada si la comparo con tu ausencia total de clase! ¡No eres más que una campesina de poca categoría, ordinaria, tosca y absolutamente vulgar!

Las frases lapidarias de Galina afectaron a Kataryna profundamente. Percibió la inminencia del llanto como si de una tormenta se tratase. Pero a pesar de que las palabras de Galina sonaran terribles y dolorosas, en el fondo de su alma sabía que eran ciertas. Era una campesina, sin clase y ordinaria, inculta y sin experiencia.

Levantó la mirada y la clavó en el horizonte detrás de Galina. Observó como el sol anaranjado iba tiñéndose de rojo a medida que se ocultaba. Observó las sombras de los árboles alargándose y fundiéndose a través del campo. Se encontraba turbada por el temor y la incertidumbre. Todas las hirientes palabras de Galina empezaban a arremolinarse en su cabeza como un carrusel enajenado. Intentó barrer aquellos agitados pensamientos, pero le fue difícil hacerlo.

La intención de Galina de soliviantar a Kataryna, dándole cuerda suficiente para que se ahorcara a sí misma, no había dado resultado, seguía con la mirada perdida en el horizonte y no había pronunciado palabra alguna. La rabia invadió las venas de Galina como veneno y siguió lanzando una sarta de improperios cada vez más subidos de tono. Sintió de pronto el declive de su seguridad, lo sintió con toda claridad, como el agua que se escurre entre los dedos. Tuvo temor, por unos segundos, tuvo temor de que aquella mujer terminara alejando a Alexander. Tuvo la sensación de que Kataryna era una mujer que había apostado todas sus fichas a la ruleta y que no estaba dispuesta a perder.  Debía tranquilizarse, actuar con astucia de lo contrario estaría perdida. Aspiró profundamente, recuperando la calma con rapidez.

_La única mujer que le importó en verdad, no pudo separarla de mí, no pienses que serás distinta a las demás.

_Entonces no tiene de que preocuparse_ contestó Kataryna sin despegar los ojos del sangrante horizonte.

Tuvo la impresión de que se separaba en dos y que sus palabras no salían de su boca sino de la parte escindida que flotaba sobre sí misma. Sentía que la experiencia era absolutamente irreal. Todo aquello parecía un dejavú solo que esta vez no había tormenta, no había truenos, ni relámpagos y mucho menos rayos, a no ser que las palabras aniquilantes de Galina se consideraran rayos en una tormenta. Las frases hirientes se arremolinaban ante sus ojos y el mundo parecía alejarse, apartarse lentamente, como un tren que sale de la estación, mientras desde el andén ella observa. No tuvo conciencia de cuánto tiempo transcurrió en aquel estado, pero aquella sensación de que se separaba de su cuerpo, de sí misma e iba a la deriva en donde se arremolinaban las hirientes palabras de Galina acabó por ceder. Fijó su mirada en el rostro de la mujer de Alexander y con voz clara dijo:

_Se que Alexander no me ama_ y se le heló el cuerpo al oír sus certeras palabras.

Aquella declaración pareció tranquilizar a Galina quien exhibió una mueca burlona.

_Entonces aléjese de él_ dijo, habló de forma imperativa y exigente.

Kataryna no respondió, solo se limitó a asentir con la cabeza.

Galina le dio la espalda y se dirigió con pasos rápidos a la carreta. Kataryna la vio alejarse llena de vanidad y altanería.

 Pero a pesar de que Galina había ganado esta partida, sabía con certeza que no había ganado aún el juego. Le quedaba un haz bajo la manga y pensaba hacer uso de él.

Kataryna se quedó plantada en su lugar, impotente, con el corazón en la garganta y los ojos llorosos. El cuerpo entero se le había quedado petrificado.  Motas negras flotaban en su campo de visión y de repente se sintió mareada. Se dio cuenta de que se había olvidado de respirar, de modo que abrió la boca y aspiró una gran bocanada de aire. Los ojos y el cerebro empezaron a aclarársele de inmediato. Al cabo de un momento se obligó a mover las piernas, pero se tambaleó y estuvo a punto de caer al suelo. Con dificultad se sostuvo de la puerta, meneó la cabeza con vehemencia intentando recobrarse. Entró en la casa, sintiéndose aún como una visitante en su propio cuerpo. Se dirigió a su habitación y se dejó caer en la cama, surcado de lágrimas el rostro pálido, oyendo el eco de las hirientes palabras: “No eres más que una campesina de poca categoría, ordinaria, tosca y absolutamente vulgar”. Se quedó allí removiendo, analizando la visión retrospectiva de su vida, su niñez, su desarrollo, sus limitados logros, sus excesivos fracasos, sus incontables sufrimientos, sus escasas alegrías, sus sentimientos.

Destacada

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna) (fragmento) III

República Socialista Soviética Ucraniana, 1933.

I

Para el inicio de la primavera de 1933 unas veinticinco mil personas morían cada día en Ucrania.

Kataryna, Igor y la pequeña Daryna, habían soportado la situación con cierta dificultad, pero no hubiese sido justo protestar al observar la realidad de muchos de sus vecinos, familiares o amigos. El racionamiento de los alimentos que Kataryna había escondido en el bosque los había ayudado a pasar el invierno.

Los adultos se limitaban a comer dos veces al día una pequeña ración que les ayudaba a burlar al estómago. Dejaban que su hija Daryna se alimentara lo mejor posible dada las circunstancias. Los vegetales encurtidos y la carne seca les había ayudado bastante, pero sus reservas estaban llegando a su fin.

Los estragos de la falta de alimentos empezaban a ser patentes en Kataryna e Igor. Tenían los pómulos y los ojos hundidos. Las uñas quebradizas y amarillas.

Frente a un plato de sopas de coles encurtidos Igor y Kataryna conversaban en vos baja.

_Hay rumores de que uno de los niños Kozel ha muerto esta mañana _ dijo Kataryna mientras un escalofrío recorría su cuerpo.

Su rostro se tornó blanco como el papel antes de volver a hablar. Igor levantó la mirada del plato que tenía enfrente y observó a su esposa. Le hizo un gesto con los ojos para que continuara hablando.

_Dicen…_ suspiró y se pasó la mano por el rostro cada vez más delgado con bastante nerviosismo. _ Dicen que los demás miembros de la familia aprovecharon su cadáver para alimentarse. Se estremeció de nuevo al terminar de hablar.

Igor hizo una mueca de disgusto para luego suspirar profundamente.

_ No son rumores_ dijo_ es verdad. Metieron el cadáver en el horno.

Los ojos de Kataryna se abrieron en señal de terror. El pánico le atenazó la garganta.

_ ¡Todo lo que está pasando es aterrador! _ dijo _ no creo que el infierno sea peor que esto.

_ No podemos descuidarnos_ dijo Igor_ secuestran a los niños que encuentran deambulando por los caminos, para comérselos.

Kataryna emitió un sonido de terror indescriptible. Se llevó la mano a la garganta aterrorizada. Todo lo que sucedía era peor que las historias de terror que se leían en los libros.

_ No podemos descuidarnos de Daryna_ agregó Igor muy perturbado.

Kataryna asintió suspirando pesadamente, no se sentía capaz de emitir palabra alguna.

_No debemos juzgar a los Kozel, no estamos en su situación, no me imagino lo desesperante que debe ser ver a tus hijos pasar hambre_ dijo Igor pasándose una mano por la cabeza. Se veía muy nervioso.

_ Tienes razón, pero aun así es horrible saber lo que la gente está haciendo por sobrevivir_ dijo Kataryna en un susurro casi inaudible.

_ Nosotros tampoco estamos muy bien_ dijo Igor_ hemos bajado mucho de peso, y ya no tenemos alimentos. No podemos siquiera buscar suerte en otras regiones porque nos matarían si intentamos salir de Kiev. Está terminantemente prohibido migrar a otras regiones bajo pena de muerte.

Kataryna se quedó sopesando las palabras de su esposo. Cuando las cosas empeoraron y tuvo que hacer uso de las reservas que tenía guardadas, se vio en la necesidad de confiarle a Igor el escondite de los alimentos, no sin antes asegurarse de esconder el dinero que tenía ahorrado. Ahora, creía que se hacía necesario confiarle ese secreto.

_ ¿Qué sucede? _ preguntó Igor al verla ensimismada en sus pensamientos.

_ Igor, tengo algo que decirte_ dijo mientras sostenía la mirada de su esposo.

Igor la observó intrigado y luego la animó con la mirada a que continuara.

_ Tengo dinero guardado, tal vez puedas conseguir algo de comida_ dijo.

Igor no la recriminó, no la cuestionó, no era el momento para hacerlo.

_ Es prácticamente imposible, no hay nada que pudiéramos comprar_ se limitó a decir.

_ ¿Qué se supone que haremos entonces? _ preguntó Kataryna muy nerviosa.

_ ¿Cuánto tiempo más podremos soportar con los alimentos que tienes escondido? _ preguntó Igor.

_ Tal vez un mes más_ respondió Kataryna.

Igor se levantó del lugar que ocupaba y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina como si fuera un animal enjaulado.

_ Tu padre me dijo que hay un puesto de empleada en casa de uno de los agentes bolcheviques, tal vez consigas el puesto. Te pagarían con trigo_ dijo poco después.

A Kataryna se le iluminó el rostro como en un amanecer de verano. Era una buena oportunidad.

_ Iré mañana mismo_ contestó.

_Esta mañana grupos armados llegaron a proteger las tierras de cultivo, seguiré trabajando para el partido, al menos me podré mantener vivo con las raciones ínfimas que me darán. Tienen orden de matar a cualquiera que se haga con un solo grano de trigo.

_ ¿Qué haremos con Daryna? No podemos dejarla sola y mis padres no pueden cuidarla. Apenas pueden sobrevivir. Mi padre trabajaba en los campos manejando un tractor, le han encomendado la preparación de cereales para los cerdos que luego envían a Alemania. Todos los días se llevaba a casa un poco de ese cereal y mi madre lo mezcla con aserrín de madera y se alimentan con eso_ dijo Kataryna angustiada.

_ La llevaré conmigo al campo y me aseguraré de que esté bien_ contestó Igor.

A Kataryna no le gustó mucho la idea.

_ ¿Y si la secuestran? ¿O si llegara a tocar algo de las plantaciones? _ dijo asustada.

_ No pasará nada, yo me encargaré de que esté bien_ dijo Igor.

Kataryna suspiró insegura. Pero no le quedaba más remedio que aceptar la palabra de su esposo. Tenían que sostenerse de lo que pudieran. Se sentía perdida, como en un naufragio en una tormenta. Flotando sobre un tronco en un océano tempestuoso.

II

Las muertes siguieron durante la primavera. La escasez de alimentos llevaba a la gente a alimentarse de pasto y vegetales verdes. Muchos morían envenenados.

Durante los tres siguientes meses Kataryna y su familia se alimentaron del trigo con el que le pagaban en su trabajo como empleada doméstica. Lo consumían hervido o preparaban pan.  Si el trigo escaseaba preparaba el pan con heno.  Pero la malnutrición les estaba pasando factura. La falta de vitaminas y otros nutrientes les produjo úlceras alrededor de la boca. Kataryna sufría de amenorrea e Igor de impotencia debido a las alteraciones hormonales.

Kataryna pensó que, en medio de tantas tragedias, la hambruna había dejado algunas cosas buenas: Igor había dejado de beber hacía más de un año, no porque hubiera tomado la decisión de hacerlo, sino porque no había forma de conseguir alcohol. Además, la mala nutrición y las largas horas de trabajo hacían que Igor llegara a la casa cansado y sin fuerzas para pensar en sexo. Si, definitivamente: “No hay mal que por bien no venga”, pensó antes de echarse a reír con una risita algo histérica mientras sacudía la cabeza ante tamaña ocurrencia.

III

Igor se dejó caer pesadamente en una de las sillas de la cocina, acaba de acostar a su hija Daryna en su habitación. Se hallaba completamente agotada después del extenuante día que había pasado en el campo al lado de su padre.

Igor suspiró derrotado, ya no sabía cómo sobrevivirían, cada día se hacía mucho más difícil y su cuerpo ya no le respondía como antes. Sentía que había envejecido veinte años en pocos meses.

 El chirriante sonido de la puerta de entrada lo sacó de sus cavilaciones. Pronto, Kataryna se sentó frente a él en la cocina.

_ ¿Cómo estuvo tu día? _ preguntó Igor?

_ No muy bien, hoy rompí un par de platos y me lo descontaron del trigo que debía recibir _dijo Kataryna descorazonada. _ ¿Dónde está Daryna? _ inquirió.

_ Está dormida, llegó cansada, le es difícil estar todo el día en el campo.

Kataryna suspiró descorazonada, se le llenaron los ojos de lágrimas y un nudo se le formó en la garganta.

_ Hoy fui al pueblo a recoger el pan para la esposa del agente en donde trabajo_ explicó_ en la panadería del partido, había un par de niños tratando de robar alguna hogaza de pan. El panadero descubrió a uno de ellos y lo mató a golpes.

Kataryna guardó silencio mientras recordaba como la mano del panadero había caído sobre el niño tan certeramente como si se tratara de las manos del destino. Tal vez fuera así, pensó, tal vez ese era el destino de todos los ucranianos, morir a manos de los detestables rusos.

_ Esto es terrible, ¿por qué se ensañan con unos niños? _ preguntó Igor, pero la pregunta parecía dirigida a sí mismo.

Kataryna emitió un suspiro pesado.

_ Solo tengo trigo para que Daryna coma hoy. Apenas me dieron una ración_ dijo mientras soltaba a llorar desesperadamente.

Kataryna había mantenido la calma durante demasiado tiempo y ya no soportaba el maltrato de sus empleadores y todos los horrores que había presenciado. Era demasiado para cualquier persona.

_ Trabajo largas horas y apenas me dan de comer, y el poco trigo con el que me pagan no alcanza para sobrevivir_ dijo mientras las lágrimas corrían libremente por sus mejillas y su cuerpo se remecía en fuertes espasmos.

Igor la miraba con ojos vidriosos parecía que en realidad no veía nada. El hombre siempre había sido poco afectivo con su esposa, pero durante los duros tiempos que estaban atravesado, se había vuelto mucho más indiferente y desapegado.

El cambio físico también era notorio. Sus formas parecían haberse estirado por la tremenda pedida de peso. Su piel parecía ahuecada y reseca a causa de la deshidratación que estaba sufriendo en los campos. Sus ojos se encontraban hundidos en sus cuencas.

Kataryna se secó las lágrimas con la palma de la mano derecha. Buscó un pañuelo y se limpió la nariz. Bajo la tenue luz que emanaba de las velas que alumbraban la cocina, el rostro de la mujer se veía fantasmagórico, casi cadavérico. Sus ojos abatidos y vidriosos estaban enmarcados por dos negras ojeras. Los pómulos se le habían hundido peligrosamente formando dos profundas cavidades que le conferían a su otrora hermoso rostro, un aspecto espectral. Sus cabellos ya sin brillo se veían quebradizos y desgastados. La pérdida de grasa corporal, debida a la mala nutrición, llevó a su organismo a consumir sus músculos. La ropa le colgaba del cuerpo, parecía la viva imagen de un espantapájaros.

Kataryna suspiró varias veces tratando de que el oxígeno le llegara al cerebro y que su extenuado corazón se relajara un poco.

_Igor, no soportaremos mucho más, no me importa mucho lo que me pase, pero sí me importa el futuro de nuestra hija_ dijo con voz casi inaudible.

Se sentó de nuevo frente a su esposo y trató de elevar un poco más la voz y sonar segura y decidida.

_Mi padre me habló hace unos días de un hombre que en forma clandestina saca a la gente de Kiev y las lleva hasta la frontera con Polonia.

Igor la miró con gesto interrogativo.

_ De allí van hasta Bremen, y toman un barco que va a Sudamérica_ explicó la mujer.

Igor frunció el ceño y trató de entender lo que su esposa le estaba diciendo.

_ Creo que es nuestra única salida_ dijo Kataryna_ Stalin no piensa darnos de comer contradiciendo el consejo de sus asesores y aunque lo haga, tardaremos mucho tiempo en recuperarnos. No quiero seguir viviendo como una esclava_ dijo con los ojos desesperanzados_ ¿Te imaginas qué futuro le espera a Daryna?

_ ¿Que se supone que haremos? ¿Dejar las tierras que pertenecieron a mi padre a manos del partido? _ preguntó Igor en tono indignado.

_ Esas tierras ya no te pertenecen y jamás te las regresaran_ dijo ella en tono seco.

_ Si llegáramos hasta Sudamérica ¿qué se supone que haríamos allí? No hablamos el idioma, ni conocemos a nadie.

_ Mucha gente está huyendo, todo el que tiene dinero para pagarle a este hombre está saliendo del país. Hay un grupo grande de inmigrantes que puede ayudarnos a conseguir trabajo. ¡No hay otro lugar peor que este Igor! ¡No quiero que mi hija tenga que seguir pasando por esto! _ dijo en tono vehemente mientras sacudía las manos frente a ella.

Igor se pasó la mano por el rostro indeciso.

_ No creo que sea buena idea dejar las tierras_ insistió_ en algún momento las cosas deben mejorar.

_ ¡No te das cuenta de que para que mejoren las cosas pasaran años! ¡No tenemos años Igor! ¡Dentro de unos meses no tendremos fuerza para trabajar ni hacer este viaje! _ dijo en tono desesperado.

_ Este viaje que pretendes que hagamos es una locura_ dijo sacudiendo la cabeza de un lado a otro, pero sin mirarla a los ojos.

_ Se que será difícil, pero creo que es nuestra única esperanza_ dijo ella con ojos suplicantes_ Tengo el dinero, lo he guardado por tanto tiempo y creo que esto es lo que debemos hacer.

Igor la miró sin pestañear con ojos inescrutables. Se sentía físicamente agotado y emocionalmente exhausto. Profirió un suspiro antes de hablar.

_ Déjame pensar esto por un par de días_ dijo_ sé que estas ansiosa de que te dé una respuesta, pero no podemos tomar una decisión como esta de un momento a otro. Piensa, dejarás a tu familia y será difícil que alguna vez los vuelvas a ver.

_ Lo sé_ contestó Kataryna con el corazón en un puño. _ Está bien, pero por favor no tardes mucho porque de lo contrario él tomará a otra familia y nos quedaremos aquí a seguir sufriendo.

Igor asintió, se levantó de la silla que ocupaba y dejó a su esposa sola con sus pensamientos.

 Kataryna había meditado la posibilidad de huir por largo tiempo, creía que era la única salida que le quedaba a su familia. Le daría unos días a Igor, pero ya había tomado una decisión, si él no accedía a irse, tomaría a su hija y huiría del país.

IV

Los días se sucedían cada vez más lentamente, parecía que el tiempo incluso se hubiese detenido, como si el relojero del universo descuidadamente hubiera olvidado darle cuerda al reloj de la vida.

Kataryna no dejaba de pensar en la urgencia de escapar del régimen y la hambruna que estaba a punto con cobrarles la vida. Estaba perfectamente consciente de que la enorme empresa que deseaba llevar a cabo sería casi imposible si las condiciones climáticas empeoraban.

 Corrían los últimos días del otoño y era imprescindible iniciar el viaje lo antes posible. La huida sería muy riesgosa, en especial con una niña de seis años, pero estaba convencida de que escapar de Ucrania era su única esperanza de sobrevivir.

Las hojas de los árboles alfombraban el suelo del bosque, cuando se encaminó a casa aquella tarde. El cielo gris se amalgamaba completamente a su espíritu sumido en una terrible tiniebla de desesperanza y ansiedad. Pensó que debía tomar una determinación aquel mismo día o sería muy tarde. No podía seguir esperando a que Igor tomara aquella decisión trascendental por ella. Se estremeció ante la idea. Nunca había tomado una elección por sí misma, y temió asumir la responsabilidad de las consecuencias de aquellas decisiones. La vida de Daryna estaba en sus manos, pero sabía en lo profundo de su ser que no había otro camino que tomar. En aquel momento, con valentía, entereza y denuedo tomó la inapelable determinación de huir, aunque su esposo no estuviera de acuerdo con ella.

De pronto, una pequeña chispa de esperanza entibió su desalentado corazón, como cuando los tenues rayos del sol iluminan las oscuras nubes de otoño en el crespúsculo.

Cuando regresó a casa, encontró a su esposo sentado en la cocina sumido en un doloroso ensimismamiento. Con la mirada fija en algún punto del suelo.

Kataryna se sacó la pañoleta que llevaba alrededor de su cabeza, la dejó sobre la mesa y se sentó frente a él. Lo observó en silencio por unos segundos y luego le habló con voz clara, suave pero firme.

_Igor, he dejado que pasara algún tiempo, imagino que ya habrás pensado en la propuesta que te hice.

Igor levantó la mirada y le dedicó a su esposa una mirada de desconcierto. Intuyó una perpleja y desconfiada expectación en el rostro de su esposa. Pero se limitó a guardar silencio. Estaba abatido, ya no era el duro Igor de otros tiempos.

_ ¿Igor?

_ Si lo he pensado_ dijo al fin_ y no estoy de acuerdo.

El rostro de Kataryna se tiñó de un gesto de fastidio y frustración.

_ Igor tengo el dinero, lo he guardado por varios años, y solo yo sé dónde está escondido. Si decides no hacer este viaje, tomaré a Daryna y me la llevaré_ amenazó.

Igor la observó con el ceño fruncido, pero no tenía fuerzas para discutir con su esposa. Por el contrario, Kataryna tenía los sentidos alertas, y se encontraba en actitud expectante.

Igor exhaló un largo suspiro antes de volver a hablar.

_Imagino que estás al tanto de que no podrás tomar una carreta o unos caballos y simplemente dejar la ciudad_ dijo.

_ Lo sé, tendremos que caminar hasta la frontera con Polonia_ respondió ella.

_ Sabes que si nos descubren los bolcheviques tienen orden de dispararnos_ dijo Igor.

Kataryna se removió inquieta en su silla antes de responder.

_ Sí, lo sé_ contestó.

Igor volvió a exhalar otro suspiro esta vez más sonoro, que a Kataryna le sonó a desesperación. Miró a su esposa a los ojos y sintió la firmeza de su voluntad.

_ Está bien_ dijo Igor después de unos segundos_ si es eso lo que quieres, hagámoslo.

Kataryna exhaló un suspiro de alivio.

_ Ahora dame los detalles_ exigió.

Kataryna se levantó exaltada de la silla y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina mientras le explicaba a Igor todo lo referente al viaje que emprenderían con la intención de huir de su natal Ucrania. Su rostro denotaba una mirada satisfecha, saturada de suficiencia.

_ Tendremos que salir lo antes posible_ comenzó diciendo_ el invierno está por llegar y eso nos dificultará la marcha.

Igor asintió y le hizo un gesto con la cabeza para que continuara hablando.

_Caminaremos hasta Medyka, es una ciudad fronteriza con Ucrania, se encuentra a 640 kilómetros de Kiev.

Igor la observó incrédulo.

_ ¿Cómo se supone que caminaremos con la niña 640 kilómetros? _ preguntó con desasosiego _ eso implicaría caminar más de quince días.

_ Si, tal vez 20 o 22 días, dependiendo de Daryna, y eso si la buena fortuna nos acompaña y no nos encontramos con soldados bolcheviques en el camino.

Igor pensó que todo aquello era una locura, jamás llegarían siquiera a la frontera. Pero decidió sacudirse el pesimismo del pensamiento y seguir escuchando a su esposa.

_ Luego ¿qué?

_Descansaremos unos días allí, hasta que estemos en condiciones de volver a seguir con el viaje. Desde Medyka a Varsovia seguiremos en carreta, son casi 400 kilómetros.

Igor suspiró, no contestó, se limitó a esperar.

_ Desde Varsovia seguiremos hasta Gdanks, son un poco más de 400 kilómetros.

Una repentina mirada de desaliento asomó al rostro de Kataryna.  Acababa de asimilar lo difícil que sería la marcha solo después de expresar en voz alta sus pensamientos.  Aspiró una bocanada profunda de aire antes de continuar.

No se dejaría amilanar, nada había sido fácil en su vida, y como todo lo demás, estaba segura de que lo superarían.

_ Desde Gdanks iremos a Bremen en Alemania y desde allí, podremos embarcar a Sudamérica.

Igor volvió a asentir, seguido de un sonoro suspiro.

_ La parte más difícil será cruzar la frontera_ dijo ella_ será peligroso. Pero una vez que lleguemos a Polonia las cosas serán más fáciles.

_ Que se supone que comeremos mientras sigamos en Ucrania_ preguntó Igor_ son más de veinte días de caminata y ya casi no nos quedan alimentos y menos aún, fuerzas.

_ El hombre que nos ayudará se encargará de los alimentos.

Igor volvió a fruncir el ceño, le dirigió a su esposa una mirada de incertidumbre.

_ ¿Quién es ese hombre? ¿cómo se supone que conseguirá alimentos? _ preguntó.

Kataryna cruzó los brazos sobre su pecho tratando de protegerse.

_Su nombre es Dimitry Petrov, él es un bolchevique_ contestó asustada esperando la reacción de su esposo.

Las palabras de Kataryna quedaron flotando por un instante en el aire antes de que Igor las asimilara. Todo lo que Kataryna le decía le parecía inconcebible. Se sentía flotar dentro de una de una pesadilla. Una pesadilla en la que llevaba casi dos años sumergido.

_ ¡No puedes estar hablando en serio! _ dijo sacudiendo la cabeza de un lado a otro _ No hay nada como proporcionar un arma a nuestro verdugo. ¡¿Estás fuera de tus cabales?! _ dijo levantando bastante la voz. _ ¿No se te ha ocurrido que este hombre puede entregarnos a las autoridades? _ preguntó con un gesto de incredulidad.

La observó con los ojos abiertos como platos y con absoluta desaprobación en la mirada.

Kataryna se acercó rápidamente a Igor, lo miró a los ojos y habló con vehemencia y total seguridad.

_ Él no nos entregará, así como no entregó a decenas de familias que han huido del país. Él solo está interesado en el dinero.

Perturbado, Igor la miró con gravedad.

_ No puedes estar segura de eso.

Kataryna sintió un leve escalofrío y exhaló un mudo suspiro. Se sintió aturdida por un momento, pero se recuperó con rapidez.

_ Tenemos que correr el riesgo_ contestó.

_ Está bien, si estás decidida, no voy a impedírtelo_ dijo Igor_ haremos ese maldito viaje y que Dios nos ampare.

Destacada

Historias Entrelazadas (Kataryna) (fragmento II)

República Socialista Ucraniana, 1932.

I

 Cuando las cuotas se hicieron imposible de cumplir, el gobierno recurrió a la confiscación de todos los productos de las granjas colectivas, incluyendo todos los granos de las cosechas y las semillas que los campesinos habían acumulado para la próxima siembra. Las personas estaban total y completamente extenuadas y desamparadas. La experiencia se volvió traumática, dolorosa y desesperanzadora.

Entre marzo y abril, miles de personas habían muerto de hambre.

 Kataryna no le había dicho a nadie que escondía alimentos en el bosque, ni siquiera a su madre. Seguiría así hasta que se agotaran completamente los recursos.

Igor se internaba cada noche en el bosque colocando trampas para cazar algún animal que pudiera servir de alimento para su familia. Antes del amanecer, regresaba por las trampas con la esperanza de que la buena fortuna le dejara algo para el desayuno.

Aquella mañana, Igor se detuvo en seco al descubrir que en una de sus trampas se encontraba un alce atrapado de una de las patas delanteras, la cual aparecía totalmente destrozada. Igor supuso que el animal habría estado sufriendo durante gran parte de la noche.

Al animal le martilleaba el corazón y resollaba aterrorizado. El dolor en la pata era atroz e Igor supuso que la bestia no duraría mucho tiempo más. Tenía la lengua flácida colgando por el lado derecho de la boca abierta, mientras un hilillo de saliva caía al suelo. Los ojos los tenía abiertos con una expresión de terror que no requería de traducción.

 El cazador observó a su presa con expresión desolada, pero a la vez esperanzada. Este animal llevaría alimento a su familia por algún tiempo. Agazapado en la oscuridad, escrutó al animal y preparó su escopeta para darle el tiro de gracia. Pareció vacilar por un momento, pero enseguida disparó un tiro certero al cuerpo del animal, que cayó al suelo sobre la pata herida. De inmediato se oyó un ruido sordo, característico del hueso al romperse. Igor se acercó lentamente al alce. Asqueado apartó la vista, el cuerpo del animal se encontraba en malas condiciones debido al sufrimiento que había padecido durante tantas horas.

 En medio del silencio del bosque, Igor sintió el martilleo de su propio corazón. Tomó el cuchillo de caza de la funda que colgaba de su cinturón. Se arrodilló frente a la bestia y lo degolló.

Aquel animal llevó algo de sosiego a la familia por un par de semanas, pero la mayoría de los vecinos pasaban grandes penurias porque no tenía nada que llevarse a la boca. Algunos empezaron a alimentarse de ratas, víboras, ranas o gatos, todo lo que encontraban y a los que le lograban dar caza.

La gente preparaba un remedo de sopa con algunas raíces que podían rescatar del intenso frío. Los que tenían algo de dinero compraban piezas de cuero de caballo y lo ponían a secar, luego, lo cortaban en pequeñas tiras y se lo daban a los niños para que los mordisquearan y chuparan durante horas en un intento por engañar al hambre que los consumía. También era una práctica común las infusiones de las hojas del árbol de albaricoque.

La situación era insoportable, la mayoría de los niños tenían aspecto cadavérico, los ojos hundidos y el abdomen hinchado, porque bebían mucha agua tratando de mantener el estómago lleno, pronto se les hinchaban las manos y los pies y adquirían un color grisáceo. Muchos morían uno de tras de otro como si alguna peste los aniquilara.

Los paseos por el pueblo habían dejado de ser agradables desde hacía tiempo, por el contrario, se había convertido en un calvario. Los cadáveres se acumulaban en las calles. Los niños que habían quedado huérfanos caminaban completamente desnudos por la nieve, tenían el estómago tan hinchado que parecían que se habían tragado una bola. Pedían que alguien se apiadara de ellos y les diera algo de comida. Era una situación increíblemente aterradora, mucho peor que la propia guerra.

Mientras al este despuntaba un frío y gris amanecer, Kataryna se dirigió al pueblo con pasos lentos e inseguros. Hubiese preferido quedarse en la casa antes que tener que ir al pueblo, pero necesitaba conseguir algo de aceite y trigo. Esperaba tener suerte y hacer un trueque con algunas de las latas de conserva que había escondido. La situación era preocupante, solo le quedaba la mitad de sus reservas y no había indicios de que las cosas mejoraran pronto, por el contrario, el panorama se veía increíblemente aterrador.

Las personas caían desmayadas en las aceras o en las calles, tuvo la impresión de andar a tientas entre tumbas y de turbar el descanso de los muertos. Cuando en realidad, la visión de tanta gente muerta o agonizando perturbaba el estado emocional y mental de los vivos. El hedor a cuerpos en descomposición erra terrible y penetrante.

Se detuvo en seco al encontrase con uno de los cadáveres, tenía las extremidades retorcidas en una posición extremadamente trastornada. El rostro petrificado en una mueca de horror. Los ojos abiertos y vidriosos hundidos en sus cuentas.

Hundió la barbilla en el pecho con el rostro espantado y continuó su camino. Una joven mujer que llevaba a un bebé en brazos que no tardaría en engrosar la lista de fallecidos, le suplicó un poco de pan dedicándole una sonrisa plagada de tristeza, revelando la ausencia de un par de dientes.

 La pérdida de dentadura era uno de los efectos de la hambruna. Kataryna no tenía nada que ofrecerle, si se detenía y le entregaba uno de los frascos que llevaba de seguro se armaría el caos y se arriesgaría a que la asaltaran. Decidió que lo mejor era seguir andando.

Mientras caminaba, oyó a alguien proferir sonidos inarticulados y con el rabillo del ojo captó un movimiento. Se giró de inmediato y observó que un niño caía de rodillas en el pavimento congelado. Trató de incorporarse, pero no pudo, las fuerzas se habían escapado por completo del cuerpo del infortunado niño. Enseguida, cayó de bruces y ya no se volvió a levantar.

Del otro lado de la calle, en la panadería del partido, una mujer logró hacerse con una hogaza de pan. Antes de que pudiera siquiera pensar en escapar, un hombre se acercó a ella y le asestó un puñetazo con tanta fuerza que su cabello se alborotó en todas direcciones antes de caer sentada. El hombre le arrebató la hogaza y de inmediato se dio a la fuga. Mientras corría, se llevó la hogaza a la boca mostrando una dentadura erosionada que no contenía ni un ápice de compasión.

 La compasión era un sentimiento muy difícil de experimentar en aquellos momentos. Todo lo que la gente sentía era el instinto de preservación personal. Kataryna deseó con cada fibra de su corazón acongojado poder aliviar el sufrimiento de toda esa gente, pero era algo que no estaba en sus manos.

Fue el peor invierno en siglos, muchas personas murieron, los agentes del gobierno entraban a las casas y cargaban a los muertos en carromatos uno sobre otros y luego los apilaban fuera del pueblo antes de depositarlos en fosas comunes. Muchas veces, se llevaban a gente agonizante, que ya no tenía posibilidades de sobrevivir y los depositaban en las fosas comunes junto con los muertos. A veces agonizaban entre los cadáveres por días antes de morir.

Destacada

Historias Entrelazadas (Kataryna) (fragmento)

República Socialista Ucraniana, 1930.

I

En un principio, la mayoría de los campesinos había celebrado la idea de la colectivización de Stalin. Pero cuando el Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética forzó la colectivización en tierras y hogares cambiaron de opinión de inmediato, en especial los campesinos de las zonas productoras de grano, es decir, Ucrania.

Los funcionarios del partido de la OGPU o Directorio Político Unificado del Estado llegaban a los campos en brigadas de siete personas para obligar a los campesinos a unirse a las granjas colectivas lo que significaba abandonar su parcela privada de tierra, además de sus ganados y equipos agrícolas. La mayoría de los campesinos eran amedrentados para unirse a las granjas colectivas, pero muchos se resistieron.

La preocupación iba en aumento para Igor y su padre. Muchos de sus amigos habían sido obligados a unirse a las granjas colectivas y temían que les llegara el turno en cualquier momento. Josep Gorodetsky no tenía la intención de entregar sus vastas extensiones de tierra al partido. Juró por la tumba de su padre que jamás les entregaría sus tierras a los malditos Soviéticos según sus palabras textuales.

Igor se sentía consternado ya que su padre parecía no entender la gravedad de la situación. Los Soviéticos habían asesinado a algunos de sus detractores frente a sus familias. Otros habían sido ejecutados o enviados a campos de trabajos forzados con la excusa de pertenecer a grupos contrarrevolucionarios. Muchos de ellos fueron deportados a Siberia con sus familias en donde morían de frío o de inanición. Por último, se encontraban los más afortunados, a quienes se los despojaba de sus viviendas y sus tierras que pasaban a propiedad del estado para después enviarlos a trabajar a colonias controladas.

Kataryna acababa de terminar la cena cuando su esposo llegó a la casa. Lo notó cabizbajo e inquieto cuando se sentó frente a la mesa de la cocina. Le sirvió la cena en silencio, esperando que Igor se decidiera o no a hablar. Su capacidad de comunicación no había mejorado con los años, aún le costaba entablar conversaciones con Kataryna.

Igor tomó un bocado de su sopa y masticó despacio mientras seguía inmerso en sus preocupaciones. Pero si no hablaba, si no se desahogaba estaba convencido de que terminaría enloqueciendo.

_ He conversado con mi padre_ dijo poco después_ no piensa entregar sus tierras al partido_ agregó mientras se pasaba la mano por el pelo con expresión alterada.

Kataryna lo observó con aprehensión, pensó con cuidado lo que le iba a decir, no quería decir algo que lo fastidiara y terminara molesto y ofuscado. Su carácter no había mejorado después de la muerte de su hija, por el contrario, lo había vuelto mucho más retraído y ausente.

Kataryna tomó su labor de punto e intentó tejer buscando la forma de mantenerse tranquila.

_Están desterrando a los que se oponen_ dijo preocupada _ He visto con mis propios ojos a miembros del partido arrastrar a la gente a vagones de tren para animales. Los suben con lo que tienen puesto y se los llevan a Siberia. He oído que los dejan abandonados a su suerte en donde mejor les plazca, con absolutamente nada. Algunos lugareños los ayudan y eventualmente tratan de regresar a sus lugares de origen, otros mueren de hambre o de frío.

_ Lo sé_ contestó Igor, se encontraba visiblemente perturbado_ no sé qué hacer, tarde o temprano nos buscarán.

_ Han llegado a casa de mis hermanas, sus esposos se unieron, no querían arriesgar sus vidas, ni las de sus familias _ explicó Kataryna con expresión de ansiedad creciente.

Kataryna era consciente de la relación poco disfuncional de Igor con su padre. Sabía que su esposo era capaz de todo por encontrar la aprobación de Gorodetsky. Le aterraba la idea de que Igor antepusiera los alocados deseos de su padre antes que la seguridad de su familia, en especial la seguridad de a su pequeña hija Daryna.

 Kataryna sopesó sus opciones, quedarse callada o hablar. No sabía muy bien lo que debía hacer. Dejó su labor a un lado sobre la mesa y se sentó frente a su esposo.

_ Una ola de levantamientos campesinos se ha iniciado en los campos _ explicó Igor_ mi padre piensa que deberíamos unirnos, y así enfrentar al partido.

Kataryna le dedicó una mirada consternada, sus ojos brillaban de indecisión, angustia y desesperación.

_ Están amenazando a mi padre_ dijo Igor_ la policía secreta lo persigue porque posee buenas y bastas tierras, lo acusan de ser uno de los incitadores en las protestas.

Kataryna se restregó el rostro con ambas manos para luego emitir un suspiro afligido. Con expresión torturada intentó en vano hablar, pero las palabras se negaron a salir de su boca.

_ Ayer encarcelaron a dos líderes de las revueltas y han desterrado de Ucrania a dos más_ siguió diciendo Igor.

La joven se removió inquieta en su silla. De pronto la invadió un oscuro presagio, ¿Qué diablos sería de ella y de Daryna si su esposo se negaba a entregar sus tierras e intentaba levantarse contra el gobierno? Probablemente, se apropiarían de todos sus bienes después de todo y de todas maneras terminarían exiliados. Se aclaró la garganta un par de veces y se obligó a hablar.

_ ¿Y aun así tu padre pretende seguir oponiéndose a entregar sus tierras? _ preguntó en una oleada de conmoción y desorientación que la azotó como una tormenta tropical.

_ No quiere ceder_ contestó Igor_ Le han puesto un apelativo. Kulak[1]_ continuó diciendo. Stalin anunció la extinción de los Kulaks.

Kataryna no salía de su asombro. Se tapó la boca impresionada. Tembló y se estremeció, estaba aterrada por lo que podía venir.

_ No. Igor, no es prudente, imagina que tomen represalias en tu contra. ¿Qué sucedería con nosotras? _ preguntó angustiada.

_ ¿Qué piensa tu padre de todo esto? _ preguntó Igor.

_ Mi padre se unió a las granjas colectivas, dice que ya tuvo suficiente en la guerra como para inmiscuirse en levantamientos.

_ ¡No podemos entregar lo que es nuestro por derecho propio, sin siquiera pelear! _ dijo Igor con vehemencia.

_ Por favor, Igor, piensa en nuestra hija Daryna_ dijo Kataryna con ojos suplicantes.

_ Lo hago pensando en ella.

Una ola de decepción y frustración le inundó el cuerpo. Se sentía acorralada, y lo peor era que no podía hacer nada al respecto. Observó a Igor aturdida e impotente. Se levantó de la silla que ocupaba con lentitud y abandonó la cocina. Salió de la casa dando un portazo que en otras circunstancias le habría valido una amonestación por parte de su esposo. No le importaba, no le importaba lo que él pensara ahora. Tenía que preocuparse por su seguridad y la de la única hija que le quedaba. Nunca había odiado tanto a Igor como en aquel momento. Una compleja mezcla de sensaciones la atormentaban: rencor, aversión, odio, rabia todo en uno.

Aspiró el agradable aire de un hermoso atardecer de julio tratando de relajarse para luego enfilar el camino al patio trasero de la vivienda con pasos rápidos. Se sentía amenazada y no precisamente por el gobierno sino por la estupidez de su esposo. Cruzó el huerto y en pocos minutos estuvo frente a los establos. Se detuvo de pronto como si alguien la obligara a hacerlo. Paseó su mirada primero por la amplia construcción de madera, y luego por los animales que pronto dejarían de pertenecerles. Aspiró una bocanada de aire y lo retuvo dentro de sus pulmones por unos segundos. Después exhaló pesadamente para luego reanudar su marcha con dirección al bosquecillo cercano. Cuando estuvo en el linde en donde termina la propiedad de Igor y se inicia el bosquecillo volvió a suspirar. Sentía que tenía un nudo en el pecho que le dificultaba respirar.

Se internó en el bosque poco después. Necesitaba estar a solas, y que mejor lugar que en el bosque en donde le gustaba pasear, para recobrar fuerzas y relajarse.

El murmullo inquieto de los pájaros que se alistaban para pasar la noche le dio la bienvenida. Levantó la mirada y divisó a un par de ellos, emitiendo sus trinos agudos y melodiosos. Extendían sus cuellos levantando sus cabezas hacia el cielo, mientras sacudían sus alas en un intento por que sus gorjeos se oyeran a mucha distancia.

El suelo estaba revestido de musgo y a medida que avanzaba hacia el medio del bosquecillo se volvía cada vez más compacto y espeso, las constantes lluvias solo contribuían a aglomerarlo y aparecía como una mullida alfombra verde. La tarde caería en poco tiempo, pero ella no se percataba de ello, lo que no podía obviar era la creciente ansiedad y desesperación que sentía. Se detuvo poco después en la profundidad de la espesura y se restregó los ojos con la mano, sentía que las lágrimas se le agolpaban en los ojos.

 En seguida, siguió caminando hasta que sus oídos percibieron el riachuelo cuyas aguas parecían gemir al discurrir entre las abultadas y retorcidas raíces de los árboles y las grandes rocas que lo bordeaban mientras el crepúsculo se extinguía. Grandes rocas cubiertas de líquenes se alzaban aquí y allá, bajo la luz difusa y entre los troncos inmensos y retorcidos del encantador bosquecillo. El nivel del río había subido y se veía consumido y mustio con grandes manchas ambarinas.

Lanzó unas cuantas piedras, después de sentarse sobre el tronco de un árbol caído. Las pequeñas llegaron hasta las manchas ambarinas y se hundieron en las profundidades oscuras del riachuelo, formando ondas concéntricas. Las grandes la traspasaron hasta la otra orilla. Luego prestó atención al cielo por un rato. A pesar de que el atardecer estaba a punto de sumir todo en la oscuridad observó las nubes grandes y vaporosas que se desplazaban de norte a sur. Una aparecía como un conejo en pleno salto, con las orejas largas y erguidas. Otra era un delfín que parecía surcar algún océano tropical y la última asemejaba a un oso de peluche recostado de espaldas con las patas levantadas hacia el aire, una sonrisa se dibujaba en la boca del animal.

Oyó un leve ruido a tierra que se despeña a su derecha, esto la distrajo. Al voltearse vio que una porción en saliente de la rivera, reblandecida después de más de diez días de lluvias incesantes se había desmoronado, dejando a la vista las raíces de un inmenso árbol que se inclinaba peligrosamente sobre el riachuelo. El espacio que se había formado por el desmoronamiento parecía haber dejado a la vista una especie de gruta.

Kataryna se acercó al árbol, se agarró de una de las ramas cubiertas de exuberantes hojas verde esmeralda y se inclinó lo mejor que pudo para intentar ver en el interior. El espacio era grande, pensó que dentro podrían caber hasta seis personas sentadas. Y como si un rayo le hubiese pegado en la cabeza se le ocurrió una idea que al principio de pareció descabellada, pero que cobraba más fuerza en su mente segundo a segundo.

En aquel lugar debía esconder todos los alimentos en conserva que cupiera, además de la carne seca y desde luego, lo más importante, todo el dinero que había logrado ahorrar durante los años que llevaba casada con Igor.

Tal vez no lograra hacer cambiar de parecer a su esposo, tal vez no lograría que entregara voluntariamente sus tierras al partido, pero podía poner a resguardo todo el alimento que pudiera, además del dinero. Porque de algo estaba segura, las cosas no tardarían en empeorar, lo sabía, sentía una extraña sensación en las entrañas y cuando esto sucedía, pocas veces se equivocaba.

Descendió por una pequeña rampa de tierra muy cerca del corrimiento, hasta la rivera del rio por medio de improvisados peldaños de rocas, poniendo especial atención en no resbalar, de lo contrario terminaría de cabezas en el rio y completamente empapada. Las rocas se encontraban húmedas y cubiertas en su mayor parte por líquenes. Cuando estuvo bajo el lugar en donde se produjo el deslizamiento, se inclinó y puso las manos entre los muslos. En aquella postura trató de comprobar el estado de la cueva y sus dimensiones.

Sus botas se hundieron en la suave tierra de la rivera y el borde de su vestido acariciaba el barro en la orilla. Kataryna apenas fue consciente de ello, se hallaba completamente fascinada por su descubrimiento.

 La noche había terminado de cubrir con su manto de oscuridad el bosquecillo y a pesar de que la luna llena comenzaba a alzarse por el este, no había luz suficiente para que iluminara el interior de la gruta. Se incorporó con gesto reflexivo y en pocos segundos tomó una decisión. Regresaría por la mañana con alguna herramienta adecuada. 

La luz argentada de la luna se filtraba entre el techo de hojas iluminando tenuemente su camino de regreso a casa. Al llegar se dirigió a la habitación que ocupaba su hija, la encontró dormida. Se acercó a ella y depositó un suave beso en su frente.

Regresó sobre sus pasos rumbo al cuarto de aseo. Se sacó las botas y el vestido antes de lavarse. El agua fresca la reconfortó de inmediato. Luego, se dirigió a la habitación que compartía con su esposo vestida solo en su tradicional ropa interior, que consistía en un pantalón bombacho hasta las rodillas y una blusa con encajes en las mangas, ambos de lino blanco. Se quedó parada en el umbral de la puerta con expresión de desagrado. Un fuerte olor rancio la golpeó en el rostro. Era el olor característico que acompañaba a Igor como un estigma. El estigma que el mismo se había impuesto, desde luego.

El desagradable olor a alcohol inundaba la habitación, mientras Igor embriagado dormía tendido en la cama boca arriba, con la boca abierta, emitiendo ronquidos que se asemejaban a los gruñidos de un motor que intentaba arrancar en una mañana helada de invierno.

Kataryna puso los ojos en blanco, había estado ausente de la casa solo dos horas, tiempo suficiente para que Igor se embriagara y se quedara dormido. Giró sobre sus talones y enfiló el camino a la habitación de Daryna. Se tendió al lado de la niña observando el techo de la habitación a oscuras. Su mente se sumergió en la idea apremiante de esconder los alimentos cuanto antes y la manera en que los trasportaría hasta el lugar del corrimiento sin llamar la atención de nadie. En aquellos momentos, no podía confiar ni siquiera en su sombra y menos en su esposo a quien se le iba la lengua y se ponía a hablar más de lo necesario en el pueblo cuando se encontraba inundado en copas.

 Le costó un poco conciliar el sueño, pero cuando lo logró su sueño fue intranquilo y perturbador.

Por la mañana, después de que Igor se fuera a trabajar al campo cargando a cuestas una terrible resaca, dejó a la niña en casa de su madre. De inmediato, regresó a su vivienda y se dirigió directamente al depósito de herramientas de Igor. Apoyada en la pared encontró una pala, la tomó y la sostuvo frente a ella sobre su pecho. Semejaba a un soldado con su arma a cuestas en un desfile militar. Salió del depósito y enfiló el camino que la llevaba al bosque.

Cuando estuvo frente al viejo árbol, levantó los bordes de su vestido y se lo amarró en la cintura, dejando al descubierto su ropa interior; de este modo evitaría que el vestido se volviera a mojar como había ocurrido la noche anterior.

Descendió con facilidad hasta el riachuelo utilizando los peldaños de rocas improvisados. Se inclinó poniéndose en cuclillas para escudriñar la cueva. El espacio era extraordinariamente grande Calculó que tendría unos tres metros de largo por dos de largo y más de un metro de alto.

El hoyo estaba enmarañado de raíces, pero eso no representaría problema alguno, podría cortarlas con la pala facilitando la entrada a la cueva. Además, estaba segura de que le serviría para esconder casi todos los alimentos que tenía en su despensa e incluso una buena cantidad de carne seca que pensaba preparar de inmediato.

Solo necesitaba encontrar la manera de trasportar todo hasta la gruta que había descubierto por accidente, hasta se atrevería a decir que la había encontrado por un milagro. Además del trasporte, debía asegurarse de que la humedad no destruyera los alimentos. Una vez que estuviera todo en la cueva se aseguraría de volver a tapar el hoyo con la tierra del deslizamiento y cubrirla con algunas rocas de la ribera del río.

“Vayamos paso a paso”, pensó, mientras atacaba la maraña de raíces a punta de pala. En poco más de media hora dejó la cueva limpia. Se sintió algo cansada pero satisfecha.

Regresó a su casa sopesando las posibilidades del traslado de las conservas, ese era un problema que aún no había resuelto, tenía que hacerlo rápido, porque estaba segura de que no disponía de mucho tiempo.

II

Los campesinos de las regiones cercanas a Polonia decidieron marchar hacia la frontera, intentando escapar de la colectivización. Pueblos enteros migraron escapando de la alocada campaña del partido. Kataryna hubiese deseado vivir cerca de la frontera para poder huir con su hija, pero aquello no era algo fácil de hacer.

Mientras Igor seguía trabajando, tratando de ignorar el peligro inminente en el que se encontraban, Kataryna dedicó todo su tiempo a salar delgados trozos de cerdo y a ahumar el pescado que pescaba ella misma en el riachuelo en donde se encontraba el árbol caído. Envasó la carne en frascos de vidrio y los trasportó junto con las conservas de verduras a lomo de caballo durante interminables viajes a lo largo de toda una semana.

Fue una empresa agotadora y estresante ya que el paraje estaba cubierto de árboles y maleza que dificultaba el tránsito del caballo. Kataryna no se dejó amilanar, sabía que era lo único que podía hacer para proteger a su hija de un futuro bastante incierto. Dispuso todo el dinero con el que contaba en una bolsa de cuero y lo amarró con un listón. Lo escondió debajo de algunos de los frascos de forma que cuando lo necesitara no tuviera que vaciar la cueva para encontrar el paquete.

Cuando terminó su cometido, cubrió la entrada de la cueva con tierra y luego con piedras de la orilla del riachuelo.

Se quedó observando el viejo árbol con las manos en jarra y decidió que no estaría de más agregar una maraña de troncos y ramas sueltas encima, solo por si a algún curioso se le ocurría escudriñar por el bosque. Lo creía improbable, pero no estaba de más tomar algunas precauciones. Satisfecha con lo que había logrado, regresó a casa.

Dos días después, Kataryna se encontraba tendiendo la ropa que acababa de lavar, y divisó a Igor que se acercaba a la casa con pasos cansinos, la espalda arqueada y la cabeza gacha. Pensó que se veía completamente desolado y se preocupó de inmediato. El hombre parecía haber envejecido en el lapso de unas horas. Pasó frente a su esposa sin decir una sola palabra y se dirigió a la casa. Karatyna lo siguió de cerca. Igor ingresó en ella y se desplomó sobre una de las sillas de la cocina. Situó los codos sobre la mesa y hundió el rostro entre las palmas extendidas.

_ ¿Qué sucedió? _ preguntó Karatyna con el corazón acelerado.

Igor levantó los ojos levemente y observó a su esposa por encima de sus manos.

_ El partido asesinó a mis padres y a mi hermano Borys_ contestó con una expresión desorientada y confusa. Como si acabara de despertar de una terrible pesadilla y no terminara de entenderla.

Kataryna abrió los ojos aterrorizados y llevó una de sus manos hasta su boca para evitar un grito ahogado.

_ Mi padre enfrentó a los miembros del partido y lo asesinaron de un tiro en la cabeza y luego hicieron lo mismo con mi madre y con Borys quien intentó defenderlos_ explicó.

Igor fijó su mirada en algún punto detrás de Kataryna y ella notó la mirada vacía en los ojos de su esposo. Pensó que todo era extrañamente desconcertante y aterrador, que el destino se había quedado en pausa solo para darle tiempo a que terminara lo que se había propuesto antes de que se iniciara el caos. Ella aún no lo sabía, pero en aquello tenía toda la razón.

 Estaba petrificada por la noticia, quería gritarle a Igor, decirle que se lo había advertido, que todo eso era culpa de su padre, pero se contuvo. No podía decirle eso ahora, no era el momento. Se acercó a él tratando de consolarlo, pero en realidad estaba aterrorizada. Temía que su familia fuera la siguiente si no entregaban sus tierras.

_ No contestos con matarlos destrozaron la casa, todo lo que había dentro y luego le prendieron fuego. Fue una advertencia para los demás terratenientes_ dijo Igor, las manos le temblaban al igual que los labios.

_ Lo siento mucho Igor, sé que estás pasando por un mal momento, pero debemos entregar las tierras_ dijo Kataryna.

Igor la miró a los ojos con cierto desprecio. Kataryna lo notó de inmediato, pero no le importó.

_ Mis padres están muertos ¿y tú te preocupas por las tierras? _ dijo Igor incrédulo.

Kataryna percibió que algo profundo y ardiente crecía dentro de ella y que amenazaba con explotar en cualquier momento. No podía entender la insondable estupidez de su esposo.

_ ¡Desde luego, no quiero que terminemos como tus padres!¡¿es eso lo que quieres para tu hija?!_ dijo con vehemencia.

Era la primera vez en mucho tiempo que Kataryna le levantaba la voz, pero ya no tenía intención de seguir sumisa y relegada.

 Igor la observó con sorpresa, fue como si acabara de recibir una bofetada por parte de ella.

_ No, no es eso lo que quiero para ella_ contestó en un susurro.

_ Se que lo que les pasó a tus padres es horrible, pero debemos pensar en nosotros ahora_ dijo la joven situando una mano sobre el hombro de su esposo intentando tranquilizarlo y al mismo tiempo intentando sosegarse ella misma. No tenía caso que se pusieran a discutir en ese momento, debía actuar como un equipo si querían salir de esta con vida.

Igor asintió y apoyó ambas manos sobre la mesa para ponerse de pie. Se tambaleó un poco cuando sintió que la cabeza le daba vueltas. Notó que le costaba mantenerse de pie y alargó una mano en busca de estabilidad. Kataryna extendió la suya e Igor la tomó para apoyarse en ella.

Aquella noche, ninguno de los dos pudo conciliar el sueño, cada vez que se quedaban dormidos soñaban que el partido enviaba a sus soldados a arrebatarles la casa en medio de la noche, quemaban sus pertenencias y los asesinaban como a animales.

Por la mañana, sus pesadillas se hicieron realidad. Los enviados del partido forzaron su ingreso a la casa exigiendo que entregaran sus tierras.

Igor concedió todas sus demandas sin poner resistencia, mientras un nudo de rabia e impotencia le crecía en el estómago.

Seguirían viviendo en la casa, gracias a la “benevolencia” del régimen, pero ya no les pertenecía.

Nada les pertenecía, sus tierras, su casa, su ganado ahora le pertenecían al partido.

III

Con el trascurrir de los meses, muchos de los campesinos optaron por la resistencia pasiva, y se negaron a sembrar más granos de lo necesario para la supervivencia. Además, sacrificaron a los animales domésticos para evitar que el estado se los confiscara.

 Stalin los acusó de sabotaje, de tratar de matar de hambre a las ciudades y debilitar la fuerza de la industrialización.

Las autoridades dijeron que los campesinos escondían granos y exigieron mayores cuotas de producción para la colectivización para aquellos que se negaron a unirse a las granjas colectivas.

Igor y Kataryna trabajaban el doble para cumplir con todos los requisitos del partido y así poder vivir en paz y tener algo que llevarse a la boca. La joven temía que los miembros del partido descubrieran su escondite y además de confiscar todos los alimentos que tenía, la encarcelaran como forma de escarmiento.

Muchos de los campesinos ya habían sufrido las consecuencias de enfrentarse al partido. Eran desterrados a la Siberia, y otros asesinados como los padres de Igor.

El partido, hacía uso de mano de obra ucrania para la construcción de la presa Dniprohes sobre el rio Dniéper se encontraba en su máximo apogeo. El número de trabajadores que construía la presa y la estación de energía eléctrica se había triplicado en los últimos años. Para ello se movilizaron a los campesinos fuera de sus lugares de orígenes para emplearlos en la construcción de la presa. Muchos de los amigos y de los vecinos de Igor y Kataryna fueron arrancados de sus casas, como resultado de la colectivización forzada del gobierno que expulsó a los campesinos de sus hogares y poder así exprimir todos los recursos posibles.

 Igor temía que el partido lo expulsara y lo enviara a trabajar a la presa, si eso ocurría, su familia quedaría completamente desamparada, por lo que se esforzaba tenazmente en la producción de la tierra cumpliendo con la cuota exigida por el gobierno. Evitando así el trabajo en la presa. Muchos de los trabajadores en la represa terminaban con heridas graves o en muchas ocasiones perdían la vida.

Pero a pesar de todos los esfuerzos que realizaban apenas tenían para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación. En aquel momento, Kataryna se alegró de haber tomado la decisión de esconder las conservas, las brigadas del estado ingresaban casa por casa a requisar todo alimento que los campesinos guardaran. Rompían paredes en busca de alimentos. Si los encontraban en el sótano y no podían sacarlos le derramaban querosene para echar a perder los alimentos.

A los que no podían cumplir con la cuota exigida por el gobierno, les cortaban los suministros básicos, incluyendo los fósforos y el querosene.  Debido a las altas cuotas que los campesinos pagaban al gobierno, que iba aumentando sin miramientos, se hacía cada vez más difícil alimentarse. Muchos campesinos empezaron a sentir los estragos del hambre, en especial durante el invierno.

Pero las dificultades no solo eran económicas sino también sicológicas. La terrible muerte de los padres de Igor, en especial la de su padre, lo afectó en forma profunda y permanente. Se sintió de pronto perdido, abandonado y estéril. La necesidad de aprobación de su padre, la que había cultivado enfermizamente durante tantos años lo trastornaba por completo. El hombre por quien había vivido y desarrollado su existencia ya no estaba y no tenía idea en donde volcar toda esa necesidad. Las emociones de Igor siempre contradictorias e incoherentes como su propio espíritu se hacían cada vez más profundas. A medida que el tiempo trascurría se hundía cada vez más en sórdidos pensamientos y se aislaba del mundo. El hombre seguro de sí mismo, manipulador y ambicioso había casi desaparecido dando paso a un ser desesperanzado, abatido y completamente desprovisto de motivaciones.

Kataryna notó los cambios en su esposo. Si bien aún sentía cierto temor hacia él, se había percatado que podía enfrentarlo de manera solapada e indirecta lo que la fortalecía de cierta manera. Experimentaba una sensación extrañamente extraordinaria a medida que la estabilidad emocional de Igor se extinguía y la suya empezaba a brillar con luz propia.


[1] Kulaks: agricultores zaristas que poseían propiedades y contrataban trabajadores.

Destacada

HISTORIAS ENTRELAZADAS (fragmento)

Oberá, febrero de 1935.

I

El verano siguió su curso, caluroso e indomable, mientras Alexander salía del abismal y oscuro océano en el que se había sumergido.

En aquella época estival, el bosque rezumaba belleza, los rayos brillantes de sol acariciaban las copas verdes de los árboles, las cigarras interpretaban su característica banda sonora, que se aceleraban con el aumento de la temperatura. Hacía calor, un calor viscoso como el aceite, espeso y vicioso que muchas veces dificultaba la respiración.

 Pero a pesar de la alegría que exudaba la tierra, el rostro de Kataryna había adoptado una casi perpetua expresión de desconsuelo, llevaba los ojos hinchados y rojos, que le confería un aspecto cansado y fantasmal. Aquel cansancio se debatía en su interior con el temor.

 Los días que siguieron al terrible ataque no fueron fáciles para ella. Pasó noches insomnes, acometida por la terrible idea de que Alexander no sobreviviría, su estado la preocupaba hondamente. La blanca luz de la luna de verano penetraba por la ventana y se reflejaba en sus ojos cuando se persignaba delante del crucifijo que le había dado su madre y rezaba pidiéndole a Dios que no abandonara a Alexander. Las dudas, los miedos, las luchas internas de las cuales era objeto la mantenían en una situación angustiante y de incertidumbre constante que intentaba disimular cuando Daryna estaba cerca.  En aquel estado de gran tribulación, su único consuelo consistía en atravesar el compacto bosque impregnado de oleosa humedad que se le pegaba al cuerpo como un ceñido corsé, ir hasta la cabaña de Alexander y refugiarse en ella por unas horas, confiando en que alguna vez volverían a verse. Sabía que no le quedaba más que esperar y ver si sobrevivía o sucumbía.

Intentaba ocupar su mente en otra cosa que no fuera Alexander, pero el hilo de sus pensamientos volvía de inmediato a tejer terribles y enmarañadas reflexiones. A veces, se quedaba dormida en el camastro que compartía con Ivanov y se despertaba agitada, temblando y bañada en sudor presa de algún terrible sueño, con la mirada fija en las pequeñas ventanas de la cabaña. Otras, se quedaba tendida en la hamaca del corredor de su casa, dejando que el pegajoso aire nocturno la cubriera, hasta que la luna se elevaba en el cielo cubierto de estrellas que brillaban como si fueran pequeños diamantes. Parecían burlarse de ella con su vivaz chisporroteo. Luego, entraba a la casa y se movía sigilosamente como si fuera un alma en pena, cuidando de no despertar a Daryna. Entonces, una parte de su mente quedaba a oscuras, mientras que la otra solo podía pensar en Alexander. En aquellos momentos, tragaba saliva, sintiendo de pronto reseca la garganta y agarrotado el estómago de dolor.

Una noche, cuando la luna estaba ya lo suficientemente alta para penetrar por la ventana y hacer que su luz de plata iluminara el interior de la casa, vio acercarse por el sendero a Juan con pasos firmes y una expresión animada y relajada. Le informó que Alexander había despertado y que, a pesar de hallarse aún convaleciente, se recuperaría. Kataryna emitió un suspiró de evidente alivio al tiempo que demostraba una emoción desmedida muy poco característica. Luego de aquel afortunado anuncio, visitó la cabaña con mayor afán, esperando el día en que pudiera volver a reencontrase con Alexander.

II

 A primera hora de una mañana de lo que prometía ser un día sofocantemente caluroso de pleno verano, ingresó con pasos lentos y cansinos a la cabaña. Paseó la mirada por el sitio con la absurda esperanza de que Alexander estaría en algún rincón esperándola. Pero como otras tantas veces no halló nada. Suspiró desanimada, su corazón se encontraba envuelto en una densa incertidumbre que no le daba un minuto de sosiego. Las dudas la corroían, cubrían sus días de desmedidas aflicciones y sus noches de intenso agobio. Pensaba que luego de la terrible experiencia por la que Alexander hubo atravesado, había decidido enrumbar el curso de su vida hacia su familia, hacia su esposa. Por lo que en aquella ecuación no figuraba ella. Se sentía molesta con ella misma por haberse dejado dominar por la presencia y la personalidad de aquel hombre, que no estaba dispuesto a darle nada, solo unos encuentros clandestinos en una cabaña en medio del bosque.

Era en aquellos momentos en que sacudía la cabeza y suspiraba pesadamente en un intento por pensar racionalmente y olvidarse de Alexander y seguir con su incierta vida, pero le era completamente imposible. Pensaba que algo ocurría en su interior, algo nuevo, algo peligroso, nocivo. Alexander era algo así como un arbusto ponzoñoso que había echado raíces, que había crecido y que se extendía en todas direcciones dentro de ella. Algo así como una enredadera que la rodeaba, que la cercaba y la sofocaba, pero a la vez, contradictoriamente la avivaba.

Se dirigió a la cocina y preparó algo de café, la mañana era clara y aún el aire era fresco, pero no permanecería de aquella forma por mucho tiempo. Los últimos días del verano eran los más cálidos, como si la naturaleza deseara desbordar su calor sobre el bosque antes de marcharse y suspender al mundo en un suave letargo.

Se sentó en el sillón con el pocillo en la mano. Tenía las ideas revueltas, confusas y dando bandazos en su cabeza como si se hallara en una carreta tirada por bueyes. Detestaba sentirse de aquella forma, detestaba que un hombre le arrebatara la quietud, el sosiego. Pero le gustara o no debía reconocer que la afectaba profundamente.

Sorbió un poco de café, cerró los ojos y pensó en Igor. Hacía bastante tiempo que no recibía noticias suyas. Al principio le escribía una escueta nota cada semana, pero las comunicaciones se hicieron cada vez más esporádicas, hasta que desaparecieron por completo hace tres semanas. No tenía idea de la situación de su esposo o de los planes que tenía. De lo que sí estaba segura era de que aparecería por la hacienda tarde o temprano.

Oyó el pestillo y abrió los ojos sobresaltada. Se puso de pie de un salto como si algún resorte la impulsara. La puerta se abrió y observó la figura de Alexander en el umbral la puerta. La expresión de alegría y de asombro de Kataryna fue infinita, pero no pudo moverse. Alexander ingresó a la cabaña y cerró la puerta. Llevaba una especie de bastón con el que se ayudaba a caminar, cojeaba levemente de la pierna izquierda. De pronto, Kataryna se sintió agitada, su corazón latió acelerado y la garganta se le contrajo, abriéndose y cerrándose, en un dulce regocijo. ¡Alexander estaba bien! Se veía bastante bien considerando lo ocurrido. Pero extrañamente, permanecía indiferente.

 Alexander se detuvo a pocos metros de Kataryna y le sonrió, la miró con expresión tranquila y solemne, sin mostrar desmedida emoción. Y como si Kataryna acabara de recibir un baldazo de agua fría, se sintió de pronto completamente fuera de lugar, usurando un lugar que no le correspondía, cuando el propietario parecía incómodo con su presencia. Kataryna sonrió algo avergonzada y nerviosa. Tuvo completa consciencia de que se sintió defraudada. Había fantaseado infinidad de veces con ese reencuentro y nada la había preparado para aquel pasivo y casi indiferente recibimiento. Kataryna cambió su avergonzada sonrisa inicial por una mirada cautelosa. Hubo un silencio embarazoso a través del cual se oyeron solo los sonidos del bosque. La mujer de cabellos rubios sintió en el pecho un dolor tan agudo, tan físico, y pensó por un instante que se trataba tal vez de un ataque cardiaco.

_Lo siento, no debía venir_ se excusó bajando la mirada_ pero me alegra mucho verte en pie.

Alexander dio unos pasos en dirección a Kataryna, el bastón emitía sonidos sordos contra el piso de la cabaña.

_No tienes que disculparte, te dije que podías venir cuando quisieras.

La sonrisa avergonzada había vuelto a aparecer en el rostro de Kataryna.

_No necesitas ser amable. Creo que no esperabas verme aquí_ dijo sintiendo la súbita e insensata urgencia de salir corriendo.

Lo miró fugazmente, pero ella no pudo interpretar en la expresión de su rostro lo que sus palabras le habían causado. Alexander era un hombre terriblemente desconcertante y complicado.

Alexander se situó frente a ella, si levantaba la mano podía tocar su rostro.

_Me alegra mucho haberte encontrado aquí_ dijo mirándola fijamente a los ojos y sonriendo de soslayo, como si se tratara de una marioneta al cual el titiritero obligara a sonreír tirando de unos hilos unidos a las comisuras de sus labios.

Kataryna lo observó con la boca entreabierta y el ceño fruncido, confusa.

_Pues no parece_ le increpó ella.

Alexander acercó su boca a la oreja de ella, dirigiendo sus pensamientos hacia el interior de la cabeza de Kataryna, con una voz espesa y grave, la clase de voz que usaba siempre con ella.

_Nunca te engañé Kataryna, y tampoco pienso hacerlo ahora. Tal vez no sea la clase de hombre del que se escribe en las novelas románticas, aquel que corre desesperado a los brazos de su amada, pero en verdad me alegra verte.

El corazón de Kataryna palpitó acelerado, tenía los ojos muy abiertos y la mirada suplicante. Alexander se separó un poco de ella y le acarició el rostro.

_ Quiero volver a estrecharte entre mis brazos si así lo deseas_ dijo en tono sereno pero sus palabras surgieron con una seguridad aplastante como una roca lanzada desde una catapulta.

Kataryna abrió la boca para responder, pero pareció quedarse sin habla y no salió ningún sonido de su boca.

Alexander se hallaba consciente de la forma en que se entretejían sus procesos mentales y su cuerpo físico. Sentía la mente desempolvada y limpia, con las ideas claras, como si acabara de renacer.

Kataryna lo miró abriendo mucho los brillantes ojos, estaba helada con una expresión de incredulidad en el rostro. Estaba casi segura de que Ivanov le pediría terminar con aquella absurda relación y ahora ocurría todo lo contario. Alexander se acercó despacio a ella estudiando sus reacciones. Se inclinó y la besó con urgencia.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (fragmento)

IV

Iván Ivanov era un joven de dieciocho años, de estatura mediana, de ojos azules como los de su padre, iluminados con un perpetuo destello de curiosidad. De cejas levantadas y hoyuelos en la comisura de sus labios. Ladeaba la cabeza de forma peculiar cuando sonreía y siempre llevaba en la mirada una expresión mesurada, tranquila y bondadosa. Su frente ancha era como una ventana abierta a través de la cual enfocaba sus pensamientos hacia todo aquel que quisiera conocerlo. De aire despreocupado que se transformaba fácilmente en armoniosa afabilidad. Su buen humor se mantenía inalterable. Era perspicaz y de memoria eidética. Muchas veces su comprensión y el discernimiento de las personas y las cosas rodeaban la lógica de su pensamiento y procedían directamente de su corazón. Era compasivo, espontáneo y dulce, en otras palabras, un alma que se acercaba mucho a la superioridad.

Iván advertía que el corazón de su padre era insondable, tan profundo, tan enigmático, que difícilmente llegaría a alcanzar sus profundidades, su esencia, comprender sus ideas, y sus sentimientos. Sabía que jamás llegaría a desentrañar sus misterios, pero se sentía conforme con ello. El descenso hasta el alma de su padre era infinitamente dificultoso, porque el sendero que conducía a sus emociones era resbaladizo y muchas veces Iván sentía temor de deslizarse hacia aquel abismo que consideraba muchas veces pantanoso y turbio. Pero se mantenía constante, se dejaba conducir por su instinto. Una escasa luminosidad a veces se dejaba filtrar desde alguna grieta en el espíritu de su padre, que lo conducían lentamente hacia él. Así iba descendiendo poco a poco, con cautela, con esperanza y sin claudicar jamás de su objetivo, conocer a su padre, aprender a comprenderlo y acercarse a él.

Iván entendía a pesar de su escasa experiencia de que todos los hombres tienen pesadillas, pero que la mayoría de ellos saben gobernarlas. No obstante, aquello no sucedía con su padre, por el contrario, se dejaba conducir y gobernar por ellas. La paternidad demandaba la mayor de las habilidades para crear una obra de arte a partir de unas pocas pinceladas. Y desde luego Alexander Ivanov no se consideraba por completo un artista.

Su hermano Yuri Ivanov, de diecinueve años, era por mucho su personaje antagónico. Alto, de hombros anchos, rostro agraciado. El cabello de un fino color castaño claro. Los ojos pardos escrutadores coronados con unas cejas espesas y atractivas. Dibujaban sus labios una sonrisa a veces pétrea, otras amarga. Carecía de la habilidad de su hermano Iván para formar vínculos de empatía, para entender las necesidades espirituales de todo aquel que no fuera su madre. Al mismo tiempo, celebraba su intolerancia como prueba de sus convicciones. Era de carácter irreflexivo e impulsivo. Las decisiones que a lo largo de su existencia tomara su padre, desencadenaron en Yuri una serie de acontecimientos que lo arrastraron a las profundidades de un abismo colmado de animadversión y resentimiento. Se sentía como uno de esos antiguos caños de cobre que se van oxidando por el paso del tiempo y las sustancias químicas. Sus emociones apenas podían pasar por las pequeñas hendiduras, como si se trataran de filtraciones de agua turbia y llenas de grumos. El caño se iba taponando, amenazando con explotar en cualquier momento y esparcir todo el contenido de rencor y dolor que se había estado acumulando durante años de indiferencia y abandono moral.  Jamás vio a su padre como todo niño debía verlo: noble, integro, trasparente y perfecto, sino como a través de un vidrio sucio, turbio e impreciso, como si los ojos a través de los cuales lo observaba lo asomaban a una realidad perturbarte, enfermiza, llena de remolinos y revuelos. Como cuando se mira un río que arrastra deshechos luego de una tormenta.

Yuri sentía una mezcla detonante de emociones negativas hacia su padre: rencor, displicencia y un alto grado de desdén que sofocaba lo mejor que podía. Lo acusaba de la tristeza de su madre mientras lo amenazaba mentalmente con su dedo admonitorio. A veces sentía la ira subiendo por su garganta como si se tratara de un líquido viscoso y caliente, que en cualquier momento llegaría a alcanzar el punto de ebullición y terminaría salpicando por todas partes. Su mente parecía un gran lienzo con un gran agujero quemado en medio. La repulsión hacia su padre se fue acrecentando cuando encontró mucho que cuestionarlo, pero poco para enaltecerlo. Su asco se hizo más intenso cuando descubrió los abandonos, las indiferencias, las infidelidades.

Nadia era una joven de dieciséis años, delgada, de noble semblante. Sus cabellos castaños formaban ensortijadas cascadas que caían sobre sus menudos hombros. Con ojos pardos serenos y brillantes. Los labios rojos contrastaban marcadamente con la palidez de su rostro. Figura delicada de caderas estrechas casi ausentes. Casi siempre empleaba un tono de voz suave y fluido con un leve atisbo de ánimo al hablar. Se parecía físicamente a su madre, los mismos ojos, la misma nariz, pero denotaba mayor serenidad y profundidad de sentimientos. Completamente carente de prejuicio y egoísmo. Intentaba evitar presenciar los cada vez más impetuosos intercambios de criterios entre sus padres y más aún, evitaba tomar partido por uno de ellos. Porque con cada disentimiento, se templaba mucho más la enmarañada trama de aquel matrimonio, y estaba casi segura de que uno de aquellos días terminaría rompiéndose del todo.

 Oleg el menor de los hermanos, contaba con siete años. De figura enjuta y menuda, casi esquelética. Sus pantalones cortos dejaban vislumbrar sus delgadas piernas que asemejaban dos palos. Sus cabellos rubios casi blancos formaban un casco de apretados rizos. Bajo el macizo de cabellos ensortijados se esbozaba una frente ancha que en la adultez le conferiría cierto aire de erudición. En su mirada se mezclaba la fascinación y la inocencia propias de la infancia. Una sonrisa se dibujaba en sus labios en forma habitual, pero cuando contraía el labio superior dejaba al descubierto dos espacios oscuros y vacíos que le conferían cierto aspecto jocoso. Arrugaba la nariz en un modo bastante ostensible en lo que su madre consideraba un tic nervioso. Era despreocupado, casual y espontáneo como todo niño. Entretenía, rebosaba entusiasmo. Recorría cada rincón de la hacienda cuando no estaba en la escuela. Animado soltaba estridentes risotadas acompañadas de un revoloteo de manos a la altura de la cabeza de forma extravagante. Amaba a su padre, aunque no comprendiera la mayoría de las veces su comportamiento errático y distante.

V

El sol lucía lúgubre bajo las nubes de bordes anaranjados y grises cuando los hombres irrumpieron en la Casa Grande, cargando el magullado cuerpo de Alexander.  Parecía que el cielo estaba en sintonía con el hombre herido de muerte que cargaban.

Galina se dejó caer en uno de los sillones de la sala sin mostrar emoción alguna, al tiempo que los hombres tendían a Alexander en la cama, para luego retirarse en silencio con la mirada gacha y pesarosa.

Yuri se situó cerca a su madre, sus ojos brillaban, sintió una punzada de satisfacción como una llama encendida, mientras pensaba que su padre se lo tenía bien merecido.

Juan se aseguró de que Alexander estuviera cómodo y de inmediato salió de la casa, tomó un caballo y galopó como el viento al tiempo que Iván caminaba con pasos apresurados y expresión alarmada e inquieta hacia la habitación en donde acomodaron a su padre.

Nadia observó desde el umbral de la puerta con la mirada turbada.

Oleg vacilando se acercó a su hermana. Su pequeño rostro estaba pálido y asustado, la boca abierta y los ojos inertes de terror.

_ ¿Se podrá bien? _ preguntó a su hermana con voz aguda. Sus labios siempre sonrientes se encogieron hasta tomar la apariencia de un pimpollo.

Nadia lo apremió a guardar silencio con un gesto de su mano.

El médico llegó minutos después y tras auscultar al herido, no concedió muchas esperanzas de recuperación, a pesar de que los indígenas habían conseguido detener las hemorragias con una mezcla de medicina ancestral y sus rezos a Tupá[1].

El herido profería sonidos ininteligibles y entrecortados. El sudor le recorría el cuerpo, estaba pálido, y demacrado. Mantenía los ojos cerrados y los labios abiertos.

Cuando el médico se retiró, Nadia y Oleg entraron a la habitación en silencio. La muchacha fue a arrodillarse en un rincón e hizo que el niño también se arrodillara a su lado. Oleg no dejaba de temblar he imitar a su hermana cuando se santiguaba. Nadia se mordía los labios e intentaba contener las lágrimas. Después de todo su padre aún seguía vivo.

Un Pope[2] de cabellos blancos cuyos mechones disparaban en todas direcciones apareció en el umbral de la puerta una hora después. Se había presentado para otorgarle al herido la extremaunción.

Alexander se hallaba inmerso en una especie de denso delirio incapaz de percibir lo que ocurría a su alrededor.

_No se moleste en concederle el perdón_ dijo con frialdad en el corazón Galina desde el umbral de la puerta_ él no es creyente.

El sacerdote la observó con extrañeza, pero de inmediato siguió son sus rezos.

Galina dio media vuelta y regresó hasta el sillón que había estado ocupando. Tenía una expresión flemática y seca. Su egoísmo y epicureísmo emergieron de inmediato, preguntándose cómo afectaría la muerte de su esposo a su bienestar económico. Por lo que no fue una sorpresa que Galina no se uniera con gran entusiasmo a la perturbadora aflicción general por el desafortunado incidente del que fue objeto Alexander. Su presunción y su orgullo la habían convertido en insensible y egoísta. Se mantuvo en aquel increíble estado de codiciosa ambición durante todo el tiempo en que Alexander estuvo entre la vida y la muerte.

Cuando el sacerdote terminó de ofrecer los sacramentos al herido, Iván volvió al lado de su padre.

_Yo cuidaré de él_ dijo con voz firme_ será mejor que salgan de la habitación, mi padre necesita descansar.

Nadia y Oleg dejaron el cuarto luego de depositar un beso en la mejilla de su padre. Nadia seguía mordiéndose el labio mientras que Oleg sollozaba quedamente.

Iván cuidó de su padre con una dedicación extraordinaria, asegurándose de mantener la fiebre a raya, mojando sus labios con agua para mantenerlo hidratado, cambiándole la ropa y suministrándole sus medicamentos.

Galina se desatendió por completo de la salud de su esposo, esperando que Iván apareciera en cualquier momento para informarle de que Alexander había muerto.

 Mientras, en la oscuridad de las noches en vela, Iván oía la respiración ansiosa y entrecortada de su padre, y un quejido sordo que lo perturbaba. Mantenía los ojos cerrados casi todo el tiempo, pero de tanto en tanto los abría y murmuraba palabras ininteligibles. Eran en aquellos momentos en que veía sus ojos hundidos, que parecían dos canicas azuladas de cristal fracturado y opaco. A veces parecía surgir un pequeñísimo brillo en ellos y una sonrisa de alivio. En seguida volvía a cerrarlos y la sonrisa desaparecía dando paso de nuevo a la respiración agitada.

Cuando después de casi dos semanas Alexander despertó de la más larga de sus pesadillas, Iván estuvo allí para ayudarlo a incorporarse sobre las almohadas. Alexander se veía bastante delgado y adolorido, pero había recuperado el color en sus mejillas.

_ ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? _ fue lo primero que Alexander preguntó.

_Catorce días_ respondió el joven con evidente alivio al ver que su padre estaba consciente y hablando coherentemente.

Alexander se llevó una mano a la frente en una expresión de sorpresa. Había deseado con tanto fervor estar muerto, pero el universo seguía confabulándose en su contra. Pero ahora que se hallaba despierto se sentía en cierta forma satisfecho de seguir vivo. Como si al fin comprendiera que, a pesar de sus deseos, a pesar de lo que hiciera, estaba destinado a esperar el momento justo, a esperar su hora. Llevaba con él una cierta tranquilidad de espíritu que hasta aquel momento no había logrado conseguir.

_Estábamos preocupados por ti_ dijo Iván.

Alexander intentó incorporarse, pero las laceraciones en el lado derecho se lo impidieron. Se dejó caer pesadamente sobre las almohadas con una terrible mueca de dolor.

_No te apresures papá, ve despacio, acabas de despertar.

Alexander observó los ojos bondadosos y preocupados de su hijo y asintió agradecido.

Le llevaría otros dos días dejar la cama y otra semana en dejar la casa y ocuparse de la hacienda. Los daños que le ocasionaron las heridas sanaron por completo, pero dejaron huellas indelebles en su cuerpo, que se sumaron a las ya existentes.


[1] Tupá: en guaraní dios.

[2] Sacerdote de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

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Historias Entrelazadas (fragmento)

II

Durante todo el día Kataryna se había sentido atormentada por pensamientos perniciosos y desmoralizadores. Por más que intentaba sacudirse las imágenes perturbadoras que agitaban su mente, regresaban a ella una y otra vez sin posibilidad de librarse de ellas. Un fuerte nudo se le había alojado en la garganta apenas Alexander y sus hombres habían dejado la hacienda, y que con el trascurso del día se había trasformado en algo parecido a un pesado trozo metálico que le dificultaba la respiración.

La noche había caído sobre aquella parte del mundo y las brillantes estrellas tomaron el lugar del sofocante sol. La luna llena despedía su macilenta luz sobre el campo cuando Kataryna se sentó en una hamaca en el corredor de la casa. Se impulsó con los pies y se meció con suavidad intentando que el suave movimiento de vaivén la relajara.

La frenética actividad de Daryna durante todo el día no le había permitido un minuto de descanso. Si no la llenaba de curiosas preguntas, cuestionaba todas sus órdenes al tiempo que saltaba y corría sin descanso por toda la casa seguida de su peludo amiguito. Al fin del día, el cansancio la había vencido y se había quedado dormida. Ahora podía disfrutar de algún tiempo de silencio.

Sobaka giraba sobre sí mismo en círculos cerrados y rápidos persiguiendo su propia cola bajo el cielo estrellado. Al parecer aún tenía suficiente energía que gastar. Mientras observaba al perro jugar, recostó la espalda en la hamaca y levantó los pies del suelo, cerró los ojos y suspiró.

Desde que Igor se fue, las cosas habían mejorado para ella. Ya no vivía inmersa en la incertidumbre, esperando que en cualquier momento él llegara borracho y la sometiera como decenas de veces, o intentara matarla como la última vez.

 Alexander le había enseñado un mundo completamente desconocido para ella. Un mundo en el que era correcto tener ilusiones, deseos y aspiraciones. Aunque sabía con certeza de que él no la amaba, al menos no de la forma en que había amado a Tatiana, apreciaba el tiempo, el cariño y el interés que Alexander le otorgaba. Su afecto había alcanzado el corazón escondido y malherido de ella, lejos de su patria, brutalmente separada de su estirpe, de su cielo de sus campos y su familia. Su afecto había limado el encallecimiento de su alma, había ahogado el fuego de su espíritu.

Él no le había hablado mucho de Tatiana. Había impuesto un límite inexpugnable en cuanto a aquella parte de su pasado se refería. La curiosidad por ver su fotografía escondida en el guardapelo del cual no se separaba nunca la importunaba constantemente, pero aquello no le concernía y, sobre todo, debía respetar los deseos de privacidad de Alexander. A veces, lo veía sumirse en la melancolía y la tristeza y en aquellos momentos ella se alejaba concediéndole algo de espacio, aguardando a que emergiera de sus más lúgubres tinieblas. Era como si entrara de un estado de trance, como si saliera de su cuerpo e ingresara a otra realidad. Kataryna estaba casi segura de que, durante aquellos trances, Alexander pensaba en Tatiana.

Galina y sus hijos también representaban una profunda culpa en ella, que en la mayoría de las ocasiones la atormentaba. Intentaba encontrar una excusa diciéndose a sí misma que Alexander y Galina ya estaban separados antes de que ella llegara a su vida, pero los hijos no encajaban en aquella pueril excusa. Podría pensar que merecía un poco de tranquilidad, algo de respeto y aprecio después de años de maltratos y carencias, que era “justo” que lo tuviera. Pero, por otro lado, ¿acaso no era justo que Galina y sus hijos tuvieran todo el amor y la comprensión de Alexander?

Pero ¿qué es la justicia? Y ¿Quiénes pueden impartirla? La auténtica justicia solo la imparten las personas admirables, dotadas de humildad y piedad, de sensatez, discernimiento y desinteresada comprensión. Y a pesar de que Kataryna era una persona sensata, desprovista por completo de soberbia o vanidad, distaba mucho de ser un ser superior y en muchas ocasiones se dejaba llevar por las pasiones humanas. La mayoría del tiempo se hallaba en una constante lucha interna, con una mezcla de sentimientos encontrados. A veces le repugnaba la indiferencia que sentía con su egoísta proceder, otras, se llenaba de emociones tortuosas de culpabilidad, al mismo tiempo que su espíritu atormentado por tantos años, parecía atravesar un periodo sosegado y sereno. Su dilema estaba entre la felicidad y la desdicha, entre lo importante y lo frívolo, entre lo justo y lo improcedente. Las emociones humanas eran algo enigmático y misterioso que muchas veces no podían ser analizadas en los hechos, sino en los sueños, las ilusiones y las fantasías.

Se incorporó de nuevo con otro profundo suspiro. Apoyó los pies descalzos sobre el suelo y volvió a mecerse, al tiempo que su mente divagaba por diversos escenarios posibles: el regreso precipitado de Igor y los problemas que aquello representaría, la espantosa sensación de que algo le había sucedido a Alexander, el dolor que su relación con Alexander pudiera causarle a Galina y sus hijos, la tristeza y la desolación acumulados en ella.

Al parecer Sobaka al fin había llegado al límite de sus fuerzas y yacía enroscado sobre sí mismo durmiendo.

Observó el vasto campo frente a ella, la luz amarilla de la luna parecía marcar un lánguido sendero sobre el cultivo, como si le intentara señalar alguna ruta, alguna trayectoria.

Pensó de nuevo en Alexander y en cómo se encontraría. Había salido de la hacienda hacía casi diecisiete horas y no había noticias de él o de alguno de sus hombres. El nudo en la garganta pareció retorcerse y apretar por unos segundos para luego aflojarse nuevamente. Aquella sensación infausta la agobiaba de nuevo, como fantasmas silenciosos que salían de su interior para atormentarla sin darle un solo respiro. Se llevó la mano a su rubio y largo pelo frotándoselo un par de veces en forma inquieta, para luego ponerse de pie, observar una vez más el sendero de luz desvaído que la luna proyectaba sobre el campo y después ingresar a la casa.

Pasó el resto de la noche nerviosa y agitada, hasta que el gorjeo de los pájaros la despertaron antes de que el sol empezara a levantarse por el este. Algunos grillos aún emitían su estridente grillar cuando se incorporó en la cama. Se llevó una mano a la nuca y lo masajeó intentando apaciguar un terrible dolor de cabeza.  Sentía los hombros rígidos y entumecidos. Bajó los pies al suelo y se puso de pie lentamente, la cabeza le latía en un dolor sordo y retumbante. Se vistió despacio, se sentía cansada y algo desanimada. Daryna seguía durmiendo y tardaría aún unas horas en despertar. Decidió ir a la cocina y preparar algo de café. Encendió la cocina a leña y situó la tetera sobre la estufa. Salió al jardín y aspiró profundamente el aire fresco de aquella mañana veraniega, junto con las perfumadas flores de jazmín. El sol se levantaba por detrás de unas nubes, iluminando el horizonte con pinceladas naranjas, amarillas y violetas.

Su corazón golpeó con fuerza cuando avistó a Juan caminando con rapidez con dirección a la casa. Vislumbró en su mirada preocupación y una silenciosa y secreta señal que aseguraba conocer la verdad de lo que ocurría entre ella e Ivanov. En aquel momento pensó que había un abismo en la edad que figuraba en la partida de nacimiento de Juan y la que cargaba a cuestas como resultado de las desgracias, las responsabilidades y las obligaciones. Por un segundo se afligió por él, pero de inmediato aquel sentimiento dio paso a la desesperación.

Juan sintió la penetrante mirada de Kataryna clavada en él. Se veía turbada y confusa. Se detuvo frente a ella y la saludó con una leve inclinación de cabeza. Parecía cansado y desalentado. Se quitó las gafas, pasó la mano por la frente cetrina y se frotó los ojos. Llevaba una línea roja marcada en el puente de la nariz en el lugar en donde se apoyaba las gafas.

_ ¿Dónde está Alexander? _ peguntó Kataryna.

Su corazón latía tan fuerte que parecía escucharlo en sus oídos. Cruzó los brazos sobre su pecho, buscando de algún modo protegerse.

Juan se veía pálido y ojeroso, con la espalda levemente encorvada, se balanceaba casi imperceptiblemente de un lado a otro como si no fuera lo suficientemente capaz de mantener el equilibrio. Con las manos en los bolsillos traseros de su pantalón de faena, respondió:

_Está en la Casa Grande, muy mal herido.

Kataryna se llevó el dorso de la mano hasta su boca como si con ello pudiera impedir que se le escapara algún sollozo, luego apartó la cara hacia un lado como si rechazara contemplar aquella terrible noticia. Se dejó caer en la hamaca, aturdida. Un profundo abatimiento se apoderó de ella. Sin que interviniera su voluntad consciente, sintiendo que su corazón estallaría en cualquier momento, le preguntó si sobreviviría.

_Solo Dios lo sabe_ respondió Juan con pesar y desconsuelo.

III

Alexander Ivanov descendía con rapidez hacia el abismo de su inconsciente. Hacia aquel espacio entre la vida y la muerte, en dónde todo le parecía mucho más real, en donde su existencia parecía mucho más verdadera. Se encontró de pronto en un lugar sombrío y lúgubre. Un campo de batalla. Cuerpos de soldados muertos por todas partes. Tropezaba con ellos mientras intentaba avanzar. Sentía frío, tenía los pies descalzos, helados y entumecidos. A lo lejos oía el atronador sonido de los cañones. Estaba solo, parecía ser el único sobreviviente. Se sentía aturdido, atemorizado y horrorizado. Intentó gritar, pero de sus labios solo salió un murmullo ininteligible. Llevaba una expresión de perplejidad y agitación en el rostro y respiraba con dificultad. Oyó una voz que flotaba hasta él, como si llegara desde muy lejos. Una voz que reconocería en cualquier parte. Repetía palabras que se habían pronunciado en otro lugar, en otro tiempo. Una voz que lo confortaba, que lo sosegaba. Era una voz sedosa, apacible y relajante. Se oía como un eco lejano, rebotaba en su mente como un recuerdo anhelado. Una calurosa noche de verano, en alguna orilla escondida del río Moscova, unos ojos verdes y brillantes, el pelo cobrizo que caía como cascada sobre su rostro. Gemidos y jadeos que parecían cada vez más cercanos. La voz tenía aquella entonación suave y exquisita que él amaba.

_Estoy feliz de tenerte en mi vida_ susurró la voz muy cerca de su oído.

El río Moscova desapareció detrás de una densa capa de niebla y de pronto se encontró en medio de una espesa floresta. Frunció el ceño intentado recordar donde estaba. Oyó unos pasos anhelantes que se acercaba y entonces recordó. El invernadero de su madre. Oyó de nuevo aquella voz

_No te preocupes de eso ahora_ al tiempo que sentía unas suaves caricias en su mejilla.

El invernadero desapareció como por arte de magia y ahora se hallaba de nuevo en el campo de batalla. Los estruendos de los cañones volvían a oírse amalgamado con la confusión y el tumulto.

_Aún no llegó tu hora_ dijo la voz.

“Estoy cansado, deseo dejar de resistir”, quiso decir él. Quería explicar a la voz, pero no podía articular palabra.

_Prométeme que vivirás tu vida_ susurró la voz.

Antes de que él pudiera pensar en responder, se hizo silencio. Los ecos se apagaron. Buscó con la mirada en todas direcciones, intentando hallar de nuevo aquella voz, pero no tuvo suerte. Después de algún tiempo volvió a avanzar a tientas a través del campo, con la misma sensación de pánico y pesadumbre. Vio soldados despellejados por el fuego y el calor, con los cuerpos destrozados. Más adelante algunos de ellos estaban desollados. La piel de sus brazos, arrancados desde los codos colgaban hasta la punta de los dedos, como si de un par de guantes se tratara. Intentó gritar, con la esperanza de que la voz regresara y lo sacara de aquel horrendo lugar, pero de sus labios solo brotó un sonido ahogado. La voz se oyó de nuevo pero muy débil, como si hablara desde otro lugar, desde otro tiempo, como si se redujera al eco de otro eco. Luego desapareció de nuevo. La sensación de soledad y desesperación se acrecentó en su espíritu. Ahora se hallaba completamente solo y debía atravesar aquel lúgubre y tenebroso campo de batalla. Empezó a pensar que todo aquello no era un sueño, ni una alucinación. Era como si hubiera entrado al infierno por algún misterioso y estrecho pasaje que unía el mundo de los muertos con el mundo de los vivos. Y no tenía idea hacia donde se dirigía. Los recuerdos regresaban, inquietantes y perturbadores. Parecían fantasmas vacilantes que lo atravesaban, se colocaban frente a él, lo rodeaban en una formación tétrica. Llenaban sus ojos de recuerdos del pasado. Había una lucha, un arma blanca y la herida zigzagueante en su rostro. ¿Quién lo había herido? No lo recordaba. Después vio fuego, una bola de fuego increíblemente calcinante que devoraba el bosque, los soldados gritaban y corrían despavoridos en todas direcciones, al tiempo que un violín zumbaba enajenado. Se vio a si mismo tendido en el suelo sosteniendo el guardapelo, esperando a que la muerte lo alcanzara al fin. Oyó la voz de nuevo, la voz que conocía tan bien.

_ ¡Levántate! _ lo apremió.

El campo de batalla se iluminó de pronto. Pensó que estaba en un sueño dentro de otro sueño. La luz se hizo tan fuerte que lo cegó por completo por unos instantes. Toda aquella experiencia resultaba demasiado delirante, demasiado onírica. La luz desapareció de pronto, dejando sólo un par de motas oscuras en su retina, las que desaparecieron poco después. El brillante color de la luz dio paso al color anaranjado del crepúsculo en una tarde tibia en Moscú. Ya no estaba en un campo de batalla, sino en una habitación de hotel, parecía que observaba a través de una película brumosa, algo así como si viera a través de una ventana sucia. Ahora oía de nuevo la voz, cerca, como si estuviera detrás suyo. Unas manos acariciaron su torso desnudo, mientras él entonaba “Enebro, enebro mío”.  Aquellas manos lo llenaron de dicha, de placidez. Giró sobre sus talones y vislumbró una silueta brillante, radiante, que al principio carecía de rostro, pero sabía perfectamente de quien se trataba. Se movía a su alrededor, se inclinaba sobre él. La silueta parecía un ángel, su propio ángel guardián. Su rostro empezó a aclararse lentamente. Vio a Tatiana que se inclinaba sobre él y susurraba con voz clara, al tiempo que le regalaba aquella sonrisa que él tanto amaba.

_Aún no es hora Alex. Aún te queda mucho por vivir.

Se alejó de pronto de espaldas sin dejar de sonreírle, como si flotara sobre la densa neblina de sus recuerdos. Enseguida vio a su padre, caminaba de un lado a otro molesto, colérico. Alexander le suplicaba que dejara todo y escapara a Francia. Su padre se negó rotundamente a hacerlo y declaró con vehemencia que no abandonaría sus posesiones a manos de unos viles extremistas. Vio otros rostros, oyó otras voces, que se aproximaban cada vez más. Ahora estaba en la casita en la que había pasado sus últimos días Tatiana. Aquel recuerdo lo consternó, lo llenó de desasosiego. Caminó con pasos lentos hacia la habitación. Sintió temor, vaciló un par de veces, su corazón latía con fuerza. Sintió que el sudor corría por su frente. Se detuvo frente a la puerta de la habitación, estaba a punto de abrirla. Pronto deseo dar media vuelta y echar a correr, evitar ver lo que con certeza encontraría detrás de aquella puerta. Quería internarse en la oscuridad en donde no veía, en donde no sentía nada. La oscuridad no era algo bueno, pero era mejor que aquella sensación de angustia, de aflicción y de pérdida inminente. Se volvió de espaldas, allí estaba la oscuridad absoluta. Negro, la ausencia de memoria, negro, el color del no querer recordar, el lugar que sospechaba era el olvido, la muerte. El lugar en el que estaba Tatiana. Pero aquello no tenía sentido, sabía que si empujaba la puerta hallaría a Tati con los ojos hundidos en sus cuencas, demacrada, agonizante. No comprendía porque debía rememorar los acontecimientos más dolorosos de su existencia. No entendía porque lo atormentaban como fantasmas diabólicos. La casa se desvaneció a su alrededor como si fuera el truco de un gran prestidigitador. De pronto se encontró de nuevo en el bosque acechado por los yaguaretés. En un abrir y cerrar de ojos se abalanzaron sobre él. Sintió de nuevo el dolor agudo de unos zarpazos, la tibieza de la sangre que se escurría de su cuerpo y el sabor metálico de la sangre en su boca. Deseó de nuevo estar muerto. Tatiana se materializó delante de él, sus ojos verdes brillaban y su pelo cobrizo parecía danzar alrededor de su rostro angelical. Llevaba un vestido blanco que parecía flotar en el aire. Levantó la mano como si intentara acariciarlo. El zafiro en su dedo emitió un destello.

_Esperaré por ti hasta que sea el momento, pero ahora debes regresar_ susurró mientras se inclinaba sobre él y lo besaba en los labios.

La sensación de desasosiego recrudeció más fuerte, más intensa, y estaba asociada con Tatiana, no quería que desapareciera, no quería volver a quedarse solo. Volvió a mirar el lugar oscuro, quiso internarse en él para evitar aquella sensación desesperante, pero el lugar oscuro había desaparecido, en su lugar veía una pared borrosa y gris. Trató de enfocar la mirada y descubrir algo más. Veía todo a través de una película algo brumosa. Intentó mover la cabeza a la izquierda, pero de inmediato sintió un agudo dolor en el pecho. Esto pareció despejar un poco su mente abotagada. Se llevó la mano derecha a los ojos y se los frotó un par de veces. Tanía la garganta seca y los labios cuarteados. Intentó humedecerse los labios con la lengua, pero también la tenía seca. Ajustó los ojos e intentó mover la cabeza de nuevo a la izquierda esperando sentir aquel lacerante dolor en el pecho. La tenue luz del amanecer apenas iluminaba la estancia. Observó una silueta desdibujada despatarrada en una silla de uno de los rincones de la habitación en donde se encontraba. Frunció el ceño intentando enfocar la vista. Segundos después, la silueta cobró forma y pudo ver a su hijo Iván. La lucidez pareció entrar en su mente como un torrente de agua helada. Estaba en su habitación, en la Casa Grande. Al volver en sí se sintió como si surgía de entre los escombros, destrozado y abatido. Dentro de él, bullía una mezcla de emociones de lo más extrañas: amor, desasosiego, desilusión, pesar, y la soledad profunda que sólo aquellos que han deseado la muerte y no la consiguieron conocen. Por alguna inexplicable y extraña razón seguía vivo, a pesar de su ferviente deseo de estar muerto. Algo, alguna fuerza sobrehumana que algunos llaman Dios había decidido seguir atormentándolo no sabía por cuánto tiempo más.

Destacada

Historias Entrelazadas (Fragmento)

Oberá, diciembre de 1934.

I

Alexander había encontrado una solución temporal para mantener alejado a Igor el mayor tiempo posible. Lo había conseguido transferirlo a otra hacienda muy distante para que trabajara como capataz mientras encontraba una solución permanente. La distancia lo mantendría alejado de Kataryna por un largo periodo. Igor aceptó el traslado con desconfianza, algo en su interior le seguía diciendo que Ivanov había echado el ojo a su esposa, y tal vez algo más, pero por el momento se conformó con el incentivo económico que recibiría. Aquel nuevo trabajo le ayudaría a ahorrar el dinero que necesitaba para pagar su pasaje de retorno a Ucrania.

Mientras tanto, los encuentros entre Alexander y Kataryna era mucho más constantes. A pesar de la serenidad y la quietud que Alexander experimentaba al lado de Kataryna aún pensaba en Tatiana casi a diario. Generalmente durante las largas horas vacías de la noche en que recordaba con exactitud las facciones de su rostro, los detalles de su piel y el sonido de su voz. Aún la amaba y tenía la certeza de que nunca dejaría de amarla. Aunque podía aprender a vivir con lo que experimentaba con Kataryna, tal vez no era feliz, pero se acercaba a ello.

Ahora que Igor había dejado de ser un problema, al menos de momento, había otra cosa que le preocupaba. Algunos de sus trabajadores habían manifestado haber oído lejanos rugidos y encontrado huellas de yaguareté[1] en el bosque, que se acercaban peligrosamente al ganado.

El felino, al que se le consideraba el rey de la selva sudamericana, se mantiene alejado de las poblaciones y evita a la gente, por lo que aquel comportamiento extraño alertó de inmediato a Alexander. El robusto animal era capaz de cazar al ganado y con sus fuertes mandíbulas podía arrastrar a un toro por varios metros.

Organizó una expedición, pensaba rastrear cada palmo del bosque, hasta dar caza al animal. Congregó a cuatro capataces de su total confianza entre los que se encontraba Juan, su mano derecha, además de dos indígenas familiarizados con los bosques y las costumbres de los Yaguaretés.

El primero de los hombres era corpulento y el abdomen se le escapaba por encima de la cinturilla de su bombacha de gaucho. Ancho de hombros y con unos brazos como troncos. Se estaba quedando calvo, pero se aseguraba de cubrir su cabeza con un sombrero. Tenía un aire lacónico que resultaba inquietante, mientras tomaba mate de un jarro enlosado.

El segundo, era delgado pero atlético y acababa de recortarse el bigote espeso y canoso. Parecía haberse peinado para atrás con una especie de gomina, dejando al descubierto su vasta frente. Llevaba unas gafas de montura negras y enormes, y al hablar le temblaban levemente los labios como si estuviera tiritando de frío.

El tercero, un hombre menudo y robusto provisto de una calva estilo franciscano y con un labio inferior que parecía estar anclado en una sonrisa extrañamente curvada, que le dotaba de una expresión algo amenazadora.

Los indígenas, no se diferenciaban mucho uno del otro, imberbes, altos con el pelo negro como la noche que le caían en cascada sobre los hombros, la piel cetrina y los ojos marrones muy expresivos. Cuando sonreían, lo cual resultaba ser muy frecuente, mostraban los dientes cariados, amarillentos y con protrusión. Uno de ellos respondía al nombre de Arapy[2], mientras que el segundo respondía al nombre de Vy’a [3]

Juan se caló el sombrero de cuero hasta las orejas cubriendo por completo su frente cetrina. Se ajustó el lente sin monturas sobre el puente de la nariz y se dispuso a cumplir las órdenes de Ivanov que en ese momento se hallaba repartiendo las armas sobre una deteriorada mesada de madera que otrora fuera utilizada para las faenas de vacunación del ganado. Debajo crecía hileras de malezas y hierbajos que acolchaban el suelo.

Cargaron en sus hombros cada uno con una escopeta, con excepción de los indígenas que prefirieron sus arcos y flechas. Alexander pensó que sería conveniente llevar también una pistola y que lo más adecuado sería llevarla en una pistolera. La verdad no le gustaba metérsela a la espalda bajo la cintura del pantalón, como si se tratara de un asaltante.

Los siete hombres salieron cuando la luz del sol había adquirido el tono delicado y encantadoramente anaranjado de un esplendoroso amanecer de verano. Siguieron las pistas dejadas por el animal hasta el sitio en donde se alzaba la valla coronada de alambre de púas que delimitaba la propiedad. A lo largo de la valla, se sucedían postes a intervalos de unos tres metros. Alexander observó con profunda preocupación, las huellas que demostraban que el animal había estado merodeando, acechando al ganado con la intensión de cazar.

Los indígenas señalaron el camino que debían seguir y se pusieron en marcha poco después sorteando las altas hierbas a punta de machetazos. Vy’a y Arapy habían adquirido un estilo de rastreo escrupuloso, pero a la vez fastidioso, que los obligaba a detenerse constantemente analizando las ramas rotas y la hierba aplastada.

Dispuestos en fila india, con Vy’a y Arapy a la cabeza, le seguía el hombre de la sonrisa curvada. El cuarto en la fila era el de los brazos como troncos, le seguía el de aspecto atlético. Cerraban la fila en la retaguardia, Juan y por último Ivanov.

Se internaron en la espesura por un estrecho pasaje que los grandes árboles bordeaban, formando un increíble túnel natural apenas penetrable. La luz del sol atravesaba escasamente el verde techo de hojas de luminosidad tan viva, de colores tan puros y realzados. El serpenteante y enmarañado sendero iba subiendo una cuesta poco elevada al igual que el calor de la media mañana. Sendero invisible a los ojos poco adiestrados de los inmigrantes, pero que los indígenas reconocían fácilmente.

La verde penumbra era alegrada por el gorjeo de los pájaros, mientras los hombres aspiraban con fuerza el aroma de la tierra húmeda y del vibrante bosque atraída por la brisa intensa arrojada por la vegetación, olvidándose por unos segundos lo que los había llevado hasta allí.

Pasaron un par de veces junto a acumulaciones de ramas, y troncos caídos. Al parecer algún grupo de taladores ilegales había estado haciendo de la suyas por aquella parte del bosque y tuvieron que abandonar la madera apresuradamente. Quizás porque estuvieron a punto de ser descubiertos. Alexander sospechó que la deforestación podría haber empujado al Yaguareté a acercarse a la hacienda y sus alrededores en busca de alimento.

El sol, que ahora brillaba con voracidad entre el follaje colgante, evaporaba la humedad, se bosquejaba como uno de los días más cálidos y sofocantes de todo el verano.

Juan escudriñó entre los arbustos y los tronco caídos en busca de alguna pista que los llevara a los responsables. El sudor se les resbalaba por la cara y el cuello y le ardían los ojos. Se sacó las gafas y se pasó la manga de la camisa por el rostro en un intento por eliminar el sudor. Segundos después volvió a colocarse las gafas ajustándoselas sobre el puente de la nariz. Acto seguido, se acercó a una maraña de arbustos bastante espesa cuando un brillo peculiar llamó su atención. Su sombra se arrojó sobre las marañas de árboles caídos salpicados por las hojas. Se agachó y escarbó debajo de los arbustos. Enseguida se incorporó con un objeto metálico en la mano. Se acercó a Ivanov extendiendo la mano para que observara lo que sostenía.

Alexander frunció el ceño al mismo tiempo que toma un encendedor yesquero muy peculiar de la mano de Juan, era circular con grabados en forma de caracol en la parte frontal, cuyo combustible era la bencina, además sabía perfectamente a quien pertenecía.

_Al parecer Wozniak el polaco y sus hijos estuvieron por aquí_ dijo acariciando la particular pieza de plata.

El de la calva estilo monje se acercó de inmediato, le siguieron de cerca el corpulento y el de porte delgado pero atlético. Los indígenas decidieron inspeccionar los rastros que el animal había dejado cerca. Por el aspecto de las heces, el yaguareté había estado en aquel lugar hacía unas dos horas.

_Tendremos que ocuparnos de los Wozniak, o terminarán taladrando todo el bosque_ dijo el del porte atlético.

_Me gustaría ocuparme personalmente de ello_ dijo Juan con aire decidido.

Alexander vaciló por unos segundos, pensó que debía ocuparse personalmente de ese problema, pero luego decidió que Juan era perfectamente capaz de hacerlo por sí mismo. Asintió con un vaivén de la cabeza y le entregó el encendedor que le serviría de prueba.

Alexander confiaba plenamente en Juan, lo conocía desde que era niño y lo había educado e instruido personalmente. Lo quería como a un hijo. Tal vez mucho más según decía Galina.

 Juan agradeció con una significativa mirada la confianza que Ivanov depositaba en él. Respetaba y admiraba profundamente a Alexander, le recordaba a su amado padre quien había fallecido cuando él era apenas un niño.

El recuerdo de su padre le produjo a Juan un sentimiento de tristeza y soledad que intentó alejarlo de inmediato, no era momento de recordar aquella etapa desdichada de su vida. Intentó concentrarse en el bosque y sus sonidos.

La madre de Juan murió el mismo día de su nacimiento, por lo que fue criado por su padre, un obrero del puerto de Buenos Aires. Vivían en una casita de fachada estrecha y ventanas protegidas por barrotes verdes olivo. La puerta estaba reforzada con planchas de hierro y varios cerrojos, para resguardarse de los ladrones que pululaban como moscas. La casa tenía una apariencia de lúgubre fortificación militar, pero de todas formas amaba aquel lugar en donde había pasado su tierna infancia. Pero cuando apenas contaba con siete años la vida volvía a ensañarse con él. Su padre contrajo una enfermedad que lo postró en cama lo que obligó a Juan a dejar la escuela para cuidarlo y ocuparse de la casa. La enfermedad fue larga y dolorosa, durante aquellos años subsistieron solo gracias a la misericordia de los amigos incondicionales de su padre. Cuando le dio cristiana sepultura, gracias a la caridad de la iglesia, se quedó completamente solo y sin un centavo en el bolsillo, ya que su padre había adquirido una fuerte deuda, que el banco se encargaría de cobrarle. Una mañana cuando aún el cuerpo de su padre no había terminado de enfriarse en su tumba, recibió unos documentos. Con un temor que consideró después completamente premonitorio, desplegó el amarillento papel, vaciló por un momento y después recorrió la elegante caligrafía con los dedos como si de un ciego leyendo braille se tratara. Desde luego no tenía la menor idea de lo que significaba. Dos días después lo desalojaron de la que había sido hasta ese momento su casa.  Contaba solamente con diez años. Empezó a vagabundear por los mercados y por los alrededores del puerto. Los amigos de su padre se habían mudado o habían muerto y no deseaba estar bajo la tutela de la iglesia o del estado. Se las arreglaba para salir huyendo cuando veía algún curita insistente o a algún agente del gobierno, aunque cada vez eran menos frecuentes. Dormía en los parques cuando el buen clima se lo permitía o aguardaba a que algún guardia portuario se quedara dormido en los días de frío o lluvia para escabullirse dentro del puerto y dormir bajo el amplio tinglado que servía de recepción a los pasajeros de los barcos que salían o llegaban a la ciudad. Estaba acostumbrado a observar todo tipo de gente que desembarcaban de aquellos barcos, aventureros, reales barones, pero también apócrifos, profesores, profesionales y militares, famosas bailarinas de valet y condesas. Su padre le decía que algunas de las que llegaron durante la primera guerra hacían espionajes, algunas voluntariamente otras no tanto. De la forma que fuera, no tenía idea de cómo se las había arreglado para no formar parte de alguna banda de ladronzuelos o estar bajo la tutela de algún estafador que utilizaba niños para engañar a la gente y vaciarles los bolsillos. Alexander lo halló pidiendo limosnas, que era lo que frecuentemente hacía para poder llevarse algo a la boca, en una esquina del puerto. Se veía sucio y harapiento. Lo invitó a comer y se ganó la confianza del atemorizado y huidizo jovencito que no llegaba a cumplir los once años. Luego de interiorizarse de su situación y de asegurarse de que no tuviera algún pariente que lo reclamara, lo llevó a su hacienda, le enseñó a leer y escribir, lo educó, le enseñó todo lo que sabía sobre la hacienda y su administración. Alexander le había dado rumbo a su vida y le estaría completamente agradecido por el resto de sus días.

Ahora en medio de aquel vasto y salvaje bosque obtenía una vez más la confianza del hombre que probablemente le había salvado la vida. No lo defraudaría.

Dejaron atrás los troncos caídos y avanzaron a tientas internándose en el espeso bosque que volvía a levantarse delante de ellos. A eso del mediodía se encontraban agotados y muy hambrientos para seguir. Se detuvieron debajo de unos árboles sobre los que se retorcían como tentáculos unas danzantes ramas. El aire era insanamente sofocante, Alexander recostó la espalda contra el tronco de un árbol, echó la cabeza hacia atrás y se pasó la mano por el pelo. Llevó la otra a la nuca y se secó parte del sudor acumulado en ella. Lo vencía el cansancio. Intentar pensar en aquellas circunstancias era como tratar de ver a través de un cristal cubierto de polvo.

Juan se sentó frente a él y levantó su mirada hacia el techo verde sobre su cabeza, el sol del mediodía que se escurría a través de las hojas se reflejó en los cristales de sus gafas. Sintió una suave punzada en los ojos y se quitó los lentes de inmediato. Se los guardó en los bolsillos de la camisa y se frotó los ojos cansados.

Los demás hombres hicieron lo propio, acomodándose en donde mejor les parecía, aguardaban que el sol se apiadara de ellos y se encondiera detrás de alguna nube.

El hombre con el pelo engominado luchaba con los mechones desordenados de su cabello. Al parecer la laca había perdido sus propiedades adherentes y ahora el indomable pelo caía alrededor de su cuello y sus ojos en forma apelmazada y desordenada. Se quedó dormido poco después con los bazos cruzados sobre su pecho y las piernas extendidas. No tardó mucho en empezar a roncar con un resuello rítmico y sonoro. Sus compañeros pensaron que aquellos resoplidos harían huir a cualquier animal que se encontrara a veinte metros a la redonda incluido al yaguareté que buscaban afanosamente. Minutos después, sobresaltó a todos cuando dejó escapar una sucesión de gritos agudos y palpitantes, al tiempo que se sacudía a manotazos centenares de hormigas que deambulaban por su cuerpo, a medio camino entre la confusión y la consternación.

Los rostros de sus compañeros mostraron primero estupefacción e incredulidad, luego se echaron a reír de buena gana. El hombre de la gomina no mostró miedo, solo cierta concentración colérica.

Poco después de que el hombre de la gomina eliminara por completo a sus indeseables visitantes, Alexander se puso a la cabecera y enfiló por un estrecho sendero, por donde avanzaron despacio entre los árboles. Una brisa sorprendentemente cálida le alborotó el cabello y una desagradable sensación le recorrió la espina. Tuvo el presentimiento de que algo malo pasaría, pero desechó aquella idea de su cabeza de inmediato. No era momento para vacilaciones y malos augurios. Necesitaba estar en completo dominio de la situación.

Empezaron a subir un cerro siguiendo un sendero casi invisible, cubierto por una intrincada maraña de vegetación de cocoteros, guayabas e yvapurũs[4] que cubrían sus tortuosos troncos de escasas ramas de frutos morados y negros, como si de tumores cancerosos se trataran. Más su pulpa blanca, jugosa y agridulce era el deleite de todo aventurero. Sumergidos por los matorrales se abrían paso siempre al filo de los machetes.

Vy’a detuvo a Ivanov sujetándolo de uno de sus hombros y le hizo un gesto con la mano. Un animal de regular tamaño avanzaba vertiginosamente entre los árboles. Por el sonido que producía al desplazarse era lo bastante grande para ser el yaguareté. Todos sus sentidos se pusieron en alerta y se agazaparon en segundos blandiendo sus armas. Vy’a sacudió la cabeza al mismo tiempo que pronunciaba solo una palabra.

_ Ndaha’ei[5]

Alexander pensó que Vy’a tenía razón, las pisadas del animal no correspondían al del yaguareté, siempre sigiloso y solapado, asechando, esperando el momento adecuado para atacar a su presa. Probablemente se trataba de algún mboreví[6] o un taguá[7]

Vy’a y su compañero tomaron de nuevo la cabecera y avanzaron en silencio concentrados en los sonidos que producía el bosque.

Arapy señaló de pronto una zona de hierba alta y arbustos frente a él. Levantó la mirada desde el lecho de hierba enmarañado y compacto. El yaguareté había estado allí hacía poco tiempo.

Vy’a se sentó en cuclillas y examinó el lecho de hierbas compactada. Al parecer había utilizado ese pequeño espacio para descansar, del mismo modo que lo habían hecho sus cazadores hacía apenas unas horas atrás.

Se pusieron de nuevo en marcha de inmediato, necesitaban moverse con mayor rapidez para aprovechar las pocas horas de luz que les quedaba. El sudor pegajoso en las axilas era desagradable e incómodo. Les goteaba por la frente y se les resbalaba por la mejilla para caer finalmente de la barbilla al pecho. Era un sudor irritante provocado por el cansancio y el aire húmedo y caliente.

Media hora más tarde, Vy’a se detuvo frente a un matorral de arbustos y les indicó mediante señas de que lo rodearan. Los hombres asintieron y se desviaron hacia la derecha. A la izquierda, en una rama baja, una enorme serpiente de cascabel se hallaba enroscada y suspendida. Medía casi dos metros, de cuerpo castaño grisáceo y vientre amarillo, los asechaba con sus ojos color ámbar con las pupilas negras como oscuras grietas, agitando amenazante el cascabel de su cola. Los listones de su lengua hendida emergieron de su boca, sacudiéndose en el aire, para luego desaparecer emitiendo un sonido inquietante.

La tarde trajo consigo una brisa algo más fresca y relajante que secó el sudor de sus cuerpos. A lo lejos se oía un sonido, una especie de murmullo, como el del viento sobre la copa de los árboles. La maraña de arbustos y hierbas era tan espesa que por un momento pensaron que no podrían seguir avanzando, pero cuando lograron abrirse paso se hallaron frente a una quebrada poco profunda, en cuyo fondo corría un angosto arroyo. Habían transitado por una vasta extensión de tierra salvaje durante todo el día, un territorio que podía compararse con una gran carpa verde oscura que se confundía con el negro. Más una rajadura la atravesaba, como si una navaja la hubiera surcado para revelar un cristalino forro debajo de ella.  Helechos de todas clases y tamaños crecían alrededor del arroyo. Se detuvieron por unos segundos, el aire que los envolvía estaba cargado de sonidos de la selva: pájaros que gorgoteaban preparándose para la noche, el lejano chirrido de las cigarras, el rumor del arroyo frente a ellos. El sol se escondía por el oeste y proyectaba sus rayos sobre el cuerpo de agua. Las tonalidades verde amarillentas se iban oscureciendo, pasando por el verde esmeralda y el verde oscuro que anunciaba la inminente noche veraniega.

Vy’a no necesitó de muchas palabras para explicar que el animal había cruzado a la otra orilla. Debían buscar un lugar seguro para vadear el arroyo. No había sendero, y el espacio entre el bosque y el arroyo era tan estrecho y con cierta inquietante pendiente, tanto que, tuvieron que sujetar sus armas a sus espaldas y caminar de costado sosteniéndose a las ramas de los árboles para no caer al agua. Se detuvieron cuando no podían seguir andando. No había forma de retroceder. Vy’a lo pensó por un par de segundos y se metió al agua. Los demás lo siguieron de cerca. A pesar de que la noche caía sobre ellos, la frescura del agua les supuso un alivio.

Cuando estuvieron del otro lado, se ayudaron de las ramas del bosque para salir del cauce. Los indígenas intentaron seguir la pista del animal, pero el sol estaba a punto de desaparecer detrás de la copa de los árboles y la noche se cerniría sobre ellos como un manto oscuro, incierto y sombrío.

 El arroyo reflejaba la luz ondulada de las estrellas y la luna llena cuando encendieron sus linternas. Serpenteantes, ondularon y parecieron rociar la superficie del agua como si el artista del universo decidiera pintar las ondulantes corrientes con luces eternas.

Volvieron a internarse en el bosque alumbrando el tortuoso camino con sus linternas hasta que llegaron hasta un pequeño risco.

Alexander Ivanov y su grupo descendieron por la peña en forma de resbaladera hasta una explanada que probablemente se había formado hacía miles de años atrás. Les pareció sorprendente, ya que todo a su alrededor estaba cubierto por el denso bosque con aquella rocosa excepción. Algo parecido a un gran lunar en el medio de la vasta selva.

Vy’a indicó que estaban en el lugar correcto y les advirtió que el animal podía estar asechándolos. Blandieron sus armas se concentraron en los sonidos de la noche.

El yaguareté agazapado, los asechaba desde la oscura espesura, con aquella capacidad que tienen los felinos para controlar, aún en la oscuridad, los movimientos más sutiles de su presa, para advertir ruidos que para cualquiera pueden pasar desapercibidos, para calcular el indicio de actividad más ligera del enemigo. Extendió sus formidables garras y reptó sobre su vientre sigiloso.

Ivanov se quedó solo frente a la explanada, de espalda a la peña. Oyó que algo se movía entre las hojas de los árboles e intentó alertar a los demás hombres, pero ya era tarde, estaban fuera del alcance del haz de su linterna.

El yaguareté gruñó, el característico sonido del flemático desgarre del satén. Enseguida, lo vio salir de entre la tupida vegetación, supo de inmediato que se trataba de una hembra. El animal lo observó amenazante, el haz de luz de la linterna sobre sus ojos lo obligó a emitir otro gruñido irritado.

A Alexander le martillaban los oídos por la adrenalina. Respiraba entrecortadamente bocanadas aceleradas y superficiales de aire. Pensó en apagar la linterna, pero al parecer mantenía al animal a raya. Volvió su rostro consternado y los ojos desorbitados hacia el lugar por donde se habían alejado los demás hombres, pero no encontró nada. Sintió crecer en su estómago el miedo y el aturdimiento. Sostuvo la linterna por debajo del cañón de la escopeta y la apuntó. Vaciló por unos segundos y disparó. No hubo ningún atronador sonido, solo el clic que produjo el gatillo al jalarlo. No se atrevió a moverse, se hallaba petrificado mientras su cerebro ideaba alguna manera de escape.

A sus espaldas oyó un irritado rugido, pero no intentó voltearse, sabía perfectamente de que se trataba, otro yaguareté, probablemente un macho que lo acechaba desde la cumbre de la peña.

Cuando el ser humano presagia la llegada del peligro, se adueñan los cambios fisiológicos en su cuerpo. La adrenalina inunda la corteza cerebral, se precipita el ritmo cardiaco y el cerebro ordena la más antigua de las decisiones innatas, presentar resistencia.

Alexander se sintió de pronto indefenso, impotente y a la vez estúpido por no haber comprobado el funcionamiento de su arma antes de salir de la hacienda. El corazón le martillaba en la garganta, el vello de la nuca se le había erizado, la frente y los brazos estaban llenos de un sudor frío y penetrante. El miedo hizo presa de él, un miedo sofocante y cálido como aquel implacable día de verano. Un miedo solo comparable a las más cruentas batallas de las que había formado parte.

La hembra se acercó a él lentamente, acechándolo, emitió un gruñido y exhibió los filosos dientes amarillos. Jamás se había sentido tan asustado en toda su vida, pero descubrió que el primer paso era el más difícil. Una vez que consiguiera vencer la parálisis de su cuerpo, el miedo ya no tendría importancia. Después de todo, lo peor que podía pasarle era terminar destrozado por las garras y los colmillos de aquel animal. Y la muerte acabaría con aquella interminable sensación de que en su mente se desarrollaba una perpetua tempestad.

A pesar de tener la certeza de que a sus espaldas tenía al macho listo para lanzarse sobre él, Ivanov retrocedió dos pasos hacia la pared. Los animales lo tenían acorralado. Soltó la linterna sobre la esplana que emitió un sonido hueco y osciló iluminando intermitentemente a la hembra y a la oscura espesura a su alrededor. Giró la escopeta lentamente y la sostuvo del cañón. Sino podía disparar con ella la utilizaría para golpear al animal con la culata. Miró con ojos desorbitados primero a la hembra, y luego sobre su hombro al macho. Intentó dilucidar cual debía ser su siguiente movimiento. Movió los ojos a su izquierda y con voz enérgica, desesperada gritó en su nativo ruso al tiempo que hizo el intento de correr hacia el bosque.

_Oni zagnali menva v ugo![8]

Pero la hembra le cerró el paso acorralándolo. Se hallaba a menos de dos metros de Alexander, con las patas flexionadas lista para atacarlo.

El de la calva estilo monje, el de la complexión atlética y Juan llegaron en pocos segundos y se quedaron petrificados, contemplando la perturbadora situación, tan atentamente como si de espectadores de teatro se trataran.

En aquel momento pareció que todo se desenvolvió en ralentí, más todo ocurrió en unos pocos segundos.

Soltaron las linternas que zigzaguearon en el suelo acompañando a la de Alexander, se asemejaron a reflectores en un escenario, iluminado a los personajes de una obra teatral aterradoramente dramática. Juan empuñó su escopeta con manos temblorosas, con una rodilla apoyada en el suelo entre la alta hierba que lo rodeaba. Aquella posición lo hacía mucho más vulnerable frente al agresor, pero aquello ni siquiera se le pasó por la cabeza. Se oía con espeluznante claridad, la hierba murmurando con sequedad al rozar contra la brillante piel del animal al moverse despacio acorralando cada vez más a su presa. Alexander oyó las escopetas bramando una tras otra con un sonido metálico y mortífero. Los tres hombres habían apuntado a la hembra sin percatarse de que el macho se encontraba en la cima de la peña a punto de atacar a Ivanov.

Solo uno de los disparos hirió a la hembra en el lomo, dejó escapar un agudo e inquietante chillido de sorpresa y dolor e inclinó la cabeza hacia adelante. Se dispuso a atacar a los hombres, olvidándose por completo de Ivanov. Se oyeron una salva de disparos y la hembra cayó abatida de lado con la cabeza destrozada a centímetros del hombre de la calva estilo monje que observó al animal con ojos desorbitados por el miedo, las piernas le temblaban, las sentía débiles como si fueran de caucho. El pelo de la nuca humeando y el olor a pelos chamuscados le revolvió el estómago.

La cola se movió un par de veces y el de la calva estilo monje descargó otro tiro más para cerciorarse de que en verdad estuviera muerta. El animal convulsionó en el suelo por última vez y luego quedó inmóvil.

Hubo un momento de silencio seguido de un gruñido, los cuatro hombres levantaron la mirada atónitos. El animal que coronaba la peña se abalanzó sobre Ivanov con una potencia arrolladora, al tiempo que a Alexander se le escurría la escopeta de las manos y se cubría el rostro con sus brazos, en una especie de improvisado escudo. El felino se encaramó sobre las patas traseras, presionando las delanteras sobre el pecho de Ivanov.

 Alexander sintió un abrazador dolor en el costado derecho, en donde las zarpas del animal lo habían alcanzado. Cayó de espaldas en el suelo con el animal atenazándole el cuerpo y aplastándole los pulmones. Sintió un golpe seco en la frente, que quedó eclipsado por otro dolor atroz, profundo y lacerante, esta vez en el muslo izquierdo. De sus labios escapó un graznido ahogado. Al mismo tiempo, los colmillos del animal buscaban desgarrar su cuello. Sin embargo, mantenía los brazos cruzados sobre su rostro, los codos y los antebrazos sobre el torso del animal.

Los colmillos alcanzaron su brazo izquierdo hundiéndoselos en la piel. Alexander sintió un dolor ardiente, palpitante y terrible de músculos desgarrados. El animal le asestó otro zarpazo que desgarró la camisa, luego la piel, después la carne de su pecho. A pesar de esto, siguió protegiéndose del felino con los brazos cruzados sobre el pecho. Las garras del animal se habían clavado profundamente en el cuerpo de Alexander, Juan vio manchas rojas extendiéndose por debajo de lo que quedaba de la camisa. El animal agitaba violentamente el rabo.

Juan, con ojos alucinados observó la escena de pesadilla a través de sus absurdas gafas sin montura, que en aquel momento parecían completamente inapropiadas. Se dirigió a los hombres gritando con voz ronca y aterrada.

_ ¡Disparen, disparen ahora!

Juan giró un poco la cabeza y apretó el gatillo. Los disparos sonaron atronadores y terroríficos. Una de las balas pasó silbando muy cerca de la oreja izquierda de Ivanov, dos de ellas terminaron levantando esquirlas de roca, otra rozó al animal en la piel salpicada de rosetas causándole una hendidura extensa pero poco profunda, que lejos de disuadir al animal parecían estimularlo en su ataque.

La sangre proveniente de la herida del costado derecho de Alexander sangraba profusamente. Sentía un dolor sordo y profundo en la herida de la pierna derecha.

Los demás hombres, alertados por los gritos de Alexander, emergieron del bosque blandiendo sus escopetas.

Alexander respiraba con dificultad, jadeaba en busca de aire. Tenía que hacer algo, porque de lo contrario le quedarían pocos segundos de vida. De pronto recordó, la pistola sujeta a su cintura. Pero ¿cómo haría para sacarla de la pistolera sin que el animal le desgarrara el cuello? Necesitaba alejar los colmillos de su rostro si quería tener una oportunidad.  Echó la cabeza hacia un lado y forcejeó con él. Intentó arrojarlo a un lado, pero el animal seguía aferrado a él. Parecían interpretar una perversa y aturdida danza. Empujó el hocico del animal con sus manos y con la pierna sana presionó el abdomen del animal. Un dolor profundo y palpitante le subió por el muslo herido, pensó que terminaría perdiendo el conocimiento antes de alcanzar el revolver.

Los hombres se prepararon para volver a disparar, pero temían herir a Alexander. Juan apuntó la linterna junto con su arma contra el animal, sus brazos le temblaban ligeramente. Se oyó un disparo. El animal emitió un gruñido, era una mezcla entre confusión y dolor. La cabeza del yaguareté se sacudió hacia atrás, apartándose de la garganta de Ivanov, sus dientes brillaron como si se trataran de preciosas perlas.  El disparo de Juan le había herido en uno de los cuartos traseros. Alexander no desaprovechó el momento, tanteó la pistolera con la mano derecha, estuvo a punto de asirla un par de veces, pero la sangre que se escurría de la herida le dificultaba la operación. Lo intentó una vez más y al fin se hizo con ella. La extrajo con mucha dificultad, el peso del animal era apenas soportable, amenaza con romper sus costillas en cualquier momento y asfixiarlo. Blandió el arma y sujetó el cañón contra el estómago del yaguareté y disparó dos veces. El animal lanzó un bramido agónico y desgarrador antes de caer inerte sobre Alexander que pugnó por deshacerse del espantoso y sofocante peso. Los hombres se acercaron de inmediato y lo liberaron.

Alexander rodó de lado como si aun sintiera el peso del animal sobre su cuerpo. Lanzó una exhalación profunda y resonante al tiempo que se llevaba la mano al pecho húmedo en donde se mezclaban su sangre y la sangre de su agresor. Su cuerpo parecía nadar en un inmenso charco escarlata. Encontró lo que buscaba, el relicario, lo sujetó entre sus dedos y pensó que el fin estaba cerca. Las patas del animal se movieron espasmódicamente unos segundos más y luego se detuvieron para siempre.

Los hombres contemplaron la electrificante escena, con ojos desorbitados. Habían presenciado acontecimientos espeluznantes durante sus vidas, pero aquello sobrepasaba por completo todos ellos. 

Juan fue el primero en auscultar el cuerpo de Ivanov. Terminó por desgarrar la camisa y la pernera del pantalón.  Las heridas sangraban profusamente y temieron que terminara desangrado. Presentaba, además, el lado izquierdo de la cara ensangrentado, en donde empezaba a formársele una contusión morada en los contornos de una fisura abierta por encima de la ceja izquierda. Al parecer el golpe que sintió al caer al piso había sido en realidad un zarpazo del animal.

Alexander emitía gruñidos amortiguados cada vez que respiraba. Sus brazos se agitaban como si una corriente eléctrica circulara a través de ellos. Notó, que la adrenalina desaparecía y que un agotamiento generalizado se apoderaba de él, paralizándole primeros las piernas y los brazos para después hacer mella en su mente. Primero vio todo a través de una nube de niebla opaca. Luego, la nube se convirtió en puntos negros flotando delante de sus ojos.  El mundo comenzó a oscurecerse y alejarse como si de un navegante solitario penetrando en las tinieblas se tratara.  Su mente adormilada empezó a desviarse de la realidad. Sus ojos se veían enrojecidos y vidriosos, sus labios pálidos y temblorosos. Era como si su cuerpo se apagara poco a poco, arrullado por una fuerza invisible que lo incitaba a dormir. Intentó decir algo, emitió un balbuceo ahogado e ininteligible. La última sensación consciente que experimentó fue calor en la parte superior del cuerpo mientras que se desangraba, en la parte inferior cuando no pudo reprimir el contenido de su vejiga. Enseguida, la oscuridad devoró el universo, Alexander se zambulló en ella y desapareció.

En los minutos que siguieron a la pérdida de conocimiento albergó pensamientos gélidos, deprimentes y desalentadores, en aquella zona de penumbra existente entre la mente consciente y el subconsciente.


[1] Yaguareté:  del guaraní “Yaguar” que significa fiera y “ete” que significa verdadero. En español jaguar. Es el mayor felino de América.

[2] Arapy: Universo en guaraní.

[3] Vy’a: Alegría en guaraní

[4] Yvapurũ: Jaboticaba árbol nativo del Norte de Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia Oriental.

[5] Ndaha’ei: no es, en guaraní.

[6] Mboreví: Tapir, en guaraní.

[7] Taguá: Especie de cerdo salvaje.

[8] ¡Me tienen acorralado!

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CASA 110 (fragmento final)

IV

Las cosas habían vuelto a la normalidad después de aquel sueño, los acontecimientos que habían mantenido en vilo a Laura terminaron tal solo un mes atrás, luego de que descubriera el motivo que llevó al demente de Williams a asesinar a Kuntur y a su esposa Linda. Pero los recordaba en forma difusa, como si mirara a través de un enorme colchón de nubes, como si solo fueran parte de los recuerdos de alguien más. Tal y como Alejandro le asegurara, John no intentó vengarse cuando Laura descubrió todo y lo hizo público.

Terminó de arreglarse frente al espejo, sonrió al ver su reflejo, relajado, confiado, sus ojos brillaban. No recordaba haberse visto tan bien desde hace mucho tiempo. Salió del cuarto de baño y buscó su abrigo en el closet.

Era la primera vez que asistiría a una fiesta desde que empezara a trabajar en La Oroya. Había que celebrar, al fin el complejo operaba al cien por ciento de su capacidad y la ciudad empezaba a sentir los efectos positivos de la reactivación. Fue un proceso largo y difícil que llevó casi cuatro años, pero que al fin se hacía realidad.

Alejandro se ofreció a llevarla en el Corolla, pero ella declinó el ofrecimiento, prefería caminar los doscientos metros que separaban a su casa del Club el Golf. Caminó despacio, sin prisas ya que llevaba tacones y hacía tiempo había perdido la costumbre de caminar con ellos. Aspiró el aire fresco de la noche y observó las estrellas sobre su cabeza y cuando estuvo frente a la casa 110, se detuvo unos minutos recordando a Melinda.

Nunca la olvidaría, nunca se acostumbraría a que ya no estaba, pero al menos tenía un cierre en aquel capítulo difícil de su vida y ahora iniciaba otro, llena de desbordantes expectativas.

 Llegó al puente, lo cruzó observando debajo de sus pies las turbulentas aguas del río Mantaro, y cuando ingresó por la puerta del Club, su corazón no pudo evitar latir con fuerza. No recordó muy bien quien la recibió, ni quien tomó su abrigo, solo se vio caminando despacio, internándose en el salón y buscando ávida con la mirada. Se detuvo cuando lo vio de espaldas conversando con algunos compañeros de trabajo.

 De pronto, lo vio voltearse sobre sus talones como si presintiera su presencia. Cuando la vio, con aquel vestido verde como el color de sus ojos, le dedicó una sonrisa encantadora. Ella le devolvió la sonrisa y tuvo una sensación muy intensa de dejavú. Caminaron uno al encuentro del otro, y mientras lo hacían, ella recordó la escena, recordó el sueño, pero esta vez, Alejandro no se desvaneció, se acercó a ella y le tendió la mano. Ella se la tomó con los ojos brillantes y la mejor de sus sonrisas.

_ ¡Te ves increíble! _ dijo él con aquella media sonrisa que hacía latir deprisa el corazón de Laura.

_Tu tampoco estás nada mal_ dijo mordiéndose el labio inferior inconscientemente.

Alejandro se quedó mirándola extasiado por unos segundos.

_ ¿Estás segura de que vienes sola? _ preguntó con una sonrisa juguetona_ no quisiste que te trajera y te ves hermosa.

Ella le regaló una sonrisa paralizadora. Alejandro no pudo evitar dedicarle toda su atención.

_En realidad, estoy acompañada_ dijo ella enarcando la ceja izquierda.

El abogado la miró aturdido. Ella se echó a reír al ver su expresión.

_Estoy en tu compañía_ aclaró y los ojos le brillaron.

Alejandro la miró con ojos profundos y le acarició la mejilla suavemente. De inmediato, se percató que se encontraban a la vista de todo el mundo.

_ ¿Te gustaría salir al jardín un rato? _ preguntó el abogado.

Ella asintió.

El abogado situó su mano derecha en la parte baja de la espalda de Laura y la guio hasta la puerta que daba al patio. Caminaron en silencio, conscientes de que las cosas estaban a punto de cambiar entre ellos.

_Hace frío_ dijo él cuando estuvieron fuera, mientras se sacaba el saco y se lo ofrecía a Laura.

_No tengo frío_ dijo ella y era verdad, tenía las mejillas rojas y calientes.

Su corazón latía tan rápido y se encargaba de que la sangre calentara todo su cuerpo.

Alejandro cubrió los hombros de la psicóloga con su saco y la acercó a él, observando su reacción. Ella no pareció inquietarse y eso lo relajó.

_Todos están muy entretenidos allí dentro_ dijo Alejandro.

_Es comprensible, es la primera fiesta que organiza la empresa y todos han contribuido para que al fin se reactive por completo el complejo.

Alejandro asintió, Laura pudo notar el brillo de orgullo en sus ojos.

_ ¿Qué dijo tu padre? ¿Ha cambiado de parecer con respecto a tu trabajo? _ inquirió ella.

_Umm creo que empieza a aceptarlo y a respetarme por ello_ dijo el abogado.

_Sabía que solo era cuestión de tiempo_ dijo ella.

Ambos sonrieron y se quedaron de pronto en silencio, mirándose a los ojos, como esperando el siguiente paso.

_Se que te lo he dicho varias veces, pero necesito decírtelo de nuevo_ dijo ella poco después.

Alejandro la miró intrigado.

_Quiero agradecerte por todo lo que hiciste por mí, por el tiempo que me dedicaste, por la paciencia que tuviste conmigo. Sin ti, nunca lo hubiese logrado, tal vez estaría en un manicomio ahora_ dijo con una risita nerviosa.

_No tienes que agradecérmelo. En más de una oportunidad te dije que estaba dispuesto a hacer lo que sea por ti_ dijo él y la miró primero a los ojos y luego a los labios y de nuevo a los ojos.

Laura emitió un pesado suspiro. Alejandro la acercó un poco más a él. Levantó la mano y acarició su rostro, observando sus suaves rasgos y sintiendo su cálida piel.

_Creo que he hecho de todo para que te dieras cuenta de lo que siento por ti_ dijo_ me queda solo una cosa por hacer.

Laura separó los labios, su corazón le latía en la garganta, sentía mariposas en el estómago. Alejandro no estaba mejor. Trató de leer en los ojos de ella, trató de encontrar una respuesta, pero se dijo a si mismo que solo la obtendría cuando se decidiera a dar el siguiente paso. Inclinó su rostro muy cerca al de ella, la miró con deseo y la besó en los labios suavemente. Laura cerró los ojos y se dejó llevar, emitiendo un gemido bajo y dulce.

Alejandro se separó un poco de ella, la miró a los ojos y obtuvo la respuesta que estaba esperando. La siguiente vez que los labios de Alejandro tocaron los de Laura fue en un beso desbordante y apasionado. Se separaron poco después solo para embarcarse en un abrazo profundo y reconfortante.

A pocos metros de ellos, una sombra se materializó entre la espesura. Los ojos demenciales y la sonrisa malévola de Williams los acechaba en la oscuridad de la noche.

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HISTORIAS ENTRELAZADA (Kataryna y Alexander)

III

Bajo la suave luz solar de la mañana, atravesó apresurada los campos de trigo. Se percibía un olor agradable y balsámico, pero no prestó mucha atención, se sentía nerviosa y angustiada. El cuello le escocía, cardenales amoratados le recorrían la piel, pero cuando tragaba le ardía la garganta como si le hubieran aplicado un hierro encendido.

Volteaba la cabeza sobre el hombro de tanto en tanto, intentando determinar si alguien la seguía. Después de cruzar el campo, se detuvo frente al lindero del bosque. El corazón le latía con rapidez, se pasó el dorso de la mano por la frente en un intento por deshacerse del sudor que se le escurría por el rostro. Tenía empapado el cuello y los hombros de la blusa. Escudriñó entre la maraña de hierbas hasta hallar el sendero que se internaba en el bosque. Se introdujo en él unos metros para luego dirigir su mirada nerviosa a través del campo. Su pequeña casa aún resultaba parcialmente visible a su espalda a través de las primeras ramas entrelazadas de la selva.

Su mente deambulaba en interminables y preocupantes conjeturas. Preguntándose cómo se había enterado Igor de sus encuentros furtivos con Alexander. Su mente estaba tan ocupada hilvanando ideas, formulando hipótesis, reuniendo suposiciones y no advirtió que se desviaba del sendero que conducía al arroyo. Minutos después, notó que no había matorrales que atravesar, los que tenía enfrente eran árboles vetustos, que habían crecido imponentes creando una gruesa capa de hojas secas en el suelo.

Se detuvo asustada, se había extraviado y ahora debía encontrar el camino de regreso e intentar de nuevo encontrar el sendero que conducía al arroyo.

Regresó sobre sus pasos hasta encontrar la intrincada maraña de maleza y arbustos. Partió una rama y agitó otra sobre su cabeza cuando no encontró suficiente espacio por donde transitar. Tropezó con un tronco caído y cayó de bruces. El extremo de una rama o tal vez fuera la maraña de arbustos, se le clavó en la mejilla derecha y gruñó de dolor. Se quedó tirada en el suelo por un momento recobrando el aliento.

Se incorporó poco después y se llevó la mano a la herida. Un hilo se sangre le escurría por la mejilla. Se puso en movimiento y enseguida vislumbró el sendero. Oyó el murmullo del agua corriente abajo y se apresuró a llegar a la orilla.

Se detuvo asombrada al observar a Alexander que yacía tendido de cara al sol en la otra orilla. Acababa de tomar un baño, llevaba el torso descubierto. Kataryna observó con avergonzada satisfacción los anchos hombros, y los desarrollados músculos que destacaban a pesar de las cicatrices que surcaban su pecho y su abdomen.

Alexander se incorporó al notar su presencia y la vio cansada, terriblemente asustada. Aparentaba más edad de la que tenía como si hubiese envejecido en el trascurso de unos días.

_ ¿Qué sucede? _ preguntó contrariado al tiempo que tomaba su camisa y se vestía.

Kataryna vadeó el arroyo y se acercó presurosa a Alexander quien se sentía cada vez más preocupado. Observó la herida en el rostro de Kataryna y la inspeccionó con cuidado.

_ ¿Qué fue lo que te sucedió? _ preguntó.

_Me caí en el bosque_ explicó ella.

En ese instante observó los cardenales al rededor del cuello. Frunció el ceño alarmado.

_Esto no te lo hiciste en el bosque_ sentenció con seriedad.

La miró a los ojos esperando una explicación.

_De eso vine a hablarte, pero por favor, vayamos a un lugar seguro para conversar.

Temía desmoronarse al oír su voz que sonaba débil, vacilante, turbada.

Alexander quiso presionarla para que hablara, pero decidió hacer lo que le pedía.

La guio hasta cabaña con el brazo alrededor de su hombro. Parecía tan frágil e indefensa y a punto de desmayarse.

Cuando estuvieron dentro, Kataryna se dejó caer pesadamente sobre el viejo sillón que emitió una especie de queja con un chirrido. Aspiró profundamente un par de veces, a medida que la ansiedad de Ivanov iba en aumento.

Los ojos de Kataryna estaban enrojecidos producto de la mala noche y el llanto. Tenía un fuerte nudo en la garganta y por más que lo intentó no pudo evitar estallar en sollozos. Se tapó la boca con una mano, como si quisiera evitar pronunciar lo que tenía que decir.

Alexander se sentó a su lado y la rodeó con sus brazos en un intento por tranquilizarla.

_Dime que ha sucedido_ le pidió en tono suave intentado infundirle seguridad.

_Igor amenazó con matarme si descubre que nos estamos viendo_ logró decir.

Las mejillas de Kataryna estaban surcadas de lágrimas y su voz era un susurro de terror.

Alexander la miró pasmado, consternado por lo que aquello podría implicar.

_ ¿Fue él quien te hizo esto? _ preguntó tocando levemente el cuello de Kataryna.

Ella solo atinó a asentir con la mirada terriblemente asustada.

El odio reverberó en el interior de Alexander. Siempre pensó que Igor sería un problema, pero jamás pensó que se atrevería a lastimar a su esposa.

_Cuéntame todo_ exigió con voz pétrea.

_Ayer cuando regresé de la fiesta de Olga, lo encontré en la casa ebrio. Me acusó de haber estado contigo, de verte a escondidas. Le dije que no era cierto, pero me tomó del cuello e intentó estrangularme. Me dijo que me mataría si descubría que me veía contigo.

Cuando le dijo eso pareció desbordarse algo en su interior y las palabras brotaron a borbotones de su boca.

Le contó todo lo que había estado ocultando por años, la terrible noche de bodas, los continuos abusos, los maltratos.

Alexander experimentó primero el más terrible de los aborrecimientos y el más feroz de los desprecios, luego, una cálida sensación de sublime afecto por ella, al ver su sufrimiento, por todo lo que había pasado al lado de aquel desgraciado, sintió una urgente necesidad de protegerla, de mantenerla segura, algo que no había sentido en muchos años y que quebrantaba su natural esencia de mantenerse ajeno a los sentimientos, a las emociones. Quiso salir en aquel momento y matarlo a golpes, librarla de aquel depravado que había arruinado su vida, pero ella le suplicó que no lo hiciera, le rogó que pensara en Daryna y en sí mismo. Él accedió luego de sus súplicas, pero con mucho recelo y desconfianza. Tendría que buscar alguna forma de mantener a Igor lejos de Kataryna el mayor tiempo posible antes de buscar alguna solución permanente pensó.

Karatyna lo miró a los ojos y supo con total certeza que estaba enamorada de él, pero al mismo tiempo sabía que Alexander jamás sentiría lo mismo por ella, pero se conformaba con lo que él podía darle que era mucho más de lo que había recibido durante muchos años.

Alexander vislumbró lo que había en el interior de Kataryna y se debatió en profundas y turbulentas deliberaciones. No se mentía a sí mismo, sentía una profunda atracción por ella, pero sabía que podía dañarla mucho más de lo que le había dañado Igor, ya que no podría darle lo que ella anhelaba. Las deliberaciones internas de Alexander fueron interminables. Kataryna le dirigió una sonrisa candorosa y tierna.

_No puedo darte lo que necesitas_ dijo al tiempo que acariciaba sus manos.

_No te pido algo que no puedas darme_ contestó ella. Su voz sonó mucho más segura de lo que pensaba.

Alexander percibió que la certidumbre de ella permanecía inalterable en sus ojos. Para él fue fascinante. Vaciló unos segundos, luego despacio, la tomó entre sus brazos y se dejó llevar. Fue confusamente consciente de la apariencia de su cuerpo, del tamaño de sus senos y el sabor de su boca mientras se hundía en ella con una pasión primaria, casi primitiva, puramente instintiva y que ella recibió con idéntica expectación.

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CASA 110 (fragmento)

II

Alejandro se alejó de la casa dejando a ambas mujeres solas por unos momentos. Killasisa y Laura lo observaron caminando lentamente por el sendero que lo conducía de regreso a la alcaldía.

_ ¿Nunca se casó? _preguntó Laura de repente.

La anciana le dedicó una sonrisa serena.

_Sí, me casé a los dieciocho años, pero mi esposo murió poco después. Nunca volví a casarme. No tuvimos hijos, no tuvimos tiempo_ dijo con una sonrisa resignada.

_ ¿Por qué no volvió a casarse? _ preguntó la psicóloga y luego se arrepintió de meterse en lo que no le llamaban.

_Pensé que debía mantenerme fiel a mi esposo, lo amaba, ¿sabe? Ahora creo que cometí un error. Estaba equivocada al pensar que casándome de nuevo dejaría de amarlo.

Laura asintió.

_Eso va para usted_ dijo levantando la barbilla en dirección a Alejandro que se alejaba cada vez más.

Laura la miró interrogante.

_No lo deje ir_ dijo_ usted en verdad le importa. No estaría aquí si no fuera así. Lo que haya sucedido en su pasado, allí quedó. Las dudas que alguna vez tuvo, no tienen que ver con él_ dijo señalando a Alejandro esta vez con su dedo índice.

Laura solo atinó a sonreír nerviosa.

_No le cierre las puertas al amor, la vida es tan corta, no sabemos cuando nos llegará la hora. No podemos darnos el lujo de esperar.

_Es difícil_ dijo ella bajando la mirada.

_No mi niña, en realidad no lo es. Usted lo ama, él la ama, no hay nada complicado en eso.

Laura se sonrojó, pero no dijo nada.

_En cuanto a mí, ya puedo morir tranquila, sé que ustedes harán lo posible para que todo esto salga a la luz.

_ ¿Por qué escogieron a Melinda? ¿Por qué me escogieron a mí? _ preguntó Laura aún perpleja y confundida.

_ Bueno, la sensibilidad de las personas es importante para que los espíritus las escojan. Imagino que su amiga poseía un poco de lo que se necesita. Creo que usted es mucho más sensible y más fuerte que ella. Creo que la eligieron porque a usted realmente le importa. Tal vez, porque su interés en nosotros es real. Tal vez, porque vieron en su alma algo que solo ellos pueden ver. Y aunque probablemente lo dude, usted tiene la fortaleza necesaria para afrontarlo.

_Melinda, no la tuvo_ dijo entristecida.

_Lo siento por su amiga, en verdad_ dijo la anciana acongojada.

Laura suspiró con tristeza.

_Tal vez, usted lo está afrontando porque lo tiene a él_ dijo la anciana mirando a Alejandro que tenía la espalda apoyada contra el Toyota celeste, los brazos cruzados sobre su pecho y observaba atentamente en dirección a Laura.

_Sí, es posible, jamás hubiese podido afrontarlo sin Alejandro. _ dijo ella con una mirada dulce.

Se despidió de la anciana, y bajó despacio la cuesta, su corazón se aceleraba cada vez que se acercaba al abogado. Suspiró varias veces tratando de calmar a su alocado corazón. Aquel hombre, que había hecho lo inimaginable por ella, seguía allí, a pesar de todo.

 Alejandro le dedicó una amplia sonrisa al verla, mientras se incorporaba y esperaba a que ella diera los últimos pasos hasta llegar a él. Pero a pesar de su sonrisa, tenía una mirada seria. Era una expresión complicada de entender. Lo que más impresionó   Laura no fue su dulzura, que lo hacía verse más joven, sino la franqueza de su mirada, que lo hacía verse de alguna forma mucho mayor.

 Con un agradable cosquilleo en el estómago pudo reconocer al fin, que era Alejandro el que fecundaba su espíritu, su pensamiento y su corazón.

III

Linda y Kuntur observaron las negras nubes acumulándose rápidamente sobre sus cabezas. Pronto llovería y les impediría seguir conversando en el jardín. No se percataron de la prematura llegada de John. Cuando este los vio, los ojos se le inyectaron en rabia, eran los ojos de un cazador, acechantes, que están a punto de caer sobre su presa. Corrió hacia ellos hecho un demonio, empujó a Linda que se encontraba de pie junto a Kuntur. El chico oyó cuando Williams lo maldecía y lo amenazaba con matarlo si no se alejaba de su esposa. Los ojos del muchacho se abrieron incrédulos al ver que el hombre se acercaba a él con los puños en alto. John le asestó un golpe en la mandíbula izquierda y cayó de espaldas sobre el césped. Linda gritó asustada. Kuntur trató de escabullirse usando sus manos y sus rodillas. Trató de levantarse, casi lo consiguió, pero cayó de nuevo, viendo a John con ojos aterrados y oscuros. En ese momento cayó la lluvia, fría, rápida y electrificante. John volvió a darle otro golpe al chico con el puño cerrado en plena nariz, tan fuerte que lo dejó algo aturdido. Linda aprovechó el momento y se abalanzó sobre su esposo intentando alejarlo del chico. Pero este era más fuerte y volvió a empujarla, esta vez, contra la pared de la casa. La mujer quedó sentada estupefacta y adolorida, con el pelo mojado pegado al rostro, mientras el vestido blanco se embarraba en el suelo. La lluvia caía a raudales, lo que dificultaba los movimientos del chico. Se levantó luego de un par de intentos y salió corriendo como un animal en medio de una estampida rumbo al rio. John corrió detrás de él, no iba a permitir que el chiquillo se saliera con la suya. Kuntur llegó empapado y jadeando de desesperación a la orilla del río. John le dio alcance, el chico gritó al sentir una mano sobre su hombro derecho. El sonido salió de su garganta, frenético como el grito de un actor en una película de terror y cuando otra mano le tomó la parte superior de su brazo izquierdo y lo hizo girar sobre sus talones, volvió a gritar, mientras veía con el rabillo de su ojo, la silueta de Williams. Trató de huir de nuevo, pero los fuertes brazos de Williams lo envolvieron por la espalda, trató de gritar por tercera vez, pero los brazos lo apresaron y su aliento se precipitó compitiendo con las ráfagas de viento de la tormenta. Levantó el pie derecho y pateó con fuerza hacia atrás golpeando a John en la pantorrilla y este emitió un grito de dolor. Williams no tuvo más remedio que soltarlo, Kuntur trató de que su aliento se normalizara, intentando que sus pulmones funcionaran con normalidad de nuevo. Su garganta emitió un sonido ahogado y antes de que pudiera alejarse, John tomó las mejillas del chico, colocando sus grandes palmas debajo del delicado ángulo de su mandíbula. La lluvia caía sobre su rostro desesperado, John no mostró misericordia, e hizo girar la mandíbula. Se oyó un solo sonido como cuando se forma una grieta en el suelo durante un terremoto. Kuntur cayó primero de rodillas y luego de espaldas, se quedó con las piernas abiertas y tendidas. John escudriñó los alrededores con rapidez asesina y tomó la piedra más grande que encontró, y le asestó un terrible golpe en la cabeza. El cráneo se le hundió de inmediato y empezó a sangrar profusamente formando un charco rojo a su alrededor. La sangre se mezcló con el agua del río y la lluvia, dándole un aspecto aterrador. John lo observó por unos segundos con expresión demencial, luego lavó la piedra en el agua y la tiró lo más lejos que pudo. Un grito desgarrador lo hizo voltearse sobre sus talones y se encontró con su esposa que había presenciado la horrible escena.

Laura despertó sobresaltada, tenía la piel pálida y sudorosa, acababa de encontrar la última pieza del rompecabezas.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA Y ALEXANDER)

(Fragmento)

Oberá, noviembre de 1934.

I

Galina había crecido en el seno de una familia aristocrática, acostumbrada a que todos a su alrededor cumplieran el más insignificante de sus caprichos. Odiaba la insolencia, la zafiedad, y la inferioridad. Y por inferioridad entendía todo aquel que no hubiera crecido con los lujos y oportunidades de las que ella había gozado. Provista de los ostentosos rasgos de petulancia, soberbia y el más punzante carácter.

A pesar de haber dejado su adorada Moscú hacía más de una década no podía decirse que se había adaptado a aquellos parajes olvidados de Dios como ella solía llamarlo, utilizando toda la educación y la exquisitez de la que era capaz para evitar agregar a sus palabras todo tipo de adjetivos nada elegantes y distinguidos.

A Galina todos en aquel pueblucho le parecían ignorantes e incultos, sin ningún refinamiento intelectual. El desconocimiento de la gente común en los asuntos más corrientes, no le pasaban inadvertidos. Por lo que no había podido entablar amistad con ninguna de las mujeres del pueblo o de las demás haciendas de los alrededores.

Vivía embutida en su propia casa con algún que otro esporádico roce social, que la mayoría de las veces se debía a las exigencias de su esposo. Por el contrario, a Alexander no le era difícil relacionarse con todo tipo de gente, trátese de ignorantes peones, analfabetos indígenas o acomodados hacendados o gobernantes. Pero a pesar de la aparente facilidad de Alexander de relacionarse con la gente, Galina sabía que él escondía de los demás sus más profundas emociones y pensamientos. Para ella, la aparente fluidez y desenvoltura de trato de su esposo era algo parecido a una cortina de humo con la que intentaba esconder su verdadera personalidad. Como Philippe Pinel[1] diría, un maniaco sin delirio:  el encanto superficial, la personalidad inestable, la frialdad emocional. En un primer momento pensó que Alexander terminaría suicidándose y así utilizar aquel acto como un gesto grandilocuente y a la vez trascendental, pero había llegado a la conclusión de que el suicidio se enfrentaba con su diagnóstico inicial.

Consideraba a Alexander, hipócrita y falso al mismo tiempo que se consideraba a si misma clara y completamente franca de carácter, desde luego no se consideraba irritante por su arrogancia, al contrario de lo que pensaban los que la rodeaban.

En cada una de sus acciones había tenido la oportunidad de demostrar a todo aquel que la conociera, la escasa consideración por el bienestar de los demás de la que estaba dispuesta. Podía ser capaz de una impensable perversidad si alguien osaba inmiscuirse en sus asuntos. Odiaba la vulgaridad, la curiosidad y la impertinencia de los indígenas a su servicio, que, según su perspectiva poseían rostros de natural y zafia futilidad. Los infortunados debían enfrentarse constantemente a la vehemencia de su más histérica irritabilidad. Se conducía casi siempre con rebuscada jactancia y estudiada indiferencia.

Su carácter se hacía cada vez más amargo y duro, al mismo tiempo que crecían su soledad, su tristeza y una intensa sospecha de que Alexander vivía alguna nueva aventura.

Las ausencias de su esposo que solían ser esporádicas se hacían cada vez más frecuentes. Trascurría semanas completas fuera de la hacienda y no tenía idea de donde pasaba las noches. Intentaba no darle demasiada importancia al asunto, ya que, a pesar de sus infidelidades, nunca la había desamparado. Había abandonado el lecho conyugal hacía tiempo, pero nunca había desatendido económicamente ni a ella ni a sus hijos.

Con los años, Galina había llegado a detestar a su esposo, su falta de cariño, su apatía, su falta de empatía, su desconexión con todo lo que ella representaba. Lo culpaba de su desdicha, de su amargura.

Necesitaba desvelar el secreto que escondía su esposo, identificar el objeto de sus pretensiones y deseos ya que nadie lo había alejado por tanto tiempo de la casa familiar desde hacía más de una década.

Recordó a Tatiana y la obsesión de su esposo por aquella mujer que ante sus ojos era una simple trepadora. Nunca había pensado en ella como alguien importante en la vida de Alexander y sin embargo estuvo a punto de abandonar todo por ella. Solo su muerte pudo devolverle a su esposo, y aun así se lo devolvió deteriorado y herido sin posibilidad de arreglo.

Tendría que aprender a convivir con ello, ya había perdido las esperanzas de que su esposo retirara la venda que llevaba sobre sus ojos y por vez primera la viera como lo que era, su esposa y no como un obstáculo en su camino.

II

Igor se tambaleaba dando tumbos como una de aquellas carretas tiradas por bueyes al avanzar por un sendero cubierto por baches. Oía el ruido de los grillos y el ululato de una lechuza sobre su cabeza. En el fondo de su garganta percibió el sabor rancio del licor, y eructó, subiéndole hasta la boca una sustancia de sabor ácido. Empezó a temblar y se agarró las rodillas con las manos con el propósito de evitar las constantes arcadas que estaba sintiendo. El sudor le corría por el rostro y la espalda. Volvió a incorporarse cuando se convenció de que no terminaría vomitando.

Pensó en Kataryna, se veía diferente, era una mujer completamente nueva la que había aflorado desde las viejas cenizas que el dolor, la necesidad y él mismo habían agitado tan cruelmente.  La sentía cada vez más inalcanzable. Por años había logrado dominarla, doblegarla, someterla, pero desde que había llegado a Oberá se resistía cada vez con más ímpetu y vehemencia. No solo a sus exigencias sexuales sino también a sus deseos u órdenes.

Desde un principio había pensado que era una mala idea aceptar el trabajo del presumido de Ivanov, y en los dos últimos meses le rondaba en cabeza, cada vez con más frecuencia, la idea de regresar a Ucrania y reclamar sus tierras así tuviera que declararse fiel al régimen. Le exigiría a Kataryna que acatara sus órdenes o de lo contrario se llevaría a Daryna con él. Utilizaría la misma táctica que había usado ella cuando decidió abandonar Kiev.

Pero había otra cosa que lo inquietaba más profundamente, los hombres hablaban de las prolongadas y reiteradas ausencias de Ivanov. Ya no supervisaba a los capataces ni a los peones, delegaba sus obligaciones a Juan, su brazo derecho. Los cuchicheos entre capataces sugerían alguna nueva aventura de Ivanov y atribuían a ello sus continuas desapariciones. Pensó en las prolongadas ausencias de Kataryna, pero su mente se negó a aceptar aquella posibilidad. Su esposa estaba dañada, siempre lo había pensado. Era imposible que le sirviera de algo a otro hombre y si se diera el caso, que creía imposible, pero de darse, estaba seguro de que la mataría a golpes y se iría a Ucrania con su hija. Hacía mucho tiempo que Igor le había consentido a un impulso destructivo que había formado parte de sí mismo tal vez desde el mismo día de su nacimiento. Y no tenía intención de doblegar a aquel impulso, todo lo contrario.

La lechuza ululó de nuevo, fue un sonido soñoliento y lejano. Las luciérnagas despedían destellos en la oscuridad como si fueran chispas en una chimenea ardiente.

Llegó a la casa y la encontró a oscuras. Recordó que Daryna se hallaba en el campamento de verano junto con los niños de su escuela.

Se preguntó dónde diablos estaría su esposa y una fuerte desconfianza arrasó su mente como una terrible tormenta de verano. Su mente se llenó de interrogantes, y sospechas.

¿Y si Kataryna fuera la amante de Ivanov? ¿Y si ambos se estuvieran riéndose a sus espaldas? ¿Dónde diablos se encontraban aquellos malditos?

Se acercó a la puerta y la abrió con rudeza. Aún se balanceaba sobre sus goznes cuando rechinaba y se cerraba de un portazo. La luz de la luna llena, blanca y brillante ingresaba por la ventana de la salita. Encendió una vela de sebo y la situó sobre la mesa de la cocina. La borrachera que traía encina se había disipado por completo ante la idea de la infidelidad de su esposa. Empezó a remover los trastos de la cocina, tiró ollas y platos al suelo, hasta encontrar lo que estaba buscando. Tomó tres botellas de caña y las situó sobre la mesa. Volvió a remover los trastos hasta que encontró un jarro de aluminio esmaltado. Tomó una de las botellas y la descorchó con los dientes. Vertió el líquido en el jarro y se lo llevó a los labios, vaciando el contenido de un trago. Depositó el jarro sobre la mesa con un golpe.

Su mente seguía imaginando situaciones que parecían absurdas pero que tal vez no lo eran tanto. Las excusas de Kataryna para sus continuas ausencias, las desapariciones de Ivanov, el cambio en el comportamiento de su esposa.

Se llevó la botella a su boca y la empinó. Bebió un trago largo luego sacudió la botella y la observó a través de la frágil luz de una vela. Estaba vacía la dejó sobre la mesa al lado de las demás botellas.

Sobaka cruzó la salita al trote y se coló cautelosamente debajo del sillón. Igor, quien odiaba tener metido el perro en la casa apenas notó su presencia ocupado en descorchar la siguiente botella. Suspiró y volvió la cabeza hacia la ventana de la cocina, de tal forma de que la luz ribeteó sus rasgos oblicuos: los pómulos marcados, los labios gruesos, la fuerte mandíbula.

Esta vez no se molestó en buscar el jarro esmaltado, volvió a empinar la botella y bebió como si fuera un hombre perdido en el desierto y que acababa de encontrar agua. Dejó la botella sobre la mesa y se tambaleó un poco. Se sujetó del borde de la mesa en un intento por mantener el equilibrio. La luz de la luna bañaba la cocina, revestía todas las superficies con una tonalidad argentosa, colmaba las botellas vacías sobre la mesa. Las ollas centellearon. La latona que fungía de fregadero era una resplandeciente oquedad. Inclusive el suelo de cemento parecía brillar.

Igor se apoyó contra la mesa, asemejaba un esbozo infantil recortado contra la plateada luz. El suelo a sus pies estaba recubierto por pequeños círculos de luz derramados por todas partes. En la mesa sobresalían las botellas repletas de luz de luna.

Se sobresaltó al abrirse la puerta con aquel chirrido tan irritante. En el umbral de la puerta se hallaba Kataryna con los ojos abiertos y la mirada atemorizada.

_ ¡¿Dónde diablos estabas?!_ fueron las palabras de recibimiento de Igor.

_En casa de Olga_ contestó con la voz entrecortada.

No necesitaba entrar a la casa pasa saber que su esposo había bebido más de la cuenta.

_ ¿Olga? _ preguntó, la cabeza le daba vueltas y no pensaba con claridad.

_Hoy es su cumpleaños e invito a unas amigas a cenar. ¿Recuerdas que te lo comenté esta mañana? _ preguntó temerosa.

_ ¡Que esperas para entrar en la casa! _ gritó al tiempo que se sostenía de la mesa para no perder el equilibrio.

Sobaka salió sigiloso de debajo del sillón y huyó al trote de la casa antes de que Kataryna cerrara la puerta. Lo mejor sería estar la más lejos que pudiera del mal humor de Igor.

Kataryna se acercó con pasos lentos a la mesa de la cocina. Recorrió el lugar con la mirada y descubrió estupefacta el caos que Igor había creado. Trastos regados por todas partes; botellas de licor vacías; un charco de bebida derramada sobre la mesa y el piso.

_ ¿Dónde estabas? _ volvió a preguntar Igor con voz pétrea.

_Ya te dije en casa de Olga, nos invi…

Igor no la dejó continuar.

_ ¡Estabas con Ivanov! _ gritó Igor al tiempo que intentaba sujetarla de la muñeca.

Kataryna retrocedió con una incuestionable expresión de asombro dibujada en su rostro.

_ ¿Ivanov? Desde luego que no_ respondió luego de titubear por unos segundos.

Su corazón latía acelerado como si estuviera tomando parte en una carrera. No tenía idea de dónde había sacado Igor aquella idea. Tal vez no había estado con Alexander aquella noche, pero eso no le quitaba a Igor cierta certeza en sus palabras.

_ ¡Te encuentras con Ivanov a escondidas! _ volvió a gritar.

El corazón de Kataryna dio un vuelco y dio dos pasos hacia atrás como si se estuviera preparando para huir en cualquier momento. Se sentía acorralada, desesperada y aterrorizada por la reacción de Igor. Si bien nunca la había golpeado, con una repentina y horrible punzada de desesperación de dio cuenta de que era capaz de hacerlo.

A pesar del agudo estado de ebriedad de Igor, no le pasó inadvertida la actitud de Kataryna. La mirada esquiva, el vistazo a la izquierda, la demora en sus respuestas, el nerviosismo, la vacilación, todo lo que delataba a un mentiroso, pensó.

De repente, con una rapidez inimaginable en una persona ebria, se lanzó sobre ella y la tomó de la garganta. La empujó y la obligó a retroceder hasta que se topó contra la puerta de entrada golpeándole la cabeza con fuerza.

Kataryna intentó gritar, pero le fue imposible. Los dedos de Igor se hundieron profundamente en su piel. Kataryna sintió que se ahogaba, emitió sonidos asfixiados. Se aferró a los dedos de Igor con una mano, sus uñas le hendieron las muñecas. La otra, con la palma abierta empujó contra su rostro. Sin embargo, él era más fuerte, a pesar del grado de ebriedad, era más fuerte y le sostuvo la muñeca con fuerza a un lado de la cabeza, y cerró los dedos en torno a su cuello gruñendo como un animal salvaje que está a punto de matar a su presa.

La visión empezó a nublársele. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Estaba perdiendo la consciencia. Y cuando pensaba que aquel sería su último día, Igor terminó por soltarla. Kataryna se desplomó jadeando. Igor se elevó por encima de ella. Kataryna pensó que se preparaba para golpearla y se encogió sobre sí misma. Intentó gritar, pero su garganta solo alcanzó a emitir un chillido.

_Si descubro que te estás viendo con Ivanov voy a matarte_ dijo con voz escabrosa.

Kataryna se arrastró sobre sus manos y pies e intentó buscar refugio debajo de la mesa. Igor abrió la puerta y salió de la casa dando un portazo. Kataryna se rodeó con sus brazos, en un intento por protegerse. Se tocó el cuello con una mano mientras que la otra se afianzaba a sus rodillas. En seguida, arrugó la cara y empezó a estremecerse con unos sollozos que gorgoteaban en lo más profundo de su alma, al tiempo que su cuerpo se mecía de un lado a otro en desesperación.

Pasó la noche insomne, aterrorizada de que Igor decidiera regresar y concluir con su amenaza.

Al amanecer observó a su alrededor, el desorden, las botellas que ahora relucían al sol, las sillas separadas de la mesa de la cocina evidenciando la lucha de la noche anterior, Sobaka que lloriqueaba desde el otro lado de la puerta exigiendo atención. Observó las partículas de polvo que deambulaban abúlicas atrapadas en la luz, al igual que ella se encontraba atrapada en aquel horrendo matrimonio.

No tenía idea de lo que haría, pensó primero en evitar a Alexander, pero luego razonó y decidió que debía alertarlo. Debía advertirle de que no se acercara a ella, que evitara buscarla o hablar con ella.


[1] Philippe Pinel: Acuñó el término manía sin delirio lo que más tarde se conocería como psicopatía.

Destacada

CASA 110

La revelación (fragmento)

I

A Richard no le hizo mucha gracia saber que Laura prefería quedarse en La Oroya antes que regresar con él a Maine. Mucho menos, confirmar sus sospechas sobre los sentimientos de la psicóloga por el abogado. Pero no le quedó más remedio que aceptarlos y regresar solo a los Estados Unidos.

Sentada en el Corola celeste rumbo a Chacapalpa, Laura recordaba el rostro de resignación de su exesposo mientras dejaba su casa. Suspiró renovada, aclarar las cosas con Richard le había traído cierta tranquilidad y hasta se podría decir que le había dado paz, paz mental y emocional. Había estado ligada a Richard por años, a pesar de la distancia y el divorcio. Inconscientemente, había rechazado relaciones serias por el recuerdo de Richard, por la esperanza de que alguna vez reanudaran su relación y esta vez funcionara.

Alejandro había cambiado eso, él había dado un nuevo rumbo a su vida, no solo por el constante apoyo que recibía de su parte, sino también por la forma en que la trataba, por la forma en que le hablaba y en especial, por la forma en que la miraba, haciendo latir a su corazón desbocado. Podía perderse en aquellos ojos, en su sonrisa y al fin estaba dispuesta a aceptarlo.

El abogado la sacó de sus cavilaciones cuando le señaló el puente sobre la margen derecha del río Mantaro que debían cruzar para llegar al pueblo.

_Llegamos_ dijo.

Ella solo asintió.

Detuvieron el Toyota frente a la alcaldía, un edificio de tres pisos bastante moderno que contrastaba con el resto de las pequeñas edificaciones de la localidad. Se apearon y no pudieron evitar asombrase con las elevadas e impresionantes montañas que rodeaban al pequeño pueblo de poco más de setecientos habitantes. El verde intenso de los cerros con los que Laura se había maravillado la primera vez que visitó el centro poblado, había desaparecido, dando paso a tonos más áridos y amarillentos, aún así lucían imponentes.

Se dirigieron a la municipalidad en donde un hombre de baja estatura, que ostentaba un chullo con colores muy vistosos les dio la bienvenida. Quisieron entrevistarse con el alcalde, pero el hombre les informó que se encontraba fuera del pueblo en una reunión.

El abogado le explicó que necesitaban entrevistarse con los pobladores mayores de ochenta años. El hombre le comunicó con una sonrisa que eso sería muy sencillo, ya que solo había diez pobladores que cumplían con ese requisito y se mostró feliz de llevarlos hasta ellos.

Las primeras tres personas, dos hombres y una mujer, que sobrepasaban los noventa años, no recordaban haber conocido a ningún Kuntur Huamán. El primer hombre había perdido la vista debido a una catarata que lo dejó ciego hacía casi diez años atrás. El segundo, no oía muy bien con el oído izquierdo, pero aún mantenía su buen sentido del humor, como Alejandro y Laura pudieron comprobar. La mujer, se encontraba en mejor estado de salud, a pesar de su edad.

El hombre que los acompañaba, les explicó que sería difícil que alguna de estas personas recordase a un jovencito que murió hace setenta años ya que, con el paso del tiempo, no solo se presentaban problemas de visón y de audición, sino también de demencia y pérdida de la memoria.

La cuarta persona que conocieron, fue una mujer de ochenta y nueve años que abrió sus pequeños ojos al oír el nombre Kuntur.

_Fue el hermano de Killasisa_ dijo de inmediato.

Laura dirigió su sorprendida mirada al abogado.

_La conozco_ dijo_ hablé con ella la primera vez que estuve aquí.

Alejandro sonrió esperanzado.

Recorrieron el camino rumbo a la casa de la anciana en silencio, ambos estaban expectantes, tenían la esperanza de que la mujer pudiera darles algunas respuestas. Subieron una empinada colina por un sendero serpenteante hasta llegar a una pequeña casita blanca de dos habitaciones, con techos de calamina en donde el sol centelleaba con ases amarillos e intensos.

Killasisa reconoció a Laura de inmediato, y le dedicó una sonrisa amable y acogedora. Los hizo ingresar a su morada y los invitó a que se sentaran frente a una desvencijada mesa, único mueble que ostentaba la pequeña sala en donde se encontraban, que hacía las veces de recibidor, comedor y cocina. Las paredes estaban manchadas de negro producto del hollín que emanaba de la cocina a hichu con la que cocinaba la anciana, se extendían como nubes oscuras sobre la pared como si presagiaran una tormenta.

Killasisa observó a Laura y luego a Alejandro con curiosidad. Entrelazó los arrugados dedos de sus manos sobre la mesa y les sonrió.

_ ¿Qué puedo hacer por usted señorita? _ dijo Killasisa con aquella entonación tan peculiar de la población andina.

_ ¿Tuvo usted un hermano que se llamó Kuntur? _ preguntó la psicóloga con cautela.

Killasisa le dedicó a Laura una sonrisa nostálgica antes de responder.

_Sí, murió cuando tenía catorce años_ dijo.

Laura emitió un suspiro sonoro y observó a Alejandro quien le hizo una señal con la cabeza para que continuara.

_ ¿Podría contarnos que fue lo que pasó con él?

La anciana se quedó en silencio por unos momentos, sopesando lo que debía decir. Había pasado mucho tiempo desde la muerte de su hermano. Si bien, siempre tuvo fuertes sospechas de lo que le había ocurrido, nunca dijo nada por temor a lo que podía pasarle.  Su rostro apergaminado, se veía serio y reflexivo.

_Creo que he callado por mucho tiempo, es hora de que diga lo que sé_ dijo mostrando una sonrisa algo desdentada.

Lo pensó por unos segundos más y luego inició su relato.

_Mi hermano Kuntur trabajaba de jardinero en casa de una pareja extranjera. Linda y John se llamaban. Mis padres habían fallecido cuando Kuntur tenía doce años y yo catorce. No teníamos más parientes que se ocuparan de nosotros, o al menos no querían hacerlo_ dijo con una sonrisa triste_ Kuntur tuvo que trabajar, mientras yo me quedaba en casa y cuidaba de las ovejas que nos dejaron nuestros padres.

_ ¿Cómo murió? _ preguntó Laura al ver que ella se detenía.

_La policía dijo que un ladrón entró en casa de los Williams, así se apellidaba la pareja en donde él trabajaba, y el ladrón al ver a mi hermano, salió huyendo hacia el río. Intentaba cruzar el río hacia la otra orilla según dijeron. Pero mi hermano le dio alcance y antes de que lo atrapara, el ladrón lo golpeó con una piedra en la cabeza_ dijo la anciana y sus pequeños ojos se llenaron de lágrimas.

_Lo siento_ dijo Laura acariciando una de sus manos_ no quería alterarla.

La anciana sacudió la cabeza y le dedicó una sonrisa triste.

_No se preocupe, señorita, usted no es quien me pone triste, sino todo lo que sufrió mi hermano.

_Según acaba de decir, esa es la versión de la policía_ dijo Alejandro_ ¿hay alguna otra versión? _ aventuró a preguntar.

_Si, joven, tengo otra versión_ contestó la anciana.

_ ¿Podría contárnosla?

Ella asintió y aspiró una bocanada de aire antes de continuar.

_Creo que John Williams mató a mi hermano_ dijo en un murmullo sordo.

Laura la miró con sorpresa, eso era lo último que esperaba oír de la anciana.

_Por favor continúe_ pidió el abogado ya que la psicóloga se encontraba atónita.

_Kuntur me contaba todo sobre los Williams, no teníamos a nadie más. Él solía decir que John maltrataba a su esposa. Mi hermano había presenciado varios de esos maltratos, pero no podía decirle nada a nadie. Los médicos del hospital que se encontraba frente a la casa de los Williams se encargaban de esconder los golpes que ella recibía. Al menos eso decía mi hermano.

Laura asintió, estaban al corriente de eso.

_Linda, la esposa de Williams no tenía en quien confiar, no podía ir con sus amigas y contarles todas las atrocidades de que era capaz su esposo y no encontró consuelo más que en mi pobre hermano. Cuando John iba a trabajar, Linda se desahogaba con mi hermano. Él era solo un niño, pero había madurado rápidamente debido a la muerte de nuestros padres. No podía hacer mucho por ella, solo escucharla y abrazarla cuando perdía las esperanzas y lloraba.

La anciana se detuvo de nuevo y llevó ambas manos a su rostro surcado por las marcas de los duros años vividos.

_Linda quedó embarazada_ dijo la anciana.

Alejandro y Laura se miraron fijamente, estaban a punto de descubrir algo importante eso era seguro.

_Se lo contó a Kuntur. Mi hermano se alegró mucho por ella, pensó que tal vez ese niño haría entrar en razón a Williams, pero se equivocó. Linda le ocultó a su esposo su embarazo hasta que fue evidente. Williams se puso iracundo, dijo que ese hijo no era suyo. La desesperación la embargó, le aseguró a su esposo que el niño era suyo. Pero en su ceguera, Williams creyó lo que quería creer. Amenazó a su esposa con deshacerse del niño. Estaba aterrada, no sabía que hacer, tenía siete meses de embarazo. En uno de aquellos arranques de rabia Williams le propinó tremenda paliza que la dejó sangrando. El hombre la dejó en el suelo tirada, mientras entraba en labor de parto. Mi hermano la encontró desesperada, llorando de dolor, miedo y rabia. No podía ir al hospital, sabía que los médicos se encargarían de esconder todo e incluso de deshacerse de su bebé. Kuntur la ayudó a dar a luz. Mi hermano no sabía nada de traer niños al mundo, solo había asistido a mi padre en el nacimiento de un par de carneros. Pero dijo que ella había gritado de dolor. Creo que Kuntur no solo salvó al bebé, sino que la salvó también a ella.

_ ¿Qué? _ preguntaron ambos al unísono.

_ ¿El bebé se salvó? _ preguntó Laura con los ojos bien abiertos.

_Kuntur envolvió al bebé en una manta, era muy pequeño, no tenía cejas ni pestañas. Se podía ver a través de su piel blanca como la leche. Su madre lo sostuvo por unos minutos contra su pecho, lo besó en la frente y se lo entregó a mi hermano. Él no necesitó que ella dijera nada, entendía la gravedad de la situación. Si el niño se quedaba con ella, de seguro moriría a manos de su demente padre. Kuntur tomó al niño y lo envolvió con la manta en la que transportaba sus herramientas. Lo colocó en su espalda y salió sin llamar la atención de los guardias, después de asegurarse de que Linda se encontraba bien dentro de lo que cabía. Trajo al niño a la casa. Era la cosita más linda que había visto en mi vida. No tenía ni un solo pelo en su pequeña cabeza. No abría aún los ojos, pero estaba casi segura de que los tenía del mismo color que el de su madre. Miré a mi hermano apenada. Sabía que no podíamos quedarnos con el niño. Llamaría la atención y podría llegar a oídos de Williams.

_ ¿Qué hizo con él? _ preguntó Laura, su voz sonó amortiguada, casi etérea.

_Se lo entregué a una familia de Huancayo que no podía tener hijos. Era una familia bastante acomodada.

_ ¿Volvió a saber de él?

_Sí, me mantenían informada, tuvo una vida feliz, nunca supo por lo que su madre pasó para que él naciera.

_ ¿Ha muerto? _ preguntó Alejandro.

_Está enfermo, tiene cáncer terminal. No le queda mucho tiempo de vida.

_ ¿Piensa que Williams se enteró de que su hermano se llevó al niño? ¿Cree que por eso lo mató? _ preguntó la psicóloga.

_No, Williams nunca sospechó que el niño estaba vivo. Linda le dijo que perdió el bebé después de la golpiza que le dio y que había enterrado el feto cerca al río.

_Entonces, ¿Qué fue lo que le sucedió a su hermano? _ inquirió el abogado.

_John no solo era un abusador, sino también era alcohólico. Bebía todos los días después del trabajo y empezó a reclamarle a su esposa el tiempo que pasaba con mi hermano en el jardín. No le gustaba que ella tuviera alguien con quien conversar. Pienso que durante una de aquellas discusiones terminó matando a mi hermano.

_ ¿Cómo puede estar segura de ello? _ preguntó el abogado.

_No puedo estarlo con certeza, pero pienso que ustedes están aquí porque mi hermano se les apareció al igual que lo hizo conmigo.

Laura la observó pasmada, le parecía increíble lo que estaba oyendo.

_ ¿Qué le dijo su hermano cuando se le presentó? _ preguntó Laura.

_Dijo “John es culpable”. No necesité más explicaciones.

Laura asintió.

_Han pasado setenta años_ dijo la anciana_ pensé que moriría sin que se supiera la verdad, pero de alguna forma, mi hermano se ha encargado de que ustedes la supieran, creo que puedo morir tranquila después de esto.

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Historias Entrelazadas (fragmento)

Oberá, Setiembre de 1934.

I

Los árboles albergaban a los gorjeantes pájaros, los verdes retoños deslumbraban bajo la brillante luz del sol, las flores fragantes centelleaban en el rocío primaveral. Y como si fuera un mágico prodigio, el bosque se tiñó de amarillo para ensalzar los ojos de aquellos que lo disfruten.

Por las noches, la luna, las estrellas y Kataryna contemplaban las flores en el tapiado jardincito aledaño a la casa. Sentada en la grada al pie de la puerta, levantaba la mirada al cielo y observaba el resplandor de las estrellas recordando y anhelando a los que lejos dejó. Esperando que su madre hiciera aquel mismo ejercicio cada noche para sentirse conectadas de algún modo.

Pensó en Alexander y en su extraña actitud, hacía un par de semanas que no tenía noticias suyas. No había regresado a la cabaña, ni se había vuelto a cruzar con él. Supuso que era lo mejor, ya que una amistad entre el dueño de la hacienda y la esposa de uno de sus trabajadores no era lo más adecuado, estaba segura de que solo le acarrearía problemas. Pero por más que intentaba convencerse a sí misma de todo aquello, no dejaba de anhelarlo. Alexander había llegado a ser para ella algo así como un confidente, alguien a quien había confiado algunos de sus sentimientos, algo de su vida, aunque se había cuidado de guardarse para si algunos detalles muy escabrosos.

Abrió los labios con un gran suspiro que trató de contener, pero no pudo hacerlo. Comenzó a sollozar quedamente. Daryna e Igor dormían y no quería despertarlos en especial a Igor que había regresado a la casa ebrio, no deseaba fustigar su mal humor.

Sobaka se acercó a ella meneando la cola, tenía el rostro contrariado como si comprendiera por lo que ella estaba pasando. Tocó su brazo con el hocico y luego le lamió la mano, arrancándole a Kataryna una triste sonrisa. Le acarició la cabeza y luego el lomo. Sobaka saltó, catapultándose sobre sus patas traseras, mientras movía la cola de un lado a otro, intentando llamar la atención de su dueña. Kataryna exhibió esta vez una amplia sonrisa al tiempo que se secaba las lágrimas con el dorso de sus manos. Acarició al perro por unos minutos mientras se apaciguaban en su interior todos sus temores y dudas.

II

Alexander Ivanov era un hombre consciente de sus extraños cambios emocionales y su complicada existencia. Se le hacía difícil confiar en la gente luego de que sus padres, sus amigos y la mujer que amaba, murieran en tan terribles circunstancias. No tenía grandes aspiraciones, a pesar de que quien viera lo que había logrado en Oberá lo tomara que era un hombre ambicioso y pujante. Para él todo lo que hacía era solo un medio de sobrevivir un día a la vez, ocupando su tiempo en cualquier cosa que le ayudara a mantener su mente lejos de sus deseos de terminar con su azorada vida. Intentando cumplir con una promesa que se le hacía más difícil cada día.

Alexander tenía una extraña claridad mental cuando de su salud psicológica se trataba. Sabía con certeza que algo no estaba del todo bien, pero intentaba con mucho esfuerzo sobrellevar sus altos y bajos y seguir adelante. A veces cuando salía de aquellos trances en los que su mente lo sumergía hasta tocar las oscuras aguas de la desesperación, se echaba a reír ya que le parecía antagónico que un enajenado fuera consciente de su locura. Como bien dicen: “Un loco nunca sabe que está loco”, tal vez eso debería ser un consuelo para sí mismo.

Se había hecho más cauto con la gente después de la guerra, después de perder a Tatiana. Intentaba no conectarse con la gente, evitaba intimar. Le sorprendió sobre manera el interés que había caudado Kataryna en su persona, fue como si una fresca y balsámica brisa le soplara en un día caluro de verano. Si bien al principio se sintió a gusto con ella, luego de analizarlo todo como era su costumbre, decidió que lo mejor que podía hacer era evitarla. La consideraba inteligente, aunque no tuviera roce social ni fuera una mujer instruida y de mundo, y a pesar de que pensaba que era fuerte y valiente, temía que fuera inexperta, ingenua e inocente. En resumen, no deseaba herirla.

No intentó buscarla, verla o hablar con ella desde entonces, aunque anhelaba completamente lo contrario y cuando la vio en LA MERCANTIL entendió que no le sería tan fácil suprimir aquella rara atracción que ella ejercía sobre él. Pero a pesar de esto, se limitó a saludarla en forma cortes, pero distante.

No ocupaba su mente continuamente del modo en que Tatiana aún lo hacía, pero iba creciendo dentro como una pequeña gota de tinta que mancha una hoja de papel y que se va extendiendo poco a poco. Formando intrincadas estrías, enraizándose despacio, pero con firmeza.

No, no lo permitiría, no le causaría a ella más que daño. Un hombre dañado, no puede causarle a una mujer más que daño.

Se pasaba gran parte del día en aquellas cavilaciones, suplicándole a Tatiana en sus ruegos que lo ayudara a olvidarse de esa locura y continuar con su vida como hasta ahora, alejado de toda emoción de todo sentimiento.

Pensaba que esta vida que creía vivir no era real. No era más que una especie de obra de teatro sombría y se alegraría cuando las luces se apagaran y se corriera el telón por última vez. En la total oscuridad todas las sombras y los fantasmas desaparecen.

La noche lo rodeó y sus pensamientos daban vuelta y más vueltas, como Sobaka cuando intentaba agarrarse la cola. Cuando al fin se quedó dormido en el sillón de la biblioteca, soñó con Tatiana.

Al principio se halló en una casa vacía, con viejas y podridas vigas y aire vociferante. El techo se hundió de pronto con un lastimero gemido que crepitó en él, que lo avasalló. Lo arrastró después, mientras una de sus manos arañaba las paredes de ladrillo desnudo y la otra se precipitaba hacia el vacío. Enseguida, todo dio vueltas a su alrededor, vio el verde intenso de las hojas de los árboles del bosque arremolinase frente a él, el suelo rojizo parecía girar como si estuviera parado en un carrusel. Una luz intensa parecía apuntar hacia una mujer vestida con una túnica blanca y brillante. Su visión se tornó desteñida, deslucida, hasta que el blanco que emana la vestimenta de la mujer anegó sus ojos formando una ciénaga de luz, abismal, espesa e insondable. Intentó gritar, pero cayó de bruces y su rostro tocó el suelo. Notó el sabor de la tierra. Sus brazos y piernas se movieron como aspas de molino. Sintió que el suelo se contraía, el bosque se contraía, el aire se contraía. En el desorden de su mente intentó controlarse, intentó ponerse de pie. Oyó la voz de la mujer de blanco, aquella voz conocida y amada que recordaría hasta el último día de su existencia. Todo dejó de dar vueltas y él pudo ponerse de pie. Fijó su atención en la figura que tenía enfrente y pudo ver primero su cobriza cabellera y luego su anhelado rostro que le sonreía con ternura.” No luches Alex, solo déjate llevar” la oyó decir y luego desapareció tal y como había aparecido. El bosque apareció oscuro y silencioso, solo el ulular de una lechuza y el titilar de las estrellas sobre su cabeza.

Despertó sobresaltado y nervioso al tiempo que pronunciaba el nombre de Tatiana con voz ahogada. Se llevó la mano a la frente como si se estuviera tomando la temperatura, mientras respiraba agitadamente. Notó que el corazón le palpitaba con rapidez en el pecho. Se pasó los dedos por la mejilla bajo su ojo derecho y por la humedad que notó, se percató de que había llorado.  Observó con ojos muy abiertos las vigas del techo. Se incorporó en el sillón y bajó pesadamente sus pies descalzos al el piso. Miró a su alrededor en la penumbra de la habitación, contemplando por un instante las paredes revestidas de madera. Apoyó los codos sobre sus rodillas y hundió su rostro entre sus manos abiertas.

Se sentía alterado y confuso, como cada vez que soñaba con ella. Sus sueños siempre parecían constar de dos partes, la primera, algo inquietante y turbadora, la segunda, cuando aparecía Tatiana, mucho más confortadora y apaciguadora.

Si bien los sueños habían aminorado con los años, parecían haber tomado fuerzas de nuevo desde que había conocido a Kataryna.

Se puso de pie minutos después, cuando su corazón encontró de nuevo el ritmo normal. Se acercó a la ventana con pasos lentos, se oía el suave murmullo de las perneras de sus pantalones al rozarse. Se quedó mirando durante largo tiempo a la sutil y grisácea luz de la ligera noche que entraba por la ventana, intentando dilucidar las palabras de Tatiana y el extraño sueño.

III

El día era claro, firme y brillante, y la temperatura unos veintisiete grados invitaba a dar un paseo. Caminar por el bosque y llegar hasta el arroyo era el deseo de Kataryna desde hacía unos días, pero no tomaba la resolución de hacerlo. No estaba muy convencida de que fuera lo adecuado, además no estaba segura de poseer la entereza de evitar vadear el arroyo y caminar hasta la cabaña. Resolvió entonces dar un paseo por el campo y tomar algo de aire puro. Observó el ganado que pastaba apacible y libremente en las praderas. Divisó a lo lejos un par de hombres que trabajaban dando mantenimiento del tajamar, de donde el ganado saciaba la sed. Un tercero se sentaba sobre una roca, cebó un mate, chupó profundamente y se quedó pensativo, mirando hacia el tajamar. Todos aquellos eran hombres vigorosos y de entereza, hombres de buen proceder y gran esfuerzo. Un poco más adelante observó a Alexander que hablaba con un hombre grueso que llevaba pantalones y camisa de trabajo gris con bolsillos laterales. Kataryna pensó que se trataba de algún representante del gobierno que veía a fiscalizar la hacienda. Alexander se hallaba muy abstraído en su conversación para poder notar su presencia. Se dirigieron al área de carga y descarga de animales. Atravesaron la entrada y se abrieron paso entre camiones y cercos.

Kataryna decidió que sería mejor regresar, evitar encontrase frente a frente con él, pero antes de que pudiera poner en práctica aquella idea, Alexander salió de entre los camiones y fue muy tarde para salir huyendo. Ivanov se acercó con pasos rápidos con la mirada sostenida y los labios ligeramente separados. Sus dedos se abrieron paso por su pelo como si estuvieran labrando un campo. Apuesto, garboso, con sus anchos y esbeltos hombros, su rostro con aquella mandíbula angulosa y cuadrada, sin olvidar sus ojos azules. Kataryna no pudo evitar emitir un suave suspiro. Sintió que la sangre se le agolpaba en las mejillas y que su corazón le latía como un tambor. Se detuvo frente a ella con los brazos en jarra y la mirada fija en ella.

_ ¿Qué haces aquí? _ preguntó sin siquiera saludarla. De aquella cortesía y caballerosidad muy características en él no quedaban nada. Sonó lacónico y bastante seco.

En su rostro se pintaba una expresión que Kataryna no fue capaz de descifrar. ¿Sería molestia, contrariedad, hastío, fastidio? O las cuatro cosas.

_ ¿Qué haces aquí? ¿Buscas a alguien? _ volvió a preguntar.

Kataryna no tenía alguna respuesta específica que ofrecer y fue incapaz de buscar alguna. Se mostró temerosa e inquieta ante las preguntas y la actitud de Alexander.

_Lo siento, no sabía que no podía caminar por aquí_ se excusó.

Ivanov se humedeció los labios y no se le ocurrió como continuar. El temor de Kataryna lo había puesto inquieto y susceptible. Jamás pretendió ejercer aquel tipo de emociones negativas en ella.

Alexander la vio cansada, nerviosa y aturdida debajo de la pañoleta azul que usaba amarrada debajo de la barbilla y que escondía sus rubios cabellos. Pensó que se estaba comportando descortésmente con ella. Sacudió la cabeza con lentitud.

_No, soy yo quien lo siente, claro que puedes caminar por aquí. Pensé que tal vez buscabas a tu esposo.

_No, solo deseaba dar un paseo_ explicó_ Espero que no esté molesto conmigo.

Alexander la observó con detenimiento se veía incómoda y algo turbada.

_Pensé que habíamos quedado en tutearnos_ dijo él.

Kataryna evitó mirarlo a los ojos, se sentía intimidada y algo atemorizada por su abrupto cambio de conducta hacia ella.

_Pensé que ya no estaba interesado en que mantuviéramos nuestra amistad_ contestó ella.

En el interior de Alexander se arremolinaban una serie se emociones algunas de ellas contradictorias, la necesidad de acercarse a ella, de entablar una relación, sus caprichos, la obligación de mantener la distancia y la correcta forma social. Emitió un suspiro pesado, se mordió el labio inferior al tiempo que levantaba la mirada al cielo como si estuviera reflexionando sobre una situación muy complida. Dejó caer los brazos a sus costados como si se estuviera dando por vencido, rindiéndose de algo que Kataryna no ´podía comprender, o prefería no hacerlo.

_Lo siento, no era mi intención parecer tan petulante y descortés. Por favor discúlpame. Podría intentar explicarte todo si es que decides que vale la pena oírme. Estaré en el arroyo mañana a las diez de la mañana.

Kataryna no supo que responder se quedó perpleja observándolo por unos segundos.

_Me tengo que ir, estoy atendiendo a un agente del gobierno y no puedo seguir haciéndolo esperar. Si me disculpas…

Hizo una inclinación de cabeza y regresó por donde había venido dejando a Kataryna mucho más desconcertada y confusa que cuando había llegado.

IV

Intentó luchar contra la urgencia de ir hasta el arroyo y volver a verlo y oír lo que tenía que decir. No lo consiguió y pronto se vio sobre el sendero serpenteante del bosque y la bóveda verde de las copas de los árboles sobre su cabeza. Se sentía ansiosa e inquieta. Su mente daba vueltas imaginando un sinfín de escenarios y conversaciones posibles. Ensayaba múltiples respuestas a sus preguntas y ninguna de ellas eran convenientes para ella. No entendía la obstinación que sentía en buscar a Alexander y mantener una relación cercana con él. La única explicación posible era que estuviera enamorada de él, pero a la vez ¿que sabía ella del amor? ¿Por qué un hombre como él tendría interés en ella?

Como decía aquel dicho: “Pueblo chico, infierno grande”. Alexander y sus problemas maritales era el tema de conversación preferido no solo en la hacienda sino en todo Oberá. Era muy bien conocido por todos, la mala convivencia que mantenía con su esposa y sus infidelidades. Entonces ¿Por qué deseaba con tanta fuerza seguir viéndolo? Lo más probable era que terminaría siendo una más en la lista de mujeres que pasarán por la vida de Alexander y con ello se comprometería su honra y su dignidad. Podría meterse en graves problemas con Igor y no sabría como ver a Daryna a la cara después de eso.

A pesar de todas aquellas cavilaciones se encontró de pronto frente al arroyo que discurría entre suaves canturreos corriente abajo. Desde la otra orilla, Alexander la esperaba impaciente. Cuando se vieron a los ojos no pudieron evitar sonreír. Alexander pensó que hacía muchos años no tenía una reacción tan espontánea. Concretamente desde que Tatiana había muerto. Se apresuró a vadear el arroyo, utilizando las rocas para no mojarse los zapatos. Cuando estuvo del otro lado volvió a sonreír, ella le devolvió la sonrisa sonrojándose. Alexander pensó que era tímida e inexperta y volvió a sentir en su interior la fuerte sensación de que cometía un terrible error acercándose a ella. Pero sacudió aquella idea de la cabeza de inmediato.

Se sentaron debajo de los árboles en silencio por unos segundos. Ambos pensaban como iniciar aquella charla, se sentía cierta tensión entre ellos y era necesario cortarla de alguna forma. Fue Alexander quien lo hizo finalmente.

_Quiero volver a disculparme contigo_ dijo mientras arrancaba una ramita de Daze[1] Azul y la hacía girar en su mano.

Las flores en forma de campañillas se sacudían de un lado a otro.

_Nunca fue mi intención mostrarme descortés, en verdad me interesa conocerte, saber tu historia, conocer más sobre ti. Pero al mismo tiempo me di cuenta de que esta amistad te puede ocasionar problemas.

Se detuvo por unos segundos, antes de seguir. Depositó la rama de flores en el suelo y la miró a los ojos.

_Ambos estamos casados_ dijo_ como si lo que acababa de decir fuera suficiente explicación.

Kataryna bajó la mirada a sus manos y jugó con sus dedos como si aquella acción pudiera aliviar la incómoda situación entre ellos.

_No es necesario de que alguien sepa que nos vemos_ dijo ella en un susurró que Alexander consideró de una fragilidad quebradiza.

Kataryna se sorprendió cuando las palabras salieron de su boca, fue como si estuviera aceptando mantener una relación clandestina con aquel hombre que apenas conocía y que guardaba demasiados secretos.

Alexander consideró con mucho cuidado aquella propuesta y las implicaciones que podrían acarrearles. En realidad, no se preocupaba mucho por lo que pudiera significarle, pero si le preocupaba la integridad de ella. Después de todo, Kataryna perecía ser una mujer inexperta e inocente.

_ ¿Estás segura de esto? _ preguntó poco después con el ceño fruncido. Como si estuviera evaluándola, evaluando cada gesto, cada palabra que saliera de su boca.

_Si_ contestó, esta vez viéndolo directamente a los ojos. _ Me gustaría que fuéramos amigos_ agregó como si con ello quisiera dejar en claro que no se convertiría en su amante.

Alexander asintió con una enigmática sonrisa. Al parecer la palabra “amigos” dejaba las cosas claras entre ellos.

Kataryna se distrajo observando el guardapelo que colgaba del cuello de Alexander. Aquel objeto representaba para ella una gran interrogante y mucha curiosidad. Alexander se llevó la mano al pecho y lo tomó con la mano. De inmediato Kataryna notó cierta alteración en la expresión de su rostro. Sus ojos brillaron con una extraña mezcla de tristeza y añoranza, pero al mismo tiempo cierta necesidad de hablar al respecto, aunque fuera difícil para él hacerlo.

Vaciló por unos segundos y luego se atrevió a formular la pregunta que hacía tiempo la intrigaba.

_ ¿Por qué no me hablas del guardapelo? Me atrevería a apostar que, a pesar de tu reticencia a hablar de él, necesitas hacerlo.

Alexander levantó los ojos y enfrentó la curiosa mirada de la mujer. Pensó que ella tenía cierta razón en lo que decía, había guardado con recelo el recuerdo de Tatiana por mucho tiempo. Nunca había hablado de ella con nadie y en cierta forma aquel silencio lo corroía por dentro.

_El guardapelo perteneció a una mujer muy importante para mí. Dentro me quedan los únicos recuerdos que tengo de ella. Una fotografía y un mechón de sus cabellos_ dijo con voz distante y neblinosa como si su mente vagara por otros lugares y otros tiempos.

Tiempos en los que Kataryna supuso por la expresión de Alexander, fueron más dichosos. Había en su rostro una desencantada exteriorización muy particular que parecía escasamente soportable en su interior.

_Si te es difícil hablar de ello, no tienes que hacerlo_ se apresuró ella en decir. Notaba con claridad sus emociones arremolinándose dentro de su mente y su alma.

_No, está bien_ contestó con una amarga sonrisa_ creo que es tiempo de hacerlo.

Kataryna no replicó, se quedó en silencio esperando que Alexander ordenara sus ideas y empezara a hablar.

_ Su nombre era Tatiana_ empezó diciendo y Kataryna notó de inmediato como se le iluminaban los ojos cuando pronunció su nombre.

Era como si por años aquel nombre hubiese estado prohibido para él y al fin podía utilizarlo en voz alta de nuevo. Kataryna notó de inmediato que aquella mujer no solo había sido importante para él sino algo mucho más profundo, algo que ella desconocía por completo.

_No quiero entrar en detalles, porque todo eso es muy personal y no deseo compartirlo, te diré solamente que ella fue… es decir_ se corrigió_ es el amor de mi vida.

Kataryna lo miró con calma, como si hubiese estado esperando algo como eso desde un principio.

 Alexander sintió una especie de extraña exultación cuando pronunció aquellas palabras que había estado guardando durante años dentro de él, como si de un prohibido secreto se tratara y al fin quedaba descubierto.

_La amé desde que la conocí y la seguiré amando hasta el día que muera.

A medida que hablaba fue adoptando una actitud más reflexiva. Se llevó una mano al guardapelo al tiempo que dijo:

_Esto es lo único que me queda de ella.

Kataryna asintió en silencio y lo miró a los ojos exhortándolo a que siguiera hablando.

_Me casé con Galina porque mi padre así lo dispuso, en aquel entonces no podía contradecirlo y, a decir verdad, era lo más sensato ya que Tatiana ya estaba casada con otro hombre cuando la conocí. Nuestra relación siempre fue clandestina y jamás pensamos que sería tan importante como lo fue. Mi relación con Tatiana siempre había sido una quimera hasta que al fin tomé la decisión de revelarle a ella lo que sentía. Su esposo murió y después de la guerra pensé que ya era tiempo de hacerlo.  Llevábamos años viéndonos a escondidas y yo deseaba más. Para mi suerte ella sentía lo mismo y a pesar de las reticencias iniciales ella decidió que nos debíamos una oportunidad.

De pronto se detuvo, y suspiró profundamente. El suspiro fue tan amargo que casi sonó a sollozo.

_Era muy tarde, estaba enferma y murió en mis brazos poco después_ dijo, las palabras salieron de sus labios entrecortadas.

Kataryna lo observó con pesar, el rostro de aquel hombre que tenía enfrente se había trasformado de nuevo parecía una viva máscara de aflicción y desconsuelo, como si de un momento a otro estuviera reviviendo los dolorosos momentos que al parecer aún lo atormentaban. Sintió profunda compasión por él. Tal vez nunca haya experimentado un amor como aquel, pero entendía a la perfección aquel sentimiento de pérdida.

_Esa es a grandes rasgos la historia del guardapelo_ dijo volviendo a tomarlo en su mano_ Los detalles y lo que hay dentro me los reservo para mí.

Kataryna volvió a asentir.

_Siento mucho tu pérdida y si bien no puedo decir que se exactamente lo que sientes, en cierta forma pienso que te entiendo. Perdí a dos hijos y sé lo que duele.

Alexander trató de ensayar una sonrisa, la cual no resultó como él la esperaba.

Kataryna se percató de que él le acababa de contar algo muy importante, algo así como una pista escondida en una de las páginas de la historia de su vida, y que más adelante terminaría comprendiendo su importancia.

_ ¿Estás enamorada de tu esposo? _ preguntó Alexander de repente.

Kataryna se sonrojó de inmediato y bajó la mirada a sus manos que descansaban sobre sus piernas.

_No tengo la menor idea de lo que es el amor. Cuando era joven me gustaba leer novelas románticas. Pero pronto mi madre mi hizo poner los pies sobre la tierra, sacándome de la cabeza la idea del amor de los cuentos de hadas. Me casé con Igor porque…

Se quedó en silencio mordiéndose el labio inferior y con el ceño fruncido, como si intentara con gran esfuerzo encontrar en su interior algún motivo.

_No tengo idea de porque me casé con él, puedo atribuirles esa decisión a mis padres, pero en realidad nadie me obligó a hacerlo.

_He notado que Igor bebe mucho_ dijo él.

Kataryna volvió a sonrojarse como si ella fuera responsable del comportamiento de su esposo. Pero la verdad era que se avergonzaba de ello y al mismo tiempo le preocupaba que la bebida influyera en el desempeño de su trabajo y por ende los afectara a todos.

_A veces se comporta con prepotencia y arrogancia con los trabajadores_ siguió diciendo al ver que ella no intentó explicar el comportamiento de su esposo.

_Sé que a veces se comporta de esa manera, pero verás, está frustrado porque el régimen asesinó a su familia y se quedó con sus tierras. Aquí siente que trabaja para ti, cuando por justicia piensa que él debía ser el dueño de sus propias tierras_ se apresuró a explicar.

_En cierta forma lo entiendo, todos perdimos demasiado, pero debemos ganarnos ahora lo que otros nos arrebataron. Los peones no tienen la culpa de lo que le sucedió a Igor.

Kataryna bajó la mirada avergonzada mientras asentía con una leve inclinación de cabeza.

_Pero no mencioné esto para reprochártelo, lo que en verdad quería saber es si Igor te trata con respeto.

Kataryna levantó la mirada y lo vio a los ojos algo desconcertada.

_Lo que intento decir es que cuando un hombre bebe de más muchas veces maltrata a su esposa y a sus hijos. Solo quiero asegurarme de que estés bien_ dijo buscando los ojos de ella.

_Las cosas no van bien cuando te casas con alguien a quien no amas_ dijo ella. Alexander comprendía perfectamente aquello_ las cosas no van bien cuando bebe y encima es indiferente_ siguió diciendo ella_ Las cosas se vuelven realmente mal cuando…

Dejó la frase sin concluir, no era el momento de revelar su más terrible secreto.

_ ¿Qué sucede? _ preguntó esperando a que ella continuara hablando.

_Lo que quiero decir es que Igor no es un príncipe azul, tiene mal carácter, bebe y es indiferente conmigo, pero eso ya no me afecta.

Alexander asintió, aunque aquella respuesta no lo dejaba muy convencido. Kataryna había evitado contestar la pregunta dando rodeos.

Aquellos clandestinos encuentros, ya sea en el arroyo o en la cabaña se harían bastante frecuentes durante la primavera y el verano. Significaban un alivio para sus atormentadas existencias, una forma de escape en donde por unas horas encontraban sosiego y quietud.


[1] Daze Azul: Nombre científico Evolvulus Glomeratus. Planta de porte rastrero con flores azules.

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Casa 110 (fragmento)

XIII

Richard decidió ir a Tarma por unos días para dejar que Laura pensara en su propuesta y resolviera lo que tenía pendiente con el abogado. Por que de algo estaba seguro, había un enorme elefante entre ellos, no sabía exactamente de qué se trataba, pero definitivamente era algo grande, pensó. La renuencia de Laura a hablar sobre el tema, fue lo que lo convenció de ello. Estaba intentando proteger algo que era muy importante para ella.

Laura no esperó mucho para buscar a Alejandro después de que Richard se fuera. Eran las diez de la mañana de un magnífico día de domingo y consideró que el abogado ya había dormido lo suficiente antes de enfrentarla. Tocó a su puerta decidida, pero solo los ladridos de Andy le respondieron. Suspiró nerviosa y volvió a golpear a la puerta. Oyó ruidos en la habitación de Alejandro y su corazón se aceleró, poco después, el abogado abría la puerta y la miraba con ojos vacíos. Tenía el pelo negro alborotado, la barba crecida de dos días le enmarcaba el rostro a la perfección. Sus ojos estaban rojos por la resaca, pero le brillaban intensamente. Solo vestía un par de shorts y una camisera mangas cortas que dejaban adivinar sus músculos debajo de la tela. Se veía arrebatadoramente sexy, que olvidó por completo para que había ido a buscarlo.

_ Pensé que estabas ocupada con tu esposo _ dijo él y de inmediato se arrepintió de lo que dijo. Sonaba celoso y enfadado.

_Exesposo_ aclaró ella_ Viajó a Tarma por unos días.

Alejandro asintió frunciendo los labios. Se veía distante e indiferente.

_Necesito hablar contigo_ dijo ella_ ¿puedo pasar?

_La verdad es que me despertaste, llegué tarde anoche y necesito descansar. _ dijo, su voz sonaba áspera y algo ruda.

Laura bajó la mira a sus pies, él la trataba con tanta indiferencia que las lágrimas se le agolparon en los ojos de inmediato.

_ ¿Dónde estuviste anoche? _ se oyó preguntando.

_Salí con unos amigos de la oficina_ respondió él.

_Llegaste muy tarde_ dijo ella _ estaba preocupada, te llamé varias veces y tenías el teléfono apagado.

_ No pensé que querrías hablar conmigo, estabas muy ocupada con tu esposo.

_Exesposo_ dijo ella sin mirarlo a los ojos, las lágrimas la amenazaban.

_No me pareció eso ayer_ dijo y volvió a arrepentirse de lo que dijo.

_Lo que viste, no es lo que parece_ dijo ella con la voz entrecortada.

_La verdad, no tienes que explicarme nada_ dijo él y sintió un enorme peso en el pecho.

_Por favor, ¿puedo pasar? _ preguntó en un susurro.

Alejandro hizo un gesto de resignación con las manos y se hizo a un lado. Quería parecer indiferente con ella, pero la realidad era que estaba a punto de desplomarse, no se encontraba preparado para enfrentarla en ese momento. Ella no se sentó, él tampoco le ofreció asiento. Se quedaron parados en medio de la sala, uno frente al otro.

_Mi madre le pidió a Richard que viniera a verme_ explicó_ está preocupada por mí, me siente distante y retraída, dice que he cambiado desde que estoy aquí.

_Es comprensible_ respondió él.

_Richard quiere que regrese a casa_ dijo concentrándose en sus manos.

_Tal vez sea lo mejor_ respondió Alejandro poco después.

Laura lo miró a los ojos solo unos segundos y luego volvió a concentrarse en sus manos.

_Lo estoy considerando seriamente_ dijo_ pero creo que también deberías irte.

Él le dedicó una media sonrisa triste e incrédula.

_No tengo porque irme_ contestó_ ya no tengo motivos para irme_ agregó y le dedicó una mirada fría y triste.

_Por favor, Alejandro, créeme, lo mejor sería que te fueras.

Alejandro suspiró frustrado y puso los ojos en blanco.

_Si es eso todo lo que viniste a decirme, me gustaría regresar a la cama_ dijo señalándole la puerta.

Laura ya no pudo con el peso que cagaba y empezó a sollozar. Alejandro se quedó paralizado, perplejo y aturdido, de pronto la vio vulnerable y muy susceptible.

_Por favor no llores_ dijo cuando pudo reaccionar.

Como respuesta, cayeron más lágrimas, lentas, lacerantes y calientes por la mejilla de la psicóloga.

_Lo siento, no puedo evitarlo_ dijo tratando de secarse las lágrimas con el dorso de su mano derecha.

No dejó de llorar mientras Alejandro la rodeaba entre sus brazos acunándola, pero entonces, el abogado pareció vacilar, debió haber recordado algo, su expresión era el de un hombre que había presenciado una escena no muy agradable hacía poco tiempo.

_ ¿Aún lo amas? _ preguntó, reteniendo el aire en sus pulmones.

Laura no pudo moverse, ni responder de inmediato. Sabía muy bien la respuesta a esa pregunta, no temía dársela, pero si temía la pregunta que vendría a continuación.

_No_ respondió poco después aún entre sollozos_ hace mucho tiempo que dejé de amarlo.

Alejandro bajó la mirada buscando los ojos de Laura.

Ella adivinó en los ojos del abogado, una chispa de fuego ardiente de esperanzas.

_Pero aún así, estuvo a punto de besarte_ dijo él.

Laura se sintió culpable, no pudo mirarlo a los ojos.

_Me dijo que no me había olvidado, que quería volver a intentarlo_ explicó ella.

_Y estuviste de acuerdo_ aseveró el abogado con un gesto de desconsuelo.

Ella negó con la cabeza.

_Andy llegó justo en el momento en que iba a decirle que yo…_ y dejó la frase inconclusa.

Empezó de nuevo a llorar, estaba hecha un lío, su vida era una locura, y ya no podía con todo lo que sucedía. Alejandro la volvió a abrazar contra su pecho, no podía evitarlo, sentía debilidad por ella.

_Odio llorar_ dijo_ siempre me consideré una mujer fuerte e independiente, pero todo esto me sobrepasa.

_No tiene porque ser todo una tragedia_ dijo él_ tal vez si aceptas la verdad las cosas mejoren para ti.

_ ¿De qué verdad me estás hablando? _ preguntó ella confusa.

_Tal vez sigues enamorada de Richard_ contestó Alejandro con la voz entrecortada_ es por ello por lo que nunca has querido rehacer tu vida con otra persona.

Laura se separó de él bruscamente, como si alguien hubiese acercado a ella un metal al rojo vivo. Se veía alarmada e inquieta.

_ ¡No estoy enamorada de él! _ dijo enfática.

Alejandro encogió los hombros desconcertado. Laura se movió inquieta de un lado a otro, con una mano en la cintura y la otra sobre sus labios.

_Hay cosas que aún no estoy dispuesta a decir, pero quiero que te quede muy claro que no estoy enamorada de Richard_ volvió a repetir.

Alejandro asintió lentamente, no dijo nada, pero por su expresión quedaba claro que le alegraba mucho oírlo.

_Entonces, ¿te irás con él? _ preguntó.

Ella suspiró profundamente, estaba cansada física y emocionalmente.

_Debería hacerlo_ dijo casi en un gemido.

_Laura te siento extraña, ¿porque no me dices que sucede? _ le pidió.

Laura levantó la mirada y observó los ojos desconcertados de Alejandro. Se dejó caer en el sillón de la sala y empezó a sincerarse.

XIV

_No me pasará nada_ dijo el abogado después de que ella le confiara su mayor temor.

_No puedes estar seguro de eso_ contestó ella.

_Claro que lo estoy, una vez dijiste que si John pudiera hacerte daño ya lo habría hecho. Solo está tratando de amedrentarte.

_Recuerdo que te dije eso, fue justo antes de que casi muriera asfixiada debajo de la casa 110_ dijo ella con ojos perturbados.

_Eso no tuvo nada que ver con John_ dijo Alejandro_ fuiste tu quien decidió meterse debajo de la casa. Y casi mueres asfixiada por falta de oxígeno. No tuvo nada que ver con John_ volvió a repetir.

Laura se quedó en silencio sopesando las explicaciones de Alejandro, pensó que él tenía razón, pero no podía arriesgarse.

_De todas maneras, no pienso correr el riesgo_ dijo ella.

Alejandro le dedicó una de sus mejores sonrisas ladeas, que aceleró el corazón de su vecina.

_Soy yo quien toma esa decisión_ contestó.

Ella quiso protestar, pero él levantó el dedo índice de su mano derecha en señal de silencio.

_Si es eso lo que te preocupa, quiero que tengas en claro que no pienso irme, me quedaré aquí e investigaré mientras tú regresas a Maine.

_No voy a irme dejándote solo aquí_ dijo ella.

_Pues está decidido entonces_ dijo el abogado_ nos quedamos.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS ( Fragmento)

VII

Corrían los últimos días de agosto y con el final del mes se esperaban también el lento desandar del invierno y sus gélidos días. Algunos árboles exhibían ya minúsculos pero brillantes brotes verdes que se extenderían rápidamente por todo el bosque dando la bienvenida a la primavera. Los pajarillos volaban de aquí allá en busca de pajas secas y pequeñas ramillas, apresurados en edificar sus nidos a la espera de la nueva vida que estaba por llegar. Los huertos se preparaban para recibir las nuevas semillas, mientras que el ganado daría a luz a la nueva descendencia. 

Las mujeres se reunían una vez por semana para viajar hasta el pueblo y abastecerse de víveres y cualquier otra cosa que necesitaran, además de aprovechar ese tiempo para distraerse un poco de los largos días de confinamiento en la hacienda. Hacían el recorrido en una traqueteante carreta que discurría por la brecha de rojiza tierra abierta en medio del bosque. Las nubes grises se habían convertido en pedazos de algodón dispersas en forma desordena sobre el manto de cielo azul profundo. El viento soplaba fuerte y daba la sensación de que las nubes se movían con rapidez sobre sus cabezas. El sol apenas era un círculo brillante y lejano, sus rayos no alcanzaban a calentar el aire.

A medida que la carreta se alejaba de la hacienda, los amplios bosques se iban reduciendo a pastizales algo amarillentos salpicados con pequeñas casitas de paredes blancas y techos de paja. Unos kilómetros más adelante, los campos fueron menguando y las casitas aparecían ahora cada vez más seguido, aunque distaban mucho de constituir un centro poblado.

Las cinco mujeres que formaban parte de aquella pequeña excursión charlaban alegremente de sus actividades cotidianas y de lo que pretendían hacer una vez que estuvieran en el pueblo.  El frío parecía no tener efectos sobre ellas, o tal vez las ganas de alejarse por unas horas de sus obligaciones le ganaban la partida.

 Kataryna quien formaba parte del grupo, sonreía de tanto en tanto e intervenía con palabras lacónicas y monótonas, su mente se hallaba sumida en los dos encuentros que había sostenido con Alexander y en el impacto que habían representado en ella. Había pasado una semana desde su última entrevista y no había vuelto a saber nada de él. Por un lado, pensaba que era lo más sensato, pero por otro lado deseaba intensamente volver a verlo.

La brecha se había convertido en un sendero más amplio, y las casitas se acomodaban ahora una al lado de la otra en forma mucho más ordenada. Había que pasar frente a casas muy modestas y luego andar alrededor de quinientos metros antes de que el sendero se transformara en una amplia avenida desde donde partían una serie de calles perpendiculares que se extendían a lo largo y ancho del pueblo.

La carreta pasó frente a una pequeña barbería cuyo dueño, un hombre alto y enjuto las observaba a través de la ventana. Dejaron atrás al delgado barbero para recorrer la calle observando pequeños negocios como el del prestamista del pueblo o el del ferretero. Un jovencito algo encorvado y desaliñado caminaba con parsimoniosa lentitud. Una mujer tiraba de la mano a un chiquillo que probablemente era su hijo que lloraba a moco tendido. Un poco más adelante, un hombre regordete luchaba con una mula que se empecinaba en conducirlo en otra dirección. Los ojos de Kataryna se toparon con el carnicero que cargaba sobre sus hombros una pierna completa de res. Una viejecita pulcramente vestida salía de una tienda con un canasto de lleno de verduras después de hacer las compras. Dos perros peleaban por un hueso en una esquina. Tres niños haraganeaban frente a la vitrina de la panadería como si quisieran devorarse el pan de maíz.

 Se detuvieron frente a un edificio de dos plantas, era el único lugar en todo Oberá en donde podían comprar desde harina y tomates, pasando por serruchos y palas, hasta paños de algodón de vistosos diseños e incluso zapatos. El edificio ostentaba un gran cartel que rezaba “LA MERCANTIL”.  Se apearon al tiempo que se frotaban las manos, en un intento por entrar en calor, el viento se había encrespado, parecía una mano helada que acariciaba sus cuerpos. Enfilaron el camino de ingreso en medio de entusiastas charlas. Abrieron la puerta e ingresaron apresuradas, el cambio de temperatura fue evidente y bien recibido por todas. De inmediato, revolotearon de un lado a otro del establecimiento mientras admiraban las nuevas telas provenientes de Buenos Aires, los elegantes zapatos que de seguro no necesitaban y algunas pequeñas baratijas como pulseras, aretes y sortijas.

El lugar era regentado por un hombre entrado en años, bastante corpulento, de rostro redondo como una luna, pero rojo como un tomate maduro. Sus ojillos verdes parecían dos canicas de cristal. Su cabeza carente por completo de pelo parecía uno de aquellos melones que solía vender, que orgullosamente decía provenía de Brasil a modo de publicidad que le garantizaba obtener algún veneficio monetario extra.

Pawel se llamaba y provenía de Polonia y a pesar de su carácter algo amargo e irritable, tenía cierta debilidad por las guayabas, por lo que Kataryna intentaba hacerse con algunas cada vez que iba a LA MERCANTIL. Aquella vez no fue la excepción, mientras las demás mujeres apreciaban la nueva colección de paños, Kataryna se acercó a Pawel extrajo del bolsillo de su abrigo un par de guayabas envueltas en un pañuelo y se las entregó junto con la mejor de sus sonrisas. El rostro de Pawel se iluminó, sus ojillos se abrieron de par en par, y sus ya de por si delgados labios formaron una fina línea curva cuando sonrió. Su rostro se tornó mucho más rojo y ya no solo parecía una luna llena, sino que ahora parecía una luna llena escarlata.

El viento aullaba afligido afuera y sacudía amenazante la puerta de la tienda.

Las mujeres contemplaban las vitrinas con ojos admirados y exaltados como si contemplaran a través del viejo y gastado vidrio una parte de sus anhelos y esperanzas.

La puerta de abrió de repente sobresaltando a todos, el viento helado ingresó sin invitación.  El hombre de la cara de luna se apresuró a cerrarla con un portazo. Las mujeres regresaron a sus parloteos mientras Kataryna se les unía observando todo con ojos interesados. Mirar no contaba nada y hacerse ilusiones tampoco, pensó.

De pronto oyeron un chasquido metálico y luego un chirrido de goznes oxidados y la puerta volvió a abrirse. Todas las miradas se dirigieron hacia la puerta, al parecer llegaba un nuevo cliente.

Alexander entró a la tienda, con refinada lentitud, como si se tratara de algún emperador o algún rey y a continuación cerró la puerta tras de sí con todo cuidado, a pesar de que afuera el viento parecía debatirse en una batalla consigo mismo.

Hizo una pausa, y recorrió el establecimiento con la mirada, deteniéndose en Kataryna y contemplándola con los ojos entornados y relucientes de interés. Mientras que ella alzó la vista hacia los ojos azules de Alexander que relucían como gemas en su montura lustrada y de pronto no solo sintió deseo de hablarle sino una urgente necesidad de hacerlo. Oyó risitas ahogadas a sus espaldas e intentó de serenarse. Volteó despacio y observó a sus compañeras de excursión cuchicheando como colegialas. Alexander tenía aquel efecto en todas las mujeres a su alrededor.

Pawel saludó al nuevo cliente con efusivas palabras. La inmensa luna que tenía por rostro parecía francamente alegre de verlo. Alexander respondió a su saludo con una inclinación de cabeza y ambos intercambiaron unas palabras amistosas. Luego, recorrió el establecimiento observando herramientas. Saludando con caballerosidad a las damas cuando se topaba con ellas. Kataryna mantuvo cierta distancia, su corazón latía acelerado y el rubor se le había subido a la cabeza.

Alexander se fue acercando a ella con disimulo hasta que se situó a su lado. La saludo con un cortés, pero distante buenos días para luego acercarse de nuevo a Pawel y decirle algo que Kataryna no pudo oír. En seguida, salió del recinto y Kataryna lo perdió de vista, dejándola perpleja y confusa. Al mismo tiempo, las mujeres reanudaron sus bulliciosas pláticas, regateando con el hombre con cara de luna alguna baratija o algunos metros de paños.

Cuando retornaban a la hacienda, se hizo el silencio, algunas pensaban en cómo explicarles a sus esposos los gastos en los que habían incurrido, otras en el vestido que se confeccionarían con el nuevo género que adquirieron, mientras que Kataryna pensaba en la actitud fría y distante de Alexander.

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CASA 110 (Fragmento)

XI

Laura no dejaba de ver a través de la ventana, estaba nerviosa y a la vez ansiosa. Hacía horas que Alejandro había salido en el Corola, faltaba poco para que amaneciera y ella se sentía preocupada y alterada. Había intentado llamarlo en varias ocasiones y en todas ellas solo obtenía como respuesta la grabación de la contestadora.

Richard dormía en la habitación de huéspedes ajeno a las preocupaciones de Laura, mientras ella no dejaba de culparse por lo que había sucedido, sabía que Alejandro los había visto a punto de besarse y aquel error no la dejaba descansar. Cuando su exesposo llegó y la tomó entre sus brazos, se sintió en casa, acogida y protegida. Y cuando él le pidió que regresara a Maine, llegó a pensar que era lo más sensato que podía hacer. Y cuando él se acercó a sus labios y le dijo que no la había olvidado, pensó que estaba a punto de cometer una locura, pero no le dio tiempo de negarse porque oyó a Andy rascando la puerta.

Si aún pensaba que podía seguir amando a Richard, toda duda desapareció en el momento en que Alejandro se presentó en su casa cuando su exesposo estuvo a punto de besarla.

Ya no amaba a Richard, es más tenía la ineludible certeza de que amaba a Alejandro más que a nada en el mundo.

Ahora, cuando faltaba poco para el amanecer, quería retroceder el tiempo y borrarlo todo. Suspiró impotente y preocupada.

_ ¿Dónde diablos puede estar? _ se preguntó a si misma con voz susurrante.

Sintió que su corazón estaba a punto de explotar, la sensación de estar a oscuras, de no tener idea de lo que estaba pasando la estaba matando lentamente.

Se dirigió a la cocina y preparó la cafetera. Sabía que, aunque lo intentara, no podría pegar un ojo, así que no se molestaría en regresar a la cama. Escrutó la calle desde la ventana de la cocina y le pareció percibir el murmullo lejano de un motor. Se quedó esperando a que el vehículo se acercara. Sabía a quién pertenecía, podría reconocer ese sonido entre miles si fuera necesario.

 Su corazón se aceleró de nuevo, vio al Corola detenerse frente a la casa de Alejandro, pero nadie se apeó de inmediato. Interminables minutos después, se abrió la puerta y vio al abogado descender despacio. Parecía desorientado, llevaba el pelo desarreglado y el fondillo de la camisa fuera del pantalón, no llevaba puesto su abrigo, a pesar de que afuera hacía un frío espantoso. Se tambaleó un poco, pero pronto recuperó el equilibrio. Cerró la puerta de su carro y subió con dificultad las gradas que se dirigían a la puerta de entrada. Buscó en el bolsillo de su pantalón por unos segundos que a Laura le parecieron interminables, hasta que encontró lo que buscaba. Extrajo la llave de la casa e intentó introducirla en el ojo de la cerradura sin mucho éxito. Laura pudo ver con claridad que el abogado se había pasado de copas. Luego de varios intentos, al fin pudo abrir la puerta. Se metió dentro y cerró la puerta a sus espaldas. No se molestó en encender las luces, ya casi estaba amaneciendo. Se dirigió a su habitación y Laura no pudo ver más. Echó la cabeza para atrás y cerró los ojos, sintió una opresión en el pecho, de culpabilidad y dolor.

XII

_ ¿Qué haces allí parada en penumbras? _ preguntó Richard haciendo que Laura diera un respingo.

_ ¡Por Dios me asustaste! _ dijo llevándose una mano al pecho.

_Lo siento_ se excusó Richard con una sonrisa_ ¿En que estas tan concentrada? _ agregó acercándose a la ventana y hurgando a través de ella.

Richard cambió de expresión de inmediato, se puso serio y pensativo.

_ ¿Si te pregunto algo, me contestarás con la verdad? _ preguntó.

Laura pensó de inmediato que había cosas que no deseaba responderle a su exesposo. Richard no esperó su respuesta.

_ ¿Tienes algo con ese abogado? _ preguntó y la miró fijamente a los ojos.

Laura pensó que la respuesta a esa pregunta era sencilla.

_No_ contestó.

_ ¿Por qué me parece que no me dices la verdad?

_No tengo porque mentirte, no hay nada entre nosotros, solo somos amigos_ respondió algo incómoda.

_ Pareces incómoda. Si no hay nada entre ustedes no debería molestarte.

_Lo que me molesta es que quieras saber cosas intimas sobre mí.

_Pensé que siempre hablábamos de nuestras relaciones_ dijo Richard algo confundido.

_Lo hacemos, pero entre Alejandro y yo no existe nada_ dijo y se le quebró la voz.

_Ya veo_ dijo Richard_ ese es el problema.

_No hay ningún problema_ se apresuró ella a decir.

_Entiendo, mi propuesta de llevarte a Maine sigue en pie, creo que te vendría bien estar en casa por un tiempo, eso tranquilizaría a tu madre.

_Te lo agradezco Richard, lo voy a pensar, solo dame un par de días_ contestó.

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HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA Y ALEXANDER) (Fragmento)

VI

La mañana era fría pero los débiles rayos de sol la iluminaban con su amarillo mortecino. Kataryna no había dormido muy bien la noche anterior pensando en el inusual encuentro que había sostenido con Alexander Ivanov. En aquellos momentos en que se dirigía de nuevo rumbo a la cabaña en el medio del bosque, su corazón latía acelerado, le latía en la garganta como si estuviera a punto de salírsele por la boca. Había algo en aquel hombre que no solo la desconcertaba, sino que la atraía, y aquella podía ser una combinación peligrosa.

Cruzó con pasos rápidos el campo, se introdujo por el estrecho sendero del bosque deslizándose a través de él con pasos decididos y seguros. Se detuvo unos segundos frente al arroyo para dejar que su corazón se sosegara un poco y luego lo cruzó con pasos sólidos y certeros. Siguió andando y a medida que se acercaba a la cabaña, su corazón volvió a acelerársele y a latirle no solo en el pecho sino también en los oídos.  Cuando divisó la cabaña y observó que la chimenea lanzaba su acostumbrada humareda gris sintió un profundo alivio, ya que temía que al llegar pudiera hallarla vacía.

La puerta se abrió despacio, y el chirrido de goznes oxidados volvió a darle la bienvenida. Levantó la mirada llena de perplejidad al observar la sonrisa relajada de Alexander. Se sentía confusa por su forma de proceder. Era completamente consciente de que su forma de conducirse no era la adecuada. No era correcto que se empeñara en buscar aquel encuentro.

Alexander la sacó de sus titubeantes pensamientos al acercarse a ella.

_Buenos días, me alegra mucho que haya regresado_ dijo y la animó a que entrara a la casa con un gesto de su mano.

A Karatyna le pareció uno de aquellos gestos de saludo a la realeza, una leve inclinación de cuerpo, la mano extendida hacia adelante.

Las piernas de Kataryna se movieron de inmediato como si obedecieran una imperceptible y misteriosa orden. Aunque la luz del sol era maravillosa tenía la sensación de estar a punto de entrar en un lugar a oscuras sin saber si sería capaz de encender alguna luz y poder atravesarla sin contratiempos.

No pudo decir que hiciera calor en la cabaña, por el contrario, a pesar de que la chimenea estaba encendida, podía vislumbrar los halos de vapor que se escabullía de su boca cuando respiraba. De pronto comprendió a que se debía, las ventanas de la cabaña estaban abiertas de par en par.

_Lo siento_ se disculpó Alexander_ estaba ventilando la cabaña, no es conveniente que permanezca cerrada siempre.

Se apresuró a cerrar las ventanas y la temperatura mejoró de inmediato.

_Siéntese por favor_ dijo Alexander, con unos modales que Kataryna consideró en extremo corteses.

Imaginó que aquel hombre provenía de una familia adinerada y con mucha educación. No sería el primero ni el último, había oído algunos casos de hombres y mujeres de la aristocracia que habían huido de Rusia luego del derrocamiento del zar.

_ ¿Le gustaría un café? Aún no lo preparo, pero puedo hacerlo si gusta.

_No quiero ocasionarle problemas_ contestó, era lo primero que decía desde que había llegado.

_No es un problema. Ahora mismo lo preparo_ dijo y se dirigió a la pequeña cocina. Situó una tetera sobre la plancha de su cocina a leña que al parecer permanecía encendida.

Kataryna pensó, que tal vez había pasado la noche allí y que se disponía a tomar desayuno cuando ella llegó.

_Le gustaría algo de comer, tal vez unos huevos_ lo oyó decir.

_No gracias ya desayuné_ contestó_ con el café está bien.

_Espero que no le moleste que prepare algunos para mí, todavía no he desayunado.

Karatyna se puso blanca como el papel y pareció turbada.

_Lo lamento, debí saber que era muy temprano_ dijo_ será mejor que lo deje solo.

Intentó desandar los pasos y salir por la puerta lo más rápido que los pies le permitían, pero Alexander era mucho más veloz. La detuvo cuando pretendía abrir la puerta.

_No se vaya por favor. Estaba deseando que viniera. No se vaya.

Kataryna se quedó viéndolo confusa y apenada, pero a la vez atraída y fascina por la presencia de aquel misterioso hombre.

Alexander le sonrió afectuosamente y le señaló el desvencijado sillón morado. Kataryna caminó hasta él y se dejó caer pesadamente mientras emitía un suave y casi imperceptible suspiro. Esta vez no había olvidado la pañoleta y se debatió por unos segundos entre sacársela o dejársela puesta. Resolvió que era una tontería dejársela puesta ya que estaba dentro de la cabaña. Se la desamarró, terminó sacándosela y la dejó a un lado. Se pasó la mano por el prolijo pelo recogido en un rodete.

Alexander se dirigió a la cocina y se frio unos huevos mientras interrogaba a Kataryna.

_Ayer me contó todo sobre su huida de Ucrania y sobre las dificultades que experimentó su familia para llegar hasta aquí. Pero salió apresuradamente y no tuve la oportunidad de preguntarle si le gusta el lugar, si ha sido fácil para usted adaptarse.

Kataryna pareció sopesar sus preguntas.

_Creo que no he tenido tiempo de pensar mucho en ello_ dijo con una sonrisa algo avergonzada_ desde que llegamos no he hecho más que trabajar. Pero imagino que cualquier lugar es mejor que Ucrania en estos momentos.

_Vaya, creo que no está muy convencida de que haya sido buena idea haber venido a Oberá_ dijo Alexander con una sonrisa tensa e incómoda.

_No me mal interprete_ se apresuró ella a decir_ no quise decir que este lugar me desagrade. Todo lo contrario, aquí tenemos lo suficiente para comer, Daryna puede salir con libertad, jugar con sus amigos e ir a la escuela.

Guardó silencio por unos segundos, sopesando sus siguientes palabras. Quiso sentirse en libertad de decirle que su esposo odiaba tener que trabajar para él, que odiaba sentirse despojado de todo y que no dejaba de fastidiarla con su falta de gratitud, su orgullo y su soberbia. Pero decidió que era mejor no decir nada más.

_No me haga caso, sé que con un poco más de empeño las cosas se encaminaran.

Alexander sirvió los huevos en un plato de hojalata y tomó un tenedor de la repisa. Se acercó a ella y se sentó en la silla forrada de cuero.

_Sé que es difícil al principio_ dijo mientras se inclinaba hacia ella con el plato en una mano y el tenedor en la otra, con la cabeza levantada hacia arriba _ pero sé que se acostumbrará y terminará por gustarle. Pero si necesita algo en lo que pueda ayudarla no deje de hacérmelo saber.

_Se lo agradezco_ dijo mientras se sonrojaba.

Alexander empezó a comer con aparente apetito mientras Kataryna se removía inquieta en el sillón. La situación era algo extraña e incómoda. Intentó decir algo para romper aquel estado de tensión palpable, rebuscó en su mente algún tema de que conversar hasta que la pregunta nació sin mucho esfuerzo de sus labios.

_ Es un anillo interesante. Parece importante para usted. ¿De qué animal se trata?

Alexander levantó la mirada hacia el techo de tejas desvaídas como si recordara algo agradable. Una pequeña sonrisa se le dibujó en los labios. En seguida fijó sus ojos en Kataryna.

_Fue un regalo de unos amigos. Lo llevo hace muchos años. Es el leopardo de Amur.

_Lo aprecian mucho_ dijo ella.

Alexander la miró con el entrecejo fruncido como si no comprendiera lo que ella acababa de decir.

_Sus amigos lo deben apreciar mucho_ se explicó.

_Lo hicieron_ contestó.

La sonrisa de Alexander se torció al pronunciar aquellas palabras convirtiéndose en una mueca amarga y triste.

_Todos están muertos_ agregó_ murieron durante la guerra. Soy el único que queda con vida.

La amarga y triste sonrisa reapareció en el rostro de Alexander.

_Lo siento_ dijo ella.

_Gracias. Pero, aunque sea difícil de comprender, supongo que así es como debía ser_ dijo y se llevó algo más de comida a la boca.

Masticó lentamente mientras recordaba a cada uno de sus amigos. Los buenos y malos momentos compartidos. También recordó a sus padres y desde luego a Tatiana.

_ Ayer me pidió que le hablara de mi historia, ¿quiere hacer lo mismo? _ dijo Kataryna sacándolo de sus cavilaciones.

Tan pronto como hubo formulado la pregunta, se dio cuenta que había entrado en un terreno regido por el dolor y el recuerdo, oscuro por los bordes, negro como el cielo sin estrellas en lo profundo.

Ivanov la miró a los ojos y aquella sonrisa amarga y triste volvió a curvar sus labios. Apuró lo que quedaba en el plato. En aquel momento la tetera empezó a emitir su sibilante aullido. Alexander se puso de pie y se dirigió a la cocina, dejó el plato sobre la repisa, retiró la tetera del fuego y vertió el agua hirviendo sobre los granos de café molido, dejó la tetera en la repisa y se dirigió de nuevo hacia el sillón que ocupaba Kataryna.

_No creo que sea buena idea que deje la tetera sobre la repisa de madera, puede terminar quemándola_ dijo ella.

Alexander le regaló una sonrisa algo avergonzada. Regresó sobre sus pasos, tomó la tetera y la situó de nuevo sobre el calentador.

_ ¿Así está mejor? _ preguntó al tiempo que volvía a sonreír.

Kataryna pensó que aquella sonrisa triste y amarga había desaparecido al menos de momento.

_Mejor_ contestó ella y se echó a reír.

_No soy muy bueno en esto_ dijo a modo de disculpa.

_Lo hace usted bastante bien para ser hombre_ dijo ella mientras se echaba a reír de nuevo.

Alexander pensó que Kataryna era una mujer bastante atractiva dueña de una sonrisa agradable que ella se encargaba de mantener escondida.

_Tomaré eso como un cumplido entonces_ dijo él sonriendo ampliamente.

Se acercó de nuevo a Kataryna y volvió a ocupar su lugar.

_El café estará listo en unos minutos_ informó.

Kataryna asintió con una media sonrisa.

Alexander suspiró profundamente antes de empezar a hablar.

_ Creo que tiene razón, usted me contó su historia y ahora me toca a mí hacerlo. Desde que dejé Rusia nunca lo he hablado con nadie. No soy muy bueno para hablar de mi con los demás.

_Pero es muy bueno para escuchar a los demás y para hacerlos hablar.

Esta vez fue Ivanov quien se echó a reír, inclinando la cabeza para atrás y emitiendo una leve carcajada.

_No sé si eso es un cumplido o, todo lo contrario.

_En realidad es un cumplido, conozco pocas personas a quienes les importa lo que los demás tengan que decir.

Alexander se quedó en silencio unos segundos, apoyó los antebrazos sobre sus muslos, cruzó los dedos de sus manos, fijó los ojos en el suelo y empezó a hablar. Le contó con lujo de detalles los aspectos de su vida, omitiendo claro estaba los detalles referentes a Tatiana y no porque quisiera ocultárselo, sino porque solo le pertenecían a él y a nadie más. Tatiana era ahora un ser omnipresente para él, algo así como su dios personal.

Por momentos su voz se convertía en un susurro que parecía tener vibración propia, en otros se volvía débil y carente de inflexiones parecía la voz de un hombre que aún no despertaba de la terrible pesadilla de la guerra. En todo momento los ojos de Kataryna estuvieron fijos en él, había perdido la cuenta de las veces en que lo vio vacilante y confuso. Alexander contuvo las emociones que parecían arremolinarse en su interior con mucha dificultad.

  Kataryna pensó que la vida de ambos se había convertido en una suerte de extraña neblina que apenas ahora empezaba a disiparse. Una cálida y vertiginosa sensación le recorrió el cuerpo. Se sintió confusa y alarmada.

Alexander se levantó de súbito con la excusa de buscar el café, cuando en realidad no podía seguir hablando. Se dirigió a la cocina y filtró el café. Lo sirvió en dos tazas al tiempo que le preguntaba a Kataryna cuantas cucharadas de azúcar quería con el café. Ella levantó la mano y sostuvo dos dedos, el índice y el corazón en alto mientras hacía la señal de la victoria. Alexander agregó el azúcar a una de las tazas, no agregó azúcar a la otra. Se acercó de nuevo con las tazas en la mano. Extendió una en dirección a Kataryna. Ella la tomó agradeciendo con una leve inclinación de cabeza. El café estaba algo frío, pero prefirió no hacer comentario alguno al respecto.

_No ha sido fácil_ dijo él_ pero me siento extrañamente tranquilo, liberado en cierta forma.

Kataryna dejó la taza sobre la mesilla de centro y sonrió.

_Me sentí de la misma manera ayer cuando terminé de hablar con usted.

_Creo que luego de tantas confesiones es tiempo que nos tuteemos_ dijo él esperando en que ella estuviera de acuerdo.

Había algo en aquella mujer que lo hacía confiar, lo hacía sentirse seguro. Nunca había confiado sus más profundos sentimientos y emociones a nadie más que a Tatiana. Tenía sentimientos encontrados, por un lado, se alegraba de haber encontrado a alguien con quien compartir algunos aspectos de su vida, pero por otro lado sentía que traicionaba a Tatiana en cierta forma.

_Estoy de acuerdo_ la oyó decir con una sonrisa.

_Entonces ahora que estamos de acuerdo podemos conversar con más libertad_ dijo Alexander pensando en que deseaba preguntarle algunas cosas sobre su esposo.

Estaba seguro de que sus continuas borracheras no pasaban desapercibidas para ella. Pero Kataryna tenía otros planes.

_No te molesta que te pregunte algunas cosas, ¿no es así? ¿cómo te hiciste la cicatriz que tienes en el rostro? parece profunda. También he notado que tienes otra en la palma de la mano. ¿y el guardapelo que llevas contigo a todas partes? ¿te lo dio tu esposa? ¿para recordarla cuando están separados?

Alexander levantó una ceja ante la rápida batería de preguntas al mismo tiempo que sus labios se dibujaba una sonrisa nerviosa.

_Las cicatrices son producto de la guerra_ dijo guardó silencio por unos momentos antes de seguir_ el guardapelo no me lo dio mi esposa, pero me recuerda a alguien que ocupa un lugar muy especial en mi corazón.

Kataryna notó que los ojos de Alexander se trasformaban, habían perdido aquel brillo, parecía del color del cielo cuando las nubes la oscurecían. Decidió que no debía insistir, era evidente que al igual que ella, Alexander tenía secretos que no deseaba revelar.

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CASA 110 (fragmento)

IX

Cuando al fin pudo terminar el trabajo que su padre le había encomendado, suspiró aliviado. Decidió que era tiempo de regresar a casa de Laura y terminar la charla que habían dejado pendiente. Llevaría a Andy con él ya que no lo había sacado en toda la tarde y ya pasaban de las diez de la noche. El perro movía la cola entusiasmado, tenía un sexto sentido perruno cuando se trataba de Laura, y en ese momento, sabía a la perfección que su amo iría a verla. Alejandro abrió la puerta y Andy apretó la carrera en dirección a la casa de Laura. El abogado sonrió divertido, Andy nunca se cansaba de ver a Laura. “Igual que su dueño”, pensó. Esta vez, Alejandro no se quedó atrás, corrió detrás de su perro para entrar en calor. En lugar de utilizar las gradas para bajar las escaleras que conducían a la casa de la psicóloga, saltaron la valla de piedras, y aterrizaron en el jardín.

 Alejandro solo necesitó un segundo para pensar que la luz del porche estaba apagada. Pero había una lámpara de mesa encendida en una esquina de la sala, lo cual le pareció extraño. Laura siempre encendía la luz del porche cuando apenas oscurecía. El abogado iba a solo un metro detrás de su perro, traía una sonrisa tonta en los labios, pero se quedó petrificado al ver a través de la ventana. Su sonrisa se heló y se volvió amarillenta, evocaba a una de aquellas bandas de cimbreante y retorcida lava que se amontonan en los niveles bajos del cráter de algún volcán. Un hombre rodeaba a Laura por los hombros, se hallaban sentados en el sillón de la sala, de espaldas a la ventana a través de la cual observaba Alejandro. El hombre se inclinó y estuvo a punto de besarla cuando Andy empezó a ladrar y a rascar la puerta de su vecina. Se sintió asombrado, perplejo y definitivamente fuera de lugar.

_ ¡Andy! _ dijo Laura sobresaltada y se paró de un salto.

Volteó hacia la ventana y lo primero que vio fue el rostro aturdido, contrariado y confuso del abogado, y quiso que la tierra se la tragara. Alejandro intentó regresar sobre sus pasos, pero ya era tarde. Laura abría la puerta con el corazón acelerado y un enorme nudo en la garganta. De inmediato, el perro ingresó a la casa, pero esta vez, no le prestó atención a Laura, se acercó de inmediato a Richard y le dedicó un gruñido de advertencia. A Alejandro no le quedó más remedio que ingresar a la casa y detener a su mascota.

_Andy, ven aquí_ dijo sujetando al perro de la correa.

Laura lo miraba con ojos avergonzados, se sentía nerviosa y arrepentida. Los ojos oscuros y escrutadores de Alejandro descendieron sobre Richard y luego se posaron en el rostro de Laura. Tenía el semblante adusto y serio.

_Lo siento_ se excusó con ella_ no quise interrumpir, no sabía que estabas con alguien.

Antes de que Laura pudiera responder, el hombre que seguía sentado en el sillón, se puso de pie, le tendió la mano a Alejandro y se dirigió a él en un masticado español.

_Soy Richard, esposo de Laura_ dijo.

_Exesposo_ corrigió la psicóloga de inmediato.

Alejandro asintió y estrechó la mano del hombre, para luego concentrar de nuevo su atención en Laura.

_Lamento la interrupción_ se excusó de nuevo y la miró con ojos dolidos.

Todo el color había desaparecido de sus mejillas y unas manchas oscuras debajo de sus ojos tomaron su lugar, líneas de dolor corrían por la comisura de sus labios.  Era la expresión más desgarradora que Laura había visto en él después del día en que le salvara la vida. Alejandro trató de salir de la casa, pero Laura lo detuvo de inmediato.

_No tienes que irte_ dijo_ Richard y yo íbamos a comer algo, ¿quieres quedarte? _ preguntó esperanzada.

_No gracias, ya cené_ contestó y le ofreció una sonrisa hueca, que la inquietó mucho más que sus desilusionados ojos.

_Espero que su estancia en La Oroya sea agradable_ dijo dirigiéndose a Richard y su voz sonó demasiado formal.

Richard se lo agradeció con una inclinación de cabeza. El abogado salió de inmediato de la casa, estaba a punto de perder los papeles. Laura lo vio alejarse desesperada.

X

Cuando Alejandro salió del lugar, arrojó un suspiro de desconsuelo sin siquiera percatarse de ello. Se dirigió deprisa rumbo a su casa sin voltear, el perro corría a su lado mirándolo con cierto aire de tristeza. Se detuvo, bajo uno de los cipreses que se alzaban alrededor de su casa para esperar a que se le calmara el corazón que le latía a toda velocidad. Sacudió la cabeza, ¿por qué tendría que estar sorprendido?, pensó, parte de él siempre supo que no iba a ser fácil hacer que ella se enamorara de él, pero al mismo tiempo se sentía amargamente decepcionado y dolido.

En ese instante, tres cosas lo golpearon en sucesiones rápidas. Primero, ella no lo necesitaba. Segundo, ella aún amaba a su exesposo y tercero, ella nunca sería suya. Apoyó la mano derecha contra el tronco de un antiguo árbol e inclinó el cuerpo hacia delante, como si acabara de correr una Maratón y necesitara algún apoyo para recuperarse. Aspiró profundamente un par de veces. Decidió que ya era tiempo de dejar de guardar esperanzas, porque era eso lo que lo había mantenido al lado de Laura hasta ahora, esperanzas. Esperanzas de que ella en algún momento abriera los ojos y viera al hombre que tenía enfrente, viera al hombre que estaba dispuesto a todo por ella, viera al hombre que la amaba por sobre todas las cosas. Se sintió traicionado, aunque tenía que reconocer que ella le había dicho desde un principio que no buscaba una relación, que estaba conforme con la vida que llevaba. Lo tenía que haber supuesto, pensó, no estaba preparada para ninguna relación, porque aún seguía enamorada de su exesposo.

Se irguió con un suspiro sonoro e ingresó a su casa. Se tomó una ducha larga, necesitaba reconfortarse, relajar los músculos que se le habían puesto como rocas. El agua caía sobre su ancha espalda, mientras él, con los ojos cerrados decidía que hacer. Salió poco después, se vistió sin siquiera percatarse lo que estaba haciendo, tenía el corazón destrozado y la mente fija en la imagen de Laura en brazos de otro hombre.

Salió de su casa y subió al Corola, puso el vehículo en marcha y se dirigió a Marcavalle. Sus compañeros de oficina siempre lo invitaban a tomar unos tragos los sábados, pero nunca accedía. Prefería pasar las noches de sábado con Laura, pero ya no más, pensó, ella tiene a alguien más con quien pasar el sábado.

 No supo muy bien como llegó al bar, era en realidad, una suerte de pub, en donde se oía algo de música y se podía tomar unos tragos. Ingresó al lugar vacilando, no sabía muy bien que era lo que hacía allí. Pero antes de que tuviera tiempo de arrepentirse, oyó a alguien que lo llamaba por encima de la estridente música.

_ ¡Alejandro qué bueno que viniste! _ era Mónica que le daba la bienvenida con una cálida sonrisa.

El abogado solo atinó a devolverle la sonrisa.

_Ven acércate, estamos sentados en el fondo del bar_ dijo, luego se detuvo como si hubiese olvidado algo_ ¿Dónde está Laura? _ preguntó.

Alejandro le sonrió de forma lastimera.

_Está con su exesposo_ contestó.

Mónica cayó en la cuenta de inmediato.

_Vamos, tomemos unos tragos_ dijo y tomó al abogado del brazo.

Alejandro se dejó guiar, como si fuera un niño extraviado e indefenso.

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HISTORIAS ENTRELAZDAS (Kataryna y Alexander) Fragmento

III

Al mismo tiempo que Kataryna preparaba la casa, el gallinero y más tarde el huerto, y Alexander lidiaba con Galina y los dolorosos recuerdos de Tatiana, Igor no solo se ajustaba a su nuevo trabajo como capataz, sino también empezaba a frecuentar las chozas de los indígenas en busca de alcohol y ocasionalmente, alguna que otra compañía femenina, ya que la mayoría de las veces era a Kataryna a quien prefería para saciar sus más bajos instintos.

Tres o hasta cuatro veces por semana, se tambaleaba un poco de camino a casa a la luz de la luna, bajo la persistente lluvia o con el frío arreciante. Y no se tambaleaba precisamente a causa del cansancio.

Se sentaba frente a la mesa de la cocina de la misma manera que lo había hecho por años en su natal Ucrania. Nada había cambiado, y no es que Kataryna lo esperase precisamente, pero no imaginaba que volvería a su estado serio y abúlico tan rápido. Tampoco había cambiado su forma de actuar, a veces mezquina, egoísta, otras cruel.

Intentaba mitigar el vicio pagando a sus peones o a los indígenas por algo de caña. Evitaba ir al pueblo ya que bien lo decía el dicho “Pueblo chico, infierno grande”. No era buena idea que Ivanov se enterara de que bebía. Lo que Igor no sabía era que Alexander conocía todos sus movimientos y lo vigilaba. Sabía de sus andanzas, pero había decidido no confrontarlo, mientras cumpliera con su trabajo no tenía por qué inmiscuirse en los asuntos de otros.

El ucraniano no estaba contento trabajando para Ivanov, le parecía arrogante y déspota, cuando no había nada más alejado de la realidad. Igor por naturaleza era incapaz de hacerse de una opinión imparcial de los demás, ya que todo aquel que aparentara encontrase en una posición superior que la suya, se hacía de inmediato acreedor a sus más altos descalificativos.

No se había hecho de amigos, ninguno de los inmigrantes que trabajaba para Ivanov lo soportaba. Sus comentarios despectivos hacia los demás no le ayudaban en nada a formar vínculos de ningún tipo. Se mantenía solo durante el almuerzo, mientras los demás comían juntos, todos sentados en un círculo debajo de algún árbol que les diera sombra. Igor se alejaba de todos mascullando entre dientes, blasfemando en contra de Dios y de la suerte que le había tocado.

Los indígenas lo recibían en sus chozas, no porque les cayera bien, sino porque pagaba por el alcohol, y ocasionalmente por alguna mujer.

Desde que había pisado tierra en el puerto de Buenos Aires, no había dejado de pensar que fue una mala idea hacer aquel viaje hasta el confín del mundo. Mucho peor, haber decidido aceptar aquel trabajo. Ya buscaría la manera de regresar a Ucrania apenas pudiera se decía a sí mismo cada vez que se sentía frustrado o desilusionado con la vida, lo cual ocurría mucho más frecuentemente de lo que le hubiera gustado.

IV

El hombre parado en el umbral de la puerta la observaba con indiscutible curiosidad. Llevaba dibujado en sus labios una leve sonrisa, como si lo que estuviera viendo le causara cierta hilaridad. Estaba vestido con unos pantalones y camisa de color caqui, y unas botas negras que le llegaban a media pierna. Kataryna tuvo la impresión de que estaba a punto de salir a algún tipo de expedición. Sus ojos azules la escrutaron profundamente. Sintió que su corazón latía desbocado y tuvo la certeza de que había irrumpido en un lugar privado. Intentó desandar sus pasos, pero la voz del hombre la detuvo.

_ ¿Le gustaría tomar un café? Acabo de prepararlo_ dijo con una sonrisa ladeada.

Kataryna no supo que responder, no podía articular palabra, se sentía avergonzada de haber penetrado en un lugar en el que no debía estar. Se mordió el labio inferior, pareció buscar alguna respuesta. Sobaka respondió por ella. Ladró un par de veces, y se acercó corriendo a Alexander. Este se puso en cuclillas y acarició la cabeza del animal, en seguida se puso de pie y se acercó con pasos lentos hasta Kataryna.

_Lo siento, no sabía que había una cabaña, y que usted estuviera dentro, no quise molestarlo, no era mi intensión irrumpir en zona privada_ dijo atropelladamente mientras se movía de un lado a otro como si se tratara de una pato en una zona de tiro.

Alexander se echó a reír, su risa fue clara y espontánea, se sorprendió haciéndolo ya que hacía mucho tiempo que no le sucedía. De pronto recordó que la última vez que había reído de aquella forma fue en el tren mientras hablaba con ella.

_No se preocupe, nunca ha llegado nadie hasta aquí, usted es la primera_ repuso Alexander y lanzó otra risa espontánea.

Kataryna se quedó mirándolo algo desconcertada, aún no entendía que hacía una cabaña en medio de la nada, y aún más que hacía Alexander allí. Pero si lo pensaba bien, él era el dueño de todo aquello y podía estar donde le viniera en gana, por el contrario, ella no debería estar allí.

Alexander se inclinó un poco en dirección a Kataryna que lo miraba con una mezcla de confusión y fascinación.

_ ¿Qué hace aquí en medio de la nada? _ se oyó de pronto preguntando. De inmediato se sonrojó. _ Lo siento, no es de mi incumbencia_ se disculpó volviendo a sonrojarse.

_Digamos que es mi lugar de escape_ repuso Alexander al tiempo que se encogía de hombros.

Volvió a sorprenderse respondiéndole con sinceridad a aquella mujer que apenas conocía.

_Vamos acompáñeme por un café_ dijo haciendo un ademán con la mano indicando el camino a la cabaña.

Kataryna no fue consciente de cómo llegó hasta la cabaña, al parecer sus piernas decidieron por ella. Pero se hallaba sentada en un viejo sillón con una taza de café humeante en la mano. Alexander se movía de un lado a otro de una pequeña cocina buscando algo para el perro que al parecer se había prendado de los encantos de aquel misterioso hombre. Luego de unos segundos, halló lo que buscaba, un trozo de carne asada. Se la acercó al perro quien lo tomó entre sus fauces con los ojos casi desorbitados y la cola sacudiéndose a tal velocidad, que si hubiese sido un par de alas lo más probable era que saliera volando. Kataryna tenía la certeza de que el animal nunca había tenido entre sus dientes un trozo tan apetecible.

Sobaka se alejó hasta una esquina antes de que el hombre cambiara de opinión y exigiera la devolución de tamaño aperitivo.

Alexander tomó la taza que se hallaba sobre la mesa de la cocina y se acercó a Kataryna. Se sentó frente a ella sobre una silla de madera tapizada en piel vacuna, que aún mantenía el pelaje negro con manchas alvinas. La mirada intensa de Ivanov la puso nerviosa. Desvío la mirada y recorrió la cabaña con interés en un intento por evitar los ojos de Alexander.

El espacio en donde estaba era una suerte de sala multifunción, al parecer servía de cocina, comedor y una especie de recibidor, aunque según lo que había mencionado Ivanov, no recibía visitas. La cocina era muy básica, un par de ollas colgadas de unos ganchos metálicos en la pared. Unos platos, vasos y tazas en una pequeña repisa a un lado del calentador. La mesa era pequeña, tal vez cupieran dos personas a lo sumo. El desvencijado sillón de un chocante color morado parecía haber salido de algún basurero. Le recordó una gran berenjena recién cosechada. Dos sillas de madera tapizadas en cuero y una mesilla que le hacía juego. Pensó que tal vez el mismo Ivanov las había construido con algún árbol del bosque y el cuero de alguno de sus ganados. No había cuadros ni ningún tipo de ornamentos, solo las llamas que consumían crepitantes la leña en el interior de la chimenea. A un costado pudo divisar dos puertas, supuso que una daba a la parte trasera de la cabaña y la otra tal vez a un dormitorio.

_El ambiente es mucho más cálido aquí adentro ¿no le parece? _ dijo Ivanov sacándola se sus cavilaciones.

_Si, está tibio aquí dentro_ contestó ella con un amague de sonrisa.

_ ¿Qué hacía por aquí sola? Y con ropa inadecuada.

_ ¿Inadecuada? _ preguntó ella bajando la mirada para observar su atuendo.

Por un momento pensó que llevaba la blusa desabrochada o algo parecido. Luego se pasó la mano por el pelo. No llevaba pañoleta ya que jamás se había imaginado que durante su pequeña aventura hallaría a alguien.

_Va a llover_ repuso_ y no lleva calzado adecuado.

Kataryna volteó la cabeza sobre sus hombros y observó las espesas nubes que se cernían en el cielo. ¿De dónde habían salido? _ pensó algo preocupada.

_Será mejor que regrese_ dijo intentando ponerse de pie.

Ivanov la detuvo con un gesto de su mano.

_Debe quedarse, si sale ahora, de seguro le alcanzará la tormenta.

_ ¿Tormenta? _ preguntó asustada antes de volver a clavarse profundamente en el viejo sillón. _ No sobrellevo bien las tormentas.

_Tome el café, charlemos un poco y cuando pase la tormenta podrá regresar a casa_ sentenció Ivanov en un tono que extrañamente sonó a orden y al mismo tiempo a una agradable invitación.

Kataryna se removió inquieta en su asiento mientras se llevaba la taza a los labios. Bebió un trago que le quemó la garganta.

En su mente persistían continuas disquisiciones y una gran variedad de especulaciones, y no abandonaban su rostro las expresiones de perplejidad e incredulidad.

_Siento haberle interrumpido_ dijo de pronto.

_No se preocupe, me sorprendió un poco verla aquí, como le dije no recibo visitas. Pero me alegra poder conversar con usted. ¿Cómo fue que llegó hasta aquí?

_Quise dar un paseo, atravesé el campo de trigo frente a la casa, llegué al lidero del bosque, vislumbré algo que parecía un sendero. Lo seguí, pero se hizo más difícil a medida que avanzaba. Quise regresar, pero Sobaka se internó en el monte y tuve que seguirlo. Terminé frente al arroyo. Fue ahí que olí el café_ explicó.

Alexander la miraba con sus oscuros y penetrantes ojos azules. Jamás se imaginó que su debilidad por el café llegaría a delatar su refugio.

_Pues es una agradable sorpresa_ replicó con una sonrisa visible y una voz perfectamente sosegada.

No parecía molesto pensó Karatyna.

_Espero que no sea impertinente de mi parte, pero ¿qué es lo que hace aquí? _ preguntó_ este lugar está alejado de todo.

Se arrepintió de inmediato las palabras salieron de su boca. Lo que hacía Ivanov dentro de su propiedad no era asunto suyo. Pero al parecer a su interlocutor no le había molestado la pregunta.

_Como le dije, este es mi refugio, mi lugar de escape. Pero le pido que no se lo diga a nadie. Vengo aquí cuando necesito estar solo_ dijo y Kataryna observó que su anterior sonrisa se transformaba, su rostro se volvió triste y anhelante.

Lo vio llevase una mano al pecho, fue totalmente inconsciente de ello, fue como si buscara algo debajo de su camisa. De inmediato, Kataryna recordó el guardapelo que había escondido en el tren. También notó el anillo que usaba siempre, llevaba la figura de un tigre o tal vez fuera un leopardo.

Permaneció sentado y en silencio por unos segundos, parecía estar hurgando en sus recuerdos en busca de algo que ya no podía poseer.

Empezó la lluvia que humedeció el bosque y los senderos llenos de su manto de hojas secas. Pronto, aquellos senderos se llenarían también de arcilloso fango.  La lluvia amenazaba con convertirse en una gran tormenta, de aquellas que Kataryna odiaba. A lo lejos los primeros rayos violetas se recortaban contra el cielo gris como si se trataran gigantes arpones de caza.

_Cuénteme su historia_ dijo Ivanov de repente como si despertara de un sueño_ todos tenemos una, me gustaría conocer la suya.

Kataryna vaciló al principio, luego inició su relato, le habló de su familia, de sus padres y sus hermanas. Le habló también de los problemas políticos en Ucrania.

Alexander la oía con total concentración y marcado interés. Todos los inmigrantes que trabajaban para él llevaban a cuestas sus propias historias, historias que los definían y que los marcaban, que los trasformaban en cierta manera. El propio Alexander tenía una historia intrincada y confusa que lo había marcado para siempre.

_ ¿Daryna es su única hija? _ preguntó.

El rostro de Kataryna se trasformó y Alexander notó un extraño desaliento dibujado en sus ojos. Vaciló por unos instantes y luego le habló de las hijas que perdió y el desconsuelo que aún sentía pero que había aprendido a soportar por la pequeña que le quedaba.

Alexander pensó en Tatiana y en el dolor que le había ocasionado su pérdida, pero desde luego no se comparaba con el dolor de una madre. Se puso algo taciturno y silencioso. Kataryna pensó que algo en sus palabras lo habían afectado hondamente, llevándolo hasta recuerdos ingratos e inclusive dolorosos.

_Siento lo de sus hijas_ dijo poco después y ensayó una sonrisa que a Kataryna le pareció triste.

_Gracias_ fue todo lo que ella contestó.

De inmediato desvió la mirada hacia la ventana para no tener que lidiar con aquella sonrisa devastada y desecha. El bosque se vislumbraba desdibujado a través del cristal densamente empañado mientras la lluvia seguía cayendo espesa.

_Por favor siga contándome_ le pidió.

Kataryna le habló del horror de la hambruna y de la decisión de abandonar Ucrania.

_La comida escaseaba, siempre teníamos hambre y frío. Cada mañana, al despertar en lo primero que pensaba era que tal vez sería el último día en que vería a mi hija.

Alexander la miraba con ojos comprensivos a la vez que la compasión crecía en su interior.

Kataryna relató las penurias por las que tuvieron que pasar para llegar a Buenos Aires, pero omitió hablarle de Igor y la horrenda noche de bodas. No tenía intención de que un extraño se enterara de su vida íntima. Cuando finalizó con su relato se percató de que la lluvia había cesado por completo. La tan temible tormenta no llegó hasta ellos y ahora se dirigía hacia el norte.  

Kataryna se puso de pie de un salto y dirigió a su anfitrión con el rostro sonrojado y el corazón palpitante.

_Me tengo que ir, se hace tarde.

_Estaré aquí mañana_ dijo Ivanov_ por si quisiera volver a hablar.

Kataryna no supo que contestar, pero de todos modos asintió. Se veía completamente inapropiado aquel encuentro, sin embargo, había algo de atrayente en ello.

_Gracias por todo_ dijo ella mientras se acercaba a la puerta.

Llamó a Sobaka que después de comer se había echado una siesta. Luego, dirigió una última mirada a Alexander que ahora se apoyaba contra la repisa de piedra de la chimenea en donde solo quedaban cenizas.

_Hasta mañana_ la oyó decir antes de salir de la cabaña.

Destacada

Casa 110 ( Fragmento)

VI

Alejandro la vio sentada en el césped debajo del gran ciprés que flanqueaba su casa. Estaba absorta y distante. Solo atinó a reaccionar cuando Andy se abalanzó sobre ella atacándola a lengüetazos. El abogado estaba preocupado por ella, no tenía idea de que hacer para ayudarla y sacarla del abismo en el que caía cada vez más profundamente. Se detuvo a unos metros de ella y se quedó observándola sin encontrar las palabras precisas para aliviar en algo su atormentada mente.

Cuando Laura pudo rehuir la efusiva demostración de afecto del perro, vio al abogado en medio de la calle, con una mirada abatida y confundida. Sus ojos llenos de un brillo de inquietud y abstraimiento.

_ ¿Alejandro? _ lo llamó con voz suave.

El abogado dirigió su atención de inmediato hacia ella. Le dedicó una sonrisa forzada que Laura no pudo dejar de advertir.

Alejandro saltó la valla de piedra que separaba el jardín de Laura de la calle y se sentó junto a ella sobre el verde césped.

_Veo que las hermanas han hecho un estupendo trabajo en tu jardín_ dijo intentando romper el hielo.

Laura solo asintió y se dibujó una leve sonrisa en sus labios.

_ ¿Te encuentras bien? _ preguntó él con el ceño fruncido mientras acariciaba la espalda de Andy que también se había tendido en el césped entre la psicóloga y el abogado.

_Dentro de lo que cabe_ dijo ella sin mirarlo a los ojos.

_ ¿Por qué no me dices que es lo que sucede? _ preguntó.

_No quiero arruinarte el fin de semana_ contestó ella.

_Quisiera ayudarte a resolver todo, pero tal vez solo pueda apoyarte escuchándote_ dijo él.

Dejó de acariciar a Andy, el perro se levantó y corrió al otro lado del jardín en medio de estridentes ladridos. Alejandro se acercó a Laura y tomó una de sus manos entre las suyas.

_Laura habla conmigo_ le pidió.

La psicóloga levantó la mirada y se encontró con los ojos cafés de su vecino. Aspiró profundamente y luego empezó a hablar con voz vacilante, pero pronto tomó confianza y le narró los acontecimientos de la noche anterior. Desde luego, se cuido muy bien de no decirle que el fantasma de John la había amenazado con matarlo.

_He estado investigando, he puesto de cabezas el archivo de la empresa, pero no he vuelto a encontrar nada relevante_ explicó el abogado una vez que ella había terminado de hablar.

Laura lo miró sorprendida, no tenía idea de que el abogado aún siguiera investigando.

_Pensé que habías dejado todo_ dijo ella.

Él negó con la cabeza.

_Mientras sigas obsesionada con esto, no pienso darme por vencido_ sentenció.

_ No es cuestión de obsesión_ dijo ella y separó su mano de la de Alejandro algo incómoda. _ No tengo opción, no me dejan tranquila y la verdad no tengo idea de porque me escogieron a mí. No tengo idea de porque se ensañan conmigo_ dijo algo perturbada.

_No sé qué decirte_ contestó Alejandro con un nudo de pesar en el corazón.

_No espero que digas nada, ni que lo comprendas, ni yo misma lo entiendo. Pero así son las cosas.

_He estado pensando que tal vez sea buena idea hacer una visita a Chacapalpa y preguntar si alguien recuerda al chico_ dijo Alejandro.

_Es difícil, recuerda que murió hace setenta años. Solo quedan un par de ancianos, pero dudo que alguno recuerde algo_ dijo la psicóloga.

_ Como dice el dicho: “No hay peor gestión que la que no se intenta” _ contestó Alejandro con una media sonrisa.

_Esta bien, creo que es lo mejor que tengo_ contestó algo desanimada.

_Que tenemos_ aclaró el abogado mirándola fijamente a los ojos.

Se quedó en silencio por unos segundos pensando como plantearle a Laura lo que tenía en mente.

_Estaba pensando en algo más_ dijo vacilante.

Laura esperó a que él se explicara.

_Pienso que sería buena idea de que te alejaras de aquí por unas semanas, mientras, yo seguiré investigando. Cuando encuentre algo concreto, te lo haré saber, y decidirás si regresas o no.

Laura lo miró contrariada, no podía irse y dejarlo solo en ese lugar cuando sabía que John buscaría vengarse de ella haciéndole daño a Alejandro. Por un momento estuvo a punto de negarse rotundamente, pero lo pensó mejor, tal vez si se alejaba de La Oroya, John dejaría de amedrentarla y por consiguiente dejaría de acechar a Alejandro. No tuvo necesidad de sopesar sus posibilidades, Alejandro era su principal prioridad. Levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

_Esta bien, me iré_ dijo_ pero con una condición.

Alejandro la miró sorprendido, jamás pensó que ella accedería tan fácilmente.

_ ¿Qué condición? _ preguntó confuso.

_Que dejes La Oroya conmigo_ dijo muy seria.

_Si me voy contigo, no habrá quien investigue_ dijo él.

_Salgamos de aquí, dejemos las cosas como están_ dijo suplicante.

_Es la primera vez que quieres dejar las cosas como están, ¿acaso no querías resolver este misterio?

_Ya no estoy tan segura_ contestó consternada sacudiendo la cabeza de un lado a otro.

_Laura, creo que hay algo que no me estás diciendo_ dijo mirándola fijamente.

Laura le dedicó una mirada nerviosa.

_Solo salgamos de aquí_ volvió a decir.

El teléfono de Alejandro sonó precipitando la culminación de la charla. El abogado se excusó, era una llamada de su padre y tendría que atenderla. Se dirigió a su casa con el ceño fruncido y el rostro tenso. Sabía que la conversación no sería corta y tampoco agradable.

 La psicóloga dejó el jardín y regresó a su casa, esperaba que Alejandro aceptara su propuesta, no le importaba mucho si no lo volvía a ver, con tal de saberlo seguro.

VII

Caía la tarde cuando se sirvió una humeante taza de café. Se acercó a la ventana de la sala y observó la casa del abogado. No había regresado después de la larga llamada que sostuvo con su padre, ni siquiera la había telefoneado. Suspiró algo intranquila. Necesitaba convencerlo de abandonar La Oroya, de abandonar el trabajo que amaba para regresar a Lima y suplicarle a su padre que lo aceptara de regreso en el bufete. Pensó que Alejandro no necesitaba suplicarle a nadie para conseguir un trabajo y menos a su padre, pero de seguro su progenitor pensaría que su renuncia significaba un fracaso. Se sentía culpable, todo lo que sucedía era por su culpa y de nadie más. Había arrastrado a Alejandro hasta el límite y ahora le pedía que dejara todo por lo que había trabajado y regresara a casa, sin nada en las manos.

Un golpe en la puerta, la hizo regresar a la realidad. En un primer momento se le pasó por la cabeza que se trababa de Alejandro, pero no lo había visto salir de la casa. Dejó la taza sobre la encimera de la chimenea y se dispuso a abrir. Antes de tener oportunidad de hacerlo, se quedó estupefacta al observar a través de la ventana los ojos azules y penetrantes de Richard. Le costó un poco reaccionar, y cuando lo hizo, caminó despacio hasta la puerta y la abrió. Richard le sonrió de inmediato. Ella lo miró con sus hermosos ojos verdes abiertos con una inconfundible expresión incrédula.

_ ¿Qué hace aquí? _ preguntó algo aturdida.

_A mí también me da gusto verte_ contestó su exesposo rodeándola entre sus brazos.

Laura reconoció una sensación familiar de seguridad y calidez que la desarmó de inmediato. Suspiró un par de veces, y el peso que tenía cargando por semanas pareció desvanecerse de inmediato.

_ ¿Qué haces aquí? _ volvió a preguntar desde el pecho de Richard.

_Vine a llevarte a casa_ fue todo lo que respondió, mientras cerraba la puerta a sus espaldas.

VIII

La relación entre Alejandro y su padre seguía tensa y bastante deteriorada. A pesar de que Alejandro había dejado el bufete hacía casi dos años, hasta el momento, no habían arreglado sus diferencias.  La llamada de su padre supuso un incómodo momento para el abogado, pero no podía eludirla, hacía semanas que no hablaba con él.

Caminó deprisa rumbo a su casa, se aclaró la garganta un par de veces antes de deslizar su dedo índice sobre el icono verde de aceptar llamadas.

_Hola papá_ dijo con voz clara.

_Hola hijo, espero que no te esté interrumpiendo.

_Estoy algo ocupado_ contestó, aunque sabía que eso no haría que su padre desistiera.

_Tenemos problemas en el bufete_ continuó, como si no hubiese oído lo que acababa de decirle su hijo.

Alejandro puso los ojos en blanco exacerbado mientras abría la puerta de su casa y se introducía en ella, seguido muy de cerca por Andy.

El señor Quesada, siguió hablando por unos minutos que a Alejandro le parecieron eternos. Entendió poco de lo que oyó, su mente estaba fija en Laura durante todo el tiempo.

_ ¿Alejandro? ¿Oíste lo que acabo de decirte? _ preguntó su padre poco después.

_Papá envíame los documentos por e mail, yo los revisaré y luego te llamo.

_Está bien_ convino su padre.

Alejandro cortó la llamada emitiendo enseguida un sonoro suspiro de impaciencia. Buscó su portátil y la encendió. Fue hasta la cocina y preparó la cafetera, mientras esperaba a que su padre enviara los documentos. Sabía que tendría varias horas de trabajo por delante.